21 de diciembre de 2012

El reflejo del alma


A las nueve de la mañana del jueves detecté que me había salido un granito en la piel del cuello, cerca de la clavícula. A las dos de la tarde el zarpullido me cubría de la barbilla a las tetas. Por la tarde avanzó hacia el ombligo. Aquella noche avazó rápido. Las piernas, la espalda, las plantas de los pies... El viernes me levanté transformada por completo. Un monstruo purulento.
Llamé al dermatólogo. A varios de ellos. Ninguno podía darme hora para antes de un mes. Resolví encerrarme en casa. Después de descolgar, uno por uno, todos los espejos.

No me di cuenta de que las calles estaban desiertas hasta que sonaron las alarmas de las viviendas. Todas al mismo tiempo. Algunos vecinos asomaron las tímidas cabezas a las ventanas.

Sentí asco sólo de ver sus rostros. Estaban cubiertos de granos purulentos.
En el contenedor de la esquina, apilados, descubrí todos los espejos del barrio.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífica historia. Si te lo propusieras... podrías hacer una antología de micro-relatos. Venga, va, ¿qué te cuesta? Seguro que tod@s saldríamos ganando :D

Rebeka dijo...

Completamente de acuerdo con el comentario anterior. Una antología tuya de micro pensamientos e historias sería una genialidad.

A veces no nos damos cuenta de lo similares que somos a la gente que nos rodea, hasta que dejamos de mirarnos el ombligo.