14 de noviembre de 2006

Lo que se piensa pero no se dice

Almuerzo con editoras. Alguien explica que en una carta al director de La Vanguardia una señora se queja del último García Márquez, ése que se vendió, sin que nadie supiera cómo ni por qué, cuatro veces más que cualquiera de los libros anteriores del Nobel colombiano (¿será la enfermedad? ¿su edad? Los compradores son muy raros...). Yo aventuro una razón: Memoria de mis putas tristes es breve, seguramente va a ser la última novela que publique en vida y es de esos libros que hay que leer para haber leído. En fin. La señora de la carta al director está escandalizada por la temática de la historia. No sé si por el título, que también hay quien considera feo esas sonoras "putas", aunque son, sobre todo, honestas. Y musicales.
La capacidad de escándalo está barata, todo el mundo la lleva encima para cuando sea menester. La señora de la carta al director decía que la última entrega de Gabo era la novela de un pedófilo y se preguntaba, con ese tono indignado y soberbio de quien cree tener moralmente la razón, cómo se atreve, un hombre como él, a sus años. Como si a los ochenta uno no pudiera —o no debiera— tener perversiones. En mi almuerzo con editoras nadie le quitaba la razón a la señora de la carta. Sólo yo me atreví a decir que la literatura no es política, y por tanto no tiene por qué ser correcta, sino todo lo contrario. La literatura es provocación, escándalo, ir a contracorriente. Todo ello para emocionar, que es el fin último de toda obra de arte. Que el día en que la literatura deba ser correcta en todo, como la niña de buena familia que nunca más será, dejaré de escribir y, muy probablemente, de leer novedades. Que me refugiaré para siempre en Celine, en Rimbaud, en Nabokov, en De Quincey o en Jelinek
Debo reconocer que la capacidad de escándalo general me lleva a un infantil juego a la contra. No lo puedo evitar, ¡es tan divertido jugar a escandalizar lectores, potenciales escritoras de cartas al director, editores convencidos de que para agradar a muchos hay que limar todas las asperezas! Corre una el riesgo de caer en la facilidad, porque cuando el escándalo está tan barato, la provocación es cualquier cosa. Por esa empatía tan criticable como cualquier otra, defiendo a Elfriede Jelinek, la premio Nobel de hace un par de años, con garras y dientes. Para ser sinceros, la defiendo mucho más de lo que la disfruto como lectora. Su literatura —¿será culpa de la traducción? Que me perdone Carlos Fortea, el traductor de lo último que leí de ella— avanza a empellones, sin un hilo del que se pueda tirar, con la misma rudeza que gastan sus personajes, femeninos y masculinos. La Jelinek justifica su literatura por la opresión que la ultraderecha austriaca ha ejercido sobre intelectuales como ella. Sin embargo, creo que la provocación directa de sus novelas sienta muy bien a lectores de cualquier nacionalidad: los zarandea, los despierta de su letargo, les abofetea en las mejillas. Incluso en casos como el mío en que su lectura no provoca un gran placer.
La literatura de Elfriede Jelinek debería recomendarse con fines terapéuticos. Os aseguro que después de leer a esta chica mala, la gente estaría mucho menos susceptible. Eso no va a pasar, qué lástima. Sin embargo, no hay que dejar de celebrar su existencia. Menos mal que nos quedan Jelineks y que a García Márquez aún le inspiran algo las jovencitas, suspiro con alivio cuando conozco casos como los de la señora de la carta al director.
De la supuesta pedofilia de García Márquez, navegantes, podríamos hablar uyn día de estos. Vaya por delante que llamar pedófilo a Gabo es como afirmar que Ágatha Christie era una asesina reincidente.
Un apunte imprescindible: la literatura es el terreno de lo que se piensa pero no se dice. Es el terreno de lo que sólo unos cuentos se atreven a poner por escrito. Elfriede Jelinek se atreve a describir brutales violaciones del director de una fábrica de papel a su mujer en Deseo o nos cuenta cómo una madurita con tendencias masoquistas se practica una ablación de clítoris en su bañera por mero deporte en La pianista. Al lado de esta dama, Gabo queda como un viejito chocho en guayabera. ¿Se imaginan qué habría hecho Jelinek con la niña dormida de la novela de Gabo? Mmmm, yo sí.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Dice que la literatura es provocación escándalo, ir a contracorriente. Me gustaría saber por qué usted no provoca, no escandaliza no va a contracorriente. Me parece injusto que usted, que tiene condiciones, no lo haga. ¿Me lo puede explicar? También me parece injusto que se la tenga encasillada en literatura juvenil.

César dijo...

Recuerda, Care, los problemas de Nabokov a la hora de publicar "Lolita". Al final, apareció en una editorial francesa. Y es que los franceses siempre han sido unos viciosos.

Claro que eso ocurría en los años 50... Pero, ¿qué pasaría si "Lolita" se publicase ahora por primera vez?

Carlos dijo...

La provocación puede forzarse, desde luego. Últimamente cualquier cosa crispa, con muy poco se provoca. No creo que anónimo sea uno de estos lectores mediocres que se escandaliza al leer la novela de un viejo verde (qué mejor señal de salud sentirse atraido por más jovenes a los 80, aunque acercarse a las de 60 ya le suponga una multa)

No me parece que anónimo considere contra la corriente obras dónde aparece el ser humano: violento, sexual, asesino, excluyente, sádico, marginal, excluido, sucio, amoral, alcohólico...

No me parece que estos últimos contenidos vayan en contra de la corriente (existen) ni los mencionados en el post escandalicen (forman parte de la corriente) Lo provocador en estas obras, opino, está más allá de esto. A los que se indignan tan facilmente se les escapan textos en los cuales la, mayor o igual provocación que en los otros libros, no utiliza las palabras que les ofenden con tanta facilidad (quizás las únicas que reconocen y no conocer ¿o las conocen y no quieren reconocer?)

Hay provocación forzada en literatura, claro. Creo que a anónimo le interesa la literatura que provoca interiormente, no la que provoca por provocar, aproximando las letras al límite para no aumentar las dioptrías de las señoras que se indignan, diciéndoles "no hay más mensaje que éste y tú lo lees, lujuriosa" Tiene la habitación llena de novela erótica.

Al leer la "Historia de mis putas tristes" sólo ha visto 'son las memorias de un pedófilo'. La calentorra es ella.



Guarra, más que guarra.

Anónimo dijo...

si se publicase ahora lolita por primera vez pasaría inadvertida.

Osapanda dijo...

¿y qué tal Lolito?

Care dijo...

Ay, anónimo, la injusticia forma parte de la llaneza.

Anónimo dijo...

No creo que Lolita (o Lolito) pasara inadvertida en Españña.
Tendríamos manifestaciones de Asociaciones de Padres Católicos + Obispos escribiendo cartas en contra.

Más divertido si el autor fuera catalán, Napalcony, por ejemplo.

Gus Nielsen dijo...

Gabo ES un viejo pedorro en guayabera. Ah, y con zapatos blancos...