12 de septiembre de 2011

Hambre


Es un lujo que alguien te necesite. A ti y a nadie más, ser insustituible. Que ese alguien, de pronto, deje de necesitarte, también debe de serlo.

Escribo estas líneas el día de la vuelta al cole, y sé que por ahora, lo segundo es sólo un espejismo. A las nueve y cinco minutos de hoy, he dejado a mis tres obras en el patio del colegio, cada uno dedicado a saborear sus respectivas novedades y al ruidoso reencuentro con sus amigos, y he vuelto a casa con las manos en los bolsillos, feliz de mi ansiada libertad. He vuelto a trabajar en silencio, a organizar mi vida en esta soledad reparadora. He hecho planes egoístas. He escuchado a Bach sin que nadie me reclame "Eva María se fue". Y, en lugar de almorzar, he comenzado un post del blog. Si no almuerzo, a nadie le importa. No habrá ningún cachorro desolado a mis espaldas, lloriqueando de hambre.

No me incomoda confesar que, a día de hoy, mi hambre, mi necesidad, es de otras cosas, muy diferentes. Por ejemplo, pasar una hora a mi aire entre los anaqueles de una librería de viejo.
Encerrarme en mi biblioteca de cabecera con un trimestre por delante para leer, buscar, aprender y, poco a poco, urdir una trama que, para existir, demanda tiempo, paciencia y detalles. 
Pisar un teatro, ocupar mi butaca, disfrutar mientras se apagan las luces y llega la primera frase de texto.
Comer, en la compañía de un libro, en uno de esos restaurantes que están siempre al paso de mis necesidades. Sentarme a la orilla de un mar abandonado a tramar, a pensar, a alejarme de mí misma para acercarme a la verdad.
Regresar a casa, y que mis hijos me cuenten cómo les ha ido el día, y yo contarles el mío.

Llegará el momento en que ellos necesitarán, igual que yo, su propio espacio. El día en que no quieran contarme todo lo que hacen. El día en que vayan a lugares que yo no sepa. El día en que descubran la perturbadora compañía de un extraño. El día en que ese extraño me desbanque en sus preferencias. Que los planes dejen de ser colectivos, consensuados, agotadores. El día en que eche raíces en ellos esta necesidad de libertad que intento explicarles. Ese día, les echaré de menos, pero respiraré aliviada de poder volver a ser la que  era antes de que me quisieran y me necesitaran como a nadie más en el mundo.

4 comentarios:

Begoña dijo...

Llegará el día en que quieran navegar solos, y si naufragan te preguntarás que parte de su naufragio es culpa tuya, por haber estado tan pegada a ellos, o tan despegada y llegará ese día en que no encuentres otra respuesta que por algo será. Aunque día a día sigas buscando la respuesta justa.
Saludos

Rebeca dijo...

Y llegará ese día en el que ellos necesitarán su propia libertad, como la hemos necesitado todos los que hemos sido hijos.

Así que aprovecha todos los momentos en los que todavía dependan de ti, apúralos y exprímelos como si fueran un tesoro, porque eso te quedará después...cuando vuelvas a gozar de tu entera libertad, para aquellos menesteres que más te apetezcan y diviertan...

Un beso gigante!

Vagamundo dijo...

Son parte de nosotros. Se llevan parte de nosotros. Y junto con pañales, lavadoras, betadine, miedos, nos devuleven la vida que les dimos.
Llegarán otros días, y serán otros: serán y darán en función de lo que somos y les dimos. Ahora.

Un placer leerte.

paulafigols dijo...

Qué bien entiendo esos pequeños momentos de libertad, cuando dejo a mis tres chicas en el cole y tengo una mañana de fiesta en el trabajo (solo sucede un par de veces al mes). Y tengo toda la mañana para deambular por la ciudad, ir a una biblioteca o una librería, nadar, pedalear, cocinar, darle un empujón a ese relato que tengo atascado, sentarme en la orilla del Ebro a tirar piedras, tomar un café sin prisa… Mientras espero a que sean las 4.30 para ir a buscarlas y llenarles de besos. Saludos.