20 de febrero de 2010

Un buen consejo

Tenía poco más de veinte años cuando conocí al primer editor de mi vida. Yo entonces era una jovencita que llevaba doce años escribiendo —desde los ocho— y que se sentía con derecho a publicar. Por supuesto, tenía una opinión benevolente sobre mi propia obra y era tremendamente ambiciosa. Le llevé al editor unos folios dispersos, que él ojeó con interés desmayado para dejar enseguida sobre su mesa. Luego le formulé una de las preguntas más cándidas y más desesperadas que he formulado jamás a nadie:
—¿Qué tengo que hacer para ser escritora?
El editor, que lo era de un sello importante, que tenía un despacho soleado con vistas a una céntrica calle madrileña —despacho en el que ya no cabían los libros que él mismo había acuñado y que yo inspeccionaba a hurtadillas, como quien de pronto husmea en sus deseos más profundos—, el editor, decía, era también escritor. Había publicado ya alguna novela y con el tiempo publicaría otras. Era también una de las firmas habituales de un suplemento cultural que yo estudiaba, más que leía, con religiosa puntualidad. Además, había conocido a tal cantidad de escritores que, pensaba, debía de ser capaz de reconocer a uno nada más verle. Aunque fuera uno incipiente y sin más obra que unos pocos folios.
Nos recuerdo a la perfección, dentro de la escena. Él, veinte años más joven, debía de llevar unas gafas de montura fina y plateada, que se quitó para responderme, como suelen hacer los personajes de ficción, aunque sólo sea para ganar tiempo.


Yo, parapetada tras la mesa, sentada en el asiento de las visitas, mirando por el rabillo del ojo aquella fiesta de papel que se amontonaba por doquier, y esperando una respuesta que me sirviera para confirmar mis sueños. Porque eso era lo que yo buscaba en aquel despacho: la confirmación de mis sueños. Necesitaba que otro —y no cualquier otro— me considerara escritora. Y que lo dijera en voz alta, por aquel viejo axioma bíblico de que las cosas no existen si no se nombran.
Mi primer editor no hizo nada de eso. Se limitó a sonreír —era (es) un ser dotado de la gracia de la simpatía— y pronunció una sola palabra. El infinitivo de un verbo de la tercera conjugación que a mí me sentó peor que un insulto:
—Vivir —dijo.
¿Qué otra cosa podía hacer sino indignarme? ¡A quién se le ocurre! ¡Decirle a una niña de veinte años que debe vivir! ¡Si yo no hacía otra cosa! ¿Y eso me convertiría en escritora? ¿Vivir, así, sin más? ¿Qué tipo de consejo era aquél?
Desde ese día, he vivido otros veinte años. No soy más escritora de lo que era entonces. La benevolencia hacia mí misma se esfumó con el aprendizaje de la modestia. La ambición la tengo más apaciguada. El sueño se cumplió. Lo único que sigue intacto es la pasión. Soy escritora, la de siempre: adoro escribir más que nada en el mundo. Y dudo. Dudo mucho más que cuando tenía veinte años.
Recuerdo mucho aquella escenografía de mi ingenuidad. El despacho del editor, los folios dispersos —nunca obtuve respuesta por su parte, qué esperaba—, el sol filtrándose entre las láminas de la cortina, la sonrisa amable de mi anfitrión. Tenía razón. Es la vida la que nos enseña a escribir, igual que fue ella la que nos hizo escritores, aunque mucho antes. Veinte años después, sé que fue un buen consejo.

6 comentarios:

Begoña dijo...

Preciosa lección y después de veinte años qué recorrido el tuyo. Y un sueño cumplido al tiempo en que tantos por cumplir; es una carrera de fondo donde se encuentra un final y ya ha nacido un principio. Esa debe ser su magia real: que quema la carne, hierve la sangre y parte en dos la razón como dice la canción.
Una vez comienzas en esto no hay vuelta atrás es un mundo apasionante que te invita a crecer y a dar lo mejor de ti. Pasión en estado puro.

Rubén dijo...

Gracias por el secreto... Por un momento me senté frente a ese editor de gafas de montura fina y plateada, aunque estaba frente a tus palabras, parapetado por una red.

Sefora dijo...

Pues sí, realmente es para estar orgullosa del recorrido que has vivido en estos años... aunque sé que si me dieran ese consejo ahora, con 19 años, probablemente reaccionaría como tú en esa época xD y es que es frustrante saber que aún tienes que esperar, pero habrá tiempo para todo =)

Laura dijo...

Vivir... ¡cuánta razón tenía! Ahora, para mí, parece que apenas empiezo a comprender lo que tal verbo significa...

Meltalle dijo...

Buenas

Pues sí, un gran consejo; pero podía haberse explayado más, ¿no crees?... XD

Saludos

Paulina Aguilar Gtz. dijo...

Hola, leo tu blog desde hace un tiempo; siempre encuentro en él algún consejo interesante, alguna frase o pasaje que me mueve. Éste en especial llamó mi atención.

Soy una escritora que apenas empieza su carrera. Tengo 26 años y el año pasado publiqué mi primera novela en mi país (México).

He aprendido mucho leyendo las entradas de tu blog. En ellas encuentro la sabiduría de alguien que ya ha recorrido el camino que yo apenas empiezo. Leyéndote siento menos temor y me doy cuenta que aún tengo mucho que mejorar.

Si alguna vez tienes oportunidad, te invito a que visites mi blog: http://elquintodragon.blogspot.com/