5 de marzo de 2008

LLegar a una ciudad, ojear uno de esos mapas que te entregan en la recepción de los hoteles y pensar: no puedo marcharme de aquí sin ver la Plaza Mayor, sin recorrer esas callejuelas que llevan hasta la catedral.

Leer un libro y tropezar con una frase que quieres retener, conservar. Buscar un lápiz para marcarla (siempre llevo varios), hacerlo. Cerrar el libro, satisfecha: ya no escaparán las palabras, la belleza.

En el paseo por la ciudad, tropezar de frente con la plaza mayor y con la callejuela que lleva a la catedral y con la fachada gótica, imponente. Darse cuenta enseguida de que estuviste aquí hace poco -apenas unos meses- y que pensaste lo mismo. Y de hecho, recorriste el mismo camino que hoy, por los mismos motivos. No lo has sabido hasta estar aquí de nuevo.

Encontar una edición anterior del mismo libro, que compraste hace diez años. Al ojearlo ves que la misma frase que hoy te emocionó, lo hizo entonces. Está marcada con otro lápiz, en otro tiempo, pero por tu misma mano. Tampoco eras consciente de haberlo leído ya.

Mi emoción conserva lo que mi memoria olvida.
Los recuerdos tal vez sean el lastre de las emociones.


En la imagen de hoy: emoción. Es de Alicia Soria.

2 comentarios:

Luis Vea García dijo...

Y sin esos pequeños recuerdos quizás no estaríamos vivos.

Anónimo dijo...

Acabo de descubrir tu blog. A tí te descubrí hace un tiempo, a través de Aprender a huir, que es lo que más o menos estoy aprendiendo a hacer ahora. Yo también estudié derecho y hasta hace poco no me había atrevido a decirlo en voz alta, pero tengo entrañas de escritora ¿por dónde debo empezar? Un saludo!