18 de marzo de 2010

Allá donde vaya, uno siempre...


Allá donde vaya, uno siempre acaba encontrándose con los que son iguales que él. La frase es de un libro estupendo de Francesc Miralles titulado Cafè Balcànic.
La cito porque llevo unos tres días instalada en esa frase. El martes por la tarde un amigo me citó en el Café de La Central del Raval. Es un amigo con el que llevaba 20 años sin mantener una conversación decente. Hace 22, fue alguien importante en mi vida. No sólo el primer escritor de carne y hueso que conocí, también un crítico de teatro que me ayudó con generosidad y sabiduría, cuando yo era una bisoña aspirante a escritora y una redactora de cultura recién fichada por un redactor-jefe suicida (e ignorante del profundísimo alcance de mi bisoñez). En fin, fue maravilloso hablar con Joan Casas, después de este tiempo, un poco más de tú a tú, ofrecerle la réplica que hace dos décadas no encontraba por ninguna parte. Hablamos -de literatura y teatro principalmente, como siempre- y luego nos separamos.
No me gusta quedar en La Central del Raval porque las conversaciones son de todo menos privadas. En este lugar la cita de mi querido Miralles cobra vida, y una tiene que interrumpir todo el tiempo las conversaciones para saludar a conocidos que vienen y van, y que tampoco hablan con privacidad, pobres. Pero durante mi encuentro con Joan Casas no pasó nada de eso. Nadie nos interrumpió. Oh, milagro.
Esta mañana a primera hora he llamado a un caballero con el que quería entrevistarme. Él es una pieza fundamental de la documentación de mi nueva novela. Un hombre de clase social, edad y pretensiones mayores que las mías. Vamos, que algo me decía que no teníamos mucho en común . Hasta que me ha dicho: "¿Conoces La Central del Raval?" y he comenzado a pensar que tal vez éramos más parecidos de lo que yo imaginaba.
Hemos charlado dos horas. La información que me ha proporcionado es para mí puro oro. Luego nos hemos despedido, conjugando unos pocos verbos en futuro -es interesante que queden cosas para otro día- y he aprovechado para comprar tres o cuatro libros sobre teoría del arte -Lledó, Dodler, Gasquet...- que me interesan para lo mismo: la obsesiva y ya peligrosa documentación de mi novela. Luego he vuelto al café, donde, muy oportunamente, me había citado con Elena Medel, y he abierto el ordenador, arrebatada de la euforia que me ha provocado la siguiente frase (pronunciada por el cajero, quiero decir por el chaval que me ha cobrado): "En la cafetería hay wi-fi gratis".
En estas, mirando la pantalla estaba, cuando alguien me ha saludado desde un rincón. La periodista y colega Elena Hevia, con cara de aburrida, un libro, un cuaderno y un agua sin gas sobre la mesa, esperaba a su entrevistada. Su cita era Pola Oloixarac, la que se supone que es la autora revelación de esta temporada, argentina y jovenzuela. Para la contra de su libro, publicado por Alpha Decay, aporté una frasecita hace no tanto. He besado a Elena, le he dicho que espero a otra Elena y he vuelto a mi pantalla. Entonces ha llegado un chaval con barba y gafas de concha. "Es Julián Ríos", ha dicho Elena. Más besos. Risas tontuelas. Congratulaciones. "Coño, ¿va a estar todo el mundillo literario del mundo mundial precisamente aquí?". He decidido escribir un post. Ha llegado Pola. No me presento. De hecho, creo que huiré antes de besarla, porque ella está contestando a las preguntas de Elena justo en este momento. Para ser rabiosamente actual, diré que en estos momentos, mientras yo escribo esto, Elena le pregunta sobre la provocación de su novela y ella responde: "Es como curioso porque yo no siento que la novela esté entroncada en la línea de ellos. Me parece divertido que haya sido leído de esa manera pero si vos analizás, la novela puede ser leída de otra manera. Primero, porque yo no pienso en mi novela como una provocación. Es una primera novela..." En fin. Mejor lo dejo, que esto es adictivo. Pola habla al ritmo que yo escribo. ¿O será al revés?
Bueno, ha llegado Elena. Como es una enferma virtual, como yo, estamos frente a frente, cada una con nuestro portátil. Pero os aseguro que enseguida cerraremos los aparatos, dejaremos la escritura a un lado y nos iremos a comer, que para eso hemos quedado. Al fin, la vida se impone a la literatura. Siempre y cuando la dejes, ¿no?
Y por supuesto, no nos quedaremos en el café de La Central del Raval, ese lugar donde la privacidad es imposible y una, horror, siempre termina encontrándose con otros que son exactamente iguales a ella.
El verdadero milagro, ahora que lo pienso, es que haya podido escribir este post y hasta ilustrarlo, con oportuna foto tomada in situ.

16 de marzo de 2010

Clientes muertos y libreros torpes


Hace poco me vi obligada a hacer una cosa absurda que todo escritor termina haciendo tarde o temprano: comprar mi propio libro. Fue en la Casa del Libro, en Sevilla. Necesitaba un ejemplar de "Los que rugen". Lo busqué (sin éxito) por las mesas de novedades, por los anaqueles ordenados por orden alfabético -Sanz, Santos (Mayra), Santonja...-, por la sección de "relatos". Nada de nada.
Finalmente, hice otra cosa que detesto: preguntar a uno de los libreros.

YO: Perdona, ¿tenéis un libro de cuentos que se llama "Los que rugen"?
LIBRERO: En la sección de infantil. Segunda planta.
YO: No, no, es un libro para adultos. Lo ha publicado Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Páginas de Espuma? Si es una editorial nueva, igual no lo tenemos.
YO: No, no es una editorial nueva. Llevan diez años.
LIBRERO: ¿Has mirado en la sección de novela?
YO: No, porque son cuentos.
LIBRERO: Pues en la sección de cuentos, entonces...
YO: No está. O no he sabido verlo.
(Cara de fastidio del Librero, como si le estuviera molestando mucho con mis preguntas. Va hacia el ordenador.)
LIBRERO: ¿"Los que suben"?
YO: (copiando su cara de fastidio) "Los que rugen".
LIBRERO: ¿De qué editorial has dicho?
YO: Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Recuerdas el nombre del autor?
YO: Sí. Care Santos.
LIBRERO: ¿Care con K?
(¿Cuántas veces he oído esta pregunta a lo largo de mi vida?)
YO: Care con C. C de Cabreada. De Camión. De Calambre.
LIBRERO: ¿Es un autor español?
YO: Sí. Española. Es una mujer.
LIBRERO: ¿Sabes si es un autor vivo?
YO: Sí lo sé. Viva.
("Pero con ganas de matar").
LIBRERO: Lo siento pero no está en la base de datos.
YO: Es un poco raro. ¿Puedes volver a mirarlo?
LIBRERO: El libro debe de estar descatalogado.
YO: Más raro aún, porque salió en octubre pasado.
LIBRERO: Yo sólo sé que no lo...
(Cambio de ángulo y miro la pantalla. Ha escrito "Karen".)
YO: Es Care. Con C. Terminado en E. ¿Te lo apunto en un papel?
(Teclea con cara de asco lo que le acabo de decir.)
LIBRERO: ¿Has dicho "Los que rugen"?
YO: Exacto.

Se va y regresa, triunfalmente, con mi libro. Creo que sobran comentarios.

* La foto la tomó, más o menos en los mismos días, Victoria Rodríguez en Gijón.

7 de marzo de 2010

Damas y caballeros, con ustedes... ¡el genio Ifigenio!


Ifigenio es un genio en prácticas. Verde, muy elegante, aficionado a los crucigramas, perfecccionista... Como aún no ha conseguido el título, no tiene lámpara maravillosa y tiene que aparecerse en cualquier parte: botellitas de zumo, de leche, de agua, tazas del desayuno, tetra-bricks y ¡hasta cantimploras! No lo lleva muy bien, pero sabe que así será hasta que conceda su deseo número 999.999 y pueda por fin graduarse.
Mientras lo logra, Ifigenio cruza los dedos para que los niños que le hacen aparecer no deseen cosas demasiado difíciles, que le pongan en apuros o le obliguen a llamar a la oficina todo el rato. En realidad, sueña con que le pidan animales (es fácil concederlos, y están en el Catálogo de Deseos Homologados, que siempre lleva consigo). Pero no hay forma. Los niños de hoy en día no piensan las cosas, o quieren deseos tan abstractos, poéticos o exóticos que el pobre Ifigenio se vuelve loco a la hora de concederlos. Por no hablar de algunos deseos con los que no está de acuerdo en absoluto, como el de una niña guapísima que le pide convertirse en una planta, ¡habráse visto!

En fin. A finales de marzo Ifigenio se aparecerá en todas las librerías. Habrá versión en castellano y en catalán, ambas en Macmillan. La colección constará de seis títulos, y de entrada aparecen tres: Un ratón llamado Elefante, Quiero ser una planta y Ada, la genia. La ilustradora que ha obrado el prodigio de convertir a Ifigenio en esa figura simpática que veis es Issa Sánchez-Bella.
En la imagen tenéis a Ifigenio en compañía de Adrián, el protagonista del primer cuento. Es un niño muy listo, que sueña con tener un elefante, sólo que no ha pensado en un detalle importantísimo: para tener un elefante hace falta disponer de espacio donde guardarlo.
Añado que para mí es un cuento entrañable, porque Adrián -el de verdad- es mi hijo, y el elefante, su sueño incumplido. Por suerte, porque en esta casa nuestra sólo nos faltaría un elefante para estar de verdad al completo. Sólo deseo que sin un día conoce a Ifigenio, lleguen a un pacto razonable, como el del cuento que hoy he querido presentaros en exclusiva, navegantes.
¡Felices deseos!

4 de marzo de 2010

Una perlita publicitaria que he encontrado en la prensa de 1899: La baratura de Almacenes Las Indias


UNA MUCHACHA DE SERVICIO QUE TENÍA AHORRADAS 100 PESETAS PARA SU PRÓXIMO CASAMIENTO, NO SABIENDO CÓMO COMPONÉRSELAS PARA QUE LE BASTASEN PARA EL AJUAR COMPLETO DE LA CASA ENTRÓ, ACOMPAÑADA DE SU SEÑORA, POR CASUALIDAD EN LOS ALMACENES "LAS INDIAS" DE LA CALLE DE LA CANUDA Y COMPRÓ: UNA MANTILLA DE BLONDA, 7 PESETAS; UN RICO VESTIDO DE ARMUR NEGRO PURA LANA, 12 PESETAS; OTRO VESTIDO PAÑETE COLOR, 10 PESETAS; UNA DOCENA DE SÁBANAS DOBLADILLADAS, 18 PESETAS; UNA SÁBANA DE NOVIA PURO HILO, 8 PESETAS; UNA DOCENA DE TOHALLAS (sic) RUSAS, 6 PESETAS; UNA MANTA DE MATRIMONIO, DE LANA, 15 PESETAS; OTRA DE ALGODÓN, 1 PESETA; UNA DOCENA DE PAÑUELOS HILO, 3 PESETAS; Y AUN DE SU CAPITAL LE SOBRABAN 20, CON QUE COMPRÓ DOS ELEGANTES VESTIDOS DE LANA PARA SU MADRE Y SU HERMANA. EN VISTA DE TANTA BARATURA, SU SEÑORA COMPRÓ UN RICO TRAJE DE TERCIOPELO, 35 PESETAS, Y UNA CAPA DE PIEL DEL CANADÁ, 30 PESETAS; Y SALIERON HACIÉNDOSE CRUCES.

26 de febrero de 2010

20 de febrero de 2010

Un buen consejo

Tenía poco más de veinte años cuando conocí al primer editor de mi vida. Yo entonces era una jovencita que llevaba doce años escribiendo —desde los ocho— y que se sentía con derecho a publicar. Por supuesto, tenía una opinión benevolente sobre mi propia obra y era tremendamente ambiciosa. Le llevé al editor unos folios dispersos, que él ojeó con interés desmayado para dejar enseguida sobre su mesa. Luego le formulé una de las preguntas más cándidas y más desesperadas que he formulado jamás a nadie:
—¿Qué tengo que hacer para ser escritora?
El editor, que lo era de un sello importante, que tenía un despacho soleado con vistas a una céntrica calle madrileña —despacho en el que ya no cabían los libros que él mismo había acuñado y que yo inspeccionaba a hurtadillas, como quien de pronto husmea en sus deseos más profundos—, el editor, decía, era también escritor. Había publicado ya alguna novela y con el tiempo publicaría otras. Era también una de las firmas habituales de un suplemento cultural que yo estudiaba, más que leía, con religiosa puntualidad. Además, había conocido a tal cantidad de escritores que, pensaba, debía de ser capaz de reconocer a uno nada más verle. Aunque fuera uno incipiente y sin más obra que unos pocos folios.
Nos recuerdo a la perfección, dentro de la escena. Él, veinte años más joven, debía de llevar unas gafas de montura fina y plateada, que se quitó para responderme, como suelen hacer los personajes de ficción, aunque sólo sea para ganar tiempo.


Yo, parapetada tras la mesa, sentada en el asiento de las visitas, mirando por el rabillo del ojo aquella fiesta de papel que se amontonaba por doquier, y esperando una respuesta que me sirviera para confirmar mis sueños. Porque eso era lo que yo buscaba en aquel despacho: la confirmación de mis sueños. Necesitaba que otro —y no cualquier otro— me considerara escritora. Y que lo dijera en voz alta, por aquel viejo axioma bíblico de que las cosas no existen si no se nombran.
Mi primer editor no hizo nada de eso. Se limitó a sonreír —era (es) un ser dotado de la gracia de la simpatía— y pronunció una sola palabra. El infinitivo de un verbo de la tercera conjugación que a mí me sentó peor que un insulto:
—Vivir —dijo.
¿Qué otra cosa podía hacer sino indignarme? ¡A quién se le ocurre! ¡Decirle a una niña de veinte años que debe vivir! ¡Si yo no hacía otra cosa! ¿Y eso me convertiría en escritora? ¿Vivir, así, sin más? ¿Qué tipo de consejo era aquél?
Desde ese día, he vivido otros veinte años. No soy más escritora de lo que era entonces. La benevolencia hacia mí misma se esfumó con el aprendizaje de la modestia. La ambición la tengo más apaciguada. El sueño se cumplió. Lo único que sigue intacto es la pasión. Soy escritora, la de siempre: adoro escribir más que nada en el mundo. Y dudo. Dudo mucho más que cuando tenía veinte años.
Recuerdo mucho aquella escenografía de mi ingenuidad. El despacho del editor, los folios dispersos —nunca obtuve respuesta por su parte, qué esperaba—, el sol filtrándose entre las láminas de la cortina, la sonrisa amable de mi anfitrión. Tenía razón. Es la vida la que nos enseña a escribir, igual que fue ella la que nos hizo escritores, aunque mucho antes. Veinte años después, sé que fue un buen consejo.

18 de febrero de 2010

Solucionario a la penúltiuma entrada


1. Stark, Edward Bunker, Sajalín Editores
2. Dos damas muy serias, Jane Bowles, Anagrama
3. El viaje del elefante, José Saramago, Punto de lectura
4. El silencio de Cleaver, Tim Parks, Punto de lectura
5. El juego de los herejes, César Mallorquí, Espasa
6. Benjamín, Federico Axat, Sima de letras
7.El circo de los extraños, Darren Shan, Montena
8. La mujer de otro hombre y su marido debajo de la cama, Fiodor Dostoievski, Nevsky Prospetcts
9. Manuel del contorsionista, Craig Clevenger, Alpha Decay
10. Los Baldrich, Use Lahoz, Punto de lectura

* La imagen, de Cosas que veo, en Flickr

16 de febrero de 2010

J. M. Caballero Bonald a las 12 y 2



La edad me ha ido dejando
sin venenos...
(...)
Los años, ay de mí, me han desmentido.


De La noche no tiene paredes (Seix Barral, 2009)

* La imagen, de Rose, en Flickr

13 de febrero de 2010

Concurso de primeras frases


Leo las primeras frases de una decena de novelas frescas que se amontonanen mi estudio. Es una obsesión, casi un vicio. Me gusta saber qué se le ocurre a la gente para comenzar. También me gusta discutir acerca del gancho o la pertinencia de ciertos principios. Eso es lo que os propongo hoy, queridos navegantes. Un juego. Os dejo algunas primeras frases seleccionadas de entre varios libros recién llegados. Algunos son de nuevo cuño. Otros, reediciones. Hay autores extranjeros y nacionales, todo muy variado.
¿Cuál es vuestro inicio favorito, aquel que os llevaría a seguir leyendo después de tropezar con él?
En tres días, los créditos y algo más.

1. Ernie Stark no era el tío más simpático que podías conocer.

2. El padre de Christina Goering era un industrial norteamericano de origen alemán y su madre una dama neoyorquina de familia muy distinguida.

3. Por más incongruente que le pueda parecer a quien no ande al tanto de la importancia de las alcobas, sean éstas sacramentales, laicas o irregulares, en el buen funcionamiento de las administraciones públicas, el primer paso del extraordinario viaje de un elefante a austria que nos proponemos narrar fue dado en los reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos a la hora de irse a la cama.

4. En el otoño de 2004, poco después de su memorable entrevista con el presidente de los Estados Unidos y después de la publicación de la autobiografía novelada de su hijo mayor, que se publicó con el cruel título de "Bajo su sombra", Harold Cleaver, famoso periodista de prensa y televisión, cineasta y autor de conocidos documentales, tomó un vuelo de la British Airways en el aeropuerto londinense de Gatwick con destino Malpensa, Milán, desde donde siguió por ferrocarril hasta Bruneck, en el sur del Tirol, y de allí en taxi, con rumbo norte, hasta el pueblo de Luttach, a pocos kilómetros de la frontera entre Austria e Italia, lugar a partir del cual tenía la esperanza de encontrar alojamiento en un remoto paraje, aislado, entre los montes, donde pasar los siguientes años de su vida, no forzosamentde los últimos.

5. El editor Germán Bosco regresó a su piso a las diez menos veintiséis de la noche del viernes 1 de diciembre, exactamente dos horas antes de morir asesinado.

6. Era la segunda vez que Ben viajaba en el viejo Chevrolet de su abuelo.

7. Siempre me han fascinado las arañas.

8. El trece de enero del año 1865, a las doce y media del mediodía, Yelena Ivánovna, la esposa de mi cultivado amigo y colega Iván Matvéich, que también es mi pariente lejano, decisió que quería ver el cocodrilo que exhibían en el "passazh" a cambio de una única entrada.

9. Puedo contar mis sobredosis con los dedos de una mano.

10. Jenaro Baldrich se asomó a la vida en 1920, en Tarragona, en la casa que luego vendería para comprar la de Valldoreix, por no seguir habitando el lugar donde murió su padre, don Eustaqui Baldrich, y donde enfermó su madre, Cinta Campà.

8 de febrero de 2010


Recibir la primera imagen de la cubierta de un nuevo libro es como, de pronto, tener la posibilidad de verte desde lejos, desde la mirada de otro, una mirada inocente, que nada sabe de ti o de lo que eres capaz, que tampoco conoce tus defectos ni tus manías, las razones por las que a veces les cuesta vivir contigo a quienes más te quieren, tus puntos bébiles; una mirada que puede ponderar sin acalorarse, evaluar sin tomar parte.

También es una alegría inmensa, un escalón más en una escalera a ninguna parte, un nuevo mundo conquistado, una confirmación de que aquí sigo, dando guerra, aguantando, creyendo firmemente en las emociones compartidas de la Literatura, pensando en todos aquellos lectores que alguna vez me han contado que se emocionan con mis libros, emocionándome.

También es una responsabilidad y un miedo. ¿Qué ocurrirá si no estoy a la altura? ¿Si esta vez les decepciono? ¿Si ya no soy capaz de...?
Cada libro es un nuevo intento, un nuevo miedo. No, me corrijo: un miedo cada vez mayor.

Navegantes: aquí tenéis en exclusiva la portada de mi nueva novela. Espasa-Calpe la publicará el próximo mes de mayo. No hay nadie mejor que vosotros para compartir una emoción como esta.

7 de febrero de 2010

Cita a las doce y dos

"Hay años en los que uno se levanta sin ganas de hacer nada"

Ernesto Sábato

3 de febrero de 2010

¡Atención, escritores: detectada editora bloggera!


No suele ser habitual que los editores tengan un blog. Y si lo tienen, lo utilizan para la muy legítima labor de dar a conocer sus logros y / o las novedades de la editorial que dirigen.
Lo que es rarísimo es que una editora en activo, cargada de trabajo y directora de una de las grandes casas editoriales para niños y jóvenes de nuestro país, se decida a empezar un blog para compartir experiencias sobre el mundo editorial. Hablo con conocimiento de causa, porque acabo de pasar un buen rato en su página, y estoy fascinada. Mientras trasteaba arriba y abajo en sus notas, no hacía más que pensar: ojalá hubiera leído esto hace 20 años, cuando soñaba con publicar, empezaba a presentarme a algún premio y ni siquiera sabía cuántas páginas formaban un volumen publicable.
De modo que esto de hoy es una recomendación en toda regla: escritores en ciernes, proyectos de novelistas, redactores con ambición: dejad todo lo que estéis haciendo y no os perdáis ni un solo párrafo de:

31 de enero de 2010

Escritores de mal humor


Esta semana fui a un cóctel con motivo del fallo de un premio de literatura infantil y juvenil y allí coincidí con un viejo colega. Estaba enfadado porque, según dijo, "no hay forma de que las cosas empiecen con puntualidad". Tiene razón, aunque si no fuera por la impuntualidad no estaríamos hablando. Ni habría podido saludar a un montón de amigos, a algunos de los cuales sólo les veo en este sarao y, por tanto, una vez al año. "Si se dice a las siete, es a las siete", apostilló mi colega. Le vi ceñudo, con la mirada algo esquinada. Sé por conocidos comunes que últimamente está algo huraño. Su última novela no vendió mucho, aunque era buenísima (a mí me parece que este amigo mío es uno de los grandes escritores vivos actuales y que precisamente por eso, o sobre todo por eso, vende tan poco). Pero claro, los grandes escritores quieren ser escritores de éxito. Los de éxito quieren ser escritores de culto. Los de culto quieren ser populares. Y los populares quieren ser respetados por sus colegas.
De ello se desprende que el colectivo de los escritores, tengan la edad que tengan y escriban lo que escriban, es uno de los más insatisfechos que existe. Y mi colega es una buena muestra de ello. Lo cual, bien mirado, tiene mucho que ver con el asunto que tanto le perturbaba el otro día, que no era otro que la eterna impuntualidad de las cosas de la vida.
Ay...


La imagen de hoy es de David Kittos, en Flickr

24 de enero de 2010

Ignacio Sanz ha ganado el Ala Delta 2010

Ignacio Sanz, XXI Premio Ala Delta

El autor segoviano Ignacio Sanz, con su obra Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores, ha resultado ganador del XXI Premio de Literatura Infantil Ala Delta, convocado por el Grupo Editorial Luis Vives.

El jurado destacó «el tono fresco y dinámico de la narración, de acentuada oralidad, que recuerda a los cuentos tradicionales». La obra, «de argumento sugerente, muy visual y rica en imágenes», recrea un episodio de la vida del poeta chileno Vicente Huidobro que, de regreso a su país tras pasar unos años en Europa con su familia, se empeñó en llevar consigo varios cientos de ruiseñores para llenar América con su canto.

El libro se alzó con el premio por unanimidad de votos de un jurado compuesto por doña Mª José Gómez-Navarro, como presidenta; doña Marina Navarro, bibliotecaria; doña María Domínguez, profesora; doña Carmen Blázquez, crítica; don Patxi Zubizarreta, escritor; doña Pilar Careaga, jefa de publicaciones de Literatura Infantil y Juvenil de la editorial y don Ignacio Chao, que actuó como secretario.

Más información sobre el autor AQUI

18 de enero de 2010

Respuestas crudas que he dado a una entrevista diferente (¿me habré pasado de sincera?)


¿Qué tipo de formación crees necesaria para desarrollar esta profesión?

Hay dos escuelas de escritores: la vida y los libros. O al revés. Una vez le preguntaron a Montserrat Roig en cuál de las dos había aprendido más y dijo que estaban empatadas. Hay que leer sin descanso, cuanto más, mejor. A los clásicos, a los contemporáneos, a los buenos, a los malos. No hay que olvidar que hay escritores que enseñan a escribir, y devorarlos. Pero también hay que caminar por la calle con los ojos muy abiertos. Y dejar que el tiempo pase. Escribir es, como dijo Pynchon, un largo aprendizaje.


¿Y qué cualidades personales?
No viene mal un punto de obsesión, pienso, y de desequilibrio. Me explico. Cuantos más años pasan, más me convenzo de que no es de personas muy sensatas pasar la vida entera en otro mundo (eso es lo que hacemos los escritores), pensando en algo que no existe ni existirá. Si lo hacemos es porque tenemos necesidad de huir del mundo real, y eso significa que en el mundo real ocurren cosas que no nos gustan en absoluto. La obsesión puede ser buenísima aplicada al trabajo, y de los grandes problemas salen grandes historias, de modo que en eso llevamos cierta ventaja: la literatura se construye con material de derribo. Por otra parte, hay que recordar a cualquiera que quiera ser escritor que la tenacidad es imprescindible. Es una carrera que proporciona enormes sinsabores. Hay que ser terco para que no te afecten. Continuar a pesar de todo. Me gusta pensar en algo así como “El síndrome de Van Gogh”: ser impermeable al desaliento. Van Gogh jamás vendió un cuadro, pero nunca dejó de pintar. Le mantuvo su hermano, pero siempre supo que hacía lo que debía. Eso es.

Una escritora puede ganar al mes de … a … euros.
Una escritrora puede ganar al mes 0 euros. Y eso durante muchos meses, varios años seguidos, mientras empieza y no la conoce nadie. Pero de pronto puede ganar un premio dotado con 50.000 euros, o más, y de pronto parece que ese dinero le da sentido a todo, cuando en realidad no es así: el sentido estaba antes del dinero. Una de las desventajas claras de esto: no saber nunca con qué cuentas a fin de mes. Una de las ventajas: tampoco tienes horarios ni jefes. Si no tienes un buen día, te lo tomas libre y nadie se queja. Si pretendes, como es mi cvaso, combinarlo con la maternidad, puedes disponer del tiempo cuando a tu manera, y pasar con tus hijos los ratos que tú elijas. Claro que también te encontrarás a menudo trabajando hasta muy tarde para recuperar ese tiempo precioso que has pasado con tus hijos. En estos momentos, por ejemplo, mientras contesto estas preguntas, son las 23:48 de un día en que he pasado 12 horas delante de la pantalla y en que después de cenar les he propuesto a mis hijos ver juntos una película. Ellos duermen, yo trabajo.
* La imagen es de jpstanley, en Flickr.

14 de enero de 2010

Huir (otra vez a vueltas con lo mismo)

Quien huye de algo, huye siempre de sí mismo.

13 de enero de 2010

Navy Pier, Chicago: ver las cosas de otro modo sólo cuesta 5 dólares







* Las fotos son de finales de noviembre de 2009

11 de enero de 2010

Sala de prensa


Concurso de opinadores


No suelo hacer mucho caso a las críticas. Las positivas, porque no aportan nada más que hidratos de carbono para el ego. Las negativas, porque una vez extraída la sustancia, no sirven para mucho. De todos modos, suelo prestar más atención a las segundas, porque si están cocinadas por profesionales, sin pasiones que nublen la mirada, suelen dejarte algo de lo que puedes aprender.
Claro que hay excepciones. Está el crítico predispuesto. El que tiene contra ti una ojeriza antigua cimentada en cuestiones no-literarias. Y está el que no lee los libros y a pesar de todo opina (mal) sobre ellos. El que odia todo lo que se vende, de modo que si tienes un mínimo éxito, de inmediato eres sospechosa de algo. El que desprecia a los lectores con sus opiniones que no admiten réplica. En fin. No merece la pena extenderse mucho en este asunto.
Las excepciones a menudo son positivas. Hay críticos que me han hecho ver cosas que estaban en mis libros y de las que ni yo misma era consciente, que han aportado una visión de mi trabajo que para mí ha sido sumamente esclarecedora o que han enriquecido mis ficciones con interesantes aportaciones de su cosecha, que me han hecho ver cuál es la verdadera razón por la que las historias nos fascinan. A ese tipo de críticos, a quienes por fortuna he conocido también en buen número, siempre les estaré agradecida. Y ello -debo decirlo- a pesar de que cometen los mismos desmanes que los otros, aunque de signo contrario: a menudo me ven con excesivos buenos ojos y me convierten en blanco de su generosidad sin límites. Una generosidad a la que con demasiada frecuencia no sé cómo corresponder.
También leo con mucho interés los comentarios de los lectores. Por supuesto, los que me llegan por correo electrónico. Pero no sólo esos. En algunas librerías virtuales piden a sus clientes que opinen de las novelas que tienen a la venta. Reconozco que cuando me dispongo a comprar un libro prefiero que no haya comentarios de ningún tipo. Hace tiempo que me dejo guiar sólo por las opiniones de lectores de mi confianza o por mi propio olfato o necesidad con respecto a un libro o un autor. Pero cuando se trata de mi propio trabajo, la cosa es muy diferente. Me gusta entrar y husmear lo que la gente opina de él. Me encanta -y me admira- el ritual de la pasión, la vehemencia con que la gente defiende sus gustos. Y me divierten mucho los comentarios más negativos, los despiadados, los que mezclan saña con tinta para dejar su impronta. Los leo arrebatada y siempre me parecen cortos y pocos. Los disfruto tanto que hoy quiero, navegantes, compartir con todos vosotros este placer. Aquí van. Pertenecen todos a la sección "Opina" de la Casa del Libro. Os sirvo un menú de ideas preconcebidas y disgusto (imagino que algún ingrediente más habrá, pero no es elegante nombrarlo). Prometo que entre los autores no hay amantes despechados ni acreedores. Por lo menos, hasta donde yo sé.

1)"Una copia descarada de la primera novela de Emily the Strange (...). Si comparas las portadas de las dos novelas te darás cuenta de que la de Care Santos es un quiero y no puedo de la de Emily".
2) "Es tan obviamente similar a Ghostgirl que parecía estar teniendo un dejavu (...), eso sí, se parece a Ghostgirl pero de malísima calidad".
3) "No me gusta que se pase medio libro hablando de lo triste que está la familia de Bel. Me abrurrió bastante".
4) "Se ha perdido el norte. ¿Una campaña de marketing que empieza 3 meses antes de la salida del libro? ¿con merchandising para comprar y con un libro que sólo incluye una mísera canción y una entrevista que está en Youtube? Pero qué es esto, por favor. ¿Y la historia? Una Ghostgirl para españoles, sólo que con una edición horrenda y unos dibujos que dan repelús. Vaya timo".
5) "Una copia de otra novela juvenil que ya ha triunfado, Ghostgirl. ¿Dónde queda la ética profesional? En fin, un libro que no leeré. ¿Se pensarán que los lectores somos ovejas?"

No puedo resistir la tentación de elegir mi favorito, y no es fácil.
Comparto con la número 4 la opinión acerca del cd (no se lo digáis a nadie) y quisiera puntualizar que mi novela no lleva dibujos (con perdón) aunque si los llevara puede que tenga toda la razon y dieran mucho repelús.
A pesar de todo ello, me empecino en elegir el último. ¿No es estupendo ser acusada de plagiaria por un lector que no me ha leído? Espero que por lo menos haya ojeado Ghostgirl. Y que la próxima vez no meta en esto a las ovejas, que no siempre se equivocan, pobres.
Ah, la magia de la literatura.

* La imaginativa foto es de Armando Álvarez, del periódico La Voz de Asturias, y fue tomada a fines de noviembre y en la librería Cervantes de Oviedo.

8 de enero de 2010

Fragmentos de un texto presente o futuro


Sí, es cierto, una vez tuve un amigo. Luego, desapareció. De pronto, sin saber por qué. Ocurre, a veces: la gente desaparece. Amas a una persona, compartes con ella algo importante. Sufres un espejismo de perdurabilidad. Todo amor se proyecta engañosamente hacia un futuro yermo. La estupidez de nuestro optimismo no conoce límites. El cerebro optimista, le llaman a la gelatina que nos engaña desde dentro. No es más que un truco, una argucia para hacernos confiar. La verdad nos haría incapaces. La magia es esa nada que no podemos predecir. Luego, la vida nos extirpa órganos vitales. Sonríe sin dientes y nos dice: «¿Lo ves? Sin esto también respiras, caminas, haces la digestión». Nada por aquí, nada por allá. Es así como de pronto te descubres que estás solo, echando de menos a quien ya no volverá. Telón.

Mi piso barcelonés lo vendí en aquella época, a un editor sueco que buscaba en España soles tibios para su mujer. El día que ambos, el sueco y yo, comparecimos ante un notario de Paseo de Gracia, dijo haber salido de su casa en Estocolmo a una temperatura de veinte grados bajo cero. Los primeros días después de cerrar la venta, el sueco me llamaba para darme noticias de su felicidad recién adquirida:
My woman’s happy here, enjoying the sunlight! We have put a lot of plants in the terrace. This is a wonderful place in the world.
Yo le escuchaba al borde de las lágrimas. En ese lugar concebí dos hijos, pensaba. Miré al cielo apagado de la ciudad un szinfín de veces. Casi siempre fui feliz allí. Mi amigo me visitaba y yo hacía café. Nos sentábamos a charlar entre libros. Reíamos a carcajadas, a lágrima viva. Me pregunto si seguirá riendo de ese modo. Si lo hago yo.
—Cuando la ironía se aleja, la vida se acaba —me dijo mi amigo una vez.
Hablando con el sueco, yo no era capaz de encontrar mi ironía por ninguna parte. Me sentía como si un huésped incómodo hubiera tomado mi casa hasta expulsarme de ella, dejándome en la puerta, como a un perro recién abandonado. Odiaba al sueco, a su esposa y al sol tibio que les hacía tan felices.
Odiaba no poder contárselo a mi amigo, porque la niebla de silencio que nos envolvía desde hacía mucho había terminado por devorar todas las palabras futuras.
Acaso eso fue lo peor, lo que nunca nos perdonamos. El silencio.
Cuando dos personas dejan de comprenderse y comienzan a juzgarse, es imposible que todo sea como antes.
Me fui a vivir al área metropolitana. También aquí miro al cielo. Incluso soy feliz. Se puede ser feliz sin ser inocente.


Hace unos días, descubrí a mi amigo cuando me disponía a cruzar una calle del Ensanche. Él estaba al otro lado, y también aguardaba a que el semáforo cambiara a verde. Fingí no verle. Decidí darle cierta ventaja, como el jugador de ajedrez que cede con gusto las blancas. Miré al suelo, hablé por teléfono. Él me reconoció entre los transeúntes, desvió la mirada, giró sobre sus pasos. Se marchó calle Numancia abajo, en dirección a la estación de Sants. Es un camino que no lleva a su casa, que tal vez no debía tomar, que no habría tomado si yo no hubiera estado allí. Reconocí su gesto. Sólo intentó no cruzarse conmigo, no tener que saludarme.
Le di la razón también en esto. Después de todo -la risa, las palabras, la memoria- saludarnos en mitad de un paso de peatones con una mirada esquiva y una sonrisa circunstancial habría sido horrible.
Siempre es mejor no darle ocasiones a la vida de ponerte contra las cuerdas.
Huir siempre fue uno de nuestros argumentos favoritos.

6 de enero de 2010

La orfebrería de la emoción


El pasado 8 de diciembre tomé el vuelo de Air Nostrum IB 8857 entre San Sebastián y Barcelona que salía a las 17:55 y llegaba a las 19:55. Ocupé el asiento 12C. Fue un vuelo estupendo, que se esfumó mientras terminaba las memorias de Esther Tusquets y apuntaba algunas citas que me habían llamado la atención en mi cuaderno, siempre igual pero sistinto cada cierto tiempo: una Moleskine negra tamaño medio folio, de tapas duras y hojas rayadas.
Cuando llegué a casa reparé -horror- en que había perdido la Moleskine.
Recordé en un fogonazo cómo y dónde la había perdido: la dejé en el bolsillo delantero de la butaca, a la espera de poder guardarla con más comidad. Cuando aterrizamos, se me olvidó.
Aquella noche recordé, una por una, las cosas que había en ese cuaderno. Lo comencé en noviembre, en otro avión. Entre mis muchos rituales, me gusta especialmente el de dedicar los viajes a confeccionar mis cuadernos, a repasarlos, a adorarlos. Esa Moleskine tenía historia desde la primera página, porque lo compré en Miami y lo comencé sobrevolando Estados Unidos, entre Nueva York y Chicago. Le puse un título -cada uno de mis cuadernos lleva uno diferente-, lo numeré -era el sexto-, dediqué las dos primeras páginas a retener las citas de su predecesor de las que aún no puedo desprenderme -siempre lo hago: de algún modo hay en los cuadernos que voy abandonando un montón de cosas que me duele dejar atrás, y además un cuaderno en blanco es mala compañía, de modo que siempre dedico las 3-4 primeras páginas de mis libretas a ese recordatorio, y eso me ayuda a sentirme menos desamparada cuando en todas partes saco mi cuaderno y él me protege del miedo escénico- y a continuación comencé a apuntar cosas de nuevo cuño. En la página 5 anoté mis impresiones que me había causado la ciudad de Chicago por si un día decido utilizarla como ambientación novelesca. En las páginas 7 y 8 apunté cuatro posibles argumentos para 4 posibles novelas que rondaban desde hacía tiempo por mi cabeza sin que me hubiera decidido a retenerlas y que de pronto allí, frente al lago Michigan, cuando bajaba de la noria de Navy Pier me vi en la obligación de apuntar. Lo hice mientras se le encendían las primeras luces a la ciudad, aún poco invernal, y enseguida me sentí mucho mejor. Al día siguiente, saqué la Moleskine en la maravillosa librería Barnes & Noble de Union Square, me senté en la cafetería con una decena de libros que no pensaba comprarme y tomé nota de un montón de citas e ideas escarbadas de ejemplares que ni han sido publicados ni lo serán en España. La mayor parte de las citas hacían referencia al oficio de escribir. Recuerdo que había una que decía: "Ser escritor es como tener deberes por las noches durante el resto de tu vida".
Aún había más en aquellas pocas páginas. Media docena de títulos para los que no se me ha ocurrido aún una novela. Unos veinte nombres para futuros personajes. Un recorte de periódico donde se pasaba revista a las veces que la humanidad ha temido que iba a asistir al fi del mundo (esto era para la novela que estoy terminando), una muñequita de papel que acompañaba un regalo entrañable que me hizo una desconocida en el Hotel AC de Gijón, y un montón de cosas más. Mis cuadernos son cajones de sastre donde se da cita todo lo que me pasa por la cabeza o por las manos y merece la pena conservarse. Eso, considerando que soy una mitómana y una olvidadiza que necesita esta prolongación en tapas de piel negra de su propia memoria. Es decir: apunto muchas cosas, casi costantemente. Y esas cosas son la materia prima con que invento las historias que voy escribiendo.
Pues bien, todo eso se quedó en el avión de hélices que me había traído de San Sebastián. Y yo me quedé desolada, claro.
Al día siguiente comenzamos las pesquisas. Bajo el lema -brújula de mi vida- de que prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no he hecho, y ayudada por mi fiel hada madrina, Mònica, comencé un juego de pistas absurdas con Iberia como escenario. Números de teléfono donde no responde nadie, oficinas fantasma, operarios que no tenían ni idea de lo que les estaban contando, cartas burocráticas donde a nuestra desesperación le habían asignado un número de expediente, operarios que nos aseguraban que ese número de expediente no correspondía a nada o era imposible... hasta que, al borde de la desesperación, y después de describir varios círculos sobre nuestros propios pasos, una señorita nos echó la bronca por no haber reclamado antes el cuaderno, y nos dijo indicó en qué mostrador de qué lugar debíamos recogerlo. Allí me plantifiqué a las tantas de la noche y, después de ser enviada a varios extremos del aeropuerto cual bola de pin-ball -¡qué grande es la terminal nueva de El Prat, carajo!- , tuve que irme a casa con las manos vacías. El lunes volví a la carga, conseguí contactar con alguien que por fin parecía informadoy que me informó por fin...de que por cuestiones "de protocolo", habían mandado mi Moleskine a Madrid, donde podía ir a recogerla al mostrador de objectos extraviados de Iberia.
Y yo, más extraviada que los objetos del mostrador, que me he pasado los últimos tres meses fuera de casa, de pronto no tenía viajes a la vista. Decidí contrartar una empresa de mensajería para recoger mi Moleskine en Barajas, y cuando llevaba tres días esperando a que llegara me llamaron los mensajeros para decirme que no pensaban ir a buscar nada a ese sitio porque nunca les atendía nadie. DE modo que volvíamos a estar como al principio y yo ya empezaba a pensar en redactar una nueva carta para Iberia reclamando, además de mi Moleskine, mi paciencia, por si estaba también en la oficina de objetos extraviados de Barajas...
Hasta que un señor me llamó por teléfono y me preguntó por favor si podía hablar con Henry Miller. Fue un punto de inflexión, una señal. El espectro de Henry Miller había tocado la conciencia del custodio de las cosas perdidas de Iberia. Loado sea Miller y, de paso, el custodio.
El señor, que dijo ser de Iberia, llamaba a mi número de teléfono porque lo estaba leyendo en la primera página de un cuaderno que alguien había olvidado en un avión, dijo.
Es una parte importante de mi ritual de empezar un cuaderno: apunto mi teléfono y mi correo electrónico, por si un día lo pierdo y alguien lo encuentra. Hasta ahora nunca había escrito nada debajo de esos datos. A partir de este momento escribiré también: "Se gratificará". Creo que todo habría sido más fácil si hubiera dejado claras ciertas cosas (involucrar al poderoso caballero en este asunto, por ejemplo).
Pero volvamos al amable señor (porque fue muy amable) que marcó mi número y preguntó si yo era Henry Miller.
"Aquí pone Heny Miller", dijo, mientras yo recordaba una de las citas que tomé en Union Square y daba saltos de alegría. Y me informó de algo más: existe otro modo de recuperar los objectos que se pierden en los aviones. Una vez al semestre, por lo menos, Iberia organiza una curiosa subasta con todo el material que la gente olvida. Es de lo más curioso, me dijo, hay desde piernas ortopédicas, muletas, juguetes o ropa interior. Salen a subasta por lotes y cualquiera puede pujar por ellos. Algunos son muy económicas, me explicó. Imaginé mis ideas subastadas junto con una pierna postiza, un bastón de setero y una faja de la talla 60, y por poco me da algo. Por fin, le prometí al caballero telefónico que alguien iría en las siguientes 24 horas a buscar mi cuaderno y le pedí por favor -creo que varias veces- que lo pusiera a buen recaudo hasta que llegara mi brioso emisario. Creo que después de hablar conmigo debió hojear mi libreta de otro modo, movido tal vez por la curiosidad que le despertó mi actitud. Espero que mis ideas para futuras novelas fueran de su agrado y desde aquí le mando un saludo cariñoso.
El caso es que mi adorado suegro pasó por mi cuaderno al día siguiente. Eso fue el 28 de diciembre y podría ser una broma, pero por fortuna no lo es. Mi suegro se llevó la regañina del personal de Iberia en última instancia (otra vez por no habermnos preocupado antes, siempre según ellos, claro), pero recuperó mi tesoro de piel negra y hojas rayadas. Ayer me lo trajo a casa, como un Melchor inesperadamente generoso y mágico. De modo que hoy los reyes me han traído mi Moleskine, mi cuaderno número 6, y he recuperado las citas, las ideas, la ciudad de Chicago, mi ratito maravilloso en Union Square y muchas cosas más.
Leo en el último libro de José Luis Piquero que durante 12 años se ha preocupado mucho de los procesos que dan pie a la escritura, de la génesis de las ideas y de los sentimientos, de la lenta orfebrería de las palabras, que jamás empieza en las palabras mismas. Pues bien, eso es lo que contienen mis Moleskines: la orfebrería de la memoria y de la emoción. Por eso estoy feliz de haber recuperado todo eso y quiero dedicar este post a Mònica Montaña y Dionisio Olmedo Val, que a mis ojos se han convertido en verdaderos héroes clásicos, tenaces, empecinados, luchadores infatigables, vencedores de cíclopes... y todo gracias a los usos y costumbres del amable y regañón personal de Iberia.

2 de enero de 2010

Censo infernal


Me documento leyendo tratados de demonología. Descubro que una de las mayores preocupaciones de los demonólogos de todos los tiempos, sobre la que se han hecho correr mares de tinta, es el número exacto de demonios que nos rodean. En su intención de despejar esa duda, los expertos han arrojado distintas teorías. Algunos han dado una idea aproximada de la magnitud del fenómeno: "Si lanzaras una aguja desde el cielo, antes de llegar al suelo habría ensartado varios demonios", dijo alguien en el siglo XV. En el XIII, el abate Richalm había afirmado que los seres diabólicos que nos acompañan "son tantos como granos de arena hay en el mar". Un tercero, en una descripción muy plástica, que casi preconiza el barroco, dijo que "los demonios están en todas partes, rodeando a cada uno de nosotros como una bóveda espesa".
Aunque no siempre los estudiosos han incurrido en tales imprecisiones. Al contrario, muchos de ellos han aportado datos concretos del fenómeno, muy de agradecer para quien como yo amamos los números exactos. Máximo de Tiro, filósofo platónico y aficionado a las cuentas, dijo en el año 180 que los demonios que habitan la Tierra eran 30.000. Quince siglos más tarde, Johan Wier se atrevió a lo que nadie había hecho: los contó. A todos y cada uno. Así, concluyó que los demonios se agrupaban por legiones, que en total había 1.111, formadas por 6.666 demonios cada una, lo cual arrojaba un total de 7.405.926 ejemplares. No está mal. Pero no fue el único. Hubo posteriores recuentos y en la del siglo XVIII, salieron algunos más: un total de 133.306.668, aunque igualmente alineados en 6.666 legiones. Por fin, Corado Balducci, el que durante años fue uno de los exorcistas en nómina del Vaticano, muerto en el año 2008, había dicho muchas veces que los diablos son cuatro millones, repartidos en los cinco continentes. A la vista de este resultado cabe preguntarse si en los últimos siglos la población infernal ha resultado afectada por algún tipo de plaga o si el censo de Balducci tiene algún defecto.
Sea como sea, no hace falta ser un genio, ni un teórico, ni siquiera un exorcista, para saber que demonios hay muchos. Cada cual tiene los suyos. Un día de estos os presento a algunos de los que siempre me acompañan. Especiamente de noche y si duermo fuera de casa. Cada cual entienda lo que quiera.


* La imagen de hoy es del videojuego Devil World.

31 de diciembre de 2009

Propósitos para el nuevo año


Soy mujer de rituales. Los defiendo (todos) y los practico (algunos). Me confieso afecta al ceremonial, al protocolo, a las buenas maneras, a los hábitos que siembran costumbres. Y a las prácticas tontas, como esta de mesurar el paso del tiempo y de hacerse propósitos cada vez que esa falsa cinta de continuidad nos marca un hito en el calendario.
Fin de año es mi hito, mi tontería cíclica temporal. Heme aquí, pues, dispuesta a hablar de propósitos para el año que comienza.
Primero, me impongo un repaso a los 10 propósitos que me hice para el 2009.
De los 10, he cumplido plenamente 4. Entre esos cuatro, había uno muy prosaico, muy material, uno muy práctico y dos muy espirituales. Considero equilibrada la balanza. Los otros seis, los incumplidos, o cumplidos sólo en una pequeña parte, repiten varias veces la palabra "despacio" y la palabra "tiempo". Hace tiempo que estas dos palabras se repiten en mis 10 propósitos del año. ¿Por qué lo sé? Porque los maniáticos de los rituales como yo apuntamos estas cosas siempre en el mismo cuaderno, de modo que cuando paso páginas hacia atrás tropiezo con joyas como éstas de 2004: "Escribir de una vez El anillo de Irina" o bien "Tener otro hijo". Seguro que estáis pensando que soy una obsesiva. Pues bien: acertáis. Lo soy. Es una de mis virtudes.
Sin embargo, ocurre que este año es especial y los propósitos deben serlo también. La cinta interminable del tiempo me acerca a una cifra que parece redonda (ninguna lo es) y parece importante (menos aún). En 2010 voy a cumplir 40 años. Creo que semejante cifra no puede celebrarse con pequeños propósitos, con nimiedades al alcance de cualquier adolescente, ni con palabras tantas veces repetidas que ya han perdido por completo su significado.
No.
Este año me propongo escribir primero los "5 propósitos a tener en cuenta para redactar los 10 propósitos para el 2010". Y son éstos:

1) Están prohibidos los deseos ridículos al alcance de cualquier voluntad (pero no de la mía, está claro), tipo: "ir a nadar dos veces por semana" o "perder diez kilos". Caresantos, mentálizate, mujer, de una vez por todas: no eres sistemática para nada más que para unir palabra tras palabra día tras día. Y con respecto al peso... bueno, la vida me ha regalado un conformismo cada vez mayor, de modo que la imagen del espejo sigue sin satisfacerme, pero ya no me sofoco. A todo terminas por acostumbrarte.

2) Debo ser ambiciosa al desear. Nada de menudencias. Nada de continuismos. Un rompimiento absoluto, esta vez que -por fin- puedo permitírmelo. A los 40, las cosas hay que hacerlas a lo grande, o no empezar siquiera.

3) No debo querer abarcar demasiado. ¿Diez propósitos? ¡Menudo problema! ¿Y no sería mejor quedarse con cinco? ¿O tres? Pocos, pero ambiciosos, necesarios, revolucionarios.

4) Es indispensable exigir su cumplimiento. Nada de ser benevolente conmigo misma. El típico bueeeeeeeeeeeno, pero es que no he podido, es que cómo voy a negarme, es que... ¡ni hablar! Caresantos, ¡cumple lo que dices! No te estafes más a ti misma.

5) Debo estar preparada para decir que no. No al viaje demasiado apresurado. No a quien no valora tu trabajo. No a quien pretende hurgar en tus intimidades antes de tiempo. No a quien te quiere seducir con una vanaglorioa a deshora. No a quien promete lo que en realidad no necesitas. No a quien cree que la prisa no avinagra el buen vino. No a quien te inunda el correo de mensajes insustanciales. No a quien no entiende. No a quien no te quiere. No, no y no.

Sentadas estas bases, creo que estoy lista para redactar mis 5 propósitos para el año 2010. Lo haré esta noche, minutos antes de las campanadas que, por cierto, para mí sonarán en un lugar alejado y silencioso que es, en sí mismo, un buen augurio.

Y para vosotros, navegantes, un deseo que os dejo de todo corazón:

QUE EL 2010 OS HAGA FELICES


La imagen es de FJTU, de Flickr

28 de diciembre de 2009

Un amigo en Facebook me propone una idiotez


Me escribe alguien llamado Toni, que se hace llamar editor, para hacerme "una propuesta de autoedición". Me dice que contacta conmigo porque "nos hemos conocido en Facebook" y a continuación me explica que la autoedición es "para muchos escritores al principio la única vía de llegar a ser leído y conocido". Y añade: "Puede que nunca te lo hayas planteado, estés en proceso, o incluso ya hayas editado. Si te interesa lo que te propongo, puedes ponerte en contacto conmigo. Te haré llegar el proceso de edición, y también según las características de tu obra, un presupuesto bastante aproximado de sus costes. Todo esto no tiene ningún compromiso por tu parte, ya que solo te estás informando. Si una vez conocido el presupuesto, decides tirar adelante la idea, te haré llegar la información necesaria para que te pongas en contacto con la editorial, por si necesitas aclarar algún tipo de duda".
No voy a contestar a mi amigo en Facebook Toni. Me sorprende tal acto de contención viniendo de mí, y lo considero una prueba de que, al contrario de lo que cantaba mi admirado José Alfredo Jiménez, algo me han enseñado los años. A no llevarme berrinches por idioteces ajenas, por ejemplo.
Porque yo, ya lo he dicho en otras ocasiones, considero la autoedición un lamentable error, un camino equivocado. Es mentira: no se llega a los lectores con un libro autoeditado. La distribución es un bosque infranqueable incluso para editores muy consolidados. No digamos para los pequeños empresarios de la impresión que pretenden hacer negocio con la ilusión ajena, y que una vez se encuentran con un montón de libros en las manos no saben qué hacer con ellos. Los casos que conozco de libros autoeditados son distribuidos penosamente por sus autores de librería en librería y en cada estación de este via crucis horrible deben soportar el ceño arrugado de unos libreros que también ven con malos ojos este tipo de libros de propio cuño.
Por no hablar de lo que significa pagar por editar un libro propio. Es como si el médico nos remunerara por dejarle que nos ausculte. Como si al subir al autobús el amable conductor nos diera dinero por ocupar un lugar de su vehículo. Como si al terminar la terapia, el psicólogo nos entregara cincuenta euros y nos diera las gracias por contarle nuestras miserias. Es el mundo al revés.
De modo que no, por el momento no estoy interesada en autoeditar mi obra, amigo Toni. Hace ya algunos años que no soy una escritora que comienza, pero cuando lo fui, jamás me planteé tal cosa. Tanteé otras vías, y no todas eran buenas ni todas me salieron bien. Un pequeño editor me salió rana, algún premio insignificante me catapultó hasta las páginas de los libros colectivos (qué ilusión cuando vi por primera vez mi nombre impreso en el encabezamiento de un cuento, el sexto de un conjunto de diez), quedé entre los diez finalistas del Premio Herralde con un libro que jamás salió del cajón y que un editor al que respeto y admiro encontró "demasiado experimental", encajé negativas de una docena de editores con deportividad suma y desilusión máxima, pero de todo ello aprendí mucho mientras no dejaba de escribir. Hasta que los premios me descubrieron. Fue lel Ciudad de Alcalá de Narrativa el que me permitió considerarme escritora por primera vez en mi vida. Otro error: no era menos escritora antes de publicar, sólo era más insegura. Tampoco lo soy más ahora que tengo varias decenas de títulos en mi bibliografía, y que todos los días me repito a mí misma la suerte que tengo por dedicar mi vida entera a aquello que más me gusta. Soy la de siempre: temo mucho, me equivoco constantemente y todavía me llevo berrinches por lo que considero injusto, indigno o poco respuetuoso con algo que yo amo tanto, como la Literatura. Por eso estoy escribiendo esta entrada, porque en el fondo creo que debo contradecir lo que he dicho hace un rato y ser consciente de que estoy, en primer lugar, contestando a Toni, mi amigo en Facebook y, en segundo, que tenía razón José Alfredo Jiménez, y en realidad, nada me han enseñado los años, y soy la misma enfadona-visceral-hiperestésica-que-no-piensa de siempre.

La imagen de hoy es de Maderuelo, de Flickr

27 de diciembre de 2009

Instinto maternal (relato inédito)


¿Vendrás esta noche al concierto? Después habrá fiesta donde siempre.
Mis amigos conocen la respuesta, pero a pesar de todo insisten. Tuerzo el gesto, finjo tristeza, resignación. No puedo, les digo, ya sabéis, los niños...
Y ellos saben, por descontado que saben, para algo nos conocemos desde hace más de veinte años. Entienden. Se hacen cargo de que soy la única de la vieja pandilla de aves nocturnas que no puede disponer a su antojo de su tiempo, que se ha visto obligada a cambiar sus costumbres, que ya no puede seguirles de bar en bar cada vez que se les antoja a los de siempre. Me dan la razón sin pronunciar palabra y sus ojos buscan refugio en la comprensión cómplice del otro. A veces siento que me compadecen, pero simulo que no me doy cuenta. Yo sé que debe ser así: es esa zanja infranqueable que separa las preocupaciones de quienes tenemos hijos de las de aquellos que optaron por no hacerlo. Vivimos en mundos diferentes. No tenemos casi nada que ver. Sólo el vago espejismo de que yo un día fui libre como ellos y que ellos un día imaginaron el terror de estar amarrados a otras personas de por vida.
Sé que ellos recuerdan lo que ocurría años atrás, cuando en estos mismos bares querían saber el porqué de tanto empeño, de dónde había sacado mi espíritu de maternidad tan universal y tan sediento, y yo les explicaba, con alegría al principio, con una inmensa tristeza después, lo mucho que significaba para mí sostener entre mis brazos una pequeña vida que yo misma había traído al mundo y lo mucho que me dolería no poder hacerlo. Les hablaba de dolor y miraban dentro de sus vasos, hacían tintinear sus cubos de hielo, esquivaban la mirada de la vida. La seriedad de mis palabras les dejaban sin ganas de bromear.
Muy pocos supieron de la época en que lloraba en los parques, de aquella soledad consecutiva que sucedía a la huida de mis amantes, del angustioso deambular por aquellas clínias frías llenas de enfermeras que sonreían todo el rato, y de la palabra final, sanatorio, a la que di vueltas durante más de un año, en aquella soledad que me impuse a mí misma, en aquella blancura de los días y las noches. Recuerdo una migraña insufrible que parecía el fin y un enfermero atractivo y amable que no sonreía. Cerré los ojos y pensé: cuando amanezca de nuevo, seré otra persona o habré muerto. De algún modo, una misma se da cuenta cuando llega al punto de no retorno.
Sobreviví.
Nadie supo nunca cómo ni de quién llegó la solución. Yo jamás hablo de eso. Cuando salí de allí, apenas unas semanas más tarde, era madre. Atribulada y generosa, como la mayoría de las madres que deben serlo en solitario. Pero también feliz, por primera vez en mucho tiempo. Los amigos me aceptaron igual que siempre, aunque al principio nos costó encontrar temas de conversación. A ellos, es natural, les molestaba mi constante referencia a los niños. Los padres y madres de familia solemos aburrir con nuestras cuitas. Su sopor me parece natural, un precio que pago con gusto. Aunque procuro no abusar de ello.
Con el tiempo, mis amigos dejaron de espantarse. A veces incluso me dan su opinión sobre las cuestiones que me atormentan. Aquella gripe que dejó a mi hija en los huesos, por ejemplo, o cómo hacer para que se alimenten correctamente. Yo siempre fui de mal comer, mis hijos lo han heredado de mí y yo reproduzco con exactitud la desesperación que tanto recuerdo de mi madre, casi cuarenta años después. Me sorprende que nunca pregunten nada. A veces parecen molestos. Cuando eso ocurre recuerdo la frontera que nos separa y cambio de tema. Tengo derecho a divertirme. Al llegar a casa, después de esos ratos, suelo tropezar con la realidad de los platos de comida que nadie ha tocado. Arrojo los restos al cubo de la basura, preocupada, inundada de dudas. ¿Se puede sobrevivir comiendo tan poco? ¿Debería cambiar de pediatra?, me pregunto.
Lo peor es ducharme. No soporto escucharles corretear por el pasillo mientras intento relajarme bajo el chorro de agua caliente. Pensaba que tal vez aprenderían a respetar mis necesidades, pero no es así. Después de todo, los niños son niños y no entienden ciertas palabras. Me enfado con ellos, pero en el fondo les perdono enseguida. No puedo evitar recordar lo desgraciada que era cuando no les tenía, y eso me crea nuevas culpabilidades: acaso por ese motivo les estoy consintiendo demasiado. Todo el día transcurre en un trajín, de modo que llego a la noche agotada, me acuesto en cuanto ellos se meten en la cama y me duermo en el acto. Por fortuna, jamás he conocido malas noches. Los niños han dormido siempre de un tirón y jamás han sufrido indisposiciones nocturnas. Soy de las que acusan enormenente la falta de descanso, eso habría sido horrible para mí. Además, duermo como un bebé. A veces me pregunto si les oiría si me llamaran en la oscuridad. Tal vez lo hacían, en otro tiempo, y se rindieron a la evidencia de que su madre no iba a acudir.
Así que mañana comenzará un día idéntico a este. No me importa, todo lo contrario: me hace sentir segura. Despertaré a las siete y cuarto con las canciones infantiles de la televisión cantadas a voz en grito por mis dos tesoros. Les serviré el desayuno, insistiré para que se lo tomen, les llevaré al colegio, me iré a trabajar, contaré las horas que faltan para salir, por fin darán las seis, les recogeré, tararearemos canciones alegres de camino a casa, les prepararé una buena cena, insistiré en parecerme cada vez más a mi madre, me daré una ducha mientras ellos corretean por el pasillo, les regañaré con dulzura por no permitirme ni diez minutos de paz, tal vez luego le cepille el pelo a mi hija, o hablemos de cómo nos ha ido el día, les besaré con todo mi amor antes de dormir y me meteré en la cama destrozada.
Así ocurre desde hace más quince años.
Así seguirá ocurriendo hasta el día en que me muera.


La imagen es de Dalla, de Flickr

9 de diciembre de 2009

¡Viva Concha Quirós y viva su casa, la Librería Cervantes, de Oviedo!






Las fotos corresponden al día 26 de noviembre pasado y a mi neverending tour.

8 de noviembre de 2009

Madres de todo pelaje y condición: esta entrada os interesa


El viernes por la mañana estuve compartiendo un buen rato con los alumnos de las clases de Tercero y Cuarto del CEIP María Sanz de Sautuola de Santander, al hilo de mi libro Se vende mamá, que ellos habían leído. Les confesé que a mí a veces me dan ganas de vender a mi madre y les expliqué el motivo: porque me repite las cosas 50 veces. Con esa excusa, les pedí motivos por los cuales quieren a sus madres.
Salieron algunos muy interesantes, que os resumo:

-Porque me hace la comida.
-Porque me hace la cama (ya les dije: por este motivo mis hijos no me querrán jamás, porque no hago ni la mía).
-Porque siento que me quiere.
-Porque me compra cosas.
-Porque es guapa.

Luego, ya en confianza, les pregunté si a veces no sentían deseos de poner a la venta a su madre. Por internet, por ejemplo, como hace el protagonista de mi historia. A mano alzada, más de la mitad confesaron haber sentido ganas de hacerlo alguna vez. Les pregunté por qué motivo. Esto fue lo que me contestaron (atención madres):

1) Porque me obliga a comer verduras.
2) Porque quiere que recoja mi cuarto.
3) Porque conoce a todo el mundo (le pregunté a la niña que lo había dicho qué tenía de malo conocer a todo el mundo y me explicó que su madre se para en la calle con todo el que conoce y habla durante mucho rato mientras ella se aburre como una ostra. Después de conocer este pormenor, estuve muy de acuerdo ella).
4) Porque me ducha tres veces al día (pensaba que lo había entendido mal, pero no. La madre en cuestión es, sin duda, la más limpia de la que he tenido noticia).
5) Porque me miente (aviso para navegantes, mamás).
6) Porque no cumple sus promesas (ejem)
7) Porque está jugando todo el día con la Nintendo (¿perdón? ¿hay madres que saben jugar con la Nintendo?).
8) Porque quiere que doble el pijama todos los días (mis hijos también querrían venderme por eso).
9) Porque es una cascarrabias.
10) Porque chilla todo el rato (a esto se le llama, en la terminología moderna, trauma acústico, y es una razón de peso que las mamás debemos meditar).

En fin. El preguntorio terminó con un ejercicio. Les pedí a mis jóvenes letores que redactaran un anuncio imaginando que eran sus madres. Les pedí que se pusieran a la venta a sí mismos, y que al hacerlo enumeraran algunas de sus virtudes, pero que no olvidaran unos pocos defectos o nadie les tomaría en serio. Como no teníamos mucho tiempo, no pudimos leer los anuncios en voz alta, pero les prometí hacerlo en el avión de vuelta a casa y poner aquí los mejores y los más divertidos. Realmente, ha sido una tarea difícil seleccionar, porque todos tenían algo que les hacía únicos. Una niña de 10 años se ponía a la venta porque "siempre hace muchas preguntas". (yo también vendería a mi hijo por eso, debo confesarlo). Hay otra niña, también de 10 años, que cuando enumera sus méritos dice: "Quiere mucho a su madre, la acompaña al médico". Caray, me dan ganas de comprarla, si no fuera porque tu madre no querría venderte nunca. Algunas cosas me suenan muy familiares. Por ejemplo, cuando alguien dice que "su plato favorito es la pizza cuatro quesos. No le gusta acostarse pronto". Algo me dice que haríais buenas migas con Adrián, mi hijo mayor a quien, por cierto, tampoco le gusta andar, como a algunos de vosotros. Aquí tenéis un anuncio que lo dice bien claro:

Se vende hijo de 9 años, medio guapo y un poco protestón, muy listo, un poco bajo. Saca buenas notas, le gusta leer pero no le gusta andar.
Lo de medio guapo me ha encantado, por cierto (aunque no es verdad, yo os vi a todos guapísimos). Hay alguien que dice ser "guapo pero muy listo" (¡qué bien!) y también afirma algo estupendo: "le gusta todo lo que le pongas" (esa es una gran virtud, desde luego, que ojalá te dure muchos años). Aunque también me gusta la hija de 9 años que afirma de sí misma que "tiene un carácter enorme" (¡pues claro!).
La comida está también muy presente. A veces, prescindiendo de la ortografía (aunque lo he entendido igual). Como en este anuncio tan simpático:

Se bende ijo de 10 años, bastante guapo, un poco pesado. Su plato favorito es la arburguesa. No quiere acostarse prnto, está obsesio nado con la plei. No le gusta la berdura. Le gusta ducharse.
Hay otros que lo han dejado muy claro:

Se vende hija de 8 años que nunca recoge el pijama. No le gusta el pescado ni la cebolla.

Y en cambio, alguno que afirma todo lo contrario:

Se vende hijo guapo, listo y cariñoso. Le encanta ir a la playa aunque haga frío. Nunca se pega con nadie. Siempre quiere de postre fruta: manzana, pera, plátcano, melocotón, piña. Y le gusta estudiar.

¡Qué estupendo!
Tampoco faltan en esta lista las comidas poco saludables. "No le gustan las alubias y le encanta el arroz con ketchup". Uf, ¿el arroz con ketchup, de verdad? ¿Pero tú lo has probado con tomate frito? Hay una niña, por cierto, que dice: "no le gusta el sancacobo". ¡Claro! A mí tampoco me gusta el sancacobo. ¡En cambio el sanjacobo me parece riquísimo!
Hay anuncios breves y sinceros, como éste:

Se vende hijo de 8 años, muy protestón y muy guapo. No recoge su cuarto, come mucha pizza, se enfada mucho y no hace los deberes.

¡Cuánta sinceridad!
Aunque la sinceridad no escasea, ciertamente. Una niña de 9 años afirma, sin ir más lejos, algo contundente: "No le gusta jugar con sus hermanos pero con sus amigos sí". Y otro dice algo preocupante: "No le gusta salir a la calle" (¡pues menudo problema! ¿A ninguna calle o sólo a la tuya? ¿Has probado a ver qué hay en la calle de al lado?)
Luego están los que tienen mucho carácter. Como la autora de este anuncio:

Se vende hija de 8 años que manda a su madre, se enfada mucho si no le compran lo que quiere. Se come la paella en casa de su tía y en casa, no. Hace los deberes delante de la tele, no recoge, se enfada con sus primas y no hace lo que le manda su madre.

¿Cómo será la paella de su tía? ¿Y la de su madre? Tal vez la solución está en que su tía le dé la receta a su madre.
De la playa también se habla mucho. No me extraña, viviendo en Santander:

Se vende hija de 8 años con gafas. Cuando ace sol quiere ir a la playa. Le gusta escribir cuentos de animales. Come casi todo, verduras, frutas y abeces como dos o tres chuches. Tiene amigos de cuatro o cinco años que son majos.

Es fantástico tener amigos majos de cualquier edad, desde luego. Y esa paabra, abeces, habría que inventarla. Me encanta. Así, el abecedario no sería algo tan inamovible.

Y mirad éste:

Se vende higo de 8 años, muy guapo, inteligente, aficionado al fútbol, siempre saca notables, le gusta leer, el libro que más le gusta es Harry Potter, es normal.

Me ha encantado, porque los higos son mi fruta favorita. Aunque a mí me daría no-sé-qué comerme un higo que saca notables y lee Harry Potter.

Y este otro, muy audaz, aprovechó y vendió a su hermano:

Se venden hijo travieso de 20 años. Es muy guapo pero tiene novia fea de 27 años.

(Espero que la novia no lea este blog).
Y dejo dos para el final. El primero, me gusta por sincero y equilibrado. Es un anuncio perfecto.

Se vende hijo muy guapo, de 8 años, un poco gamberro. Le gusta el solomillo con queso, la pleiestesion dos, ver la tele, patinar y las piscinas. No le gustan las berduras ni andar. Sabe nadar.

Qué rico el solomillo con queso. Y qué estupendas las piscinas.
El último es similar y suena a sincero (ya sabéis que esa es la clave de la publicidad):

Se vende hija de 8 años muy protestona, no le gusta leer pero le gusta ir de paseo al parque. Hace la cama y le gusta ir al colegio a estudiar.

En fin, que sois unos estupendos publicistas. Gracias por todo, chicos y chicas. Fue un verdadero placer conoceros y escucharos. Hasta la próxima.


Las ilustraciones, también son de los chicos de 3º y 4º del María Sanz de Sautuola.