Un joven W. B. Yeats de 18 años fue a escuchar una vez una conferencia de Oscar Wilde, en 1883; Joyce, con 20, dijo de Yeats cuando le conoció que el poeta estaba demasiado viejo; a Beckett le presentaron a Joyce en 1928, cuando aquél tenía 22 años, y la amistad que surgió entre los dos fue todo lo estrecha que quiso Joyce, que no era dado a intimidades. Wilde y Yeats se leyeron entre sí con respeto. Beckett se empapó de las obras de los otros tres. Wilde invitó a Yeats a la cena de Nochebuena de 1888, como si aquél no tuviera familia en Londres. Años más tarde, Yeats se dio un madrugón para ir a la estación a recibir a Joyce, cuyo tren llegaba a las 6 de la mañana. Joyce visitó a Beckett en el hospital, conmovido, donde el amigo se recuperaba tras recibir una puñalada.
20 de mayo de 2010
Un joven W. B. Yeats de 18 años fue a escuchar una vez una conferencia de Oscar Wilde, en 1883; Joyce, con 20, dijo de Yeats cuando le conoció que el poeta estaba demasiado viejo; a Beckett le presentaron a Joyce en 1928, cuando aquél tenía 22 años, y la amistad que surgió entre los dos fue todo lo estrecha que quiso Joyce, que no era dado a intimidades. Wilde y Yeats se leyeron entre sí con respeto. Beckett se empapó de las obras de los otros tres. Wilde invitó a Yeats a la cena de Nochebuena de 1888, como si aquél no tuviera familia en Londres. Años más tarde, Yeats se dio un madrugón para ir a la estación a recibir a Joyce, cuyo tren llegaba a las 6 de la mañana. Joyce visitó a Beckett en el hospital, conmovido, donde el amigo se recuperaba tras recibir una puñalada.
19 de mayo de 2010
14 de mayo de 2010
11 de mayo de 2010
5 de mayo de 2010
Lúcida, visionaria Emily Dickinson
sino nuestros deshabitados ojos.
4 de mayo de 2010
Sant Jordi 2010 (con un poco de retraso)
http://www.youtube.com/watch?v=EX5X4HlDWt4&feature=PlayList&p=3198A19E7BC405C8&playnext_from=PL&playnext=1&index=4
Y la foto de la foto de Sant Jordi, ya tradicional en este blog.
2 de mayo de 2010
Mis 10 blogs premiados

Diario de lecturas, de Vicente Luis Mora
Editar en voz alta, de Elsa Aguiar
Mis primeras reseñas, de María Castillo
El té de las cinco, de Marinella Terzi
Lector mal-herido, de no digo quién
La nave de los locos, de Fernando Valls
Librario íntimo, de Rubén Castillo Gallego
This is my secret, de Kristin Cashore
Raíces y puntas, de Alejandro Luque
Exquisiteces del ocio, de José Manuel Benítez Ariza
Por último, y un poco fuera de lista, Uniliber.com, el portal donde encuentro todo lo que me desespero de buscar.
1 de mayo de 2010
Un premio

La administradora del blog La amena biblioteca de Redfield Hall ha concedido a mi web, y por añadidura a este blog el premio Vale la pena.
Por supuesto, merodeadores del silencio, he aceptado el galardón y sus condiciones, a saber: otorgar diez premios más a otras tantas webs o blogs.
Pero como soy lenta pensando, como bien saben quienes me conocen, permitidme que amase el asunto hasta mañana, mantenga el suspense y no yerre el tiro.
Mañana, en estas pantallas, los 10 ganadores.
29 de abril de 2010
26 de abril de 2010
De la autobiografía de Charles Chaplin
23 de abril de 2010
CRYPTA: el blog

Merodeadores del silencio, permitid que me presente: soy Eblus, el absoluto y flamante protagonista de la última y flamante novela de la administradora de esta página. Debo deciros algo, en confianza: aunque Care piense que ella es la autora de este hermoso libro, y lo diga, con esa vehemencia tan suya, no es cierto: el único autor soy yo mismo. Eblus, humilde djinn del desierto catapultado a las alturas del poder demoníaco gracias a mi asombrosa capacidad. No soy bueno, pero soy fascinante. Podréis saberlo a partir del 11 de mayo, en que llegarán a las librerías mis andanzas.
De momento, para celebrarlo, he creado un BLOG donde los lectores jóvenes de todas las edades encontraréis muchos contenidos: confidencias, concursos, escenarios de la novela, más de un secreto...
Ah, para los que sentís simpatía por Care: pienso dejarla escribir también en mi bitácora. Ella está deseando, y me duele privarla de un placer que en el fondo me ahorra trabajo.
En fin. Espero veros mucho por allí. O por cualquier otra parte, mortales.
22 de abril de 2010
Mañana es el día
21 de abril de 2010
16 de abril de 2010
Ens veiem per Sant Jordi
Per si podeu passar, AQUEST ANY SIGNARÉ a:
LLIBRERIA "EL PETIT PRÍNCEP"
(Rambla de Catalunya):
DE 19 A 20 hores
ABACUS
(Rambla de Catalunya)
Feliç Sant Jordi a tots i totes!!!
14 de abril de 2010
Para qué un blog dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul...

Una lectora habitual de esta bitácora me escribe para decirme que se está planteando abrir un blog. Me preguntarme si la experiencia le será útil, si se lo recomiendo como ejercicio, como práctica de escritura.
Por supuesto, preguntarle esto a alguien que lleva cinco años escribiendo un blog, supongo que sólo puede derivar en una cosa. O soy una incongruente patológica o nada más puedo contestar de forma afirmativa.
Aunque comprendo las dudas. Yo también me pregunté para qué servía un blog el día en que inauguré éste. Era 2 de diciembre de 2005, cuando titulé mi primera entrada Empecemos.... Podéis recuperarla AQUÍ, si tenéis curiosidad.
Me complace descubrir que algunos de los merodeadores del Silencio eran los mismos que sigo encontrando regularmente por aquí. Otros -lógico- llegaron después. Quiero pensar que se unirán algunos más, con el tiempo. Lo que dijeron aquellos primeros comentaristas virtuales creo que puede ser también una respuesta convincente para mi corresponsal, la futura bloggera.
Ahora sé un poco más para qué sirve un blog, a diferencia de aquel día de principios de diciembre. Aunque no todo sirve igual a todo el mundo, ni en el mismo momento. A mí, en este momento de mi vida, el blog me sirve:
-Para ser la escritora no profesional que era el día en que empecé a escribir. En este espacio reducido, que no tiene un número excesivo de seguidores -por fortuna- puedo permitirme el lujo de no medir demasiado las palabras y de escribir cuando quiero. Y sobre lo que quiero.
-Para compartir pasiones recién descubiertas.
-Para compartir viejos amores asentados en el tiempo.
-Como banco de pruebas de textos en los que estoy trabajando, gracias a la generosidad de los que estáis al otro lado, que los leéis antes que nadie y me dejáis vuestras opiniones.
-Como banco de pruebas emocional. Gracias a este blog he descubierto algo que me parece fundamental en mi literatura: el modo en que una pequeña confesión verdadera cala más que la más emotiva de las escenas imaginarias. En ese sentido, podría decir que el blog me ha permitido saber lo que significa en escritura la palabra "verdad". Es probable que mi último libro de cuentos, forjado en los últimos 7 años, y por tanto en paralelo a las muchas entradas de este sitio, le deba mucho más de lo que creo.
-Por supuesto, para mantenerme en contacto con algunos lectores. Me gusta descubrir que a la mayoría de los que he conocido por aquí he terminado viéndoles en persona.
-El blog me permite mantener un pie en la realidad. Tengo a menudo la sensación de que habito otro mundo, paralelo, y que regreso al real sólo de vez en cuando, porque casi nunca me interesa lo que aquí ocurre. El blog es un territorio intermedio, un umbral. Es el mundo real, porque hay gente que observa y que habla, pero no deja de ser el mundo real que inventan las palabras. Luego, otra cosa.
-El blog me permite trazar una especie de mapa sentimental de mi existencia. Siguiendo las diferentes entradas, con el tiempo, recuerdo filias, fobias, y observo mis coherencias y mis incoherencias. Tengo a veces la sensación vertiginosa de que, de todo cuanto he escrito, lo único que permanecerá en el tiempo -cuando el papel se haya deshecho en polvo- será este blog. Lo virtual sobrevivirá a la tierra cuando el sol la abrase. Me gusta saber que hay ciertas cosas mías que sólo son virtuales.
-Por último, el blog me sirve para ser feliz. Si no, no tendría sentido. Qué placer, escribir sin obligaciones, sin prisas, sin condicionantes. Qué gusto aporrear el teclado durante las primeras horas de la mañana o en las últimas de la noche, mientras suena una pieza de música recién elegida. En este momento, por ejemplo, el Gloria de Vivaldi, que parece que me lleva a escribir con más gracilidad y desde las nubes. Nubes bañadas de un sol radiante, muy distintas a las que veo desde la claraboya de mi estudio en este día de primavera recesiva que nos ha tocado.
He aquí algunas respuestas. Aunque, como todo el mundo sabe, para escribir no sierven de nada los argumentos de otra.
* La imagen de hoy, Gracefully, tomada de Flickr
13 de abril de 2010
Algo que he estado escribiendo estos días
Abel despierta despacio. Lo primero que piensa es: «¿Qué hora es?». Le parece raro oír llegar a su madre. En verano, cuando él despierta, ella ya lleva un buen rato en casa, y ha tenido tiempo de tranquilizarse. A veces incluso ha podido comer algo y darse una ducha. En invierno, en cambio, su madre está desquiciada todo el tiempo. Es insoportable. Tanto, que a veces se hace el dormido para darle tiempo a salir del baño y así no tener que aguantar su mal humor.Para que luego digan que el cambio de hora sólo reporta beneficios a los países civilizados.
Alarga el brazo hacia la mesilla y enciende la lámpara. Proyecta una luz muy tenue, que apenas le molesta a los ojos. Ideal para acostumbrarse a la tonalidad del mundo.
Piensa que sería agradable despertarse alguna vez y sentir que está solo. Desconoce esa sensación. La soledad. Le encantaría estar solo. Aunque sólo fuera por una vez. Nunca se lo ha dicho a su madre. ¿Para qué? Conoce la respuesta.
Poco a poco va integrándose en el mundo. Como siempre, no recuerda nada de lo que ha soñado. Cada día se interroga al respecto, con la esperanza de obtener alguna respuesta. Pero cada día se dice: Nada. Sus sueños son una pantalla en blanco. Un silencio continuo.
Su madre dice que es uno de los síntomas de su enfermedad y que debe aceptarlo con resignación cristiana. Resignación cristiana. Aceptarlo. A veces es como si su madre hablara en un idioma desconocido.
—¿Qué día es hoy? —pregunta.
Oye a su madre acercarse a toda prisa por el pasillo hasta que se detiene en el umbral y sonríe. Está demacrada. Parece muy vieja.
—Mañana es tu cumpleaños —dice ella, fingiendo una alegría que le sale fatal.
—¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Ya es de noche?
—Ayer cambiaron la hora, cariño. Ha empezado el horario de invierno. ¿Te sientes peor?
Abel se incorpora, se despereza.
—No —dice—. Estoy bien.
—Mañana cumples diecisiete años, cariño. A ver si puedo traerte algo especial.
—No hace falta, mamá.
—Claro que sí —Rosa entra, lleva el albornoz pero no se ha puesto las zapatillas.
Va dejando un reguero de agua por donde pasa.
—Mamá, lo estás dejando todo perdido.
Rosa sonríe con languidez. No se disculpa. No se mueve.
—¿Te apetece que celebremos tu cumpleaños? —echa balones fuera.
No le dice que se estaba duchando tranquilamente cuando ha oído su voz y ha corrido a salir de la bañera, dejándose el suavizante a medio aclarar y restos de espuma por todo el cuerpo. Abel lo sabe, aunque no se lo diga. Se comporta siempre igual.
—Si quieres… —dice el hijo.
Rosa sonríe. Se acerca a acariciarle el pelo mientras bajo sus pies se forma un charco de agua.
—Siempre serás mi niño, por mucho que te estés convirtiendo en un hombre.
Abel repite, en silencio.
—Un hombre…
Luego su madre sale a toda prisa de la habitación, en busca de unas zapatillas, mientras dice:
—Hoy he encontrado poca cosa. Pero tengo una sorpresa especial para ti.
Abel lanza un suspiro resignado. Se quita el pijama y se pone unos vaqueros negros que le vienen grandes y una camiseta blanca, de algodón. Su estómago lanza un rugido que recuerda al de un tigre hambriento. Busca sus zapatillas, se las calza. Se queda un momento quieto, mirándose los pies, intentando reaccionar. Necesita un rato más para librarse del sueño. Eso también forma parte de los síntomas.
—¿No quieres verla? —pregunta la voz de su madre desde el cuarto de baño.
—¿El qué?
—La sorpresa. Hoy he encontrado un zorro gordo atropellado, pero además, tengo algo vivo. Está en las jaulas del porche.
Rosa ha pronunciado esta última frase como si anunciara algo portentoso. De pequeño, desde luego, se lo parecía. Le encantaba salir al porche, comenzando por el momento en que su madre abría una por una las cerraduras de la puerta principal. Era algo estupendo, un instante de libertad del que gozaba al máximo.
Ahora, sencillamente, ha cambiado. Ha crecido. No le gustan las mismas cosas que le gustaban con diez años. Su madre no se da cuenta de que ya no es el mismo.
—Claro, vamos —contesta, por no herirla—, ¿qué es?
—¡Ven a verlo!
Rosa le agarra la mano a su hijo y juntos avanzan hacia el jardín. Atraviesan la segunda puerta, la que comunica con la sala de billar y luego Abel espera con la paciencia de siempre a que su madre termine de girar las llaves en las cerraduras correspondientes.
Finalmente la entrada se abre y ella le indica, con mucho misterio:
—En la segunda jaula. A ver si te gusta.
La puntualización no era necesaria, porque todas las jaulas están vacías, con excepción de una sola en cuyo interior Abel distingue el cuerpecillo ensangrentado de una comadreja. Le da unos golpecitos a través de los barrotes. Se vuelve hacia su madre.
—Está muerta, mamá —dice.
—¡No puede ser! Si cuando la metí ahí… —la madre, con el rostro descompuesto, observa el interior de la jaula. Le propina unos golpecitos—. Eh, tú, bicho, ¿para esto te he dado agua?
No hay duda: con agua o sin ella, la comadreja está muerta.
Abel tuerce la boca en una expresión disgustada y la madre le secunda.
—Lo siento. Cuando la metí ahí estaba viva, te lo prometo.
—Tiene una pata destrozada, mamá.
—Claro, porque se enganchó en el cepo. Pero estaba viva.
—Mamá, es horrible que sigas utilizando esas trampas. ¿Por qué no me dejas hacer lo que te dije?
—¡Ni hablar! —zanja la madre, poniéndose ora vez su grueso guante de jardinero para rescatar el desafortunado animal del interior de su calabozo de hierro—, ¡te lo dejé bien claro la última vez! ¡No convertirás mi casa en una granja!
—Pero esto es mucho peor. Tú la conviertes en un patíbulo.
Rosa se queda muy seria. Mira a su hijo. Cualquiera diría que está a punto de llorar. Con esta luz lunar, su cara se ve muy pálida, pero nada en comparación con la de Abel, que es del color del yeso. Entonces, Rosa comienza a reír y dice:
—Anda, pasa, cerebrito. No le des más vueltas, yo me ocupo.
—¿No podríamos quedarnos un poco más aquí fuera?
—Ni hablar. En esta época ya refresca mucho.
Abel no sabe para qué pregunta, si conoce todas las respuestas. Entran de nuevo. Rosa deja la comadreja sobre la mesa de billar y se esmera en cerrar bien las cerraduras, una por una. Mientras tanto, Abel acaricia a aquel bicho con una pata destrozada que yace sobre el tapete verde. Aún está caliente.
No ha medido las consecuencias de sus actos. Le ha acariciado por compasión, con ternura. Sin embargo, el calor corporal de la comadreja ha disparado en él algo cerval, insufrible. Su instinto. Con un gesto casi desesperado, ha agarrado al animal con ambas manos, lo ha dispuesto panza arriba, como si fiera una peluda mazorca de maíz y lo ha olfateado rápidamente, con avidez. A continuación ha hundido sus colmillos en el diminuto cuerpo del animal y ha succionado con todas sus fuerzas. La sangre ha pasado del mamífero a su boca en apenas unos segundos. Dulce, tibia, espesa sangre de comadreja. Le gusta, es una de sus favoritas.
Cuando su madre termina y se da la vuelta, todavía alegre, confiada, tropieza cara a cara con una escena a la cual, por muchos años que pasen, nunca logrará acostumbrarse. ¿Cuántas veces le ha dicho a su hijo que debe comer en la bañera, el único lugar donde borrar los restos del festín no le cuesta una enfermedad? Sabe que no es culpa del chico, que sus instintos son en eso mucho más fuertes que su obediencia. Y contra el instinto, Rosa lo sabe, no hay nada que hacer.
La boca de Abel rezuma sangre, igual que el cuerpecillo exánime del mustélido y las manos del muchacho. Una sangre espesa, oscura, aterciopelada. Forma un pequeño charco en el suelo y mancha la ropa de Abel. Pero lo peor es el gesto de su hijo, el modo cómo encorva el cuerpo mientras come, la expresión de sus ojos desorbitados al hacerlo. Es un gesto, una expresión, una urgencia nada humanas. Es la actitud que le define a su hijo como aquello que es casi desde el inicio de su vida: un hematófago, un chupasangre, más comúnmente denominado «vampiro».
—Lo siento —dice Abel, al verse descubierto, y arroja el cuerpo de la comadreja al suelo, con descuido.
El animal parece la monda de un plátano recién despojada del fruto.
—Ahí no —regaña Rosa, señalando el cadáver—. Ya sabes para qué están las bolsas negras.
Abel obedece, dócil. Recoge el cadáver y lo lleva al rincón, donde aguarda el cubo de la bolsa negra. Lo arroja al interior. La comadreja cae con un plof seco y diminuto.
—Ahora vienes conmigo y te doy el cubo y la fregona. Tú lo haces, tú lo limpias, ya lo sabes —sermonea Rosa, sin dejar de señalar la sangre que mancha el suelo con un dedo acusador.
Abel se limpia la boca con el dorso de la mano. La camiseta blanca está manchada de sangre.
—Pero antes, por favor, lávate y cámbiate de ropa, hijo. Estás hecho un asco.
El vampiro obedece.
12 de abril de 2010
9 de abril de 2010
Microcuento: Neologismos
—¡Se ha bombido la fundilla!
Lo cual significa también que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada.
Acto seguido, comenzó a inventar un lenguaje que se adaptara a su mundo.
8 de abril de 2010
40
Esta mañana mi hija ha abierto un cuento donde alguien aporreaba una máquina de escribir, ha señalado una ilustración donde se veía la típica Underwood y ha exclamado, con cara de sabia:
-¡Mamá, hace millones de años la gente escribía con esto!
Hoy, navegantes, cumplo cuatro décadas. Me cuesta creerlo. 40. Yo que siempre deseé ser mayor, por fin lo voy siendo. Quiero celebrarlo compartiendo con vosotros tres recuerdos y un secreto. Corresponden a cuatro regalos. Tienen que ver con objetos de escritura de hace "millones de años". Tal vez por eso son tan especiales. Y todos guardan relación con el día de hoy, claro está.
El primero llegó cuando tenía 8 años. O tal vez tenía 10 y asi redondearíamos la cifra en este día de cifras redondas. Era un paquete grande, envuelto en un papel estampado con rombos y la firma de la casa de donde procedía. Imprenta Minerva o Papelería Tria (ambas desaparecidas), qué más da. Era un papel que prometía cosas interesantes. Dentro del envoltorio había por lo menos 8 cuadernos de todos los tamaños. No eran tiempos de gran sofisticación en ese sentido: la mayoría de los cuadernos eran cuadriculados, todos tenían su espiral y sus tapas de cartón de colorines. Los había de tamaño folio, medio folio y octavilla. Todos estaban en blanco. ¿Habrá mejor regalo que se le pueda hacer a una aspirante a escritora que un cuaderno en blanco? El regalo me lo hico mi hermano mayor, Claudio, que debía de tener entomces entre 23 y 25 años. Es uno de los regalos más bonitos que he recibido nunca. Un regalo especial, pensado para mí, distinto, que además me reconocía como lo que era -lo que soy-, lo único que seré siempre: juntadora de palabras. Nunca he valorado demasiado los regalos que sólo cuestan dinero. En cambio, me emociono con algo, por sencillo que sea, que demuestra que alguien ha pensado en mí de verdad. No sé si la cantidad de cuadernos que incluía aquel paquete, por cierto, se debía a la acertada sospecha de mi hermano con respecto a mi futura prolijidad literaria.
El segundo regalo cayó cuando tenía 18. Era Semana Santa -a meudo mi cumpleaños cae en las vacaciones de Pascua- y estábamos en el pequeño apartamentito de la playa de mis padres, frente a mi mar de todos los veranos, aunque hacía frío y era de noche. Creo que mis padres no pudieron esperar al día siguiente para darme mi regalo, y creo que no era día 8 sino 7 (al fin y al cabo, mi padre, que fue quien le abrió en persona la tripa a mi madre para librarla de mí, siempre dijo que yo había nacido exactamente en la medianoche del 7 al 8). Mi regalo de mayoría de edad fue una máquina de escribir. Una Lettera 49 que me mira desde un rincón mientras escribo esto. Hace años que fue destronada, pero sigue ahí, y la quiero cerca. ¡Con qué ilusión escribí en ella durante más de cinco años! ¡Si hasta parecía que mis ideas, gracias a ella, habían llegado también a la mayoría de edad! Guardo muchas páginas mecanografiadas con mi vieja Lettera, donde duermen algunos de los primeros cuentos que terminé, con los que castigué a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, a mis profesores y a todo el que se puso por delante, durante un lustro. Algún día tengo que rescatarla del rincón y aporrearla un poco. Igual se quedó por ahí, sujeta a sus letras metálicas, alguna idea de aquella adolescencia mía truncada de pronto.
El tercero llegó a los 20. Hace de ello, exactamente, la mitad de mi vida. Esta vez -vamos subiendo de categoría- era una pluma estilográfica. El escenario, la sobremesa de una comida familiar, después del café. La pluma era de verdad: la primera. Una Montblanc. La clásica Meisterstück. En mi diario, ese mismo día, escribí con tinta negra de trazo grueso: "Empieza la era Meisterstück". Y en verdad empezaba. Qué gusto escribir en un buen cuaderno con una buena pluma. El rasgar de la plumilla contra el papel es para mí uno de los sonidos de la lujuria, una sensación placentera que acompaña la escritura como lo haría un narcótico. Nunca más abrí mi diario sin tener la pluma cerca. Escribí con ella centenares de cartas -algunas muy importantes- y cuando abandoné la escritura diarística, quedé convertida en una especie de asistente vitalicio de la correspondencia. Lleva mi nombre grabado. Nos pertenecemos. No sé si más yo ella o ella a mí, la verdad.
El último regalo (el secreto) tiene -para mí- un simbolismo parecido al de los otros tres. Viene de la persona a quien más quiero del mundo, pero no sólo por eso es estupendo. Lo es porque es un regalo que salda una vieja deuda, que abre horizontes, que reconoce -de nuevo- lo que soy y que me hace una ilusión infantil, desbordante. Tampoco es un regalo al uso.
Llegó hace apenas unos días, anticipándose a las cuatro décadas. Deni -siempre dudo a la hora de escribir el vínculo que nos une porque nada me parece bien. ¿Mi marido? Suena a carga que pide alivios a gritos. ¿El padre de mis hijos? No me gusta definir las cosas por sus consecuencias. ¿Mi compañero? Sí, eso va estando mejor, pero le falta pasión y le sobra espíritu hippie. ¿El amor de mi vida? Lo más exacto, sin duda. Pues bien: ÉL, todos sabemos de quién hablo- me ha regalado un curso de dramaturgia. Llevo toda la vida debiéndome a mí misma escribir teatro. Es un buen momento para saldar esa deuda. Empiezo el día 13. LLevaré mi cuaderno, mi pluma, mis ideas y, sobre todo, procuraré no dejar en casa lo (poco o mucho) que he aprendido de todo este lío en el tiempo que llevo fijándome bien. Espero que todo ello, y lo que caiga, me sirva para escribir dos o tres escenas que se dejen leer no sólo por los que me quieren.
Ah. Y a todos, ¡gracias por estar ahí!
* La imagen, de AMasterCreation, tomada de Flickr
2 de abril de 2010
31 de marzo de 2010
Per fi, en català!
30 de marzo de 2010
Horacio Ferrer pone contundente letra a Libertango de Astor PIazzola

Mi libertad es tranca a la cárcel de mis huesos.
Mi libertad se ofende si soy feliz con miedo.
Mi libertad desnuda me hace el amor perfecto.
Mi libertad me insiste con lo que no me atrevo.
Mi libertad me quiere con lo que llevo puesto.
Mi libertad me absuelve si alguna vez la pierdo
por cosas de la vida que a comprender no acierto.
Mi libertad no cuenta los años que yo tengo,
pastora inclaudicable de mis eternos sueños.
Mi libertad me deja y soy un pobre espectro.
Mi libertad me llama y en trajes de alas vuelvo.
Mi libertad me sueña con mis amados muertos.
Mi libertad adora a los que en vida quiero.
Mi libertad me dice de cuando en vez por dentro,
que somos tan felices como deseamos serlo.
Mi libertad conoce al que mató y al cuervo
que ahoga y atormenta la libertad del bueno.
Mi libertad se infarta de hipócritas y necios.
Mi libertad trasnocha con santos y bohemios.
De niño la adoré, deseándola crecí,
Mi libertad: mujer de tiempo y luz
la quiero hasta el dolor y hasta la soledad.
29 de marzo de 2010
Perdidos
Veo poca tele. Sin embargo, hace varios años -no recuerdo cuántos: ¿tres? ¿cuatro?- me enganché a la primera temporada de Lost, Perdidos, una serie estadounidense que me parecía fuera de lo común, que retrataba a una serie de verosímiles personajes en una situación límite. Me sedujo, creo, en primer lugar por la creación de los personajes, pero también por el arranque de la acción, que me pareció poderoso y me creó, como a millones de espectadores en todo el mundo, muchas expectativas. Durante semanas, vi puntualmente mi capítulo de Perdidos y renegué la semana que, por algún motivo, tuve que dejarlo escapar. Así hasta el final de temporada. Con el último capítulo llegó una profunda indignación y deserté. Para siempre. Desde ese instante, cada vez que encuentro en un zapping a alguno de los personajes que tanto me gustaron, me apresuro a cambiar de canal y a renegar bajito.
Soy poco constante y, como he dicho ya, casi nada televisiva. En los hoteles, raramente enciendo la tele. Prefiero abrir un libro, en silencio, sin más luz que la de la mesita. Sin embargo, el fenómeno se ha repetido hace poco con otra serie estadounidense: FlasForward. De nuevo comparecí, fiel, ante la tele a la hora de emisión. Esta vez sólo aguanté tres semanas. Tres capítulos.
Perdidos, como seguramente todo el mundo sabe, trata de la vida en una isla desierta de un grupo de supervivientes de un desastre aéreo. Sus historias son interesantes y variadas como lo son ellos mismos, pero lo realmente chocante es la isla, tropical pero llena de osos polares, con extraños monstruos de humo que acechan a los humanos y capaz, además, de desplazarse no sólo en el espacio, también en el tiempo.
En FlashForward lo inexplicable también está en la base del argumento: toda la humanidad salvo unos poquísimos pierde el conocimiento a la vez durante 137 segundos en que todos ven su futuro. Luego, tratan de saber por qué ha ocurrido tal cosa y de luchar contra lo que han aprendido de sí mismos.
Los motivos por las que dejé de ver estas series fue el mismo: de pronto, me resultó evidente que los guonistas ni tenían ni idea de hacia dónde iban. De repente me pareció que recurrían con insolente facilidad a cualquier tipo de argucia con el fin de captar mi atención. Me pareció, sencillamente, que me estaban tomando el pelo. Es la guerra de las audiencias, supongo. Con tal de que te quedes conmigo y no te pases a la producción de la cadena competidora, soy capaz de decirte que los osos tienen sueños premonitorios o que Nueva York se funde como si fuera mantequilla, si hace falta. Aunque no venga a cuento, aunque ni siquiera se me hubiera ocurrido hasta este momento, aunque sea absurdo.
Al principio, me pregunté si era la única en notarlo. No, evidentemente. FlashForward dejó de emitirse porque los guionistas se habían hecho un lío. Bueno, dieron una explicación levemente más técnica, pero la cosa era así: no tenían ni idea de lo que iban a contar, habían apuntado demasiado alto, habían creado demasiada expectativa.
Lost ha triunfado, incluso dicen que ha creado escuela, pero a costa de perder millones de espectadores cada temporada Ahora sus guionistas también reconocen que ellos estaban más perdidos que sus protagonistas, y que "improvisaron para interesar a la audiencia". Aunque su ejemplo es peligroso, porque han marcado un antes y un después.
A mí todo esto me inquieta y me parece la punta de un iceberg mucho mayor. En los tiempos de la prisa, también las ficciones que consumimos tienen que estar aceleradas. La expectativa hay que crearla en los primeros cinco minutos y mantenerla hinchada como un globo, volando cada vez más alto, aunque ni siquiera te hayas planteado dónde hacerla aterrizar (o si sabes hacer que aterrice, que aún es peor).
Escribo esto después de leer en El País un artículo donde se habla de un nuevo lenguaje de la narrativa basado en la improvisación y el sobresalto al receptor, en el todo-vale-con-tal-de-que-te-quedes. Me horrorizo sólo de pensar que eso pueda ser cierto.Por último, me permito recordar algo que los contadores de historias sabemos muy bien: crear expactativas es muy fácil, incluso demasiado. Lo difícil es, en primer lugar, mantenerlas. Y en segundo, lograr que el receptor crea que mereció la pena tomarlas en serio.
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28 de marzo de 2010
27 de marzo de 2010
Cita a las doce y dos
* Es válido también aplicado a los hombres.
26 de marzo de 2010
Nuestra curiosidad es nuestro castigo, que dijo Montaigne
En su tumba nunca falta gente y, mucho menos, flores. Los responsables del cementerio han tenido que desalojar los seis nichos colindantes para dar cabida a la gran cantidad de exvotos, ramos y ofrendas de todo tipo que recibe a diario. Su eterno descanso es el más concurrido del Cementiri de l’Est, el más antiguo de Barcelona. ¿De quién hablo? Dejadme que os presente a un curioso personaje…
En vida se llamó Francesc Canals Ambrós. Murió con apenas 22 años, el 27 de julio de 1899, dicen algunos que en un incendio. Era de origen humilde, como muchos de los que ahora le veneran, y trabajó en los míticos Grandes Almacenes El Siglo, que marcaron toda una época en la ciudad. Se cuenta que en vida ya todos le conocían por su buen corazón y sus buenas obras, que se sacrificaba a menudo por ayudar a la gente e incluso que poseía el don de adivinar la fecha en que alguien iba a morir sólo con mirarle a los ojos. Por lo visto, llegó a pronosticar su propia muerte. Aunque de todo esto sólo queda constancia en la memoria colectiva.
El nicho donde descansa El Santet está protegido por un cristal. En el interior, una fotografía lo muestra como debió de ser: cándido, aniñado, de mirada limpia y tristona. En ocasiones, el retrato no se aprecia, porque los feligreses utilizan ese espacio como una urna y arrojan a su interior sus deseos escritos en pequeños papeles. A pesar de que los cuidadores retiran los papeles cada semana, a menudo cubren la lápida por completo.
Aprovecho mi visita para leer algunas de las notas más visibles. Sé que no está bien, pero es difícil resistirse: «Quiero que mi hijo vuelva a caminar», «Trabajar de lo que sea», «Le agradezco que me curara la pierna», «Dame lo que tú ya sabes», «Gracias por escucharme», «Suerte y salud», «No quiero volver a la cárcel»... Tomo algunas fotos. Mientras lo hago, una mujer se acerca con un ramo de flores. Me hago a un lado. Deposita el ramo entre los demás y reza en silencio durante unos pocos segundos. Luego, se marcha. Me atrevo a hablarle para preguntar si es la primera vez que visita al milagroso personaje y por qué motivo lo ha hecho. La respuesta me deja de piedra: «Vengo cada lunes, para agradecerle lo que hizo y sigue haciendo por mí», contesta. No me explica nada más, ni yo me atrevo a insistir. La veo marchar, muda del asombro.
Antes de irme, hablo un momento con el conserje del cementerio. Me cuenta que la veneración que la gente tiene por El Santet es antigua. «Yo llevo aquí desde 1979 y entonces ya venían muchas personas a pedirle cosas y a traerle regalos, pero últimamente va a más. He leído en alguna parte que esta costumbre empezó a los pocos días después de su muerte, cuando algunas compañeras suyas vinieron a visitar su tumba y aprovecharon para pedirle algo, pensando que si era tan bueno en vida lo sería también después de muerto. Sus peticiones debieron de cumplirse y corrió la voz de que Francesc Canals hacía milagros». Tengo suerte de que al hombre le guste tanto hablar y hoy no tenga mucho trabajo. Me lo paso en grande con la conversación. Me cuenta una jugosa creencia. «Puede que no te hayas fijado, pero hay una grieta que atraviesa la lápida de lado a lado. La gente piensa que la miras fijamente terminas por ver al otro lado una luz muy blanca. Es el más allá, el reino de los muertos. Yo nunca me he atrevido a intentarlo, porque creo que es verdad».
Mientras el conserje habla, se nos acerca un desconocido que nos estaba escuchando. Es un hombre mayor, despeinado, con barba de varios días, que lleva una especie de guardapolvo marrón hecho jirones. Está muy sucio y huele mal. El tema le exalta, a juzgar por su enfático modo de hablar: —Yo sí vi una vez esa luz que dice. Viene seguro desde el otro lado, porque su claridad no se parece a nada de lo que hay en este mundo.
Nadie le ha invitado a la reunión, pero el hombre prosigue, cada vez más animado:
—Me ha ayudado mucho, a mí, El Santet. Lo mismo que a mucha gente que conozco. Lo que le pides se cumple siempre, porque él nunca falla, como otros santos. Lo que no entiendo es por qué no le ascienden de una vez. ¿No dicen que para ser santo hay que haber hecho cinco milagros? ¡Anda que no hace tiempo que el chaval cumplió los requisitos básicos! ¿Cinco milagros? ¡Anda ya! ¡Seguro que ya lleva más de cinco mil! Lo que pasa es que en este país todo funciona igual. Los curas no quieren santos pobres. Da lo mismo que seas un instrumento de Dios en la Tierra o que todo el mundo te necesite. ¿Para qué van a pensar en nosotros, las personas humanas? No se dan cuenta de nada. Yo se lo digo a todo el mundo, para que quede claro de una vez: ese muchacho es santo, un santo de verdad, ¡socialista, público, colectivo!, y lo era ya cuando nació, y es evidente que mientras estaba vivo no paraba de hacer milagros, y ya saben lo que dicen, ¿no?: que por sus obras le conoceréis. Pues eso. ¿A qué coño esperan para mandarle al cielo y nombrarle santo oficial? ¿No ven que desde allá arriba nos ayudaría mucho más que ahora? ¿No ven que merece una corona dorada, un altar en una iglesia, un día en el calendario y ser nombrado patrón de los trabajadores de todos los grandes almacenes del mundo?».
La verdad es que pasé un buen rato con estos personajes. Incluido el muerto milagroso.
25 de marzo de 2010
Cita a las doce y dos
sin persona que hable.
24 de marzo de 2010
Palabras para la entrega del IV Premio Literario Antonio Vilanova, de la Facultad de Filología (Universidad de Barcelona), 23 de marzo de 2010

Como todos los que escribimos sabemos, un buen comienzo es decisivo. Si uno afirma que La Vetusta ciudad dormía la siesta o que Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo o que El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, si uno afirma esas cosas, ya nada vuelve a ser igual.
Yo empiezo esta noche por proclamar mi estupor, y espero que no parezca mal arranque, porque no siento que haga tanto que yo recorría a diario los claustros de esta casa. Fui aquí una estudiante tardía, creo que algo chulesca, a ratos rezongona pero muy dada al asombro y, sobre todo, al entusiasmo. De aquella época guardo muchos recuerdos, pero de entre todos siguen muy vivos dos: el profesor Lluís Izquierdo llamándole en su exaltación gilipollas a Juan Ramón Jimenez ante un alumnado perplejo y —me parece— que indignado; y don Adolfo Sotelo refiriéndose con ese énfasis tonante tan suyo a Álvaro Mesía o a Fermín de Pas con la naturalidad y la consternación con que hubiera hablado de dos miembros díscolos de su familia que no dejaran de darle disgustos.
El énfasis, como a buena hiperestésica, siempre me ha seducido.
Llegué aquí tras abandonar las aulas de Derecho —donde también había profesores inolvidables y enfáticos, que a mí me parecían muy literarios, como el civilista Carlos Maluquer de Motes, que era un lector ávido y confeso de las novelas de Patricia Highsmith y un culé tan devoto que cuando ganaba el Barça nos perdonaba el caso práctico (y también se le enojaba el alumnado, nunca entendí por qué)— y llegué aquí, ya he dicho que tarde, buscando un oro que deseaba encontrar desde hacía mucho: amor por la Literatura.
Aquí conocí cómplices con quienes hablar de libros, con quienes leer poemas en voz alta, con quienes fantasear acerca del futuro que inventaríamos escribiendo y a quienes prestar los primeros garabatos, sintiéndome más vulnerable que nunca. Recuerdo una conversación con un amigo poeta. Quería publicar, pero no hallaba un editor lo bastante osado o lo bastante afín. Dudaba, claro, aunque intuía que la duda suele ser el oxígeno del quehacer literario. El desánimo ganaba terreno. Recuerdo que le dije algo que después he pensado mucho. Mi amigo era —es— un buen poeta. Le dije que nunca sería más escritor que esa noche en que los dos compartíamos copas y frío en la terraza de un bar cercano. Le dije que yo también intuía algo terrible: que la certeza nos era muy ajena. Las certezas no sirven para escribir, sólo las dudas. Era —lo supe ese día— la vulnerabilidad lo que nos hacía tener algo que decir. Nunca seríamos más escritores que aquella noche helada en que ambos éramos inéditos y teníamos un miedo atroz.
En esta casa, mientras tanto, aprendí y me entusiasmé mucho, pero les confieso siempre eché en falta algo. En mi osadía, me habría gustado que me invitaran a participar de ese festín de las palabras que ya formaba parte de mi riego sanguíneo, pero no sólo como observadora. No me bastaba con ser la entomóloga que estudia un prodigioso coleóptero sujeto con un alfiler a un corcho. Yo, y como yo muchos compañeros, ansiaba ser el coleóptero. Ansiaba revolotear un poco, llamar la atención, tal vez hacer un ruido inútil (pero ruido al fin y al cabo), experimentar algo fabuloso o tal vez estrellarme para empezar a tener algo que contar. Y contarlo, claro. Deseaba escribir. Ser leída. Medir mis fuerzas en el único lugar donde mis fuerzas eran tomadas en serio. Es decir: aquí.
Pero, en fin, ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: hoy estoy aquí y no ahí, entre los estudiantes. Tengo un papel en la mano, aunque hablo muy de cerca a quienes siento tan iguales a mí que las distancias estorban. He venido armada con mi entusiasmo antiguo y mi estupor reciente, a celebrar de corazón que exista por fin en la Facultad un premio literario al que tantos echamos tanto en falta. Un premio —como escribieron Eugenio Fernández Vidaurreta y Borja Bagunyà en el prólogo que acompañaba la edición de los trabajos de las tres convocatorias anteriores— que quiere sumar a la perspectiva teórica, lingüística, filológica, histórica y comparativa desde la que se analiza a nuestro literario coleóptero, un nuevo ángulo: el festivo.
Particularmente, me satisface la idea de celebrar la Literatura. Compartir las palabras como quien comparte un arroz. Alabar el punto exacto de cocción o la audacia de un ingrediente inesperado. Buscarle al plato parentescos o inventarle sucesores. Y sobre todo, congratularnos porque algo tan sutil pueda compartirse.
Quiero, por último, felicitar a los ganadores. En primer lugar, por hacer aquello que a Scott Fitgerald le parecía característico del genio: poner en práctica lo que se piensa. Esto es, escribirlo. Iniciarse en ese oficio que algo tiene de devoción sagrada y algo de trabajo de oficina. No sé si lo habrán hecho a fuerza de trabajar como catorce bueyes, tal y como confesaba hacer Flaubert o dedicando apenas 3 horas al día, entre paseos y meditaciones, como recomendaba T. S. Elliot. Ordenando a sus familiares que no llamen jamás antes de las 11, como hacía Henry Miller o poniendo el vecindario patas arriba para acallar el canto de un grillo que no le dejaba trabajar, como cuentan que hizo Juan Ramón. Tal vez hayan escrito en su escudo una única palabra (lo dijo de Henry James): Soledad. O puede que su necesidad de soledad sea tan grande que se vean forzados a escribir en el coche, como parece que hacía Raymond Carver o en un banco del parque del Retiro, como se cuenta de Valle Inclán. Nada de eso importa mucho, está claro. Lo importante sólo es escribir, haber escrito, y vislumbrar parte de esa certeza de mi amigo cuando ambos éramos inéditos: créanme: nunca serán más escritores de lo que ya son hoy.
Por cierto, si no fue esa noche de frío y copas debió de ser la siguiente, pero recuerdo bien haber buscado unos versos, haberlos apuntado con trazo grueso en un papel y haber sujetado el papel en el corcho que siempre tengo frente a mi mesa. La mesa, el papel, el corcho, hasta la casa y la ciudad… todo ha cambiado. Excepto los versos, que siguen allí. Y como que si algo me queda claro es que estoy aquí por ese amor a las palabras compartidas, quiero acabar con éstas, que para mí fueron, y son, y serán, un faro. Tienen que ver con la vida. Lo cual significa que tienen que ver con la escritura. Con lo que nos hace seguir escribiendo. Y son de Antonio Machado.
—así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera
aguarda sin partir y siempre espera
que el arte es largo y, además, no importa.
* La imagen de hoy es de Wamba, tomada en L'Astrolabi en octubre de 2009.
18 de marzo de 2010
Allá donde vaya, uno siempre...
Allá donde vaya, uno siempre acaba encontrándose con los que son iguales que él. La frase es de un libro estupendo de Francesc Miralles titulado Cafè Balcànic.
La cito porque llevo unos tres días instalada en esa frase. El martes por la tarde un amigo me citó en el Café de La Central del Raval. Es un amigo con el que llevaba 20 años sin mantener una conversación decente. Hace 22, fue alguien importante en mi vida. No sólo el primer escritor de carne y hueso que conocí, también un crítico de teatro que me ayudó con generosidad y sabiduría, cuando yo era una bisoña aspirante a escritora y una redactora de cultura recién fichada por un redactor-jefe suicida (e ignorante del profundísimo alcance de mi bisoñez). En fin, fue maravilloso hablar con Joan Casas, después de este tiempo, un poco más de tú a tú, ofrecerle la réplica que hace dos décadas no encontraba por ninguna parte. Hablamos -de literatura y teatro principalmente, como siempre- y luego nos separamos.
No me gusta quedar en La Central del Raval porque las conversaciones son de todo menos privadas. En este lugar la cita de mi querido Miralles cobra vida, y una tiene que interrumpir todo el tiempo las conversaciones para saludar a conocidos que vienen y van, y que tampoco hablan con privacidad, pobres. Pero durante mi encuentro con Joan Casas no pasó nada de eso. Nadie nos interrumpió. Oh, milagro.
Esta mañana a primera hora he llamado a un caballero con el que quería entrevistarme. Él es una pieza fundamental de la documentación de mi nueva novela. Un hombre de clase social, edad y pretensiones mayores que las mías. Vamos, que algo me decía que no teníamos mucho en común . Hasta que me ha dicho: "¿Conoces La Central del Raval?" y he comenzado a pensar que tal vez éramos más parecidos de lo que yo imaginaba.
Hemos charlado dos horas. La información que me ha proporcionado es para mí puro oro. Luego nos hemos despedido, conjugando unos pocos verbos en futuro -es interesante que queden cosas para otro día- y he aprovechado para comprar tres o cuatro libros sobre teoría del arte -Lledó, Dodler, Gasquet...- que me interesan para lo mismo: la obsesiva y ya peligrosa documentación de mi novela. Luego he vuelto al café, donde, muy oportunamente, me había citado con Elena Medel, y he abierto el ordenador, arrebatada de la euforia que me ha provocado la siguiente frase (pronunciada por el cajero, quiero decir por el chaval que me ha cobrado): "En la cafetería hay wi-fi gratis".
En estas, mirando la pantalla estaba, cuando alguien me ha saludado desde un rincón. La periodista y colega Elena Hevia, con cara de aburrida, un libro, un cuaderno y un agua sin gas sobre la mesa, esperaba a su entrevistada. Su cita era Pola Oloixarac, la que se supone que es la autora revelación de esta temporada, argentina y jovenzuela. Para la contra de su libro, publicado por Alpha Decay, aporté una frasecita hace no tanto. He besado a Elena, le he dicho que espero a otra Elena y he vuelto a mi pantalla. Entonces ha llegado un chaval con barba y gafas de concha. "Es Julián Ríos", ha dicho Elena. Más besos. Risas tontuelas. Congratulaciones. "Coño, ¿va a estar todo el mundillo literario del mundo mundial precisamente aquí?". He decidido escribir un post. Ha llegado Pola. No me presento. De hecho, creo que huiré antes de besarla, porque ella está contestando a las preguntas de Elena justo en este momento. Para ser rabiosamente actual, diré que en estos momentos, mientras yo escribo esto, Elena le pregunta sobre la provocación de su novela y ella responde: "Es como curioso porque yo no siento que la novela esté entroncada en la línea de ellos. Me parece divertido que haya sido leído de esa manera pero si vos analizás, la novela puede ser leída de otra manera. Primero, porque yo no pienso en mi novela como una provocación. Es una primera novela..." En fin. Mejor lo dejo, que esto es adictivo. Pola habla al ritmo que yo escribo. ¿O será al revés?
Bueno, ha llegado Elena. Como es una enferma virtual, como yo, estamos frente a frente, cada una con nuestro portátil. Pero os aseguro que enseguida cerraremos los aparatos, dejaremos la escritura a un lado y nos iremos a comer, que para eso hemos quedado. Al fin, la vida se impone a la literatura. Siempre y cuando la dejes, ¿no?
Y por supuesto, no nos quedaremos en el café de La Central del Raval, ese lugar donde la privacidad es imposible y una, horror, siempre termina encontrándose con otros que son exactamente iguales a ella.
El verdadero milagro, ahora que lo pienso, es que haya podido escribir este post y hasta ilustrarlo, con oportuna foto tomada in situ.
16 de marzo de 2010
Clientes muertos y libreros torpes

Hace poco me vi obligada a hacer una cosa absurda que todo escritor termina haciendo tarde o temprano: comprar mi propio libro. Fue en la Casa del Libro, en Sevilla. Necesitaba un ejemplar de "Los que rugen". Lo busqué (sin éxito) por las mesas de novedades, por los anaqueles ordenados por orden alfabético -Sanz, Santos (Mayra), Santonja...-, por la sección de "relatos". Nada de nada.
Finalmente, hice otra cosa que detesto: preguntar a uno de los libreros.
YO: Perdona, ¿tenéis un libro de cuentos que se llama "Los que rugen"?
LIBRERO: En la sección de infantil. Segunda planta.
YO: No, no, es un libro para adultos. Lo ha publicado Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Páginas de Espuma? Si es una editorial nueva, igual no lo tenemos.
YO: No, no es una editorial nueva. Llevan diez años.
LIBRERO: ¿Has mirado en la sección de novela?
YO: No, porque son cuentos.
LIBRERO: Pues en la sección de cuentos, entonces...
YO: No está. O no he sabido verlo.
(Cara de fastidio del Librero, como si le estuviera molestando mucho con mis preguntas. Va hacia el ordenador.)
LIBRERO: ¿"Los que suben"?
YO: (copiando su cara de fastidio) "Los que rugen".
LIBRERO: ¿De qué editorial has dicho?
YO: Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Recuerdas el nombre del autor?
YO: Sí. Care Santos.
LIBRERO: ¿Care con K?
(¿Cuántas veces he oído esta pregunta a lo largo de mi vida?)
YO: Care con C. C de Cabreada. De Camión. De Calambre.
LIBRERO: ¿Es un autor español?
YO: Sí. Española. Es una mujer.
LIBRERO: ¿Sabes si es un autor vivo?
YO: Sí lo sé. Viva.
("Pero con ganas de matar").
LIBRERO: Lo siento pero no está en la base de datos.
YO: Es un poco raro. ¿Puedes volver a mirarlo?
LIBRERO: El libro debe de estar descatalogado.
YO: Más raro aún, porque salió en octubre pasado.
LIBRERO: Yo sólo sé que no lo...
(Cambio de ángulo y miro la pantalla. Ha escrito "Karen".)
YO: Es Care. Con C. Terminado en E. ¿Te lo apunto en un papel?
(Teclea con cara de asco lo que le acabo de decir.)
LIBRERO: ¿Has dicho "Los que rugen"?
YO: Exacto.
Se va y regresa, triunfalmente, con mi libro. Creo que sobran comentarios.
* La foto la tomó, más o menos en los mismos días, Victoria Rodríguez en Gijón.
7 de marzo de 2010
Damas y caballeros, con ustedes... ¡el genio Ifigenio!

Ifigenio es un genio en prácticas. Verde, muy elegante, aficionado a los crucigramas, perfecccionista... Como aún no ha conseguido el título, no tiene lámpara maravillosa y tiene que aparecerse en cualquier parte: botellitas de zumo, de leche, de agua, tazas del desayuno, tetra-bricks y ¡hasta cantimploras! No lo lleva muy bien, pero sabe que así será hasta que conceda su deseo número 999.999 y pueda por fin graduarse.
Mientras lo logra, Ifigenio cruza los dedos para que los niños que le hacen aparecer no deseen cosas demasiado difíciles, que le pongan en apuros o le obliguen a llamar a la oficina todo el rato. En realidad, sueña con que le pidan animales (es fácil concederlos, y están en el Catálogo de Deseos Homologados, que siempre lleva consigo). Pero no hay forma. Los niños de hoy en día no piensan las cosas, o quieren deseos tan abstractos, poéticos o exóticos que el pobre Ifigenio se vuelve loco a la hora de concederlos. Por no hablar de algunos deseos con los que no está de acuerdo en absoluto, como el de una niña guapísima que le pide convertirse en una planta, ¡habráse visto!
En fin. A finales de marzo Ifigenio se aparecerá en todas las librerías. Habrá versión en castellano y en catalán, ambas en Macmillan. La colección constará de seis títulos, y de entrada aparecen tres: Un ratón llamado Elefante, Quiero ser una planta y Ada, la genia. La ilustradora que ha obrado el prodigio de convertir a Ifigenio en esa figura simpática que veis es Issa Sánchez-Bella.
En la imagen tenéis a Ifigenio en compañía de Adrián, el protagonista del primer cuento. Es un niño muy listo, que sueña con tener un elefante, sólo que no ha pensado en un detalle importantísimo: para tener un elefante hace falta disponer de espacio donde guardarlo.
Añado que para mí es un cuento entrañable, porque Adrián -el de verdad- es mi hijo, y el elefante, su sueño incumplido. Por suerte, porque en esta casa nuestra sólo nos faltaría un elefante para estar de verdad al completo. Sólo deseo que sin un día conoce a Ifigenio, lleguen a un pacto razonable, como el del cuento que hoy he querido presentaros en exclusiva, navegantes.
¡Felices deseos!
4 de marzo de 2010
Una perlita publicitaria que he encontrado en la prensa de 1899: La baratura de Almacenes Las Indias
UNA MUCHACHA DE SERVICIO QUE TENÍA AHORRADAS 100 PESETAS PARA SU PRÓXIMO CASAMIENTO, NO SABIENDO CÓMO COMPONÉRSELAS PARA QUE LE BASTASEN PARA EL AJUAR COMPLETO DE LA CASA ENTRÓ, ACOMPAÑADA DE SU SEÑORA, POR CASUALIDAD EN LOS ALMACENES "LAS INDIAS" DE LA CALLE DE LA CANUDA Y COMPRÓ: UNA MANTILLA DE BLONDA, 7 PESETAS; UN RICO VESTIDO DE ARMUR NEGRO PURA LANA, 12 PESETAS; OTRO VESTIDO PAÑETE COLOR, 10 PESETAS; UNA DOCENA DE SÁBANAS DOBLADILLADAS, 18 PESETAS; UNA SÁBANA DE NOVIA PURO HILO, 8 PESETAS; UNA DOCENA DE TOHALLAS (sic) RUSAS, 6 PESETAS; UNA MANTA DE MATRIMONIO, DE LANA, 15 PESETAS; OTRA DE ALGODÓN, 1 PESETA; UNA DOCENA DE PAÑUELOS HILO, 3 PESETAS; Y AUN DE SU CAPITAL LE SOBRABAN 20, CON QUE COMPRÓ DOS ELEGANTES VESTIDOS DE LANA PARA SU MADRE Y SU HERMANA. EN VISTA DE TANTA BARATURA, SU SEÑORA COMPRÓ UN RICO TRAJE DE TERCIOPELO, 35 PESETAS, Y UNA CAPA DE PIEL DEL CANADÁ, 30 PESETAS; Y SALIERON HACIÉNDOSE CRUCES.
26 de febrero de 2010
20 de febrero de 2010
Un buen consejo
—¿Qué tengo que hacer para ser escritora?
El editor, que lo era de un sello importante, que tenía un despacho soleado con vistas a una céntrica calle madrileña —despacho en el que ya no cabían los libros que él mismo había acuñado y que yo inspeccionaba a hurtadillas, como quien de pronto husmea en sus deseos más profundos—, el editor, decía, era también escritor. Había publicado ya alguna novela y con el tiempo publicaría otras. Era también una de las firmas habituales de un suplemento cultural que yo estudiaba, más que leía, con religiosa puntualidad. Además, había conocido a tal cantidad de escritores que, pensaba, debía de ser capaz de reconocer a uno nada más verle. Aunque fuera uno incipiente y sin más obra que unos pocos folios.
Nos recuerdo a la perfección, dentro de la escena. Él, veinte años más joven, debía de llevar unas gafas de montura fina y plateada, que se quitó para responderme, como suelen hacer los personajes de ficción, aunque sólo sea para ganar tiempo.

Yo, parapetada tras la mesa, sentada en el asiento de las visitas, mirando por el rabillo del ojo aquella fiesta de papel que se amontonaba por doquier, y esperando una respuesta que me sirviera para confirmar mis sueños. Porque eso era lo que yo buscaba en aquel despacho: la confirmación de mis sueños. Necesitaba que otro —y no cualquier otro— me considerara escritora. Y que lo dijera en voz alta, por aquel viejo axioma bíblico de que las cosas no existen si no se nombran.
Mi primer editor no hizo nada de eso. Se limitó a sonreír —era (es) un ser dotado de la gracia de la simpatía— y pronunció una sola palabra. El infinitivo de un verbo de la tercera conjugación que a mí me sentó peor que un insulto:
—Vivir —dijo.
¿Qué otra cosa podía hacer sino indignarme? ¡A quién se le ocurre! ¡Decirle a una niña de veinte años que debe vivir! ¡Si yo no hacía otra cosa! ¿Y eso me convertiría en escritora? ¿Vivir, así, sin más? ¿Qué tipo de consejo era aquél?
Desde ese día, he vivido otros veinte años. No soy más escritora de lo que era entonces. La benevolencia hacia mí misma se esfumó con el aprendizaje de la modestia. La ambición la tengo más apaciguada. El sueño se cumplió. Lo único que sigue intacto es la pasión. Soy escritora, la de siempre: adoro escribir más que nada en el mundo. Y dudo. Dudo mucho más que cuando tenía veinte años.
Recuerdo mucho aquella escenografía de mi ingenuidad. El despacho del editor, los folios dispersos —nunca obtuve respuesta por su parte, qué esperaba—, el sol filtrándose entre las láminas de la cortina, la sonrisa amable de mi anfitrión. Tenía razón. Es la vida la que nos enseña a escribir, igual que fue ella la que nos hizo escritores, aunque mucho antes. Veinte años después, sé que fue un buen consejo.
18 de febrero de 2010
Solucionario a la penúltiuma entrada

1. Stark, Edward Bunker, Sajalín Editores
2. Dos damas muy serias, Jane Bowles, Anagrama
3. El viaje del elefante, José Saramago, Punto de lectura
4. El silencio de Cleaver, Tim Parks, Punto de lectura
5. El juego de los herejes, César Mallorquí, Espasa
6. Benjamín, Federico Axat, Sima de letras
7.El circo de los extraños, Darren Shan, Montena
8. La mujer de otro hombre y su marido debajo de la cama, Fiodor Dostoievski, Nevsky Prospetcts
9. Manuel del contorsionista, Craig Clevenger, Alpha Decay
10. Los Baldrich, Use Lahoz, Punto de lectura
* La imagen, de Cosas que veo, en Flickr
16 de febrero de 2010
J. M. Caballero Bonald a las 12 y 2
13 de febrero de 2010
Concurso de primeras frases

Leo las primeras frases de una decena de novelas frescas que se amontonanen mi estudio. Es una obsesión, casi un vicio. Me gusta saber qué se le ocurre a la gente para comenzar. También me gusta discutir acerca del gancho o la pertinencia de ciertos principios. Eso es lo que os propongo hoy, queridos navegantes. Un juego. Os dejo algunas primeras frases seleccionadas de entre varios libros recién llegados. Algunos son de nuevo cuño. Otros, reediciones. Hay autores extranjeros y nacionales, todo muy variado.
¿Cuál es vuestro inicio favorito, aquel que os llevaría a seguir leyendo después de tropezar con él?
En tres días, los créditos y algo más.
1. Ernie Stark no era el tío más simpático que podías conocer.
2. El padre de Christina Goering era un industrial norteamericano de origen alemán y su madre una dama neoyorquina de familia muy distinguida.
3. Por más incongruente que le pueda parecer a quien no ande al tanto de la importancia de las alcobas, sean éstas sacramentales, laicas o irregulares, en el buen funcionamiento de las administraciones públicas, el primer paso del extraordinario viaje de un elefante a austria que nos proponemos narrar fue dado en los reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos a la hora de irse a la cama.
4. En el otoño de 2004, poco después de su memorable entrevista con el presidente de los Estados Unidos y después de la publicación de la autobiografía novelada de su hijo mayor, que se publicó con el cruel título de "Bajo su sombra", Harold Cleaver, famoso periodista de prensa y televisión, cineasta y autor de conocidos documentales, tomó un vuelo de la British Airways en el aeropuerto londinense de Gatwick con destino Malpensa, Milán, desde donde siguió por ferrocarril hasta Bruneck, en el sur del Tirol, y de allí en taxi, con rumbo norte, hasta el pueblo de Luttach, a pocos kilómetros de la frontera entre Austria e Italia, lugar a partir del cual tenía la esperanza de encontrar alojamiento en un remoto paraje, aislado, entre los montes, donde pasar los siguientes años de su vida, no forzosamentde los últimos.
5. El editor Germán Bosco regresó a su piso a las diez menos veintiséis de la noche del viernes 1 de diciembre, exactamente dos horas antes de morir asesinado.
6. Era la segunda vez que Ben viajaba en el viejo Chevrolet de su abuelo.
7. Siempre me han fascinado las arañas.
8. El trece de enero del año 1865, a las doce y media del mediodía, Yelena Ivánovna, la esposa de mi cultivado amigo y colega Iván Matvéich, que también es mi pariente lejano, decisió que quería ver el cocodrilo que exhibían en el "passazh" a cambio de una única entrada.
9. Puedo contar mis sobredosis con los dedos de una mano.
10. Jenaro Baldrich se asomó a la vida en 1920, en Tarragona, en la casa que luego vendería para comprar la de Valldoreix, por no seguir habitando el lugar donde murió su padre, don Eustaqui Baldrich, y donde enfermó su madre, Cinta Campà.
8 de febrero de 2010

Recibir la primera imagen de la cubierta de un nuevo libro es como, de pronto, tener la posibilidad de verte desde lejos, desde la mirada de otro, una mirada inocente, que nada sabe de ti o de lo que eres capaz, que tampoco conoce tus defectos ni tus manías, las razones por las que a veces les cuesta vivir contigo a quienes más te quieren, tus puntos bébiles; una mirada que puede ponderar sin acalorarse, evaluar sin tomar parte.
También es una alegría inmensa, un escalón más en una escalera a ninguna parte, un nuevo mundo conquistado, una confirmación de que aquí sigo, dando guerra, aguantando, creyendo firmemente en las emociones compartidas de la Literatura, pensando en todos aquellos lectores que alguna vez me han contado que se emocionan con mis libros, emocionándome.
También es una responsabilidad y un miedo. ¿Qué ocurrirá si no estoy a la altura? ¿Si esta vez les decepciono? ¿Si ya no soy capaz de...?
Cada libro es un nuevo intento, un nuevo miedo. No, me corrijo: un miedo cada vez mayor.
Navegantes: aquí tenéis en exclusiva la portada de mi nueva novela. Espasa-Calpe la publicará el próximo mes de mayo. No hay nadie mejor que vosotros para compartir una emoción como esta.
7 de febrero de 2010
3 de febrero de 2010
¡Atención, escritores: detectada editora bloggera!
No suele ser habitual que los editores tengan un blog. Y si lo tienen, lo utilizan para la muy legítima labor de dar a conocer sus logros y / o las novedades de la editorial que dirigen.
Lo que es rarísimo es que una editora en activo, cargada de trabajo y directora de una de las grandes casas editoriales para niños y jóvenes de nuestro país, se decida a empezar un blog para compartir experiencias sobre el mundo editorial. Hablo con conocimiento de causa, porque acabo de pasar un buen rato en su página, y estoy fascinada. Mientras trasteaba arriba y abajo en sus notas, no hacía más que pensar: ojalá hubiera leído esto hace 20 años, cuando soñaba con publicar, empezaba a presentarme a algún premio y ni siquiera sabía cuántas páginas formaban un volumen publicable.
De modo que esto de hoy es una recomendación en toda regla: escritores en ciernes, proyectos de novelistas, redactores con ambición: dejad todo lo que estéis haciendo y no os perdáis ni un solo párrafo de:
31 de enero de 2010
Escritores de mal humor
Esta semana fui a un cóctel con motivo del fallo de un premio de literatura infantil y juvenil y allí coincidí con un viejo colega. Estaba enfadado porque, según dijo, "no hay forma de que las cosas empiecen con puntualidad". Tiene razón, aunque si no fuera por la impuntualidad no estaríamos hablando. Ni habría podido saludar a un montón de amigos, a algunos de los cuales sólo les veo en este sarao y, por tanto, una vez al año. "Si se dice a las siete, es a las siete", apostilló mi colega. Le vi ceñudo, con la mirada algo esquinada. Sé por conocidos comunes que últimamente está algo huraño. Su última novela no vendió mucho, aunque era buenísima (a mí me parece que este amigo mío es uno de los grandes escritores vivos actuales y que precisamente por eso, o sobre todo por eso, vende tan poco). Pero claro, los grandes escritores quieren ser escritores de éxito. Los de éxito quieren ser escritores de culto. Los de culto quieren ser populares. Y los populares quieren ser respetados por sus colegas.
De ello se desprende que el colectivo de los escritores, tengan la edad que tengan y escriban lo que escriban, es uno de los más insatisfechos que existe. Y mi colega es una buena muestra de ello. Lo cual, bien mirado, tiene mucho que ver con el asunto que tanto le perturbaba el otro día, que no era otro que la eterna impuntualidad de las cosas de la vida.
Ay...
La imagen de hoy es de David Kittos, en Flickr
24 de enero de 2010
Ignacio Sanz ha ganado el Ala Delta 2010

Ignacio Sanz, XXI Premio Ala Delta
El autor segoviano Ignacio Sanz, con su obra Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores, ha resultado ganador del XXI Premio de Literatura Infantil Ala Delta, convocado por el Grupo Editorial Luis Vives.
El jurado destacó «el tono fresco y dinámico de la narración, de acentuada oralidad, que recuerda a los cuentos tradicionales». La obra, «de argumento sugerente, muy visual y rica en imágenes», recrea un episodio de la vida del poeta chileno Vicente Huidobro que, de regreso a su país tras pasar unos años en Europa con su familia, se empeñó en llevar consigo varios cientos de ruiseñores para llenar América con su canto.
El libro se alzó con el premio por unanimidad de votos de un jurado compuesto por doña Mª José Gómez-Navarro, como presidenta; doña Marina Navarro, bibliotecaria; doña María Domínguez, profesora; doña Carmen Blázquez, crítica; don Patxi Zubizarreta, escritor; doña Pilar Careaga, jefa de publicaciones de Literatura Infantil y Juvenil de la editorial y don Ignacio Chao, que actuó como secretario.
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