
24 de abril de 2009
23 de abril de 2009
Feliç Diada de Sant Jordi

Hoy, Diada de Sant Jordi, podemos vernos en las siguientes librerías, donde estaré firmando:
-De 12 a 13:
Llibreria Alibri (Rambla de Catalunya amb Gran Via)
-De 13 a 14:
Abacus (Passeig de Gràcia / Gran Via)
-De 16 a 17:
Llibreria Catalonia (Rda. Sant Pere).
-De 18 a 19:
El Corte Inglés (Avda. Diagonal)
-De 19 a 20:
Casa del Llibre (Passeig de Gràcia)
¡¡¡FELIZ DÍA DEL LIBRO, NAVEGANTES!!!
17 de abril de 2009
16 de abril de 2009
Cita a las doce y dos
Ramón de Campoamor: Y aunque de todo me salvé en el mundo, nunca pude salvarme de mí mismo.
14 de abril de 2009
Criaturita

No soy psicóloga. No soy educadora. No soy formadora de formadores. No soy médico. No soy una periodista experta en educación. No soy líder de la Liga de la Leche. Ni siquiera voy a las reuniones de la Asociación de Padres y Madres del cole de mis hijos. Tampoco soy jueza de menores.Soy madre. Esta es la única razón que me avala para escribir estas líneas.
Una de las mujeres que habla en estas páginas dice que las madres no debemos culparnos, ni dividirnos en bandos. Debemos hacer piña en torno a la maternidad. Hablar del asunto. Analizarlo. Reirnos de nosotras mismas. Ver los distintos puntos de vista: el de aquellas que han escrito y publicado sobre la maternidad y el de las verdaderas protagonistas de este trabajo. Es decir, las madres.
Este libro, pues, no tiene vocación de manual. Quiere ser un espejo. Un reflejo de nosotras mismas que de vez en cuando nos observa, sorprendido. Un puñado de amigas que ponen sus cosas en común, como en una terapia. Un rato de tertulia para hablar de lo que más nos interesa y al mismo tiempo curiosear, compatir, a veces mirando por el hueco de la cerradura.
Porque si algo tenemos claro las madres es que nos gusta contar batallitas. ¡Que suerte tenemos de estar tan acompañadas!
13 de abril de 2009
Lentitud del amor
Una vez conocí en un tren a una mujer que se ufanaba de no haberse enamorado jamás. Se había casado tres veces, eso sí, pero nunca había perdido la cabeza por un hombre. Eso, al parecer la hacía sentir muy orgullosa. Sin ir más lejos, me contó que en aquellos momentos regresaba de París, donde había pasado seis días con su marido. Iba camino de Barcelona, decía ella que «para respirar». «El amor es tan absorbente», opinó, «que en cuanto te descuidas, te esclaviza. Y yo no deseo ser esclava ni de mí misma.» Estábamos solas en el compartimento. Ella hablaba un buen castellano con acento francés y comía naranjas a la misma velocidad que contaba secretos. Nuestro breve espacio se llenó del olor dulzón del cítrico. Me invitó varias veces a participar en la merendola, pero yo prefería oler las naranjas a comerlas. Y no deseaba perderme detalle de la narración de su vida, que me acortó el largo viaje. De regreso, la convertí en protagonista de un relato. En realidad, pienso ahora, el verdadero protagonista no era ella, sino el tren que propició nuestra complicidad.
Se ha escrito mucho acerca de la relación entre el ferrocarril y el amor. En el siglo XIX, los primeros trenes supusieron una revolución de inmediatez y velocidad en los encuentros amorosos. Los amantes se subían al tren y llegaban descansados a sus destinos. Tecnología punta al servicio del amor.
Suele decirse que Gustave Flaubert, el novelista francés, no habría podido ser amante de Louse Colet de no haber existido el tren que unía París (donde vivía ella) con Rouen (la ciudad de él). Su idilio acaso fue mucho menos apasionado de lo que ella deseaba —a juzgar por sus cartas— y mucho más extenuante de lo que él estaba dispuesto a tolerar, pero sin el tren no habría sido nada de nada, pues la distancia que les separaba era lo bastante grande para que un agotador viaje en diligencia fuera una posibilidad muy poco apetecible.
Cada vez que subo a un tren me da por recordar a la comedora de naranjas y los amores de Flaubert y Louise. Me pregunto qué pasiones propiciará en nuestros días la alta velocidad. Qué conversaciones truncarán las menguadas horas de recorrido. O mejor aún: qué ciudades conocerán los atribulados viajeros que por culpa de un buen conversador, y aún poco habituados al ritmo de las cosas, se pasen de largo de sus destinos. A qué radio de acción puede extenderse el amor en estos modernos tiempos de ferrocarriles confortables. En el fondo, todos estamos de acuerdo con Flaubert. El amor es extenuante. Conviene abordarlo con lentitud.
Sin embargo, la lentitud merece que lleguemos pronto.
12 de abril de 2009
10 de abril de 2009
El país donde las flores posan
Calle concurrida de una gran ciudad a la hora de la comida. Un operario vestido con un mono de trabajo llega con su camión, lo aparca en mitad de un paso de peatones, desciende del vehículo teléfono en mano, cruza la calle a grandes zancadas, se detiene, abre el teléfono y observa un cerezo en flor. Elige la rama que más le gusta, sitúa el aparato a escasos tres centímetros de ella y toma una fotografía. La repite, por si acaso. Luego deshace el camino hasta la cabina de su camión, también a grandes zancadas, y vuelve al trabajo. El cerezo se queda allí, impertérito, precioso, a esperar al siguiente. Como si no le importara.
El escenario es Tokyo y el operario, por supuesto, tiene rasgos japoneses. Por más que pienso, y me esfuerzo en comprender que en lo esencial todos somos iguales en todas partes, no me resulta fácil imaginar a un transportista —pongamos— extremeño, protagonizando la misma escena. Prometo preguntarle a los muchos mensajeros que cada semana me visitan si alguna vez han dado un paso para capturar imágenes de flores fugaces con sus teléfonos móviles.
Es de las cosas que más me gustan de la cultura japonesa: cómo lo delicado, lo sutil, lo apenas perceptible, sobrevive con toda su fuerza en mitad de la prisa de la modernidad, de la tecnología, del mundo cada vez más pequeño y cada vez más superpoblado que todos padecemos.
«Por mucho que el mundo corra o por mucho que nos haga correr, siempre hay que reservar tiempo para lo que apenas dura», nos enseñan.
Por cierto. No creáis que es fácil fotografiar una flor en Japón. La competencia, por lo que acabo de contar, es dura. Retratando la de la imagen que acompaña estas líneas, que vivía la semana pasada en el parque de Ueno, en Tokyo, estábamos tres personas. Dos señoras japonesas y yo misma. Está claro que la modelo, muy ufana, ofreció su mejor pose a los muy honorables visitantes de este pequeño y a mi pesar inconstante rincón del ciberespacio.
21 de marzo de 2009
Futuro perfecto
Lo peor del futuro es que llega enseguida. Con lo placentero que es saborearlo cuando aún acecha, mientras ni siquiera es futuro, sino condicional, posibilidad íntegra que llena el presente de expectativas y sueños. Adoro el futuro abstracto de lo por venir, el que se conjuga en todos los modos posibles. El imperfecto —sólo en el nombre— de indicativo, tan contundente, tan seguro de sí mismo: Amarás. O el pretérito imperfecto de subjuntivo, un canto a la posibilidad, que sólo tiene de llano el lugar donde lleva el acento: Amaras. O mi favorito, el mejor de todos, hasta en el nombre: el futuro perfecto, tan de vuelta de todo que se le adivina la experiencia con sólo mirarlo: Habrás amado.
Adoro ese presente que se alarga a la espera del futuro, las zonas intermedias, la incertidumbre donde aún todo puede pasar. Una de las mejores zonas intermedias de mi vida es el momento de elegir el próximo libro que voy a leer. Me gusta tumbarme en mi sofá con vistas a la biblioteca. Ojear los lomos, reconocerlos desde lejos como se hace con los viejos amigos. Meditar un momento acerca de la posibilidad de volver a verles, de avivar de nuevo lo que nos unió. Descartar algunos sólo con presentirlos. Sin más motivo que aquella vieja verdad: todos los libros tienen un momento idóneo para atracar en la vida de alguien, y el momento de ciertos libros pasó para mí —me temo— hace tiempo. En cambio, hay muchos momentos aún por llegar, muchos títulos estupendos por descubrir. Puede que haya docenas de ellos que ni siquiera se han escrito aún y pensarlo —qué cosas— me hace feliz, como si el mundo fuera un lugar un poco mejor porque aún quedan cosas que contar.
Cuando elijo el próximo libro soy consciente de la gravedad de mi gesto: la vida tendrá una textura u otra dependiendo del nombre que habite en su cubierta, del temperamento y la honestidad del mago que conjure la historia. Querré que deje poso. Desearé que su lectura me haga otra persona distinta de la que soy cuando lo abro. Me gusta imaginarme como una sustancia a la que las palabras dan forma. Alguien imperfecto a quien la Literatura que degusta es capaz de hacer un poco mejor. Qué dicha.
Cuando llega la elección, el placer ya está casi consumado. Adoro decantarme. Conocer todas y cada una de las razones que me llevan a renunciar a unos títulos por otros. Quedarme con uno, abrirlo, olisquearlo, curiosear entre sus páginas como quien entra en el vestíbulo de un nuevo mundo, mordisquear la primera línea, detenerme a analizar a qué sabe. Y sólo después, sí, lanzarme. Aspirar a la perfección de este futuro a mi alcance.

La imagen: La primavera según Elia Olmedo (Barcelona, 2003)
Adoro ese presente que se alarga a la espera del futuro, las zonas intermedias, la incertidumbre donde aún todo puede pasar. Una de las mejores zonas intermedias de mi vida es el momento de elegir el próximo libro que voy a leer. Me gusta tumbarme en mi sofá con vistas a la biblioteca. Ojear los lomos, reconocerlos desde lejos como se hace con los viejos amigos. Meditar un momento acerca de la posibilidad de volver a verles, de avivar de nuevo lo que nos unió. Descartar algunos sólo con presentirlos. Sin más motivo que aquella vieja verdad: todos los libros tienen un momento idóneo para atracar en la vida de alguien, y el momento de ciertos libros pasó para mí —me temo— hace tiempo. En cambio, hay muchos momentos aún por llegar, muchos títulos estupendos por descubrir. Puede que haya docenas de ellos que ni siquiera se han escrito aún y pensarlo —qué cosas— me hace feliz, como si el mundo fuera un lugar un poco mejor porque aún quedan cosas que contar.
Cuando elijo el próximo libro soy consciente de la gravedad de mi gesto: la vida tendrá una textura u otra dependiendo del nombre que habite en su cubierta, del temperamento y la honestidad del mago que conjure la historia. Querré que deje poso. Desearé que su lectura me haga otra persona distinta de la que soy cuando lo abro. Me gusta imaginarme como una sustancia a la que las palabras dan forma. Alguien imperfecto a quien la Literatura que degusta es capaz de hacer un poco mejor. Qué dicha.
Cuando llega la elección, el placer ya está casi consumado. Adoro decantarme. Conocer todas y cada una de las razones que me llevan a renunciar a unos títulos por otros. Quedarme con uno, abrirlo, olisquearlo, curiosear entre sus páginas como quien entra en el vestíbulo de un nuevo mundo, mordisquear la primera línea, detenerme a analizar a qué sabe. Y sólo después, sí, lanzarme. Aspirar a la perfección de este futuro a mi alcance.

La imagen: La primavera según Elia Olmedo (Barcelona, 2003)
18 de marzo de 2009
Nada dura siempre o un buen motivo para un regreso

La literatura es un camino de largo recorrido en el que siempre hay que estar demostrando que una sigue estando en forma. En este momento de mi vida, me siento como un deportista que ha entrenado durante mucho tiempo y es capaz de batir sus propias marcas. Y no me refiero a subir a ningún escenario a recoger un premio, sino a ser capaz de contar la historia que deseabas contar, del modo en que querías hacerlo. La escritura gana con la madurez y yo estoy conquistando mi madurez, y me siento muy feliz de ello.
Sin embargo, no os alarméis sin motivo, porque todo pasa. La buena forma también es efímera. Todas las rachas llega un día en que se terminan. Llegará el día en que buscaré algo de lo que escribir y no se me ocurrirá nada. El día en que se me ocurrirán cosas que ya no interesen, que no emocionen, que no conecten con nadie. El día en que deje de entender el mundo y eso signifique que algo ha cambiado en mí.
No os preocupéis, pues, los que me encontráis grosera, pesada o zafia. Los que de vez en cuando visitáis este blog y dejáis claro la poca simpatía que os despierto. De todo esto, no quedará nada. Toda luz termina por apagarse. Y muy pronto, en apenas un parpadeo, nadie se acordará de si alguna vez leyó algo mío o que fue lo que le sedujo de mis historias. La memoria es breve y fugaz. En cuanto a mí, no hay que lamentarse, sino prepararse. Ser consciente. Madurar. La madurez ayuda a escribir. Entender ayuda a vivir.
En fin. Todo esto para deciros, queridos navegantes, que hoy tengo un feliz motivo para regresar. No puedo decir lo mismo del abandono en el que he tenido al blog durante estos días. A veces, las cosas ocurren sin ningún motivo. También el silencio a veces demanda su parcela, y una se concentra en otras cosas y se olvida de hablar, así, de pronto.
Un motivo para regresar: El martes por la noche me dieron el Premio Barco de Vapor de la Fundación SM y no se me ocurre mejor sitio para compartirlo con vosotros que éste. "El camino que habéis elegido es duro y largo, pero cuando os dé una satisfacción, será más grande que ninguna en la vida", dijo una vez Ana María Matute a un grupo de jóvenes escritores entre el que me contaba. Siempre me acuerdo de Ana María cuando ocurren cosas como la de anoche. Cuando las cosas van mal, me acuerdo de quienes me detestan y repaso un proverbio chino que dice: "Lo que más amo de mi imperfección es la alegría que provoca en los demás".
Es tarde y estoy agotada. En los últimos dos días apenas he dormido 8 horas. Mi próxima entrada será menos existencial, lo prometo. Pero no podrá ser más feliz. Buenas noches, navegantes. Gracias por esperarme.
Blog del premio, con videos y más AQUÍ

La primera imagen es de las oficiales. La segunda, de Rebeca Yanke, durante la rueda de prensa de ayer miércoles por la mañana, en la Asociación de la Prensa de Madrid.
14 de enero de 2009
Año nuevo, novela nueva (un arranque, en exclusiva para los lectores de este blog)
Aquellos que han nacido están destinados a morir y los muertos están destinados a ser llamados de nuevo a la vida. Tratado de Avot, 4, 22
CAPÍTULO PRIMERO
La presencia de Bel no perturba el silencio del hospital. Aunque nada más atravesar la puerta de entrada, ella siente el dolor de la gente que sufre en aquel lugar. Mira un momento a su alrededor, para situarse. Lee un panel indicador. Mira hacia la cabina del fondo, con los cristales cerrados, donde una enfermera mira la televisión de espaldas a ella. No puede verla. Luego, con paso seguro, recorre el pasillo hasta los ascensores. Las puertas están abiertas. Entra y pulsa el cinco.
A estas horas de la madrugada, los pasillos están desiertos. Los de la quinta planta están en penumbra, y eso le resulta agradable. Últimamente, la luz muy brillante le hiere los ojos. No sabría decir qué la guía, exactamente. Podríamos llamarle presentimiento. Bel sabe a dónde se dirige, lo siente, algo en ella sufre también, y ese dolor es la que dirige sus pasos con absoluta seguridad.
Camina ciento dos pasos. Ahora ha adquirido esa costumbre, la de contar sus pasos sobre la Tierra, como si eso fuera importante. Tuerce a la derecha, deja a la izquierda el puesto de la enfermera —donde no hay nadie— y entra en la Unidad de Cuidados Intensivos. Otra vez a la derecha, escoge una habitación, se detiene en el umbral. Observa.
«Dios mío, qué pálido está».
De pronto, siente unas ganas horribles de llorar.
Siente un nudo que le oprime la garganta. No todo es tristeza. También está el amor, que de pronto la ahoga.
«Por fin estoy contigo. Nunca me separaré de ti».
Avanza hacia la cama y mira fijamente a Isma. Sus ojos cerrados, sus manos dormidas a ambos lados del lecho, el tubo de plástico que sobresale de sus labios, el latido de su corazón dibujado en la pantalla de una máquina… a simple vista, sólo es un paciente luchando entre la vida y la muerte. Aunque para Bel es mucho, muchísimo más que eso.
Bel no sabe cuánto tiempo hace que Isma está inconsciente, aunque puede imaginarlo.
«Desde el día del accidente, desde aquella caída que aún no sé cómo pudo ocurrir».
Busca una silla y la acerca a la cama. Se sienta junto a Isma. No siente miedo a ser descubierta. Le agarra la mano y lentamente deja caer su cabeza sobre ella, le acaricia despacio con la mejilla, roza con sus labios los dedos de él. Susurra una promesa, con los ojos inundados de lágrimas:
«Averiguaré qué ocurrió. Y vendré a verte todos los días».
Se queda ahí, muy quieta, sentada junto a él, durante horas. A ratos, cierra los ojos y duerme un poco. Cuando los abre de nuevo, mira otra vez la cara de Ismael, y vuelven la rabia y el dolor, el amor y el desconcierto. Acuden a su mente escenas del pasado que han compartido. Entonces desea con todas sus fuerzas que se recupere, que abra los ojos, que pueda apartarse de estas máquinas que le ayudan a seguir respirando. Que viva.
Se oye el tictac lejano de un reloj en el pasillo. No tiene ni idea de qué hora es. Aún es noche cerrada. Besa los dedos de Isma uno por uno. Vuelve a cerrar los ojos.
La despierta un sonido de pasos. Alguien camina a toda prisa por el pasillo. Sabe lo que significan: el inicio de un nuevo día en el hospital, la llegada de las primeras enfermeras del turno de mañana, el fin de la calma nocturna. Mira por la ventana y se da cuenta de que está amaneciendo.
«Será mejor que me vaya».
No le importa el tubo que sobresale de los labios de Isma. Tampoco que ni siquiera haya reparado en su presencia. Siente que su corazón late a mil por hora cuando se acerca a él y le besa. En ese momento, Bel recuerda el cuento de la Bella Durmiente y piensa que sería genial que ocurriera lo mismo. Sería genial que su beso de amor rompiera el hechizo de la muerte. Pero no ocurre. No ocurre nada. Isma sigue dormido, y ella tiene que irse. Aunque le duela, aunque lo último que desee en el mundo sea separarse de él.
«Volveré cada madrugada hasta que despiertes».
Cree que de algún modo Isma se da cuenta de que ella ha recorrido una larga distancia para verle. Que de algún modo, la presiente. También sabe que lo que siente por él es lo que la ha guiado hasta aquí, lo que la empuja a seguir adelante.
Deja la silla en su lugar.
Deposita un largo beso sobre los labios resecos y entreabiertos del paciente.
«Hasta mañana, amor mío».
Y sale sin hacer ningún ruido. No le cuesta nada llegar hasta la calle.
La imagen: Arturo Sinclair, Amor y muerte
1 de enero de 2009
Propósitos para que algo comience
Besar sin llevar la cuenta, frecuentar más el medio acuático, dar mil pasos cada día sin necesidad de fijarles un rumbo, cantar sin bajar el volumen, escuchar el silencio con los ojos cerrados, abrir los ojos en la oscuridad y respirar hondo, no amar nada con prisas, no odiar nada sin causa (ni odiar nada), leer sin mirar el reloj.Ordenar la mesa de vez en cuando, no sé, una vez al mes, o al trimestre, para por lo menos conocer la sensación de cómo se trabaja en un lugar donde reina el orden.
Caminar por una calle mojada de cualquier parte del mundo en compañía de alguien a quien me guste escuchar.
Escribir como respirar. No se respira deprisa (sería absurdo) ni porque otro te lo pida. De vez en cuando, es necesario recordar cómo se respira, y saber apreciarlo.
La imagen de hoy, de Glenn Karlsen
25 de diciembre de 2008
La continuidad de las cosas
Me encanta celebrar la continuidad de las cosas. Me hace feliz desplegar un mantel navideño pensando que sobre él desmigarán el pan aquellos que más me importan. Veo en ese gesto tan simple de arrimarse a la mesa una rememoración entrañable de las muchas comidas navideñas de mi niñez: ahí está el gesto querido de la abuela que ya no está, la presencia real del bisabuelo a quien no conocí, mi padre contando anécdotas divertidas frente a un plato humeante que huele a gloria, las fuentes repletas de sabores por estrenar o de dulzores emocionantes que siempre me agarraban por sorpresa, las navidades en que fui por primera vez invitada en la casa paterna, y de ahí a las primeras navidades de mi madurez, cuando por primera vez creí decidir el menú —¿fue ese, acaso, uno de mis primeros gestos como persona adulta?— aunque terminé por servir los mismos platos que comí de niña en las navidades que decidía mi madre, igual que me esforcé por encontrarle el punto exacto a cada plato, la perfecta imitación de los sabores que amamos. Y, al fin, la primera vez en que animé a mi hijo a probar sabores nuevos, los mejores, aquellos que, como hicieron los griegos y los romanos, hemos traído de alguna parte sólo con esta excusa efervescente de la celebración que nos une.
De modo que ahora miro esos ojillos brillantes de emoción y les digo: «Prueba, cariño, verás lo rico que está». Y esas palabras lo contienen todo. Los menús de mi madre, de mi abuela y mi bisabuela, las palabras de mi padre durante las sobremesas, los sabores presentes y pasados, el futuro de la mesa que un día engalanarán mis hijos y sobre la que reposarán, como un plato más, los recuerdos que aún no conozco, aquellas en las que ya no estaré y que ya les pertenecerán por completo a ellos, los que amo, y a la memoria. Y a las palabras que inventaron aquellos de los que ya no recordamos nada más.
La imagen de hoy: el reptil de nuestro belén, de hace 3 años.
14 de diciembre de 2008
Libros (y libreros) sin fronteras
De las cosas que más me gustan de mi vida nómada son los almuerzos con libreros. Hace poco he tenido la suerte de compartir pan y sal (qué bíblico me ha salido) con dos de los mejores libreros de este país y en dos almuerzos distintos. Fernando, de librería Estvdio de Santander y Estrella, de librería Oletvum de Valladolid. A Estrella me la reservo para otro post, que da para mucho. Dejadme hoy que os hable de Fernando y de Julián, su encargado de Literatura Infantil y Juvenil. ¿Cómo se reconoce a un buen librero? Lo primero, por el entusiasmo. Por ese brillo en los ojos que se le pone cuando te enseña su librería, cuando te habla de las obras o de las ampliaciones o de cómo coloca sus libros favoritos en una mesa intocable y lucha para que el aluvión de novedades no las desplace de inmediato. Un buen librero, he aprendido, es aquel que cuida con celo su mesa de recomendados. Por supuesto, por lo que contiene esa mesa también se reconoce a un librero de raza, y por sus recomendaciones de sobremesa, por supuesto. Un consejo: jamás desatendáis las recomendaciones de un buen librero.
En un almuerzo reciente en Santander, después de pasar la mañana en Estvdio, una librería-refugio, donde los pasos resuenan sobre la madera y hay rincones dedicados monográficante a Ediciones del Viento, Impedimenta, Anagrama o Libros del Asteroide (por citar algunas editoriales suculentas), Julián me habló de sus filias como lector-devorador de literatura juvenil. Repasamos algunos títulos clásicos de álbumes ilustrados, esa puerta de entrada al mundo de la lectura para los más pequeños: Donde viven los monstruos, Vamos a cazar un oso, Los tres bandidos, Yo... y poco a poco fuimos llegando a otro tipo de clásicos. La Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, tan repleta de sueños infantiles —empezando por la libertad y la anarquía absolutas en las que vive— que sólo podía ser un clásico, o Historias de Winny de Puh, de A. A. Milne, un libro publicado con esmero por Valdemar —colección Avatares, nº 40— que reúne en un magnífico volumen los dos libros que el autor inglés, íntimo amigo de Barrie, dedicó al oso glotón —Winny de Puh y El rincón de Puh— junto con las ilustraciones originales de E. H. Shepard.
Lo leí ayer, de un tirón, durante un azaroso viaje de regreso desde Valladolid. Y resultó una lectura tan estupenda que este post pretende ser una muestra de agradecimiento a Julián, por recomendármelo. Me reí con las ocurrencias de Winny y su pandilla, disfruté eligiendo a mi personaje favorito, que es el desdichado burro Iíyoo, al que le pregunta Winny en un momento dado: «¿Cómo estás?» y él contesta: «No estoy muy cómo. Hace mucho que no estoy cómo», me pareció acertadísimo el juicio negativo que emite Conejo cuando sabe que al bosque ha llegado un extraño, que es un canguro: «Un animal del que ni siquiera habíamos oído hablar. Un animal que lleva a su familia metida en un bolsillo». Y, por supuesto, me emocioné con la historia verdadera que hay tras el cuento: Milne escribió estos dos libros para su propio hijo, el Christopher Robin real (1920-1996), quien para sus juegos disponía de varios "amigos" de peluche: un oso, un cerdito, un tigre, un canguro y un burro. El final del segundo libro es emocionante, cuando se nos dice que Christopher Robin se va, aunque no se sabe a dónde, y él y Winny se prometen mutuamente ser siempre fieles al recuerdo de lo que juntos han compartido. Es una preciosa alegoría de la infancia y de su final, como el libro está repleto de emocionantes y divertidos guiños a un montón de lugares comunes de la madurez. Es un libro que puede leer tanto un niño como un adulto, aunque Julián —y no sólo él— se lamentan de que la gente no conoce el clásico de Milne y sólo pide el osito Puh de Disney, sin saber que al rey midas del cine para niños casi no le hizo falta añadir nada a la historia original o a los dibujos de Shepard para crear su película sobre el mismo personaje.
Como curiosidad: no hace mucho, en un viaje a Nueva York, me encontré con Winny de Puh y sus amigos, Porquete, Iíyoo y los demás, en la Quinta Avenida. Por algún avatar, los peluches reales con quienes jugaba Christopher Robin Milne
terminaron en la Biblioteca Pública neoyorquina, en el interior de una vitrina, y sus gastados pellejos transmiten una emoción idéntica a la que sentí cuando, ayer muy de madrugada, en el seno de un avión retrasadísimo, terminé de leer el segundo de los libros. De modo que si no sabéis que leer estas Navidades, supongo que a Julián le hará feliz saber que su consejo de librero experto llega también a los lectores de este blog, no menos duchos en tantas cosas importantes, por cierto.
En un almuerzo reciente en Santander, después de pasar la mañana en Estvdio, una librería-refugio, donde los pasos resuenan sobre la madera y hay rincones dedicados monográficante a Ediciones del Viento, Impedimenta, Anagrama o Libros del Asteroide (por citar algunas editoriales suculentas), Julián me habló de sus filias como lector-devorador de literatura juvenil. Repasamos algunos títulos clásicos de álbumes ilustrados, esa puerta de entrada al mundo de la lectura para los más pequeños: Donde viven los monstruos, Vamos a cazar un oso, Los tres bandidos, Yo... y poco a poco fuimos llegando a otro tipo de clásicos. La Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, tan repleta de sueños infantiles —empezando por la libertad y la anarquía absolutas en las que vive— que sólo podía ser un clásico, o Historias de Winny de Puh, de A. A. Milne, un libro publicado con esmero por Valdemar —colección Avatares, nº 40— que reúne en un magnífico volumen los dos libros que el autor inglés, íntimo amigo de Barrie, dedicó al oso glotón —Winny de Puh y El rincón de Puh— junto con las ilustraciones originales de E. H. Shepard.
Lo leí ayer, de un tirón, durante un azaroso viaje de regreso desde Valladolid. Y resultó una lectura tan estupenda que este post pretende ser una muestra de agradecimiento a Julián, por recomendármelo. Me reí con las ocurrencias de Winny y su pandilla, disfruté eligiendo a mi personaje favorito, que es el desdichado burro Iíyoo, al que le pregunta Winny en un momento dado: «¿Cómo estás?» y él contesta: «No estoy muy cómo. Hace mucho que no estoy cómo», me pareció acertadísimo el juicio negativo que emite Conejo cuando sabe que al bosque ha llegado un extraño, que es un canguro: «Un animal del que ni siquiera habíamos oído hablar. Un animal que lleva a su familia metida en un bolsillo». Y, por supuesto, me emocioné con la historia verdadera que hay tras el cuento: Milne escribió estos dos libros para su propio hijo, el Christopher Robin real (1920-1996), quien para sus juegos disponía de varios "amigos" de peluche: un oso, un cerdito, un tigre, un canguro y un burro. El final del segundo libro es emocionante, cuando se nos dice que Christopher Robin se va, aunque no se sabe a dónde, y él y Winny se prometen mutuamente ser siempre fieles al recuerdo de lo que juntos han compartido. Es una preciosa alegoría de la infancia y de su final, como el libro está repleto de emocionantes y divertidos guiños a un montón de lugares comunes de la madurez. Es un libro que puede leer tanto un niño como un adulto, aunque Julián —y no sólo él— se lamentan de que la gente no conoce el clásico de Milne y sólo pide el osito Puh de Disney, sin saber que al rey midas del cine para niños casi no le hizo falta añadir nada a la historia original o a los dibujos de Shepard para crear su película sobre el mismo personaje.
Como curiosidad: no hace mucho, en un viaje a Nueva York, me encontré con Winny de Puh y sus amigos, Porquete, Iíyoo y los demás, en la Quinta Avenida. Por algún avatar, los peluches reales con quienes jugaba Christopher Robin Milne

terminaron en la Biblioteca Pública neoyorquina, en el interior de una vitrina, y sus gastados pellejos transmiten una emoción idéntica a la que sentí cuando, ayer muy de madrugada, en el seno de un avión retrasadísimo, terminé de leer el segundo de los libros. De modo que si no sabéis que leer estas Navidades, supongo que a Julián le hará feliz saber que su consejo de librero experto llega también a los lectores de este blog, no menos duchos en tantas cosas importantes, por cierto.
9 de diciembre de 2008
Normalidad, dulce normalidad
Tal vez ahí esté la clave de todo. Tal vez sólo escribo para alejarme de mí misma. Es por lo mismo que me gusta nadar, me figuro: dentro del agua mi naturaleza se diluye y el mundo, también, con sus colores, sus olores y sus ruidos. Me gusta hacer planes con mis hijos porque mientras estoy con ellos también soy un poco menos yo: sólo soy la parte de mí que ellos necesitan. Y podríamos continuar, si no fuera muy tarde y el fin de semana de tres días no me hubiera dejado extenuada.
Así que termino concluyendo:
Cosas que aprendí en este puente:
1) cumplir años para detestarse es una desgracia sin remedio
2) el contacto con ciertas estrellas deja un calor brillante en la piel
3) este año se llevan los adornos navideños peludos
4) la normalidad es una droga adictiva que en fechas de guardar crea síndrome de abstinencia
5) a los reyes magos, voy a pedirles unos pies de pato
1) cumplir años para detestarse es una desgracia sin remedio
2) el contacto con ciertas estrellas deja un calor brillante en la piel
3) este año se llevan los adornos navideños peludos
4) la normalidad es una droga adictiva que en fechas de guardar crea síndrome de abstinencia
5) a los reyes magos, voy a pedirles unos pies de pato
La imagen: la de siempre, la odiosa, en no sé qué tele de no sé qué sitio
5 de diciembre de 2008
Cita a las doce y dos
Un gran amor, esa cosa impronunciable emponzoñada de trivialidad, probablemente empezó con el deseo de vivirlo.
Cees Nooteboom, ¡Mokusei! (Siruela, 1994)
Cees Nooteboom, ¡Mokusei! (Siruela, 1994)
4 de diciembre de 2008
Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas
y lo que digo sucede en un discurso perdido o
en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido
y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
que grito y eco, gesto y comprensión
todo lo habitual,
es como algo regalado para siempre que de repente puede
extinguirse, y que és está solo
en mitad de la vida.
De En mitad de la vida, de Hermann Broch (Igitur, 2004)

La imagen de hoy, del De Im Here, en Flickr
y lo que digo sucede en un discurso perdido o
en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido
y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
que grito y eco, gesto y comprensión
todo lo habitual,
es como algo regalado para siempre que de repente puede
extinguirse, y que és está solo
en mitad de la vida.
De En mitad de la vida, de Hermann Broch (Igitur, 2004)

La imagen de hoy, del De Im Here, en Flickr
3 de diciembre de 2008
2 de diciembre de 2008
Ocho maneras de contar

Carlo Frabetti, Antonio García Tejeiro, Ricardo Gómez, Alfredo Gómez Cerdà, Andreu Martín, Gonzalo Moure, Care Santos, Jordi Sierra y Fabra.
Ocho maneras de contar, ocho estilos de escribir, ocho formas de pensar, ocho miradas distintas al mundo y a la literatura.
Ocho escritores que, tras coincidir en El Juego Literario de Medellín (Colombia), descubren que las diferencias son interesantes, curiosas, enriquecedoras y nos lo quieren contar, cada uno a su manera.
Publicado por Ediciones SM.
1 de diciembre de 2008
Soy del club de fans de E & B
Pues es la verdad verdadera: hace unos días me animaron a formar parte del club de fans de Epi y Blas (o Ernie y Bernie, en Estados Unidos; o Enrique y Beto en América Latina)... y acepté. Ahora soy miembro numerario del club de fans de dos amiguitos de trapo que animaron mi infancia. Lo pone en mi ficha, que pueden ver mis (a día de hoy) 177 amigos y lo peor es que no me avergüenza. Imagino que habrá clubes de fans peores a los que pertenecer.Sí, navegantes, he caído, del mismo modo que un día ya lejano caí en esto y me hice blogger: me he hecho usuaria de Facebook. Lo cual prueba que mi alma virtual es mucho más débil de lo que yo creía. Empiezo a pensar que todo esto no es más que una maniobra de mis enemigos (pocos pero tenaces, a la par que imaginativos) para alejarme para siempre de los libros y sumirme en una ruina total propiciada por Internet.
Sí, el invento es gracioso, te permite contactar de nuevo con gente del cole a quien hace siglos que no ves (algunos siguen igual de odiosos después de 20 años) y tener un contacto rápido, freuente y superficial con muchas personas. Rápido, superficial y frecuente... el paradigma de nuestros tiempos, eso es Facebook. En general, me parece algo divertido y útil, pero también hay algunas cosas que me mosquean un poco.
Y lo que más me mosquea es que Facebook exalta la infantilización definitiva de nuestras relaciones. Ya se sabe que hoy en día la gente quiere ser adolescente a los 40. La juventud se reivindica como un bien valioso, los jóvenes no acaban de crecer ni de asumir que ya no son jóvenes, a la gente le molesta el adjetivo "maduro" -¡con lo que cuesta alcanzarlo!- y, por si no bastara, ahí está Facebook para reducir nuestras relaciones a una adolescencia perpetua. Tus amigos, esos a quienes creías gente sensata, centrada en su trabajo y su familia, incluso escritores admirables, de pronto te envían un mensaje para que te unas a su causa. La causa puede llamarse "Lobotomización de Jiménez Losantos" o "Ahorra agua, dúchate con alguien" (por citar dos a las que me he unido, de modo que soy tan pecadora como ellos). Pueden crear un club de fans de otro amigo a quien apenas conoces y cuyo único mérito parece ser hacerse fotos en calzoncillos (consultables en Facebook) o darte "un toque" (gesto que no sirve para nada, más que para saber que alguien te dio un toque). Pueden agregar fotos para que les veas o enviarte una instructiva encuesta que te permita descubrir qué personaje de South Park, los Pitufos o Bola de Dragón serías si formaras parte de la serie. ¿Suena a pérdida de tiempo? Pues sí, porque lo es: una soberana pérdida de tiempo. Pero incluso eso me parece menos punible que la infantilización de nuestras vidas.
De modo que para reivindicar la madurez que tanto me ha costado conseguir, y en la que me siento tan confortablemente instalada, he decidido aplicar algunas medidas de choque (léase métodos de defensa) en mis relaciones "facebookiles": no pienso unirme a ningún otro club de fans; con el de Epi y Blas basta y sobra. No contestaré encuestas, de ninguna clase. Me basta con las entrevistas de los periodistas que no leen los libros de los que hablan, gracias. Sólo apoyo causas que me despiertan emociones verdaderas, y aún así me lo pienso mucho. El resto, las "ignoro", elegante verbo para decir que paso olímpicamente. Y a los eventos que me invitan, siempre digo que quizá asista, porque la esperanza -y la ocasión- es lo último que se pierde.
"Ignorar". Interesante verbo. Seamos malos e imaginemos la vida en clave de Facebook: ¿cuántas cosas merecerían nuestra ignorancia, de lo que ocurre cada día? Ojalá todo se presentara seguido de la pregunta que es estrella en este juego -que es la vida- del Facebook: ¿Deseas unirte a esta causa? Aceptar. Ignorar. Y yo llevo el cursor, lenta e inexorablemente, con mano segura, hacia lo que debe ser.
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