7 de septiembre de 2010

Al principio, a las novelas hay que empujarlas. Luego, te empujan ellas a ti (O breve crónica de la resurrección de una novela)


No hace mucho escribí esta frase en mi perfil de Facebook. Luego la utilicé para un libro raro que he pergeñado, del que os hablaré pronto (espero que sus editores me den el beneplácito para hacerlo público). Desde hace más o menos quince días, me la repito a todas horas. Y es que ese es el tiempo que llevo siendo felizmente empujada por mi nueva novela, a la que hasta ahora empujaba yo, con mucho trabajo, por una interminable y y empinada cuesta llena de dificultades.
No tengo ni idea de por qué ocurren estas cosas ni cómo dejan de ocurrir. Tenía la idea, tenía la documentación, tenía el entusiasmo y el 8 de abril, justo el día en que cumplí 40 años, decidí tirar a la basura las casi 200 páginas de la novela en la que trabajaba desde noviembre de 2009. Por fortuna, antes de tirarla se las envié a cuatro personas de mi absoluta confianza, sufridores de casi todos mis borradores y salvadores de no pocos: Ángeles Escudero, Francesc Miralles, Deni Olmedo, Sandra Bruna. De un modo u otro, todos me animaron a rescatarla de la papelera. El más gráfico de todos -siempre, siempre- fue Olmedo, quien dijo: "Tus personajes parecen amebas". Tenía razón. Mis personajes estaban como aletargados.
Dediqué los siguientes meses a hacer (o intentar) que mis personajes dejaran de ser amebas. Reescribí lo que llevaba hasta entonces, suprimí personajes, seguí leyendo y leyendo, se supone que para documentarme. Libros sobre Barcelona, sagas familiares, novelas ambientadas a fines del XIX y principios del XX, libros de viajes, memorias, biografías, tratados de arte, catálogos de exposiciones, epistolarios... Creo que me dejé abducir un poco por el proceso de documentación, algo que suele ocurrirme con demasiada frecuencia cuando el tema me interesa (hay que tener mucho cuidado con eso o la documentación te secuestra). Llegué al verano con otras 200 páginas y un montón de documentos llenos de fragmentos descartados. Releí el texto antes de irme de vacaciones. No me gustó. La segunda muerte de la misma historia, donde por cierto hay varias muertes y alguna resurrección, estaba a punto de producirse.
Entonces me fui a
Como. ¿Fue para documentarme? A estas alturas, ni lo sé. Planeé el viaje de todos los años con mi amiga Ángeles. No queríamos ir lejos, no queríamos gastar mucho, nos gusta Italia, yo llevaba tiempo queriendo conocer el Norte, había buenas ofertas a Milán... a veces una casualidad cambia tu vida. Casi siempre las casualidades cambian -y mucho- las novelas. Fue una casualidad lo que me llevó a Bellagio. Allí, dando un interminable paseo por el lago, pensé y pensé. Conocí Nesso, vi casonas decadentes hundiendo sus cimientos en las aguas, pensé en lo adecuado que es ese lugar para alguien que desea alejarse de su vida, olvidar, olvidarse, entregarse a otra persona. De pronto, miré hacia la orilla y los vi allí: Amadeo, el personaje central de mi novela, mirándome con sus ojos gélidos desde un balcón necesitado de una mano de pintura. A su lado estaba ella, desnuda, recostada en la cama, a punto de ser abandonada para siempre. Pensé qué diría su nieta, varias décadas después, si escribiera una carta de desagravio. Pensé en la memoria, tan parecida al paisaje lejano que rodea al lago. Cuando llegué de nuevo a Bellagio, la novela estaba resuelta. Sólo faltaba escribirla.
En eso estoy desde entonces. Ya la nieta de esa mujer ha escrito su carta. Ha causado, por supuesto, un gran revuelo. Mis personajes han vuelto a ponerse en danza y ahora sé que no son medusas. Completo, reescribo, aprovecho, monto y desmonto una historia que ya parece un patchwork, por tercera -espero que última- vez. Me sé la vida de mis muchos personajes como si formara parte de su familia. Hasta sé qué rincón de esa casa familiar cercana al
Paseo de Gracia, que por supuesto nunca existió, es mi favorito. Todos los días paseo por la Barcelona de 1890, de 1920, de 1932, de 1936. Y por la mía, que es protagonista también.
No sé por qué o de qué forma ocurren estas cosas, pero el lago de
Como desbloqueó mi historia. Ahora, sólo tengo que dejarme arrastrar por ella, escribirla con urgencia, porque todas las horas me parecen pocas, y desear que llegue abril de 2011 para compartirla con otras personas.

7 comentarios:

Jesus Esnaola dijo...

Como poco curioso que fuera el lago Como quien te contara cómo escribir tu novela (perdona el chiste fácil).
No sólo me ha parecido interesante este parto compartido, también me ha parecido entrañable.
Gracias por compartirlo.

Un abrazo.

Begoña dijo...

Este post me ha parecido una clase de escritura en sí mismo. Tengo todas mis historias estancadas se podría decir que por decisión propia, y se pasan las horas reclamándome que me ocupe de ellas. Es una especie de guerra pacífica la que mantenemos. Te cuento lo que me ha hecho hacer un alto, la sensación de estar siempre inmersa en un mar embravecido por lo mucho que tenía que sacrificar de mi tiempo real. Los míos me reclamaban que dejase de navegar y volviese a casa, estoy en casa y mis personajes me exigen que vuelva a navegar. No se cuando pero volveré a mi mar embravecido, la calma absoluta no es para mí :)
Saludos

Begoña dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fernando Alcalá dijo...

Este entusiasmo es contagioso, Care! Muchas gracias.

Y me quedo con esta frase: "a veces una casualidad cambia tu vida. Casi siempre las casualidades cambian -y mucho- las novelas."

Muy cierta.

Anónima de las 9:59 dijo...

Mmmmm... Me ha gustado mucho esta entrada, Care.
Respira verano, trabajo, vacaciones, aire de Italia... y revela los parajes de la inspiración.
Simplemente: "Me gusta".
:)

Lether_Ireth dijo...

Con este post me has dado una inspiración que me faltaba desde hace varias semanas.
Muchas gracias y suerte con ese tercer intento...

Anónimo dijo...

Yo también pienso que contagias tu entusiasmo, que emanas una energía creativa difícil de definir. Me has emocionado, y eso tiene su dificultad porque conocí el proceso, porque te ví ausentarte del ferry mientras pensabas, porque te miré mientras encontrabas a tus personajes doblando una esquina o asomados a un balcón. Esa novela, de historias y de pasiones que ya nada tienen que ver con las amebas, nos la debías hace mucho.