22 de junio de 2011

Avarus animus nullo saciatur lucro



El novelista, traductor y poeta John Gardner habla en su libro Para ser novelista del desaliento que aqueja a los escritores. Del que viene de los demás y del otro, del terrible: "Escribir una novela lleva muchísimo tiempo", dice, "al menos para la mayoría, y es algo que pone a prueba la mente del escritor y puede llegar a desquiciarla. Día tras día, año tras año, el novelista se pregunta si no estará engañándose, se pregunta por qué se escriben novelas, esos largos y minuciosos estudios de las esperanzas, alegrías y desgracias de seres que, en sentido estricto, no existen. El escritor puede ver socabado su ánimo por una progresiva misantropía, humor o desconcierto mientras su mujer o marido da muestras crecientes de mal humor."
A pesar de todo, Gardner termina diciendo que "hay más fracasos entre quienes aspiran a ser brillantes hombres de negocios que entre quienes aspiran a ser artistas".

Creo que Gardner tiene razón. Escribir es aprender a luchar contra ti mismo. Terminar una novela depende, en buena medida, de tu capacidad para resistir en esa lucha. De tu autoconvicción, de las maneras en que hayas aprendido a combatir el desaliento. Es una labor de resistencia, en la que el talante tiene gran importancia.



Hace poco me contaban el caso de un escritor pagado de sí mismo. Uno de esos que se consideran a sí mismos más que los demás y osan ir por el mundo con una mueca de desprecio. Se les reconoce porque raramente leen a sus contemporáneos o, si lo hacen, es sólo para certificar que ellos son infinitamente superiores. También por su infelicidad, que es su peor estigma. A menudo publican en buenas editoriales. Tienen un razonable número de lectores. Reciben buenas críticas. Pero nada de eso les basta, porque aspiran a más. Están tan pendientes de los inexplicables éxitos ajenos que no saben ver sus propios logros. Nunca están satisfechos. La insatisfacción llega en ellos a ser patológica. Por supuesto, no admiten la biodiversidad de lo literario. No admiten la coexistencia de distintos tipos de escritores, de libros, de lectores. Para ellos sólo existe literatura sublime -ellos mismos- y subliteratura -los demás, en particular aquellos de los demás a quienes las cosas no les van del todo mal-, consideran que su labor consiste en educar a los lectores equivocados. Es decir, inculcar a todos que deben leerles a ellos y no al resto de la humanidad. Con los años, suelen ser seres solitarios, asociales, estar enfadados con el mundo (que no les comprende) y bastante insoportables.
Lo peor de todo es que su mal no tiene solución. Aunque mañana todo el mundo les prefiriera, aunque vendieran un millón de ejemplares, aunque hasta los taxistas les leyeran con fruición, se sentirían igualmente infelices. 
Porque hay otro axioma infalible, en la literatura y en la vida: Por muy bien que te vayan las cosas, siempre hay otro u otra a quien le van mejor que a ti.
Y la felicidad, no falla, consiste en ser feliz con lo propio.


6 comentarios:

Rebeca dijo...

Aquellos que se creen más que los demás, nunca se sentirán completos, porque en su interior, hagan lo que hagan siempre estarán vacíos.

Cuando escribir pasa a ser una de las pocas cosas que te ayudan a sobrevivir, se convierte en tu propia forma de lucha. No importan los años que tardes en escribir lo que quieres, siempre y cuando eso te alivie y te vaya liberando poco a poco.

Intriga sobre esas dos fotos...¿cómo vas con tu nueva novela? Espero que bien, porque yo ya estoy deseando leerla!!

Un beso,

Rebeca.

Begoña dijo...

El verdadero problema de un ser común y corriente que quiere escribir una novela es que los demás no le dejen. O que una vez puesto a la tarea ese mundo sea tan fascinante que no sepa apearse en la próxima estación a la hora convenida. Para mí el problema real es ese, anteponerlo a todo lo demás, enclaustrarse entre las palabras tanto tiempo y gozar de tal manera que el resto de cosas se hagan esperar cuando vivimos pendientes de un horario y obligaciones. Cuando en alguna parte alguien me dice lo mucho que se aburre pienso en la productividad que yo sacaría de su tiempo para aburrirse. Un día comienzas a escribir para matar el tiempo y sucede justo eso, que a partir de ese día te quedas sin tiempo. Todo tu tiempo lo pasarías escribiendo, y el que pasas sin escribir es como si no hubiese pasado.
Cosas de locos :)

Begoña dijo...

PD: En este momento mi cabeza tiene un proyecto pendiente, que no empiezo porque no sabría parar. No saber parar me lleva a no empezar.
De locos ;)

lecturayescritura dijo...

Como siempre que leo los artículos del blog saco partido. Enhorabuena, el sitio web se ha convertido para mí en una referencia. Podré estar o no de acuerdo con algunos planteamientos pero siempre es enriquecedor leer los artículos colgados. Felicidades nuevamente, seguid así y animo a la gente a que participe con sus comentarios en este tipo de sitios educativos porque la verdad es que son de un valor enorme en esta época de internet.
Ánimo y suerte con las publicaciones, os seguiré

Arrowni dijo...

El problema de los señores no mencionados no es que sean infelices -eso podría ser el problema de tanta gente que ya ni es un problema-, sino que son unos hipócritas. Si uno es tan bueno ¿por qué uno tiene que demostrarlo? Hombres, un poco de orgullo real para variar, en vez de la sombra borrosa y estoica del orgullo.

Me gusta pensar que si ser presumido fuera mejor visto por la sociedad, nos saldría mejor.

Fernando Alcalá dijo...

plas plas plas plas

(onomatopeya de aplauso, Care :p)