18 de julio de 2006

Memoria de los cafés

Con la vaga intención de un viaje a Berlín para inaugurar el próximo otoño, leo las Crónicas berlinesas de Joseph Roth (Minúscula, 2006), una selección de sus artículos publicados en la prensa durante los años 20. Me encanta, en el apartado Refugios, el capítulo titulado Noche en los tugurios, dedicado a cafés y antros de todo pelaje. Allí habla del Reese, por ejemplo, un local al que, dice el autor «se va», y no «se está» y donde «puedes quitarte el sombrero sin que nadie te mire». Las descripciones de Joseph Roth me parecen lo mejor de sus crónicas. He aquí una muestra:

En el Reese, si eres una señora, llevas siempre un traje de noche, y es probable que el camarero te diga de veras: «La señora dirá». La señora, en cambio, tuteará al camarero.

Aunque de todos los garitos glosados por Roth, me qued con el Albert-Keller, un café «que tiene clientes tan habituales que hasta reciben allí el correo» y que en ciertos aspectos recuerda a un café literario. «Por ejemplo, en el Albert-Keller puede uno pasar toda la tarde durmiendo», dice el autor.
Esta evocación del Berlín de entreguerras me ha llevado a toda velocidad —la memoria tiene estas cosas— a Oporto. A sus cafés y sus calles. He buscado entre mis muchos papeles el cuaderno que escribí durante mi viaje portugués del verano de 2000 y he recuperado las escasa líneas que dediqué a los cafés de la ciudad del Douro y la propia fisonomía de la ciudad:

En cualquier rincón inespero, Porto sube o baja, y es esta fisonomía endiablada la que le confiere su encanto: el de la sorpresa que aguarda al doblar cada esquina. Otras sorpresas minúsculas: el Café Majestic, en Rua Sa Bandeira, de grandes espejos modernistas y camareros que parecen surgidos de la cubierta de recreo de un crucero de lujo. Un café como el Majestic, con piano de cola, querubines artesonados y esa ligerísima decadencia de otro tiempo es que le falta a mis tardes de invierno.

Pienso ahora, al devolver estas páginas a su olvido, que en ciertas tardes de mi vida me refugié en el Café de la Ópera, en las Ramblas de Barcelona, un lugar al que he vuelto con cierta asiduidad, aunque ahora prefiera otros, como el bullanguero Shilling de la calle Ferran o el primer piso de Laie, la librería-café, mucho más burguesa. Perosigo estando de acuerdo con la que escribió ese cuaderno portugués hace seis años: al Café de la Ópera tal vez le sobran sillas y le falte silencio para ser el café de mi vida.

13 comentarios:

Anónima de las 9:59 dijo...

En los recuerdos de mi primera infancia, durante los primeros 70's en Madrid, guardo las imágenes de cafés que ya no existen.

Pasaba los ratos allí, con mi abuela y mi madre, en asientos de piel o "eskai". Y también me acuerdo de los comentarios según se fueron cerrando: Los locales de los cafés fueron comprados todos ellos por lindas entidades bancarias.

Ahora sólo quedan unos poquitos: el Gijón, el de Bilbao y mi favorito, ay, Care, el Iruña. El Iruña sobrevive en el centro de Madrid, con su piano, su aire de otros tiempos y sus camareros profesionales (otra especie a extinguir)

Alrededor han nacido Starbucks, Cafés de las Indias y de todo tipo de franquicias, pero allí, en una callecita junto a la calle Arenal, sigue acogiendo el Iruña a todo aquel que quiera viajar en el tiempo.

Os lo recomiendo a todos si pasáis por Madrid. (c/ Hileras, 8)

Anónimo dijo...

Recuerdo mi segundo café como más lindo.

El primero lo tomé rápido, sin enterarme de nada. Además caro. Había estado ahorrando, no tuve para otra taza hasta catorce meses después. Esa segunda vez la considero la primera.

solodelibros dijo...

Con Roth y estas crónicas estoy yo ahora, precisamente.

miwok dijo...

Anónima de las 9:59, soy una recién llegada a Madrid y seguiré tus recomendacios, por ahora sólo conozco el Comercial (gentileza de César Mallorquí) y el Gijón.

Anónimo dijo...

Sí, los artistas líricos de cierta envergadura están advertidos: el Café de la Ópera no está acondicionadao para tí Pavarotti.

El nombre de Café de la Ópera se origina en los cantarines e imprescindibles gritos si se quiere obtener la atención del camarero. También a la obligatoriedad de ir vestido a modo de personaje del repertorio operístico. Si uno no va preparado, el servicio de guardarropa se encarga de suministrarte el más adecuado.

Los camareros van de valquirias desde 1982, se les nota mucho el marchitar. A los trajes no.

Un día pagué con una servilleta, puse esto:
Oh valquirias
Flores de carne
Cada año más
Repugnante
No puedo pagar.


Incluso me dio un besito emocionado en la mejilla, el camarero.

ferrancab dijo...

Starbucks, señorías, Starbucks. Perdón.

Anónimo dijo...

Mi memoria es la de un café muy corto

Anónimo dijo...

Hola Care.

Ya hemos cerrado por vacaciones?

O por Santes que es lo propio de Mataró?

Un beso.

Pilar

Indi dijo...

"-¿Y que piensas hacer? ¿matarme con esa taza de sopa?.
-Es té en realidad.
-¿Qué?
-Digo, que te mato con mi taza de té."

Aún quedan emociones para los que no bebemos café, las infusiones tiene un lado oculto y salvaje aún por descubrir ;)

El Tulpa dijo...

Curioso. Las cafeterías, son mucho más literarias que las bibliotecas.

Ernesto Guajardo dijo...

Hace unos años me tocó trabajar en la edición del libro Los cafés literarios en Chile, de Manuel Peña Muñoz. Los resultados fueron notable: en Chile no tenemos cultura de cafés; menos literarios. Nuestros registros abarcan con suficiencia el siglo XIX y mediados del XX. A partir de entonces, ya con todo descaro, la vida literaria se realiza en los bares o cantinas. Vino, cerveza o licores diversos y gran parte del anecdotario literario nacional se encuentra resumido en ese universo.

Sergi Bellver dijo...

De Roth es lo primero que he leído, saltándome el consejo de una ex-amiga (no por la recomendación, el ex se lo puso ella, al olvidarme, supongo), "La leyenda del santo bebedor" (que será el siguiente en caer en mis manos), y "La marcha de Radetzky", que es el que parece haber leído la mayoría.

De los cafés... (ay, qué recuerdos del Laie, hace tantos años...) no suelo hacer apología y puedo ser feliz hasta en un Starbucks o el bar O'Pote... porque no tengo costumbre de ir solo y al final, precisamente, lo que recuerdo es la compañía.

Feliz Agosto.

Nos leemos la vuelta.

Anónimo dijo...

La leyenda del santo bebedor!! Fantástica