28 de mayo de 2007

Cocina-ficción

Si no me ganara la vida encadenando palabras, pondría un restaurante.
En la carta, modelo "cinco continentes", no podría faltar el sushi, pero tampoco un buen rossejat al estilo de la Costa Brava —esto es, con su picada y su alioli—. Habría cous-cous pero también salmorejo —a la cordobesa: con virutas de jamón de jabugo y huevo duro—. En la carta de postres, mucho chocolate en infinidad de texturas diferentes, pero también canela, menta, té verde, fruta fresca y miel. Una mixtura del Oriente que llega con el mundo árabe que fuimos y el toque mediterráneo de lo que somos y no queremos evitar.
Cocinar me gusta tanto, me digo a menudo, porque se parece mucho a escribir. El lugar donde más horas he pasado en mi vida después del ordenador, han sido, sin duda, los fogones. Me gusta encontrar similitudes entre el proceso que da lugar a una buena fideuá y el que te hace escribir una buena novela. En ambos casos hay que cuidar las materias primas, invertir muchas horas y mucho cariño, ser original (pero sin pasarse) y seguir ciertas reglas (pocas, importantes, que hay que saber cuándo saltarse). El tiempo te hace más habilidosa en ambos casos. Y ambos inspiran terror la primera vez: la pantalla en blanco es en eso similar a la cazuela vacía. El buen aceite es como los adjetivos: mejor poco que mucho, mejor de textura única, mejor en frío que en caliente. No pretendas aprender a cocinar sin recetario ni a escribir sin guión, pues seria como conjurar un fracaso seguro. Y a medida que pasa el tiempo, después de muchas fideuás y algunas novelas, ya puedes permitirte ciertas licencias: calcular a ojo la cantidad de tensión que le falta a una historia o dejar de pesar los ingredientes con precisión de boticario. Y he aquí una regla de oro: confiar los resultados a la cocción lenta de dos elementos imprescindibles que crecen con los años: talento y oficio.
Dos afortunadas encrucijadas, para acabar: qué placer da escribir sobre recetas y cocineros. Cómo se nos nota en lo que escribimos a quienes nos gusta la cocina. Nuestros personajes se sientan a la mesa no por hablar, como es costumbre, sino a comer, y nosotros nos regodeamos en la descripción de cada plato y cada guarnición. Y, por contra, cuántas descripciones, cuantas escenas clave, asesinatos, desenlaces, intrigas, personajes, finales y principios pueden tramarse mientras en la cocina se cumplen los tiempos de cocción o se ven sofreír a fuego lento las viandas.

Advertencia: la próxima vez que hablemos de cocina o de literatura, le tocará el turno a las sopas.

2 comentarios:

Gregorio Verdugo González-Serna dijo...

Es la primera vez que veo una receta, a lo clásico, sobre cómo ha de escribirse una novela.
Te felicito, Care.

Anónimo dijo...

Ocurre igual al revés? Es decir, ¿a los cocineros les gusta escribir? Si es así, ¿qué tipo de novelas haría Ferran Adrià? ¿Arzak? ¿Sergi Arola?

Propuestas:
Creo que Arola se inspiraría en Loriga o en Ricardo Bofill

Carme Ruscalleda tendría un estilo Empar Moliner más comedido, más de ensueño, de no enterarse mucho.

Ferran Adría, microliteratura.

Arzak: novela negra.