5 de febrero de 2007

CONFESIÓN (I)

Lo confieso: una vez maté a un periodista.
Lo he callado durante todo este tiempo, pero ya no puedo más. Su recuerdo me persigue, de día y de noche. Y cuando digo que me persigue me refiero exactamente a eso: cuando abro los ojos de madrugada, asustada por alguna presencia que no reconozco como real, encuentro a mi lado a aquel bobo, observándome con esos ojos saltones que ya tenía en vida, formulándome preguntas de pesadilla. No puedo soportarlo más. Tal vez a algunos de los no habituales os resulte sorprendente el lugar que he elegido para esta confesión. Seguramente, aquellos quienes últimamente me habéis acusado de mantener una cierta asepsia, una cierta distancia, os alegréis de que esta vez ofrezca las vísceras. Yo opino que nada de eso importa mucho: las historias lo son, con indiferencia de lo que invirtamos en ellas. Los lugares, como las historias, también te escogen para que los cargues de sentido.
En fin, no quiero irme por las ramas. En mi descargo debo decir que no se trataba de uno de esos periodista maduros y bregados en mil batallas que siempre están en los lugares más peligrosos informando con la palabra justa de aquello que no deberíamos desconocer. No. Éste pertenecía a la clase prescindible de los informadores culturales, uno de esos especialistas en el refrito de las notas de prensa, en la distorsión de las declaraciones y en la copia salvaje del artículo anterior, rescatado de Internet, y siempre firmado por alguien más brillante. Además, técnicamente ni siquiera era periodista titular. Apenas becario, uno de esos recién llegados a una sección de Cultura desde el útero de la Universidad de Ciencias de la Información —¡já!, ¿ciencias?; ¡já!, ¿información?— que confunden el horóscopo con la crítica de arte. Y lo peor: no porque sean inexpertos, sino porque nunca, en toda su puta vida, tendrán la capacidad suficiente para discernir del todo una cosa de la otra.
Puede que los más morbosos os estéis preguntando por qué método me decanté. Sobra decir que no lo había hecho antes, de modo que tuve que pensarlo, aunque fuera durante tres centésimoas de segundo. Podría haber lanzado contra su cabeza un cenicero de cristal que había sobre la mesa que nos separaba, o podría haberle rebanado el pescuezo con un vaso de tubo. Salvo estas armas, no había ninguna otra a mano, de modo que me decanté por lo artesanal, que siempre da buenos resultados: Le agarré por el pescuezo y se lo retorcí hasta que exhaló su último aliento. Así, sin más, aprovechando la ventaja que me daba su desconcierto (¿qué periodista podría prever que su entrevistado se comporte de ese modo?) y de su menguado tamaño (debía de tener un Índice de Masa Corporal rozando la anorexia). En rigor a la verdad, no me resultó tan fácil como yo creía. Pataleó, se retorció, intentó arañarme con sus uñas comidas, me lanzó la grabadora, me agredió con un bolígrafo, hasta hizo volar por los aires un mocasín, con la intención de estrellarlo contra mis ojos (acabó rompiendo la superfície de cristal de la mesa que antes nos separaba). Pero nada de aquello le valió de mucho. Apreté, y apreté y apreté, hasta que vi asomar a sus mejillas un rubor intenso y me di cuenta de que su lengua caía, fláccida, entre sus fauces. Entonces le solté. Sonó un plof sobre la alfombra. Miré a ambos lados. Estaba sola en aquel rincón de la cafetería. Dejé cinco euros por las consumiciones y salí del lugar, ajustándome la bufanda de lana.
Está bien, de acuerdo, fui algo tosca, lo acepto. La ofuscación es lo que tiene. Procedía con la misma vehemencia con que ahora estoy aporreando el teclado para vomitar esta confesión destemplada que durante todo este tiempo ha ardido en mi memoria. No me explico cómo he aguantado tanto tiempo, y sin volverme loca. Casi nueve años. Ese es el tiempo que hace que abandoné el cadàver del becario muerto sobre aquella mullida alfombra de color sangre y salí del Gran Hotel España, de Oviedo, una bella ciudad a la que había llegado para promocionar mi última novela.

4 comentarios:

yepetta dijo...

O.O Amén...?¿amén?? Realmente no se que opinar...U.U ¿olé?

Anónimo dijo...

¿Puedes dar las iniciales, Care?

Volvereta.

Anónimo dijo...

Muy divertido,Care. Que bien que hayas vuelto.

Esther

el conejo alejo dijo...

Me encantan los relatos por entregas. Quiero más. Es decimonónico. Lo habíamos perdido. Relatos monodosis. Salud!