18 de enero de 2010

Respuestas crudas que he dado a una entrevista diferente (¿me habré pasado de sincera?)


¿Qué tipo de formación crees necesaria para desarrollar esta profesión?

Hay dos escuelas de escritores: la vida y los libros. O al revés. Una vez le preguntaron a Montserrat Roig en cuál de las dos había aprendido más y dijo que estaban empatadas. Hay que leer sin descanso, cuanto más, mejor. A los clásicos, a los contemporáneos, a los buenos, a los malos. No hay que olvidar que hay escritores que enseñan a escribir, y devorarlos. Pero también hay que caminar por la calle con los ojos muy abiertos. Y dejar que el tiempo pase. Escribir es, como dijo Pynchon, un largo aprendizaje.


¿Y qué cualidades personales?
No viene mal un punto de obsesión, pienso, y de desequilibrio. Me explico. Cuantos más años pasan, más me convenzo de que no es de personas muy sensatas pasar la vida entera en otro mundo (eso es lo que hacemos los escritores), pensando en algo que no existe ni existirá. Si lo hacemos es porque tenemos necesidad de huir del mundo real, y eso significa que en el mundo real ocurren cosas que no nos gustan en absoluto. La obsesión puede ser buenísima aplicada al trabajo, y de los grandes problemas salen grandes historias, de modo que en eso llevamos cierta ventaja: la literatura se construye con material de derribo. Por otra parte, hay que recordar a cualquiera que quiera ser escritor que la tenacidad es imprescindible. Es una carrera que proporciona enormes sinsabores. Hay que ser terco para que no te afecten. Continuar a pesar de todo. Me gusta pensar en algo así como “El síndrome de Van Gogh”: ser impermeable al desaliento. Van Gogh jamás vendió un cuadro, pero nunca dejó de pintar. Le mantuvo su hermano, pero siempre supo que hacía lo que debía. Eso es.

Una escritora puede ganar al mes de … a … euros.
Una escritrora puede ganar al mes 0 euros. Y eso durante muchos meses, varios años seguidos, mientras empieza y no la conoce nadie. Pero de pronto puede ganar un premio dotado con 50.000 euros, o más, y de pronto parece que ese dinero le da sentido a todo, cuando en realidad no es así: el sentido estaba antes del dinero. Una de las desventajas claras de esto: no saber nunca con qué cuentas a fin de mes. Una de las ventajas: tampoco tienes horarios ni jefes. Si no tienes un buen día, te lo tomas libre y nadie se queja. Si pretendes, como es mi cvaso, combinarlo con la maternidad, puedes disponer del tiempo cuando a tu manera, y pasar con tus hijos los ratos que tú elijas. Claro que también te encontrarás a menudo trabajando hasta muy tarde para recuperar ese tiempo precioso que has pasado con tus hijos. En estos momentos, por ejemplo, mientras contesto estas preguntas, son las 23:48 de un día en que he pasado 12 horas delante de la pantalla y en que después de cenar les he propuesto a mis hijos ver juntos una película. Ellos duermen, yo trabajo.
* La imagen es de jpstanley, en Flickr.

14 de enero de 2010

Huir (otra vez a vueltas con lo mismo)

Quien huye de algo, huye siempre de sí mismo.

13 de enero de 2010

Navy Pier, Chicago: ver las cosas de otro modo sólo cuesta 5 dólares







* Las fotos son de finales de noviembre de 2009

11 de enero de 2010

Sala de prensa


Concurso de opinadores


No suelo hacer mucho caso a las críticas. Las positivas, porque no aportan nada más que hidratos de carbono para el ego. Las negativas, porque una vez extraída la sustancia, no sirven para mucho. De todos modos, suelo prestar más atención a las segundas, porque si están cocinadas por profesionales, sin pasiones que nublen la mirada, suelen dejarte algo de lo que puedes aprender.
Claro que hay excepciones. Está el crítico predispuesto. El que tiene contra ti una ojeriza antigua cimentada en cuestiones no-literarias. Y está el que no lee los libros y a pesar de todo opina (mal) sobre ellos. El que odia todo lo que se vende, de modo que si tienes un mínimo éxito, de inmediato eres sospechosa de algo. El que desprecia a los lectores con sus opiniones que no admiten réplica. En fin. No merece la pena extenderse mucho en este asunto.
Las excepciones a menudo son positivas. Hay críticos que me han hecho ver cosas que estaban en mis libros y de las que ni yo misma era consciente, que han aportado una visión de mi trabajo que para mí ha sido sumamente esclarecedora o que han enriquecido mis ficciones con interesantes aportaciones de su cosecha, que me han hecho ver cuál es la verdadera razón por la que las historias nos fascinan. A ese tipo de críticos, a quienes por fortuna he conocido también en buen número, siempre les estaré agradecida. Y ello -debo decirlo- a pesar de que cometen los mismos desmanes que los otros, aunque de signo contrario: a menudo me ven con excesivos buenos ojos y me convierten en blanco de su generosidad sin límites. Una generosidad a la que con demasiada frecuencia no sé cómo corresponder.
También leo con mucho interés los comentarios de los lectores. Por supuesto, los que me llegan por correo electrónico. Pero no sólo esos. En algunas librerías virtuales piden a sus clientes que opinen de las novelas que tienen a la venta. Reconozco que cuando me dispongo a comprar un libro prefiero que no haya comentarios de ningún tipo. Hace tiempo que me dejo guiar sólo por las opiniones de lectores de mi confianza o por mi propio olfato o necesidad con respecto a un libro o un autor. Pero cuando se trata de mi propio trabajo, la cosa es muy diferente. Me gusta entrar y husmear lo que la gente opina de él. Me encanta -y me admira- el ritual de la pasión, la vehemencia con que la gente defiende sus gustos. Y me divierten mucho los comentarios más negativos, los despiadados, los que mezclan saña con tinta para dejar su impronta. Los leo arrebatada y siempre me parecen cortos y pocos. Los disfruto tanto que hoy quiero, navegantes, compartir con todos vosotros este placer. Aquí van. Pertenecen todos a la sección "Opina" de la Casa del Libro. Os sirvo un menú de ideas preconcebidas y disgusto (imagino que algún ingrediente más habrá, pero no es elegante nombrarlo). Prometo que entre los autores no hay amantes despechados ni acreedores. Por lo menos, hasta donde yo sé.

1)"Una copia descarada de la primera novela de Emily the Strange (...). Si comparas las portadas de las dos novelas te darás cuenta de que la de Care Santos es un quiero y no puedo de la de Emily".
2) "Es tan obviamente similar a Ghostgirl que parecía estar teniendo un dejavu (...), eso sí, se parece a Ghostgirl pero de malísima calidad".
3) "No me gusta que se pase medio libro hablando de lo triste que está la familia de Bel. Me abrurrió bastante".
4) "Se ha perdido el norte. ¿Una campaña de marketing que empieza 3 meses antes de la salida del libro? ¿con merchandising para comprar y con un libro que sólo incluye una mísera canción y una entrevista que está en Youtube? Pero qué es esto, por favor. ¿Y la historia? Una Ghostgirl para españoles, sólo que con una edición horrenda y unos dibujos que dan repelús. Vaya timo".
5) "Una copia de otra novela juvenil que ya ha triunfado, Ghostgirl. ¿Dónde queda la ética profesional? En fin, un libro que no leeré. ¿Se pensarán que los lectores somos ovejas?"

No puedo resistir la tentación de elegir mi favorito, y no es fácil.
Comparto con la número 4 la opinión acerca del cd (no se lo digáis a nadie) y quisiera puntualizar que mi novela no lleva dibujos (con perdón) aunque si los llevara puede que tenga toda la razon y dieran mucho repelús.
A pesar de todo ello, me empecino en elegir el último. ¿No es estupendo ser acusada de plagiaria por un lector que no me ha leído? Espero que por lo menos haya ojeado Ghostgirl. Y que la próxima vez no meta en esto a las ovejas, que no siempre se equivocan, pobres.
Ah, la magia de la literatura.

* La imaginativa foto es de Armando Álvarez, del periódico La Voz de Asturias, y fue tomada a fines de noviembre y en la librería Cervantes de Oviedo.

8 de enero de 2010

Fragmentos de un texto presente o futuro


Sí, es cierto, una vez tuve un amigo. Luego, desapareció. De pronto, sin saber por qué. Ocurre, a veces: la gente desaparece. Amas a una persona, compartes con ella algo importante. Sufres un espejismo de perdurabilidad. Todo amor se proyecta engañosamente hacia un futuro yermo. La estupidez de nuestro optimismo no conoce límites. El cerebro optimista, le llaman a la gelatina que nos engaña desde dentro. No es más que un truco, una argucia para hacernos confiar. La verdad nos haría incapaces. La magia es esa nada que no podemos predecir. Luego, la vida nos extirpa órganos vitales. Sonríe sin dientes y nos dice: «¿Lo ves? Sin esto también respiras, caminas, haces la digestión». Nada por aquí, nada por allá. Es así como de pronto te descubres que estás solo, echando de menos a quien ya no volverá. Telón.

Mi piso barcelonés lo vendí en aquella época, a un editor sueco que buscaba en España soles tibios para su mujer. El día que ambos, el sueco y yo, comparecimos ante un notario de Paseo de Gracia, dijo haber salido de su casa en Estocolmo a una temperatura de veinte grados bajo cero. Los primeros días después de cerrar la venta, el sueco me llamaba para darme noticias de su felicidad recién adquirida:
My woman’s happy here, enjoying the sunlight! We have put a lot of plants in the terrace. This is a wonderful place in the world.
Yo le escuchaba al borde de las lágrimas. En ese lugar concebí dos hijos, pensaba. Miré al cielo apagado de la ciudad un szinfín de veces. Casi siempre fui feliz allí. Mi amigo me visitaba y yo hacía café. Nos sentábamos a charlar entre libros. Reíamos a carcajadas, a lágrima viva. Me pregunto si seguirá riendo de ese modo. Si lo hago yo.
—Cuando la ironía se aleja, la vida se acaba —me dijo mi amigo una vez.
Hablando con el sueco, yo no era capaz de encontrar mi ironía por ninguna parte. Me sentía como si un huésped incómodo hubiera tomado mi casa hasta expulsarme de ella, dejándome en la puerta, como a un perro recién abandonado. Odiaba al sueco, a su esposa y al sol tibio que les hacía tan felices.
Odiaba no poder contárselo a mi amigo, porque la niebla de silencio que nos envolvía desde hacía mucho había terminado por devorar todas las palabras futuras.
Acaso eso fue lo peor, lo que nunca nos perdonamos. El silencio.
Cuando dos personas dejan de comprenderse y comienzan a juzgarse, es imposible que todo sea como antes.
Me fui a vivir al área metropolitana. También aquí miro al cielo. Incluso soy feliz. Se puede ser feliz sin ser inocente.


Hace unos días, descubrí a mi amigo cuando me disponía a cruzar una calle del Ensanche. Él estaba al otro lado, y también aguardaba a que el semáforo cambiara a verde. Fingí no verle. Decidí darle cierta ventaja, como el jugador de ajedrez que cede con gusto las blancas. Miré al suelo, hablé por teléfono. Él me reconoció entre los transeúntes, desvió la mirada, giró sobre sus pasos. Se marchó calle Numancia abajo, en dirección a la estación de Sants. Es un camino que no lleva a su casa, que tal vez no debía tomar, que no habría tomado si yo no hubiera estado allí. Reconocí su gesto. Sólo intentó no cruzarse conmigo, no tener que saludarme.
Le di la razón también en esto. Después de todo -la risa, las palabras, la memoria- saludarnos en mitad de un paso de peatones con una mirada esquiva y una sonrisa circunstancial habría sido horrible.
Siempre es mejor no darle ocasiones a la vida de ponerte contra las cuerdas.
Huir siempre fue uno de nuestros argumentos favoritos.

6 de enero de 2010

La orfebrería de la emoción


El pasado 8 de diciembre tomé el vuelo de Air Nostrum IB 8857 entre San Sebastián y Barcelona que salía a las 17:55 y llegaba a las 19:55. Ocupé el asiento 12C. Fue un vuelo estupendo, que se esfumó mientras terminaba las memorias de Esther Tusquets y apuntaba algunas citas que me habían llamado la atención en mi cuaderno, siempre igual pero sistinto cada cierto tiempo: una Moleskine negra tamaño medio folio, de tapas duras y hojas rayadas.
Cuando llegué a casa reparé -horror- en que había perdido la Moleskine.
Recordé en un fogonazo cómo y dónde la había perdido: la dejé en el bolsillo delantero de la butaca, a la espera de poder guardarla con más comidad. Cuando aterrizamos, se me olvidó.
Aquella noche recordé, una por una, las cosas que había en ese cuaderno. Lo comencé en noviembre, en otro avión. Entre mis muchos rituales, me gusta especialmente el de dedicar los viajes a confeccionar mis cuadernos, a repasarlos, a adorarlos. Esa Moleskine tenía historia desde la primera página, porque lo compré en Miami y lo comencé sobrevolando Estados Unidos, entre Nueva York y Chicago. Le puse un título -cada uno de mis cuadernos lleva uno diferente-, lo numeré -era el sexto-, dediqué las dos primeras páginas a retener las citas de su predecesor de las que aún no puedo desprenderme -siempre lo hago: de algún modo hay en los cuadernos que voy abandonando un montón de cosas que me duele dejar atrás, y además un cuaderno en blanco es mala compañía, de modo que siempre dedico las 3-4 primeras páginas de mis libretas a ese recordatorio, y eso me ayuda a sentirme menos desamparada cuando en todas partes saco mi cuaderno y él me protege del miedo escénico- y a continuación comencé a apuntar cosas de nuevo cuño. En la página 5 anoté mis impresiones que me había causado la ciudad de Chicago por si un día decido utilizarla como ambientación novelesca. En las páginas 7 y 8 apunté cuatro posibles argumentos para 4 posibles novelas que rondaban desde hacía tiempo por mi cabeza sin que me hubiera decidido a retenerlas y que de pronto allí, frente al lago Michigan, cuando bajaba de la noria de Navy Pier me vi en la obligación de apuntar. Lo hice mientras se le encendían las primeras luces a la ciudad, aún poco invernal, y enseguida me sentí mucho mejor. Al día siguiente, saqué la Moleskine en la maravillosa librería Barnes & Noble de Union Square, me senté en la cafetería con una decena de libros que no pensaba comprarme y tomé nota de un montón de citas e ideas escarbadas de ejemplares que ni han sido publicados ni lo serán en España. La mayor parte de las citas hacían referencia al oficio de escribir. Recuerdo que había una que decía: "Ser escritor es como tener deberes por las noches durante el resto de tu vida".
Aún había más en aquellas pocas páginas. Media docena de títulos para los que no se me ha ocurrido aún una novela. Unos veinte nombres para futuros personajes. Un recorte de periódico donde se pasaba revista a las veces que la humanidad ha temido que iba a asistir al fi del mundo (esto era para la novela que estoy terminando), una muñequita de papel que acompañaba un regalo entrañable que me hizo una desconocida en el Hotel AC de Gijón, y un montón de cosas más. Mis cuadernos son cajones de sastre donde se da cita todo lo que me pasa por la cabeza o por las manos y merece la pena conservarse. Eso, considerando que soy una mitómana y una olvidadiza que necesita esta prolongación en tapas de piel negra de su propia memoria. Es decir: apunto muchas cosas, casi costantemente. Y esas cosas son la materia prima con que invento las historias que voy escribiendo.
Pues bien, todo eso se quedó en el avión de hélices que me había traído de San Sebastián. Y yo me quedé desolada, claro.
Al día siguiente comenzamos las pesquisas. Bajo el lema -brújula de mi vida- de que prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no he hecho, y ayudada por mi fiel hada madrina, Mònica, comencé un juego de pistas absurdas con Iberia como escenario. Números de teléfono donde no responde nadie, oficinas fantasma, operarios que no tenían ni idea de lo que les estaban contando, cartas burocráticas donde a nuestra desesperación le habían asignado un número de expediente, operarios que nos aseguraban que ese número de expediente no correspondía a nada o era imposible... hasta que, al borde de la desesperación, y después de describir varios círculos sobre nuestros propios pasos, una señorita nos echó la bronca por no haber reclamado antes el cuaderno, y nos dijo indicó en qué mostrador de qué lugar debíamos recogerlo. Allí me plantifiqué a las tantas de la noche y, después de ser enviada a varios extremos del aeropuerto cual bola de pin-ball -¡qué grande es la terminal nueva de El Prat, carajo!- , tuve que irme a casa con las manos vacías. El lunes volví a la carga, conseguí contactar con alguien que por fin parecía informadoy que me informó por fin...de que por cuestiones "de protocolo", habían mandado mi Moleskine a Madrid, donde podía ir a recogerla al mostrador de objectos extraviados de Iberia.
Y yo, más extraviada que los objetos del mostrador, que me he pasado los últimos tres meses fuera de casa, de pronto no tenía viajes a la vista. Decidí contrartar una empresa de mensajería para recoger mi Moleskine en Barajas, y cuando llevaba tres días esperando a que llegara me llamaron los mensajeros para decirme que no pensaban ir a buscar nada a ese sitio porque nunca les atendía nadie. DE modo que volvíamos a estar como al principio y yo ya empezaba a pensar en redactar una nueva carta para Iberia reclamando, además de mi Moleskine, mi paciencia, por si estaba también en la oficina de objetos extraviados de Barajas...
Hasta que un señor me llamó por teléfono y me preguntó por favor si podía hablar con Henry Miller. Fue un punto de inflexión, una señal. El espectro de Henry Miller había tocado la conciencia del custodio de las cosas perdidas de Iberia. Loado sea Miller y, de paso, el custodio.
El señor, que dijo ser de Iberia, llamaba a mi número de teléfono porque lo estaba leyendo en la primera página de un cuaderno que alguien había olvidado en un avión, dijo.
Es una parte importante de mi ritual de empezar un cuaderno: apunto mi teléfono y mi correo electrónico, por si un día lo pierdo y alguien lo encuentra. Hasta ahora nunca había escrito nada debajo de esos datos. A partir de este momento escribiré también: "Se gratificará". Creo que todo habría sido más fácil si hubiera dejado claras ciertas cosas (involucrar al poderoso caballero en este asunto, por ejemplo).
Pero volvamos al amable señor (porque fue muy amable) que marcó mi número y preguntó si yo era Henry Miller.
"Aquí pone Heny Miller", dijo, mientras yo recordaba una de las citas que tomé en Union Square y daba saltos de alegría. Y me informó de algo más: existe otro modo de recuperar los objectos que se pierden en los aviones. Una vez al semestre, por lo menos, Iberia organiza una curiosa subasta con todo el material que la gente olvida. Es de lo más curioso, me dijo, hay desde piernas ortopédicas, muletas, juguetes o ropa interior. Salen a subasta por lotes y cualquiera puede pujar por ellos. Algunos son muy económicas, me explicó. Imaginé mis ideas subastadas junto con una pierna postiza, un bastón de setero y una faja de la talla 60, y por poco me da algo. Por fin, le prometí al caballero telefónico que alguien iría en las siguientes 24 horas a buscar mi cuaderno y le pedí por favor -creo que varias veces- que lo pusiera a buen recaudo hasta que llegara mi brioso emisario. Creo que después de hablar conmigo debió hojear mi libreta de otro modo, movido tal vez por la curiosidad que le despertó mi actitud. Espero que mis ideas para futuras novelas fueran de su agrado y desde aquí le mando un saludo cariñoso.
El caso es que mi adorado suegro pasó por mi cuaderno al día siguiente. Eso fue el 28 de diciembre y podría ser una broma, pero por fortuna no lo es. Mi suegro se llevó la regañina del personal de Iberia en última instancia (otra vez por no habermnos preocupado antes, siempre según ellos, claro), pero recuperó mi tesoro de piel negra y hojas rayadas. Ayer me lo trajo a casa, como un Melchor inesperadamente generoso y mágico. De modo que hoy los reyes me han traído mi Moleskine, mi cuaderno número 6, y he recuperado las citas, las ideas, la ciudad de Chicago, mi ratito maravilloso en Union Square y muchas cosas más.
Leo en el último libro de José Luis Piquero que durante 12 años se ha preocupado mucho de los procesos que dan pie a la escritura, de la génesis de las ideas y de los sentimientos, de la lenta orfebrería de las palabras, que jamás empieza en las palabras mismas. Pues bien, eso es lo que contienen mis Moleskines: la orfebrería de la memoria y de la emoción. Por eso estoy feliz de haber recuperado todo eso y quiero dedicar este post a Mònica Montaña y Dionisio Olmedo Val, que a mis ojos se han convertido en verdaderos héroes clásicos, tenaces, empecinados, luchadores infatigables, vencedores de cíclopes... y todo gracias a los usos y costumbres del amable y regañón personal de Iberia.

2 de enero de 2010

Censo infernal


Me documento leyendo tratados de demonología. Descubro que una de las mayores preocupaciones de los demonólogos de todos los tiempos, sobre la que se han hecho correr mares de tinta, es el número exacto de demonios que nos rodean. En su intención de despejar esa duda, los expertos han arrojado distintas teorías. Algunos han dado una idea aproximada de la magnitud del fenómeno: "Si lanzaras una aguja desde el cielo, antes de llegar al suelo habría ensartado varios demonios", dijo alguien en el siglo XV. En el XIII, el abate Richalm había afirmado que los seres diabólicos que nos acompañan "son tantos como granos de arena hay en el mar". Un tercero, en una descripción muy plástica, que casi preconiza el barroco, dijo que "los demonios están en todas partes, rodeando a cada uno de nosotros como una bóveda espesa".
Aunque no siempre los estudiosos han incurrido en tales imprecisiones. Al contrario, muchos de ellos han aportado datos concretos del fenómeno, muy de agradecer para quien como yo amamos los números exactos. Máximo de Tiro, filósofo platónico y aficionado a las cuentas, dijo en el año 180 que los demonios que habitan la Tierra eran 30.000. Quince siglos más tarde, Johan Wier se atrevió a lo que nadie había hecho: los contó. A todos y cada uno. Así, concluyó que los demonios se agrupaban por legiones, que en total había 1.111, formadas por 6.666 demonios cada una, lo cual arrojaba un total de 7.405.926 ejemplares. No está mal. Pero no fue el único. Hubo posteriores recuentos y en la del siglo XVIII, salieron algunos más: un total de 133.306.668, aunque igualmente alineados en 6.666 legiones. Por fin, Corado Balducci, el que durante años fue uno de los exorcistas en nómina del Vaticano, muerto en el año 2008, había dicho muchas veces que los diablos son cuatro millones, repartidos en los cinco continentes. A la vista de este resultado cabe preguntarse si en los últimos siglos la población infernal ha resultado afectada por algún tipo de plaga o si el censo de Balducci tiene algún defecto.
Sea como sea, no hace falta ser un genio, ni un teórico, ni siquiera un exorcista, para saber que demonios hay muchos. Cada cual tiene los suyos. Un día de estos os presento a algunos de los que siempre me acompañan. Especiamente de noche y si duermo fuera de casa. Cada cual entienda lo que quiera.


* La imagen de hoy es del videojuego Devil World.

31 de diciembre de 2009

Propósitos para el nuevo año


Soy mujer de rituales. Los defiendo (todos) y los practico (algunos). Me confieso afecta al ceremonial, al protocolo, a las buenas maneras, a los hábitos que siembran costumbres. Y a las prácticas tontas, como esta de mesurar el paso del tiempo y de hacerse propósitos cada vez que esa falsa cinta de continuidad nos marca un hito en el calendario.
Fin de año es mi hito, mi tontería cíclica temporal. Heme aquí, pues, dispuesta a hablar de propósitos para el año que comienza.
Primero, me impongo un repaso a los 10 propósitos que me hice para el 2009.
De los 10, he cumplido plenamente 4. Entre esos cuatro, había uno muy prosaico, muy material, uno muy práctico y dos muy espirituales. Considero equilibrada la balanza. Los otros seis, los incumplidos, o cumplidos sólo en una pequeña parte, repiten varias veces la palabra "despacio" y la palabra "tiempo". Hace tiempo que estas dos palabras se repiten en mis 10 propósitos del año. ¿Por qué lo sé? Porque los maniáticos de los rituales como yo apuntamos estas cosas siempre en el mismo cuaderno, de modo que cuando paso páginas hacia atrás tropiezo con joyas como éstas de 2004: "Escribir de una vez El anillo de Irina" o bien "Tener otro hijo". Seguro que estáis pensando que soy una obsesiva. Pues bien: acertáis. Lo soy. Es una de mis virtudes.
Sin embargo, ocurre que este año es especial y los propósitos deben serlo también. La cinta interminable del tiempo me acerca a una cifra que parece redonda (ninguna lo es) y parece importante (menos aún). En 2010 voy a cumplir 40 años. Creo que semejante cifra no puede celebrarse con pequeños propósitos, con nimiedades al alcance de cualquier adolescente, ni con palabras tantas veces repetidas que ya han perdido por completo su significado.
No.
Este año me propongo escribir primero los "5 propósitos a tener en cuenta para redactar los 10 propósitos para el 2010". Y son éstos:

1) Están prohibidos los deseos ridículos al alcance de cualquier voluntad (pero no de la mía, está claro), tipo: "ir a nadar dos veces por semana" o "perder diez kilos". Caresantos, mentálizate, mujer, de una vez por todas: no eres sistemática para nada más que para unir palabra tras palabra día tras día. Y con respecto al peso... bueno, la vida me ha regalado un conformismo cada vez mayor, de modo que la imagen del espejo sigue sin satisfacerme, pero ya no me sofoco. A todo terminas por acostumbrarte.

2) Debo ser ambiciosa al desear. Nada de menudencias. Nada de continuismos. Un rompimiento absoluto, esta vez que -por fin- puedo permitírmelo. A los 40, las cosas hay que hacerlas a lo grande, o no empezar siquiera.

3) No debo querer abarcar demasiado. ¿Diez propósitos? ¡Menudo problema! ¿Y no sería mejor quedarse con cinco? ¿O tres? Pocos, pero ambiciosos, necesarios, revolucionarios.

4) Es indispensable exigir su cumplimiento. Nada de ser benevolente conmigo misma. El típico bueeeeeeeeeeeno, pero es que no he podido, es que cómo voy a negarme, es que... ¡ni hablar! Caresantos, ¡cumple lo que dices! No te estafes más a ti misma.

5) Debo estar preparada para decir que no. No al viaje demasiado apresurado. No a quien no valora tu trabajo. No a quien pretende hurgar en tus intimidades antes de tiempo. No a quien te quiere seducir con una vanaglorioa a deshora. No a quien promete lo que en realidad no necesitas. No a quien cree que la prisa no avinagra el buen vino. No a quien te inunda el correo de mensajes insustanciales. No a quien no entiende. No a quien no te quiere. No, no y no.

Sentadas estas bases, creo que estoy lista para redactar mis 5 propósitos para el año 2010. Lo haré esta noche, minutos antes de las campanadas que, por cierto, para mí sonarán en un lugar alejado y silencioso que es, en sí mismo, un buen augurio.

Y para vosotros, navegantes, un deseo que os dejo de todo corazón:

QUE EL 2010 OS HAGA FELICES


La imagen es de FJTU, de Flickr

28 de diciembre de 2009

Un amigo en Facebook me propone una idiotez


Me escribe alguien llamado Toni, que se hace llamar editor, para hacerme "una propuesta de autoedición". Me dice que contacta conmigo porque "nos hemos conocido en Facebook" y a continuación me explica que la autoedición es "para muchos escritores al principio la única vía de llegar a ser leído y conocido". Y añade: "Puede que nunca te lo hayas planteado, estés en proceso, o incluso ya hayas editado. Si te interesa lo que te propongo, puedes ponerte en contacto conmigo. Te haré llegar el proceso de edición, y también según las características de tu obra, un presupuesto bastante aproximado de sus costes. Todo esto no tiene ningún compromiso por tu parte, ya que solo te estás informando. Si una vez conocido el presupuesto, decides tirar adelante la idea, te haré llegar la información necesaria para que te pongas en contacto con la editorial, por si necesitas aclarar algún tipo de duda".
No voy a contestar a mi amigo en Facebook Toni. Me sorprende tal acto de contención viniendo de mí, y lo considero una prueba de que, al contrario de lo que cantaba mi admirado José Alfredo Jiménez, algo me han enseñado los años. A no llevarme berrinches por idioteces ajenas, por ejemplo.
Porque yo, ya lo he dicho en otras ocasiones, considero la autoedición un lamentable error, un camino equivocado. Es mentira: no se llega a los lectores con un libro autoeditado. La distribución es un bosque infranqueable incluso para editores muy consolidados. No digamos para los pequeños empresarios de la impresión que pretenden hacer negocio con la ilusión ajena, y que una vez se encuentran con un montón de libros en las manos no saben qué hacer con ellos. Los casos que conozco de libros autoeditados son distribuidos penosamente por sus autores de librería en librería y en cada estación de este via crucis horrible deben soportar el ceño arrugado de unos libreros que también ven con malos ojos este tipo de libros de propio cuño.
Por no hablar de lo que significa pagar por editar un libro propio. Es como si el médico nos remunerara por dejarle que nos ausculte. Como si al subir al autobús el amable conductor nos diera dinero por ocupar un lugar de su vehículo. Como si al terminar la terapia, el psicólogo nos entregara cincuenta euros y nos diera las gracias por contarle nuestras miserias. Es el mundo al revés.
De modo que no, por el momento no estoy interesada en autoeditar mi obra, amigo Toni. Hace ya algunos años que no soy una escritora que comienza, pero cuando lo fui, jamás me planteé tal cosa. Tanteé otras vías, y no todas eran buenas ni todas me salieron bien. Un pequeño editor me salió rana, algún premio insignificante me catapultó hasta las páginas de los libros colectivos (qué ilusión cuando vi por primera vez mi nombre impreso en el encabezamiento de un cuento, el sexto de un conjunto de diez), quedé entre los diez finalistas del Premio Herralde con un libro que jamás salió del cajón y que un editor al que respeto y admiro encontró "demasiado experimental", encajé negativas de una docena de editores con deportividad suma y desilusión máxima, pero de todo ello aprendí mucho mientras no dejaba de escribir. Hasta que los premios me descubrieron. Fue lel Ciudad de Alcalá de Narrativa el que me permitió considerarme escritora por primera vez en mi vida. Otro error: no era menos escritora antes de publicar, sólo era más insegura. Tampoco lo soy más ahora que tengo varias decenas de títulos en mi bibliografía, y que todos los días me repito a mí misma la suerte que tengo por dedicar mi vida entera a aquello que más me gusta. Soy la de siempre: temo mucho, me equivoco constantemente y todavía me llevo berrinches por lo que considero injusto, indigno o poco respuetuoso con algo que yo amo tanto, como la Literatura. Por eso estoy escribiendo esta entrada, porque en el fondo creo que debo contradecir lo que he dicho hace un rato y ser consciente de que estoy, en primer lugar, contestando a Toni, mi amigo en Facebook y, en segundo, que tenía razón José Alfredo Jiménez, y en realidad, nada me han enseñado los años, y soy la misma enfadona-visceral-hiperestésica-que-no-piensa de siempre.

La imagen de hoy es de Maderuelo, de Flickr

27 de diciembre de 2009

Instinto maternal (relato inédito)


¿Vendrás esta noche al concierto? Después habrá fiesta donde siempre.
Mis amigos conocen la respuesta, pero a pesar de todo insisten. Tuerzo el gesto, finjo tristeza, resignación. No puedo, les digo, ya sabéis, los niños...
Y ellos saben, por descontado que saben, para algo nos conocemos desde hace más de veinte años. Entienden. Se hacen cargo de que soy la única de la vieja pandilla de aves nocturnas que no puede disponer a su antojo de su tiempo, que se ha visto obligada a cambiar sus costumbres, que ya no puede seguirles de bar en bar cada vez que se les antoja a los de siempre. Me dan la razón sin pronunciar palabra y sus ojos buscan refugio en la comprensión cómplice del otro. A veces siento que me compadecen, pero simulo que no me doy cuenta. Yo sé que debe ser así: es esa zanja infranqueable que separa las preocupaciones de quienes tenemos hijos de las de aquellos que optaron por no hacerlo. Vivimos en mundos diferentes. No tenemos casi nada que ver. Sólo el vago espejismo de que yo un día fui libre como ellos y que ellos un día imaginaron el terror de estar amarrados a otras personas de por vida.
Sé que ellos recuerdan lo que ocurría años atrás, cuando en estos mismos bares querían saber el porqué de tanto empeño, de dónde había sacado mi espíritu de maternidad tan universal y tan sediento, y yo les explicaba, con alegría al principio, con una inmensa tristeza después, lo mucho que significaba para mí sostener entre mis brazos una pequeña vida que yo misma había traído al mundo y lo mucho que me dolería no poder hacerlo. Les hablaba de dolor y miraban dentro de sus vasos, hacían tintinear sus cubos de hielo, esquivaban la mirada de la vida. La seriedad de mis palabras les dejaban sin ganas de bromear.
Muy pocos supieron de la época en que lloraba en los parques, de aquella soledad consecutiva que sucedía a la huida de mis amantes, del angustioso deambular por aquellas clínias frías llenas de enfermeras que sonreían todo el rato, y de la palabra final, sanatorio, a la que di vueltas durante más de un año, en aquella soledad que me impuse a mí misma, en aquella blancura de los días y las noches. Recuerdo una migraña insufrible que parecía el fin y un enfermero atractivo y amable que no sonreía. Cerré los ojos y pensé: cuando amanezca de nuevo, seré otra persona o habré muerto. De algún modo, una misma se da cuenta cuando llega al punto de no retorno.
Sobreviví.
Nadie supo nunca cómo ni de quién llegó la solución. Yo jamás hablo de eso. Cuando salí de allí, apenas unas semanas más tarde, era madre. Atribulada y generosa, como la mayoría de las madres que deben serlo en solitario. Pero también feliz, por primera vez en mucho tiempo. Los amigos me aceptaron igual que siempre, aunque al principio nos costó encontrar temas de conversación. A ellos, es natural, les molestaba mi constante referencia a los niños. Los padres y madres de familia solemos aburrir con nuestras cuitas. Su sopor me parece natural, un precio que pago con gusto. Aunque procuro no abusar de ello.
Con el tiempo, mis amigos dejaron de espantarse. A veces incluso me dan su opinión sobre las cuestiones que me atormentan. Aquella gripe que dejó a mi hija en los huesos, por ejemplo, o cómo hacer para que se alimenten correctamente. Yo siempre fui de mal comer, mis hijos lo han heredado de mí y yo reproduzco con exactitud la desesperación que tanto recuerdo de mi madre, casi cuarenta años después. Me sorprende que nunca pregunten nada. A veces parecen molestos. Cuando eso ocurre recuerdo la frontera que nos separa y cambio de tema. Tengo derecho a divertirme. Al llegar a casa, después de esos ratos, suelo tropezar con la realidad de los platos de comida que nadie ha tocado. Arrojo los restos al cubo de la basura, preocupada, inundada de dudas. ¿Se puede sobrevivir comiendo tan poco? ¿Debería cambiar de pediatra?, me pregunto.
Lo peor es ducharme. No soporto escucharles corretear por el pasillo mientras intento relajarme bajo el chorro de agua caliente. Pensaba que tal vez aprenderían a respetar mis necesidades, pero no es así. Después de todo, los niños son niños y no entienden ciertas palabras. Me enfado con ellos, pero en el fondo les perdono enseguida. No puedo evitar recordar lo desgraciada que era cuando no les tenía, y eso me crea nuevas culpabilidades: acaso por ese motivo les estoy consintiendo demasiado. Todo el día transcurre en un trajín, de modo que llego a la noche agotada, me acuesto en cuanto ellos se meten en la cama y me duermo en el acto. Por fortuna, jamás he conocido malas noches. Los niños han dormido siempre de un tirón y jamás han sufrido indisposiciones nocturnas. Soy de las que acusan enormenente la falta de descanso, eso habría sido horrible para mí. Además, duermo como un bebé. A veces me pregunto si les oiría si me llamaran en la oscuridad. Tal vez lo hacían, en otro tiempo, y se rindieron a la evidencia de que su madre no iba a acudir.
Así que mañana comenzará un día idéntico a este. No me importa, todo lo contrario: me hace sentir segura. Despertaré a las siete y cuarto con las canciones infantiles de la televisión cantadas a voz en grito por mis dos tesoros. Les serviré el desayuno, insistiré para que se lo tomen, les llevaré al colegio, me iré a trabajar, contaré las horas que faltan para salir, por fin darán las seis, les recogeré, tararearemos canciones alegres de camino a casa, les prepararé una buena cena, insistiré en parecerme cada vez más a mi madre, me daré una ducha mientras ellos corretean por el pasillo, les regañaré con dulzura por no permitirme ni diez minutos de paz, tal vez luego le cepille el pelo a mi hija, o hablemos de cómo nos ha ido el día, les besaré con todo mi amor antes de dormir y me meteré en la cama destrozada.
Así ocurre desde hace más quince años.
Así seguirá ocurriendo hasta el día en que me muera.


La imagen es de Dalla, de Flickr

9 de diciembre de 2009

¡Viva Concha Quirós y viva su casa, la Librería Cervantes, de Oviedo!






Las fotos corresponden al día 26 de noviembre pasado y a mi neverending tour.

8 de noviembre de 2009

Madres de todo pelaje y condición: esta entrada os interesa


El viernes por la mañana estuve compartiendo un buen rato con los alumnos de las clases de Tercero y Cuarto del CEIP María Sanz de Sautuola de Santander, al hilo de mi libro Se vende mamá, que ellos habían leído. Les confesé que a mí a veces me dan ganas de vender a mi madre y les expliqué el motivo: porque me repite las cosas 50 veces. Con esa excusa, les pedí motivos por los cuales quieren a sus madres.
Salieron algunos muy interesantes, que os resumo:

-Porque me hace la comida.
-Porque me hace la cama (ya les dije: por este motivo mis hijos no me querrán jamás, porque no hago ni la mía).
-Porque siento que me quiere.
-Porque me compra cosas.
-Porque es guapa.

Luego, ya en confianza, les pregunté si a veces no sentían deseos de poner a la venta a su madre. Por internet, por ejemplo, como hace el protagonista de mi historia. A mano alzada, más de la mitad confesaron haber sentido ganas de hacerlo alguna vez. Les pregunté por qué motivo. Esto fue lo que me contestaron (atención madres):

1) Porque me obliga a comer verduras.
2) Porque quiere que recoja mi cuarto.
3) Porque conoce a todo el mundo (le pregunté a la niña que lo había dicho qué tenía de malo conocer a todo el mundo y me explicó que su madre se para en la calle con todo el que conoce y habla durante mucho rato mientras ella se aburre como una ostra. Después de conocer este pormenor, estuve muy de acuerdo ella).
4) Porque me ducha tres veces al día (pensaba que lo había entendido mal, pero no. La madre en cuestión es, sin duda, la más limpia de la que he tenido noticia).
5) Porque me miente (aviso para navegantes, mamás).
6) Porque no cumple sus promesas (ejem)
7) Porque está jugando todo el día con la Nintendo (¿perdón? ¿hay madres que saben jugar con la Nintendo?).
8) Porque quiere que doble el pijama todos los días (mis hijos también querrían venderme por eso).
9) Porque es una cascarrabias.
10) Porque chilla todo el rato (a esto se le llama, en la terminología moderna, trauma acústico, y es una razón de peso que las mamás debemos meditar).

En fin. El preguntorio terminó con un ejercicio. Les pedí a mis jóvenes letores que redactaran un anuncio imaginando que eran sus madres. Les pedí que se pusieran a la venta a sí mismos, y que al hacerlo enumeraran algunas de sus virtudes, pero que no olvidaran unos pocos defectos o nadie les tomaría en serio. Como no teníamos mucho tiempo, no pudimos leer los anuncios en voz alta, pero les prometí hacerlo en el avión de vuelta a casa y poner aquí los mejores y los más divertidos. Realmente, ha sido una tarea difícil seleccionar, porque todos tenían algo que les hacía únicos. Una niña de 10 años se ponía a la venta porque "siempre hace muchas preguntas". (yo también vendería a mi hijo por eso, debo confesarlo). Hay otra niña, también de 10 años, que cuando enumera sus méritos dice: "Quiere mucho a su madre, la acompaña al médico". Caray, me dan ganas de comprarla, si no fuera porque tu madre no querría venderte nunca. Algunas cosas me suenan muy familiares. Por ejemplo, cuando alguien dice que "su plato favorito es la pizza cuatro quesos. No le gusta acostarse pronto". Algo me dice que haríais buenas migas con Adrián, mi hijo mayor a quien, por cierto, tampoco le gusta andar, como a algunos de vosotros. Aquí tenéis un anuncio que lo dice bien claro:

Se vende hijo de 9 años, medio guapo y un poco protestón, muy listo, un poco bajo. Saca buenas notas, le gusta leer pero no le gusta andar.
Lo de medio guapo me ha encantado, por cierto (aunque no es verdad, yo os vi a todos guapísimos). Hay alguien que dice ser "guapo pero muy listo" (¡qué bien!) y también afirma algo estupendo: "le gusta todo lo que le pongas" (esa es una gran virtud, desde luego, que ojalá te dure muchos años). Aunque también me gusta la hija de 9 años que afirma de sí misma que "tiene un carácter enorme" (¡pues claro!).
La comida está también muy presente. A veces, prescindiendo de la ortografía (aunque lo he entendido igual). Como en este anuncio tan simpático:

Se bende ijo de 10 años, bastante guapo, un poco pesado. Su plato favorito es la arburguesa. No quiere acostarse prnto, está obsesio nado con la plei. No le gusta la berdura. Le gusta ducharse.
Hay otros que lo han dejado muy claro:

Se vende hija de 8 años que nunca recoge el pijama. No le gusta el pescado ni la cebolla.

Y en cambio, alguno que afirma todo lo contrario:

Se vende hijo guapo, listo y cariñoso. Le encanta ir a la playa aunque haga frío. Nunca se pega con nadie. Siempre quiere de postre fruta: manzana, pera, plátcano, melocotón, piña. Y le gusta estudiar.

¡Qué estupendo!
Tampoco faltan en esta lista las comidas poco saludables. "No le gustan las alubias y le encanta el arroz con ketchup". Uf, ¿el arroz con ketchup, de verdad? ¿Pero tú lo has probado con tomate frito? Hay una niña, por cierto, que dice: "no le gusta el sancacobo". ¡Claro! A mí tampoco me gusta el sancacobo. ¡En cambio el sanjacobo me parece riquísimo!
Hay anuncios breves y sinceros, como éste:

Se vende hijo de 8 años, muy protestón y muy guapo. No recoge su cuarto, come mucha pizza, se enfada mucho y no hace los deberes.

¡Cuánta sinceridad!
Aunque la sinceridad no escasea, ciertamente. Una niña de 9 años afirma, sin ir más lejos, algo contundente: "No le gusta jugar con sus hermanos pero con sus amigos sí". Y otro dice algo preocupante: "No le gusta salir a la calle" (¡pues menudo problema! ¿A ninguna calle o sólo a la tuya? ¿Has probado a ver qué hay en la calle de al lado?)
Luego están los que tienen mucho carácter. Como la autora de este anuncio:

Se vende hija de 8 años que manda a su madre, se enfada mucho si no le compran lo que quiere. Se come la paella en casa de su tía y en casa, no. Hace los deberes delante de la tele, no recoge, se enfada con sus primas y no hace lo que le manda su madre.

¿Cómo será la paella de su tía? ¿Y la de su madre? Tal vez la solución está en que su tía le dé la receta a su madre.
De la playa también se habla mucho. No me extraña, viviendo en Santander:

Se vende hija de 8 años con gafas. Cuando ace sol quiere ir a la playa. Le gusta escribir cuentos de animales. Come casi todo, verduras, frutas y abeces como dos o tres chuches. Tiene amigos de cuatro o cinco años que son majos.

Es fantástico tener amigos majos de cualquier edad, desde luego. Y esa paabra, abeces, habría que inventarla. Me encanta. Así, el abecedario no sería algo tan inamovible.

Y mirad éste:

Se vende higo de 8 años, muy guapo, inteligente, aficionado al fútbol, siempre saca notables, le gusta leer, el libro que más le gusta es Harry Potter, es normal.

Me ha encantado, porque los higos son mi fruta favorita. Aunque a mí me daría no-sé-qué comerme un higo que saca notables y lee Harry Potter.

Y este otro, muy audaz, aprovechó y vendió a su hermano:

Se venden hijo travieso de 20 años. Es muy guapo pero tiene novia fea de 27 años.

(Espero que la novia no lea este blog).
Y dejo dos para el final. El primero, me gusta por sincero y equilibrado. Es un anuncio perfecto.

Se vende hijo muy guapo, de 8 años, un poco gamberro. Le gusta el solomillo con queso, la pleiestesion dos, ver la tele, patinar y las piscinas. No le gustan las berduras ni andar. Sabe nadar.

Qué rico el solomillo con queso. Y qué estupendas las piscinas.
El último es similar y suena a sincero (ya sabéis que esa es la clave de la publicidad):

Se vende hija de 8 años muy protestona, no le gusta leer pero le gusta ir de paseo al parque. Hace la cama y le gusta ir al colegio a estudiar.

En fin, que sois unos estupendos publicistas. Gracias por todo, chicos y chicas. Fue un verdadero placer conoceros y escucharos. Hasta la próxima.


Las ilustraciones, también son de los chicos de 3º y 4º del María Sanz de Sautuola.

4 de noviembre de 2009

Las 10 razones por las que me odia mi admirado (y querido) Félix J. Palma


El pasado 29 de octubre, Félix J. Palma obró de maestro de ceremonias en la presentación madrileña de mi libro de cuentos Los que rugen. Esta es su presentación, que muy generosamente me ha dejado compartir con vosotros. Os la sirvo como una verdadera delicatessen, para todos aquellos que no pudisteis acompañarnos en la librería 3 Rosas Amarillas. Asimismo, la foto debo agradecérsela a Lawrence Schimel, que primero la tomó y luego me la ha cedido.




10 RAZONES POR LAS QUE ODIO A CARE SANTOS

Uno. Porque Care disfruta escribiendo, y aunque os resulte extraño, no todos los escritores disfrutan escribiendo. Pocos lo confiesan en público, pero es cierto. Yo no disfruto escribiendo y conozco a muchos otros que tampoco, por lo que creo que los escritores pueden dividirse en dos bandos: a los que les gusta escribir y a los que les gusta haber escrito. Y a Care le gusta escribir, sentarse en la silla, ver crecer sus historias en la pantalla, darles forma con mimo y abstraerse del mundo envuelta en la exaltada sinfonía de sus teclas. No siente presión en el pecho, ni padece quebraderos de cabeza que arruinen sus noches, ni la asaltan las dudas que desgraciadamente nos atacan a la mayoría para robarle toda la gracia al acto de escribir. Es más, Care ha confesado que para evitar pasarse todo el día ante el ordenador, escribe con una vela que tarda tres horas en consumirse. Cuando la vela se agota, Care se levanta y se va a pasear, en vez de seguir en el ordenador, que es lo que le gustaría. Yo, por el contrario, aprovecho cualquier excusa para levantarme de la silla, incluso la de cambiar el coche de sitio, lo cual podría considerarse algo enfermizo, dado que no tengo coche.

Dos.
Por la cantidad de páginas que produce al día, porque si después de estar tanto tiempo ante el ordenador Care produjese una sola página, no sería una escritora tan odiosa. Pero ella produce exactamente 8 páginas. Y si multiplicamos 8 por los 365 días del año obtenemos la cantidad de 2.920 páginas, y aunque le restemos algunos días, porque me niego a creer que Care pueda escribir todos y cada uno de los días del año, y lo dejemos, por ejemplo, en 2.000 páginas, tendríamos para unos seis libros al año de 300 páginas. Con lo cual Care no es solo la escritora más odiosa que conozco, sino también la más prolífica

Tres.
Porque puede escribir cualquier cosa. Si echáis un vistazo a las solapas de sus libros podréis descubrir que Care toca todos los géneros con naturalidad, y en todos parece sentirse cómoda. Ha escrito seis novelas, algunas de ellas premiadas, como por ejemplo La muerte de Venus o Hacia la luz, novelas en las que Care adapta el modo narrativo cinematográfico, y abreva sin complejos en las aguas del fantástico. Ha escrito docenas de novelas juveniles, que no puedo enumerar aquí por falta de tiempo, entre ellas la saga Arcanus. Ha escrito también libros a cuatro manos, cómo no, y ha practicado el ensayo e incluso la poesía, y ahora publica un nuevo libro de cuentos que viene a sumarse a los cinco anteriores. Ha escrito tantísimo que se ve obligada a resumir su bibliografía para que quepa en las solapas de sus libros, mientras otros tenemos que engordarla como buenamente podemos para que no parezca un aforismo. Yo no he podido leer todo lo que ha publicado, porque soy un pobre humano que, como todos, lee más despacio de lo que Care escribe, pero he leído buena parte de su obra y constatado con envidia que lo hace condenadamente bien, sea en el género que sea.

Cuatro.
Pero no solo trabaja en su obra, sino que también se ocupa de todas esas servidumbres que nos agobian al resto de los escritores. Care contesta todos los emails de sus admiradores, participa en foros, presenta libros, se lee las novelas que le mandan los amigos, compone antologías, e incluso ha realizado la fotografía de la cubierta de este libro, lo que ya no sé es si lo habrá construido la iglesia que aparece en ella. Sus días tienen más horas que los nuestros, está claro. Y hace todo eso con tres hijos. Si hay alguna madre presente entenderá el mérito que eso tiene. Querido público, estamos ante un milagro.

Cinco.
Es que, por si esto fuera poco, Care es una de las críticas más lúcidas de nuestro país y tiene el privilegio de ejercer de anfitriona o portera dando la bienvenida al mundo de la literatura española a los escritores que comienzan. Ella es la primera en tasar sus obras desde el suplemento El Cultural de El Mundo, y lo hace siempre con exquisito tino y amabilidad, como hizo con un servidor hace ya más de diez años.

Seis.
Ha escrito un libro de cuentos de fantasmas, un género por el que siempre me he sentido atraído pero que nunca he abordado por considerarme incapaz de aportar nada nuevo sobre el tema. ¿Qué se puede escribir hoy sobre fantasmas? Desde Plinio el Joven, que creó al fantasma más antiguo que se conoce, y que ya vagaba errante por el mundo de los vivos porque no había sido convenientemente sepultado, pasando por la iconografía terrorífica que tras la eclosión del cuento gótico ingles del S. XVIII convertiría al fantasma en una criatura pálida que dedicaba las noches de tormenta a recorrer con pasos renqueantes los interminables pasadizos de los castillos, no se ha parado de escribir sobre estos traslúcidos inquilinos de la ultratumba, y los que hoy lo hacen se limitan a respetar los patrones del terror moderno, contando historias donde alguna mujer traumatizada por la perdida de un hijo o similar se enfrenta a un fantasma que antes de mostrarse en toda su apariencia espectral, se toma su tiempo para manifestarse moviendo objetos en plan poltergeist o produciendo trabalenguas psicofónicos. Esas historias están ya demasiado vistas. La otra opción que nos queda es contarlas desde el punto de vista del fantasma y, durante un tiempo, la mejor baza argumental de ese enfoque fue jugar con la idea de que el fantasma no sabía que lo era, como hicieron Cortázar o Benedetti en muchos de sus relatos, pero después de que la película El sexto sentido popularizara dicha estrategia, hoy ya no podemos sorprender a nadie con eso.

Siete.
Porque no ha escrito un cuento de fantasmas, sino que ha tenido la osadía de escribir nada menos que trece, trece variaciones sobre el gastado mito del fantasma que me demuestran lo equivocado que estaba, pues todavía puede escribirse algo original sobre el asunto. Por ejemplo, la mayoría de las historias tratan del intento de comunicación entre los habitantes del más allá y los vivos, pero en el relato que abre el volumen, titulado Por las noches aullamos, Care se pregunta cómo sería la comunicación entre los propios fantasmas, unos fantasmas que deambulan por un mundo apocalíptico cepillado de vida humana, donde los animales campan a sus anchas, y que tanto recuerda al futuro onírico de la película Doce Monos. En el relato titulado Círculo Polar Ártico, le da una vuelta de tuerca más al mencionado cuento del fantasma que no sabe que lo es, mediante el brillante uso de los tics de este tipo de historias, de manera que nunca llegamos a saber si el protagonista es un fantasma que ignora su condición o alguien normal y corriente, porque el relato admite ambas lecturas. Y esa originalidad alcanza su pleamar en el relato Comunicación, uno de mis favoritos del volumen, en el que a la protagonista se le presenta el fantasma del hijo que todavía lleva en el vientre, para guiarla al más allá cuando ambos mueran en el parto por un error del anestesista. Pero se trata de un fantasma adulto, del hombre que el bebé habría llegado a ser de no producirse el desgraciado accidente, una especie de regalo de un universo paralelo. Y cuando no busca la originalidad, Care asume la tradición, como en el relato Asuntos pendientes, que narra en clave de comedia el clásico tema del fantasma que no puede acceder al más allá hasta que resuelva sus cosas en este mundo, o en el titulado Confesión, en el que el fantasma es un periodista becario que se le aparece cada noche a la protagonista para continuar la entrevista que no pudo terminar antes de que la entrevistada lo estrangulara con sus propias manos. Se trata de un cuento hilarante que, además, incluye un divertido retrato de los periodistas que todos sufrimos en las promociones y que no me resisto a compartir con vosotros. Dice Care: “Pertenecía a la clase prescindible de los informadores culturales, uno de esos especialistas en el refrito de notas de prensa, en distorsionar las declaraciones y en fusilar artículos de otros. Jamás grava conversación alguna, sino que toma notas. Se sienta ante ti enarbolando un cuaderno cuadriculado y un bolígrafo de plástico. A veces imploran: ¿podría hablar un poco más despacio, por favor? Cuando eso sucede, yo hablo aún más rápido. Tengo comprobado que no importa lo que digas porque ellos interpretarán lo que les plazca y al día siguiente todo los lectores se preguntarán como una idiota como tú, que apenas sabe conjugar los verbos, se ha atrevido a publicar un libro”. Care también ensaya la clave poética en el relato titulado Orden alfabético, en el que son los autores que no tenemos en nuestra biblioteca los que se encarnan en fantasmas, y en el delicioso cuento Más allá de esta oscuridad y este silencio, en el cual el fantasma es un hombre aquejado de invisibilidad, un pariente lejano del Griffin de H. G. Wells.

Ocho.
Por hablar de su infancia, cuando todos sabemos que sobre la infancia de los escritores es mejor correr un tupido velo, pues son casi siempre infancias penosas y traumáticas, de niños solitarios que se refugian en los libros porque no soportan vivir en un mundo que se ríe de ellos por su torpeza en los deportes, por sus botas ortopédicas, su aparatito dental o por su timidez invencible. En Defensa y ataque Care ha tenido la osadía de relatar cómo eran sus clases de gimnasia, confirmando una teoría que sostengo desde hace tiempo: detrás de cada escritor, más que un libro de Verne o Salgari, siempre hay un potro que nunca conseguimos saltar. Es un cuento que me ha obligado a enfrentarme a los fantasmas que llevo dentro y que ya casi había olvidado. Como le sucede a la protagonista de Marcar un gol, una mujer que llega como directora al colegio donde estudió de pequeña y que aprovecha la hora de cerrar para dar un paseo por su viejo instituto, tropezando en cada esquina con el fantasma de la niña tímida y torpe que era el blanco de las bromas de sus compañeras, un cuento de una desgarradora melancolía que se cierra magistralmente con la inesperada venganza que el tiempo concede a la protagonista. Por último, Amanecer con monstruos marinos es un relato en el que la imaginación de la hija transforma en fantasma al padre muerto y le permite mantener una última conversación con él, una conversación dispersa, sobre nimiedades, que continúa dejando sin contestar las preguntas cruciales de la vida. Y dado que en la última página de este relato aparece una ilustración de “La marina azul”, el cuadro que su padre le regala a la protagonista, podemos pensar que el recurso de Care de usar su propio pasado como material para modelar sus ficciones alcanza aquí su muestra más personal.

Nueve.
Porque en este libro figuran dos o tres cuentos que me hubiera gustado firmar a mí, como algunos de los citados o el titulado Seis botellas, o tres, de Gran Reserva. Este relato está recogido en la segunda parte del libro, que en contraposición con la primera, titulada Ellos, donde se muestra al fantasma clásico, lleva por nombre Nosotros, y presenta a fantasmas cuya condición ectoplasmática no es necesaria, sino que se usa el vocablo en sentido más amplio. En este relato a la pareja protagonista le regalan seis botellas de gran reserva con la condición de que conmemoren las seis ocasiones más especiales de su vida, pero esas ocasiones nunca llegan, por supuesto, porque son incapaces de reconocerlas en el momento exacto en el que se producen. El hombre, ya se sabe, es el único animal que no sabe vivir en el presente, pues siempre vive recordando el pasado o anhelando el futuro. Es un hermoso cuento sobre el fantasma de nuestra vida anterior, de todas las vidas que se desvanecen para dar paso a otras, de todas esas vidas que inevitablemente vamos acumulando a lo largo de nuestra existencia.

Diez.
Porque en el 2011 publicará una novela magistral que la convertirá en la autora más famosa del mundo. No es que yo tenga una máquina del tiempo y lo haya comprobado, sino que es algo que ocurrirá por pura ley de probabilidades teniendo en cuenta al ritmo al que escribe.
Y ahora os dejo con la escritora más odiosa que conozco.

23 de octubre de 2009

¡Rugiremos en Barcelona, Madrid y Zaragoza!


Juan Casamayor y Editorial Páginas de Espuma han organizado algunas presentaciones de LOS QUE RUGEN, mi último libro de cuentos, recién salidito del horno.
Me encantaría veros por allí, si tenéis tiempo de acercaros.

-Barcelona. Martes 27 de octubre, 20 h. L'Astrolabi. Carrer Martínez de la Rosa, 14. A cargo de David Roas y Jordi Cantavella.


-Zaragoza. Miércoles 28 de octubre, 20 h. Librería Cálamo. A cargo de Carlos Castán e Hilario J. Rodríguez.


-Madrid. Jueves, 29 de octubre, 20:30 h. Librería 3 Rosas Amarillas. A cargo de Félix J. Palma. Con lectura dramatizada de la actriz Licia Alonso.

21 de octubre de 2009

Fallo con acierto

La ventana infinita, con texto de Andrés Pi Andreu e ilustraciones de Kim Amate gana el XXIX Premio Destino – Apel·les Mestres de literatura ilustrada.



El premio, con una dotación económica de 4.500€, ha sido concedido por el jurado formado por: Carmen Bieger, Jesús Gabán, Care Santos, Fernando Valverde, y Marta Vilagut en representación de la editorial. A la convocatoria de este año se han presentado más de 25 originales procedentes de diferentes lugares de España y otros países como EE.UU o Inglaterra.
Destino Infantil & Juvenil publicará la obra ganadora el próximo mes de enero de 2010.

Alguien observa tras los cristales de una ventana... ¿Qué misterio esconde?
A veces los niños «nuevos» o recién llegados a la escuela o al barrio nos parecen antipáticos... La ventana infinita es un cuento medio de risa, medio de misterio, sobre dos niños que aprendieron que la amistad es una gran ventana que siempre debe estar abierta. Aunque a veces nos asuste.

Andrés Pi Andreu (La Habana, 1969) cree que la lectura es una necesidad que nos hace más humanos y mejores. Quizá por eso acabó siendo escritor y vinculándose al mundo de la edición, tareas que realiza en Estados Unidos, donde reside actualmente.
Como escritor, ha recibido premios tan prestigiosos como el IBBY 2000 por El libro de Claro Carlitos, el Nacional de literatura infantil y el Premio Nacional de la Crítica 2004, ambos por Lo que sabe de Alejandro.

Kim Amate (Terrassa, 1974), cuya formación y experiencia profesional ha sido principalmente en el ámbito del diseño y las artes gráficos, se inició en la ilustración cursando estudios en la Escola Llotja. La ventana infinita es su primer trabajo publicado como ilustrador. Actualmente, expone su obra pictórica «El destí artificial de la truja blanca» en la galería BAT de Barcelona.


De blog a blog y tiro porque me toca...

El susurro que cruzó el espacio me ha hecho unas preguntas.

http://susurroespacial.blogspot.com/2009/10/1-autora-entrevistada-del-blog-que-se.html

20 de octubre de 2009

¡Vuelvo al cuento!


LOS QUE RUGEN

Páginas de Espuma, Madrid, 2009
Desde ayer, existe.

19 de octubre de 2009

Ocupar un lugar


El lomo de mi primer libro no llegaba al medio centímetro de grosor. Cuando le di el primer ejemplar a mi madre, recién salido de la caja en que el editor me lo acababa de enviar, ella me sorprendió con un solemne: "Vamos a buscarle sitio".
Deambulando por la casa, ella delante -con mi libro en las manos- y yo detrás, llegamos a un anaquel del salón donde convivían obras de Gironella, Alfonso Grosso y una rancia edición de los poemas de José María Pemán. Mi madre los barrió a todos, dejó el estante vacío y colocó en una esquinita mi modesto volumen, que de pronto me pareció diminuto, desolado.
"¿Y todo este espacio?", pregunté, angustiada pensando cómo debía de sentirse mi pobre libro en aquel espacio enorme.
"Son para todo lo que vas a ir publicando", dijo ella, con un convencimiento que movió a la risa nerviosa.
Desde luego, tenía fe en mí mi progenitora, pero el tiempo ha demostrado que también tenía capacidad para adelantarse a los acontecimientos.
Hace unos días, una de las visitantes habituales de este blog escribía que en ciertas bibliotecas mis libros ya ocupan todo un estante. Cuando me dicen algo así, nunca me queda claro si debo pedir disculpas por semejante osadía o celebrarlo con alguna expresión que subraye lo oído. Pienso en mi biblioteca, siempre tan falta de espacio, y me pregunto qué sería de mí si mis amigos, aquellos cuyos libros conservo con veneración, publicaran tanto como yo. Alguno me regaña por ser tan promiscua (ellos dicen "trabajadora", que suena mejor): "Hemos tenido que ampliar tu estante dos veces, a ver si descansas una temporada". Algunos no son tan delicados: "Como no dejes de publicar tanto tendremos que mudarnos de casa".
Esta semana, una amiga periodista decía en la prensa catalana que acabo de publicar mi libro número 50. Me preguntó si era cierto. Los conté para la ocasión... y descubrí apabullada por mis propias circunstancias que sí, que es cierto. Precisamente hoy sale a la venta mi último libro de cuentos, Los que rugen, que es además el que hace 50 de todos los libros que llevan, como aquel primero, mi nombre en la cubierta. Pormenorizado, diré que esos 50 comprenden 2 libritos de poesía, 6 novelas, 6 colecciones de relatos, 3 libros de no-ficción que yo siento emparentados con mi faceta periodística, 15 novelas para jóvenes y que el resto son libros infantiles. El anaquel que vació mi madre hace casi quince años, está hoy tan lleno que ya ha desalojado a sus vecinos. Y, por supuesto, si nada me lo impide, voy a trabajar porque siga creciendo.
Así que termino con un aviso para navegantes: hacedme sitio en vuestras bibliotecas. Desalojad estantes. Poned estanterías en el baño, en el balcón, en la caseta del perro, en el ascensor. Mudaos de piso. Porque a mí me queda mucho que contar y mucha guerra que dar.

3 de octubre de 2009

Lo mejor y lo peor


En un par de ocasiones alguien me ha preguntado qué es lo mejor y lo peor de dedicarse a escribir. Suelo decir que lo mejor son los lectores y lo peor, la incertidumbre que siempre acompaña a la escritura. Explico esto último. Martin Amis dijo que escribir supone tomar decisiones todo el tiempo. Unas 30 por página, aventuró. Cómo se llama el protagonista, qué hace, por qué hace lo que hace, dónde vive, cuál es su carácter, cómo viste, qué piensa, cómo se llama su hija y la amiga de su hija y el novio de la amiga de su hija, qué nivel de vida lleva, a qué aspira, cuál es su problema, cómo se efrenta a él... en fin, un agotador ejercicio. Sobre todo para alguien como yo, que a veces tarda un buen rato en decidir si quiere el fuet entero o en láminas (en serio) o que a veces lleva tres o cuatro libros a un viaje de 24 horas porque es incapaz de decidirse por uno. Observo, además, no sin preocupación, que cuantos más años cumplo más me cuesta tomar decisiones. Por ejemplo, merluza al limón o magret al oporto. Si elijo la merluza, pienso que hubiera estado mejor el magret. Si el magret, añoro la merluza. Y así con todo. Es agotador. Vacilo, dudo, medito... y ni así. Imaginaos qué tortura las 30 decisiones por página.
Estoy escribiendo algo en lo que creo y constantemente me asaltan las dudas: ¿Esto interesará a alguien? ¿Será verosímil? ¿Tendrá gancho este personaje? ¿Sonará demasiado manido? Es un cuento de nunca acabar, que no me abandona hasta que pongo el punto final. Escribir, para mí, equivale a luchar cuerpo a cuerpo contra mi enfermiza indecisión.

Pues bien, y ahora viene lo bueno, todo eso tiene una recompensa: la hora de encontrarse con los lectores que ya han leído tu novela, la han disfrutado y la han hecho suya. Ese es el terreno de la seguridad, de las decisiones tomadas e irrevocables, de lo inamovible (o lo que ya no tiene remedio, claro). Me encanta hablar con ellos sobre personajes, situaciones, saber en qué momentos se han emocionado, escuchar sus comentarios, a veces sus críticas (se aprende mucho de una buena crítica) y dejarme llevar por sus sensaciones, que fueron las mías cuando concebí la historia y que recupero cuando la defiendo. Es un proceso único, emocionante, que justifica todo el trabajo en soledad que una novela demanda, que te reconcilia con el mundo.

Esta tarde va a tener lugar uno de esos momentos mágicos, en la Fnac de Callao, en Madrid. Lo estoy deseando. Será la primera vez que me encuentro con lectores de Bel. Amor más allá de la muerte, y sólo por eso va a ser una velada especial. Lectores no profesionales, que leen por lo mismo que yo escribo. Qué inmenso placer.

La foto es de SM, tomada el lunes pasado en el Hard Rock, después de la rueda de prensa.

28 de septiembre de 2009

Bel y yo echamos a andar



Publicar un nuevo libro siempre es una sensación inigualable. Da lo mismo que estés acostumbrada a publicar porque lo haces a menudo: el olor a papel nuevo, el tacto de un libro que nadie ha abierto aún, són únicos. Cuando tu nombre aparece en la portada de una bella edición, se cumple un sueño muy importante que tuviste alguna vez.

Hoy es el día.
28 de septiembre. Hoy sale Bel. Amor más allá de la muerte (SM). Durante toda la semana voy a tener, por este motivo, bastante trabajo. La promoción es una dictadura a la que todo autor debe someterse. Debo reconocer que a mí me agota mucho eso de estar hablando de mí misma todo el tiempo, como si no hubiera mil cosas mejores de las que hablar.
Sin embargo, hay algo que lo justifica todo y que me tranquiliza en esta semana de vorágine: me encantan los encuentros con los lectores. Esta semana terminará con uno de ellos, al que me gustaría invitaros de todo corazón:

El próximo sábado 3 de octubre a las 18:30
En FNAC de Callao, en MADRID
Tendrá lugar la primera presentación de Bel

Sé que en algunos blogs se están organizando "quedadas" para acercarse hasta allí, y me encanta. La editorial prepara alguna sorpresa, me consta.
Seguro que será una fiesta estupenda.
Bel y yo os lo agradecemos de antemano.

Diagonales: Nueva York en septiembre