Veo poca tele. Sin embargo, hace varios años -no recuerdo cuántos: ¿tres? ¿cuatro?- me enganché a la primera temporada de Lost, Perdidos, una serie estadounidense que me parecía fuera de lo común, que retrataba a una serie de verosímiles personajes en una situación límite. Me sedujo, creo, en primer lugar por la creación de los personajes, pero también por el arranque de la acción, que me pareció poderoso y me creó, como a millones de espectadores en todo el mundo, muchas expectativas. Durante semanas, vi puntualmente mi capítulo de Perdidos y renegué la semana que, por algún motivo, tuve que dejarlo escapar. Así hasta el final de temporada. Con el último capítulo llegó una profunda indignación y deserté. Para siempre. Desde ese instante, cada vez que encuentro en un zapping a alguno de los personajes que tanto me gustaron, me apresuro a cambiar de canal y a renegar bajito.
Soy poco constante y, como he dicho ya, casi nada televisiva. En los hoteles, raramente enciendo la tele. Prefiero abrir un libro, en silencio, sin más luz que la de la mesita. Sin embargo, el fenómeno se ha repetido hace poco con otra serie estadounidense: FlasForward. De nuevo comparecí, fiel, ante la tele a la hora de emisión. Esta vez sólo aguanté tres semanas. Tres capítulos.
Perdidos, como seguramente todo el mundo sabe, trata de la vida en una isla desierta de un grupo de supervivientes de un desastre aéreo. Sus historias son interesantes y variadas como lo son ellos mismos, pero lo realmente chocante es la isla, tropical pero llena de osos polares, con extraños monstruos de humo que acechan a los humanos y capaz, además, de desplazarse no sólo en el espacio, también en el tiempo.
En FlashForward lo inexplicable también está en la base del argumento: toda la humanidad salvo unos poquísimos pierde el conocimiento a la vez durante 137 segundos en que todos ven su futuro. Luego, tratan de saber por qué ha ocurrido tal cosa y de luchar contra lo que han aprendido de sí mismos.
Los motivos por las que dejé de ver estas series fue el mismo: de pronto, me resultó evidente que los guonistas ni tenían ni idea de hacia dónde iban. De repente me pareció que recurrían con insolente facilidad a cualquier tipo de argucia con el fin de captar mi atención. Me pareció, sencillamente, que me estaban tomando el pelo. Es la guerra de las audiencias, supongo. Con tal de que te quedes conmigo y no te pases a la producción de la cadena competidora, soy capaz de decirte que los osos tienen sueños premonitorios o que Nueva York se funde como si fuera mantequilla, si hace falta. Aunque no venga a cuento, aunque ni siquiera se me hubiera ocurrido hasta este momento, aunque sea absurdo.
Al principio, me pregunté si era la única en notarlo. No, evidentemente. FlashForward dejó de emitirse porque los guionistas se habían hecho un lío. Bueno, dieron una explicación levemente más técnica, pero la cosa era así: no tenían ni idea de lo que iban a contar, habían apuntado demasiado alto, habían creado demasiada expectativa.
Lost ha triunfado, incluso dicen que ha creado escuela, pero a costa de perder millones de espectadores cada temporada Ahora sus guionistas también reconocen que ellos estaban más perdidos que sus protagonistas, y que "improvisaron para interesar a la audiencia". Aunque su ejemplo es peligroso, porque han marcado un antes y un después.
A mí todo esto me inquieta y me parece la punta de un iceberg mucho mayor. En los tiempos de la prisa, también las ficciones que consumimos tienen que estar aceleradas. La expectativa hay que crearla en los primeros cinco minutos y mantenerla hinchada como un globo, volando cada vez más alto, aunque ni siquiera te hayas planteado dónde hacerla aterrizar (o si sabes hacer que aterrice, que aún es peor).
Escribo esto después de leer en El País un artículo donde se habla de un nuevo lenguaje de la narrativa basado en la improvisación y el sobresalto al receptor, en el todo-vale-con-tal-de-que-te-quedes. Me horrorizo sólo de pensar que eso pueda ser cierto.Por último, me permito recordar algo que los contadores de historias sabemos muy bien: crear expactativas es muy fácil, incluso demasiado. Lo difícil es, en primer lugar, mantenerlas. Y en segundo, lograr que el receptor crea que mereció la pena tomarlas en serio.
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