29 de marzo de 2010

Perdidos


Veo poca tele. Sin embargo, hace varios años -no recuerdo cuántos: ¿tres? ¿cuatro?- me enganché a la primera temporada de Lost, Perdidos, una serie estadounidense que me parecía fuera de lo común, que retrataba a una serie de verosímiles personajes en una situación límite. Me sedujo, creo, en primer lugar por la creación de los personajes, pero también por el arranque de la acción, que me pareció poderoso y me creó, como a millones de espectadores en todo el mundo, muchas expectativas. Durante semanas, vi puntualmente mi capítulo de Perdidos y renegué la semana que, por algún motivo, tuve que dejarlo escapar. Así hasta el final de temporada. Con el último capítulo llegó una profunda indignación y deserté. Para siempre. Desde ese instante, cada vez que encuentro en un zapping a alguno de los personajes que tanto me gustaron, me apresuro a cambiar de canal y a renegar bajito.
Soy poco constante y, como he dicho ya, casi nada televisiva. En los hoteles, raramente enciendo la tele. Prefiero abrir un libro, en silencio, sin más luz que la de la mesita. Sin embargo, el fenómeno se ha repetido hace poco con otra serie estadounidense: FlasForward. De nuevo comparecí, fiel, ante la tele a la hora de emisión. Esta vez sólo aguanté tres semanas. Tres capítulos.
Perdidos, como seguramente todo el mundo sabe, trata de la vida en una isla desierta de un grupo de supervivientes de un desastre aéreo. Sus historias son interesantes y variadas como lo son ellos mismos, pero lo realmente chocante es la isla, tropical pero llena de osos polares, con extraños monstruos de humo que acechan a los humanos y capaz, además, de desplazarse no sólo en el espacio, también en el tiempo.
En FlashForward lo inexplicable también está en la base del argumento: toda la humanidad salvo unos poquísimos pierde el conocimiento a la vez durante 137 segundos en que todos ven su futuro. Luego, tratan de saber por qué ha ocurrido tal cosa y de luchar contra lo que han aprendido de sí mismos.
Los motivos por las que dejé de ver estas series fue el mismo: de pronto, me resultó evidente que los guonistas ni tenían ni idea de hacia dónde iban. De repente me pareció que recurrían con insolente facilidad a cualquier tipo de argucia con el fin de captar mi atención. Me pareció, sencillamente, que me estaban tomando el pelo. Es la guerra de las audiencias, supongo. Con tal de que te quedes conmigo y no te pases a la producción de la cadena competidora, soy capaz de decirte que los osos tienen sueños premonitorios o que Nueva York se funde como si fuera mantequilla, si hace falta. Aunque no venga a cuento, aunque ni siquiera se me hubiera ocurrido hasta este momento, aunque sea absurdo.
Al principio, me pregunté si era la única en notarlo. No, evidentemente. FlashForward dejó de emitirse porque los guionistas se habían hecho un lío. Bueno, dieron una explicación levemente más técnica, pero la cosa era así: no tenían ni idea de lo que iban a contar, habían apuntado demasiado alto, habían creado demasiada expectativa.
Lost ha triunfado, incluso dicen que ha creado escuela, pero a costa de perder millones de espectadores cada temporada Ahora sus guionistas también reconocen que ellos estaban más perdidos que sus protagonistas, y que "improvisaron para interesar a la audiencia". Aunque su ejemplo es peligroso, porque han marcado un antes y un después.
A mí todo esto me inquieta y me parece la punta de un iceberg mucho mayor. En los tiempos de la prisa, también las ficciones que consumimos tienen que estar aceleradas. La expectativa hay que crearla en los primeros cinco minutos y mantenerla hinchada como un globo, volando cada vez más alto, aunque ni siquiera te hayas planteado dónde hacerla aterrizar (o si sabes hacer que aterrice, que aún es peor).
Escribo esto después de leer en El País un artículo donde se habla de un nuevo lenguaje de la narrativa basado en la improvisación y el sobresalto al receptor, en el todo-vale-con-tal-de-que-te-quedes. Me horrorizo sólo de pensar que eso pueda ser cierto.Por último, me permito recordar algo que los contadores de historias sabemos muy bien: crear expactativas es muy fácil, incluso demasiado. Lo difícil es, en primer lugar, mantenerlas. Y en segundo, lograr que el receptor crea que mereció la pena tomarlas en serio.
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28 de marzo de 2010

27 de marzo de 2010

Cita a las doce y dos

Si quieres olvidarte de una mujer*, conviértela en literatura.

Henry Miller


* Es válido también aplicado a los hombres.

26 de marzo de 2010

Nuestra curiosidad es nuestro castigo, que dijo Montaigne


En su tumba nunca falta gente y, mucho menos, flores. Los responsables del cementerio han tenido que desalojar los seis nichos colindantes para dar cabida a la gran cantidad de exvotos, ramos y ofrendas de todo tipo que recibe a diario. Su eterno descanso es el más concurrido del Cementiri de l’Est, el más antiguo de Barcelona. ¿De quién hablo? Dejadme que os presente a un curioso personaje…
En vida se llamó Francesc Canals Ambrós. Murió con apenas 22 años, el 27 de julio de 1899, dicen algunos que en un incendio. Era de origen humilde, como muchos de los que ahora le veneran, y trabajó en los míticos Grandes Almacenes El Siglo, que marcaron toda una época en la ciudad. Se cuenta que en vida ya todos le conocían por su buen corazón y sus buenas obras, que se sacrificaba a menudo por ayudar a la gente e incluso que poseía el don de adivinar la fecha en que alguien iba a morir sólo con mirarle a los ojos. Por lo visto, llegó a pronosticar su propia muerte. Aunque de todo esto sólo queda constancia en la memoria colectiva.
El nicho donde descansa El Santet está protegido por un cristal. En el interior, una fotografía lo muestra como debió de ser: cándido, aniñado, de mirada limpia y tristona. En ocasiones, el retrato no se aprecia, porque los feligreses utilizan ese espacio como una urna y arrojan a su interior sus deseos escritos en pequeños papeles. A pesar de que los cuidadores retiran los papeles cada semana, a menudo cubren la lápida por completo.
Aprovecho mi visita para leer algunas de las notas más visibles. Sé que no está bien, pero es difícil resistirse: «Quiero que mi hijo vuelva a caminar», «Trabajar de lo que sea», «Le agradezco que me curara la pierna», «Dame lo que tú ya sabes», «Gracias por escucharme», «Suerte y salud», «No quiero volver a la cárcel»... Tomo algunas fotos. Mientras lo hago, una mujer se acerca con un ramo de flores. Me hago a un lado. Deposita el ramo entre los demás y reza en silencio durante unos pocos segundos. Luego, se marcha. Me atrevo a hablarle para preguntar si es la primera vez que visita al milagroso personaje y por qué motivo lo ha hecho. La respuesta me deja de piedra: «Vengo cada lunes, para agradecerle lo que hizo y sigue haciendo por mí», contesta. No me explica nada más, ni yo me atrevo a insistir. La veo marchar, muda del asombro.
Antes de irme, hablo un momento con el conserje del cementerio. Me cuenta que la veneración que la gente tiene por El Santet es antigua. «Yo llevo aquí desde 1979 y entonces ya venían muchas personas a pedirle cosas y a traerle regalos, pero últimamente va a más. He leído en alguna parte que esta costumbre empezó a los pocos días después de su muerte, cuando algunas compañeras suyas vinieron a visitar su tumba y aprovecharon para pedirle algo, pensando que si era tan bueno en vida lo sería también después de muerto. Sus peticiones debieron de cumplirse y corrió la voz de que Francesc Canals hacía milagros». Tengo suerte de que al hombre le guste tanto hablar y hoy no tenga mucho trabajo. Me lo paso en grande con la conversación. Me cuenta una jugosa creencia. «Puede que no te hayas fijado, pero hay una grieta que atraviesa la lápida de lado a lado. La gente piensa que la miras fijamente terminas por ver al otro lado una luz muy blanca. Es el más allá, el reino de los muertos. Yo nunca me he atrevido a intentarlo, porque creo que es verdad».
Mientras el conserje habla, se nos acerca un desconocido que nos estaba escuchando. Es un hombre mayor, despeinado, con barba de varios días, que lleva una especie de guardapolvo marrón hecho jirones. Está muy sucio y huele mal. El tema le exalta, a juzgar por su enfático modo de hablar: —Yo sí vi una vez esa luz que dice. Viene seguro desde el otro lado, porque su claridad no se parece a nada de lo que hay en este mundo.
Nadie le ha invitado a la reunión, pero el hombre prosigue, cada vez más animado:
—Me ha ayudado mucho, a mí, El Santet. Lo mismo que a mucha gente que conozco. Lo que le pides se cumple siempre, porque él nunca falla, como otros santos. Lo que no entiendo es por qué no le ascienden de una vez. ¿No dicen que para ser santo hay que haber hecho cinco milagros? ¡Anda que no hace tiempo que el chaval cumplió los requisitos básicos! ¿Cinco milagros? ¡Anda ya! ¡Seguro que ya lleva más de cinco mil! Lo que pasa es que en este país todo funciona igual. Los curas no quieren santos pobres. Da lo mismo que seas un instrumento de Dios en la Tierra o que todo el mundo te necesite. ¿Para qué van a pensar en nosotros, las personas humanas? No se dan cuenta de nada. Yo se lo digo a todo el mundo, para que quede claro de una vez: ese muchacho es santo, un santo de verdad, ¡socialista, público, colectivo!, y lo era ya cuando nació, y es evidente que mientras estaba vivo no paraba de hacer milagros, y ya saben lo que dicen, ¿no?: que por sus obras le conoceréis. Pues eso. ¿A qué coño esperan para mandarle al cielo y nombrarle santo oficial? ¿No ven que desde allá arriba nos ayudaría mucho más que ahora? ¿No ven que merece una corona dorada, un altar en una iglesia, un día en el calendario y ser nombrado patrón de los trabajadores de todos los grandes almacenes del mundo?».
La verdad es que pasé un buen rato con estos personajes. Incluido el muerto milagroso.

25 de marzo de 2010

Cita a las doce y dos


Quede muy pocas veces el teatro
sin persona que hable.


Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, de Lope de Vega

24 de marzo de 2010

Palabras para la entrega del IV Premio Literario Antonio Vilanova, de la Facultad de Filología (Universidad de Barcelona), 23 de marzo de 2010


Como todos los que escribimos sabemos, un buen comienzo es decisivo. Si uno afirma que La Vetusta ciudad dormía la siesta o que Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo o que El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, si uno afirma esas cosas, ya nada vuelve a ser igual.
Yo empiezo esta noche por proclamar mi estupor, y espero que no parezca mal arranque, porque no siento que haga tanto que yo recorría a diario los claustros de esta casa. Fui aquí una estudiante tardía, creo que algo chulesca, a ratos rezongona pero muy dada al asombro y, sobre todo, al entusiasmo. De aquella época guardo muchos recuerdos, pero de entre todos siguen muy vivos dos: el profesor Lluís Izquierdo llamándole en su exaltación gilipollas a Juan Ramón Jimenez ante un alumnado perplejo y —me parece— que indignado; y don Adolfo Sotelo refiriéndose con ese énfasis tonante tan suyo a Álvaro Mesía o a Fermín de Pas con la naturalidad y la consternación con que hubiera hablado de dos miembros díscolos de su familia que no dejaran de darle disgustos.
El énfasis, como a buena hiperestésica, siempre me ha seducido.
Llegué aquí tras abandonar las aulas de Derecho —donde también había profesores inolvidables y enfáticos, que a mí me parecían muy literarios, como el civilista Carlos Maluquer de Motes, que era un lector ávido y confeso de las novelas de Patricia Highsmith y un culé tan devoto que cuando ganaba el Barça nos perdonaba el caso práctico (y también se le enojaba el alumnado, nunca entendí por qué)— y llegué aquí, ya he dicho que tarde, buscando un oro que deseaba encontrar desde hacía mucho: amor por la Literatura.
Aquí conocí cómplices con quienes hablar de libros, con quienes leer poemas en voz alta, con quienes fantasear acerca del futuro que inventaríamos escribiendo y a quienes prestar los primeros garabatos, sintiéndome más vulnerable que nunca. Recuerdo una conversación con un amigo poeta. Quería publicar, pero no hallaba un editor lo bastante osado o lo bastante afín. Dudaba, claro, aunque intuía que la duda suele ser el oxígeno del quehacer literario. El desánimo ganaba terreno. Recuerdo que le dije algo que después he pensado mucho. Mi amigo era —es— un buen poeta. Le dije que nunca sería más escritor que esa noche en que los dos compartíamos copas y frío en la terraza de un bar cercano. Le dije que yo también intuía algo terrible: que la certeza nos era muy ajena. Las certezas no sirven para escribir, sólo las dudas. Era —lo supe ese día— la vulnerabilidad lo que nos hacía tener algo que decir. Nunca seríamos más escritores que aquella noche helada en que ambos éramos inéditos y teníamos un miedo atroz.
En esta casa, mientras tanto, aprendí y me entusiasmé mucho, pero les confieso siempre eché en falta algo. En mi osadía, me habría gustado que me invitaran a participar de ese festín de las palabras que ya formaba parte de mi riego sanguíneo, pero no sólo como observadora. No me bastaba con ser la entomóloga que estudia un prodigioso coleóptero sujeto con un alfiler a un corcho. Yo, y como yo muchos compañeros, ansiaba ser el coleóptero. Ansiaba revolotear un poco, llamar la atención, tal vez hacer un ruido inútil (pero ruido al fin y al cabo), experimentar algo fabuloso o tal vez estrellarme para empezar a tener algo que contar. Y contarlo, claro. Deseaba escribir. Ser leída. Medir mis fuerzas en el único lugar donde mis fuerzas eran tomadas en serio. Es decir: aquí.
Pero, en fin, ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: hoy estoy aquí y no ahí, entre los estudiantes. Tengo un papel en la mano, aunque hablo muy de cerca a quienes siento tan iguales a mí que las distancias estorban. He venido armada con mi entusiasmo antiguo y mi estupor reciente, a celebrar de corazón que exista por fin en la Facultad un premio literario al que tantos echamos tanto en falta. Un premio —como escribieron Eugenio Fernández Vidaurreta y Borja Bagunyà en el prólogo que acompañaba la edición de los trabajos de las tres convocatorias anteriores— que quiere sumar a la perspectiva teórica, lingüística, filológica, histórica y comparativa desde la que se analiza a nuestro literario coleóptero, un nuevo ángulo: el festivo.
Particularmente, me satisface la idea de celebrar la Literatura. Compartir las palabras como quien comparte un arroz. Alabar el punto exacto de cocción o la audacia de un ingrediente inesperado. Buscarle al plato parentescos o inventarle sucesores. Y sobre todo, congratularnos porque algo tan sutil pueda compartirse.
Quiero, por último, felicitar a los ganadores. En primer lugar, por hacer aquello que a Scott Fitgerald le parecía característico del genio: poner en práctica lo que se piensa. Esto es, escribirlo. Iniciarse en ese oficio que algo tiene de devoción sagrada y algo de trabajo de oficina. No sé si lo habrán hecho a fuerza de trabajar como catorce bueyes, tal y como confesaba hacer Flaubert o dedicando apenas 3 horas al día, entre paseos y meditaciones, como recomendaba T. S. Elliot. Ordenando a sus familiares que no llamen jamás antes de las 11, como hacía Henry Miller o poniendo el vecindario patas arriba para acallar el canto de un grillo que no le dejaba trabajar, como cuentan que hizo Juan Ramón. Tal vez hayan escrito en su escudo una única palabra (lo dijo de Henry James): Soledad. O puede que su necesidad de soledad sea tan grande que se vean forzados a escribir en el coche, como parece que hacía Raymond Carver o en un banco del parque del Retiro, como se cuenta de Valle Inclán. Nada de eso importa mucho, está claro. Lo importante sólo es escribir, haber escrito, y vislumbrar parte de esa certeza de mi amigo cuando ambos éramos inéditos: créanme: nunca serán más escritores de lo que ya son hoy.
Por cierto, si no fue esa noche de frío y copas debió de ser la siguiente, pero recuerdo bien haber buscado unos versos, haberlos apuntado con trazo grueso en un papel y haber sujetado el papel en el corcho que siempre tengo frente a mi mesa. La mesa, el papel, el corcho, hasta la casa y la ciudad… todo ha cambiado. Excepto los versos, que siguen allí. Y como que si algo me queda claro es que estoy aquí por ese amor a las palabras compartidas, quiero acabar con éstas, que para mí fueron, y son, y serán, un faro. Tienen que ver con la vida. Lo cual significa que tienen que ver con la escritura. Con lo que nos hace seguir escribiendo. Y son de Antonio Machado.

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera
aguarda sin partir y siempre espera
que el arte es largo y, además, no importa.


* La imagen de hoy es de Wamba, tomada en L'Astrolabi en octubre de 2009.

18 de marzo de 2010

Allá donde vaya, uno siempre...


Allá donde vaya, uno siempre acaba encontrándose con los que son iguales que él. La frase es de un libro estupendo de Francesc Miralles titulado Cafè Balcànic.
La cito porque llevo unos tres días instalada en esa frase. El martes por la tarde un amigo me citó en el Café de La Central del Raval. Es un amigo con el que llevaba 20 años sin mantener una conversación decente. Hace 22, fue alguien importante en mi vida. No sólo el primer escritor de carne y hueso que conocí, también un crítico de teatro que me ayudó con generosidad y sabiduría, cuando yo era una bisoña aspirante a escritora y una redactora de cultura recién fichada por un redactor-jefe suicida (e ignorante del profundísimo alcance de mi bisoñez). En fin, fue maravilloso hablar con Joan Casas, después de este tiempo, un poco más de tú a tú, ofrecerle la réplica que hace dos décadas no encontraba por ninguna parte. Hablamos -de literatura y teatro principalmente, como siempre- y luego nos separamos.
No me gusta quedar en La Central del Raval porque las conversaciones son de todo menos privadas. En este lugar la cita de mi querido Miralles cobra vida, y una tiene que interrumpir todo el tiempo las conversaciones para saludar a conocidos que vienen y van, y que tampoco hablan con privacidad, pobres. Pero durante mi encuentro con Joan Casas no pasó nada de eso. Nadie nos interrumpió. Oh, milagro.
Esta mañana a primera hora he llamado a un caballero con el que quería entrevistarme. Él es una pieza fundamental de la documentación de mi nueva novela. Un hombre de clase social, edad y pretensiones mayores que las mías. Vamos, que algo me decía que no teníamos mucho en común . Hasta que me ha dicho: "¿Conoces La Central del Raval?" y he comenzado a pensar que tal vez éramos más parecidos de lo que yo imaginaba.
Hemos charlado dos horas. La información que me ha proporcionado es para mí puro oro. Luego nos hemos despedido, conjugando unos pocos verbos en futuro -es interesante que queden cosas para otro día- y he aprovechado para comprar tres o cuatro libros sobre teoría del arte -Lledó, Dodler, Gasquet...- que me interesan para lo mismo: la obsesiva y ya peligrosa documentación de mi novela. Luego he vuelto al café, donde, muy oportunamente, me había citado con Elena Medel, y he abierto el ordenador, arrebatada de la euforia que me ha provocado la siguiente frase (pronunciada por el cajero, quiero decir por el chaval que me ha cobrado): "En la cafetería hay wi-fi gratis".
En estas, mirando la pantalla estaba, cuando alguien me ha saludado desde un rincón. La periodista y colega Elena Hevia, con cara de aburrida, un libro, un cuaderno y un agua sin gas sobre la mesa, esperaba a su entrevistada. Su cita era Pola Oloixarac, la que se supone que es la autora revelación de esta temporada, argentina y jovenzuela. Para la contra de su libro, publicado por Alpha Decay, aporté una frasecita hace no tanto. He besado a Elena, le he dicho que espero a otra Elena y he vuelto a mi pantalla. Entonces ha llegado un chaval con barba y gafas de concha. "Es Julián Ríos", ha dicho Elena. Más besos. Risas tontuelas. Congratulaciones. "Coño, ¿va a estar todo el mundillo literario del mundo mundial precisamente aquí?". He decidido escribir un post. Ha llegado Pola. No me presento. De hecho, creo que huiré antes de besarla, porque ella está contestando a las preguntas de Elena justo en este momento. Para ser rabiosamente actual, diré que en estos momentos, mientras yo escribo esto, Elena le pregunta sobre la provocación de su novela y ella responde: "Es como curioso porque yo no siento que la novela esté entroncada en la línea de ellos. Me parece divertido que haya sido leído de esa manera pero si vos analizás, la novela puede ser leída de otra manera. Primero, porque yo no pienso en mi novela como una provocación. Es una primera novela..." En fin. Mejor lo dejo, que esto es adictivo. Pola habla al ritmo que yo escribo. ¿O será al revés?
Bueno, ha llegado Elena. Como es una enferma virtual, como yo, estamos frente a frente, cada una con nuestro portátil. Pero os aseguro que enseguida cerraremos los aparatos, dejaremos la escritura a un lado y nos iremos a comer, que para eso hemos quedado. Al fin, la vida se impone a la literatura. Siempre y cuando la dejes, ¿no?
Y por supuesto, no nos quedaremos en el café de La Central del Raval, ese lugar donde la privacidad es imposible y una, horror, siempre termina encontrándose con otros que son exactamente iguales a ella.
El verdadero milagro, ahora que lo pienso, es que haya podido escribir este post y hasta ilustrarlo, con oportuna foto tomada in situ.

16 de marzo de 2010

Clientes muertos y libreros torpes


Hace poco me vi obligada a hacer una cosa absurda que todo escritor termina haciendo tarde o temprano: comprar mi propio libro. Fue en la Casa del Libro, en Sevilla. Necesitaba un ejemplar de "Los que rugen". Lo busqué (sin éxito) por las mesas de novedades, por los anaqueles ordenados por orden alfabético -Sanz, Santos (Mayra), Santonja...-, por la sección de "relatos". Nada de nada.
Finalmente, hice otra cosa que detesto: preguntar a uno de los libreros.

YO: Perdona, ¿tenéis un libro de cuentos que se llama "Los que rugen"?
LIBRERO: En la sección de infantil. Segunda planta.
YO: No, no, es un libro para adultos. Lo ha publicado Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Páginas de Espuma? Si es una editorial nueva, igual no lo tenemos.
YO: No, no es una editorial nueva. Llevan diez años.
LIBRERO: ¿Has mirado en la sección de novela?
YO: No, porque son cuentos.
LIBRERO: Pues en la sección de cuentos, entonces...
YO: No está. O no he sabido verlo.
(Cara de fastidio del Librero, como si le estuviera molestando mucho con mis preguntas. Va hacia el ordenador.)
LIBRERO: ¿"Los que suben"?
YO: (copiando su cara de fastidio) "Los que rugen".
LIBRERO: ¿De qué editorial has dicho?
YO: Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Recuerdas el nombre del autor?
YO: Sí. Care Santos.
LIBRERO: ¿Care con K?
(¿Cuántas veces he oído esta pregunta a lo largo de mi vida?)
YO: Care con C. C de Cabreada. De Camión. De Calambre.
LIBRERO: ¿Es un autor español?
YO: Sí. Española. Es una mujer.
LIBRERO: ¿Sabes si es un autor vivo?
YO: Sí lo sé. Viva.
("Pero con ganas de matar").
LIBRERO: Lo siento pero no está en la base de datos.
YO: Es un poco raro. ¿Puedes volver a mirarlo?
LIBRERO: El libro debe de estar descatalogado.
YO: Más raro aún, porque salió en octubre pasado.
LIBRERO: Yo sólo sé que no lo...
(Cambio de ángulo y miro la pantalla. Ha escrito "Karen".)
YO: Es Care. Con C. Terminado en E. ¿Te lo apunto en un papel?
(Teclea con cara de asco lo que le acabo de decir.)
LIBRERO: ¿Has dicho "Los que rugen"?
YO: Exacto.

Se va y regresa, triunfalmente, con mi libro. Creo que sobran comentarios.

* La foto la tomó, más o menos en los mismos días, Victoria Rodríguez en Gijón.

7 de marzo de 2010

Damas y caballeros, con ustedes... ¡el genio Ifigenio!


Ifigenio es un genio en prácticas. Verde, muy elegante, aficionado a los crucigramas, perfecccionista... Como aún no ha conseguido el título, no tiene lámpara maravillosa y tiene que aparecerse en cualquier parte: botellitas de zumo, de leche, de agua, tazas del desayuno, tetra-bricks y ¡hasta cantimploras! No lo lleva muy bien, pero sabe que así será hasta que conceda su deseo número 999.999 y pueda por fin graduarse.
Mientras lo logra, Ifigenio cruza los dedos para que los niños que le hacen aparecer no deseen cosas demasiado difíciles, que le pongan en apuros o le obliguen a llamar a la oficina todo el rato. En realidad, sueña con que le pidan animales (es fácil concederlos, y están en el Catálogo de Deseos Homologados, que siempre lleva consigo). Pero no hay forma. Los niños de hoy en día no piensan las cosas, o quieren deseos tan abstractos, poéticos o exóticos que el pobre Ifigenio se vuelve loco a la hora de concederlos. Por no hablar de algunos deseos con los que no está de acuerdo en absoluto, como el de una niña guapísima que le pide convertirse en una planta, ¡habráse visto!

En fin. A finales de marzo Ifigenio se aparecerá en todas las librerías. Habrá versión en castellano y en catalán, ambas en Macmillan. La colección constará de seis títulos, y de entrada aparecen tres: Un ratón llamado Elefante, Quiero ser una planta y Ada, la genia. La ilustradora que ha obrado el prodigio de convertir a Ifigenio en esa figura simpática que veis es Issa Sánchez-Bella.
En la imagen tenéis a Ifigenio en compañía de Adrián, el protagonista del primer cuento. Es un niño muy listo, que sueña con tener un elefante, sólo que no ha pensado en un detalle importantísimo: para tener un elefante hace falta disponer de espacio donde guardarlo.
Añado que para mí es un cuento entrañable, porque Adrián -el de verdad- es mi hijo, y el elefante, su sueño incumplido. Por suerte, porque en esta casa nuestra sólo nos faltaría un elefante para estar de verdad al completo. Sólo deseo que sin un día conoce a Ifigenio, lleguen a un pacto razonable, como el del cuento que hoy he querido presentaros en exclusiva, navegantes.
¡Felices deseos!

4 de marzo de 2010

Una perlita publicitaria que he encontrado en la prensa de 1899: La baratura de Almacenes Las Indias


UNA MUCHACHA DE SERVICIO QUE TENÍA AHORRADAS 100 PESETAS PARA SU PRÓXIMO CASAMIENTO, NO SABIENDO CÓMO COMPONÉRSELAS PARA QUE LE BASTASEN PARA EL AJUAR COMPLETO DE LA CASA ENTRÓ, ACOMPAÑADA DE SU SEÑORA, POR CASUALIDAD EN LOS ALMACENES "LAS INDIAS" DE LA CALLE DE LA CANUDA Y COMPRÓ: UNA MANTILLA DE BLONDA, 7 PESETAS; UN RICO VESTIDO DE ARMUR NEGRO PURA LANA, 12 PESETAS; OTRO VESTIDO PAÑETE COLOR, 10 PESETAS; UNA DOCENA DE SÁBANAS DOBLADILLADAS, 18 PESETAS; UNA SÁBANA DE NOVIA PURO HILO, 8 PESETAS; UNA DOCENA DE TOHALLAS (sic) RUSAS, 6 PESETAS; UNA MANTA DE MATRIMONIO, DE LANA, 15 PESETAS; OTRA DE ALGODÓN, 1 PESETA; UNA DOCENA DE PAÑUELOS HILO, 3 PESETAS; Y AUN DE SU CAPITAL LE SOBRABAN 20, CON QUE COMPRÓ DOS ELEGANTES VESTIDOS DE LANA PARA SU MADRE Y SU HERMANA. EN VISTA DE TANTA BARATURA, SU SEÑORA COMPRÓ UN RICO TRAJE DE TERCIOPELO, 35 PESETAS, Y UNA CAPA DE PIEL DEL CANADÁ, 30 PESETAS; Y SALIERON HACIÉNDOSE CRUCES.

26 de febrero de 2010

20 de febrero de 2010

Un buen consejo

Tenía poco más de veinte años cuando conocí al primer editor de mi vida. Yo entonces era una jovencita que llevaba doce años escribiendo —desde los ocho— y que se sentía con derecho a publicar. Por supuesto, tenía una opinión benevolente sobre mi propia obra y era tremendamente ambiciosa. Le llevé al editor unos folios dispersos, que él ojeó con interés desmayado para dejar enseguida sobre su mesa. Luego le formulé una de las preguntas más cándidas y más desesperadas que he formulado jamás a nadie:
—¿Qué tengo que hacer para ser escritora?
El editor, que lo era de un sello importante, que tenía un despacho soleado con vistas a una céntrica calle madrileña —despacho en el que ya no cabían los libros que él mismo había acuñado y que yo inspeccionaba a hurtadillas, como quien de pronto husmea en sus deseos más profundos—, el editor, decía, era también escritor. Había publicado ya alguna novela y con el tiempo publicaría otras. Era también una de las firmas habituales de un suplemento cultural que yo estudiaba, más que leía, con religiosa puntualidad. Además, había conocido a tal cantidad de escritores que, pensaba, debía de ser capaz de reconocer a uno nada más verle. Aunque fuera uno incipiente y sin más obra que unos pocos folios.
Nos recuerdo a la perfección, dentro de la escena. Él, veinte años más joven, debía de llevar unas gafas de montura fina y plateada, que se quitó para responderme, como suelen hacer los personajes de ficción, aunque sólo sea para ganar tiempo.


Yo, parapetada tras la mesa, sentada en el asiento de las visitas, mirando por el rabillo del ojo aquella fiesta de papel que se amontonaba por doquier, y esperando una respuesta que me sirviera para confirmar mis sueños. Porque eso era lo que yo buscaba en aquel despacho: la confirmación de mis sueños. Necesitaba que otro —y no cualquier otro— me considerara escritora. Y que lo dijera en voz alta, por aquel viejo axioma bíblico de que las cosas no existen si no se nombran.
Mi primer editor no hizo nada de eso. Se limitó a sonreír —era (es) un ser dotado de la gracia de la simpatía— y pronunció una sola palabra. El infinitivo de un verbo de la tercera conjugación que a mí me sentó peor que un insulto:
—Vivir —dijo.
¿Qué otra cosa podía hacer sino indignarme? ¡A quién se le ocurre! ¡Decirle a una niña de veinte años que debe vivir! ¡Si yo no hacía otra cosa! ¿Y eso me convertiría en escritora? ¿Vivir, así, sin más? ¿Qué tipo de consejo era aquél?
Desde ese día, he vivido otros veinte años. No soy más escritora de lo que era entonces. La benevolencia hacia mí misma se esfumó con el aprendizaje de la modestia. La ambición la tengo más apaciguada. El sueño se cumplió. Lo único que sigue intacto es la pasión. Soy escritora, la de siempre: adoro escribir más que nada en el mundo. Y dudo. Dudo mucho más que cuando tenía veinte años.
Recuerdo mucho aquella escenografía de mi ingenuidad. El despacho del editor, los folios dispersos —nunca obtuve respuesta por su parte, qué esperaba—, el sol filtrándose entre las láminas de la cortina, la sonrisa amable de mi anfitrión. Tenía razón. Es la vida la que nos enseña a escribir, igual que fue ella la que nos hizo escritores, aunque mucho antes. Veinte años después, sé que fue un buen consejo.

18 de febrero de 2010

Solucionario a la penúltiuma entrada


1. Stark, Edward Bunker, Sajalín Editores
2. Dos damas muy serias, Jane Bowles, Anagrama
3. El viaje del elefante, José Saramago, Punto de lectura
4. El silencio de Cleaver, Tim Parks, Punto de lectura
5. El juego de los herejes, César Mallorquí, Espasa
6. Benjamín, Federico Axat, Sima de letras
7.El circo de los extraños, Darren Shan, Montena
8. La mujer de otro hombre y su marido debajo de la cama, Fiodor Dostoievski, Nevsky Prospetcts
9. Manuel del contorsionista, Craig Clevenger, Alpha Decay
10. Los Baldrich, Use Lahoz, Punto de lectura

* La imagen, de Cosas que veo, en Flickr

16 de febrero de 2010

J. M. Caballero Bonald a las 12 y 2



La edad me ha ido dejando
sin venenos...
(...)
Los años, ay de mí, me han desmentido.


De La noche no tiene paredes (Seix Barral, 2009)

* La imagen, de Rose, en Flickr

13 de febrero de 2010

Concurso de primeras frases


Leo las primeras frases de una decena de novelas frescas que se amontonanen mi estudio. Es una obsesión, casi un vicio. Me gusta saber qué se le ocurre a la gente para comenzar. También me gusta discutir acerca del gancho o la pertinencia de ciertos principios. Eso es lo que os propongo hoy, queridos navegantes. Un juego. Os dejo algunas primeras frases seleccionadas de entre varios libros recién llegados. Algunos son de nuevo cuño. Otros, reediciones. Hay autores extranjeros y nacionales, todo muy variado.
¿Cuál es vuestro inicio favorito, aquel que os llevaría a seguir leyendo después de tropezar con él?
En tres días, los créditos y algo más.

1. Ernie Stark no era el tío más simpático que podías conocer.

2. El padre de Christina Goering era un industrial norteamericano de origen alemán y su madre una dama neoyorquina de familia muy distinguida.

3. Por más incongruente que le pueda parecer a quien no ande al tanto de la importancia de las alcobas, sean éstas sacramentales, laicas o irregulares, en el buen funcionamiento de las administraciones públicas, el primer paso del extraordinario viaje de un elefante a austria que nos proponemos narrar fue dado en los reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos a la hora de irse a la cama.

4. En el otoño de 2004, poco después de su memorable entrevista con el presidente de los Estados Unidos y después de la publicación de la autobiografía novelada de su hijo mayor, que se publicó con el cruel título de "Bajo su sombra", Harold Cleaver, famoso periodista de prensa y televisión, cineasta y autor de conocidos documentales, tomó un vuelo de la British Airways en el aeropuerto londinense de Gatwick con destino Malpensa, Milán, desde donde siguió por ferrocarril hasta Bruneck, en el sur del Tirol, y de allí en taxi, con rumbo norte, hasta el pueblo de Luttach, a pocos kilómetros de la frontera entre Austria e Italia, lugar a partir del cual tenía la esperanza de encontrar alojamiento en un remoto paraje, aislado, entre los montes, donde pasar los siguientes años de su vida, no forzosamentde los últimos.

5. El editor Germán Bosco regresó a su piso a las diez menos veintiséis de la noche del viernes 1 de diciembre, exactamente dos horas antes de morir asesinado.

6. Era la segunda vez que Ben viajaba en el viejo Chevrolet de su abuelo.

7. Siempre me han fascinado las arañas.

8. El trece de enero del año 1865, a las doce y media del mediodía, Yelena Ivánovna, la esposa de mi cultivado amigo y colega Iván Matvéich, que también es mi pariente lejano, decisió que quería ver el cocodrilo que exhibían en el "passazh" a cambio de una única entrada.

9. Puedo contar mis sobredosis con los dedos de una mano.

10. Jenaro Baldrich se asomó a la vida en 1920, en Tarragona, en la casa que luego vendería para comprar la de Valldoreix, por no seguir habitando el lugar donde murió su padre, don Eustaqui Baldrich, y donde enfermó su madre, Cinta Campà.

8 de febrero de 2010


Recibir la primera imagen de la cubierta de un nuevo libro es como, de pronto, tener la posibilidad de verte desde lejos, desde la mirada de otro, una mirada inocente, que nada sabe de ti o de lo que eres capaz, que tampoco conoce tus defectos ni tus manías, las razones por las que a veces les cuesta vivir contigo a quienes más te quieren, tus puntos bébiles; una mirada que puede ponderar sin acalorarse, evaluar sin tomar parte.

También es una alegría inmensa, un escalón más en una escalera a ninguna parte, un nuevo mundo conquistado, una confirmación de que aquí sigo, dando guerra, aguantando, creyendo firmemente en las emociones compartidas de la Literatura, pensando en todos aquellos lectores que alguna vez me han contado que se emocionan con mis libros, emocionándome.

También es una responsabilidad y un miedo. ¿Qué ocurrirá si no estoy a la altura? ¿Si esta vez les decepciono? ¿Si ya no soy capaz de...?
Cada libro es un nuevo intento, un nuevo miedo. No, me corrijo: un miedo cada vez mayor.

Navegantes: aquí tenéis en exclusiva la portada de mi nueva novela. Espasa-Calpe la publicará el próximo mes de mayo. No hay nadie mejor que vosotros para compartir una emoción como esta.

7 de febrero de 2010

Cita a las doce y dos

"Hay años en los que uno se levanta sin ganas de hacer nada"

Ernesto Sábato

3 de febrero de 2010

¡Atención, escritores: detectada editora bloggera!


No suele ser habitual que los editores tengan un blog. Y si lo tienen, lo utilizan para la muy legítima labor de dar a conocer sus logros y / o las novedades de la editorial que dirigen.
Lo que es rarísimo es que una editora en activo, cargada de trabajo y directora de una de las grandes casas editoriales para niños y jóvenes de nuestro país, se decida a empezar un blog para compartir experiencias sobre el mundo editorial. Hablo con conocimiento de causa, porque acabo de pasar un buen rato en su página, y estoy fascinada. Mientras trasteaba arriba y abajo en sus notas, no hacía más que pensar: ojalá hubiera leído esto hace 20 años, cuando soñaba con publicar, empezaba a presentarme a algún premio y ni siquiera sabía cuántas páginas formaban un volumen publicable.
De modo que esto de hoy es una recomendación en toda regla: escritores en ciernes, proyectos de novelistas, redactores con ambición: dejad todo lo que estéis haciendo y no os perdáis ni un solo párrafo de:

31 de enero de 2010

Escritores de mal humor


Esta semana fui a un cóctel con motivo del fallo de un premio de literatura infantil y juvenil y allí coincidí con un viejo colega. Estaba enfadado porque, según dijo, "no hay forma de que las cosas empiecen con puntualidad". Tiene razón, aunque si no fuera por la impuntualidad no estaríamos hablando. Ni habría podido saludar a un montón de amigos, a algunos de los cuales sólo les veo en este sarao y, por tanto, una vez al año. "Si se dice a las siete, es a las siete", apostilló mi colega. Le vi ceñudo, con la mirada algo esquinada. Sé por conocidos comunes que últimamente está algo huraño. Su última novela no vendió mucho, aunque era buenísima (a mí me parece que este amigo mío es uno de los grandes escritores vivos actuales y que precisamente por eso, o sobre todo por eso, vende tan poco). Pero claro, los grandes escritores quieren ser escritores de éxito. Los de éxito quieren ser escritores de culto. Los de culto quieren ser populares. Y los populares quieren ser respetados por sus colegas.
De ello se desprende que el colectivo de los escritores, tengan la edad que tengan y escriban lo que escriban, es uno de los más insatisfechos que existe. Y mi colega es una buena muestra de ello. Lo cual, bien mirado, tiene mucho que ver con el asunto que tanto le perturbaba el otro día, que no era otro que la eterna impuntualidad de las cosas de la vida.
Ay...


La imagen de hoy es de David Kittos, en Flickr

24 de enero de 2010

Ignacio Sanz ha ganado el Ala Delta 2010

Ignacio Sanz, XXI Premio Ala Delta

El autor segoviano Ignacio Sanz, con su obra Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores, ha resultado ganador del XXI Premio de Literatura Infantil Ala Delta, convocado por el Grupo Editorial Luis Vives.

El jurado destacó «el tono fresco y dinámico de la narración, de acentuada oralidad, que recuerda a los cuentos tradicionales». La obra, «de argumento sugerente, muy visual y rica en imágenes», recrea un episodio de la vida del poeta chileno Vicente Huidobro que, de regreso a su país tras pasar unos años en Europa con su familia, se empeñó en llevar consigo varios cientos de ruiseñores para llenar América con su canto.

El libro se alzó con el premio por unanimidad de votos de un jurado compuesto por doña Mª José Gómez-Navarro, como presidenta; doña Marina Navarro, bibliotecaria; doña María Domínguez, profesora; doña Carmen Blázquez, crítica; don Patxi Zubizarreta, escritor; doña Pilar Careaga, jefa de publicaciones de Literatura Infantil y Juvenil de la editorial y don Ignacio Chao, que actuó como secretario.

Más información sobre el autor AQUI

18 de enero de 2010

Respuestas crudas que he dado a una entrevista diferente (¿me habré pasado de sincera?)


¿Qué tipo de formación crees necesaria para desarrollar esta profesión?

Hay dos escuelas de escritores: la vida y los libros. O al revés. Una vez le preguntaron a Montserrat Roig en cuál de las dos había aprendido más y dijo que estaban empatadas. Hay que leer sin descanso, cuanto más, mejor. A los clásicos, a los contemporáneos, a los buenos, a los malos. No hay que olvidar que hay escritores que enseñan a escribir, y devorarlos. Pero también hay que caminar por la calle con los ojos muy abiertos. Y dejar que el tiempo pase. Escribir es, como dijo Pynchon, un largo aprendizaje.


¿Y qué cualidades personales?
No viene mal un punto de obsesión, pienso, y de desequilibrio. Me explico. Cuantos más años pasan, más me convenzo de que no es de personas muy sensatas pasar la vida entera en otro mundo (eso es lo que hacemos los escritores), pensando en algo que no existe ni existirá. Si lo hacemos es porque tenemos necesidad de huir del mundo real, y eso significa que en el mundo real ocurren cosas que no nos gustan en absoluto. La obsesión puede ser buenísima aplicada al trabajo, y de los grandes problemas salen grandes historias, de modo que en eso llevamos cierta ventaja: la literatura se construye con material de derribo. Por otra parte, hay que recordar a cualquiera que quiera ser escritor que la tenacidad es imprescindible. Es una carrera que proporciona enormes sinsabores. Hay que ser terco para que no te afecten. Continuar a pesar de todo. Me gusta pensar en algo así como “El síndrome de Van Gogh”: ser impermeable al desaliento. Van Gogh jamás vendió un cuadro, pero nunca dejó de pintar. Le mantuvo su hermano, pero siempre supo que hacía lo que debía. Eso es.

Una escritora puede ganar al mes de … a … euros.
Una escritrora puede ganar al mes 0 euros. Y eso durante muchos meses, varios años seguidos, mientras empieza y no la conoce nadie. Pero de pronto puede ganar un premio dotado con 50.000 euros, o más, y de pronto parece que ese dinero le da sentido a todo, cuando en realidad no es así: el sentido estaba antes del dinero. Una de las desventajas claras de esto: no saber nunca con qué cuentas a fin de mes. Una de las ventajas: tampoco tienes horarios ni jefes. Si no tienes un buen día, te lo tomas libre y nadie se queja. Si pretendes, como es mi cvaso, combinarlo con la maternidad, puedes disponer del tiempo cuando a tu manera, y pasar con tus hijos los ratos que tú elijas. Claro que también te encontrarás a menudo trabajando hasta muy tarde para recuperar ese tiempo precioso que has pasado con tus hijos. En estos momentos, por ejemplo, mientras contesto estas preguntas, son las 23:48 de un día en que he pasado 12 horas delante de la pantalla y en que después de cenar les he propuesto a mis hijos ver juntos una película. Ellos duermen, yo trabajo.
* La imagen es de jpstanley, en Flickr.

14 de enero de 2010

Huir (otra vez a vueltas con lo mismo)

Quien huye de algo, huye siempre de sí mismo.

13 de enero de 2010

Navy Pier, Chicago: ver las cosas de otro modo sólo cuesta 5 dólares







* Las fotos son de finales de noviembre de 2009

11 de enero de 2010

Sala de prensa


Concurso de opinadores


No suelo hacer mucho caso a las críticas. Las positivas, porque no aportan nada más que hidratos de carbono para el ego. Las negativas, porque una vez extraída la sustancia, no sirven para mucho. De todos modos, suelo prestar más atención a las segundas, porque si están cocinadas por profesionales, sin pasiones que nublen la mirada, suelen dejarte algo de lo que puedes aprender.
Claro que hay excepciones. Está el crítico predispuesto. El que tiene contra ti una ojeriza antigua cimentada en cuestiones no-literarias. Y está el que no lee los libros y a pesar de todo opina (mal) sobre ellos. El que odia todo lo que se vende, de modo que si tienes un mínimo éxito, de inmediato eres sospechosa de algo. El que desprecia a los lectores con sus opiniones que no admiten réplica. En fin. No merece la pena extenderse mucho en este asunto.
Las excepciones a menudo son positivas. Hay críticos que me han hecho ver cosas que estaban en mis libros y de las que ni yo misma era consciente, que han aportado una visión de mi trabajo que para mí ha sido sumamente esclarecedora o que han enriquecido mis ficciones con interesantes aportaciones de su cosecha, que me han hecho ver cuál es la verdadera razón por la que las historias nos fascinan. A ese tipo de críticos, a quienes por fortuna he conocido también en buen número, siempre les estaré agradecida. Y ello -debo decirlo- a pesar de que cometen los mismos desmanes que los otros, aunque de signo contrario: a menudo me ven con excesivos buenos ojos y me convierten en blanco de su generosidad sin límites. Una generosidad a la que con demasiada frecuencia no sé cómo corresponder.
También leo con mucho interés los comentarios de los lectores. Por supuesto, los que me llegan por correo electrónico. Pero no sólo esos. En algunas librerías virtuales piden a sus clientes que opinen de las novelas que tienen a la venta. Reconozco que cuando me dispongo a comprar un libro prefiero que no haya comentarios de ningún tipo. Hace tiempo que me dejo guiar sólo por las opiniones de lectores de mi confianza o por mi propio olfato o necesidad con respecto a un libro o un autor. Pero cuando se trata de mi propio trabajo, la cosa es muy diferente. Me gusta entrar y husmear lo que la gente opina de él. Me encanta -y me admira- el ritual de la pasión, la vehemencia con que la gente defiende sus gustos. Y me divierten mucho los comentarios más negativos, los despiadados, los que mezclan saña con tinta para dejar su impronta. Los leo arrebatada y siempre me parecen cortos y pocos. Los disfruto tanto que hoy quiero, navegantes, compartir con todos vosotros este placer. Aquí van. Pertenecen todos a la sección "Opina" de la Casa del Libro. Os sirvo un menú de ideas preconcebidas y disgusto (imagino que algún ingrediente más habrá, pero no es elegante nombrarlo). Prometo que entre los autores no hay amantes despechados ni acreedores. Por lo menos, hasta donde yo sé.

1)"Una copia descarada de la primera novela de Emily the Strange (...). Si comparas las portadas de las dos novelas te darás cuenta de que la de Care Santos es un quiero y no puedo de la de Emily".
2) "Es tan obviamente similar a Ghostgirl que parecía estar teniendo un dejavu (...), eso sí, se parece a Ghostgirl pero de malísima calidad".
3) "No me gusta que se pase medio libro hablando de lo triste que está la familia de Bel. Me abrurrió bastante".
4) "Se ha perdido el norte. ¿Una campaña de marketing que empieza 3 meses antes de la salida del libro? ¿con merchandising para comprar y con un libro que sólo incluye una mísera canción y una entrevista que está en Youtube? Pero qué es esto, por favor. ¿Y la historia? Una Ghostgirl para españoles, sólo que con una edición horrenda y unos dibujos que dan repelús. Vaya timo".
5) "Una copia de otra novela juvenil que ya ha triunfado, Ghostgirl. ¿Dónde queda la ética profesional? En fin, un libro que no leeré. ¿Se pensarán que los lectores somos ovejas?"

No puedo resistir la tentación de elegir mi favorito, y no es fácil.
Comparto con la número 4 la opinión acerca del cd (no se lo digáis a nadie) y quisiera puntualizar que mi novela no lleva dibujos (con perdón) aunque si los llevara puede que tenga toda la razon y dieran mucho repelús.
A pesar de todo ello, me empecino en elegir el último. ¿No es estupendo ser acusada de plagiaria por un lector que no me ha leído? Espero que por lo menos haya ojeado Ghostgirl. Y que la próxima vez no meta en esto a las ovejas, que no siempre se equivocan, pobres.
Ah, la magia de la literatura.

* La imaginativa foto es de Armando Álvarez, del periódico La Voz de Asturias, y fue tomada a fines de noviembre y en la librería Cervantes de Oviedo.

8 de enero de 2010

Fragmentos de un texto presente o futuro


Sí, es cierto, una vez tuve un amigo. Luego, desapareció. De pronto, sin saber por qué. Ocurre, a veces: la gente desaparece. Amas a una persona, compartes con ella algo importante. Sufres un espejismo de perdurabilidad. Todo amor se proyecta engañosamente hacia un futuro yermo. La estupidez de nuestro optimismo no conoce límites. El cerebro optimista, le llaman a la gelatina que nos engaña desde dentro. No es más que un truco, una argucia para hacernos confiar. La verdad nos haría incapaces. La magia es esa nada que no podemos predecir. Luego, la vida nos extirpa órganos vitales. Sonríe sin dientes y nos dice: «¿Lo ves? Sin esto también respiras, caminas, haces la digestión». Nada por aquí, nada por allá. Es así como de pronto te descubres que estás solo, echando de menos a quien ya no volverá. Telón.

Mi piso barcelonés lo vendí en aquella época, a un editor sueco que buscaba en España soles tibios para su mujer. El día que ambos, el sueco y yo, comparecimos ante un notario de Paseo de Gracia, dijo haber salido de su casa en Estocolmo a una temperatura de veinte grados bajo cero. Los primeros días después de cerrar la venta, el sueco me llamaba para darme noticias de su felicidad recién adquirida:
My woman’s happy here, enjoying the sunlight! We have put a lot of plants in the terrace. This is a wonderful place in the world.
Yo le escuchaba al borde de las lágrimas. En ese lugar concebí dos hijos, pensaba. Miré al cielo apagado de la ciudad un szinfín de veces. Casi siempre fui feliz allí. Mi amigo me visitaba y yo hacía café. Nos sentábamos a charlar entre libros. Reíamos a carcajadas, a lágrima viva. Me pregunto si seguirá riendo de ese modo. Si lo hago yo.
—Cuando la ironía se aleja, la vida se acaba —me dijo mi amigo una vez.
Hablando con el sueco, yo no era capaz de encontrar mi ironía por ninguna parte. Me sentía como si un huésped incómodo hubiera tomado mi casa hasta expulsarme de ella, dejándome en la puerta, como a un perro recién abandonado. Odiaba al sueco, a su esposa y al sol tibio que les hacía tan felices.
Odiaba no poder contárselo a mi amigo, porque la niebla de silencio que nos envolvía desde hacía mucho había terminado por devorar todas las palabras futuras.
Acaso eso fue lo peor, lo que nunca nos perdonamos. El silencio.
Cuando dos personas dejan de comprenderse y comienzan a juzgarse, es imposible que todo sea como antes.
Me fui a vivir al área metropolitana. También aquí miro al cielo. Incluso soy feliz. Se puede ser feliz sin ser inocente.


Hace unos días, descubrí a mi amigo cuando me disponía a cruzar una calle del Ensanche. Él estaba al otro lado, y también aguardaba a que el semáforo cambiara a verde. Fingí no verle. Decidí darle cierta ventaja, como el jugador de ajedrez que cede con gusto las blancas. Miré al suelo, hablé por teléfono. Él me reconoció entre los transeúntes, desvió la mirada, giró sobre sus pasos. Se marchó calle Numancia abajo, en dirección a la estación de Sants. Es un camino que no lleva a su casa, que tal vez no debía tomar, que no habría tomado si yo no hubiera estado allí. Reconocí su gesto. Sólo intentó no cruzarse conmigo, no tener que saludarme.
Le di la razón también en esto. Después de todo -la risa, las palabras, la memoria- saludarnos en mitad de un paso de peatones con una mirada esquiva y una sonrisa circunstancial habría sido horrible.
Siempre es mejor no darle ocasiones a la vida de ponerte contra las cuerdas.
Huir siempre fue uno de nuestros argumentos favoritos.

6 de enero de 2010

La orfebrería de la emoción


El pasado 8 de diciembre tomé el vuelo de Air Nostrum IB 8857 entre San Sebastián y Barcelona que salía a las 17:55 y llegaba a las 19:55. Ocupé el asiento 12C. Fue un vuelo estupendo, que se esfumó mientras terminaba las memorias de Esther Tusquets y apuntaba algunas citas que me habían llamado la atención en mi cuaderno, siempre igual pero sistinto cada cierto tiempo: una Moleskine negra tamaño medio folio, de tapas duras y hojas rayadas.
Cuando llegué a casa reparé -horror- en que había perdido la Moleskine.
Recordé en un fogonazo cómo y dónde la había perdido: la dejé en el bolsillo delantero de la butaca, a la espera de poder guardarla con más comidad. Cuando aterrizamos, se me olvidó.
Aquella noche recordé, una por una, las cosas que había en ese cuaderno. Lo comencé en noviembre, en otro avión. Entre mis muchos rituales, me gusta especialmente el de dedicar los viajes a confeccionar mis cuadernos, a repasarlos, a adorarlos. Esa Moleskine tenía historia desde la primera página, porque lo compré en Miami y lo comencé sobrevolando Estados Unidos, entre Nueva York y Chicago. Le puse un título -cada uno de mis cuadernos lleva uno diferente-, lo numeré -era el sexto-, dediqué las dos primeras páginas a retener las citas de su predecesor de las que aún no puedo desprenderme -siempre lo hago: de algún modo hay en los cuadernos que voy abandonando un montón de cosas que me duele dejar atrás, y además un cuaderno en blanco es mala compañía, de modo que siempre dedico las 3-4 primeras páginas de mis libretas a ese recordatorio, y eso me ayuda a sentirme menos desamparada cuando en todas partes saco mi cuaderno y él me protege del miedo escénico- y a continuación comencé a apuntar cosas de nuevo cuño. En la página 5 anoté mis impresiones que me había causado la ciudad de Chicago por si un día decido utilizarla como ambientación novelesca. En las páginas 7 y 8 apunté cuatro posibles argumentos para 4 posibles novelas que rondaban desde hacía tiempo por mi cabeza sin que me hubiera decidido a retenerlas y que de pronto allí, frente al lago Michigan, cuando bajaba de la noria de Navy Pier me vi en la obligación de apuntar. Lo hice mientras se le encendían las primeras luces a la ciudad, aún poco invernal, y enseguida me sentí mucho mejor. Al día siguiente, saqué la Moleskine en la maravillosa librería Barnes & Noble de Union Square, me senté en la cafetería con una decena de libros que no pensaba comprarme y tomé nota de un montón de citas e ideas escarbadas de ejemplares que ni han sido publicados ni lo serán en España. La mayor parte de las citas hacían referencia al oficio de escribir. Recuerdo que había una que decía: "Ser escritor es como tener deberes por las noches durante el resto de tu vida".
Aún había más en aquellas pocas páginas. Media docena de títulos para los que no se me ha ocurrido aún una novela. Unos veinte nombres para futuros personajes. Un recorte de periódico donde se pasaba revista a las veces que la humanidad ha temido que iba a asistir al fi del mundo (esto era para la novela que estoy terminando), una muñequita de papel que acompañaba un regalo entrañable que me hizo una desconocida en el Hotel AC de Gijón, y un montón de cosas más. Mis cuadernos son cajones de sastre donde se da cita todo lo que me pasa por la cabeza o por las manos y merece la pena conservarse. Eso, considerando que soy una mitómana y una olvidadiza que necesita esta prolongación en tapas de piel negra de su propia memoria. Es decir: apunto muchas cosas, casi costantemente. Y esas cosas son la materia prima con que invento las historias que voy escribiendo.
Pues bien, todo eso se quedó en el avión de hélices que me había traído de San Sebastián. Y yo me quedé desolada, claro.
Al día siguiente comenzamos las pesquisas. Bajo el lema -brújula de mi vida- de que prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no he hecho, y ayudada por mi fiel hada madrina, Mònica, comencé un juego de pistas absurdas con Iberia como escenario. Números de teléfono donde no responde nadie, oficinas fantasma, operarios que no tenían ni idea de lo que les estaban contando, cartas burocráticas donde a nuestra desesperación le habían asignado un número de expediente, operarios que nos aseguraban que ese número de expediente no correspondía a nada o era imposible... hasta que, al borde de la desesperación, y después de describir varios círculos sobre nuestros propios pasos, una señorita nos echó la bronca por no haber reclamado antes el cuaderno, y nos dijo indicó en qué mostrador de qué lugar debíamos recogerlo. Allí me plantifiqué a las tantas de la noche y, después de ser enviada a varios extremos del aeropuerto cual bola de pin-ball -¡qué grande es la terminal nueva de El Prat, carajo!- , tuve que irme a casa con las manos vacías. El lunes volví a la carga, conseguí contactar con alguien que por fin parecía informadoy que me informó por fin...de que por cuestiones "de protocolo", habían mandado mi Moleskine a Madrid, donde podía ir a recogerla al mostrador de objectos extraviados de Iberia.
Y yo, más extraviada que los objetos del mostrador, que me he pasado los últimos tres meses fuera de casa, de pronto no tenía viajes a la vista. Decidí contrartar una empresa de mensajería para recoger mi Moleskine en Barajas, y cuando llevaba tres días esperando a que llegara me llamaron los mensajeros para decirme que no pensaban ir a buscar nada a ese sitio porque nunca les atendía nadie. DE modo que volvíamos a estar como al principio y yo ya empezaba a pensar en redactar una nueva carta para Iberia reclamando, además de mi Moleskine, mi paciencia, por si estaba también en la oficina de objetos extraviados de Barajas...
Hasta que un señor me llamó por teléfono y me preguntó por favor si podía hablar con Henry Miller. Fue un punto de inflexión, una señal. El espectro de Henry Miller había tocado la conciencia del custodio de las cosas perdidas de Iberia. Loado sea Miller y, de paso, el custodio.
El señor, que dijo ser de Iberia, llamaba a mi número de teléfono porque lo estaba leyendo en la primera página de un cuaderno que alguien había olvidado en un avión, dijo.
Es una parte importante de mi ritual de empezar un cuaderno: apunto mi teléfono y mi correo electrónico, por si un día lo pierdo y alguien lo encuentra. Hasta ahora nunca había escrito nada debajo de esos datos. A partir de este momento escribiré también: "Se gratificará". Creo que todo habría sido más fácil si hubiera dejado claras ciertas cosas (involucrar al poderoso caballero en este asunto, por ejemplo).
Pero volvamos al amable señor (porque fue muy amable) que marcó mi número y preguntó si yo era Henry Miller.
"Aquí pone Heny Miller", dijo, mientras yo recordaba una de las citas que tomé en Union Square y daba saltos de alegría. Y me informó de algo más: existe otro modo de recuperar los objectos que se pierden en los aviones. Una vez al semestre, por lo menos, Iberia organiza una curiosa subasta con todo el material que la gente olvida. Es de lo más curioso, me dijo, hay desde piernas ortopédicas, muletas, juguetes o ropa interior. Salen a subasta por lotes y cualquiera puede pujar por ellos. Algunos son muy económicas, me explicó. Imaginé mis ideas subastadas junto con una pierna postiza, un bastón de setero y una faja de la talla 60, y por poco me da algo. Por fin, le prometí al caballero telefónico que alguien iría en las siguientes 24 horas a buscar mi cuaderno y le pedí por favor -creo que varias veces- que lo pusiera a buen recaudo hasta que llegara mi brioso emisario. Creo que después de hablar conmigo debió hojear mi libreta de otro modo, movido tal vez por la curiosidad que le despertó mi actitud. Espero que mis ideas para futuras novelas fueran de su agrado y desde aquí le mando un saludo cariñoso.
El caso es que mi adorado suegro pasó por mi cuaderno al día siguiente. Eso fue el 28 de diciembre y podría ser una broma, pero por fortuna no lo es. Mi suegro se llevó la regañina del personal de Iberia en última instancia (otra vez por no habermnos preocupado antes, siempre según ellos, claro), pero recuperó mi tesoro de piel negra y hojas rayadas. Ayer me lo trajo a casa, como un Melchor inesperadamente generoso y mágico. De modo que hoy los reyes me han traído mi Moleskine, mi cuaderno número 6, y he recuperado las citas, las ideas, la ciudad de Chicago, mi ratito maravilloso en Union Square y muchas cosas más.
Leo en el último libro de José Luis Piquero que durante 12 años se ha preocupado mucho de los procesos que dan pie a la escritura, de la génesis de las ideas y de los sentimientos, de la lenta orfebrería de las palabras, que jamás empieza en las palabras mismas. Pues bien, eso es lo que contienen mis Moleskines: la orfebrería de la memoria y de la emoción. Por eso estoy feliz de haber recuperado todo eso y quiero dedicar este post a Mònica Montaña y Dionisio Olmedo Val, que a mis ojos se han convertido en verdaderos héroes clásicos, tenaces, empecinados, luchadores infatigables, vencedores de cíclopes... y todo gracias a los usos y costumbres del amable y regañón personal de Iberia.

2 de enero de 2010

Censo infernal


Me documento leyendo tratados de demonología. Descubro que una de las mayores preocupaciones de los demonólogos de todos los tiempos, sobre la que se han hecho correr mares de tinta, es el número exacto de demonios que nos rodean. En su intención de despejar esa duda, los expertos han arrojado distintas teorías. Algunos han dado una idea aproximada de la magnitud del fenómeno: "Si lanzaras una aguja desde el cielo, antes de llegar al suelo habría ensartado varios demonios", dijo alguien en el siglo XV. En el XIII, el abate Richalm había afirmado que los seres diabólicos que nos acompañan "son tantos como granos de arena hay en el mar". Un tercero, en una descripción muy plástica, que casi preconiza el barroco, dijo que "los demonios están en todas partes, rodeando a cada uno de nosotros como una bóveda espesa".
Aunque no siempre los estudiosos han incurrido en tales imprecisiones. Al contrario, muchos de ellos han aportado datos concretos del fenómeno, muy de agradecer para quien como yo amamos los números exactos. Máximo de Tiro, filósofo platónico y aficionado a las cuentas, dijo en el año 180 que los demonios que habitan la Tierra eran 30.000. Quince siglos más tarde, Johan Wier se atrevió a lo que nadie había hecho: los contó. A todos y cada uno. Así, concluyó que los demonios se agrupaban por legiones, que en total había 1.111, formadas por 6.666 demonios cada una, lo cual arrojaba un total de 7.405.926 ejemplares. No está mal. Pero no fue el único. Hubo posteriores recuentos y en la del siglo XVIII, salieron algunos más: un total de 133.306.668, aunque igualmente alineados en 6.666 legiones. Por fin, Corado Balducci, el que durante años fue uno de los exorcistas en nómina del Vaticano, muerto en el año 2008, había dicho muchas veces que los diablos son cuatro millones, repartidos en los cinco continentes. A la vista de este resultado cabe preguntarse si en los últimos siglos la población infernal ha resultado afectada por algún tipo de plaga o si el censo de Balducci tiene algún defecto.
Sea como sea, no hace falta ser un genio, ni un teórico, ni siquiera un exorcista, para saber que demonios hay muchos. Cada cual tiene los suyos. Un día de estos os presento a algunos de los que siempre me acompañan. Especiamente de noche y si duermo fuera de casa. Cada cual entienda lo que quiera.


* La imagen de hoy es del videojuego Devil World.

31 de diciembre de 2009

Propósitos para el nuevo año


Soy mujer de rituales. Los defiendo (todos) y los practico (algunos). Me confieso afecta al ceremonial, al protocolo, a las buenas maneras, a los hábitos que siembran costumbres. Y a las prácticas tontas, como esta de mesurar el paso del tiempo y de hacerse propósitos cada vez que esa falsa cinta de continuidad nos marca un hito en el calendario.
Fin de año es mi hito, mi tontería cíclica temporal. Heme aquí, pues, dispuesta a hablar de propósitos para el año que comienza.
Primero, me impongo un repaso a los 10 propósitos que me hice para el 2009.
De los 10, he cumplido plenamente 4. Entre esos cuatro, había uno muy prosaico, muy material, uno muy práctico y dos muy espirituales. Considero equilibrada la balanza. Los otros seis, los incumplidos, o cumplidos sólo en una pequeña parte, repiten varias veces la palabra "despacio" y la palabra "tiempo". Hace tiempo que estas dos palabras se repiten en mis 10 propósitos del año. ¿Por qué lo sé? Porque los maniáticos de los rituales como yo apuntamos estas cosas siempre en el mismo cuaderno, de modo que cuando paso páginas hacia atrás tropiezo con joyas como éstas de 2004: "Escribir de una vez El anillo de Irina" o bien "Tener otro hijo". Seguro que estáis pensando que soy una obsesiva. Pues bien: acertáis. Lo soy. Es una de mis virtudes.
Sin embargo, ocurre que este año es especial y los propósitos deben serlo también. La cinta interminable del tiempo me acerca a una cifra que parece redonda (ninguna lo es) y parece importante (menos aún). En 2010 voy a cumplir 40 años. Creo que semejante cifra no puede celebrarse con pequeños propósitos, con nimiedades al alcance de cualquier adolescente, ni con palabras tantas veces repetidas que ya han perdido por completo su significado.
No.
Este año me propongo escribir primero los "5 propósitos a tener en cuenta para redactar los 10 propósitos para el 2010". Y son éstos:

1) Están prohibidos los deseos ridículos al alcance de cualquier voluntad (pero no de la mía, está claro), tipo: "ir a nadar dos veces por semana" o "perder diez kilos". Caresantos, mentálizate, mujer, de una vez por todas: no eres sistemática para nada más que para unir palabra tras palabra día tras día. Y con respecto al peso... bueno, la vida me ha regalado un conformismo cada vez mayor, de modo que la imagen del espejo sigue sin satisfacerme, pero ya no me sofoco. A todo terminas por acostumbrarte.

2) Debo ser ambiciosa al desear. Nada de menudencias. Nada de continuismos. Un rompimiento absoluto, esta vez que -por fin- puedo permitírmelo. A los 40, las cosas hay que hacerlas a lo grande, o no empezar siquiera.

3) No debo querer abarcar demasiado. ¿Diez propósitos? ¡Menudo problema! ¿Y no sería mejor quedarse con cinco? ¿O tres? Pocos, pero ambiciosos, necesarios, revolucionarios.

4) Es indispensable exigir su cumplimiento. Nada de ser benevolente conmigo misma. El típico bueeeeeeeeeeeno, pero es que no he podido, es que cómo voy a negarme, es que... ¡ni hablar! Caresantos, ¡cumple lo que dices! No te estafes más a ti misma.

5) Debo estar preparada para decir que no. No al viaje demasiado apresurado. No a quien no valora tu trabajo. No a quien pretende hurgar en tus intimidades antes de tiempo. No a quien te quiere seducir con una vanaglorioa a deshora. No a quien promete lo que en realidad no necesitas. No a quien cree que la prisa no avinagra el buen vino. No a quien te inunda el correo de mensajes insustanciales. No a quien no entiende. No a quien no te quiere. No, no y no.

Sentadas estas bases, creo que estoy lista para redactar mis 5 propósitos para el año 2010. Lo haré esta noche, minutos antes de las campanadas que, por cierto, para mí sonarán en un lugar alejado y silencioso que es, en sí mismo, un buen augurio.

Y para vosotros, navegantes, un deseo que os dejo de todo corazón:

QUE EL 2010 OS HAGA FELICES


La imagen es de FJTU, de Flickr

28 de diciembre de 2009

Un amigo en Facebook me propone una idiotez


Me escribe alguien llamado Toni, que se hace llamar editor, para hacerme "una propuesta de autoedición". Me dice que contacta conmigo porque "nos hemos conocido en Facebook" y a continuación me explica que la autoedición es "para muchos escritores al principio la única vía de llegar a ser leído y conocido". Y añade: "Puede que nunca te lo hayas planteado, estés en proceso, o incluso ya hayas editado. Si te interesa lo que te propongo, puedes ponerte en contacto conmigo. Te haré llegar el proceso de edición, y también según las características de tu obra, un presupuesto bastante aproximado de sus costes. Todo esto no tiene ningún compromiso por tu parte, ya que solo te estás informando. Si una vez conocido el presupuesto, decides tirar adelante la idea, te haré llegar la información necesaria para que te pongas en contacto con la editorial, por si necesitas aclarar algún tipo de duda".
No voy a contestar a mi amigo en Facebook Toni. Me sorprende tal acto de contención viniendo de mí, y lo considero una prueba de que, al contrario de lo que cantaba mi admirado José Alfredo Jiménez, algo me han enseñado los años. A no llevarme berrinches por idioteces ajenas, por ejemplo.
Porque yo, ya lo he dicho en otras ocasiones, considero la autoedición un lamentable error, un camino equivocado. Es mentira: no se llega a los lectores con un libro autoeditado. La distribución es un bosque infranqueable incluso para editores muy consolidados. No digamos para los pequeños empresarios de la impresión que pretenden hacer negocio con la ilusión ajena, y que una vez se encuentran con un montón de libros en las manos no saben qué hacer con ellos. Los casos que conozco de libros autoeditados son distribuidos penosamente por sus autores de librería en librería y en cada estación de este via crucis horrible deben soportar el ceño arrugado de unos libreros que también ven con malos ojos este tipo de libros de propio cuño.
Por no hablar de lo que significa pagar por editar un libro propio. Es como si el médico nos remunerara por dejarle que nos ausculte. Como si al subir al autobús el amable conductor nos diera dinero por ocupar un lugar de su vehículo. Como si al terminar la terapia, el psicólogo nos entregara cincuenta euros y nos diera las gracias por contarle nuestras miserias. Es el mundo al revés.
De modo que no, por el momento no estoy interesada en autoeditar mi obra, amigo Toni. Hace ya algunos años que no soy una escritora que comienza, pero cuando lo fui, jamás me planteé tal cosa. Tanteé otras vías, y no todas eran buenas ni todas me salieron bien. Un pequeño editor me salió rana, algún premio insignificante me catapultó hasta las páginas de los libros colectivos (qué ilusión cuando vi por primera vez mi nombre impreso en el encabezamiento de un cuento, el sexto de un conjunto de diez), quedé entre los diez finalistas del Premio Herralde con un libro que jamás salió del cajón y que un editor al que respeto y admiro encontró "demasiado experimental", encajé negativas de una docena de editores con deportividad suma y desilusión máxima, pero de todo ello aprendí mucho mientras no dejaba de escribir. Hasta que los premios me descubrieron. Fue lel Ciudad de Alcalá de Narrativa el que me permitió considerarme escritora por primera vez en mi vida. Otro error: no era menos escritora antes de publicar, sólo era más insegura. Tampoco lo soy más ahora que tengo varias decenas de títulos en mi bibliografía, y que todos los días me repito a mí misma la suerte que tengo por dedicar mi vida entera a aquello que más me gusta. Soy la de siempre: temo mucho, me equivoco constantemente y todavía me llevo berrinches por lo que considero injusto, indigno o poco respuetuoso con algo que yo amo tanto, como la Literatura. Por eso estoy escribiendo esta entrada, porque en el fondo creo que debo contradecir lo que he dicho hace un rato y ser consciente de que estoy, en primer lugar, contestando a Toni, mi amigo en Facebook y, en segundo, que tenía razón José Alfredo Jiménez, y en realidad, nada me han enseñado los años, y soy la misma enfadona-visceral-hiperestésica-que-no-piensa de siempre.

La imagen de hoy es de Maderuelo, de Flickr