15 de septiembre de 2006

Mestizaje y escarolas

Hay un payés que los sábados por la mañana instala su puesto de venta en mi mercado de cabecera, el de la Plaza de Cuba de Mataró y con quien semanalmente mantengo una conversación de unas pocas réplicas. Cuando termino de comprarle más o menos lo de siempre —puerros, huevos, acelgas, a veces judías— a él le agrada preguntarme si no quiero una escarola. Y yo cada semana le contesto lo mismo: a los de casa la escarola no nos convence. Al principio parecía resignarse y me dejaba ir como si no le importara. Últimamente, en cambio, me lo discute: «Eso es porque no han probado las mías», me dijo hace poco. Debo reconocer que tal vez tenga razón y el sábado pasado tuve la debilidad de asegurarle que cualquier día me llevo una de sus escarolas. Ahora que vamos teniendo confianza, no hay sábado que no me interrogue sobre si considero el momento oportuno para llevarme una escarola.
Esto es, precisamente, lo que me gusta de los mercados: siempre puedes encontrar en ellos gente que parece de la familia dispuesta a mantener una conversación. También me gusta ese ambiente como de gran bazar: gentío, un cierto relajo y vendedores que ofrecen su mercancía a grito pelado. Todo eso ayuda a crear la ilusión de que en cualquier esquina puedes tropezarte con una ganga. De hecho, como ocurre en la vida misma.
Y, ya puestos a escoger, me gustan los mercados cuanto más mestizos, mejor. Entré en uno no hace mucho donde convivían productos de toda América Latina: chiles chipotles tiernos al lado de hierba mate, guayabas o fresquillas. Y un poco más allá, aceite español, manteca de cacahuete y paquetes de mango pelado y cortado en rodajas. Es una lástima que, visto desde mi casa, haya que cruzar un océano para llegar a él. De lo contrario, habría hecho una de esas compras exageradas que hago cuando me dejan y habría pedido que me la enviaran.
Aunque no hay que ir tan lejos para encontrar mestizajes más discretos. Hay un mercado en mi ciudad, por ejemplo, en el barrio de Cerdanyola, donde pueden encontrarse dulces andaluces traídos todos los días y aceite de molino y cazón y tripa para callos como en ninguna otra parte. Sin olvidar uno de mis favoritos, el de la Boquería, en Las Ramblas de Barcelona, donde los profesionales disponen sus puestos de setas, frutos secos o frutas exóticas como si se tratase de piedras preciosas en el escaparate de una joyería. Allí todo es posible: mirar la casquería con interés de cirujano o escoger un rape como si pensara casarme con él y disfrurtar viendo a la pescadera manosearlo, degollarlo, hacerlo rodajitas (no os fiéis jamás de quien no tiene perversiones). Espectáculos así ya justifican la visita y el gasto.
Aquí donde me veis, con mis ínfulas intelectualoides y mi interés por el cine de autor, cuando voy a una ciudad suelo visitar antes los mercados que los museos. No es que me las dé de experta, pero el corazón de maruja que late dentro de mi armadura de novelista se siente en su salsa en las barrocas calles de los bazares. Será que me gusta cocinar y, como todo el mundo sabe, la preparación de un plato comienza en el momento de hacer la compra. Pero hay algo más, que interesa más a la novelista que a la maruja: ese pulso de vida verdadera que se percibe en los mercados, a donde normalmente no acuden los turistas. La gente de verdad, sin disfraces, sin impostura, sin disimulos. Como me gusta.
El próximo sábado voy donde mi payés de cabecera y le compro una de sus escarolas, prometido.

6 comentarios:

Anónima de las 9:59 dijo...

¡No dejes de contarnos si te gustó la escarola!

Yo soy de la triste generación del supermercado-cuanto-más-rápido-mejor que apenas pisa los mercados tradicionales.

Será porque no me gusta cocinar, será porque no tengo tiempo para charlar con los tenderos (o que lo dedico a otras cosas), será porque no sé distinguir un pescado de otro, ni que es el aceite de molino ni sabría qué hacer con unas tripas por muy bonitas que estén expuestas... (las miraría con interés de cirujano, supongo).

La cosa es un poco triste, más cuando mi abuelo tenía una parada en un mercado tradicional.

Pero, Care, me gustan las escarolas que saben a escarola, y el color de los mercados, ¡y su olor! que en gran parte para mí es el olor de la infancia.

Anónimo dijo...

Hola

Tengo una pregunta, tú payes de cabecera se ha jubilado? Porque de ser así debía de ser el mismo que el mío.
Se llama Jordi y tenía unas nueces y unas coles de bruselas espectaculares, y yo la escarola tampoco la he llegado a probar, nosotros somos más de la hoja de roble.

Pilar

Ladynere dijo...

¡El mercado de la Boquería! Me encanta. Cuando vamos a Barcelona a comprar materiales para mi madre a las tiendas de venta al por mayor, siempre acabamos comiendo allí. ¡Qué agrables los olores, qué gusto los colores! Un placer un mercado de esos...
El Mercado Central, aquí en Zaragoza, en pleno casco antiguo, al lado de las murallas romanas y la estatua de CaesarAugusto también tiene su encanto...
Besos, guapa!

Anónimo dijo...

M'ha encantat aquest article Care, jejeje. Jo visc molt aprop de la Plaça Cuba, al carrer Torrijos i m'ha fet ilusió ;) Sóc així de bleda (que no escarola).
Jo de tu m'animaría i li compraría l'escarola al bon pagès segur que com la seva : cap.
Un petonet.
Comella Firmet
http://guallavitoclub.blogia.com
P.D.: Tens rao, els mercats tenen un encant increible. Per cert feliçitats pel teu darrer premi :)

Hermes dijo...

Me encanta el Mercado de la Boquería, tiene tantas cosas tan exóticas, allí probé frutas que pensé que no existían.

Aquí en Galicia, sobre todo en la costa que es donde vivo yo, los mercados huelen principalmente a pescado, hay a gente a la que no le gusta, pero a mí sí. Igual que ir a la lonja un día de faena en la mar.

Anónimo dijo...

Hola Care
Hay una ensalada con escarola buenísima y sencilla
Granada
Nueces
Escarola
Aceite, un buen vinagre y sal

¡pruebala!, además tiene un aspecto precioso