1 de septiembre de 2010

Obsesión


Me he dado cuenta de que últimamente pronuncio mucho la palabra obsesión. La primera vez que la leí asociada al día a día del escritor supongo que fue leyendo a Martin Amis pero, curioso, no le di mucha importancia. Pensé que el inglés exageraba, o recurría a la hipérbole para mejorar la anécdota.
Esta noche de partido de la selección de baloncesto y anuncios de la vuelta al cole de los grandes almacenes, he decidido inaugurar la temporada de este blog hablando de las vacaciones. Pero no de cualesquiera vacaciones, sino de las vacaciones obsesivas, inexistentes por mucho que quieras evitarlo, del escritor. Perdón, amigos, pero en este, para muchos, primer día de trabajo, he decidido hablar de mis vacaciones.
Este año decidí tomarme un descanso. Esto es, no escribir ni una línea durante, al menos, 20 días. Aclaro que pocas veces he estado tanto tiempo sin escribir y aclaro también que siempre que me he propuesto descansar de la escritura he vuelto a escribir a los pocos días o incluso a las pocas horas. Incluso tengo una contrastada teoría: mis épocas de mayor producción suelen ir precedidas de uno de esos propósitos míos de descanso.
La verdad descarnada, esa que siempre asoma, es esta: dedicarse a la literatura es una suerte, un privilegio indiscutible que sería de tontos no valorar, pero lleva asociada la condena de la obsesión que no cesa.
Sí, este año me he tomado vacaciones. He estado de retiro familiar, al sol, junto a una piscina. He jugado con mis hijos, he leído bajo un árbol y he recargado las pilas, que buena falta me hacía. Pero no he podido evitar, en todo ese tiempo, dejar que la obsesión campe a sus anchas. Por las noches he inventado cuentos de aparecidos. De día he cambiado mil veces el título de mi nueva novela -que después de llenar una hoja de mi Moleskine con más de 30 posibilidades diferentes, sigue sin título-, he enriquecido a algunos de los personajes que ya tenía inventados, he cambiado el narrador principal, y también el orden de algunas escenas... También se me han ocurrido tres novelas nuevas, que estoy segura de no poder escribir, por lo menos ahora, ni tampoco en un futuro a medio plazo (porque otras que se me ocurrieron antes aguardan también en mi lista de obsesiones). De modo que he regresado del descanso con un montón de deberes y la necesidad de aplicar cuanto antes todo lo anotado, puntillosamente, durante los días en que no escribí ni una línea.
No cambiaría lo que hago por nada del mundo pero a veces me gustaría ser una persona capaz de irse de vacaciones veinte días y no pensar en nada que le quite el sueño. Sí, ya sé que puede parecer ridículo, pero el narrador, el orden de las escenas, el matiz de una línea de diálogo... estas cosas quitan el sueño a un novelista. En fin. Sin obsesión, lo decía Amis, no hay literatura. O lo digo yo, ahora que estoy de acuerdo.


* La imagen de hoy, de Fernandoprats en Flickr

5 comentarios:

Begoña dijo...

Lo difícil es tener la obsesión adecuada, eso es, escribir cientos de páginas y ser publicadas. Eso es lo ideal y tú lo bordas. Te deseo muchas y muy buenas obsesiones, porque es rigurosamente cierto no hay descanso, el descanso tal parece volver a la actividad.
Besos

Fernando Alcalá dijo...

Me ha hecho muchísima gracia leer esta entrada hoy, Care, porque precisamente ayer no dormí por este tipo de asuntos.

En fin, sarna con gusto...

Laura Caro dijo...

Hay obsesiones sanas y obsesiones insanas. La tuya, sin duda, es de las primeras, porque dejar de escribir sería lo más cercano a una enfermedad, si te corren por dentro las letras.
Tengo un poema que habla de eso:
http://elblogdelauracaro.blogspot.com/2010/04/insomnio-poetico.html
Te envío saludos, con mi admiración.

Mariaje dijo...

Care yo no le llamaría "obsesión", le llamaría "droga". La misma droga que sentimos tus lectores al recorrer las páginas de las historias que escribes.

Laura dijo...

De acuerdo contigo y con Amis. :)