13 de abril de 2010

Algo que he estado escribiendo estos días

Abel despierta despacio. Lo primero que piensa es: «¿Qué hora es?». Le parece raro oír llegar a su madre. En verano, cuando él despierta, ella ya lleva un buen rato en casa, y ha tenido tiempo de tranquilizarse. A veces incluso ha podido comer algo y darse una ducha. En invierno, en cambio, su madre está desquiciada todo el tiempo. Es insoportable. Tanto, que a veces se hace el dormido para darle tiempo a salir del baño y así no tener que aguantar su mal humor.
Para que luego digan que el cambio de hora sólo reporta beneficios a los países civilizados.
Alarga el brazo hacia la mesilla y enciende la lámpara. Proyecta una luz muy tenue, que apenas le molesta a los ojos. Ideal para acostumbrarse a la tonalidad del mundo.
Piensa que sería agradable despertarse alguna vez y sentir que está solo. Desconoce esa sensación. La soledad. Le encantaría estar solo. Aunque sólo fuera por una vez. Nunca se lo ha dicho a su madre. ¿Para qué? Conoce la respuesta.
Poco a poco va integrándose en el mundo. Como siempre, no recuerda nada de lo que ha soñado. Cada día se interroga al respecto, con la esperanza de obtener alguna respuesta. Pero cada día se dice: Nada. Sus sueños son una pantalla en blanco. Un silencio continuo.
Su madre dice que es uno de los síntomas de su enfermedad y que debe aceptarlo con resignación cristiana. Resignación cristiana. Aceptarlo. A veces es como si su madre hablara en un idioma desconocido.
—¿Qué día es hoy? —pregunta.
Oye a su madre acercarse a toda prisa por el pasillo hasta que se detiene en el umbral y sonríe. Está demacrada. Parece muy vieja.
—Mañana es tu cumpleaños —dice ella, fingiendo una alegría que le sale fatal.
—¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Ya es de noche?
—Ayer cambiaron la hora, cariño. Ha empezado el horario de invierno. ¿Te sientes peor?
Abel se incorpora, se despereza.
—No —dice—. Estoy bien.
—Mañana cumples diecisiete años, cariño. A ver si puedo traerte algo especial.
—No hace falta, mamá.
—Claro que sí —Rosa entra, lleva el albornoz pero no se ha puesto las zapatillas.
Va dejando un reguero de agua por donde pasa.
—Mamá, lo estás dejando todo perdido.
Rosa sonríe con languidez. No se disculpa. No se mueve.
—¿Te apetece que celebremos tu cumpleaños? —echa balones fuera.
No le dice que se estaba duchando tranquilamente cuando ha oído su voz y ha corrido a salir de la bañera, dejándose el suavizante a medio aclarar y restos de espuma por todo el cuerpo. Abel lo sabe, aunque no se lo diga. Se comporta siempre igual.
—Si quieres… —dice el hijo.
Rosa sonríe. Se acerca a acariciarle el pelo mientras bajo sus pies se forma un charco de agua.
—Siempre serás mi niño, por mucho que te estés convirtiendo en un hombre.
Abel repite, en silencio.
—Un hombre…
Luego su madre sale a toda prisa de la habitación, en busca de unas zapatillas, mientras dice:
—Hoy he encontrado poca cosa. Pero tengo una sorpresa especial para ti.
Abel lanza un suspiro resignado. Se quita el pijama y se pone unos vaqueros negros que le vienen grandes y una camiseta blanca, de algodón. Su estómago lanza un rugido que recuerda al de un tigre hambriento. Busca sus zapatillas, se las calza. Se queda un momento quieto, mirándose los pies, intentando reaccionar. Necesita un rato más para librarse del sueño. Eso también forma parte de los síntomas.
—¿No quieres verla? —pregunta la voz de su madre desde el cuarto de baño.
—¿El qué?
—La sorpresa. Hoy he encontrado un zorro gordo atropellado, pero además, tengo algo vivo. Está en las jaulas del porche.
Rosa ha pronunciado esta última frase como si anunciara algo portentoso. De pequeño, desde luego, se lo parecía. Le encantaba salir al porche, comenzando por el momento en que su madre abría una por una las cerraduras de la puerta principal. Era algo estupendo, un instante de libertad del que gozaba al máximo.
Ahora, sencillamente, ha cambiado. Ha crecido. No le gustan las mismas cosas que le gustaban con diez años. Su madre no se da cuenta de que ya no es el mismo.
—Claro, vamos —contesta, por no herirla—, ¿qué es?
—¡Ven a verlo!
Rosa le agarra la mano a su hijo y juntos avanzan hacia el jardín. Atraviesan la segunda puerta, la que comunica con la sala de billar y luego Abel espera con la paciencia de siempre a que su madre termine de girar las llaves en las cerraduras correspondientes.
Finalmente la entrada se abre y ella le indica, con mucho misterio:
—En la segunda jaula. A ver si te gusta.
La puntualización no era necesaria, porque todas las jaulas están vacías, con excepción de una sola en cuyo interior Abel distingue el cuerpecillo ensangrentado de una comadreja. Le da unos golpecitos a través de los barrotes. Se vuelve hacia su madre.
—Está muerta, mamá —dice.
—¡No puede ser! Si cuando la metí ahí… —la madre, con el rostro descompuesto, observa el interior de la jaula. Le propina unos golpecitos—. Eh, tú, bicho, ¿para esto te he dado agua?
No hay duda: con agua o sin ella, la comadreja está muerta.
Abel tuerce la boca en una expresión disgustada y la madre le secunda.
—Lo siento. Cuando la metí ahí estaba viva, te lo prometo.
—Tiene una pata destrozada, mamá.
—Claro, porque se enganchó en el cepo. Pero estaba viva.
—Mamá, es horrible que sigas utilizando esas trampas. ¿Por qué no me dejas hacer lo que te dije?
—¡Ni hablar! —zanja la madre, poniéndose ora vez su grueso guante de jardinero para rescatar el desafortunado animal del interior de su calabozo de hierro—, ¡te lo dejé bien claro la última vez! ¡No convertirás mi casa en una granja!
—Pero esto es mucho peor. Tú la conviertes en un patíbulo.
Rosa se queda muy seria. Mira a su hijo. Cualquiera diría que está a punto de llorar. Con esta luz lunar, su cara se ve muy pálida, pero nada en comparación con la de Abel, que es del color del yeso. Entonces, Rosa comienza a reír y dice:
—Anda, pasa, cerebrito. No le des más vueltas, yo me ocupo.
—¿No podríamos quedarnos un poco más aquí fuera?
—Ni hablar. En esta época ya refresca mucho.
Abel no sabe para qué pregunta, si conoce todas las respuestas. Entran de nuevo. Rosa deja la comadreja sobre la mesa de billar y se esmera en cerrar bien las cerraduras, una por una. Mientras tanto, Abel acaricia a aquel bicho con una pata destrozada que yace sobre el tapete verde. Aún está caliente.
No ha medido las consecuencias de sus actos. Le ha acariciado por compasión, con ternura. Sin embargo, el calor corporal de la comadreja ha disparado en él algo cerval, insufrible. Su instinto. Con un gesto casi desesperado, ha agarrado al animal con ambas manos, lo ha dispuesto panza arriba, como si fiera una peluda mazorca de maíz y lo ha olfateado rápidamente, con avidez. A continuación ha hundido sus colmillos en el diminuto cuerpo del animal y ha succionado con todas sus fuerzas. La sangre ha pasado del mamífero a su boca en apenas unos segundos. Dulce, tibia, espesa sangre de comadreja. Le gusta, es una de sus favoritas.
Cuando su madre termina y se da la vuelta, todavía alegre, confiada, tropieza cara a cara con una escena a la cual, por muchos años que pasen, nunca logrará acostumbrarse. ¿Cuántas veces le ha dicho a su hijo que debe comer en la bañera, el único lugar donde borrar los restos del festín no le cuesta una enfermedad? Sabe que no es culpa del chico, que sus instintos son en eso mucho más fuertes que su obediencia. Y contra el instinto, Rosa lo sabe, no hay nada que hacer.
La boca de Abel rezuma sangre, igual que el cuerpecillo exánime del mustélido y las manos del muchacho. Una sangre espesa, oscura, aterciopelada. Forma un pequeño charco en el suelo y mancha la ropa de Abel. Pero lo peor es el gesto de su hijo, el modo cómo encorva el cuerpo mientras come, la expresión de sus ojos desorbitados al hacerlo. Es un gesto, una expresión, una urgencia nada humanas. Es la actitud que le define a su hijo como aquello que es casi desde el inicio de su vida: un hematófago, un chupasangre, más comúnmente denominado «vampiro».
—Lo siento —dice Abel, al verse descubierto, y arroja el cuerpo de la comadreja al suelo, con descuido.
El animal parece la monda de un plátano recién despojada del fruto.
—Ahí no —regaña Rosa, señalando el cadáver—. Ya sabes para qué están las bolsas negras.
Abel obedece, dócil. Recoge el cadáver y lo lleva al rincón, donde aguarda el cubo de la bolsa negra. Lo arroja al interior. La comadreja cae con un plof seco y diminuto.
—Ahora vienes conmigo y te doy el cubo y la fregona. Tú lo haces, tú lo limpias, ya lo sabes —sermonea Rosa, sin dejar de señalar la sangre que mancha el suelo con un dedo acusador.
Abel se limpia la boca con el dorso de la mano. La camiseta blanca está manchada de sangre.
—Pero antes, por favor, lávate y cámbiate de ropa, hijo. Estás hecho un asco.
El vampiro obedece.

4 comentarios:

Laura dijo...

Interesante. Supongo que es de la clase de vampiro a quien la luz del sol hace daño. Por un momento pensé que se trataba de otra cosa (Alzehimer o algo así, en la señora), pero luego con las cerraduras y las jaulas supuse que el "problema" era el hijo. Lo mejor, me parece, es el final. "El vampiro obedece". ¡Tan impropio de uno de ellos! :)

Tzaviere dijo...

Me ha gustado mucho el ritmo.

Begoña dijo...

Yo pensé que el joven estaba enfermo de gripe A, y que la madre era así como yo, algo paranoica. Pero para nada se me ocurrió pensar que fuese un vampiro y menos que la mejor sangre de todas sería la de una comadreja. Y lo de comer en la bañera para no ensuciar creo que jamás se me ocurriría. Bien por la imaginación.

María José dijo...

Muy bueno!!
Los finales se te dan bien. El final de "Marcar un gol" es genial.
Saludos