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15 de enero de 2015

Última cena (microcuento)


—Recepción, en qué puedo ayudarle.
—Llamo de la 201. La puerta está atrancada. Grito y nadie me oye.
—Normal, señor. La habitación está insonorizada, señor.
—¡Ah, genial idea! Por cierto, ¿ha llegado ya mi acompañante?
—No, señor. Llamó para anular la cita.
—Qué raro que no hablara conmigo.
—Su teléfono no puede recibir llamadas externas.
—¿Y el móvil?
—Sin cobertura.
—Inaudito. ¿Piensan compensarme de alguna manera?
—Quería sugerirle una cena en su habitación.
—Preferiría un operario que desatrancara la puerta.
—No disponemos de operarios. En el menú hay caviar, langosta, champán… cortesía de la casa. La cocina cierra a medianoche.
—Tendrán un buen whiskey.
—¿Macallan del 47?
—¿Ha pensado cómo entrará el camarero? 
—¿Ve una portezuela oscura junto al televisor? Un montacargas.
—Mañana a primera hora quiero un operario.
—Nos ocuparemos de todo. ¿Algo más?
—¿Cree usted que una señorita cabría en el montacargas?
—Déjeme averiguar, señor.

* * *

Siguiendo protocolo habitual del programa Última cena, a las 00:00 procedemos a:
—Activar espitas 1 y 2 de la 201.
—Cremación.
—Retirada de escombros.
—Desinfección.
—Informar al cliente (viuda del difunto). Coste total: 12.600 € (incluye cena). Los servicios de la prostituta (que no pudo ser desalojada) los asume el hotel.

12 de mayo de 2013

Un microcuento ecológico


Diez mil abejas construyen su centro de producción en un mueble de jardín donde les gustaba  instalarse a los niños de la casa. Zumban, contentas con la mudanza.

Habrá que eliminarlas, me digo. Comienzo por preguntar a conocidos y amigos, en busca de la irremplazable experiencia. Nadie lo ha hecho nunca, pero recomiendan agua hirviendo, gasolina, insecticida Todopoderoso, fuego, chorro de manguera a presión, amoníaco, un oso hambriento... Las soluciones tienen acordes del apocalipsis. Las abejas siguen multiplicándose. Mañana habrá quince mil.

Busco la opinión de un experto y acudo al especialista en plagas del centro de jardinería. Las abejas no son una plaga, señora, no me sea salvaje, las abejas son un bien de la naturaleza, un regalo del Creador, y además una especie protegida. Cuídese mucho de matarlas. Si lo hace, le denunciaremos. ¿Y mis hijos? No pueden salir al jardín. ¿Y qué importan sus hijos, señora? Sin las polinizadoras, ¿qué vamos a comer los habitantes de este mundo? Ya verá qué risa les provoca el asunto a los humanos de dentro de doscientos años, cuando ya todo el mundo haya hecho como usted y los niños no tengan qué llevarse a la boca. Hágalo por ellos, por los niños de toda la humanidad, a qué viene pensar sólo en los suyos, señora, ¡menudo egoísmo! Esa noche no pego ojo.

Llamo a los bomberos. ¿De qué raza de abejas se trata? No tengo ni idea. ¿Cuántas hay? Es difícil contarlas. Bien, tomamos nota de todo. El día 28 (aproximadamente) iremos a instalar trampas. ¿Son efectivas? Sí, mucho, en unos 20-25 días todas las abejas, voluntariamente, habrán abandonado el nido. Suponiendo que quieran, añade el profesional. ¿Y si no quieren? Bueno, que no quieran es una posibilidad. Son criaturas de ideas claras. Y no suelen compartir la opinión de los humanos.

En un último intento de seguir consejos descabellados, les hablo a las abejas. Intento dialogar con ellas, esas criaturitas civilizadas que nos regalan la miel y la cera virgen. Les expongo lo difícil de mi situación y les pido que se larguen pacíficamente, por favor, háganlo por mí señoras himenópteras, y por mis hijos, que habían visto ese lugar antes que ellas y también son criaturas de la naturaleza y no del todo inútiles. No quieren escucharme. Zumban cada vez más fuerte, las muy impertinentes. Comprendo lo que eso significa.

Hemos puesto a la venta la casa. En el anuncio dice: Jardín con árboles frutales, muy bonito, ideal abejas mieleras (y apicultores aficionados). Tacho lo último. Me mudo a casa de mi madre, que no pertenece a ninguna especie protegida.

8 de enero de 2013

Compraventa (Microcuento)



El piso era una ganga, además de céntrico y perfecto para nuestras necesidades. Sólo había un problema. En el balcón encontré una pareja de mediana edad. No parecían clientes.
—¿Quiénes son esos señores? —pregunté al agente del banco encargado de la sección inmobiliaria.
—Ah, ésos… No se apure, van incluidos en el precio. Son los anteriores propietarios, a quienes tuvimos que embargar la casa por impago de la hipoteca. Duermen en el balcón y se alimentan de sobras. Saben hacer de todo, son mejores que el robot multifunción que regalamos con la póliza de crédito.
—¿Y no dan problemas? —preguntó mi novia.
—Raras veces —dijo el agente, con un gesto de suficiencia—: saben que si molestan, podríamos aumentar el tipo de interés de la deuda que aún les une a nosotros.
Respiramos aliviados y cerramos la operación.