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27 de febrero de 2008

Una casa para siempre (microcuento)

Desde que cumplí siete años, visité a mi abuela Teresa cada domingo por la tarde. Ella vivía en un piso grande, gélido y lleno de sombras que no quedaba lejos de nuestra casa. En invierno, mi abuela se refugiaba en el salón, con la televisión encendida y una estufa de butano. En verano, las ventanas estaban abiertas y cenábamos nada más ponerse el sol sobre la mesa junto al ventanal. Luego mi abuela me contaba historias. Algunas buceaban en el pasado familiar. Otras indagaban en los secretos del barrio. Las había extraídas de la prensa del corazón y basadas en descubrimientos sorprendentes. No era extraño que Teresa hablara de marcianos colonizadores o muertos que regresaban de su tumba para visitar a los vivos, con la misma naturalidad con que hablaba de Soraya y el Sah de Persia o del tendero de la esquina quien, por cierto, podría haber sido mi padre, según me reveló una vez.
Cuando caía la tarde, mi abuela y yo salíamos. Caminando sin prisa y apoyándose sobre su bastón, ella recorría a mi lado las dos calles que nos separaban de la vieja casa familiar, deshabitada desde hacía décadas. Acudíamos allí con la importante misión de supervisar el trabajo de los albañiles, ya que mi abuela había decidido de pronto realizar importantes reformas en la casa. Yo la ayudaba a inspeccionar todos los detalles, desde la colocación de los azulejos que había elegido para los cuartos de baño hasta el tono de las nuevas persianas. La reforma fue integral, e incluyó derribos de tabiques, restauración de mosaicos y la instalación de muebles y electrodomésticos nuevos. En una de las paredes del salón, mi abuela mandó instalar un mural de enormes dimensiones donde se veía una casa oscura a la orilla de un lago, una cumbre salpicada de nieve y un cielo veteado de nubes blancas e inofensivas como algodón. «Me han dicho que es Suiza», explicó mi abuela, «lo he elegido porque es relajante, la típica foto que mirarías durante años y años».

Una vez le pregunté cuándo pensaba instalarse en la casa.
«Cuando me retire», me contestó, sin más explicaciones.
Mi abuela tenía una tienda de objetos de regalo que era toda su vida. Día tras día, a las nueve y media de la mañana, abría las puertas de la tienda. A la una y media se marchaba a casa a comer y regresaba por la tarde, para cumplir con su horario comercial sin un solo retraso. De cuatro a ocho. De lunes a sábado, toda su vida. Sin vacaciones. Si alguien le preguntaba cuándo pensaba tomarse vacaciones respondía: «Yo estoy de vacaciones todo el año». Si alguien le hablaba de retirarse decía: «Cuando termine las obras de la casa».
La última vez que fuimos a la vieja casa familiar, ésta ya presentaba un aspecto impecable. El salón estaba perfectamente amueblado, con su televisor en color sin estrenar, cubierto por un plástico. La nevera, el lavavajillas, el horno, la lavadora… todo estaba aún dentro de los embalajes con que llegaron de la tienda. La cama estaba hecha con sábanas recién compradas. En el cuarto de baño no faltaba nada: ni siquiera el cepillo de dientes, también nuevo. La esponja era natural y estaba dentro de un cilindro de plástico. No le había quitado ni el precio.
Sólo volví a la casa una vez más. Fue el mismo día del entierro de mi abuela. Me hizo sentir muy triste descubrir la pátina de polvo que se había acumulado sobre los embalajes y los muebles nuevos. Me senté un momento sobre el sofá del salón, que también estaba cubierto por un plástico, y contemplé el mural de la pared. Mi abuela tenía razón: inspiraba un enorme sosiego. Pero había algo más, una presencia invisible que me ayudó a sentirme mejor. De pronto, fue como si estuviera junto a ella a la orilla de un lago suizo. O como si ella estuviera por fin en el lugar donde tanto había deseado estar.
Mi madre heredó la casa y todo su contenido. Apenas un mes después, decidió venderla. No fue difícil encontrar un comprador, que quedó maravillado con el aspecto que presentaba todo. La tarde en que mis padres acudieron al notario para formalizar la venta, yo me quedé en casa, estudiando. Nuestro perro, un gran danés joven y valiente, dormitaba a mis pies. De pronto, el perro comenzó a gruñirle a la oscuridad del pasillo. Tenía la mirada fija en un punto muy concreto y enseñaba los dientes como si se enfrentara a un enemigo. Entonces escuché una fuerte respiración junto a mi oído derecho. Ni la televisión ni la radio estaban conectadas. No fue un sonido que pudiera confundirse con otro. Fue algo claro, conciso, insistente: una respiración fuerte, como enfadada, como enloquecida. Se repitió un par de veces más, amenazadora. En ese instante, el perro huyó de mi habitación en dirección a la cocina. Yo también salí, muy asustada, y me refugié en el balcón, el único lugar donde me sentía a salvo, a esperar a que regresaran mis padres.
Nadie se atrevió a buscarle una explicación a lo que había ocurrido. Creo que, en el fondo, todos comprendíamos los motivos que tenía mi abuela para estar muy enfadada. La imaginé contemplando el paisaje suizo rodeada de personas extrañas, y por un momento experimenté su misma rabia.

La imagen de hoy: Hrisey

2 de noviembre de 2007

Un viaje a Sant'Agata (minicuento quasi-inédito y de fantasmas)


La primera vez que puse los pies en la Villa Verdi de Sant'Agata me dije: «En este lugar sólo se puede ser músico o estar muerto».
Fui hasta allí con Alicia, que en aquella época ya coleccionaba réquiems famosos. El de verdi —«la misa de difuntos más operística o la ópera más fúnebre de la historia de la música», solía decir— era de sus favoritos.
«Verdi compró esta casa en un momento de felicidad, éxito y producción máximos y se instaló en ella con Giuseppina Strepponi, una soprano que acababa de retirarse de los escenarios. El compositor vivió aquí hasta su muerte, en el año 1901, aunque ésta no se produjo entre las paredes de su casa, sino en un hotel, en Milán», decía nuestra guía, que Alicia iba leyendo en voz alta mientras avanzábamos por las diferentes habitaciones del que fue el hogar de los Verdi.
—Giuseppina fue muy popular. Debía su fama no sólo a su talento musical, sino a su tempestuosa relación con el tenor Napoleoni Moriani, con quien tuvo dos hijos. Él nunca los reconoció como propios, por cierto —me informaba Alicia.
No me pareció que el rastro de Verdi hubiera quedado suspendido en el aire de aquellas habitaciones. El de Giuseppina, en cambio, se adivinaba en cada rincón, en la colocación de cada pequeño ornamento. Nos detuvimos frente al retrato de un perro que colgaba de una de las paredes del salón. Llevaba un ridículo lazo azul en la cabeza.
—Es Lulú —explicó Alicia—. Le tenían mucho afecto.
En un claro del jardín visitamos con toda solemnidad la tumba de Lulú.
«Alla memoria di un vero amico», rezaba la lápida.
—Debe de estar muy solo alguien que dedica palabras como éstas a una mascota —pensé en voz alta.
—¡Ya lo creo que lo estaba! —añadió Alicia—. Hacía tiempo que se había quedado sin ni un rival. Donizzetti, Rossini... todos habían muerto. Él era el último de los compositores de su tiempo. Ese fue el estado de ánimo con que compuso el Réquiem.
Me dije: «¿Acaso hay alguien más solo que aquel a quien ya no le quedan enemigos?».

* * *

Tropecé en la puerta del lavabo con un hombre de porte distinguido. Vestía chaqué y llevaba alcuello un pañuelo de seda deslucida. Cuando entré en la sala del piano le encontré intercambiando opiniones con mi mujer.
—¿Quién es? —le pregunté a ella, en cuanto el hombre continuó su camino.
—No lo sé. Dice cosas preciosas sobre el Réquiem. Y se nota que es alguien que entiende. Me cae bien —dijo ella.

* * *

Nunca he creído en estas cosas y no puedo achacarlo más que al efecto de la casualidad pero ayer era ya muy tarde cuando cayó en mis manos el suplemento de viajes de un periódico nacional y tropecé con el artículo que me ha llevado a toda esta rememoración. Hablaba del fantasma de Villa Verdi, un asunto muy apropiado para leer en la madrugada durante la cual, se supone, las ánimas de todos los difuntos deambulan a sus anchas por el mundo de los vivos. Casualidad o no, lo leí asombrado. En el artículo una periodista cuyo nombre me sonaba de otros trabajos, aseguraba haber fotografiado —por casualidad, decía varias veces— a un espectro que se apareció en la sala del piano de Villa Verdi, en Sant'Agata.
Cuando Alicia se dio cuenta de qué era lo que centraba mi atención desde hacía un rato, se quitó las gafas pausadamente, dejó el libro que leía sobre su regazo aboatinado, y dijo:
—Ahí dice que es Moriani, pero yo no lo creo.
Su seguridad me causó cierta sorpresa.
—Es el hombre que conocimos allí, ¿te acuerdas? —añadió—. Creo que tú tropezaste con él en el aseo.
Miré la foto que ilustraba el artículo. No se distinguía nada. Por lo menos, a simple vista. No niego que necesito revisar la graduación de mis lentes, pero dudo que un escéptico como yo hubiera logrado ver al espectro ni en el sillón de pruebas de un óptico.
—¡Es Manzoni! —aseguró mi mujer, presa de una repentina excitación—, ¿no lo ves?
Ni siquiera sabía de qué estábamos hablando. Para empezar: ¿estábamos hablando?
—¡Alessandro Manzoni! ¿Cómo es posible que no le recuerdes? —continuó—. Hablaba muy bien y dijo cosas preciosas acerca del Réquiem. Conversé muy poco con él, qué lástima. Pero, claro, en aquel momento no podía sospechar quién era.
La miré desde una enorme distancia.
—¡Manzoni, caramba! ¿Estás tonto? —dijo ella, pasando de la exaltación a la regañina (típico de Alicia)—. ¡El escritor romántico! ¡El de "Los novios"! —describió un gesto impreciso con el brazo en dirección a los miles de volúmenes que se amontonan en nuestra biblioteca—. Su novela está por ahí...
Yo seguía sin reaccionar como ella deseaba, al parecer.
—Me explicó que él se había investido en conservador no oficial de la memoria de Verdi (aunque le llamó «maese Giuseppe»). Dijo que tenía con él una deuda eterna —mi mujer hizo una pausa. Me miró—. ¿Comprendes? ¡La deuda es el Réquiem! ¡Lo que te estoy contando pone los pelos de punta!
Permanecí atento, procurando que se me pusieran los pelos de punta para complacer a mi dulce Alicia.
—Aquel hombre dijo que lloraba cada vez que escuchaba el Réquiem. Le confesé que a mí también me pasa. Y él dijo: «Cómo se lo agradezco, señora, ahora también tengo una deuda eterna con vos, por recordar». Sólo eso. Luego, se fue. Se esfumó, diría yo. ¡Qué caballero más especial!
Alicia dejó escapar un suspiro tan romántico como el caballero que lo había motivado.
Antes de volver a sumergirse en su lectura, añadió una frase más:
—¿No es encantador, que los fantasmas lloren al escuchar su propia misa de difuntos?

28 de agosto de 2007

Laxdalshús (cuento inédito)


Para Alicia, partera

—Cuando llegué aquí, yo era como ustedes —dijo el hombre pálido del pelo rojo—. Yo también tenía prisa. Sentía una inmensa curiosidad. Me disgustaba cualquier contratiempo. Luego, el paso del tiempo se encargó de todo. A ustedes les ocurrirá lo mismo.
Sus pupilas, de un azul transparente como el hielo, rastreaban sin cesar la biblioteca repleta de volúmenes amarillentos. Miró hacia el fiordo solitario. Suspiró, dejándose caer en la butaca, y adoptó un aire melancólico. Vestía levita y aparatosos zapatones con hebillas. El disfraz hubiera causado mayor impresión después de un lavado y un zurcido.
Alicia apuró el café. El sonido de la cremallera de su mochila al cerrarse sonó como un colofón.
—Todo lo que nos ha contado es muy interesante —dijo mi mujer—. Ese señor Laxness que construyó la casa debía de ser un excéntrico cuando quiso vivir solo un lugar así y en aquellos tiempos.
—Le hubiera gustado mucho su proyecto, estoy seguro —intervine—. Los últimos moradores, en el mismo sitio que los primeros. Qué ingenioso.
—Gracias… —dijo nuestro anfitrión, mientras sonreía con orgullo.
—¿Hace lo mismo con todos los turistas? —prosiguió Alicia—. El café, esta estupenda conversación...
Mi mujer se encontraba a gusto allí. A las mujeres se les nota mucho cuando no lo están.
—No vienen muchos turistas por aquí —dijo el hombre pálido de pelo rojo, sin perder su cordialidad extrema—. Los anteriores a ustedes eran muy distintos…
Recogí la cámara y limpié la mesa de cristales de azúcar.
—No hagas eso —susurró Alicia—. Siempre con tus porquerías.
Al hacer girar el picaporte de la puerta de la calle, lo encontré bloqueado. Nuestro anfitrión nos miraba con expresión triste. Al tercer intento inútil, Alicia me apartó para intentarlo ella misma. Cuando se volvió hacia mí había perdido la sonrisa. El hombre parecía a punto de llorar cuando dijo:
—Síganme. Les enseñaré su habitación.
Alicia me miró con incredulidad mientras el hombre se alejaba escaleras arriba. Frunció los labios en una pregunta que formuló sin voz:
—¿Qué dice este hombre?
Subí tras él para reparar el malentendido. El hombre pálido de pelo rojo caminó por el breve pasillo de madera mientras un llavín tintineaba en sus manos. Se detuvo ante la habitación número cuatro. A través de la puerta entreabierta de la estancia contigua pude ver a una pareja de mediana edad. Eran mulatos, obesos y vestían del modo en que suelen hacerlo los turistas estadounidenses. Estaban en silencio, resignados.
Junto a la entrada de la número cuatro reconocí el mismo reclamo turístico que nos había conducido hasta aquel lugar:

Visite la vivienda de los primeros pobladores, conocida como Laxdalshús, o casa de Laxness. Fue construida en madera en el año 1795 y constituye una experiencia única, que le transportará en el tiempo.

—Ésta es —dijo el hombre, mostrando el interior de una habitación pulcramente arreglada—. Espero que no echen en falta nada de lo que consideren realmente importante.
Depositó en mis manos el llavín. Su mano estaba tan helada como sus ojos.
—No es necesario que cierren la puerta al salir. Los otros huéspedes son de absoluta confianza —dijo—. El desayuno se sirve a las ocho, el almuerzo a la una y la cena a las siete y media. Abajo hay una pequeña pero bien surtida biblioteca, aunque para consultarla tendrán que aprender islandés. Yo mismo puedo enseñarles, si lo desean. Aquí tendrán todo el tiempo del mundo. Si necesitan cualquier cosa, sea la hora que sea, no tienen más que tocar el timbre.
Reparé entonces en que sus ropas no eran un disfraz.
—Disculpe, pero todo esto es ridículo. Nos alojamos en el Hotel Kea. Nos esperan unos amigos para almorzar dentro de quince minutos. Tenemos allí una doble por dos noches más.
Él negaba con la cabeza y sonreía con esa indulgencia que solemos emplear con los niños. Me mostraba dos hileras de dientes podridos. Dijo:
—Amigo mío: ya no.

Reykiavik, 24 de agosto de 2007

8 de marzo de 2007

El preámbulo a algo que estoy escribiendo ahora

Desde el origen de los tiempos hay una cifra mágica que nos gobierna en silencio: el 12.
I) 12 veces al año recorre la luna su camino interminable alrededor de nuestros sueños, y cada uno de esos períodos recibe un nombre diferente.
II) 12 horas de luz brillante dan lugar al día. Otras 12 transcurren en la oscuridad, inventando la noche. La plenitud siempre es el 12: la medianoche, el mediodía.
III) Las 12 de la noche es la puerta misteriosa que conduce a otro tiempo.
IV) 12 estrellas rigen nuestros destinos: Aldebarán, Antares, Régulus, Cástor y Pólux…; cada una de ella representada por un símbolo: el toro, el escorpión, el león, los gemelos…
V) 12 animales mágicos habitan el cielo: unicornio, dragón, hipogrifo, basilisco, cerbero, hidra, grifo, kraken, mantícora, quimera, tarasca, fénix y sirena. (Si alguno cuenta trece, deberá demostrar cuál de ellos finge ser lo que no fue jamás). De tarde en tarde, por cierto, todos ellos salen a pasear por la faz de la tierra. O tal vez siempre han habitado aquí, pero sólo los elegidos saben reconocerlos.
VI) 12 tribus o linajes dicen que dieron origen a todos los pueblos conocidos.
VII) Los lugares guardados detrás de 12 puertas, cerradas cada una de ellas con 12 llaves, esconden secretos mágicos incluso para quien no sepa verlos.
VIII) Los dados que gobiernan los destinos de todo lo que vive tienen 12 caras.
IX) 12 son las verdades que esconde el mundo a sus moradores. 12 las pruebas que habrán de superar en su camino hacia la sabiduría.
X) 12 opiniones sabias y justas nos libran de cualquier error. Por eso 12 personas justas y sabias son el consejo que cualquier gobernante necesita. El trabajo en equipo lleva el signo del doce, pero a veces también puede conducir al sacrificio, el dolor o el miedo…
XI) Todo lo que hay sobre la faz de la tierra se encuentra en 12 libros esenciales. Todo está en sus páginas.
XII) Doce veces cada doce años, 12 serán los elegidos. Aunque deberán aprender el camino de la sabiduría. Del mismo modo, tampoco jamás faltó entre ellos un desleal, un traidor. Por eso el 13 siempre ha sido el peor augurio, el innombrable, la cifra de la peor suerte, del olvido y la muerte. Si has tenido la desdicha de caer en él, sáltalo y olvídalo tan rápido como puedas.

12 de febrero de 2007

CONFESIÓN (y IV)

Desde entonces, mi vida se convirtió en un infierno. Da igual lo que me ocurra de dia, qué personas conozca, qué lugares exquisitos pise por primera —o por última— vez. No importan las pequeñas o grandes vanalidades de que se aliña el día a día de los profesionales de la letra impresa, si por las noches voy a seguir topándome con el espíritu vengativo del becario. Recuerden que les dije que le maté hace ocho años. Lo cual eleva a 2.937 las noches que he pasado ya en su nada deseable compañía. Comprenderán que no haya podido casarme, o fundar una familia en condiciones. Tenía un marido por aquel entonces, cuando comenzó todo, como algunos recordarán, pero me dejó poco después, incapaz de seguir compartiéndome noche tras noche con el memo, que inexplicablemente le acribillaba a preguntas también a él. Lo mismo hizo con los (pocos) amantes que he tenido en este tiempo. Recuerdo uno en concreto, que se levantó a mear en mitad de la noche y regresó preguntádose por qué un señor muy raro que había dentro de la bañera le había preguntado cómo veía el panorama actual de la narrativa española. Por la mañana el fantasma ya no estaba en mi bañera, y el amante tampoco estaba en mi cama.

Entre lo que les cuento y la locura sólo media un poco de tiempo. Y, como sabrán aquellos que alguna vez hayan tenido contacto con presencias espectrales, los seres de la otra vida son terriblemente pacientes. Será porque allí donde viven el reloj ya no importa mucho. El caso es que pueden permitirse una pertinacia a prueba de calendarios. Siempre se salen con la suya. La constancia todo lo consigue, siempre que se lleve al extremo necesario.

Pues bien. Héme aquí, convertida en el despojo de lo que fui. Narradora premiada e histérica. Vaya donde vaya —hotel, domicilio, cámping o casa de amigo— siempre comparto tálamo con el periodisa de La Nueva España que jamás terminó de entrevistarme. Y siempre, a eso de las cuatro o las cinco de la mañana, cuando he conseguido por fin dormirme y olvidar su presencia, cuando me hallo sumergida en un sueño feliz donde tengo marido, tres hijos y una casa con perro, alfombra y secadora, en ese momento el muy cruel me zarandea con sus manos inertes, agarrándome sin piedad por los hombros, me hace enfrentar mi somnolencia con sus pupilas saltonas y espeta aquello que lleva espetándome 2.937 noches, con urgencia de ahogado y estupidez sempiterna:
—¿Qué opinas de la literatura femenina? ¿Has tenido algún problema siendo mujer y escritora? ¿Cómo ves el actual panorama de la narrativa en España, en Europa, en el Mundo, en el Sistema Solar? ¿Morirá la novela? ¿Qué has pretendido decir en esta obra? Perdona, pero me han dado tu libro esta mañana y no he tenido tiempo de leerlo...
Y cuando ya no puedo más, cuando ya no soporto ni una más de la sarta de tópicos a que me tiene acostumbrada, y veo que comienza a clarear por mi ventana y que el muy sádio no tiene intención de dejarme en paz lanza la puntilla:
—Perdona que me asegure pero, ¿eres Ángela Vallvey, verdad? Me dijeron que la entrevista era con Ángela Vallvey, pero te veo un poco desmejorada, Ángela. ¿Seguro que eres tú?

7 de febrero de 2007

CONFESIÓN (III)

Una vez, cuando yo misma trabajaba en la sección de "Cultura y espectáculos" de un rotativo con mucho más pasado que futuro, me enviaron a entrevistar a Mariano Antolín Rato. Había escrito una novela llamada "Madrid Blues" en la que la capital era un lugar con catedral -en aquellos tiempos la Almudena seguía en obras perpetuas- y hermosas playas de arena blanca y fina. La había publicado Anagrama y Antolín Rato recibía a los periodistas en la editorial, de la que guardo un vago recuerdo de cuartos estrechos, moquetas polvorientas y sofás de imitación de piel (aunque, ahora que lo pienso, es posible que mis recuerdos me engañen en esto).
Yo tenía entonces dieiciocho años y una vida muy ajetreada. Por las mañanas estudiaba Derecho y por las tardes me las daba de periodista. Debí de ser la redactora en plantilla más joven de toda Barcelona. Casi todos los días salía de trabajar pasadas las once y cogía un taxi -con cargo al periódico- que me llevaba hasta mi casa, a treinta quilómetros. Al día siguiente me levantaba a las seis para llegar a la universidad a las ocho de la mañana, a tiempo para pillar un asiento en las muy concurridas aulas de los primeros cursos de la carrera.
Aunque de todo esto, claro, Antolín Rato no sabía nada. Tal vez de haberlo sabido habría actuado de otro modo. El caso es que yo me planté frente a él con su libro y un cuaderno en la mano y espeté aquella frase-lugar común entre los habitantes del azaroso universo del periodismo cultural:
—Lo lamento mucho, pero no he tenido tiempo de leer tu libro. Me lo han dado esta misma tarde, y sólo he conseguido ojearlo un poco.
Mariano Antolín Rato, a quien recuerdo con un bigote grisáceo al estilo Pablo Abraira, me miró sin perder la calma y replicó:
—No te preocupes. No tengo prisa. Ahí tienes un sofá muy cómodo —señaló el de poli-piel—, donde puedes instalarte a leer. Cuando termines, charlaremos.
No hace falta decir que fui muy aplicada. Leí el libro de cabo a rabo sentada en el sofá de Herralde que, para colmo, estaba en el recibidor, de modo que frente a mí desfilaron uno por uno los tres o cuatro periodistas que estaban citados después que yo. Cuando terminé, me confesé preparada para realizar mi trabajo. Antolín Rato me atendió con la amabilidad que merecía alguien bien preparado, y todo acabó mejor de lo que había empezado.
Por lo que a mí respecta, aprendí una lección elemental: nunca te pongas delante de un escritor y reconozcas que no te interesa un rábano su trabajo. Un escritor es alguien obsesionado con ese trabajo que tú "sólo has podido ojear", alguien obsesionado hasta la enfermedad, hasta el paroxismo, la náusea, la diarrea. Puede ser que no lo hayas leído, pero procura que no note.
Y conste que no digo todo esto por la novela de Antolín Rato. "Madrid Blues", contra todo propósito, me gustó. No será por las agradables circunstancias en que la leí, ciertamente.
Moraleja: Como es sabido, se aprende a ser fraile ejerciendo de monaguillo.

* * * * * *

Aquella madrugada, en la 307 del Gran Hotel Regente tuve el primer contacto con el fantasma del bobo a quien acababa de asesinar. He aquí un axioma infalible: si alguien ha sido idiota en vida, sigue siéndolo después de muerto. Aquel lamentable individuo estaba condenado, por mi culpa, a ser becario desaliñado y memo por el resto de la eternidad. Del mismo modo, yo lo estaba a soportar la venganza de su espíritu y resistir sus embites durante el resto de mi existencia.
Comenzó por algo sencillo: se sentó a mi lado en la cama y formuló durante toda la noche la misma pregunta. Era la pregunta que me había decidido por fin a lanzarme a su cuello, despues de algunas vacilaciones. Se comprendía que, ya que había muerto con ella en los labios, se había convertido en algo que no podía dejar en tierra al partir hacia una vida ultraerrena. La había traido consigo y la blandía con la persistencia de un tábano. Lo hizo mil cuatrocientas once veces. ¿Lo sé por algún motivo en concreto? Por supuesto. Lo sé porque las conté. En algo tenía que entretenerme, mientras el bobo muerto me miraba de hito en hito y me acribillaba con su insistencia.
Serían las cuatro de la madrugada cuando cambió de registro y soltó la frase que ya no habría de dejar de repetir hasta el amanecer:
—Perdona, pero me han dado tu libro esta mañana y no he tenido tiempo de leerlo. Perdona, pero me han dado tu libro esta mañana y no he tenido tiempo de leerlo. Perdona, pero me han dado tu libro esta mañana y no he tenido tiempo de leerlo. Perdona, pero me han dado tu libro esta mañana y no he tenido tiempo de leerlo...

6 de febrero de 2007

CONFESIÓN (II)

Es paradójico, pero no sé apenas nada de la vida de aquel infeliz, salvo que yo le puse fin. Meses más tarde de aquella tarde en que llovía sobre Oviedo, supe que tenía una novia, que luego resultaron ser dos (el chaval era sociable). El jefe de sección de su periódico le consideraba un idiota, lo cual en algún momento me ayudó a tranquilizar mi conciencia («un idiota menos en el mundo», pensé, «deberían darme un premio por haberlo hecho»); con su padre (su madre había muerto años atrás) mantenía con él una relación cercana a la antropofagia.
Su nombre fue lo único que tuve claro desde el principio, aunque me lo reservaré no por respeto (sería ridículo, a estas alturas) sino por pudor. Digamos que se llamaba M. C., por si a alguien le sirve de algo saberlo (y perdón a todos aquellos que, lo sé, odiáis los personajes que se nombran sólo con iniciales, espero que en este caso sepáis comprender que se trata de una necesidad). Gracias a que supe su nombre desde el principio, por cierto, pude llevar a cabo las pesquisas necesarias para saber cuanto acabo de constatar (una de las dos novias tenía un blog donde le gustaba explicar todas sus nimiedades, la mayoría de las cuales le afectaban también a él).


Acerca de lo que hice después del asesinato, no sabría preciarlo. Me lancé a callejear por los alrededores de la catedral, tan agradables de unos años a esta parte. Entré a echar un vistazo a los anaqueles de la librería Cervantes y hasta me encontré con mi amiga Concha Quirós. De inmediato pensé que me notaría algo raro en la mirada, un temblor o una palidez delatoras, no sé, ese tipo de cosas que en la ficción siempre sirven para revelar lo inconfesable. Aunque nada ocurrió. Mantuvimos una conversación distedida y agradable acerca de su maravillosa librería y de mis deseos de dejar atrás la promoción y regresar a casa, donde podría seguir escribiendo con esa tranquilidad que he aprendido a defender de los depredadores.
Concha estuvo de acuerdo conmigo. «Créeme que os compadezco», dijo, «tantas ciudades y tantas personas distintas y vosotros explicando siempre lo mismo, parece un castigo divino».
Qué acertada está siempre Concha Quirós, pensé. Y qué bonito nombre el de esta mujer: Concha, Quirós. Dos palabras que da gusto pronunciar. Como «pulpa», como «tántalo», como «plantígrado». Dos palabras con gracia: «Concha». «Quirós».
Ella fue lo único bueno que me pasó esa tarde.

5 de febrero de 2007

CONFESIÓN (I)

Lo confieso: una vez maté a un periodista.
Lo he callado durante todo este tiempo, pero ya no puedo más. Su recuerdo me persigue, de día y de noche. Y cuando digo que me persigue me refiero exactamente a eso: cuando abro los ojos de madrugada, asustada por alguna presencia que no reconozco como real, encuentro a mi lado a aquel bobo, observándome con esos ojos saltones que ya tenía en vida, formulándome preguntas de pesadilla. No puedo soportarlo más. Tal vez a algunos de los no habituales os resulte sorprendente el lugar que he elegido para esta confesión. Seguramente, aquellos quienes últimamente me habéis acusado de mantener una cierta asepsia, una cierta distancia, os alegréis de que esta vez ofrezca las vísceras. Yo opino que nada de eso importa mucho: las historias lo son, con indiferencia de lo que invirtamos en ellas. Los lugares, como las historias, también te escogen para que los cargues de sentido.
En fin, no quiero irme por las ramas. En mi descargo debo decir que no se trataba de uno de esos periodista maduros y bregados en mil batallas que siempre están en los lugares más peligrosos informando con la palabra justa de aquello que no deberíamos desconocer. No. Éste pertenecía a la clase prescindible de los informadores culturales, uno de esos especialistas en el refrito de las notas de prensa, en la distorsión de las declaraciones y en la copia salvaje del artículo anterior, rescatado de Internet, y siempre firmado por alguien más brillante. Además, técnicamente ni siquiera era periodista titular. Apenas becario, uno de esos recién llegados a una sección de Cultura desde el útero de la Universidad de Ciencias de la Información —¡já!, ¿ciencias?; ¡já!, ¿información?— que confunden el horóscopo con la crítica de arte. Y lo peor: no porque sean inexpertos, sino porque nunca, en toda su puta vida, tendrán la capacidad suficiente para discernir del todo una cosa de la otra.
Puede que los más morbosos os estéis preguntando por qué método me decanté. Sobra decir que no lo había hecho antes, de modo que tuve que pensarlo, aunque fuera durante tres centésimoas de segundo. Podría haber lanzado contra su cabeza un cenicero de cristal que había sobre la mesa que nos separaba, o podría haberle rebanado el pescuezo con un vaso de tubo. Salvo estas armas, no había ninguna otra a mano, de modo que me decanté por lo artesanal, que siempre da buenos resultados: Le agarré por el pescuezo y se lo retorcí hasta que exhaló su último aliento. Así, sin más, aprovechando la ventaja que me daba su desconcierto (¿qué periodista podría prever que su entrevistado se comporte de ese modo?) y de su menguado tamaño (debía de tener un Índice de Masa Corporal rozando la anorexia). En rigor a la verdad, no me resultó tan fácil como yo creía. Pataleó, se retorció, intentó arañarme con sus uñas comidas, me lanzó la grabadora, me agredió con un bolígrafo, hasta hizo volar por los aires un mocasín, con la intención de estrellarlo contra mis ojos (acabó rompiendo la superfície de cristal de la mesa que antes nos separaba). Pero nada de aquello le valió de mucho. Apreté, y apreté y apreté, hasta que vi asomar a sus mejillas un rubor intenso y me di cuenta de que su lengua caía, fláccida, entre sus fauces. Entonces le solté. Sonó un plof sobre la alfombra. Miré a ambos lados. Estaba sola en aquel rincón de la cafetería. Dejé cinco euros por las consumiciones y salí del lugar, ajustándome la bufanda de lana.
Está bien, de acuerdo, fui algo tosca, lo acepto. La ofuscación es lo que tiene. Procedía con la misma vehemencia con que ahora estoy aporreando el teclado para vomitar esta confesión destemplada que durante todo este tiempo ha ardido en mi memoria. No me explico cómo he aguantado tanto tiempo, y sin volverme loca. Casi nueve años. Ese es el tiempo que hace que abandoné el cadàver del becario muerto sobre aquella mullida alfombra de color sangre y salí del Gran Hotel España, de Oviedo, una bella ciudad a la que había llegado para promocionar mi última novela.

27 de noviembre de 2006

El corazón del monstruo (microcuento)

El paradigma de mis terrores infantiles era una enorme máquina de rayos equis que parecía un animal antediluviano y que habitaba en un cuarto trasero, más allá del lugar donde los pacientes de mi padre se tumbaban dócilmente en la camilla. Mi padre la utilizaba para observar a personas enfermas, siempre ataviado con su mandil y sus guantes de plomo. En su presencia, ella se hacía la inofensiva, hasta la simpática. Tenía un pedal hidráulico en el cual mi padre jugaba a divertir niños —arriba, abajo, arriba, abajo…— y una pantalla verde que de vez en cuando mostraba lo que ningún ojo podía ver: lo que había más allá, en el interior.
La verdadera faz de aquel monstruo sólo se mostraba de noche, cuando alguien me mandaba a buscar algo al consultorio, y yo intuía en el cuarto de atrás la presencia callada y amenazadora de la máquina. Pensaba que en cualquier momento podía capturarme con aquellos elásticos que servían para sujetar a los bebés, o acercarse a mí con sigilo de reptil gigante y sorprenderme. Para mi extrañeza, el monstruo nunca jamás me atacó, ni siquiera franqueó la puerta del cuarto donde le teníamos encerrado. Aunque en más de una ocasión le descubrí tramando algo, preparándose para salir, odiándome en la oscuridad y el silencio que siempre le acompañaban.
Cuando fui un poco más mayor traté de comprender: tal vez yo también odiaría con toda la fuerza de mis entrañas oxidadas si me obligaran a vivir en aquellas condiciones de soledad, estrechez y trabajo forzado. Jamás nadie lo limpiaba. Jamás nadie reservaba para él las alegres horas de la diversión familiar de que sí gozaban otras máquinas de la casa. De todos los miembros de la familia, sólo mi padre acudía de vez en cuando al cuarto trasero para preocuparse por su estado. Encendía la luz, murmuraba algunas palabras, pulsaba algún interruptor y volvía a salir de inmediato.
Cuando mi padre murió, la vieja máquina quedó sumida en su silencio. Se desvalijó el consultorio y mi madre dispuso que el cuarto de atrás se utilizara como trastero. Libros de texto viejos, zapatos, muñecas descabezadas… Cualquier cosa que nadie quería acababa en aquel angosto lugar. La máquina parecía imperturbable. Cuando iba de visita a casa de mi madre procuraba no demorarme nunca demasiado entre las pilas de cosas, y jamás apagar la luz antes de cerrar la puerta. Creo que disfrutaba abandonándola allí, a oscuras, rodeada de basura inservible. Era mi venganza, muchos años después.
Cuando mi madre murió y nos vimos en la penosa circunstancia de vaciar la casa, la vieja máquina fue el mayor problema. Un mecánico la desmontó pieza por pieza —la mampara, la plataforma, el cuadro de mandos…— hasta dar con un cilindro azulado de algo más de un metro. «Aquí está el alma de este mamotreto. Deben tener cuidado. Es terriblemente tóxico».
Resolví llevarme el tubo a casa mientras encontraba el modo de deshacerme de él. Lo dejé en el baño de la entrada, uno muy pequeño que jamás se usa. Y cerré la puerta.
Cada vez que paso por allí siento latir el corazón del viejo monstruo. Sé que aún espera su oportunidad. Aunque a veces tengo la impresión de que a quien espera es a mi padre.

21 de noviembre de 2006

Para qué da Unamuno (fragmento de novela inédita)

El profesor universitario Epicteto Morrón Villanueva, profesor titular del Departamento de Literatura Española de la Universidad Autónoma, se concentra en chupar con arte el pezón de la desconocida que le abordó esta tarde, al terminar su conferencia sobre Aspectos ornitológicos y volátiles en Miguel de Unamuno en el curso organizado en Toledo por la Universidad de Castilla-La Mancha.

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16 de noviembre de 2006

Petrus 226 (o ¿de quién es la grapadora?)

La grapadora era de línea clásica, cromada, con apertura frontal antibloqueo para cien grapas, capacidad de grapado de cuarenta hojas, 345 gramos de peso y cinco años de garantía. Llevaba la marca y el modelo escritos en un lateral. Samuel tenía el mal vicio de jugar con ella mientras estaba concentrado en la lectura de los originales pendientes y aquel día la había dejado desmayada y abierta sobre la mesa nada más ver aparecer en la oficina a Nora empujando su carrito de bebé. Fue un despiste fatídico.

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13 de noviembre de 2006

El ruido y la furia (fragmento más o menos autónomo de mi novela inédita El síndrome Bovary)

Las noches son, desde que nació Luis, un suplicio. Los bebés vienen al mundo con el empeño innato de fastidiar a sus mayores, algo que consiguen con asombrosa facilidad. Más cuando su madre profesa a ciegas la fe en determinadas organizaciones, como la Liga de la Leche, una confraternidad láctea universal que defiende con vehemencia las virtudes de la teta a todas horas y carga las tintas contra otras teorías, como la alimentación programada según un horario. Valentín está convencido de que La Liga de la Leche no es más que una estratagema política de la peor calaña: el viejo lobo de la sumisión femenina a los roles de esposa y madre disfrazado de la oveja moderna de la alimentación sana y los hábitos saludables.

Si queréis más, navegantes, lo tenéis AQUÍ.

* Sólo para los que lleguéis al final: en unos días, tendréis la respuesta a la pregunta de Valentín.

31 de octubre de 2006

Especial Día de Muertos (I): Visita, un cuento inédito


—Perdone, llevo seis noches soñando con su número —dijo una voz angustiada al otro lado del hilo— pero sólo hoy me he decidido a marcar. Espero que todo esto no le parezca descabellado. A mí me lo parece, pero es la verdad. He visto en sueños su número, nueve dígitos, así, tal cual. ¿Me puede decir su nombre?
Le dije mi nombre.
—No me suena.
—¿Cuál es el suyo?
—Regina Martínez.
Lo pensé un momento antes de responder:
—Ni idea.
—Estoy segura de que entre usted y yo existe una conexión más estrecha de lo que pensamos. No me pregunte por qué, pero lo sé, lo presiento. ¿Querría usted venir a mi casa y hablamos de ello mientras tomamos un café?
A los escritores nos fascinan las historias rocambolescas. Más aún si son ciertas. De algún modo, nos alimentan. De modo que acepté de inmediato. No le dije nada a nadie. Si Regina Martínez hubiera planeado el crimen perfecto, aquella tarde se habría salido con la suya. En este momento yo podría estar sirviendo de abono al ficus —espléndido— del patio de la vivienda. Sin embargo, estoy escribiendo esta historia para que otros la conozcan.
Sólo diré, antes de explicar los pormenores, que en cuanto vi la fachada de la casa donde regina me había citado supe que entre aquella mujer desconocida y yo existía un poderoso vínculo.
*
Entre mis nueve y mis trece años, visité cada semana la casa donde ahora vivía Regina Martínez. Era un ritual de domingo. Después de merendar, mi abuela Teresa se ponía los zapatos y cogía el bastón y me llevaba a visitar "la pensión". No le gustaba que otros la llamaran así, pero ella misma utilizaba el sobrenombre, que venía de la no tan remota época en que la casa se dividió en cuartos de alquiler. De eso se habían cumplido, ya entonces, más de veinte años, y mi abuela tenía unos planes muy distintos para aquel lugar que había estado vinculado a nuestra familia desde tiempos inmemoriales. Durante los últimos años, mi abuela había invertido en la casa todos sus ahorros, emprendiendo una remodelación total, que avanzaba a buen ritmo. Cada domingo debía tener lugar el ritual impostergable de examinar el estado de las obras. Revisábamos la colocación de los zócalos, la correcta conexión de los desagües de los retretes nuevos y el pulido del embaldosado del salón, que recordaba a los mosaicos romanos.
Al principio, las obras se limitaban a los suelos, las paredes y lo que no se aprecia a simple vista: cambio de cañerías, nueva calefacción, impermeabilización de las terrazas...
Un día me atreví a formularle la pregunta que me intrigaba.
—¿Para quién es la casa?
No demoró la respuesta.
—Para mí, naturalmente. En cuanto esté terminada, me trasladaré aquí.
El cambio del lugar continuó con la llegada de los electrodomésticos y de unos pocos muebles. Una cama, con su colchón enfundado en una gran bolsa plástica. Una mesita de noche de diseño moderno. Una nevera último modelo y hasta un lavavajillas. Recuerdo que aquél, a mis diez años recién cumplidos, fue el primer lavavajillas de mi vida, aunque aún fuera un poco extraña al prodigio.
Siguieron cortinajes, alfombras, tapicerías, cubrecamas y manteles. En pocos meses, la casa estaba lista para que una familia completa entrara a vivir en ella.
La abuela se detuvo frente a los ventanales del salón y murmuró:
—Ya está todo.
Y enseguida añadió:
—Cómo me gusta la vista del jardín desde este rincón. Pasaría aquí todo el tiempo del mundo, mirando, vigilando que todo esté en su lugar.
Murió dos días más tarde. En el ataúd, se le veía la cara de satisfacción de quien no deja nada por hacer.
Mis padres heredaron la casa, pero no pudieron conservarla. Yo nunca supe nada de los nuevos propietarios. No hasta que recibí la llamada de regina Martínez.
*
Cuando terminé de contarle esta historia a Regina, ella me miró con los ojos muy abiertos.
—He aquí nuestro vínculo.
—¿Qué?
—Ella.
—¿Cómo dice?
—Ella. Su abuela. Sigue aquí. Especialmente en ese rincón, el del ventanal. Cada noche la oímos sollozar. A veces no se queja, sólo respira muy profundamente. Muchas noches no nos deja dormir. Otras, nos induce sueños que pueden llegar a ser muy diferentes. Espero que después de hoy consigamos descansar una noche entera.
Le dirigí una mirada interrogante.
—Está muy claro, querida: su abuela Teresa necesitaba volver a verla. Ella está aquí, ahora. Para eso arregló la casa con tanto esmero, ¿no lo comprende? ¿O no pondría usted cuidado en el lugar donde va a quedarse por toda la eternidad?

11 de septiembre de 2006

Seis botellas, o tres, de Gran Reserva

Hoy, brindando con todos los visitantes de este sitio, un cuento, inédito aún, sobre vino en Gazpacho con tropezones. Será publicado en un libro colectivo de Tropo Editores en noviembre.
El motivo del brindis, lo dejo a vuestra elección.
Aunque a mí no me faltan en este arranque de temporada. Salú.

17 de agosto de 2006

La dieta del ser humano (microcuento)

El Olvido se llamaba el restaurante. Ella fue frugal. Él, carnívoro.
En el bar ruidoso que siguió, ambos mostraron al otro su natural depredador.
Ya con la despedida pintada en los labios, él buscó como de costumbre bajo su falda. Ella separó las piernas y cerró los ojos. El ritual de siempre: intenciones carnívoras, desenlaces frugales. Luego se despidieron de nuevo hasta la vista.
«La próxima vez, elegiré otro plato», se dijo ella al alcanzar la cama.
«La próxima vez, elegiré otro restaurante», pensó él mientras se masturbaba en la ducha.

14 de julio de 2006

Composting (microcuento)

Para el navegante anónimo, por la idea

El compostaje o “composting” es el proceso biológico aeróbico, mediante el cual los microorganismos actúan sobre la materia rápidamente biodegradable (restos de cosecha, excrementos de animales, residuos urbanos tales como vegetales o restos de animales procedentes de mataderos), permitiendo obtener un abono excelente para la agricultura: el compost.

—Oye —anunció uno de los basureros— aquí hay otra. ¿Qué es lo que pasa esta noche? ¿Se han puesto todos de acuerdo para deshacerse de sus parejas o qué?
En el compañero hablaba la experiencia (estaba al filo de la jubilación, apenas dos semanas más de trabajo y sería un hombre libre, deliciosamente doméstico y dormilón).
—Ah, es el calor, que vuelve tarumba a la gente, chico. Échala al camión, con el tío ése que hemos recogido antes.
Dio la coincidencia de que se conocían, aunque no supieran precisar si era sólo de verse por el barrio o había algo más.
Y en la siguiente parada, otro. Junto al contenedor de cristal (el de siempre estaba hasta los topes). Menuda noche de trabajo.
—¡Al camión con él! —animaba el veterano al joven.
—Parece que les divierte. Los jodidos... ¿no oyes cómo se saludan?
—Límitate al trabajo, tú.
Un par de quilómetros después, cerca del mercado municipal, dos chicas. Y bien jovencitas:
—Es que hoy día no se conserva nada... —murmuraba el viejo. Y espoleaba al conductor: —Venga, tío, date prisa, que es tarde y quiero llegar a casa.
Poco a poco, las voces de los de dentro ahogaban el rugido de las tripas feroces del camión. Parecían divertirse mucho. En un barrio de la periferia encontraron una parejita de dumientes acurrucados junto a los contenedores. Sobre sus camisetas se leía: Somos basura.
Ya dentro del camión, la tropa recolectada por toda la ciudad se entretenía en encontrar cosas.
—¡Un tomate! —celebraba alguien.
—Resérvalo para el próximo que se queje del ruido —contestaba otro.
—¡Un zapato!
—A veeeer —contestaban dos o tres.
—Pero el otro no está.
—Ooooohh —coreaban varios.
—¡Un preservativo!
Los gritos de algún vecino despertado en plena noche le daba a alguno la oportunidad de utilizar el tomate. Para el preservativo nunca faltaban ocasiones.
Y de ese modo, sumidos en una algarabía festiva, se alejaban por las calles desiertas hasta alcanzar la planta de tratamiento de residuos, donde les esperaban cintas trasportadoras, las manos enguantadas de una funcionaria con cara de sueño y una sala de espera de asientos de plástico en hilera, revistas de varios meses atrás y fluorescentes que arrojaban una luz muy blanca. El cubo de los desperdicios orgánicos compostables -mondas, cáscaras, sobres de infusiones usados...- quedaba a un lado mientras ellos eran invitados a pasar y sentarse. Canturreaban, se reían los chistes unos a otros, jugaban despreocupados como cachorros. Hasta que una voz metálica llegaba de todas partes para anunciar:
«El primero, por favor».
Y entonces comprendían que su destino era el mismo que el de las cáscaras, las mondas y las bolsitas de té.

12 de julio de 2006

Basura (microcuento)

El reflejo de la luna llena al filo de la medianoche se cuela por la tapa entreabierta del contenedor. Aquí no resulta fácil mantenerse en pie. Mis pies se hunden en los blandos desperdicios. Junto a mi tobillo siento el tacto frío y húmedo de algo que bien podría ser una cáscara de plátano o un pañal usado.
Ya ni siquiera siento náuseas. Me asusta pensar a qué horrores seríamos capaces de adaptarnos.
Pienso. Le escuché decir: "De hoy no pasa" en un susurro. Era como si hablara para sí o para su conciencia. Como si pensara que yo no podía oírle.
Luego llegó la otra y preguntó: "¿Qué piensas hacer con ella?".
La otra dejó sus cremas en mis estantes del baño. Ocupó mi parte de la cama. Se apropió de mi delantal ("para la mejor cocinera" en letras doradas). Mi ropa le gustó y decidió conservarla.
-¿Te importaría darme el sujetador que llevas puesto? Me gusta mucho -dijo.
No me importó. Sonrió cuando lo deposité en sus manos. También él. Me pareció que su gesto era de aprobación, por mi docilidad, por mi buen perder.
El resto de mis cosas, las metieron en bolsas grises de autocierre. No se ponían de acuerdo acerca de quién ejecutaba el último movimiento. Quién bajaba las bolsas.
Les dije que no se molestaran. No hacía falta que me acompañaran. Yo misma, además, me llevaría las bolsas con los objetos molestos.
Salí despacio. Les oí dar varias vueltas a la llave. A veces, entran ladrones en las casas mientras los dueños duermen.
No fue fácil entrar aquí. Una vez dentro, el calor es agradable. Él hedor sólo ofende al principio. No creo que me cueste encontrar postura.
Cerrar la tapa o cerrar los ojos será lo mismo.

21 de junio de 2006

Autorretrato (microcuento o así)

Tengo treinta y seis años y soy un estorbo para la evolución. He parido tres hijos, pero hace varios meses que desteté al pequeño.
Nunca fabriqué nada con las manos. No tallé, no modelé, ni siquiera podría cambiar un enchufe o desmontar un grifo.
Nunca hice una escudilla. O una mesa. Nunca mis manos domaron la madera o el barro. Ni ninguna otra cosa.
Fui doce meses presidenta de la comunidad de vecinos pero con eso no fue suficiente.
No soy capaz de matar un conejo. Ni un pollo. Incluso me conmueve ver colear a un besugo fuera del agua.
No conozco trucos ni pócimas capaces de sanar.
No aro la tierra. Jamás he sabido de la recolección. Ni del placer de ver crecer algo cuya semilla deposité en un surco.
Durante años me sentí orgullosa de desempeñar por gusto un oficio antiquísimo: proporcionar placer, y también ser capaz de recibirlo. Mas ya sé que tampoco en la cama soy insustituible.
De amor, mejor no hablo. No hay nada más inútil en la tierra que lo que no podemos retener.
De modo que lo único que tengo es mi tenacidad para unir noche y día una palabra a otra. Con ellas formo frases que a su vez forman párrafos que a su vez son historias, pero es algo que muchos otros logran, puede que con más suerte.
De modo que aquí estoy. Tengo treinta y seis años. No sirvo para nada

3 de mayo de 2006

Asuntos pendientes (microcuento)

Doce años y veintinueve días después de su muerte, el señor H. regresó a su hogar, aquel cuya hipoteca terminó de pagar su súbita defunción a los cincuenta y seis años. Tuvo que llamar al timbre. Le sorprendió comprobar que su esposa no demostró mucho entusiasmo al volver a verle. Más bien al contrario, le preguntó contrariada qué estaba haciendo allí y él le contestó la verdad, que venía a liquidar algunos asuntos pendientes que no le dejaban descansar tranquilo.
El nuevo marido de su esposa le pareció un ser esquinado y desagradable, pero reconocía que en su opinión pudo influir mucho el hecho de que el fulano llevaba nueve años para diez durmiendo en su cama, mientras que a él le tocó dormir en el sofá. El mismo sofá que compró en una liquidación veintidós años atrás, por cierto, y que tenía los muelles destrozados, como al día siguiente lo estaban sus articulaciones. De sus tres hijos, ninguno mantenía el matrimonio que él bendijo. La pequeña se hacía ahora arrumacos con otra mujer, de muy buen ver, por cierto (en un tris estuvo de sobarle el culo, pero se abstuvo porque en la tierra las cosas no suceden como en el cielo). El mediano tenía dos hijos mellizos en algún lugar de la península por determinar. Al mayor le había dejado su santa, una chica muy hacendosa que nunca le mereció, después de una sucesión de amantes cada vez más golfas. La última era una empresaria de Gijón a la que había conocido en el ordenador (nunca supo si esto lo había entendido mal o qué). Al contemplar una fotografía de su nieto mayor quien, según todos decían, tanto se parecía a él, se topó frente a frente con la mirada inquisidora y azul de su suegra, a quien en la eternidad había frecuentado bastante (muy a su pesar). Preguntó por el perro, pero le dijeron que había muerto sólo un mes después que él a causa de una apendicitis. Aunque la peor sorpresa fue, desde luego, que todos se interesaran, con evidente inquietud, por cuánto tiempo pensaba quedarse.
Al buscar consuelo fuera de casa se encontró con que su mejor amigo estaba recluido en un asilo regentado por enfermeras que parecían soldados de asalto. Su última amante, la única a la que pudo localizar, se meaba encima y no era capaz de recordar ni su propio nombre. Su hermano menor seguía bien, aunque, si aun estando vivo no le había dirigido la palabra durante más de quince años, no era cosa de hacerlo ahora, doce después de dejar este mundo. El paseo marítimo era ahora un horrible bulevar de hormigón y hierro pintado de colorines. Ni la televisión podía soportarse: los políticos no sabían hablar y los famosos no lo eran en absoluto. Lo único que merecía la pena eran las tetas que a veces asomaban a altas horas de la madrugada, mucho más generosas que las de años atrás (por no hablar de las de los primeros setenta). Al fin y al cabo, una teta siempre será una teta, se dijo.
En vista de tal estado de cosas, decidió agilizar sus gestiones. Un lunes por la mañana, después de una noche de constante conflagración con los muelles del sofá, acudió a un par de oficinas, hizo cola ante un funcionario asomado a su ventanilla y hasta le quedó tiempo para adquirir en un quiosco un periódico deportivo y un par de revistas del corazón. Para el camino, les dijo a los de casa cuando llegó a despedirse. Su mujer le acompañó hasta la puerta, como hacía siempre con el de la compañía de la luz cuando venía a tomar la lectura del contador, no por ser amable sino para que no hurtara algún jarrón del pasillo.
Pues bueno, dijo ella. Y él se vio con ánimo de intentar un atrevimiento: ¿No me rascarías un poquito ahí donde me gustaba tanto?, preguntó.
Ay, hombre, ahora, que tengo las manos pringadas de sofrito.
Lo entendió. Se despidió con mucha prudencia hasta la próxima y bajó andando las escaleras porque ya tendría tiempo allí donde se dirigía de utilizar el ascensor.

25 de abril de 2006

Protesta con BILIS

La Plataforma BILIS (Bibliotecarias Independientes, Liberales, Inconformistas y Solidarias) lanzará esta semana una campaña en contra de la liberación de libros (ellos utilizan la palabra «abandono»). La movilización obedece al masivo número de libros —principalmente novelas— que se está produciendo alrededor del día del libro. Como primera medida, y con tal de concienciar a la ciudadanía, se va a lanzar una campaña publicitaria en la que se muestra un gastado ejemplar de La Regenta (primera edición) junto a la puerta de acceso a una vivienda unifamiliar, con el lomo y las cubiertas gastadas por la intemperie. Bajo la imagen puede leerse: Él nunca lo haría.
La presidenta de BILIS, Marciana Hipnótica, cree conveniente dar a conocer el destino de esos ejemplares abandonados «ya que las fuerzas de seguridad no pueden dar salida sino a un veinte por ciento de los mismos (gracias a las campañas de acogida). El resto, transcurrido un periodo de seis meses, son triturados y convertidos en celulosa que se vende a las fábricas de papel higiénico y rollos de cocina.
Luchemos por las causas nobles, sensibles navegantes. Evitemos el ignominioso final de los ejemplares liberados. Démosle la razón a BILIS. Mandemos correos masivos a favor de esta causa. SMS seguidos de la palabra «pásalo». Hagamos una campaña de recogida de firmas.
No abandonéis libros. Es mejor abandonar maridos.
* Amigos, amigas, navegates todos: cuando leáis esto yo estaré camino de Miami. Procuraré mantenerme fiel al blog estos días, pero tendrá que ser en horario de la costa Este de los USA. Es decir: 6 horas menos que en España. Buscadme en vuestra tarde-noche, pero no dejéis de buscarme, por favor.