18 de julio de 2012

Dime cómo procrastinas y te diré quién eres


En inglés es un concepto habitual: to procrastinate. En español nos suena un poco a chino. Procrastinar. El DRAE nos demuestra que se trata de algo fácil de comprender, que hacemos todos, que está al alcance de cualquiera. Los neurólogos nos explican que el cerebro es un gran procrastinador, que para él se trata de un mecanismo de defensa. En resumen, todos somos, aún sin saberlo, grandes procrastinadores.

Definamos, pues, el arte de procrastinar como el de aplazar el momento de ponernos a hacer algo. Puede ser algo útil o inútil. Yo, lo confieso, procrastino mucho.
Observo a mis hijos y veo que han heredado esta tendencia. Aunque, me fijo, tenemos modos de procrastinar muy diferentes. Me pregunto si eso no será un modo como cualquier otro de definirnos: y usted, señora, caballero, ¿cómo procrastina?

Yo procrastino, sobre todo, por las mañanas, cuando me siento ante la pantalla y abro el documento donde duerme mi novela, esa que estoy escribiendo. Qué pereza leer lo que escribí ayer, qué miedo a que ya no me guste, qué pereza esa escena de transición que me toca hoy.  Miro el documento con ojos bovinos. ¿Qué habrá pasado en el mundo?, me pregunto. Abro El País, abro el Ara, abro La Vanguardia. ¿Qué hará la gente? Abro Facebook, leo a unos y a otros, contesto algo, borro, elimino. Poco rato, porque es importante tenerse a raya a una misma. No desmandarse en Facebook. Esa es mi máxima aspiración. Luego, lo mismo en Twitter.

Vuelvo a la novela. Entra un mail. No lo dejo para después. Podría verse bien que conteste con tanta rapidez (de hecho, la gente lo agradece). Sólo yo sé que estoy procrastinando, ganando tiempo (no: perdiéndolo). Llama un mensajero. Bajo a abrir. De vuelta, visito la lavadora, el tiesto de albahaca, la nevera, el baño y el armario de mi hija... Hasta que una vocecita muy autoritaria  (el amo al que se refería Natalia Ginzburg al hablar del oficio de escribir) grita dentro de mí: ¡Santos, ya está bien de procrastinar, vuelve a tu sitio!

Mi protagonista me observa, aburrida, desde algún rincón del mármol de donde no la he arrancado todavía. Ella odia esta tendencia mía a perderme en menudencias. Esto le pasa porque se juega la existebncia. Pero también porque no tiene debilidades, es un ser perfectamente ficticio. Y esos, ya se sabe, nunca procrastinan. 


* La imagen: detalle de una edición del siglo XVIII del impresor Joaquín Ibarra.

5 comentarios:

Rebeka dijo...

Sé de este verbo.

Conozco la sensación de intentar hacer mil cosas distintas con tal de no enfrentarme a la página escrita con anterioridad, sé del miedo a enfrentarme a lo que quiero escribir y que sigue ahí, siendo una sola idea. Por miedo a no ser capaz de plasmar en el papel lo que tengo en la cabeza. Por miedo de que no guste a los pocos que me leen.

El verbo procrastinar esconde demasiados miedos.

Un abrazo Care.

Begoña dijo...

Procrastino mucho para las tareas de la casa. Y me odio por ello. Por todo el tiempo que me restan de escribir.
Saludos

César dijo...

La historia de mi vida.

Yumico K. Véliz dijo...

jajajaja extraño el verbo para tan popular aparición, para tan democrática existencia. Hasta suena pornográfico.
¡Ligero post escenificando lo pesado de iniciar!
Muchas Gracias, me divertí y me vi procastinando

Yumico K. Véliz dijo...

P.d Obviamente estoy procastinando...