1 de septiembre de 2006

La maldición de Gilda

Muy pocas veces he contado que conocí a Glenn Ford. Fue cuando era redactora de la sección de Cultura y Espectáculos del Diari de Barcelona y él ya era lo que fue hasta ayer mismo: una gloria de Hollywood, dueño de una carrera cinematográfica en decandencia y autor del bofetón más famoso de la historia del cine.
A Barcelona llegó a participar en un programa de televisión. Venía acompañado de una mujer llamada Karen Johnson —aspecto de nórdica, unos 40 años menos que él— a quien presentó como su novia. Dijo que no iba a hablar de sus años «porque un caballero jamás revela la edad de una dama» y, a continuación, respondiendo a las preguntas de los periodistas, comenzó a hablar de Rita Hayworth y el famoso tortazo. La rueda de prensa era en uno de los salones del Hotel Ritz, donde no cabía ni un alfiler. La pareja se sentaba en una cheslón y sonreía. De vez en cuando cuchicheaban y se agarraban de la mano. Tenían un aire entre distendido y ajeno.
Los periodistas preguntaban por el rodaje de Gilda, ocurrido unos 40 años atrás. Ford, supongo que resignado después de décadas de responder a la misma pregunta, lo explicaba de nuevo: «El bofetón fue en realidad mucho más flojo de lo que parece en la película», explicaba, cándidamente, mientras los bolígrafos se meneaban sobre los cuadernos. «Aunque luego ella se vengó, en su escena, llegando incluso a romperme un diente. Luego terminó llorando porque me había hecho daño».
Prometo que esas son las palabras del actor que recogí en mi artículo, publicado en la contraportada de la edición del 4 de mayo de 1990. Rita Hayworth ya había muerto. Contó Ford que en los últimos días de la enfermedad de la actriz, le envió una rosa cada día. El resto debió de asumirlo como una maldición por haber sobrevivido:
—Ahora —imagino que le susurró al oído cada noche, hasta la última, el fantasma de Gilda— hablarás de mí en todos los lugares que visites, por lejos que estén: siempre te preguntarán por el bofetón, por nosotros. Todos te recordarán por aquella escena en que estoy desmelenada, despendolada y zarandeada. Incluso el día de final de agosto en que anuncien tu muerte, lo harán con esas imágenes una y otra vez, hasta el hartazgo, como si no hubieras hecho otra cosa en toda tu carrera más que abofetearme.
Mi madre aún le llama «el Gildo». Qué cruz, algunos éxitos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Cada día me gustás más, Care.

La historia de Ruíz Mateos es parecida a la de Gildo. La relación más conocida de todas con las que se acompañarán siempre será la del sopapo a una mujer muy bella: la maldición de Gilda y la sombra de Boyer. Las otras obras, gestos suyos, preferentemente se quedarán en casa.

Bastante de Ford y Ruízma no saldrán.

Ocurre con las palabras. Universal por ejemplo. ¿Qué suele aparecer? Un globo terráqueo. Esto o los tortazos de Ford y Ruíz Mateos; dos accidentes, dos anécdotas tan universales que han devorado la mayor parte de sus respectivos protagonistas dejándolos en casa.
Aparte de las bofetadas se recuerda muy poco de ellos. Hay quien insinúa que Boyer no es una mujer. Lógico, la imagen ha sustituido al sujeto ¿cómo saber que no la han manipulado?

César dijo...

Se me ocurre una pregunta: en estos tiempos tan políticamente correctos, ¿se podría rodar una bofetada como ésa?

De hecho, ¿podría John Ford rodar "El hombre tranquilo" hoy en día?

Yo creo que no.

Anónimo dijo...

Creo que sí. Menudo carácter el de John Ford.

Aparte , los sopapos del 'Hombre tranquilo' forman parte de los protagonistas y de la historia. La pelirroja no lo denuncia, se alegra.

Si alguien protestara por esto, dos bofetadas. Si alguien las filma, mejor.

Anónimo dijo...

Aprovechando el comentario de Cesar

Mi mujer me ha denunciado por malos tratos. Será idiota. Son ensayos de la escena de Glenn Ford, por si las visitas, ofrecer algo. Estamos en los ensayos. No tiene razón. ¿Denuncia por mal actor? Son los ensayos, no he actuado, no soy actor. Ya llega la polícia. Ahora lo aclararemos, ven aquí Gilda.

Sara_Montiel dijo...

¡Ay mi Glen Ford! Qué guapura de hombre. Estuvímos muy pero muy enamorados. Éramos dos jilgueros entonces. No me había casado con Anthony Man. No era malo lo que hacíamos. Indecente es posible, ¿cómo diría usted de dos pequeños jilgueros poniéndose a follar en todos los momentos del día en el que van coincidiendo, sin importarles el espacio ni el tiempo, ni la hora ni el lugar; follando con la pasión de los jilgueros?

Anónimo dijo...

Unos guarros