23 de agosto de 2012

Escaleras


De pronto, mi vida se ha llenado de escaleras. No hablo en sentido figurado, sino real. 62 escalones que subo y bajo todos los días varias veces. Las escaleras suscitan comentarios, dictámenes, predicciones, alguna que otra originalidad y, sobre todo, interés. Algunos nos vaticinan que serán ellas, y no otros motivos, quienes nos echarán de este lugar dentro de unos años. Otros las ven como la garantía de nuestra buena salud, como si fuera imposible no estar sano con tanto ir y venir por las escaleras. A nadie dejan indiferente, ni siquiera a nosotros. Varias veces al día maldecimos las escaleras. De vez en cuando, también las bendecimos.

Leyendo a Bill Bryson he aprendido que en el Reino Unido mueren todos los años más de tres mil personas al caerse por las escaleras. El cine nos ha servido una buena dosis de ese tipo de accidentes. Recuerdo, sin pensar mucho, Lo que el viento se llevó, La sombra de una duda o hasta La dama y el vagabundo. Las escaleras y el cine han formado desde antiguo un buen tándem. He intentado buscar datos de accidentes en escaleras en nuestro país, pero no he dado con ellos. El Instituto Nacional de Estadística presta más atención a otras causas de defunción. Como no veo por qué tenemos que ser muy distintos en esto a los ingleses, hago mis propios cálculos -sirviéndome de la inexacta estadística- y llego a la conclusión de que en España deben de morir todos los años unas 2.275 personas al caerse por las escaleras. Busco en Internet algún tipo de confirmación, sin ningún éxito, y al hacerlo tropiezo con el caso de un ladrón que se coló en una casa vacía y murió al caer por las escaleras mientras llevaba en brazos un voluminoso televisor. Le encontraron los dueños al volver de vacaciones.

Pensando en el pobre ladrón, llego a la conclusión de que no ha leído a Bryson. Si lo hubiera hecho habría sabido que es muy peligroso trajinar cosas muy pesadas por las escaleras (más aún si uno es un enclenque y la escalera es empinada, datos que, en este caso, desconozco por completo). Puede que el ladrón se cayera en los tres últimos escalones o en los tres últimos. Sería lógico, puesto que es en estos seis escalones donde se debe extramar la precaución, puesto que en ellos se concentran el 90 por cien de los accidentes. Si la escalera era recta, las posibilidades de caer eran aún mayores. Y si el ladrón era ágil, aún aumentaba más el riesgo. 

Yo, por ahora, he tropezado un par de veces en mis escaleras. Lo cual significa que tropezaré seis veces al año. Soy torpe y mi escalera tiene recodos, dos buenas noticias. Además, soy ibérica y aquí las estadísticas no prestan atención a las caídas por las escaleras. No tengo de qué preocuparme.

12 de agosto de 2012

Tozudez con campanario


Aunque suene ridículo, para mí escribir una novela es vivir dentro de ella durante todo el tiempo que dura la documentación, la escritura, la corrección. Luego, la abandono para pasar a la siguiente. Ha llegado el momento de que la vivan otras personas, mis lectores.

Una de las cosas que hago con más fervor es visitar todos y cada uno de los escenarios de mi ficción. Necesito pisarlos, olerlos, situarlos, no tanto en el paisaje real como en el que sólo existe -por ahora- dentro de mi cabeza. Necesito imaginar a mis personajes en esos lugares. No, mejor: necesito sentirme como mis personajes.

Lo último de lo último ha sido un campanario. Creo -glups- que esto es lo primero que desvelo del argumento de mi novela nueva. ¿Suena muy raro si digo que me da miedo desvelar el secreto? Que mientras sólo es mío siento que aún es todo posible? Al contarlo, en cambio, me parece que lo fijo, lo doy por sentado. Disipo la duda, esa eterna compañera de mis jornadas de trabajo. Alejar la duda es como cerrar puertas, acotar posibilidades. Tengo que estar muy segura para hacer eso.

Así que ha llegado el momento de comenzar a estar segura: me complace presentaros a Filippo Brancaleone, hombre bueno, italiano de nacimiento pero llegado a Barcelona en las peores circunstancias de principios del siglo XIX. Filippo es campanero en una iglesia muy céntrica que conozco muy bien. He estado allí, he hablado con el sacristán varias veces, he leído una monografía de más de 400 páginas. Pero no basta. Quiero -necesito- subir a su campanario. Por supuesto, tal cosa no está al alcance de los visitantes. De hecho, no está al alcance de casi nadie. Ya nadie sube allí, desde hace mucho. Las campanas están motorizadas. Informatizadas. El campanero ya descansa en su inexistencia. El campanario tiene una puerta angosta, siempre cerrada con llave Subir es peligroso. Hay que pedir permiso al rector. No se puede, vuelva usted otro día, pero no creo que...

La cabezonería es uno de mis defectos. Cada miércoles, desde hace ya bastante, visito al sacristán, que es un hombre encantador. Conversamos del tiempo, de todo y de nada, y yo le pregunto si ha obtenido el permiso. Me da igual que tenga que llegar del rector, el obispo o el mismo papa. Yo volveré, miércoles tras miércoles, a visitarle. Tengo una paciencia infinita y, además, visitarle me agrada. Aunque sea por librarse de mí, espero que me deje subir al campanario. Necesito hacerlo para que lo haga Filippo, aunque el rector no lo comprenda. ¿Exagero? Puede ser, pero lo considero parte de mi trabajo.

Navegantes del silencio: poned una vela por mí a Santa Rita, patrona de los imposibles. Rezad vuestras oraciones, paganas o religiosas, a los santos de vuestra devoción. Esta semana volveré a visitar a mi sacristán y volveré a mirar el campanario. Ojalá no sea sólo desde abajo.


* La imagen: Filippo Brancaleone levanta la mirada.

31 de julio de 2012

Noche y día



29 de julio de 2012

Supermami de julio


27 de julio de 2012

Qué hacer a las ocho de la tarde

He hecho una encuesta en Facebook. Es algo que me gusta desde siempre: formular preguntas. Meter las narices donde no me llaman. Facebook abre un montón de maravillosas posibilidades a los metomentodo como yo.
El detonante fue una pregunta que me hizo un periodista la semana pasada: "¿Qué haces a las ocho de la tarde?". No contesté la verdad. Opté por una solución poética (a veces la verdad es desoladora). Dije: "Me quito los zapatos y me pongo un libro". No lo hago, pero lo pienso, lo deseo, sueño con hacerlo. Y no lo hago porque las ocho de la tarde me sientan fatal. Es la hora de la culpa, de los arrepentimientos, de las maldiciones, de las angustias, de las contradicciones. Todavía mucho por hacer, pero poco tiempo. Quiero estar con la familia pero me gustaría leer, sola, en otra parte. Maldigo lo que quedó en el tintero. Es una hora tonta, fronteriza, intermediaria, que detesto.
Por eso la encuesta. En realidad, la pregunta debería haber sido: ¿A ti también se te dan mal las ocho de la tarde?
Después de analizar las respuestas, estoy en condiciones de explicaros qué es lo que hace la población a las ocho de la tarde. A saber:

1. Los incombustibles, van al gimnasio o a correr. Algunos se duchan al terminar.
2. Los que tienen niños pequeños, los meten en la bañera.
3. Los que los tienen algo mayores: planchan o hacen la cena. O ven planchar o ven hacer la cena.
4. Los que saben vivir: visitan un merendero con una botella de sidra, un queso de cabrales y un puñado de amigos (las viandas pueden cambiar según la provincia). También están las versiones gin-tonic, vinito, refresco y gazpacho.
5. Los lectores, leen.
6. Los que tienen jardín, lo riegan.
7. Quienes tienen terraza, se asoman a ella.
8. Los que trabajan de cara al público, desean que no llegue el tonto de última hora.

Aunque de todas las respuestas, escojo una, por sofisticada, que me encanta. Alguien dijo que a las ocho de la tarde le gusta tocar la flauta. A partir de hoy, cuando llegue la hora de mi desasosiego vespertino, esa hora en que mis hijos se duchan y yo preparo la cena pensando que no he regado y soñando con leer un buen libro o con tomar copas con un buen amigo, cerraré los ojos e imaginaré que escucho una flauta. Una flauta que suene sólo para mí -¿Paganini? ¿Bach? Bueno, ya lo pensaré-, fiel a su cita de cada atardecer, deliciosa.
La flauta de las ocho.

* La imagen de hoy: en general, el 8 me gusta y lo elijo.

25 de julio de 2012

Hoy sale en Alemania mi novela Habitaciones cerradas, Die Geister shweigen.

He tenido la suerte de contar con una traductora de lujo, Stefanie Karg. Hoy, para celebrarlo, quiero rendir homenaje a todos los traductores publicando unas palabras que Stefanie ha escrito ESPECIALMENTE PARA ESTE BLOG, al hilo de su trabajo de traducción y de la especial relación que los traductores entablan con los libros. No sabéis lo emocionada que estoy de poder hacerlo.

DÍAS DE PALABRAS, SILENCIO Y FANTASMASpor Stefanie Karg

Principios de julio del 2012
Falta poco para que salga Die Geister schweigen, mi traducción alemana de Habitaciones cerradas. Me pregunto con curiosidad: ¿Cómo va a recibir el público alemán la tan emocionante novela de Care Santos?
Siempre surgen unos lazos especiales con las obras a traducir: el tema, los personajes, los sitios, pero con Habitaciones cerradas ha crecido a lo largo de los meses pasados un cariño muy especial.

Febrero del 2009
Leo mi primera novela de Care, La Muerte de Venus. Me fascina cómo la autora logra entrelazar los acontecimientos de época romana con la trama actual en Mataró. Gracias a la web también puedo visualizar el ambiente creado. Ya familiarizada con Mataró en la comarca del Maresme, con una protagonista que trabaja en un salón de belleza, me llega el encargo de traducir la página web de un pequeño y acogedor hotel en la vecina comarca de La Selva, cuya gerente a la vez es propietaria de un salón de belleza.

Marzo del 2011
La lectura de Habitaciones cerradas me seduce suavemente. La estructura a base de la mezcla de distintos géneros de texto que componen la novela me encanta, los correos eléctronicos, los textos ficticios que parecen sacados de auténticos catálogos de Historia del Arte, un relato verídico publicado en un periódico, artículos de prensa también ficticios, los capitulos más bien épicos de la trama desarrollada en el pasado y los cápitulos tan concisos que relatan los acontecimientos de la actualidad. El personaje de Amadeo Lax parece tan verdadero que casi caigo en la trampa de creer que existió hasta que compruebo que ha salido de la fantasía de Care. Al principio de la lectura tengo que controlarme para sólo leer la novela apreciando a fondo la capacidad creadora de la autora, ya que de modo paralelo la voy traduciendo mentalmente, señal inequívoca de que la novela me tiene atrapada.

Mayo del 2011
¡Qué ilusión! Susanne Kiesow de Fischerverlage me encarga traducir Habitaciones cerradas al alemán. Como siempre me pongo algo nerviosa. Una cosa es leer una novela, otra cosa es –pese a toda la experiencia profesional– traducirla, dotar a la versión alemana del tono creado por la autora. Voy elaborando mi red de trabajo, disfruto del blog de Care, puedo contar con la cooperación de Heike Peetz, la colega que sabe de Historia del Arte y que va a controlar los capítulos dedicados a los temas de pintura, Modernismo etc., y también con la amiga de una amiga en España que es experta en el Ensanche de Barcelona
Empiezo con la traducción de por sí. Lo que me ha fascinado desde el principio –la mezcla de distintos estilos y géneros de textos de la novela–, a la hora de empezar me supone un reto especial. Sin embargo, cada vez descubro más detalles que me tocan. María del Roser, la gran protagonista de la trama del pasado, es un encanto, pero su estado de salud me hace recordar el hecho que la demencia o la vejez son temas latentes en las charlas con las amigas al hablar de nuestros padres. No como una hija, sino como la madre que soy, sigo el desarrollo de los hermanos Amadeo y Juan Lax desde pequeños y miro con aún más cariño a mis dos retoños. ¿Qué será de ellos? Los pasajes que evocan el Liceo me hacen recordar con mucha nostalgia el Buque fantasma que una vez vi en aquel distinguido Gran Teatro, donde la presentación de la obra wagneriana fue una parte del espectáculo y el desfile la élite catalana me proporcionó la otra.
De repente estoy irritada: ¿Cómo puede gustarme una novela que tiene como figura central el monstruo que es Amadeo Lax? Mi alivio llega al comprobar que Violeta, la gran protagonista de la trama actual se ve enfrentada con la misma pregunta: ¿Cómo puede entregar su vida laboral a un museo dedicado a un personaje que resulta haber sido un monstruo? Disfruto sumamente con los capítulos de la actualidad que dejan entrever la supuesta autoría de los « fantasmas » y trato de recrear su distancia hacia lo relatado en el original. En los correos de Violeta a su madre Valérie que entrañan cierto tono de complicidad, busco la voz de las conversaciones con mi propia madre.
Con las búsquedas en libros y en la web ya realizadas, aparecen las cosillas de siempre. De repente tengo que actualizar mi léxico alemán y por ejemplo encontrar las palabras adecuadas para algo al parecer tan banal como una cuna con pabellón o una chichonera, detalles que sin embargo, a mi entender, son esenciales para recrear el ambiente. Surge el sempieterno problema, el tutear y el tratar de usted, que es distinto en España y en Alemania, y me supone otra dificultad: ¿Violeta tutea a la hija de su gran amor o no?
Luego las coplas … Reflejan tan bien el ambiente de la época y confieren cierto valor añadido a la novela. ¿Cómo hacerlo llegar al lector alemán? Poniéndome de acuerdo con la lectora de la editorial decidimos traducirlas al alemán, ¡sabiendo que no tienen traducción! Me decido por una versión sumamente libre para guardar el sentido picante, utilizando un léxico alemán que corresponde a la época. ¡Qué atrevimiento!
Transcurre el verano, llega el otoño y mi trabajo está terminado. No, nunca está terminado, siempre se puede mejorar algo, añadir alguna cosilla, corregir un pasaje. Siempre será así, pero le he tomado tanto cariño a Habitaciones cerradas que mi traducción parece un bébé que quiero guardar para mí. Finalmente la entrego dentro del plazo establecido, la dejo en las sabias manos de las lectoras de Fischerverlage para la versión final que llevará por título Die Geister schweigen, es decir: El silencio de los fantasmas.

Febrero del 2012
Llegan las pruebas, con la distancia corrijo algún que otro detalle. Me invade una gran alegría previa. Tengo ganas de viajar a Barcelona para ver in situ el ambiente de la novela.

Mayo del 2012
Me llegan los primeros ejemplares de Die Geister schweigen para la prensa. ¡Qué alegría!

Finales de mayo del 2012
Me unen con Madrid unos lazos muy fuertes, y me escapo un largo fin de semana para volver a impregnarme del ambiente español. En la Feria del Libro desgraciadamente no coincido con los autores que he traducido. La noche de despedida después de un paseo por el centro, mis amigos me llevan a la Fídula, el café-concierto donde el genial Manuel Rey imparte su magnífica « Historia de la Copla ». Esa noche no canta las coplas que Care introduce en la novela, pero me emociono mucho al escuchar en vivo tantas coplas en un ambiente tan castizo.

Finales de junio del 2012
Care amablemente me invita a participar con « unas palabras » en su blog.

Principios de julio del 2012
Por fin me siento al ordenador y hago resumen de mi encuentro con la obra de Care. Justo cuando he llegado al mes de febrero de 2012, llama el cartero y me trae los primeros ejemplares de Die Geister schweigen. ¿Como va a recibir el público alemán esa novela cuando salga a finales de julio de 2012?



Aviso para Cyranos


20 de julio de 2012

Minis de verano (1): Árboles


A los árboles nadie les informó de nada. De pronto, de un día para otro, los habitantes de la casa eran distintos. Los de ahora eran más jóvenes, más laboriosos, tenían más niños y la voz más fuerte (o gritaban más). Comenzaron a hacer cambios. La palmera allí, la yuca allá, en este rincón unas matas de tomate. Los árboles son poco dados a las innovaciones, tardan en acostrumbrarse. Lógico: no pueden marcharse cuando algo no es de su gusto. Tener raíces es un gran inconveniente. Resolvieron protestar. Por unanimidad, después de una vegetal y secreta votación, decidieron que aquel verano, el primero para los nuevos inquilinos, no darían ni un fruto. Y se llenarían de bichos oscuros, que lo pondrían todo perdido de babilla pegajosa, infecta, de esa que sólo verla quita las ganas de salir al jardín.

Este tenderete está en algún rincón de Alemania


18 de julio de 2012

Dime cómo procrastinas y te diré quién eres


En inglés es un concepto habitual: to procrastinate. En español nos suena un poco a chino. Procrastinar. El DRAE nos demuestra que se trata de algo fácil de comprender, que hacemos todos, que está al alcance de cualquiera. Los neurólogos nos explican que el cerebro es un gran procrastinador, que para él se trata de un mecanismo de defensa. En resumen, todos somos, aún sin saberlo, grandes procrastinadores.

Definamos, pues, el arte de procrastinar como el de aplazar el momento de ponernos a hacer algo. Puede ser algo útil o inútil. Yo, lo confieso, procrastino mucho.
Observo a mis hijos y veo que han heredado esta tendencia. Aunque, me fijo, tenemos modos de procrastinar muy diferentes. Me pregunto si eso no será un modo como cualquier otro de definirnos: y usted, señora, caballero, ¿cómo procrastina?

Yo procrastino, sobre todo, por las mañanas, cuando me siento ante la pantalla y abro el documento donde duerme mi novela, esa que estoy escribiendo. Qué pereza leer lo que escribí ayer, qué miedo a que ya no me guste, qué pereza esa escena de transición que me toca hoy.  Miro el documento con ojos bovinos. ¿Qué habrá pasado en el mundo?, me pregunto. Abro El País, abro el Ara, abro La Vanguardia. ¿Qué hará la gente? Abro Facebook, leo a unos y a otros, contesto algo, borro, elimino. Poco rato, porque es importante tenerse a raya a una misma. No desmandarse en Facebook. Esa es mi máxima aspiración. Luego, lo mismo en Twitter.

Vuelvo a la novela. Entra un mail. No lo dejo para después. Podría verse bien que conteste con tanta rapidez (de hecho, la gente lo agradece). Sólo yo sé que estoy procrastinando, ganando tiempo (no: perdiéndolo). Llama un mensajero. Bajo a abrir. De vuelta, visito la lavadora, el tiesto de albahaca, la nevera, el baño y el armario de mi hija... Hasta que una vocecita muy autoritaria  (el amo al que se refería Natalia Ginzburg al hablar del oficio de escribir) grita dentro de mí: ¡Santos, ya está bien de procrastinar, vuelve a tu sitio!

Mi protagonista me observa, aburrida, desde algún rincón del mármol de donde no la he arrancado todavía. Ella odia esta tendencia mía a perderme en menudencias. Esto le pasa porque se juega la existebncia. Pero también porque no tiene debilidades, es un ser perfectamente ficticio. Y esos, ya se sabe, nunca procrastinan. 


* La imagen: detalle de una edición del siglo XVIII del impresor Joaquín Ibarra.

16 de julio de 2012

13 de julio de 2012

El profesor de Derecho Civil que leía a Patricia Highsmith


Una vez me atreví a confesarle a un catedrático lo mucho que detestaba la carrera de Derecho, que la estudiaba por complacer a mi familia y que nunca ejercería la abogacía. Se llamaba Carlos Maluquer de Motes y era mi profesor de Derecho Civil. Me miró desde la distancia de la mesa que nos separaba y me preguntó: "¿Y usted cree que hace bien?". Le dije que hacía lo que debía hacer. Se encogió de hombros. Dijo: "Bueno, allá usted".
Había ido a su despacho para pedirle ayuda. Yo era una estudiante de segundo curso y quería fundar una asociación de jóvenes escritores. Necesitaba un poco de asesoría legal para redactar unos estatutos. Si hoy tuviera que pagar un asesor de esa categoría, me costaría mucho dinero. En aquel momento, el profesor Maluquer me aconsejó con enorme generosidad.

Sobre la mesa había una novela de Patricia Highsmith. No pude evitar preguntarle si la estaba leyendo. Comenzamos una conversación sobre su pasión por la novela negra. Descubrí que era todo un experto, además de un fan de la autora estadounidense. Me atreví a contarle que quería ser escritora. Me dijo que estaba de enhorabuena, porque los claustros de Derecho habían engendrado grandes escritores aburridos de todo lo que tenía que ver con lo jurídico. "Debe de ser por efecto rebote", creo que dijo, "pero ninguna otra facultad crea más escritores que esta".

A mí me fascinaba la personalidad de Carlos Maluquer. En clase decía constantemente cosas que se salían de programa. Cuando estaba de buen humor (casi siempre en relación con las victorias del Barça), hacía cosas portentosas. No era raro escucharle decir: "Hoy nos tocaba dar el tema del Régimen Económico del Matrimonio, pero como estoy contento hablaremos del divorcio, que es más divertido". Si el Barça ganaba la Liga, nos perdonaba el caso práctico en los exámenes finales.

Una vez tuve que pedirle un gran favor al profesor Maluquer. Yo nunca fui mal en Derecho Civil. Es más, me gustaba la asignatura, seguramente porque me gustaba su modo de enseñarla. Aprobé todos los civiles en junio. Todos, menos uno. El de junio de 1990. No hubo modo de recuperar aquel curso ("Derechos Reales e Hipotecario"), y lo arrastré, año tras año, como una maldición, hasta que agoté las convocatorias. Dos días antes de presentarme al examen por enésima vez y agotar la convocatoria de gracia, decidí visitar al profesor Maluquer. Le expliqué por qué había suspendido su asignatura en junio de 1990 (tenía razones, poderosas y tristes, para haber estado muy despistada en 1990), le dije que había estudiado los derechos reales y el derecho hipotecario más que ninguna otra cosa en toda mi vida (y era verdad). Él me aconsejó que me tranquilizara y me presentara al examen.

Me presenté hecha un manojo de nervios. Escribí compulsivamente durante dos horas y media. Llené quince folios. Cuando al salir comprobé las preguntas me di cuenta de que me había confundido al leer un enunciado. Había cometido un error tonto, de bulto, que garantizaba el suspenso. Me resigné a lo peor.

Pero cuando fui a ver las notas, había aprobado.

Pocos días después, compré tres primeras ediciones de novelas de Patricia Highsmith. Uno de los libros estaba firmado por la autora (no recuerdo cuánto me costó, pero mucho para mi economía de entonces). Se los envié al profesor Maluquer con una nota de agradecimiento por aquel aprobado in extremis.
Al poco tiempo me llegó una tarjeta con el membrete del profesor Maluquer y el sello de la Universidad. Me agradecía los libros "extrañamente recibidos en pago de un favor que nunca había hecho".

El mes de abril de 2010, vi al profesor Maluquer en la Estación de Sants. Me acerqué a saludarle y le recordé nuestra conversación sobre los estatutos de la asociación. "¿La fundó?", me preguntó. "Sí, y años más tarde la disolví", repuse. Entonces recordó: "Usted quería ser escritora, ¿lo consiguió?". Le dije que sí, sonrió, y repuso: "Me alegro. Aburrirse inspira mucho".

Hace poco he sabido que el profesor Maluquer murió el 10 de junio, apenas dos meses después de aquel breve encuentro. Lamenté mucho su muerte, me habría gustado poder invitarle a tomar un café, charlar sobre novela negra, sobre abogados escritores o sobre profesores futurólogos. No pudo ser. Sólo me alegro mucho de haber podido mantener con él aquella última y breve conversación en el vestíbulo de la estación de Sants.

* Imagen: Ex-libris con alegoría de la Muerte.

9 de julio de 2012

Tragicomedia (Microrrelato)


Desde el cielo, la Luna asiste cada noche a la función. Estaba ahí, expectante, cuando algo comenzó a moverse. Cuando todo cese, aplaudirá a rabiar.

8 de julio de 2012

Me gustan estos cinco consejos sobre la vida en pareja, que extraigo de "El laberinto del amor", de Óscar Pujol (Libros del silencio)



1. Nunca pienses que vas a ser capaz de comprender a tu pareja.
2. A pesar de eso, ámala con todas tus fuerzas.
3. Nunca pienses que vas ser capaz de hacer feliz a tu pareja.
4. A pesar de eso, haz cuanto esté en tu mano para proporcionarle una vida feliz, tranquila y satisfecha.
5. Nunca aceptes la humillación en nombre del amor.

7 de julio de 2012

¡Ya tenemos cubierta noruega!


Después de tanto ensalzar la originalidad de los otros editores, me encanta que los noruegos respeten el título y la cubierta originales.

6 de julio de 2012

Recién llegados


¡Cuánta emoción cabe dentro de una caja!

4 de julio de 2012

Escribir. Por qué, para qué, sobre qué.


En un artículo reciente, Francesc Miralles contaba cómo descubrió que todo puede ser literatura a la vez que resolvía su primer dilema como escritor: qué escribir cuando no sabes de qué escribir.
Yo no tenía carpeta azul, como Francesc. Yo tenía cuadernos. Los escogía con mimo, los rescataba de las papelerías donde me esperaban y les daba un uso -eso creía yo- memorable. Porque yo, cuando era inédita y jovencísima, tenía mucha seguridad con respecto a mis dotes como escritora. Me creía Homero. Las dudas vinieron después, cuando comencé a ser escritora de verdad y comprendí que mi literatura sólo podía ser el fruto de mis limitaciones. O una suma de todas ellas. Pero ese no es el tema de este artículo.
Así que estuve muchos años emborronando páginas inocentes desde que lo hice por primera vez,  el 20 de octubre de 1978. Al principio mis cuadernos eran una crónica de hechos objetivos de ninguna trascendencia. Poco a poco se volvieron -en los años de la adolescencia, sobre todo- un inventario de sentimientos. Llegaron los poemas, que guardaba aparte, en portafolios llenos de hojas sueltas, pero que acababa copiando en mis diarios. Con los años, otras cosas lo invadieron todo: reflexiones metafísicas, rebeldías inútiles, sueños de grandeza (siempre literaria), el dolor que todo lo cambia, la felicidad que llega con discreción, las luchas contra tus propios gigantes. Existe una crónica muy tediosa pero muy documentada de todo lo que me ocurrió entre los 8 y los 33 años.  Desde que comencé aquel año 1978 hasta que en 2003 dejé de escribir diarios porque me aburrí de mí misma. Dejé de escribir diarios, es verdad, pero no abandoné los cuadernos, que siguen yendo conmigo a todas partes, siempre que salgo de casa.

Y es que un cuaderno es importante. Cada vez que alguien joven me pregunta: ¿Qué tengo que hacer para ser escritor? Yo le digo: Cómprate un cuaderno. Un cuaderno te convierte en escritor. Muñoz Molina lo dijo una vez: no tienes un cuaderno porque eres escritor sino que eres escritor porque tienes un cuaderno. De qué llenarlo. Esa es la cuestión, pero llega después.
He escrito siempre, toda mi vida, desde que tengo uso de razón. Sin motivo (lo estoy haciendo ahora mismo), sin argumento, sin mucha planificación, sin ánimo, en momentos de máxima felicidad y también en medio del horror. He pasado escribiendo todas las grandes crisis de mi vida. Pero hubo un año decisivo: 1993. Fue el año en que decidí que quería ser escritora. Jugar en primera división, a poder ser. O, por lo menos, intentarlo. Yo entonces estudiaba fatídicamente una carrera que aborrecía y que me dejaba muy poco tiempo para lo importante de verdad. Cuando me sentaba ante el teclado, era para escribir noticias periodísticas, porque también trabajaba para varios periódicos. En mi vida no cabía la reflexión y, menos aún, la ficción. Pero entonces murió mi padre y sentí una necesidad urgente, inaplazable, física de escribir.

Me autoimpuse la escritura. Fue un modo personal de terapia: una página al día, todos los días, sin concesiones. No me permitía irme a la cama si no la había escrito. Y siempre he sido implacable conmigo misma, así que comencé a cumplir la tarea sin demora. Desde entonces, cuando llegaba a casa reventada de trabajar, cenaba y me sentaba ante mi cuaderno a escribir mi página diaria. A veces no se me ocurría de qué escribir. (el dolor había sido ya contado con detalle demasiadas veces). Entonces contaba lo que tenía más a mano: una arruga de la colcha, el brillo de una farola en la calle, el rugoso paseo de la pluma sobre el papel o la mosca que acababa de posarse en mi mano izquierda.  A veces escribía de lo que guardaba mi corazón, que era mucha tristeza y mucha infelicidad. Fui profundamente infeliz en aquella etapa de mi vida, me formulé muchas preguntas difíciles, cuyas respuestas en ocasiones tardaron años en llegar. No es casualidad que fuera precisamente entonces cuando comencé a tomarme la escritura en serio. Escribir era a veces un calvario, pero haber escrito me hacía muy feliz. Tal vez me proporcionaba el momento más feliz de la jornada. Y me ayudaba a entenderme, a entender. Era un consuelo. El único al alcance.
Creo que es la única vez en toda mi vida que me han faltado ideas sobre qué escribir. Mi problema siempre ha sido el contrario: la sobreabundancia, la necesidad de elegir a cuál de las ocurrencias últimas presto atención para escribir sobre ella una novela o un relato o un poema o lo que salga. Pero fue precisamente gracias a esa falta de ideas que llegué a la conclusión mágica: lo argumental es sólo una pequeña parte. Importante, no lo niego, pero sólo una parte. El resto es la necesidad de explicarse, la tenacidad para hacerlo, el abismo que crece en tu corazón si callas, el gusto por juntar palabras y la felicidad de haberlo hecho.
Por eso escribo.

2 de julio de 2012

De cara a la pared *


Mis amigos no entienden que me guste escribir de cara a la pared. Llevo años haciéndolo y no sé de dónde me viene. Mi primer escritorio, en el que alterné la literatura con los temarios tediosos de la carrera de Derecho, ya estaba pegado a la pared. Era de estilo inglés, y había ejercido de noble despacho de consulta médica: la de mi padre. Desde aquel hasta el actual ha habido muchos, pero nunca ninguno ha estado exento, libre de su tabique protector, que yo convierto en una extensión del escritorio mismo. Me gusta llenarlo de recuerdos, cuadros, fotos, pequeñas chucherías que me hacen feliz si están cerca. Algunas llevan conmigo mucho tiempo. Otras son incorporaciones recientes, como un par de soldaditos de plomo de los ejércitos de Napoleón que han llegado esta misma semana. Uno de ellos se llama Filippo. El otro, aún es anónimo. También tengo un corcho del que cuelgo lo que no debo olvidar, para olvidarlo con más ceremonia. Y una silla cómoda, que me sujete bien, para intentar retrasar lo más posible el endémico dolor de espalda de los escritores.

Con mi escritorio actual llevo conviviendo unos escasos tres meses, desde que me mudé de domicilio. Ocupa un rincón en la buhardilla, que es también la atalaya de la casa. A mi espalda, hay una terraza desde la que se ve el mar. Aunque yo prefiero mirar a la pared, para pasmo de todos. Hasta que me trasladé aquí, no sabía que fuera tan raro. Al parecer, es rarísimo.

Cuando nos conocimos, mi madriguera de escribir era un hueco de lavadoras. Las paredes estaban cubiertas de azulejos y donde hoy está el ordenador había una pila y un grifo con cuello de cisne. No me parece un mal pasado. La metamorfosis incluyó el nuevo color de la pared: un naranja que en el catálogo de la casa de pinturas se llamaba “melocotón” pero al que le habría sentado mejor “mandarina”.  Es la primera vez que pinto la pared en la que me apoyo. Lo demás, es como siempre: mis recuerdos, mis papeles y mi desorden. Espero que todo siga así durante los próximos veinte años, por lo menos. 



* Este texto se publicó en el blog Proyecto escritorio, ideado y dirigido por el escritor Jesús Ortega. Si queréis visitarlo, pulsad AQUÍ.

1 de julio de 2012

Corazón verde (Microrrelato)



Ella me desasió la mano y dijo: Mi amor aún no está maduro, lo siento mucho. 
Mi corazón reverdeció al instante.
Mientras espero lo que debe ocurrir, me lo he quitado de encima. Allá donde está ahora, mi corazón goza de buenas vistas. Y recuerda a todos los que pasan que lo verde siempre termina madurando.

30 de junio de 2012

Supermami de junio


29 de junio de 2012

Cita a las doce y dos: Objetos perdidos


"Las cosas perdidas, ¿siguen siendo nuestras?"

Pura lógica
Benjamín Prado


"Todo lo que no es nuestro encuentra su dueño"

Electrones
Carlos Marzal


"Lo que perdimos nos hizo lo que somos"

Nuevos sofismas 
Vicente Nuñez

27 de junio de 2012

El misterio de los cuadros esquivos


Una vez viajé a Amsterdam con la sola intención de contemplar un cuadro: Trigal con cuervos, de Van Gogh. Recuerdo que era invierno, que tomé un tren en la estación de Austerlitz y compartí vagón con cinco japoneses muy ruidosos, que no me dejaron dormir en toda la noche. Llegué a primera hora de una mañana helada, dejé mis cosas en una habitación diminuta y emprendí el camino hacia el Museo donde me esperaba, o eso creía yo, el último lienzo surgido de las manos del pintor antes de su suicidio. La obra de Van Gogh se presentaba en orden cronológico. Yo avanzaba por las salas emocionada, pensando que mi cuadro me esperaba al final. Estaba terminando una novela en cuyas páginas Van Gogh tenía algún protagonismo y en cuya cubierta me gustaba imaginar los amarillos de los trigales, el azul del cielo y los manchurrones negros de Trigal con cuervos. El cuadro, pensaba yo, me esperaba. Y de algún modo, ya me tenía en cuenta. Pero cuando llegué al final del recorrido, la obra no estaba en su lugar. Un cartelito anunciaba que había sido prestada a un museo de Pekín. Era la única de toda la colección que no estaba en su sitio.
Años más tarde viajé a Venecia para contemplar otro cuadro. Esta vez era Díptico con escena del Paraíso, de Hyeronimus Bosch, una tabla del siglo XVI donde por primera vez se representa el túnel y la luz que, dicen, todos veremos al morir. Pero después de recorrer todas las salas del Palazzo Ducale descubrí consternada que el cuadro objeto de mi viaje había sido retirado de la exposición para ser restaurado. A pesar de todo, lo describí en otra de mis novelas, con tanto realismo que la mayoría de mis lectores deben de pensar que lo he visto.
Los cuadros esquivos y las oportunidades imposibles. Está bien que la vida deje cosas por hacer, que llene de compromisos el futuro.
Sólo mucho más tarde me di cuenta de que ambos cuadros tenían algo en común. El primero es la instantánea del último instante de vida. El otro podría ser la del primer segundo de muerte. Dos misterios demasiado grandes para tropezar con ellos antes de tiempo.

19 de junio de 2012

Una deuda pendiente: Emili Teixidor, in memoriam

 

Emili Teixidor no sólo era un gran escritor y un hombre sabio. También era un amigo. Todos los días se mueren escritores, todos los días se mueren hombres sabios (y tontos), pero la pérdida de un amigo es algo que no podemos permitirnos. 
Le conocí en mayo de 2000. Fue un año de grandes cambios, de grandes incorporaciones a mi vida. Emili fue una de las importantes. Tuve la suerte de compartir con él una campaña de promoción organizada por editorial Cruïlla. Yo había sido aquel año la ganadora del Gran Angular en català. Emili promocionaba una de sus estupendas novelas para jóvenes, Amics de mort. El tercero en discordia era Antoni Garcia Llorca, que había ganado el Vaixell de Vapor. Los tres recorrimos parte del territorio catalán hablando de la cosa común: la Literatura. Emili embelesaba a cuantos le escuchaban. Los dos jóvenes escritores que le servíamos de séquito aprendíamos de él. Todo lo que decía Emili enseñaba a escribir, a leer, a vivir, a pensar. Desbordaba pasión y entusiasmo. Tenía un espíritu joven y un corazón generoso, adornado con una sonrisa de burla y un físico poderoso, de seminarista o de cardenal. Hablaba con voz suave, como si sus palabras no fueran importantes, pero todo lo que decía era escuchado. 
Pienso que no es mala estrategia: si tus autores premiados son demasiado bisoños, haz que les acompañe un escritor de verdad, de los de piel curtida y muchas páginas a sus espaldas, así los jovencitos sacarán de la gira algo más que vanagloria y falsas ínfulas. Desde luego, a mí la lección -no sé si premeditada- me sirvió de mucho. Aquella gira de promoción fue un regalo.
Una vez, mucho después, encontré a Emili en un tren. Viajaba en la compañía de tres libros -leía infatigablemente- y me pareció que mi presencia le estorbaba. Después de las cortesías de rigor, le invité a cenar a casa. Denegó con amabilidad. Le daba pereza desplazarse treinta kilómetros, hasta mi ciudad del área metropolitana de Barcelona. Le echó la culpa a la salud. Sonrió mucho.
Luego, se enteró de que algo grave había ocurrido en mi vida y me escribió para autoinvitarse a cenar. Fue un gesto sencillo, breve, casi irrelevante, que yo le agradecí infinito. Había intuido que para mí aquella cena en casa era importante y también que de pronto a mi vida le faltaban cosas importantes por las que sentir felicidad. Había comprendido, en el sentido más profundo de la palabra, y apenas sin palabras. Me emocionó que con tan poco pudiera decir tanto. Le emplacé para más adelante,  cuando me viera con fuerzas, aceptó, pero ya nunca pudo ser.
Coincidimos varias veces más. En la radio, en Sant Jordi, en algún que otro cóctel -pocos, porque él no los frecuentaba-, en alguna librería, en el correo electrónico y hasta en las páginas de algún periódico. Para mí siempre será alguien con quien contraje una gran deuda, alguien de quien aprendí, a quien leí con fascinación y a quien quise discreta pero verdaderamente. Cuando regrese a sus libros, me reencontraré con todas esas cosas al instante y sus palabras le devolverán intacto.
¿Intacto? No. Al amigo no podré recuperarlo salvo en la memoria, ese testimonio fugaz e inexacto de nuestro paso por el mundo.

12 de junio de 2012

La autora que corría detrás de sus lectoras


Me lo había preguntado varias veces. Qué haría si un día me encontraba en un autobús con alguien leyendo un libro mío. Tengo amigos que de vez en cuando me mandan fotos robadas en trenes, buses o cualquier lugar público, cuyo único tema son lectores que degustan alguna de mis novelas. Sospechaba que algún día podía pasarme a mí, y estaba preparada. En serio.
Mi sentido común me decía: lo que hay que hacer en estos casos es permanecer impasible, como si no fuera contigo, como si ese libro que sostiene en sus manos ese ciudadano o ciudadana no te importara lo más mínimo, como si nada tuviera que ver contigo.
Sin embargo, ocurre que sí me importa. Mucho. Ese libro, señora, que usted sostiene en sus manos con tanta delicadeza, resume dos años de obsesiones, emociones, dudas, vueltas a empezar, viajes y trabajo, mucho trabajo. Y no sólo eso. Ese libro también contiene el resto de mi vida, porque ahí están algunos descubrimientos de hace veinte años, treinta. Ahí están los recuerdos indelebles de parte de mi infancia. Algunas de las cosas que han ocurrido a gente que quiero. El escenario al que siempre deseo regresar. Los seres de ficción que ya forman parte de mi familia. Mi memoria, en suma. 
¿Se puede permanecer impasible cuando ves a alguien en un autobús llevando en sus manos todo eso?

Ayer ocurrió. Línea 7, en la Diagonal, más allá de Glòries, minutos antes de las seis y media de la tarde. De pronto la vi: una mujer llevaba en las manos Habitaciones cerradas. Podría haberme ocurrido antes, pero ocurrió ayer. Podría no haberme ocurrido nunca. La señora se disponía a bajar del autobús. Apenas tuve tiempo para pensarlo: qué hago, qué hago. Permanezco impasible, sí, es lo más sensato. Pero, ¿desde cuándo soy sensata? La puerta del autobús iba a cerrarse. 

(Abro un paréntesis sólo para reflexionar acerca de los riesgos que tiene abordar de pronto a alguien que lleva un libro tuyo en las manos. Puede ser que lo esté leyendo y le parezca una birria. Puede ser que no piense leerlo, que se lo acaben de regalar y sólo busque el modo de librarse de él. Puede ser que no tenga ningunas ganas de conocer al autor, a menos que sea para darle un bofetón. Me pregunto qué habría pasado si los autores de ciertos libros tediosos que he leído en mi vida se  hubieran avalanzado sobre mí de repente, en plena calle, eufóricos y emocionados. ¿Qué habría hecho? Además de disimular el espanto, quiero decir. No tengo ni idea.)

Salté del bus. 
Eché a correr (por unos segundos nada más) detrás de la señora que llevaba Habitaciones cerradas. Cuando la paré, le dije la verdad: "Me han entrado ganas de darle dos besos en las mejillas".  Bueno, también le expliqué la razón, claro. Debo decir que ella estuvo muy a la altura de estas peculiares circunstancias.

(Abro otro paréntesis. De todo corazón, espero que nunca me resulte indiferente ver a alguien con un libro mío en las manos. De los 35.000 libros que se publican al año, eligió el mío. Lo llevaba encima, lo paseaba, le daba vida, pensaba leerlo o tal vez lo estaba leyendo. Yo escribo para ella, aun sin saberlo, para esa mujer que tropezó conmigo ayer en la línea 7, a quien una compañera del trabajo recomendó mi novela. El día que nada de esto me importe, comenzaré a morir un poco. El día en que prefiera alegrarme por dentro fingiendo indiferencia a decirle a esa mujer que me alegro mucho de haberla encontrado, dejaré de ser yo misma. Entonces sí, qué lástima, me habré vuelto sensata.)

Eso sí: esta ha sido la primera vez. Las primeras veces siempre nos encuentran desprevenidos, por mucho que hayamos pensado en ellas. A partir de ahora, prometo comportarme. Podéis leer tranquilamente libros míos en público, sin riesgo a ser perseguidos ni abordados por mí en plena calle. Me reportaré: os miraré con discreción, me alegraré por dentro, os dejaré pasar como si no me importarais lo más mínimo y esa noche dormiré feliz.


* La foto la tomó en un tren Javier F. R.




6 de junio de 2012

Las pequeñas revoluciones


Simpatizo con los lunes. Los creo días cargados de energía, en que la modorra del fin de semana deja paso a las intenciones más intrépidas. Las grandes revoluciones deben comenzarse los lunes a primera hora. Sólo las grandes, porque las pequeñas tienen su día propio. Si uno empieza una revolución en lunes, acompañado de ese olor a estreno, a jabón de ilusión y a todo es posible, sabe a ciencia cierta que va a salirse con la suya.
Los martes se parecen al segundo capítulo de las novelas. Después de la energía, de las grandes expectativas, del embeleso provocado de quien está al otro lado, hay que tomar resoluciones y ser práctico. Explicar, decir, recapitular, prever. Los martes son el día del precavido, del ahorrador, del responsable. Por eso hay semanas en que se nos indigestan, porque todas esas virtudes no siempre nos encuentran predispuestos. Hay martes que nos sorprenden con ánimo de domingo por la tarde, que es el peor ánimo de la semana.
Yo prohibiría los miércoles. Me parecen el día más odioso de todos. Ya no es posible encontrar ese aire de estreno que teníamos el lunes, pero tampoco es lícito relajarse pensando que el fin de semana está cerca. El miércoles está a años luz de lo bueno y de lo malo, y es de una neutralidad horrorosa. Un día insípido, al que le faltan aderezos. Por eso todo lo que más nos guste hay que hacerlo en miércoles, para compensar lo que de natural le falta. En miércoles hay que hacer mucho el amor. En miércoles, ir al teatro. En miércoles, cenar fuera de casa. En miércoles, escribir por puro placer y sin que nadie te lo haya pedido, algo que sólo tú sabes qué será. Un artículo en el blog, por ejemplo. Palabras como un remedio. Las pequeñas revoluciones deben hacerse siempre en miércoles.
Los jueves ya llegan de otro talante. Son afrutados y alegres. Ya se adivina que algo va a cambiar, y hay que prepararse. Es un día para afrontar grandes empresas. Un día para pisar fuerte. Estamos muy bregados ya, los jueves, y tenemos la enorme experiencia adquirida durante la semana. Todo es posible, somos invencibles. Los jueves las recetas inventadas salen bien. Es el mejor día para los experimentos.
Y luego alcanzamos el viernes. Ah, el viernes. Día de adioses, de hastaprontos, de planes, de sonrisas, de niños alborotados, de mapas extendidos, de muchos nervios cuando escrutamos las previsiones del tiempo. El viernes llega lento, demorado, pero en cuanto nos damos cuenta comienza a correr, se precipita hacia el sábado, y entonces no hay quien ponga freno a las manecillas del reloj.
El sábado es el día más corto, no hace más que comenzar y ya los minutos se escapan hacia otra parte -nunca sabremos dónde-, en él todo nos sabe a poco y nada nos sacia. Es un día de corazones generosos, de palabras, de paseos, que suele contar con el favor del sol. Y si no, pensamos que no lo necesitamos, porque el sábado puede permitirse un nubarrón o incluso un buen chubasco. Es el mejor día para ser muy desgraciado, porque en sábado el dolor dura menos. Los nacidos en sábado llevan el estigma de la levedad en sus corazones, pero saben ser felices en cualquier circunstancia.
El domingo viene con poco fuelle. Por eso tenemos la impresión de que es un día lento, que compensa las horas sabatinas, y mudable, ya que a medida que avanza se vuelve triste, desasosegado. Es como si todos los domingos tuvieran tendencia a nublarse a sí mismos, sin la ayuda de nadie. Y si se advierte que la tarde del domingo puede devenir insoportable hay que apresurarse a tomar medidas: dormitar, conversar o leer son buenas soluciones. Cualquier cosa con tal de escapar del tiempo. Sin olvidar que a última hora, cuando el domingo comienza ya a transmutarse en lunes, ocurren siempre cosas inesperadas: aparecen aquellas llaves perdidas, se recuerdan las obligaciones devoradas por el fin de semana, de pronto surge un amante impetuoso que no quiere esperar y el chocolate sabe a gloria justo antes de considerar su oferta y dejarse llevar, dulcemente, hacia otro principio.

23 de mayo de 2012

En realidad, no se puede, Natalia



...cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos.

Natalia Ginzburg
Mi oficio


Te tuteo: 
querida y admirada
Natalia
porque quiero contarte
cómo ocurre la cosa:
De pronto
te encuentras en un parque
rodeada de niños
y sus odiosas madres.
Nadie parece incómodo.
Ellas están a gusto
o lo simulan: 
ríen, charlan
de anécdotas triviales.
De vez en cuando alguna
se alborota
y grita un nombre
para que todas sepan
lo bien que ha asimilado
su rol de maternal
abnegación
y la tomen de ejemplo.

En un rincón del parque,
al otro lado,
yo
me ausento.
De hecho, la pregunta
qué coño hago yo aquí
ha mutado en la otra
dónde estoy, para qué,
en qué mundo,
en qué trama
acompañando a qué ser irreal.
Lo cierto es que estoy lejos
mucho
de esa madre que grita
de la otra que corre
porque alguien le ha robado
la pala a su cachorro
y ahora está chupándola
y se cierne en el aire
un peligro inminente
de catástrofe.

Me siento rara
como un orangután
invitado a una boda.
No estoy en mi lugar.
Soy madre como ellas
pero sobro.
Como cuando de niña
sobraba entre los juegos
de las otras.
Y siempre prefería
leer,
escondida
entre los libros
de la biblioteca.


Yo amaso una tristeza
que no le cuento a nadie
porque nadie la entiende.
Hoy no he escrito una línea.
Nada. Ni una palabra
miserable en la historia
perfecta que me acecha
y perturba mis sueños
sin descanso.


No he escrito
porque cuando iba a hacerlo
ellos han protestado:
queremos ir contigo,
mamá.
La canguro no sirve,
mamá.
Te queremos a ti.
Sólo tú eres
nuestra madre.
Y mamá
ha dejado sus planes
más felices
y se ha dicho:
son ellos
lo que en verdad importa.
Lo demás, es superfluo,
prescindible.
¿A quién quiero engañar?


Después de la merienda,
el autobús
y he llegado hasta aquí
este infierno infantil
donde maldigo
a lo que más adoro
como un precio que debo
pagar por la renuncia.


Así que mientras retan
a sus madres gritonas
los cachorros ajenos
yo lloro sobre el hombro de Natalia
un dolor que ahora es mutuo
y que nadie comprende.



2 de mayo de 2012

Con permiso de Fabián Casas o lo que gusta hay que compartirlo

ESPERANDO QUE LA ASPIRINA

Esperando que la aspirina empiece a trabajar,
que acomode los cuartos,
que revuelva el café
y que atraiga a mi madre fresca,
hojeo revistas estúpidas,
escucho discos viejos,
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.





SIN LLAVES Y A OSCURAS

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.

* La imagen: Camino a casa en rojo

1 de mayo de 2012

Instancia


Después de que una letra be bribona, brabucona, bestial, bastarda se haya hecho pasar por una uve  auténtica durante todo el fin de semana, afeando una entrada de mi blog sin mi consentimiento

EXPONGO

que en el teclado de mi ordenador, de cuya disposición son responsables, como de tantas otras cosas modernas y antiguas, los alemanes, la letra be y la letra uve se encuentran demasiado juntas, con el consabido riesgo de error de cálculo y el menoscabo de la reputación que tanto nos cuesta mantener a quienes, precisamente, somos tenidos por gente de letras.
Expuesto lo cual

SOLICITO


Que las dichas letras sean separadas drásticamente y llevadas cada una a un lado del teclado. La be podría ocupar un puesto junto a la pe y la uve instalarse junto a la zeta. Así, si alguien vuelve a escribir bestido en lugar de vestido será porque así le gusta salir a la calle y no porque el dedito aterrizó mal en uno de sus saltos de tecla en tecla.

Que sean canonizados los maridos que advierten a sus mujeres de los horrores en que terminan esos aterrizajes, o que la vida les premie con un alud de excesos.

Y para que así conste lo firmo en mi casa, un martes festibo, de vuen tiempo, varvacoa y sobremesa, con mi nomvre y rúvrica.

* La imagen: Mi vieja Lettera, que padecía el mismo problema.

25 de abril de 2012

Personajes de Sant Jordi




La Diada de Sant Jordi es una magnífica oportunidad para dedicarse a observar al paisanaje. Después de un día entero de observación atenta, concluyo que existen pintorescas clases de autores y de lectores, que paso a detallar:

LOS AUTORES ODIOSOS
-Los que cuando algún lector se acerca a menos de treinta centímetros de su libro le sueltan que "engancha mucho", "es muy ágil", "se ha traducido a seis idiomas" o "sólo cuesta 17 euros".

-Los que antes de cada dedicatoria interrogan al pobre lector desprevenido como si se encontrara bajo sospecha. "¿A qué te dedicas? ¿Has leído ya algo más mío? ¿Qué compraste el año pasado? ¿Y ahora a dónde vas?" (Recomiendo vivamente a los lectores que se vean sometidos a semejante trance que opten por el: "Y a ti qué te importa", clásico pero eficaz).

-Los que no son autores. Ejemplo: el actor vestido de peluche rosa que se hizo pasar por el protagonista de El abuelo que saltó por la ventana y se largó (libro más vendido de la jornada) y ¡no dejó de firmar libros! Qué cosas. Otro ejemplo: Ana Obregón. Aunque me dijo un pajarito que apenas firmó. Loados sean los dioses de las causas perdidas, porque a veces reaccionan a tiempo.

-Los que se quejan. Firman poco, o no firman nada, pero van a todos los saraos donde se hartan de comer, de beber y de despotricar. Critican las colas ajenas y dicen que Sant Jordi es una servidumbre impuesta por el editor. Luego, siguen comiendo y bebiendo.

-Los que traen el perro a la firma y dejan que pasee sobre la mesa donde los colegas firman apaciblemente. Por supuesto, el perro no tiene el día intelectual y pisotea los libros expuestos que es un primor.


LOS LECTORES EN HORAS BAJAS
-Los que hacen cola para conseguir la firma de un actor que no tiene nada que ver con el libro o de un famosillo de tres al cuarto cuyo único mérito es decir inconveniencias en la televisión.

-Los que aparecen de pronto en la caseta donde firman unos cuantos y felicitan a los escritores por su sensibilidad y sabiduría (¡si ellos supieran!). A voz en grito y con un entusiasmo sospechoso, qué vergüenza más ajena.

-Los que quieren que les firmes el casco, el móvil, el brazo, la camiseta o el libro de otro autor. Y no entienden que te niegues.

-Los que cuando te dan el libro para que se lo dediques te dicen: "Ponle a mi cuñada que la quiero mucho".

-Los que te preguntan el precio de tu propio libro o piden que les cobres la compra. O peor, los que con el libro en la mano te preguntan: ¿De qué va?


LOS AUTORES AGRACIADOS
-Los que se duermen entre firma y firma. Suelen ser mayores de 70 y estar de vuelta de todo. Se despiertan para firmar, si es que aparece algún lector, y luego siguen la siesta.

-Los que aguantan con estoicismo y buena cara que después de cada firma venga una foto, tomada con un móvil por un amigo o familiar del lector en cuestión.



LOS LECTORES AGRACIADOS
-Los que llegan a la caseta y descubren que su escritor está hablando por el móvil o mandando un mensajito, tomando fotos (también con el móvil) o echando una siestecita y esperan prudentemente, libro en mano, a que termine, sin decir nada.

-Los que se acercan a saludar, aunque se hayan dejado el libro en casa.

-Los habituales de la fiesta, reconocibles a distancia, que te comentan sus impresiones de año en año y nunca fallan. Ah, y siempre compran literatura.

Y por último, UNA QUEJA a los señores editores que nos organizan jornadas de firmas y carreras a tantos autores ese día: por favor, que alguien tenga en cuenta que los escritores (y escritoras) también hacemos pipí. O pactamos que no nos den agua en cada caseta donde estamos o establecemos la pausa-micción. Hala, queda dicho. Hasta el año que viene.


* Las imágenes son de este año, por la tarde: FNAC antes y CATALONIA durante.

24 de abril de 2012

Autoretratos en buena compañía. Crónica gráfica de otro Sant Jordi (segunda parte)







He aquí lo mejor del día de Sant Jordi. Besuqueos matutinos con Iolanda Batallé; sonrisas de optimismo con Andreu Martín; parada matutina con Sandra Bruna y Maria Rosa Tey, que nunca fallan;  caretos raros con Dani Cruz, el flamante ilustrador que comparte conmigo la autoría de la serie infantil Milena Pato; el lujo de firmar al lado de un amigo: Francesc Miralles; y el descubrimiento de la jornada: la autora sueca Mari Jungstedt, con quien coincidí en FNAC a última hora. Lo demás, navegantes, es silencio.

Una tradición en este blog: La foto de Sant Jordi y la foto de la foto de Sant Jordi










Esta es la foto oficial del día de Sant Jordi. Se toma todos los años en el Hotel Regina de Barcelona, como pistoletazo de salida a un día precioso, al final de un desayuno multitudinario. Yo tengo la costumbre desde hace años de hacer la foto de la prensa que hace la foto. Aquí encontraréis un histórico de ese momento. Para quienes tengáis curiosidad: los que estamos en el suelo somos, Pilar Eyre, Iolanda Batallé, esta reportera dicharachera y Andreu Martín.