6 de febrero de 2008

Biblioteca Breve: la crónica anual

Esto del Premio Biblioteca Breve es como si Seix Barral, una vez al año, tuviera la amabilidad de reunirnos a los amigos para que nos veamos y nos pongamos al día. Este año la convocatoria era en el MACBA —un lugar muy apropiado para mirar y poco para escuchar, como quedó claro después del parlamento de Elena Ramírez, editora de Seix Barral, que nadie logró oír— y se celebraban los 50 años del premio. 50 años con trampa, todo hay que decirlo, como se desprende del hecho de que en 50 años haya sólo 22 premiados. El Biblioteca Breve se otorgó por vez pimera en 1958 a la novela Las afueras, de Luis Goytisolo. Siguió otrogándose hasta 1972 —cuando lo ganó J. Leyva— y "resucitó" en 1999, con Jorge Volpi y su En busca de Klingsor . Desde entonces lo han ganado (por este orden): Gonzalo Garcés, Juana Salabert, Mario Mendoza, Juan Bonilla, Mauricio Electorat, Elvira Lindo, Luisa Castro, Juan Manuel de Prada y Gioconda Belli, la escritora nicaragüense que ayer se alzó con el galardón en esta convocatoria del medio siglo con su novela El infinito en la palma de la mano (para los impacientes, copio resumen argumental facilitado por los organizadores: «sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas». Juraría que hay algún error sintáctico en ese resumen, pero yo sólo copio. Agrego que nunca nada de lo que he leído de Belli me ha gustado, ni siquiera Waslala, pero habrá que darle crédito porque no se debe prejuzgar sin conocer (extendido error) y porque la gente aprende. Incluso los escritores. Y cierro el paréntesis, que me estoy desmadrando).

Durante la comida, por cierto, hubo quien se quejó del carácter demasiado latinoamericano del premio. «Habría que apoyar a los autores de aquí», decía, como si los «de allá» no merecieran apoyo. Para los curiosos: estadísticamente, el Biblioteca Breve de la resucitación apoya a partes iguales «a los de aquí» y a «los de allá»: 5 latinoamericanos y 5 españoles. Y es casi igual de paritario en lo que a sexos se refiere: de los 10 ganadores de los últimos tiempos, 4 son mujers y 6 hombres. Lo cual significaría, si hacemos caso a las pronósticos, que el año que viene tocaría mujer, aunque no sabemos si española o latinoamericana porque ambas podrían ser. ¿Lo ideal sería una canaria?

Por lo demás, entre las blancas y luminosas estancias del MACBA se dieron cita ayer los mismos de siempre, más o menos, con alguna que otra incorporación. Allí estaba Hipólito G. Navarro, con su secreto a cuestas, recién llegado de Pekín y a punto de estrenar antología en Páginas de Espuma. También Guillermo Bustil, encorbatado como impone su cargo (ya se sabe: los hombres importantes llevan corbata). Y Juan Manuel de Prada, a quien le han salido canas en la perilla juraría que desde la última vez que le vi (y no hace tanto, fue en julio, claro que entonces estaba oscuro y yo iba un poco alegre). Marta Rivera de la Cruz parecía tener frío, pero igual era el susto que le habían dado al coger el avión. Juan Marsé parecía haber pactado con el diablo. Mercedes Abad presumía de sobrina lista (Mercedes: te fuiste sin darme su teléfono para mi hijo). Joan Barril hablaba de su tercer viaje a Namibia y Eva Piquer tomaba notas y le pedía al fotógrafo que la acompañaba que nos retratara «en vertical». Félix Romeo parecía tener prisa (¿o es diligencia, conociéndole?). Eduardo Mendoza iba en compañía de su amiga Rosa Novell y José Manuel Caballero Bonald también iba en pareja, de lo cual se desprende que hay que tener más de 65 para asistir a estas cosas con el legítimo o la legítima. El momento estelar lo protagonizó Juan Gabriel Vasquez cuando le dijo a Álvaro Colomer que el cierre del Opencor de su calle ha sido el mayor drama de su vida, junto con la muerte de Malcom Lowry. Se entiende (porque Juan Gabriel lo explicó): es papá de gemelos, y en ese simpático lugar se abastecía de papillas y pañales. Estaba yo pensando que los niños estropean mucho las conversaciones cuando llegó Rosa Montero y se lanzó al cuello del papá confeso al grito de: «¡El escritor más guapo de la literatura colombiana» (particular en el que, sin quitarle toda la razón a Montero, discrepo levemente).
Y en fin. Que se comió, se bebió y se departió. A las cinco todo el mundo levantó el campo: las agentes, a sus reuniones. Los editores, a sus presentaciones («hay que hacer girar la rueda para que no se detenga», dijo Esther Pujol, de Columna), la delegación andaluza, al aeropuerto, junto con la madrileña. Y la premiada, a hacer la digestión del día de hoy, que será de los grandes de su vida.

De camino a casa, leí algunas de las impresiones sobre el premio que se recogen en el librito Premio Biblioteca Breve (1958-2008). Un buen comienzo, que nos han regalado a todos los asistentes. Luisa Castro no puede ser más lacónica: «Me vestí como para una fiesta. Ese día creí en la Literatura». Elvira Lindo lamenta haber pronunciado un discurso demasiado emotivo en un texto cargado de emotividad: «Creo que es de las veces en mi vida que he estado más descolocada. El diseño de los mandos del hotel se me hizo casi imposible de controlar y cuando quería dar la luz del baño se me encendía la televisión. Pero ese desarraigo se vio siempre compensado por el cariño de mis editores. No sé si me sentía como una niña o como una vieja, lo cierto es que padecí algo de desequilibrio emocional esos días». Pero para emotividad a de Juan Manuel de Prada en su sorprendente texto, al hilo de la escritura de El séptimo velo: «Yo vivía una pesadilla que me había convertido en la sombra de un hombre; pero cuando me encerraba en mi cuarto a escribir esa sombra muda se ponía a cantar, en contra incluso de mi voluntad, como si por efecto del dolor se produjera en mí una transferencia o desdoblamiento. (...) De modo que el Premio Biblioteca Breve me confirmó que somos hombres sucesivos, que de los restos del hombre antiguo nace uno nuevo; y que el arte, que se alimenta de nuestro dolor, es capaz de emanciparse de él».

La imagen de hoy es la cubierta del mencionado regalito.
Prometo ser más breve mañana, navegantes.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay no. No seas breve. Cuenta, cuéntanos cosas a nosotros, y a nosotras (bien, ya sabes quién soy). A los seres humanos, de carne y hueso, a los que no tenemos tiempo para casi nada, a las que nos parece que el día tiene 24 horas, no más. Sigo sin saber cómo haces para estirar las horas. Tú si que tienes un pacto con el diablo.

Óscar dijo...

Me encantan tus crónicas de sociedad (me gustaría saber todo lo que has dejado de contar...).

sylvia dijo...

Hablando de premios... ayer busqué en varias librerías tu poemario 'Disección' y no hubo forma. Seguiré buscando (!)... Saludos,