8 de febrero de 2008

Casa tomada

La otra tarde me pasó algo raro. Vi caer el sol tras los mismos cristales desde los que, de niña, vi ese espectáculo muchas veces. Estábamos en un salón vacío. «Mira», le dije a D., «en ese rincón comencé, un verano de hastío terrible, mi primera novela». Entonces había rosales en la ventana. Mi madre los arrancó porque el pulgón los devoraba. Comprendí enseguida que el tiempo no ha hecho con mis recuerdos lo mismo que el pulgón con las flores. En cada habitación aparecía un recuerdo concreto, uno solo, como si la memoria convocara a sus mejores espectros para la ocasión. Al entrar la primera habitación junto al salón, el vendedor explicó: «Ésta es una suite muy grande». Y yo vi a mi hermano C. estudiando una de las últimas asignaturas que le faltaba para terminar Medicina. «Aquí hay un pequeño aseo». Y yo reconocí el espejo donde aquella vez lloré por una injusticia doméstica y nimia. «La cocina es enorme», dijo el chico. Miré el fregadero y recordé que cuando mis padres compraron la casa yo debía encaramarme a él para alcanzar los vasos del estante superior. «Esta es la habitación del servicio», dijo él. «Y la de mis últimos juegos infantiles», pensé yo. En el estudio de mi padre había algo de él. Su correspondencia con aquel amigo vasco, su desorden de pintor aficionado. Pero la estancia estaba vacía. Bajo la pila del lavabo seguía mi asombro de aquella vez que descubrí el tesoro que escondía allí mi hermano P. Eran revistas porno, y mi ingenuidad era tan grande que lloré, allí mismo, al descubrir la frondosa maraña en que iba a convertirse mi precioso pubis de entonces.
Lloré al descubrir que iba a transformarme, fue sólo eso. Pero nadie lo entendió.
«Esta es la habitación más grande de la casa», continuaba el vendedor. Y allí estaban las plantas de mi madre, y aquella banqueta donde me sentaba por las mañanas a que me desenredara el pelo. Mi hermano P., a quien no veo desde hace más de 3 años, estaba donde siempre, estudiando junto a la ventana, despistado como solía, siempre soñando horizontes demasiado lejanos. Hasta que llegué a mi cuarto. Paredes blancas y el eco de los pasos. Sólo el armario estaba igual, y abrir sus dos puertas para curiosear en su interior, de color azul, fue como abrir de par en par el pasado. Me di cuenta de que en esa habitación sitúo sin querer a todos los protagonistas juveniles de mis novelas. Por eso la sentía tan rara: era de ellos y no mía. En estos 25 años, mi imaginación la ha colonizado.
Lo más difícil ha sido explicarles a los de la agencia inmobiliaria que no puedo comprar esa casa, por la sencilla razón de que no podría vivir en una casa tomada.

En la imagen, otro escenario de la memoria.

7 comentarios:

silbar dijo...

me gusta tu forma de escribir...


saludos!

pum dijo...

Temas domésticos. ¿Lavas los platos? ¿Haces las camas? ¿Limpias todo con un solo producto o utilizas mil? ¿Cocinas? ¿Qué cocinas? ¿Tu especialidad? La vida doméstica da para mil asuntos apasionantes...

Anónimo dijo...

La memoria es extraña, extraña y caprichosa. Nos cuesta recordar dónde hemos dejado las llaves hace tan sólo unos minutos y, sin embargo, somos capaces de recordar el color de un vestido que estrenamos un Domingo de Ramos de hace demasiados años. Yo recuerdo olores, el de mi abuela materna, o cómo olía la cocina de mi casa (la de mis padres), o debajo de mi cama (allí me escondía del mundo cuando era adolescente como si me volviese invisible, intocable). Cuando ahora entro en la que fue mi habitación, sólo veo dónde escondía mis cartas, dónde guardaba el tabaco, puedo ver y recordar de memoria, los poemas que pegaba en la pared de mi cama, los que inventaba medio dormida ya y escribía en un papel por la mañana. Veo a mis hermanas y me veo a mí, luchando por dejar de ser niña. Yo sí quería crecer, cambiar, transformarme. Mucho he tardado en aprender que lo que quería ser ya lo era.

agony dijo...

la vida es una casa llena de habitaciones vacías

Anónimo dijo...

magnífica entrada. Daría para un cuento. ¿O es un cuento?

Fernando Alcalá dijo...

Ahora que me acabo de independizar y aunque mis padres sigan viviendo en la casa de siempre y vaya casi todos los días, con la distancia que me da el no vivir allí, entiendo perfectamente el tono y lo que cuentas en la entrada. Precioso.

Antonia Romero dijo...

He tenido una experiencia muy parecida a la que narras y se me han puesto los pelos de punta al recordarla. No se recuerda igual en ninguna parte como en la casa de nuestra infancia.