2 de abril de 2007

Felicidad rusa (I)


Hay muchas Rusias simultáneas en la cabeza de quien, como yo, nunca salió de Rusia. Está la imaginada, jamás vista, de Julio Verne en Miguel Strogoff —una novela que, curiosamente, en Rusia nunca existió—; está la San Petersburgo que mata de frío a los personajes de Gogol; está la Colina de los Gorriones, donde no es difícil imaginar a los personajes de Padres e hijos, de Turguéniev; están los edificios stalinistas que debieron de asutar a Dovlátov hasta la misma mañana de su viaje al exilio de Nueva York, donde escribiría La maleta, una novela que canta la grandeza de las cosas mínimas; está el Borodino que Tolstoi visitó para documentarse antes de escribir Guerra y Paz. Está la Rusia que soñaron los zares y luego volvieron a soñar los máximos dirigientes soviéticos, y que sólo realizaron a medias. Está la Rusia que estremeció al mundo y la que hacía estremecer a sus siervos, que lo fueron mucho más tiempo que en cualquier otra parte del mundo. La Rusia de la tristeza, que aún parece que impide sonreír a sus ciudadanos.

Viajar a Rusia sirve, para alguien como yo que vivió lo que cuentan los escritores rusos, para ser capaz de recordar una sola Rusia: la real, la que se puede pasear, oler y escuchar. Una Rusia desligada de los sueños pero a la vez tan reconocible en ellos.

En la foto se me ve sonriente junto a Gorki y quien ha hecho posible esta felicidad rusa de la que esta semana daré más noticias en este sitio: Víctor Andresco, director del Instituto Cervantes de Moscú —y traductor, y escritor...—, quien es también —para mi suerte— mi primo ruso.

2 comentarios:

Mady* dijo...

:-)

cris dijo...

Hola!!!!!!!

Com mola.

Molts petons guapa