16 de noviembre de 2011

New York City, noviembre 2011


Hay un lugar 
junto a Bryan Park
en la Sexta con 42
en que una vez a Elia,
de seis años,
se le cayó una bola de helado
apenas sin probar.
Fue en uno de esos pasos
de peatones apresurados
en que una cuenta atrás,
desde el semáforo,  amenaza
con lo peor de un mundo
de muchedumbres, prisas
y ciudades hermosas que nadie 
se detiene a mirar.
Elia trastabilló
y la bola, nívea y dulce,
fue a dar en mitad de esa avenida
que todos llaman De las Américas.
Toda Nueva York se detuvo
en ese instante
a escuchar el lamento de una niña
preciosa como un sueño imposible
que acababa de ver una ilusión
estrellarse contra el asfalto ardiente.

Mas Elia miró el helado
como quien ve el final de un tiempo,
una quimera derritiéndose al sol,
un nevermore,
un goodbye love
y lloró lágrimas verdaderas
que abrieron una grieta, larga y recta
en la piedra dura sobre la que se cimentó
esta ciudad de locos,
del Lower hasta la 140.

Luego, Elia miró al frente
olvidó el percance
pensó en la milésima parte
de lo bueno y lo malo
que la vida habrá de depararle,
clasificó el asunto de la bola de helado
en el lugar correspondiente,
resolvió que no había para tanto
y echó a andar, decidida,
hacia donde el semáforo
amenazaba con el apocalipsis.

Elia aprendió a vivir
un poco, o tal vez mucho,
en esta Sexta con 42
junto a Bryan Park
por donde no consigo
pasar sin recordarla.
También yo recibí una lección,
de su mirada:
es así, dijo Elia,
como haremos que el futuro no duela.


Hoy, dos años después,
en mi memoria sigue
aquella bola helada derritiéndose
bajo el sol infernal de Nueva York
y aquellos ojos negros que me dicen:
cuando el sueño se acaba,
mamá,
siempre nos queda
un billete de vuelta a lo único que importa.


* La imagen: los árboles otoñales de la calle 49, el domingo pasado.

3 comentarios:

Rebeka dijo...

Un billete de vuelta al hogar.

Me alegro de que tengas esos recuerdos y de que de nuevo los compartas con nosotros!

Un beso gigante!

Begoña dijo...

La vida nos da a los hijos, que son verdaderos maestros, porque ellos nos conocen mejor que nadie: vivieron dentro de nuestra barrigota y nos vieron desde adentro, quizá por eso nos dan lecciones tan magistrales.
Saludos

Anónimo dijo...

Me sigue emocionando tu palabra de poeta.