27 de abril de 2011

Lo de menos fue el lugar y la hora

De pronto las palabras se atropellan, se precipitan, salen en estampida. Suenan rabiosas y querría decir que ajenas, si no fuera porque el dolor que contienen es tan mío como mi memoria, como mis jugos gástricos, como los años que me quedan con él a cuestas.
Es raro que brille el sol y me sienta tan triste. Es raro ser feliz y estar tan triste. Unos ojos te miran y tú reconoces en ellos un amor antiguo, incombatible. Descubres algo que intuiste hace tiempo: no puedes evitar el odio, el desprecio, el recelo, el terror...
El miedo establece su reglamento. No soy yo quien se hizo la que soy.
Te lo dije una vez: soy un caracol sin concha. Un triste molusco que no lo parece.
Acaso somos lo mismo y nunca nos lo hemos contado.




* La imagen, obra de Cornelis Zitman


2 comentarios:

Begoña dijo...

Científicamente está demostrado algo que no creí, que en verdad del amor al odio no hay más que un paso. Tuvo que escribirlo Bernabé Tierno para que lo creyera. Pero entre nos, me cuesta creer que sea así.
Saludos

Rebeca dijo...

Únicamente cuando se ha querido a alguien somos capaz de odiar con la misma intensidad, pero no es un odio en sí, sino un conjunto de rabia e ira que se apodera de nosotros en determinadas circunstancias...

El tiempo y los aconteciemintos nos hacen cambiar, mudar la piel, pero en el fondo de nuestro corazón seguimos siendo los mismos...

Un abrazo muy fuerte, y espero que pase pronto tu ira, y vuelvas a sentirte feliz, cuando brille el sol, cuando llueva, SIEMPRE!!

Rebeca.