21 de junio de 2010

Verano: instrucciones de uso


-No (mal) gastarlo antes de tiempo.
-No contarle los minutos. El verano es un quisquilloso.
-Palabra clave: Trigal.
-Recordar: lentitud e intensidad combinadas proporcionan un placer indefinido.
-Escribir unas horas al día y dedicar otras a la diversión. Que ambas actividades sean provechosas.
-Recordar: Las horas se acortan rápido y pronto los niños se distraerán lejos de nosotros.
-No alejarse a menos que sea absolutamente indispensable.
-Elegir las compañías que nos calientan el corazón y dejar las otras para más adelante.
-Hablar en pasado y en futuro.
-Palabra clave: Bicicleta.
-Recordar: el presente sólo existe fugazmente y enseguida se trastoca.
-Soñar sin fin (ni principio). Los sueños pueden ser biográficos, literarios, arquitectónicos o zoológicos (según persona y día).
-Lamer la sal que posa el mar sobre la piel más querida.
-Palabra clave: Bailar.
-Llevar la alfombra a la tintorería y pedirle a la encargada que no lave el amor que dejamos en ella.
-Aprovechar para cambiar de peinado, pero no de personalidad.
-Recordar: el verano es infantil y joven. Cuando maduras, prefieres el otoño. El verano es ajeno. Pero en lo ajeno me encuentro a mí misma.
-Palabra clave: Carcajada.
-Mirar a los ojos y decir "te quiero". Seis veces al día, por lo menos.
-Hablar junto a la piscina, sobre el césped, de nada, durante horas, sin mirar el reloj.
-Recordar: algún día el verano nos dará lo mismo.
-Hacer planes. El nuevo curso nos hará mayores de pronto. Es emocionante saberles pequeños todavía. Y que no discutan su condición (aún).
-Palabra clave: Horizonte.
-Recordar: El verano es el descanso de todos los guerreros de la casa.

16 de junio de 2010

El Club de los Lunes: la primera crónica la escribió Julia Navarro

Si quieres leerla, pincha AQUÍ.



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Ralf König: un imprescindible


Hace mucho que leo a Ralf König. Desde que comenzaron a publicarse en España sus primeros álbumes. A lo largo de este tiempo, su trabajo ha evolucionado mucho. Ya no es el homosexual combativo que -según dice la biografía que acompaña sus libros- "salió del armario" cuando comenzaba a estudiar dibujo y pintura y se convirtió enseguida en el autor de referencia de los gays alemanes. Ahora es un señor cincuentón, que vende millones de álbumes en varios países del mundo y que inventa historias en que los homosexuales y los heterosexuales viven en armonía más allá de los vínculos familiares. Quiero pensar que además de mi autor de historietas favorito, el mundo también evoluciona.
Los primeros álbumes de König eran salvajes. Podría encontrar otra palabra, pero ésta, sin duda, los describe bien. Historias del ambiente -sobre todo del de Colonia- donde el autor mostraba sin tapujos su preferencia por los hombres latinos, peludos y grandotes -"ositos", siguiendo el argot- y construidos, ha dicho alguna vez, con "un tercio de autobiografía, un tercio de historias de conocidos y otro tercio de pura imaginación". El resultado es un dibujo cercano a la caricatura y una narración próxima al vodevil. Todo aliñado con mucho sexo y mucho humor. Una combinación a la que nunca pude resistirme.
Ahora, pasados los años, los álbumes de König son más generalistas (supongo que era una evolución esperable), han salido de los cuartos oscuros y de los bares gays y se sitúan en cualquiera de nuestras vidas. Los ingredientes básicos están intactos, pero a mi modo de ver ha mejorado su mirada irónica sobre el mundo. También era de esperar. Tiene 50 años.
El domingo, cuando me marchaba de la Feria del Libro de Madrid, me detuve en el último lugar que visito, edición tras edición, la tarde en que ya abandono el Retiro para no regresar hasta el año siguiente: la caseta de Madrid Cómics. Raro es el año que no compro allí algo. Siempre suelo pedirles que me recomienden alguna novedad. Me fascina el cómic, pero no estoy todo lo al día que quisiera. Este año, su recomendación me descubrió un autor magnífico, del que hablaré otro día (y puede que en otro lugar).
Pregunté por lo nuevo de König. Pusieron en mis manos dos álbumes en color, preciosos: Prototipo y Arquetipo. Prototipo es la historia del Génesis desde el "Hágase la luz" hasta la salida -que no expulsión- de Adán y Eva del Paraíso. El segundo cuenta la historia del Arca de Noé. No es la primera vez que König se interesa por la revisión de la tradición. De su pluma salió una Lisístrata (Libros La Cúpula) magnífica y divertidísima, que ningún lector debería perderse. Ahora aprovecha la historia de Adán para refrescar algunos conceptos filosóficos y la de Noé para reflexionar sobre el cambio de la espiritualidad en un mundo polarizado. Es La Biblia pero es también nuestro día a día, sus contradicciones y sus lacras. Lo peor de nosotros mismos desde el punto de vista más desternillante.
De los dos, Prototipo me parece imprescindible. A Adán le dura su primitivismo original lo que tarda en morder la manzana del árbol de la ciencia. A partir de ese momento conoce las razones de su existencia así como la del cosmos y todo cuanto le rodea, y comienza a discutir con Dios acerca de sus puntos de vista. La serpiente -Luci para los amigos- le acompaña, atribulada, en sus pesquisas, y a menudo se ve sobrepasada por la pesadez de "la imagen y semejanza". Lo nuevo de König no tiene ni un solo personaje homosexual -aunque hay una escena de resonancias sadomasoquistas entre Dios y Adán, que es estupenda- y a pesar de todo sigue siendo él. Un König maduro, reflexivo, crítico, desternillante, con el que me encanta reencontrarme.

15 de junio de 2010

Iwasaki, Neuman, Cuenca, Santos: ¡Con ustedes, The Beatles!

Ana Mendoza Madrid, 13 jun (EFE).- Los lectores saben desde hace tiempo que Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Care Santos y Mario Cuenca Sandoval son buenos escritores, pero lo que quizá ignoren es que también saben cantar. Hoy interpretaron varias canciones de los Beatles con motivo de la publicación de la antología "22 escarabajos".

En esta "antología hispánica del cuento Beatle" -así se subtitula el libro-, editada por Páginas de Espuma, participan veintidós narradores que aparecen reunidos por primera vez para "ofrecer una muestra del universo beatle, de sus resonancias en el mundo de la literatura y su potencial inspirador en tanto que mito contemporáneo", afirma Cuenca Sandoval en el prólogo.

A esa comunidad de escritores "beatlemaníacos" pertenecen los cuatro valientes que hoy cantaron con entusiasmo y buena voz -también es cierto que unos mejor que otros- diez temas del grupo de Liverpool ante un público entregado desde el principio y que abarrotó el pabellón Carmen Martín Gaite de la Feria del Libro de Madrid.

Desde "Norwegian wood", "Nowhere man" y "We can work it out" hasta "A hard day's night", "Michelle", "Revolution", "Hey Jude" o "Here comes the sun", pasando por una divertida y españolizada versión de "Yesterday" en la que Andrés Neuman, Premio Alfaguara y Premio de la Crítica por su novela "El viajero del siglo", elogiaba al editor Juan Casamayor, que hace diez años puso en marcha la editorial Páginas de Espuma, especializada en relatos.

Era un cuarteto de escritores el que rendía homenaje a los Fab Four, y, como lo de ellos es la narrativa y la poesía, cada canción fue introducida por un divertido cuarteto recitado por Neuman, argentino residente en la ciudad de Granada.

De tocar la guitarra y el bajo se encargaron Fernando Iwasaki, peruano residente en Sevilla desde hace veinte años, y el poeta y novelista Mario Cuenca Sandoval, catalán con residencia en Córdoba.

Lo hicieron con dominio de sus respectivos instrumentos, como si dieran conciertos todos los días.

Los cuatro escritores se fueron alternando para poner voz a esas canciones que han hecho soñar a varias generaciones de ciudadanos de todo el mundo. Neuman e Iwasaki cantaron varias veces a dúo; Care Santos se atrevió con la balada "Michelle" y Cuenca Sandoval también se animó con varios temas, normalmente a dúo con alguno de los otros miembros del peculiar cuarteto.

En 2010 se cumplen cuarenta años de la disolución oficial del famoso grupo y de la publicación de "Let it be", y treinta del asesinato de John Lennon, el beatle que más relatos ha inspirado de cuantos contiene la antología quizá porque, tras su muerte, se convirtió en un mito de la cultura pop.

George Harrison y Ringo Starr, tienen que conformarse, en cambio, con protagonizar un relato cada uno, mientras que Paul McCartney sí está presente en varios.

La Feria del Libro de Madrid depara a veces sorpresas muy agradables, y el haber podido escuchar hoy a Neuman, Iwasaki, Santos y Cuenca cantando canciones de los Beatles figurará sin duda entre las mejores.

El público disfrutó de lo lindo, coreó canciones y estribillos y aplaudió a rabiar al final del concierto. Y de propina, "Revolution" cantada por los cuatro. EFE

Para leer la crónica en su ubicación original haz clic AQUÍ
En unos días habrá vídeo disponible en line.

2 de junio de 2010

Si la documentación dura mucho, me darán ganas de fundar un partido independentista

10-III-1938 Sevilla: « Corresponde a la multa impuesta [50 pessetes] a
JUAN MERIDA por el Iltmo. Sr. Delegado de Seguridad Interior y Orden
Público de Sevilla y su Provincia, por la falta de patriotismo y
descortesía al hablar el dialecto catalán en el comedor del Hotel
Itálica en presencia a otros comensales de nacionalidad española. »

31 de mayo de 2010

Notas para una controversia

1. Nunca hago esto. Lo sabéis quienes frecuentáis esta bitácora. Ante los ataques, incuso ante los más furibundos, responde siempre mi silencio. No soy impresionable / egocéntrica / aficionada a las discusiones. Casi siempre prefiero dar la razón a quien me ataca. Lo contrario -defenderme- me agota y me quita un tiempo que no tengo.

2. Comprendo que es más fácil juzgar que tratar de comprender. Por eso suele ser la postura predominante. Todos la sufrimos alguna vez.

3. ADORO a los lectores jóvenes. Pocas cosas me gustan más y me compensan más que pasar un rato con ellos. Lo haría -lo he hecho, lo hago cuando les contesto a sus correos- incluso sin cobrar, sólo por el placer de conocerles, de escucharles.

4. Sin embargo, debo reconocer que si no me pagaran por viajar -a veces a sitios muy distantes- y mantener una charla con mis lectores, en este momento de mi vida es probable que no lo hiciera. Los viajes distraen y roban tiempo. Tiempo, no tengo. Distracciones, más de las que quisiera. No se puede estar en todos sitios. Es necesario elegir. Lo económico te proporciona un fácil sistema de elección. ¿Es el mejor? No, sin duda. Pero es válido y general. Además, ayuda a vivir.

5. ¿Hay otros muchos escritores más meritorios que yo? ¡Por supuesto! Si desea alguien una lista, se la puedo remitir rápidamente. Advierto que es muy larga y está confeccionada a fuerza de años y años de clasificar mis pasiones en esto de la Literatura.

6. La única vez que me he marchado de un lugar al que había sido invitada, a pesar de tener a muchos jóvenes esperándome, ha sido después de pensar, repensar, meditar, sorprenderme, hablar largo y tendido con quien ninguna culpa tenía y quedarme estupefacta.

7. El único motivo por el cual me habría quedado eran esos chicos y chicas. Sin embargo, ¿hay que consentir lo intolerable? ¿A qué precio? ¿Por qué motivo? ¿No es ese argumento algo que deberían haber considerado también los otros?

8. A pesar de todo, me parece encomiable y conmovedora la defensa de los alumnos que ha emprendido, H. en este blog. También me emociona ver cómo otros -que me conocen bien- salen en mi defensa. Sin embargo, no deseo ninguna de las dos cosas. Ni las ofensas ni las defensas. Este es un espacio abierto donde todo el mundo -como se ha demostrado- puede decir lo que crea conveniente. En contra de lo que a veces practico, incluida yo misma. Por una vez.

9. A veces, concluyo, todos equivocamos los objetivos de nuestra artillería. Tal vez el objetivo no es quien cree H. Tal vez mis razones no eran tan concluyentes como me parece. Tal vez la mala suerte se confabuló contra nosotros. Tal vez hablando lo hubiéramos resuelto. Ajá, he aquí otro problema: hablar. En este caso, ¿quién no deseó hacerlo?

10. Y para los chicos a quienes no pude conocer, de todo corazón: me he perdido lo mejor de Cuenca.
Y os debo una.

Hago limpieza en mi nueva novela: otro fragmento descartado


Las palabras «heurístico» y «hermenéutico» provienen de los términos griegos «heuriskei» y «hermeneutikós» y pueden traducirse respectivamente como «yo encuentro» y «yo interpreto». La heurística y la hermenéutica son la base del método de investigación histórica más común, el analítico-sintético, que parte de un suceso objetivo, lo descompone en pequeños fragmentos y estudia éstos uno por uno, valiéndose para ello de la consulta de diversas fuentes y recurriendo a ciencias auxiliares. Es un proceso científico cuya finalidad es hallar lo desconocido. La hermenéutica, en cambio, busca un sentido a lo constatable, interpreta la realidad, expresando siempre una visión personal. Es, pues, un arte.
Una conversación, por ejemplo, puede dar pie a un montón de interpretaciones.
Los asuntos personales siempre me han fascinado. Cuando era pequeña, mis amigas se enfadaban conmigo porque no dejaba de preguntarles intimidades. Una vida impulsada por la heurística y arrasada por la hermenéutica podría ser el pedante y horrible título de mi autobiografía, suponiendo que un día me decida a escribirlo.

25 de mayo de 2010

Habla la protagonista de la novela que estoy escribiendo, en un fragmento descartado


La gente tiene hijos a causa de un error.
Nadie se plantea que la necesidad biológica de legar algo al mundo antes de desaparecer es un mecanismo natural que ha dejado de ser necesario. Nuestro planeta no precisa que la humanidad se reproduzca. Somos la especie más depredadora que existe, mucho más razonable sería que la mitad de la población se extinguiera de pronto. Así aseguraríamos que los nuestros no lo arrasarán todo en un par de generaciones más.
Durante años me produjo espanto saberme parte de esa especie insensible que heredó un lugar en el Universo y lo convirtió en bazofia en sólo doscientos años. De modo que decidí no contribuir. No tener hijos.
A pesar de todo, la mayor parte de la gente que conozco insiste en parir. Ponen en los hijos esperanzas que nunca se cumplen, se cargan con trabajos desagradables que les obligan a sacrificar los mejores años de sus vidas, olvidan sus pequeños sueños por invertir algo de tiempo en una descendencia ingrata que nunca les reconocerá su esfuerzo. Y todo, ¿a cambio de qué? A cambio de un falso axioma: creen que no están solos en el mundo porque les tienen a ellos, a sus pequeños sucesores. Piensan que algún día, cuando los necesiten, los tendrán a su lado, aunque sólo sea para verlos morir.
Todos, excepto el mío. Mi padre es diferente.

20 de mayo de 2010


Un joven W. B. Yeats de 18 años fue a escuchar una vez una conferencia de Oscar Wilde, en 1883; Joyce, con 20, dijo de Yeats cuando le conoció que el poeta estaba demasiado viejo; a Beckett le presentaron a Joyce en 1928, cuando aquél tenía 22 años, y la amistad que surgió entre los dos fue todo lo estrecha que quiso Joyce, que no era dado a intimidades. Wilde y Yeats se leyeron entre sí con respeto. Beckett se empapó de las obras de los otros tres. Wilde invitó a Yeats a la cena de Nochebuena de 1888, como si aquél no tuviera familia en Londres. Años más tarde, Yeats se dio un madrugón para ir a la estación a recibir a Joyce, cuyo tren llegaba a las 6 de la mañana. Joyce visitó a Beckett en el hospital, conmovido, donde el amigo se recuperaba tras recibir una puñalada.

Del prólogo de Cuatro dublineses, de Richard Ellman

14 de mayo de 2010

Hoy con ABC...

5 de mayo de 2010

Qué bien me han tratado en Huesca



Arriba, con Charo Ochoa en la librería Anónima. Abajo, con Carlos Castán en el IES Pirámide.

Lúcida, visionaria Emily Dickinson

No es el Apocalipsis lo que espera
sino nuestros deshabitados ojos.

De Poemas a la muerte, Bartleby, 2010

2 de mayo de 2010

Mis 10 blogs premiados


Diario de lecturas, de Vicente Luis Mora

Editar en voz alta, de Elsa Aguiar

Mis primeras reseñas, de María Castillo

El té de las cinco, de Marinella Terzi

Lector mal-herido, de no digo quién

La nave de los locos, de Fernando Valls

Librario íntimo, de Rubén Castillo Gallego

This is my secret, de Kristin Cashore

Raíces y puntas
, de Alejandro Luque

Exquisiteces del ocio, de José Manuel Benítez Ariza

Por último, y un poco fuera de lista, Uniliber.com, el portal donde encuentro todo lo que me desespero de buscar.





1 de mayo de 2010

Un premio


La administradora del blog La amena biblioteca de Redfield Hall ha concedido a mi web, y por añadidura a este blog el premio Vale la pena.
Por supuesto, merodeadores del silencio, he aceptado el galardón y sus condiciones, a saber: otorgar diez premios más a otras tantas webs o blogs.
Pero como soy lenta pensando, como bien saben quienes me conocen, permitidme que amase el asunto hasta mañana, mantenga el suspense y no yerre el tiro.

Mañana, en estas pantallas, los 10 ganadores.

26 de abril de 2010

De la autobiografía de Charles Chaplin

¿Cómo se obtienen las ideas? Mediante una continua perseverancia, llevada al borde de la locura. Hay que tener capacidad para sopotar la angustia y mantener el entusiasmo durante un largo periodo de tiempo.

23 de abril de 2010

CRYPTA: el blog


Merodeadores del silencio, permitid que me presente: soy Eblus, el absoluto y flamante protagonista de la última y flamante novela de la administradora de esta página. Debo deciros algo, en confianza: aunque Care piense que ella es la autora de este hermoso libro, y lo diga, con esa vehemencia tan suya, no es cierto: el único autor soy yo mismo. Eblus, humilde djinn del desierto catapultado a las alturas del poder demoníaco gracias a mi asombrosa capacidad. No soy bueno, pero soy fascinante. Podréis saberlo a partir del 11 de mayo, en que llegarán a las librerías mis andanzas.

De momento, para celebrarlo, he creado un BLOG donde los lectores jóvenes de todas las edades encontraréis muchos contenidos: confidencias, concursos, escenarios de la novela, más de un secreto...
Ah, para los que sentís simpatía por Care: pienso dejarla escribir también en mi bitácora. Ella está deseando, y me duele privarla de un placer que en el fondo me ahorra trabajo.

En fin. Espero veros mucho por allí. O por cualquier otra parte, mortales.

22 de abril de 2010

Mañana es el día

NO DEJES DE PASAR POR AQUÍ MAÑANA,
MERODEADOR DEL SILENCIO



...Y SABRÁS A DÓNDE TE LLEVO A TRAVÉS
DE ESAS ESCALERAS DESCENDENTES.

21 de abril de 2010

16 de abril de 2010

Ens veiem per Sant Jordi

Aquest any, el meu Sant Jordi és menor d'edat, com les dues novetats infantils que duré sota el braç tot el dia: EM VENC LA MARE (Cruïlla) i la sèrie EL GENI IFIGENI (Macmillan).
Per si podeu passar, AQUEST ANY SIGNARÉ a:

DE 18 a 19 hores:
LLIBRERIA "EL PETIT PRÍNCEP"
(Rambla de Catalunya):

DE 19 A 20 hores
ABACUS
(Rambla de Catalunya)




Feliç Sant Jordi a tots i totes!!!

14 de abril de 2010

Para qué un blog dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul...


Una lectora habitual de esta bitácora me escribe para decirme que se está planteando abrir un blog. Me preguntarme si la experiencia le será útil, si se lo recomiendo como ejercicio, como práctica de escritura.
Por supuesto, preguntarle esto a alguien que lleva cinco años escribiendo un blog, supongo que sólo puede derivar en una cosa. O soy una incongruente patológica o nada más puedo contestar de forma afirmativa.
Aunque comprendo las dudas. Yo también me pregunté para qué servía un blog el día en que inauguré éste. Era 2 de diciembre de 2005, cuando titulé mi primera entrada Empecemos.... Podéis recuperarla AQUÍ, si tenéis curiosidad.
Me complace descubrir que algunos de los merodeadores del Silencio eran los mismos que sigo encontrando regularmente por aquí. Otros -lógico- llegaron después. Quiero pensar que se unirán algunos más, con el tiempo. Lo que dijeron aquellos primeros comentaristas virtuales creo que puede ser también una respuesta convincente para mi corresponsal, la futura bloggera.

Ahora sé un poco más para qué sirve un blog, a diferencia de aquel día de principios de diciembre. Aunque no todo sirve igual a todo el mundo, ni en el mismo momento. A mí, en este momento de mi vida, el blog me sirve:
-Para ser la escritora no profesional que era el día en que empecé a escribir. En este espacio reducido, que no tiene un número excesivo de seguidores -por fortuna- puedo permitirme el lujo de no medir demasiado las palabras y de escribir cuando quiero. Y sobre lo que quiero.
-Para compartir pasiones recién descubiertas.
-Para compartir viejos amores asentados en el tiempo.
-Como banco de pruebas de textos en los que estoy trabajando, gracias a la generosidad de los que estáis al otro lado, que los leéis antes que nadie y me dejáis vuestras opiniones.
-Como banco de pruebas emocional. Gracias a este blog he descubierto algo que me parece fundamental en mi literatura: el modo en que una pequeña confesión verdadera cala más que la más emotiva de las escenas imaginarias. En ese sentido, podría decir que el blog me ha permitido saber lo que significa en escritura la palabra "verdad". Es probable que mi último libro de cuentos, forjado en los últimos 7 años, y por tanto en paralelo a las muchas entradas de este sitio, le deba mucho más de lo que creo.
-Por supuesto, para mantenerme en contacto con algunos lectores. Me gusta descubrir que a la mayoría de los que he conocido por aquí he terminado viéndoles en persona.
-El blog me permite mantener un pie en la realidad. Tengo a menudo la sensación de que habito otro mundo, paralelo, y que regreso al real sólo de vez en cuando, porque casi nunca me interesa lo que aquí ocurre. El blog es un territorio intermedio, un umbral. Es el mundo real, porque hay gente que observa y que habla, pero no deja de ser el mundo real que inventan las palabras. Luego, otra cosa.
-El blog me permite trazar una especie de mapa sentimental de mi existencia. Siguiendo las diferentes entradas, con el tiempo, recuerdo filias, fobias, y observo mis coherencias y mis incoherencias. Tengo a veces la sensación vertiginosa de que, de todo cuanto he escrito, lo único que permanecerá en el tiempo -cuando el papel se haya deshecho en polvo- será este blog. Lo virtual sobrevivirá a la tierra cuando el sol la abrase. Me gusta saber que hay ciertas cosas mías que sólo son virtuales.
-Por último, el blog me sirve para ser feliz. Si no, no tendría sentido. Qué placer, escribir sin obligaciones, sin prisas, sin condicionantes. Qué gusto aporrear el teclado durante las primeras horas de la mañana o en las últimas de la noche, mientras suena una pieza de música recién elegida. En este momento, por ejemplo, el Gloria de Vivaldi, que parece que me lleva a escribir con más gracilidad y desde las nubes. Nubes bañadas de un sol radiante, muy distintas a las que veo desde la claraboya de mi estudio en este día de primavera recesiva que nos ha tocado.

He aquí algunas respuestas. Aunque, como todo el mundo sabe, para escribir no sierven de nada los argumentos de otra.

* La imagen de hoy, Gracefully, tomada de Flickr

13 de abril de 2010

Algo que he estado escribiendo estos días

Abel despierta despacio. Lo primero que piensa es: «¿Qué hora es?». Le parece raro oír llegar a su madre. En verano, cuando él despierta, ella ya lleva un buen rato en casa, y ha tenido tiempo de tranquilizarse. A veces incluso ha podido comer algo y darse una ducha. En invierno, en cambio, su madre está desquiciada todo el tiempo. Es insoportable. Tanto, que a veces se hace el dormido para darle tiempo a salir del baño y así no tener que aguantar su mal humor.
Para que luego digan que el cambio de hora sólo reporta beneficios a los países civilizados.
Alarga el brazo hacia la mesilla y enciende la lámpara. Proyecta una luz muy tenue, que apenas le molesta a los ojos. Ideal para acostumbrarse a la tonalidad del mundo.
Piensa que sería agradable despertarse alguna vez y sentir que está solo. Desconoce esa sensación. La soledad. Le encantaría estar solo. Aunque sólo fuera por una vez. Nunca se lo ha dicho a su madre. ¿Para qué? Conoce la respuesta.
Poco a poco va integrándose en el mundo. Como siempre, no recuerda nada de lo que ha soñado. Cada día se interroga al respecto, con la esperanza de obtener alguna respuesta. Pero cada día se dice: Nada. Sus sueños son una pantalla en blanco. Un silencio continuo.
Su madre dice que es uno de los síntomas de su enfermedad y que debe aceptarlo con resignación cristiana. Resignación cristiana. Aceptarlo. A veces es como si su madre hablara en un idioma desconocido.
—¿Qué día es hoy? —pregunta.
Oye a su madre acercarse a toda prisa por el pasillo hasta que se detiene en el umbral y sonríe. Está demacrada. Parece muy vieja.
—Mañana es tu cumpleaños —dice ella, fingiendo una alegría que le sale fatal.
—¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Ya es de noche?
—Ayer cambiaron la hora, cariño. Ha empezado el horario de invierno. ¿Te sientes peor?
Abel se incorpora, se despereza.
—No —dice—. Estoy bien.
—Mañana cumples diecisiete años, cariño. A ver si puedo traerte algo especial.
—No hace falta, mamá.
—Claro que sí —Rosa entra, lleva el albornoz pero no se ha puesto las zapatillas.
Va dejando un reguero de agua por donde pasa.
—Mamá, lo estás dejando todo perdido.
Rosa sonríe con languidez. No se disculpa. No se mueve.
—¿Te apetece que celebremos tu cumpleaños? —echa balones fuera.
No le dice que se estaba duchando tranquilamente cuando ha oído su voz y ha corrido a salir de la bañera, dejándose el suavizante a medio aclarar y restos de espuma por todo el cuerpo. Abel lo sabe, aunque no se lo diga. Se comporta siempre igual.
—Si quieres… —dice el hijo.
Rosa sonríe. Se acerca a acariciarle el pelo mientras bajo sus pies se forma un charco de agua.
—Siempre serás mi niño, por mucho que te estés convirtiendo en un hombre.
Abel repite, en silencio.
—Un hombre…
Luego su madre sale a toda prisa de la habitación, en busca de unas zapatillas, mientras dice:
—Hoy he encontrado poca cosa. Pero tengo una sorpresa especial para ti.
Abel lanza un suspiro resignado. Se quita el pijama y se pone unos vaqueros negros que le vienen grandes y una camiseta blanca, de algodón. Su estómago lanza un rugido que recuerda al de un tigre hambriento. Busca sus zapatillas, se las calza. Se queda un momento quieto, mirándose los pies, intentando reaccionar. Necesita un rato más para librarse del sueño. Eso también forma parte de los síntomas.
—¿No quieres verla? —pregunta la voz de su madre desde el cuarto de baño.
—¿El qué?
—La sorpresa. Hoy he encontrado un zorro gordo atropellado, pero además, tengo algo vivo. Está en las jaulas del porche.
Rosa ha pronunciado esta última frase como si anunciara algo portentoso. De pequeño, desde luego, se lo parecía. Le encantaba salir al porche, comenzando por el momento en que su madre abría una por una las cerraduras de la puerta principal. Era algo estupendo, un instante de libertad del que gozaba al máximo.
Ahora, sencillamente, ha cambiado. Ha crecido. No le gustan las mismas cosas que le gustaban con diez años. Su madre no se da cuenta de que ya no es el mismo.
—Claro, vamos —contesta, por no herirla—, ¿qué es?
—¡Ven a verlo!
Rosa le agarra la mano a su hijo y juntos avanzan hacia el jardín. Atraviesan la segunda puerta, la que comunica con la sala de billar y luego Abel espera con la paciencia de siempre a que su madre termine de girar las llaves en las cerraduras correspondientes.
Finalmente la entrada se abre y ella le indica, con mucho misterio:
—En la segunda jaula. A ver si te gusta.
La puntualización no era necesaria, porque todas las jaulas están vacías, con excepción de una sola en cuyo interior Abel distingue el cuerpecillo ensangrentado de una comadreja. Le da unos golpecitos a través de los barrotes. Se vuelve hacia su madre.
—Está muerta, mamá —dice.
—¡No puede ser! Si cuando la metí ahí… —la madre, con el rostro descompuesto, observa el interior de la jaula. Le propina unos golpecitos—. Eh, tú, bicho, ¿para esto te he dado agua?
No hay duda: con agua o sin ella, la comadreja está muerta.
Abel tuerce la boca en una expresión disgustada y la madre le secunda.
—Lo siento. Cuando la metí ahí estaba viva, te lo prometo.
—Tiene una pata destrozada, mamá.
—Claro, porque se enganchó en el cepo. Pero estaba viva.
—Mamá, es horrible que sigas utilizando esas trampas. ¿Por qué no me dejas hacer lo que te dije?
—¡Ni hablar! —zanja la madre, poniéndose ora vez su grueso guante de jardinero para rescatar el desafortunado animal del interior de su calabozo de hierro—, ¡te lo dejé bien claro la última vez! ¡No convertirás mi casa en una granja!
—Pero esto es mucho peor. Tú la conviertes en un patíbulo.
Rosa se queda muy seria. Mira a su hijo. Cualquiera diría que está a punto de llorar. Con esta luz lunar, su cara se ve muy pálida, pero nada en comparación con la de Abel, que es del color del yeso. Entonces, Rosa comienza a reír y dice:
—Anda, pasa, cerebrito. No le des más vueltas, yo me ocupo.
—¿No podríamos quedarnos un poco más aquí fuera?
—Ni hablar. En esta época ya refresca mucho.
Abel no sabe para qué pregunta, si conoce todas las respuestas. Entran de nuevo. Rosa deja la comadreja sobre la mesa de billar y se esmera en cerrar bien las cerraduras, una por una. Mientras tanto, Abel acaricia a aquel bicho con una pata destrozada que yace sobre el tapete verde. Aún está caliente.
No ha medido las consecuencias de sus actos. Le ha acariciado por compasión, con ternura. Sin embargo, el calor corporal de la comadreja ha disparado en él algo cerval, insufrible. Su instinto. Con un gesto casi desesperado, ha agarrado al animal con ambas manos, lo ha dispuesto panza arriba, como si fiera una peluda mazorca de maíz y lo ha olfateado rápidamente, con avidez. A continuación ha hundido sus colmillos en el diminuto cuerpo del animal y ha succionado con todas sus fuerzas. La sangre ha pasado del mamífero a su boca en apenas unos segundos. Dulce, tibia, espesa sangre de comadreja. Le gusta, es una de sus favoritas.
Cuando su madre termina y se da la vuelta, todavía alegre, confiada, tropieza cara a cara con una escena a la cual, por muchos años que pasen, nunca logrará acostumbrarse. ¿Cuántas veces le ha dicho a su hijo que debe comer en la bañera, el único lugar donde borrar los restos del festín no le cuesta una enfermedad? Sabe que no es culpa del chico, que sus instintos son en eso mucho más fuertes que su obediencia. Y contra el instinto, Rosa lo sabe, no hay nada que hacer.
La boca de Abel rezuma sangre, igual que el cuerpecillo exánime del mustélido y las manos del muchacho. Una sangre espesa, oscura, aterciopelada. Forma un pequeño charco en el suelo y mancha la ropa de Abel. Pero lo peor es el gesto de su hijo, el modo cómo encorva el cuerpo mientras come, la expresión de sus ojos desorbitados al hacerlo. Es un gesto, una expresión, una urgencia nada humanas. Es la actitud que le define a su hijo como aquello que es casi desde el inicio de su vida: un hematófago, un chupasangre, más comúnmente denominado «vampiro».
—Lo siento —dice Abel, al verse descubierto, y arroja el cuerpo de la comadreja al suelo, con descuido.
El animal parece la monda de un plátano recién despojada del fruto.
—Ahí no —regaña Rosa, señalando el cadáver—. Ya sabes para qué están las bolsas negras.
Abel obedece, dócil. Recoge el cadáver y lo lleva al rincón, donde aguarda el cubo de la bolsa negra. Lo arroja al interior. La comadreja cae con un plof seco y diminuto.
—Ahora vienes conmigo y te doy el cubo y la fregona. Tú lo haces, tú lo limpias, ya lo sabes —sermonea Rosa, sin dejar de señalar la sangre que mancha el suelo con un dedo acusador.
Abel se limpia la boca con el dorso de la mano. La camiseta blanca está manchada de sangre.
—Pero antes, por favor, lávate y cámbiate de ropa, hijo. Estás hecho un asco.
El vampiro obedece.

12 de abril de 2010

9 de abril de 2010

Microcuento: Neologismos

Y entonces Elia, con el rostro desencajado por el espanto, salió de su habitación y asomándose a la escalera gritó, aterrada:
—¡Se ha bombido la fundilla!
Lo cual significa también que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada.
Acto seguido, comenzó a inventar un lenguaje que se adaptara a su mundo.

8 de abril de 2010

40


Esta mañana mi hija ha abierto un cuento donde alguien aporreaba una máquina de escribir, ha señalado una ilustración donde se veía la típica Underwood y ha exclamado, con cara de sabia:
-¡Mamá, hace millones de años la gente escribía con esto!

Hoy, navegantes, cumplo cuatro décadas. Me cuesta creerlo. 40. Yo que siempre deseé ser mayor, por fin lo voy siendo. Quiero celebrarlo compartiendo con vosotros tres recuerdos y un secreto. Corresponden a cuatro regalos. Tienen que ver con objetos de escritura de hace "millones de años". Tal vez por eso son tan especiales. Y todos guardan relación con el día de hoy, claro está.

El primero llegó cuando tenía 8 años. O tal vez tenía 10 y asi redondearíamos la cifra en este día de cifras redondas. Era un paquete grande, envuelto en un papel estampado con rombos y la firma de la casa de donde procedía. Imprenta Minerva o Papelería Tria (ambas desaparecidas), qué más da. Era un papel que prometía cosas interesantes. Dentro del envoltorio había por lo menos 8 cuadernos de todos los tamaños. No eran tiempos de gran sofisticación en ese sentido: la mayoría de los cuadernos eran cuadriculados, todos tenían su espiral y sus tapas de cartón de colorines. Los había de tamaño folio, medio folio y octavilla. Todos estaban en blanco. ¿Habrá mejor regalo que se le pueda hacer a una aspirante a escritora que un cuaderno en blanco? El regalo me lo hico mi hermano mayor, Claudio, que debía de tener entomces entre 23 y 25 años. Es uno de los regalos más bonitos que he recibido nunca. Un regalo especial, pensado para mí, distinto, que además me reconocía como lo que era -lo que soy-, lo único que seré siempre: juntadora de palabras. Nunca he valorado demasiado los regalos que sólo cuestan dinero. En cambio, me emociono con algo, por sencillo que sea, que demuestra que alguien ha pensado en mí de verdad. No sé si la cantidad de cuadernos que incluía aquel paquete, por cierto, se debía a la acertada sospecha de mi hermano con respecto a mi futura prolijidad literaria.

El segundo regalo cayó cuando tenía 18. Era Semana Santa -a meudo mi cumpleaños cae en las vacaciones de Pascua- y estábamos en el pequeño apartamentito de la playa de mis padres, frente a mi mar de todos los veranos, aunque hacía frío y era de noche. Creo que mis padres no pudieron esperar al día siguiente para darme mi regalo, y creo que no era día 8 sino 7 (al fin y al cabo, mi padre, que fue quien le abrió en persona la tripa a mi madre para librarla de mí, siempre dijo que yo había nacido exactamente en la medianoche del 7 al 8). Mi regalo de mayoría de edad fue una máquina de escribir. Una Lettera 49 que me mira desde un rincón mientras escribo esto. Hace años que fue destronada, pero sigue ahí, y la quiero cerca. ¡Con qué ilusión escribí en ella durante más de cinco años! ¡Si hasta parecía que mis ideas, gracias a ella, habían llegado también a la mayoría de edad! Guardo muchas páginas mecanografiadas con mi vieja Lettera, donde duermen algunos de los primeros cuentos que terminé, con los que castigué a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, a mis profesores y a todo el que se puso por delante, durante un lustro. Algún día tengo que rescatarla del rincón y aporrearla un poco. Igual se quedó por ahí, sujeta a sus letras metálicas, alguna idea de aquella adolescencia mía truncada de pronto.

El tercero llegó a los 20. Hace de ello, exactamente, la mitad de mi vida. Esta vez -vamos subiendo de categoría- era una pluma estilográfica. El escenario, la sobremesa de una comida familiar, después del café. La pluma era de verdad: la primera. Una Montblanc. La clásica Meisterstück. En mi diario, ese mismo día, escribí con tinta negra de trazo grueso: "Empieza la era Meisterstück". Y en verdad empezaba. Qué gusto escribir en un buen cuaderno con una buena pluma. El rasgar de la plumilla contra el papel es para mí uno de los sonidos de la lujuria, una sensación placentera que acompaña la escritura como lo haría un narcótico. Nunca más abrí mi diario sin tener la pluma cerca. Escribí con ella centenares de cartas -algunas muy importantes- y cuando abandoné la escritura diarística, quedé convertida en una especie de asistente vitalicio de la correspondencia. Lleva mi nombre grabado. Nos pertenecemos. No sé si más yo ella o ella a mí, la verdad.

El último regalo (el secreto) tiene -para mí- un simbolismo parecido al de los otros tres. Viene de la persona a quien más quiero del mundo, pero no sólo por eso es estupendo. Lo es porque es un regalo que salda una vieja deuda, que abre horizontes, que reconoce -de nuevo- lo que soy y que me hace una ilusión infantil, desbordante. Tampoco es un regalo al uso.
Llegó hace apenas unos días, anticipándose a las cuatro décadas. Deni -siempre dudo a la hora de escribir el vínculo que nos une porque nada me parece bien. ¿Mi marido? Suena a carga que pide alivios a gritos. ¿El padre de mis hijos? No me gusta definir las cosas por sus consecuencias. ¿Mi compañero? Sí, eso va estando mejor, pero le falta pasión y le sobra espíritu hippie. ¿El amor de mi vida? Lo más exacto, sin duda. Pues bien: ÉL, todos sabemos de quién hablo- me ha regalado un curso de dramaturgia. Llevo toda la vida debiéndome a mí misma escribir teatro. Es un buen momento para saldar esa deuda. Empiezo el día 13. LLevaré mi cuaderno, mi pluma, mis ideas y, sobre todo, procuraré no dejar en casa lo (poco o mucho) que he aprendido de todo este lío en el tiempo que llevo fijándome bien. Espero que todo ello, y lo que caiga, me sirva para escribir dos o tres escenas que se dejen leer no sólo por los que me quieren.

Ah. Y a todos, ¡gracias por estar ahí!


* La imagen, de AMasterCreation, tomada de Flickr

2 de abril de 2010

31 de marzo de 2010

Per fi, en català!



Editorial Cruïlla
Il·lustracions de Mercedes Marro
110 pàgines
Col. El Vaixell de Vapor
Sèrie Blava, num. 168

30 de marzo de 2010

Horacio Ferrer pone contundente letra a Libertango de Astor PIazzola

Hay que leerlo eschando la pieza de PIazzola. Podeis hacerlo AQUÍ



Mi libertad me ama y todo el ser le entrego.
Mi libertad es tranca a la cárcel de mis huesos.
Mi libertad se ofende si soy feliz con miedo.
Mi libertad desnuda me hace el amor perfecto.

Mi libertad me insiste con lo que no me atrevo.
Mi libertad me quiere con lo que llevo puesto.
Mi libertad me absuelve si alguna vez la pierdo
por cosas de la vida que a comprender no acierto.

Mi libertad no cuenta los años que yo tengo,
pastora inclaudicable de mis eternos sueños.
Mi libertad me deja y soy un pobre espectro.
Mi libertad me llama y en trajes de alas vuelvo.

Mi libertad me sueña con mis amados muertos.
Mi libertad adora a los que en vida quiero.
Mi libertad me dice de cuando en vez por dentro,
que somos tan felices como deseamos serlo.

Mi libertad conoce al que mató y al cuervo
que ahoga y atormenta la libertad del bueno.
Mi libertad se infarta de hipócritas y necios.
Mi libertad trasnocha con santos y bohemios.

De niño la adoré, deseándola crecí,
Mi libertad: mujer de tiempo y luz
la quiero hasta el dolor y hasta la soledad.


* La imagen es de Pipiten en Flickr.

29 de marzo de 2010

Perdidos


Veo poca tele. Sin embargo, hace varios años -no recuerdo cuántos: ¿tres? ¿cuatro?- me enganché a la primera temporada de Lost, Perdidos, una serie estadounidense que me parecía fuera de lo común, que retrataba a una serie de verosímiles personajes en una situación límite. Me sedujo, creo, en primer lugar por la creación de los personajes, pero también por el arranque de la acción, que me pareció poderoso y me creó, como a millones de espectadores en todo el mundo, muchas expectativas. Durante semanas, vi puntualmente mi capítulo de Perdidos y renegué la semana que, por algún motivo, tuve que dejarlo escapar. Así hasta el final de temporada. Con el último capítulo llegó una profunda indignación y deserté. Para siempre. Desde ese instante, cada vez que encuentro en un zapping a alguno de los personajes que tanto me gustaron, me apresuro a cambiar de canal y a renegar bajito.
Soy poco constante y, como he dicho ya, casi nada televisiva. En los hoteles, raramente enciendo la tele. Prefiero abrir un libro, en silencio, sin más luz que la de la mesita. Sin embargo, el fenómeno se ha repetido hace poco con otra serie estadounidense: FlasForward. De nuevo comparecí, fiel, ante la tele a la hora de emisión. Esta vez sólo aguanté tres semanas. Tres capítulos.
Perdidos, como seguramente todo el mundo sabe, trata de la vida en una isla desierta de un grupo de supervivientes de un desastre aéreo. Sus historias son interesantes y variadas como lo son ellos mismos, pero lo realmente chocante es la isla, tropical pero llena de osos polares, con extraños monstruos de humo que acechan a los humanos y capaz, además, de desplazarse no sólo en el espacio, también en el tiempo.
En FlashForward lo inexplicable también está en la base del argumento: toda la humanidad salvo unos poquísimos pierde el conocimiento a la vez durante 137 segundos en que todos ven su futuro. Luego, tratan de saber por qué ha ocurrido tal cosa y de luchar contra lo que han aprendido de sí mismos.
Los motivos por las que dejé de ver estas series fue el mismo: de pronto, me resultó evidente que los guonistas ni tenían ni idea de hacia dónde iban. De repente me pareció que recurrían con insolente facilidad a cualquier tipo de argucia con el fin de captar mi atención. Me pareció, sencillamente, que me estaban tomando el pelo. Es la guerra de las audiencias, supongo. Con tal de que te quedes conmigo y no te pases a la producción de la cadena competidora, soy capaz de decirte que los osos tienen sueños premonitorios o que Nueva York se funde como si fuera mantequilla, si hace falta. Aunque no venga a cuento, aunque ni siquiera se me hubiera ocurrido hasta este momento, aunque sea absurdo.
Al principio, me pregunté si era la única en notarlo. No, evidentemente. FlashForward dejó de emitirse porque los guionistas se habían hecho un lío. Bueno, dieron una explicación levemente más técnica, pero la cosa era así: no tenían ni idea de lo que iban a contar, habían apuntado demasiado alto, habían creado demasiada expectativa.
Lost ha triunfado, incluso dicen que ha creado escuela, pero a costa de perder millones de espectadores cada temporada Ahora sus guionistas también reconocen que ellos estaban más perdidos que sus protagonistas, y que "improvisaron para interesar a la audiencia". Aunque su ejemplo es peligroso, porque han marcado un antes y un después.
A mí todo esto me inquieta y me parece la punta de un iceberg mucho mayor. En los tiempos de la prisa, también las ficciones que consumimos tienen que estar aceleradas. La expectativa hay que crearla en los primeros cinco minutos y mantenerla hinchada como un globo, volando cada vez más alto, aunque ni siquiera te hayas planteado dónde hacerla aterrizar (o si sabes hacer que aterrice, que aún es peor).
Escribo esto después de leer en El País un artículo donde se habla de un nuevo lenguaje de la narrativa basado en la improvisación y el sobresalto al receptor, en el todo-vale-con-tal-de-que-te-quedes. Me horrorizo sólo de pensar que eso pueda ser cierto.Por último, me permito recordar algo que los contadores de historias sabemos muy bien: crear expactativas es muy fácil, incluso demasiado. Lo difícil es, en primer lugar, mantenerlas. Y en segundo, lograr que el receptor crea que mereció la pena tomarlas en serio.
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28 de marzo de 2010

27 de marzo de 2010

Cita a las doce y dos

Si quieres olvidarte de una mujer*, conviértela en literatura.

Henry Miller


* Es válido también aplicado a los hombres.

26 de marzo de 2010

Nuestra curiosidad es nuestro castigo, que dijo Montaigne


En su tumba nunca falta gente y, mucho menos, flores. Los responsables del cementerio han tenido que desalojar los seis nichos colindantes para dar cabida a la gran cantidad de exvotos, ramos y ofrendas de todo tipo que recibe a diario. Su eterno descanso es el más concurrido del Cementiri de l’Est, el más antiguo de Barcelona. ¿De quién hablo? Dejadme que os presente a un curioso personaje…
En vida se llamó Francesc Canals Ambrós. Murió con apenas 22 años, el 27 de julio de 1899, dicen algunos que en un incendio. Era de origen humilde, como muchos de los que ahora le veneran, y trabajó en los míticos Grandes Almacenes El Siglo, que marcaron toda una época en la ciudad. Se cuenta que en vida ya todos le conocían por su buen corazón y sus buenas obras, que se sacrificaba a menudo por ayudar a la gente e incluso que poseía el don de adivinar la fecha en que alguien iba a morir sólo con mirarle a los ojos. Por lo visto, llegó a pronosticar su propia muerte. Aunque de todo esto sólo queda constancia en la memoria colectiva.
El nicho donde descansa El Santet está protegido por un cristal. En el interior, una fotografía lo muestra como debió de ser: cándido, aniñado, de mirada limpia y tristona. En ocasiones, el retrato no se aprecia, porque los feligreses utilizan ese espacio como una urna y arrojan a su interior sus deseos escritos en pequeños papeles. A pesar de que los cuidadores retiran los papeles cada semana, a menudo cubren la lápida por completo.
Aprovecho mi visita para leer algunas de las notas más visibles. Sé que no está bien, pero es difícil resistirse: «Quiero que mi hijo vuelva a caminar», «Trabajar de lo que sea», «Le agradezco que me curara la pierna», «Dame lo que tú ya sabes», «Gracias por escucharme», «Suerte y salud», «No quiero volver a la cárcel»... Tomo algunas fotos. Mientras lo hago, una mujer se acerca con un ramo de flores. Me hago a un lado. Deposita el ramo entre los demás y reza en silencio durante unos pocos segundos. Luego, se marcha. Me atrevo a hablarle para preguntar si es la primera vez que visita al milagroso personaje y por qué motivo lo ha hecho. La respuesta me deja de piedra: «Vengo cada lunes, para agradecerle lo que hizo y sigue haciendo por mí», contesta. No me explica nada más, ni yo me atrevo a insistir. La veo marchar, muda del asombro.
Antes de irme, hablo un momento con el conserje del cementerio. Me cuenta que la veneración que la gente tiene por El Santet es antigua. «Yo llevo aquí desde 1979 y entonces ya venían muchas personas a pedirle cosas y a traerle regalos, pero últimamente va a más. He leído en alguna parte que esta costumbre empezó a los pocos días después de su muerte, cuando algunas compañeras suyas vinieron a visitar su tumba y aprovecharon para pedirle algo, pensando que si era tan bueno en vida lo sería también después de muerto. Sus peticiones debieron de cumplirse y corrió la voz de que Francesc Canals hacía milagros». Tengo suerte de que al hombre le guste tanto hablar y hoy no tenga mucho trabajo. Me lo paso en grande con la conversación. Me cuenta una jugosa creencia. «Puede que no te hayas fijado, pero hay una grieta que atraviesa la lápida de lado a lado. La gente piensa que la miras fijamente terminas por ver al otro lado una luz muy blanca. Es el más allá, el reino de los muertos. Yo nunca me he atrevido a intentarlo, porque creo que es verdad».
Mientras el conserje habla, se nos acerca un desconocido que nos estaba escuchando. Es un hombre mayor, despeinado, con barba de varios días, que lleva una especie de guardapolvo marrón hecho jirones. Está muy sucio y huele mal. El tema le exalta, a juzgar por su enfático modo de hablar: —Yo sí vi una vez esa luz que dice. Viene seguro desde el otro lado, porque su claridad no se parece a nada de lo que hay en este mundo.
Nadie le ha invitado a la reunión, pero el hombre prosigue, cada vez más animado:
—Me ha ayudado mucho, a mí, El Santet. Lo mismo que a mucha gente que conozco. Lo que le pides se cumple siempre, porque él nunca falla, como otros santos. Lo que no entiendo es por qué no le ascienden de una vez. ¿No dicen que para ser santo hay que haber hecho cinco milagros? ¡Anda que no hace tiempo que el chaval cumplió los requisitos básicos! ¿Cinco milagros? ¡Anda ya! ¡Seguro que ya lleva más de cinco mil! Lo que pasa es que en este país todo funciona igual. Los curas no quieren santos pobres. Da lo mismo que seas un instrumento de Dios en la Tierra o que todo el mundo te necesite. ¿Para qué van a pensar en nosotros, las personas humanas? No se dan cuenta de nada. Yo se lo digo a todo el mundo, para que quede claro de una vez: ese muchacho es santo, un santo de verdad, ¡socialista, público, colectivo!, y lo era ya cuando nació, y es evidente que mientras estaba vivo no paraba de hacer milagros, y ya saben lo que dicen, ¿no?: que por sus obras le conoceréis. Pues eso. ¿A qué coño esperan para mandarle al cielo y nombrarle santo oficial? ¿No ven que desde allá arriba nos ayudaría mucho más que ahora? ¿No ven que merece una corona dorada, un altar en una iglesia, un día en el calendario y ser nombrado patrón de los trabajadores de todos los grandes almacenes del mundo?».
La verdad es que pasé un buen rato con estos personajes. Incluido el muerto milagroso.

25 de marzo de 2010

Cita a las doce y dos


Quede muy pocas veces el teatro
sin persona que hable.


Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, de Lope de Vega

24 de marzo de 2010

Palabras para la entrega del IV Premio Literario Antonio Vilanova, de la Facultad de Filología (Universidad de Barcelona), 23 de marzo de 2010


Como todos los que escribimos sabemos, un buen comienzo es decisivo. Si uno afirma que La Vetusta ciudad dormía la siesta o que Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo o que El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, si uno afirma esas cosas, ya nada vuelve a ser igual.
Yo empiezo esta noche por proclamar mi estupor, y espero que no parezca mal arranque, porque no siento que haga tanto que yo recorría a diario los claustros de esta casa. Fui aquí una estudiante tardía, creo que algo chulesca, a ratos rezongona pero muy dada al asombro y, sobre todo, al entusiasmo. De aquella época guardo muchos recuerdos, pero de entre todos siguen muy vivos dos: el profesor Lluís Izquierdo llamándole en su exaltación gilipollas a Juan Ramón Jimenez ante un alumnado perplejo y —me parece— que indignado; y don Adolfo Sotelo refiriéndose con ese énfasis tonante tan suyo a Álvaro Mesía o a Fermín de Pas con la naturalidad y la consternación con que hubiera hablado de dos miembros díscolos de su familia que no dejaran de darle disgustos.
El énfasis, como a buena hiperestésica, siempre me ha seducido.
Llegué aquí tras abandonar las aulas de Derecho —donde también había profesores inolvidables y enfáticos, que a mí me parecían muy literarios, como el civilista Carlos Maluquer de Motes, que era un lector ávido y confeso de las novelas de Patricia Highsmith y un culé tan devoto que cuando ganaba el Barça nos perdonaba el caso práctico (y también se le enojaba el alumnado, nunca entendí por qué)— y llegué aquí, ya he dicho que tarde, buscando un oro que deseaba encontrar desde hacía mucho: amor por la Literatura.
Aquí conocí cómplices con quienes hablar de libros, con quienes leer poemas en voz alta, con quienes fantasear acerca del futuro que inventaríamos escribiendo y a quienes prestar los primeros garabatos, sintiéndome más vulnerable que nunca. Recuerdo una conversación con un amigo poeta. Quería publicar, pero no hallaba un editor lo bastante osado o lo bastante afín. Dudaba, claro, aunque intuía que la duda suele ser el oxígeno del quehacer literario. El desánimo ganaba terreno. Recuerdo que le dije algo que después he pensado mucho. Mi amigo era —es— un buen poeta. Le dije que nunca sería más escritor que esa noche en que los dos compartíamos copas y frío en la terraza de un bar cercano. Le dije que yo también intuía algo terrible: que la certeza nos era muy ajena. Las certezas no sirven para escribir, sólo las dudas. Era —lo supe ese día— la vulnerabilidad lo que nos hacía tener algo que decir. Nunca seríamos más escritores que aquella noche helada en que ambos éramos inéditos y teníamos un miedo atroz.
En esta casa, mientras tanto, aprendí y me entusiasmé mucho, pero les confieso siempre eché en falta algo. En mi osadía, me habría gustado que me invitaran a participar de ese festín de las palabras que ya formaba parte de mi riego sanguíneo, pero no sólo como observadora. No me bastaba con ser la entomóloga que estudia un prodigioso coleóptero sujeto con un alfiler a un corcho. Yo, y como yo muchos compañeros, ansiaba ser el coleóptero. Ansiaba revolotear un poco, llamar la atención, tal vez hacer un ruido inútil (pero ruido al fin y al cabo), experimentar algo fabuloso o tal vez estrellarme para empezar a tener algo que contar. Y contarlo, claro. Deseaba escribir. Ser leída. Medir mis fuerzas en el único lugar donde mis fuerzas eran tomadas en serio. Es decir: aquí.
Pero, en fin, ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: hoy estoy aquí y no ahí, entre los estudiantes. Tengo un papel en la mano, aunque hablo muy de cerca a quienes siento tan iguales a mí que las distancias estorban. He venido armada con mi entusiasmo antiguo y mi estupor reciente, a celebrar de corazón que exista por fin en la Facultad un premio literario al que tantos echamos tanto en falta. Un premio —como escribieron Eugenio Fernández Vidaurreta y Borja Bagunyà en el prólogo que acompañaba la edición de los trabajos de las tres convocatorias anteriores— que quiere sumar a la perspectiva teórica, lingüística, filológica, histórica y comparativa desde la que se analiza a nuestro literario coleóptero, un nuevo ángulo: el festivo.
Particularmente, me satisface la idea de celebrar la Literatura. Compartir las palabras como quien comparte un arroz. Alabar el punto exacto de cocción o la audacia de un ingrediente inesperado. Buscarle al plato parentescos o inventarle sucesores. Y sobre todo, congratularnos porque algo tan sutil pueda compartirse.
Quiero, por último, felicitar a los ganadores. En primer lugar, por hacer aquello que a Scott Fitgerald le parecía característico del genio: poner en práctica lo que se piensa. Esto es, escribirlo. Iniciarse en ese oficio que algo tiene de devoción sagrada y algo de trabajo de oficina. No sé si lo habrán hecho a fuerza de trabajar como catorce bueyes, tal y como confesaba hacer Flaubert o dedicando apenas 3 horas al día, entre paseos y meditaciones, como recomendaba T. S. Elliot. Ordenando a sus familiares que no llamen jamás antes de las 11, como hacía Henry Miller o poniendo el vecindario patas arriba para acallar el canto de un grillo que no le dejaba trabajar, como cuentan que hizo Juan Ramón. Tal vez hayan escrito en su escudo una única palabra (lo dijo de Henry James): Soledad. O puede que su necesidad de soledad sea tan grande que se vean forzados a escribir en el coche, como parece que hacía Raymond Carver o en un banco del parque del Retiro, como se cuenta de Valle Inclán. Nada de eso importa mucho, está claro. Lo importante sólo es escribir, haber escrito, y vislumbrar parte de esa certeza de mi amigo cuando ambos éramos inéditos: créanme: nunca serán más escritores de lo que ya son hoy.
Por cierto, si no fue esa noche de frío y copas debió de ser la siguiente, pero recuerdo bien haber buscado unos versos, haberlos apuntado con trazo grueso en un papel y haber sujetado el papel en el corcho que siempre tengo frente a mi mesa. La mesa, el papel, el corcho, hasta la casa y la ciudad… todo ha cambiado. Excepto los versos, que siguen allí. Y como que si algo me queda claro es que estoy aquí por ese amor a las palabras compartidas, quiero acabar con éstas, que para mí fueron, y son, y serán, un faro. Tienen que ver con la vida. Lo cual significa que tienen que ver con la escritura. Con lo que nos hace seguir escribiendo. Y son de Antonio Machado.

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera
aguarda sin partir y siempre espera
que el arte es largo y, además, no importa.


* La imagen de hoy es de Wamba, tomada en L'Astrolabi en octubre de 2009.

18 de marzo de 2010

Allá donde vaya, uno siempre...


Allá donde vaya, uno siempre acaba encontrándose con los que son iguales que él. La frase es de un libro estupendo de Francesc Miralles titulado Cafè Balcànic.
La cito porque llevo unos tres días instalada en esa frase. El martes por la tarde un amigo me citó en el Café de La Central del Raval. Es un amigo con el que llevaba 20 años sin mantener una conversación decente. Hace 22, fue alguien importante en mi vida. No sólo el primer escritor de carne y hueso que conocí, también un crítico de teatro que me ayudó con generosidad y sabiduría, cuando yo era una bisoña aspirante a escritora y una redactora de cultura recién fichada por un redactor-jefe suicida (e ignorante del profundísimo alcance de mi bisoñez). En fin, fue maravilloso hablar con Joan Casas, después de este tiempo, un poco más de tú a tú, ofrecerle la réplica que hace dos décadas no encontraba por ninguna parte. Hablamos -de literatura y teatro principalmente, como siempre- y luego nos separamos.
No me gusta quedar en La Central del Raval porque las conversaciones son de todo menos privadas. En este lugar la cita de mi querido Miralles cobra vida, y una tiene que interrumpir todo el tiempo las conversaciones para saludar a conocidos que vienen y van, y que tampoco hablan con privacidad, pobres. Pero durante mi encuentro con Joan Casas no pasó nada de eso. Nadie nos interrumpió. Oh, milagro.
Esta mañana a primera hora he llamado a un caballero con el que quería entrevistarme. Él es una pieza fundamental de la documentación de mi nueva novela. Un hombre de clase social, edad y pretensiones mayores que las mías. Vamos, que algo me decía que no teníamos mucho en común . Hasta que me ha dicho: "¿Conoces La Central del Raval?" y he comenzado a pensar que tal vez éramos más parecidos de lo que yo imaginaba.
Hemos charlado dos horas. La información que me ha proporcionado es para mí puro oro. Luego nos hemos despedido, conjugando unos pocos verbos en futuro -es interesante que queden cosas para otro día- y he aprovechado para comprar tres o cuatro libros sobre teoría del arte -Lledó, Dodler, Gasquet...- que me interesan para lo mismo: la obsesiva y ya peligrosa documentación de mi novela. Luego he vuelto al café, donde, muy oportunamente, me había citado con Elena Medel, y he abierto el ordenador, arrebatada de la euforia que me ha provocado la siguiente frase (pronunciada por el cajero, quiero decir por el chaval que me ha cobrado): "En la cafetería hay wi-fi gratis".
En estas, mirando la pantalla estaba, cuando alguien me ha saludado desde un rincón. La periodista y colega Elena Hevia, con cara de aburrida, un libro, un cuaderno y un agua sin gas sobre la mesa, esperaba a su entrevistada. Su cita era Pola Oloixarac, la que se supone que es la autora revelación de esta temporada, argentina y jovenzuela. Para la contra de su libro, publicado por Alpha Decay, aporté una frasecita hace no tanto. He besado a Elena, le he dicho que espero a otra Elena y he vuelto a mi pantalla. Entonces ha llegado un chaval con barba y gafas de concha. "Es Julián Ríos", ha dicho Elena. Más besos. Risas tontuelas. Congratulaciones. "Coño, ¿va a estar todo el mundillo literario del mundo mundial precisamente aquí?". He decidido escribir un post. Ha llegado Pola. No me presento. De hecho, creo que huiré antes de besarla, porque ella está contestando a las preguntas de Elena justo en este momento. Para ser rabiosamente actual, diré que en estos momentos, mientras yo escribo esto, Elena le pregunta sobre la provocación de su novela y ella responde: "Es como curioso porque yo no siento que la novela esté entroncada en la línea de ellos. Me parece divertido que haya sido leído de esa manera pero si vos analizás, la novela puede ser leída de otra manera. Primero, porque yo no pienso en mi novela como una provocación. Es una primera novela..." En fin. Mejor lo dejo, que esto es adictivo. Pola habla al ritmo que yo escribo. ¿O será al revés?
Bueno, ha llegado Elena. Como es una enferma virtual, como yo, estamos frente a frente, cada una con nuestro portátil. Pero os aseguro que enseguida cerraremos los aparatos, dejaremos la escritura a un lado y nos iremos a comer, que para eso hemos quedado. Al fin, la vida se impone a la literatura. Siempre y cuando la dejes, ¿no?
Y por supuesto, no nos quedaremos en el café de La Central del Raval, ese lugar donde la privacidad es imposible y una, horror, siempre termina encontrándose con otros que son exactamente iguales a ella.
El verdadero milagro, ahora que lo pienso, es que haya podido escribir este post y hasta ilustrarlo, con oportuna foto tomada in situ.

16 de marzo de 2010

Clientes muertos y libreros torpes


Hace poco me vi obligada a hacer una cosa absurda que todo escritor termina haciendo tarde o temprano: comprar mi propio libro. Fue en la Casa del Libro, en Sevilla. Necesitaba un ejemplar de "Los que rugen". Lo busqué (sin éxito) por las mesas de novedades, por los anaqueles ordenados por orden alfabético -Sanz, Santos (Mayra), Santonja...-, por la sección de "relatos". Nada de nada.
Finalmente, hice otra cosa que detesto: preguntar a uno de los libreros.

YO: Perdona, ¿tenéis un libro de cuentos que se llama "Los que rugen"?
LIBRERO: En la sección de infantil. Segunda planta.
YO: No, no, es un libro para adultos. Lo ha publicado Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Páginas de Espuma? Si es una editorial nueva, igual no lo tenemos.
YO: No, no es una editorial nueva. Llevan diez años.
LIBRERO: ¿Has mirado en la sección de novela?
YO: No, porque son cuentos.
LIBRERO: Pues en la sección de cuentos, entonces...
YO: No está. O no he sabido verlo.
(Cara de fastidio del Librero, como si le estuviera molestando mucho con mis preguntas. Va hacia el ordenador.)
LIBRERO: ¿"Los que suben"?
YO: (copiando su cara de fastidio) "Los que rugen".
LIBRERO: ¿De qué editorial has dicho?
YO: Páginas de Espuma.
LIBRERO: ¿Recuerdas el nombre del autor?
YO: Sí. Care Santos.
LIBRERO: ¿Care con K?
(¿Cuántas veces he oído esta pregunta a lo largo de mi vida?)
YO: Care con C. C de Cabreada. De Camión. De Calambre.
LIBRERO: ¿Es un autor español?
YO: Sí. Española. Es una mujer.
LIBRERO: ¿Sabes si es un autor vivo?
YO: Sí lo sé. Viva.
("Pero con ganas de matar").
LIBRERO: Lo siento pero no está en la base de datos.
YO: Es un poco raro. ¿Puedes volver a mirarlo?
LIBRERO: El libro debe de estar descatalogado.
YO: Más raro aún, porque salió en octubre pasado.
LIBRERO: Yo sólo sé que no lo...
(Cambio de ángulo y miro la pantalla. Ha escrito "Karen".)
YO: Es Care. Con C. Terminado en E. ¿Te lo apunto en un papel?
(Teclea con cara de asco lo que le acabo de decir.)
LIBRERO: ¿Has dicho "Los que rugen"?
YO: Exacto.

Se va y regresa, triunfalmente, con mi libro. Creo que sobran comentarios.

* La foto la tomó, más o menos en los mismos días, Victoria Rodríguez en Gijón.

7 de marzo de 2010

Damas y caballeros, con ustedes... ¡el genio Ifigenio!


Ifigenio es un genio en prácticas. Verde, muy elegante, aficionado a los crucigramas, perfecccionista... Como aún no ha conseguido el título, no tiene lámpara maravillosa y tiene que aparecerse en cualquier parte: botellitas de zumo, de leche, de agua, tazas del desayuno, tetra-bricks y ¡hasta cantimploras! No lo lleva muy bien, pero sabe que así será hasta que conceda su deseo número 999.999 y pueda por fin graduarse.
Mientras lo logra, Ifigenio cruza los dedos para que los niños que le hacen aparecer no deseen cosas demasiado difíciles, que le pongan en apuros o le obliguen a llamar a la oficina todo el rato. En realidad, sueña con que le pidan animales (es fácil concederlos, y están en el Catálogo de Deseos Homologados, que siempre lleva consigo). Pero no hay forma. Los niños de hoy en día no piensan las cosas, o quieren deseos tan abstractos, poéticos o exóticos que el pobre Ifigenio se vuelve loco a la hora de concederlos. Por no hablar de algunos deseos con los que no está de acuerdo en absoluto, como el de una niña guapísima que le pide convertirse en una planta, ¡habráse visto!

En fin. A finales de marzo Ifigenio se aparecerá en todas las librerías. Habrá versión en castellano y en catalán, ambas en Macmillan. La colección constará de seis títulos, y de entrada aparecen tres: Un ratón llamado Elefante, Quiero ser una planta y Ada, la genia. La ilustradora que ha obrado el prodigio de convertir a Ifigenio en esa figura simpática que veis es Issa Sánchez-Bella.
En la imagen tenéis a Ifigenio en compañía de Adrián, el protagonista del primer cuento. Es un niño muy listo, que sueña con tener un elefante, sólo que no ha pensado en un detalle importantísimo: para tener un elefante hace falta disponer de espacio donde guardarlo.
Añado que para mí es un cuento entrañable, porque Adrián -el de verdad- es mi hijo, y el elefante, su sueño incumplido. Por suerte, porque en esta casa nuestra sólo nos faltaría un elefante para estar de verdad al completo. Sólo deseo que sin un día conoce a Ifigenio, lleguen a un pacto razonable, como el del cuento que hoy he querido presentaros en exclusiva, navegantes.
¡Felices deseos!

4 de marzo de 2010

Una perlita publicitaria que he encontrado en la prensa de 1899: La baratura de Almacenes Las Indias


UNA MUCHACHA DE SERVICIO QUE TENÍA AHORRADAS 100 PESETAS PARA SU PRÓXIMO CASAMIENTO, NO SABIENDO CÓMO COMPONÉRSELAS PARA QUE LE BASTASEN PARA EL AJUAR COMPLETO DE LA CASA ENTRÓ, ACOMPAÑADA DE SU SEÑORA, POR CASUALIDAD EN LOS ALMACENES "LAS INDIAS" DE LA CALLE DE LA CANUDA Y COMPRÓ: UNA MANTILLA DE BLONDA, 7 PESETAS; UN RICO VESTIDO DE ARMUR NEGRO PURA LANA, 12 PESETAS; OTRO VESTIDO PAÑETE COLOR, 10 PESETAS; UNA DOCENA DE SÁBANAS DOBLADILLADAS, 18 PESETAS; UNA SÁBANA DE NOVIA PURO HILO, 8 PESETAS; UNA DOCENA DE TOHALLAS (sic) RUSAS, 6 PESETAS; UNA MANTA DE MATRIMONIO, DE LANA, 15 PESETAS; OTRA DE ALGODÓN, 1 PESETA; UNA DOCENA DE PAÑUELOS HILO, 3 PESETAS; Y AUN DE SU CAPITAL LE SOBRABAN 20, CON QUE COMPRÓ DOS ELEGANTES VESTIDOS DE LANA PARA SU MADRE Y SU HERMANA. EN VISTA DE TANTA BARATURA, SU SEÑORA COMPRÓ UN RICO TRAJE DE TERCIOPELO, 35 PESETAS, Y UNA CAPA DE PIEL DEL CANADÁ, 30 PESETAS; Y SALIERON HACIÉNDOSE CRUCES.