27 de mayo de 2013

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-En alguna entrevista usted ha declarado que es ‘una dama del siglo XIX que he nacido en el momento equivocado’. ¿Me puede matizar esta declaración?
-No lo soy muy a mi pesar… Me encanta el XIX. Crecí leyendo literatura de ese siglo. No me supone un esfuerzo especial novelar esa época, es como si la conociera de primera mano.  Al margen de la impostura que supone afirmar tal cosa, a veces tengo la impresión de que nací demasiado tarde.

-Últimamente se han publicado varias novelas ambientadas en el siglo XIX. Usted misma publicó ‘Habitaciones cerradas’, que lindaba con el siglo XIX, y ahora ‘El aire que respiras’. ¿Qué tiene ese siglo para que últimamente nos fascine tanto?
-El pasado y la literatura se llevan bien. La literatura es el mejor modo que tenemos de retener el paso del tiempo. Y el XIX nos explica, nos ayuda a comprendernos, de algún modo nos construye. Cambiaron muchas cosas en esos años, el mundo dejó de ser el que había sido hasta entonces y se inventó de nuevo. Aquel nuevo mundo decimonónico es el que nosotros hemos heredado, el que en muchos aspectos prevalece. Esta importancia en nuestra propia identidad es la única explicación que encuentro a esa proliferación que usted dice.

-‘El aire que respiras’ reconstruye la vida de trece libros eróticos que, tras desaparecer en la época de las invasiones napoleónicas, tienen su propia vida circulando por distintas bibliotecas y lugares a lo largo del siglo XIX y XX. Con esta historia usted aúna tres de los grandes temas que suelen triunfar entre los lectores: una historia decimonónica, una historia de libros y una historia con toques eróticos. Parece la fórmula perfecta para un superventas. ¿Está de acuerdo con la idea de que historia, cultura y sexo son los tres elementos claves para un superventas?
-Una vez escribí pensando en las ventas y no lo voy a hacer nunca más. La razón es simple: me traicioné a mí misma haciendo concesiones que de otro modo no hubiera hecho, y los resultados no fueron los esperados. Mire, por fortuna, el mundo de la literatura es imprevisible. Nadie tiene la fórmula del éxito, ni sabe cómo conseguirla. Dudo mucho, sinceramente, que el éxito dependa de esos factores que usted apunta en su pregunta y, con toda sinceridad, no tengo ni la menor idea de qué hay que hacer para triunfar en esto. Ni me importa demasiado, la verdad. Para mí, lo más importante es la comunicación. Escribir es un acto de comunicación, y hay que tenerlo en cuenta. Y también es necesario ser honesto con uno mismo. Los libros, Barcelona, los libreros, las historias ocultas de los objetos que nos rodean, de lo inerte… todo eso son pasiones y filias propias, que arrastro desde hace años y que he plasmado en muchas novelas. Si triunfan, bien. Si no, otra vez será. Si no ocurre jamás, habré disfrutado escribiendo para unos cuantos que comparten mis pasiones. Tengo lectores que esperan mis novelas, escribo pensando en ellos, en sorprenderles, en entusiasmarles de nuevo (sabiendo que es cada vez más difícil, porque todo cansa, de todo acabamos aburriéndonos). Esos lectores son unos cuantos miles, y no sólo viven en nuestro país, sino que hablan lenguas en las que no podría comunicarme con ellos. De modo que soy afortunada, pero no sé qué he hecho para merecerlo. Es mucho más de lo que pensaba conseguir cuando comencé a publicar.

-Además, la protagonista de la novela es una mujer que hereda una librería. Últimamente están apareciendo muchas novelas cuyos escenarios son, precisamente, lugares calmados: librerías, clubs de ganchillo, pueblos apartados del mundanal ruido… Da la sensación de que los lectores buscan escenarios absolutamente contrarios a los que frecuentan en su vida cotidiana (ciudades estresadas, trabajos asfixiantes, etc.). ¿Cree que, en los tiempos que corren, la literatura necesita más que nunca convertirse en narrativa de evasión?
-Creo que la literatura sirve para soñar (entre otras cosas) y me parece muy sintomático, y algo preocupante, que ahora soñemos con espacios de calma. Es como si ya hubiéramos renunciado a la calma en nuestras vidas y tuviéramos que buscarla en los libros. Aunque me alegra también, porque el solo hecho de leer ya es una invitación al sosiego, al silencio, a la lentitud. Leer, en este momento, es ir contra el ritmo del mundo. Creo que está bien llevarle la contraria al mundo.

-Además de escritora, usted es crítica literaria. ¿Podría indicarnos, en su opinión, cuáles son las temáticas que suelen funcionar mejor entre los lectores contemporáneos? Es decir, ¿qué tipo de narrativa será la que desbanque a ‘Cincuenta sombras…’?
-Tenga por seguro que si tuviera la respuesta a esa pregunta no eleigiría este lugar para publicarla. Nadie puede saber qué o quién desbancará a Grey y sus sorprendentes sombras. Y en parte esa es la gracia: del mismo modo que pocos podían pensar que las novelas erótico-románticas gustarían tanto a las lectoras, es imposible saber qué será lo próximo. Los lectores son caprichosos, incomprensibles, a veces abofeteables, pero así son las reglas del juego literario. A veces te dejan boquiabierto. De todos modos, el reinado de Grey comienza a debilitarse, o eso parece deducirse de las listas de más vendidos. Y vuelve más o menos lo que ya estaba: los misterios históricos, los casos policíacos y los autores que se han ganado a pulso un grupo numeroso de lectores muy fieles. Nada sorprendente como Grey, qué lástima.

-Algunos libreros me han comentado que, en estos tiempos de crisis económica, se venden más los libros de cierto grosos que los delgaditos. Es difícil hablar de libros vendidos a peso, pero ¿cree que la crisis económica condiciona la narrativa que acaba triunfando?
-No creo que exista ningún lector que compre libros a peso y menos en estos días. Me parece lógico que se vendan más los gruesos que los delgados. Supongo que el planteamiento es simple: cuanto más grueso, más dura su lectura, “ergo” más lo amortizo. Yo estoy a punto de devorar lo último de John Irving y, como siempre, estoy encantada de que sea tan grueso. Si me lo hubieran vendido a peso y metido dentro de un cucrucho de papel de estraza, lo habría comprado igual. ¿Usted no?

1 comentario:

Begoña dijo...

A mí lo de vivir en 1900 me fascinaba hasta que hace muy poco me saqué un libro de fotografías de mi villa marinera por excelencia, que es esa en la que me crié. Y resulta que los carruajes y trajes encorsetados que imaginé, junto a los sombreros sofisticados no estaban. Todo era una pátina de tristeza y hambre, trabajo duro y poco remunerado, trajes rotos y vestidos ajados.

Desde entonces estoy feliz de vivir en la época actual, las calles están llenas de coches flamantes y casas hermosas y la gente viste muy bien, además de salir sonrientes en todas las fotografías incluso en tiempos de crisis. Creo que lo que imaginamos de aquellos tiempos que no vivimos no casa mucho con lo que fue en realidad. Y conste que digo creo ;)
Saludos