24 de marzo de 2010

Palabras para la entrega del IV Premio Literario Antonio Vilanova, de la Facultad de Filología (Universidad de Barcelona), 23 de marzo de 2010


Como todos los que escribimos sabemos, un buen comienzo es decisivo. Si uno afirma que La Vetusta ciudad dormía la siesta o que Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo o que El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, si uno afirma esas cosas, ya nada vuelve a ser igual.
Yo empiezo esta noche por proclamar mi estupor, y espero que no parezca mal arranque, porque no siento que haga tanto que yo recorría a diario los claustros de esta casa. Fui aquí una estudiante tardía, creo que algo chulesca, a ratos rezongona pero muy dada al asombro y, sobre todo, al entusiasmo. De aquella época guardo muchos recuerdos, pero de entre todos siguen muy vivos dos: el profesor Lluís Izquierdo llamándole en su exaltación gilipollas a Juan Ramón Jimenez ante un alumnado perplejo y —me parece— que indignado; y don Adolfo Sotelo refiriéndose con ese énfasis tonante tan suyo a Álvaro Mesía o a Fermín de Pas con la naturalidad y la consternación con que hubiera hablado de dos miembros díscolos de su familia que no dejaran de darle disgustos.
El énfasis, como a buena hiperestésica, siempre me ha seducido.
Llegué aquí tras abandonar las aulas de Derecho —donde también había profesores inolvidables y enfáticos, que a mí me parecían muy literarios, como el civilista Carlos Maluquer de Motes, que era un lector ávido y confeso de las novelas de Patricia Highsmith y un culé tan devoto que cuando ganaba el Barça nos perdonaba el caso práctico (y también se le enojaba el alumnado, nunca entendí por qué)— y llegué aquí, ya he dicho que tarde, buscando un oro que deseaba encontrar desde hacía mucho: amor por la Literatura.
Aquí conocí cómplices con quienes hablar de libros, con quienes leer poemas en voz alta, con quienes fantasear acerca del futuro que inventaríamos escribiendo y a quienes prestar los primeros garabatos, sintiéndome más vulnerable que nunca. Recuerdo una conversación con un amigo poeta. Quería publicar, pero no hallaba un editor lo bastante osado o lo bastante afín. Dudaba, claro, aunque intuía que la duda suele ser el oxígeno del quehacer literario. El desánimo ganaba terreno. Recuerdo que le dije algo que después he pensado mucho. Mi amigo era —es— un buen poeta. Le dije que nunca sería más escritor que esa noche en que los dos compartíamos copas y frío en la terraza de un bar cercano. Le dije que yo también intuía algo terrible: que la certeza nos era muy ajena. Las certezas no sirven para escribir, sólo las dudas. Era —lo supe ese día— la vulnerabilidad lo que nos hacía tener algo que decir. Nunca seríamos más escritores que aquella noche helada en que ambos éramos inéditos y teníamos un miedo atroz.
En esta casa, mientras tanto, aprendí y me entusiasmé mucho, pero les confieso siempre eché en falta algo. En mi osadía, me habría gustado que me invitaran a participar de ese festín de las palabras que ya formaba parte de mi riego sanguíneo, pero no sólo como observadora. No me bastaba con ser la entomóloga que estudia un prodigioso coleóptero sujeto con un alfiler a un corcho. Yo, y como yo muchos compañeros, ansiaba ser el coleóptero. Ansiaba revolotear un poco, llamar la atención, tal vez hacer un ruido inútil (pero ruido al fin y al cabo), experimentar algo fabuloso o tal vez estrellarme para empezar a tener algo que contar. Y contarlo, claro. Deseaba escribir. Ser leída. Medir mis fuerzas en el único lugar donde mis fuerzas eran tomadas en serio. Es decir: aquí.
Pero, en fin, ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: hoy estoy aquí y no ahí, entre los estudiantes. Tengo un papel en la mano, aunque hablo muy de cerca a quienes siento tan iguales a mí que las distancias estorban. He venido armada con mi entusiasmo antiguo y mi estupor reciente, a celebrar de corazón que exista por fin en la Facultad un premio literario al que tantos echamos tanto en falta. Un premio —como escribieron Eugenio Fernández Vidaurreta y Borja Bagunyà en el prólogo que acompañaba la edición de los trabajos de las tres convocatorias anteriores— que quiere sumar a la perspectiva teórica, lingüística, filológica, histórica y comparativa desde la que se analiza a nuestro literario coleóptero, un nuevo ángulo: el festivo.
Particularmente, me satisface la idea de celebrar la Literatura. Compartir las palabras como quien comparte un arroz. Alabar el punto exacto de cocción o la audacia de un ingrediente inesperado. Buscarle al plato parentescos o inventarle sucesores. Y sobre todo, congratularnos porque algo tan sutil pueda compartirse.
Quiero, por último, felicitar a los ganadores. En primer lugar, por hacer aquello que a Scott Fitgerald le parecía característico del genio: poner en práctica lo que se piensa. Esto es, escribirlo. Iniciarse en ese oficio que algo tiene de devoción sagrada y algo de trabajo de oficina. No sé si lo habrán hecho a fuerza de trabajar como catorce bueyes, tal y como confesaba hacer Flaubert o dedicando apenas 3 horas al día, entre paseos y meditaciones, como recomendaba T. S. Elliot. Ordenando a sus familiares que no llamen jamás antes de las 11, como hacía Henry Miller o poniendo el vecindario patas arriba para acallar el canto de un grillo que no le dejaba trabajar, como cuentan que hizo Juan Ramón. Tal vez hayan escrito en su escudo una única palabra (lo dijo de Henry James): Soledad. O puede que su necesidad de soledad sea tan grande que se vean forzados a escribir en el coche, como parece que hacía Raymond Carver o en un banco del parque del Retiro, como se cuenta de Valle Inclán. Nada de eso importa mucho, está claro. Lo importante sólo es escribir, haber escrito, y vislumbrar parte de esa certeza de mi amigo cuando ambos éramos inéditos: créanme: nunca serán más escritores de lo que ya son hoy.
Por cierto, si no fue esa noche de frío y copas debió de ser la siguiente, pero recuerdo bien haber buscado unos versos, haberlos apuntado con trazo grueso en un papel y haber sujetado el papel en el corcho que siempre tengo frente a mi mesa. La mesa, el papel, el corcho, hasta la casa y la ciudad… todo ha cambiado. Excepto los versos, que siguen allí. Y como que si algo me queda claro es que estoy aquí por ese amor a las palabras compartidas, quiero acabar con éstas, que para mí fueron, y son, y serán, un faro. Tienen que ver con la vida. Lo cual significa que tienen que ver con la escritura. Con lo que nos hace seguir escribiendo. Y son de Antonio Machado.

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera
aguarda sin partir y siempre espera
que el arte es largo y, además, no importa.


* La imagen de hoy es de Wamba, tomada en L'Astrolabi en octubre de 2009.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada, y esos versos de Machado, ahora mismo se los paso a Arcadio que sigue aguardando en la costa.

Pilar

Begoña dijo...

Hay esperas difíciles porque sabes que ese momento nunca llegará, y al tiempo en que lo sabes imposible, sabes también que llegarás porque una llamada tan fuerte no puede no ser oída aún en medio de un estruendo ensordecedor. Sí, es complicado pero en definitiva no importa estar o no estar, lo importante lo decía también Machado, estos son los versos que me ponen en movimiento en cuanto algo me desanima.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...