14 de enero de 2013

El aire que respiras: faltan 35 días


Mi admirada Elia Barceló me dice en un correo electrónico que está corrigiendo galeradas de su nueva novela, Hijos del clan rojo, que publicará Destino en marzo, y que se aburre de su propia historia. La entiendo tan bien que sus palabras me traen aquí, a esta entrada, porque yo aún no me he librado del todo de la fase de corrección de El Aire que respiras y hace semanas que estoy ya asqueada de mí misma. No creo que nadie ajeno al mundo editorial pueda imaginar la cantidad de horas de trabajo y la cantidad de energías que se van en esta última fase de la elaboración de una novela: la corrección.
Porque, amigos navegantes, una novela jamás se termina cuando pones el último punto. Amén de lecturas y relecturas (he aquí una máxima para novatos: las cacofonías, malsonancias o, directamente, erratas, son infinitas. Cuando más leas, más encontrarás *), existe una fase odiosa llamada corrección de galeradas. Es tan, tan odiosa que algunos escritores la pasan por alto. Error: ser negligente en esa fase final significa, seguro, entregar a los editores una novela de menor calidad. O llevarse un disgusto serio (conozco un caso de un colega que no se dio cuenta de que su novela se publicaba con ¡40 páginas de menos! porque no miró las galeradas que le enviaron. Es necesario, pues, mantener la guardia hasta el último segundo para que los errores de dedo, repeticiones, cacofonías, etcétera no se salgan con la suya.
Explicación para no iniciados: las galeradas son una copia en papel de la novela completa. Lo más parecido sería un juego de fotocopias de un libro, sólo que viene con marcas de imprenta y con otras mucho peores, las más veces: las marcas de los correctores editoriales. Es tan compleja mi relación con estos profesionales injustamente invisibles (casi siempre invisibles y algunas veces injustamente) del mundo del libro, que merecen que les dedique una entrada aparte. Sólo diré que las galeradas llegan al autor después de que el corrector editorial las haya visto e introducido cambios y si no es serio en su trabajo esa intervención puede causarte una enfermedad y de las graves, rayando lo mortal si eres un obseso de las correcciones, como me ocurre a mí. Por fortuna, no es el caso desde que he dado con mis cosas en Planeta. Sus profesionales, también los correctores, son magníficos.
Las galaredas son la última oportunidad. Como tal hay que tomárselas. Después de esta lectura, ya no verás más tu novela, no volverás a leerla, será de ellos, de vosotros, los lectores, no habrá posibilidad de enmienda. Lo dicho, dicho estará para siempre. Por eso hay que revisar galeradas como si te fuera la vida. Aunque te aburras de leer por decimosexta vez tus propias palabras, que ya te sabes de memoria del derecho y del revés.
Cuando salió Habitaciones cerradas me pasó algo parecido a lo que estoy experimentado ahora. Escribí la novela. La leí durante ese proceso, como es normal en mí, unas 10 veces. Luego la acabé, le di dos lecturas más. Revisé las sugerencias de mis editores, aún sin maquetar. La traduje al catalán. Encontré errores, que trasladé a la versión en castellano (y a la inversa). Leí las galeradas en castellano. Leí el texto traducido al catalán. Unas cinco veces. Leí las galeradas en catalán. Revisé las segundas pruebas en castellano. Lo propio en catalán. Revisé las correcciones de los correctores en ambos idiomas... 
Cuando la primera lectora desconocida se acercó a mí con la novela en las manos y me dijo que se había emocionado muchísimo al leerla, sonreí amablemente pero por dentro pensé: ¿Y con qué debe de haberse emocionado? ¡Si mi novela es un verdadero coñazo!


* Al respecto de las erratas, dice Elia Barceló en su mail: "A mí siempre me fascina el que, haga uno lo que haga, siempre se escapa algo. ¿Te acuerdas de aquel libro que se publicó a principios de siglo en el que orgullosamente se decía Este libro no contiene una sola rata?

3 comentarios:

Mahoney Culkin dijo...

... Nervios, nervios y nervios... ¡Ah! y nervios de nuevo. Pero, bueno, treinta y cinco días se pasan leyendo, te lo digo yo. Aun así, "nervios, nervios, nervios"... Y, más nervios. Hasta que no lo leea no me quedaré tranquilo y, espero que cumpla/s con tus/mis expectativas. Seguro que sí, me gusta apostar siempre a caballo ganador. Y, a caballo regalado... no le mires el diende y, si caíste, pues se siente que, el que advierte no miente. Bueno, esperando: que es gerundio :D


P.D.: Totalmente de acuerdo con las ratas, doy fe de ello.

César dijo...

Lo confieso: prefiero corregir a escribir. Vale, estoy harto del texto que tengo entre manos, pero el trabajo gordo ya está hecho. Y me angustian las galeradas, porque, como bien dices, es la última oportunidad...

¿Sabes por qué, por muchas correcciones que hagas, siempre se te escapa algo? Porque con gran frecuencia cuando estás corrigiendo un texto no lo lees realmente, lo recuerdas. Por eso tengo dos normas: 1. Una vez acabado el primer borrador del texto, dejarlo dormir durante el mayor tiempo posible antes de realizar la primera corrección general. 2. Hacer al menos una de las correcciones leyendo el texto en voz alta.

Rebeka dijo...

Bufff, menudo trabajo que dan las galeradas!!

Yo a una escla muy pequeñita conozco el coñazo que dan las correcciones. Y eso que en mi caso son correcciones simples porque no doy una entendida del tema.
No quiero ni imaginarme por lo que estás pasando con las galeradas.

Así que desde esta ventanita virtual te mando un abrazo enorme (como siempre), pero hoy de más abrigo, y mucho ánimo para esas correcciones.
Disfrutaremos un montón con tu aire. Lo sé!!

Besitossss