4 de enero de 2012

Esos hombres felices que imitaban las costumbres de sus pasados


Ayer por la tarde di un paseo con mis hijos por las viejas calles de la Barcelona que más quiero. Nos detuvimos ante la capilla de San Cristóbal, en la calle Regomir. Observamos el santo, leímos el año inscrito en la piedra, sobre el arco de la entrada, y nos impresionamos de imaginar que hace quinientos años, este lugar ya estaba aquí. Y nosotros tan lejos. "1503", leyó Adrián, anonadado. Luego seguimos nuestro paseo. En el Pati Llimona, las bellas piedras romanas, salvadas desde no hace tanto por obra y arte de una magnífica restauración del edificio, nos llamaron la atención. El paseo se convirtió en un viaje en el tiempo y fui feliz contemplando la impresión que producía en los niños saber que esos pedruscos mal colocados, que en algunos puntos lucían como recién tallados, llevan en ese lugar más de dos mil años. Dos mil años es muchísimo tiempo para alguien que no llega a los 10.
Álex leía los rótulos de las calles, muy serio, con mucho esfuerzo y mucha seriedad. Es una tarea en la que es debutante: la lectura. La asume como un gran reto. La verdad es que la nomenclatura no se lo ponía nada fácil: Carrer del Bisbe, Carre de Sant Honorat. Sólo el Carrer de la Fruita le hizo sonreír, satisfecho, como el lector que entiende y sabe. Llegamos a Portal de l'Àngel. Ellos miraban juguetes y esquivaban transeúntes. Yo imaginaba cómo sería el convento de Montsió cuando ocupaba el extremo de la Plaza de Santa Ana. Hoy es difícil reconocer la plaza en esa avenida llena de gente apresurada, pero uno de los problemas -y una de las delicias- de llevar meses sumergida en otra época es que cuando levantas la mirada de los libros sigues allí, en 1820, cuando Barcelona estaba invadida por los conventos y tenía murallas y puertas de acceso. En el portal que quedaba justo aquí, donde hoy está el cruce hacia una de las entradas de El Corte Inglés, el ángel custodio de la ciudad, muy venerado por sus habitantes, montaba guardia permanente. Ayer me pareció verlo entre el gentío, satisfecho y orgulloso ante la mirada cargada de futuro de mis hijos.
En una guía de 1847 leo el apartado dedicado a la antigua capilla de San Cristóbal de la calle de Regomir, por donde hemos empezado. Dice así el cronista: "solían exponerse las reliquias del santo cierto día del año en que hacía fiesta todo el barrio, cuando había más sencillez en las costumbres y los hombres eran más felices imitando y respetando las de sus pasados".
¿Lo veis, navegantes? Soy decimonónica.


* La imagen también es del paseo de ayer tarde, cuando apenas comenzaba a anochecer y nosotros salíamos del cine, en el Maremágnum, ante esa imponente puesta de sol tras la montaña de Montjuïch.

4 comentarios:

Rebeka dijo...

Aprender donde menos lo esperamos, descubrir nuevas cosas al viajar en el tiempo...

Al ser conscientes nos damos cuenta de lo insignificantes que podemos llegar a ser. Demasiado jóvenes respecto a ciertos monumentos y edificios, que cuando nos marchemos seguirán ahí si nadie los derrumba...

Perdurarán en el tiempo...

Begoña dijo...

Mi abuela paterna solía relatarme un mundo que aún recuerdo. Un mundo que pese a lo difícil que fue, hubiese querido conocer. Siempre he querido vivir en dos mundos: pasado y presente. Por eso escribo.
Saludos

Gilbert Fadda dijo...

Perderse en algunas calles es encontrarse. Caminado por París me veo con veinte años menos en la misma librería que ya no está, en la tienda de discos que tampoco está, pero me basta con entrar en una pastelería que adoro, tomar un macaron, cerrar los ojos y ver que viajar en el tiempo ha estado siempre al alcance de todos, empecinados como estamos en vivir un futuro que ni se ve ni se toca, solo se intuye mientras el presente sigue llamando a nuestra puerta reclamando una atención que le hurtamos.

Cuando paseo por el Portal de l'Àngel solo busco ese abeto gigantesco cargado de lucecitas azules de los años setenta. Hace mucho tiempo que Jorba Preciados desapareció. El edificio sigue siendo más o menos el mismo. Pero cada vez que camino por allí, al caer la tarde, al encederse las luces, puedo ver ese abeto que sigue ahí, sin estar, simplemente porque fue, y sigue siendo en el interior de uno mismo.

Anónimo dijo...

Yo habría celebrado cada balbuceante y exitosa lectura de los nombres de la calles. Y llevaría, no me cabe duda, en cada una de mis manos una manita querida. Y aún me faltaría una. Cómo os quiero.