15 de junio de 2013

69 ALCOBAS o Juguemos a buscar al nuevo Grey *


1. LA ELECCION

—¿Le importaría decirme por qué trabaja para mí, señorita…?
—Dulce. Carolina Dulce.
Me pareció que mi apellido provocaba en él alguna reacción, un principio de sonrisa. Llamarse Dulce y trabajar en el departamento de relaciones públicas de una fábrica de chocolates era de lo más cómico. Enseguida me convencí, sin embargo, de que su expresión no había sido más que un espejismo, porque el jefe no sonreía nunca. O eso creía yo entonces, que sólo le había visto dos veces y de lejos.
La pregunta me había dejado descolocada. No sólo por la curiosidad en sí, sino por el modo en que había sido formulada. La voz dulce, la sonrisa franca, los hoyuelos de sus mejillas, aquel par de ojos grises, vagamente impertinentes, clavados en mis rodillas. Me parecía increíble estar allí, delante del mismísimo señor Dax, siendo observada como nunca antes lo había sido. Era tan guapo que me costaba respirar con normalidad.
—Bueno, soy experta en comunicación… —dije.
—Mmmm… ¿experta? —preguntó—. Me agrada oír esa palabra. ¿Se puede ser experta en algo con sólo veintiún años?
—Sí, si has estudiado lo suficiente.
—Tengo entendido  —de un vistazo rápido, revisó unos papeles que había sobre su mesa: mi expediente, sin duda— que es usted becaria.
—Exacto.
—¿Desde hace…?
—Tres semanas y media.
—¿Y está contenta?
—Estoy aprendiendo mucho.
—¿Le gusta aprender?
—Por supuesto. Trabajar en un lugar en el que puedas aprender tanto es todo un lujo.
—Buena respuesta, señorita Dulce. Y buena predisposición, también. Me halaga tener trabajadoras como usted.
Creo que enrojecí un poco. El señor Dax era de esas personas ante quienes siempre te sientes pequeña, vulnerable. Desnuda. No sólo por su aspecto físico, sobre todo por sus maneras. Tan seguro, tan confiado, tan tranquilo. Un hombre que siempre sabía cómo comportarse y tenía claro por qué lo hacía. No hay muchos así. Yo diría que no he conocido nunca a ninguno, además de él.
—¿Le gusta el chocolate?
—¿Hay alguna mujer a quien no le guste el chocolate? —pregunté.
—No me refiero a eso, señorita Dulce —atajó él, y de inmediato cambió de tema—: —¿Está satisfecha con su sueldo?
Me desconcertó un poco con una cuestión tan directa sin ningún preámbulo, pero pensé que si la formulaba era porque quería que fuera sincera así que repuse:
—La verdad es que no mucho.
Apenas se inmutó.
—¿Cree usted que su trabajo vale más de lo que recibe por él?
—Creo que puedo dar mucho más de mí.
Otra vez aquel atisbo de sonrisa en su rostro. ¿Otro espejismo? Comenzaba a no estar segura.
—¿Se siente menospreciada aquí?
—Yo diría, mejor, desaprovechada.
—Interesante… Observo que es usted ambiciosa.
—Mucho —dije—, ¿eso está mal?
—En absoluto, señorita, Dulce. Siempre y cuando tenga usted motivos para serlo. Creo que usted los tiene.
—Eso creo.
—Sin ambición no se llega nunca a nada.


Pensé que sabía de qué hablaba. Él era la viva imagen de la ambición satisfecha.
—Ya veo —revisó los papeles, esta vez con mayor interés que antes. Señaló algo con un dedo de manicura pulcra. Tenia las manos fuertes, bonitas— habla usted inglés, francés… —arqueó una ceja— ¿y latín?
—Mi padre era catedrático de románicas —sonreí—. De niña, me regañaba en latín.
Otra vez la expresión imperturbable.
—Nadie puede negar que es usted especial, señorita Dulce —dijo, y sentí que el rubor volvía a mis mejillas. Creo que eso le gustó.
Hizo una pausa para mirarme, pensativo.
—Gracias —dije.
—Voy a darle una oportunidad de oro de promocionarse dentro de la empresa. Estoy seguro de que le interesará. Tenemos muchas bajas este invierno. La gripe ataca con fuerza. La señora Pous está enferma y mañana tengo una importante visita de periodistas y colegas internacionales. Vamos a celebrar una cata en los almacenes. Es un acto muy importante para la promoción exterior de la empresa y ya sabe que, tal y como están las cosas, del exterior dependemos todos. El departamento de relaciones públicas le ayudará, pero quiero que usted reciba a los periodistas y les cuente el funcionamiento de la factoría antes de que yo haga mi aparición estelar en el último momento. Digamos que mañana será usted mi mano derecha, ¿se atreve?
—He visto cómo lo hacía el señor Maldon un par de veces.
—¿Eso es un…?
—Un sí —respondí sin pensarlo, aún alterada por aquello que ser su mano derecha. Yo. Una becaria con aspiraciones.
—Muy bien, entonces no me decepcione. Creo que es usted exactamente lo que estaba buscando. Nos veremos mañana a las ocho y media para hablar de los últimos detalles. Gracias por su tiempo, señorita Dulce. Y por la valentía.
Cuando me levanté noté su mirada fija en mi trasero. Durante todo el largo y mullido camino que separaba su mesa de la puerta, más de seis metros. Para cerciorarme de que estaba en lo cierto, antes de salir eché una mirada. Apartó los ojos en el último momento, pero sé que los tenía fijos en mí. Curiosamente, eso no me hizo sentir mal, sino todo lo contrario. Halagada, admirada, sexy.


* Todo lo anterior debe entenderse como un divertimento de sábado por la tarde. La premisa era: ¿Qué tal si escribimos a la sombra de Grey? (perdonadme el facilón juego de palabras, es efecto contagio).
Si os gusta, continuamos.

2 comentarios:

Rebeka dijo...

A mí si que me ha gustado. Diálogos frescos.
El nombre de ella, la factoría de chocolate, le da un toque especial.

Y Carolina tiene un carácter ambicioso, está segura de si misma. Algo que otra protagonista no tenía :P

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Qué bueno e interesante te ha salido
este relato para según tú: 'palabras textuales'-y nunca mejor dicho: un divertimento de sábado por la tarde. Será la experiencia, ¿no crees? que ya el numen te viene solo con proponértelo. Mis felicitaciones, Care. Me ha encantado y endulzado casi a partes iguales.

La verdad que no estoy muy versado en esta temática o género literario, pero, si me apuras y, le das una oportunidad a este regalo improvidado... te da para una trilogía completa para endulzarnos los sentidos y las páginas de tus futuras obras.