20 de julio de 2012
18 de julio de 2012
Dime cómo procrastinas y te diré quién eres
En inglés es un concepto habitual: to procrastinate. En español nos suena un poco a chino. Procrastinar. El DRAE nos demuestra que se trata de algo fácil de comprender, que hacemos todos, que está al alcance de cualquiera. Los neurólogos nos explican que el cerebro es un gran procrastinador, que para él se trata de un mecanismo de defensa. En resumen, todos somos, aún sin saberlo, grandes procrastinadores.
Definamos, pues, el arte de procrastinar como el de aplazar el momento de ponernos a hacer algo. Puede ser algo útil o inútil. Yo, lo confieso, procrastino mucho.
Observo a mis hijos y veo que han heredado esta tendencia. Aunque, me fijo, tenemos modos de procrastinar muy diferentes. Me pregunto si eso no será un modo como cualquier otro de definirnos: y usted, señora, caballero, ¿cómo procrastina?
Yo procrastino, sobre todo, por las mañanas, cuando me siento ante la pantalla y abro el documento donde duerme mi novela, esa que estoy escribiendo. Qué pereza leer lo que escribí ayer, qué miedo a que ya no me guste, qué pereza esa escena de transición que me toca hoy. Miro el documento con ojos bovinos. ¿Qué habrá pasado en el mundo?, me pregunto. Abro El País, abro el Ara, abro La Vanguardia. ¿Qué hará la gente? Abro Facebook, leo a unos y a otros, contesto algo, borro, elimino. Poco rato, porque es importante tenerse a raya a una misma. No desmandarse en Facebook. Esa es mi máxima aspiración. Luego, lo mismo en Twitter.
Vuelvo a la novela. Entra un mail. No lo dejo para después. Podría verse bien que conteste con tanta rapidez (de hecho, la gente lo agradece). Sólo yo sé que estoy procrastinando, ganando tiempo (no: perdiéndolo). Llama un mensajero. Bajo a abrir. De vuelta, visito la lavadora, el tiesto de albahaca, la nevera, el baño y el armario de mi hija... Hasta que una vocecita muy autoritaria (el amo al que se refería Natalia Ginzburg al hablar del oficio de escribir) grita dentro de mí: ¡Santos, ya está bien de procrastinar, vuelve a tu sitio!
Mi protagonista me observa, aburrida, desde algún rincón del mármol de donde no la he arrancado todavía. Ella odia esta tendencia mía a perderme en menudencias. Esto le pasa porque se juega la existebncia. Pero también porque no tiene debilidades, es un ser perfectamente ficticio. Y esos, ya se sabe, nunca procrastinan.
* La imagen: detalle de una edición del siglo XVIII del impresor Joaquín Ibarra.
16 de julio de 2012
13 de julio de 2012
El profesor de Derecho Civil que leía a Patricia Highsmith
Una vez me atreví a confesarle a un catedrático lo mucho que detestaba la carrera de Derecho, que la estudiaba por complacer a mi familia y que nunca ejercería la abogacía. Se llamaba Carlos Maluquer de Motes y era mi profesor de Derecho Civil. Me miró desde la distancia de la mesa que nos separaba y me preguntó: "¿Y usted cree que hace bien?". Le dije que hacía lo que debía hacer. Se encogió de hombros. Dijo: "Bueno, allá usted".
Había ido a su despacho para pedirle ayuda. Yo era una estudiante de segundo curso y quería fundar una asociación de jóvenes escritores. Necesitaba un poco de asesoría legal para redactar unos estatutos. Si hoy tuviera que pagar un asesor de esa categoría, me costaría mucho dinero. En aquel momento, el profesor Maluquer me aconsejó con enorme generosidad.
Sobre la mesa había una novela de Patricia Highsmith. No pude evitar preguntarle si la estaba leyendo. Comenzamos una conversación sobre su pasión por la novela negra. Descubrí que era todo un experto, además de un fan de la autora estadounidense. Me atreví a contarle que quería ser escritora. Me dijo que estaba de enhorabuena, porque los claustros de Derecho habían engendrado grandes escritores aburridos de todo lo que tenía que ver con lo jurídico. "Debe de ser por efecto rebote", creo que dijo, "pero ninguna otra facultad crea más escritores que esta".
A mí me fascinaba la personalidad de Carlos Maluquer. En clase decía constantemente cosas que se salían de programa. Cuando estaba de buen humor (casi siempre en relación con las victorias del Barça), hacía cosas portentosas. No era raro escucharle decir: "Hoy nos tocaba dar el tema del Régimen Económico del Matrimonio, pero como estoy contento hablaremos del divorcio, que es más divertido". Si el Barça ganaba la Liga, nos perdonaba el caso práctico en los exámenes finales.
Una vez tuve que pedirle un gran favor al profesor Maluquer. Yo nunca fui mal en Derecho Civil. Es más, me gustaba la asignatura, seguramente porque me gustaba su modo de enseñarla. Aprobé todos los civiles en junio. Todos, menos uno. El de junio de 1990. No hubo modo de recuperar aquel curso ("Derechos Reales e Hipotecario"), y lo arrastré, año tras año, como una maldición, hasta que agoté las convocatorias. Dos días antes de presentarme al examen por enésima vez y agotar la convocatoria de gracia, decidí visitar al profesor Maluquer. Le expliqué por qué había suspendido su asignatura en junio de 1990 (tenía razones, poderosas y tristes, para haber estado muy despistada en 1990), le dije que había estudiado los derechos reales y el derecho hipotecario más que ninguna otra cosa en toda mi vida (y era verdad). Él me aconsejó que me tranquilizara y me presentara al examen.
Me presenté hecha un manojo de nervios. Escribí compulsivamente durante dos horas y media. Llené quince folios. Cuando al salir comprobé las preguntas me di cuenta de que me había confundido al leer un enunciado. Había cometido un error tonto, de bulto, que garantizaba el suspenso. Me resigné a lo peor.
Pero cuando fui a ver las notas, había aprobado.
Pocos días después, compré tres primeras ediciones de novelas de Patricia Highsmith. Uno de los libros estaba firmado por la autora (no recuerdo cuánto me costó, pero mucho para mi economía de entonces). Se los envié al profesor Maluquer con una nota de agradecimiento por aquel aprobado in extremis.
Al poco tiempo me llegó una tarjeta con el membrete del profesor Maluquer y el sello de la Universidad. Me agradecía los libros "extrañamente recibidos en pago de un favor que nunca había hecho".
El mes de abril de 2010, vi al profesor Maluquer en la Estación de Sants. Me acerqué a saludarle y le recordé nuestra conversación sobre los estatutos de la asociación. "¿La fundó?", me preguntó. "Sí, y años más tarde la disolví", repuse. Entonces recordó: "Usted quería ser escritora, ¿lo consiguió?". Le dije que sí, sonrió, y repuso: "Me alegro. Aburrirse inspira mucho".
Hace poco he sabido que el profesor Maluquer murió el 10 de junio, apenas dos meses después de aquel breve encuentro. Lamenté mucho su muerte, me habría gustado poder invitarle a tomar un café, charlar sobre novela negra, sobre abogados escritores o sobre profesores futurólogos. No pudo ser. Sólo me alegro mucho de haber podido mantener con él aquella última y breve conversación en el vestíbulo de la estación de Sants.
* Imagen: Ex-libris con alegoría de la Muerte.
9 de julio de 2012
Tragicomedia (Microrrelato)
Desde el cielo, la Luna asiste cada noche a la función. Estaba ahí, expectante, cuando algo comenzó a moverse. Cuando todo cese, aplaudirá a rabiar.
8 de julio de 2012
Me gustan estos cinco consejos sobre la vida en pareja, que extraigo de "El laberinto del amor", de Óscar Pujol (Libros del silencio)
1. Nunca pienses que vas a ser capaz de comprender a tu pareja.
2. A pesar de eso, ámala con todas tus fuerzas.
3. Nunca pienses que vas ser capaz de hacer feliz a tu pareja.
4. A pesar de eso, haz cuanto esté en tu mano para proporcionarle una vida feliz, tranquila y satisfecha.
5. Nunca aceptes la humillación en nombre del amor.
7 de julio de 2012
¡Ya tenemos cubierta noruega!
Después de tanto ensalzar la originalidad de los otros editores, me encanta que los noruegos respeten el título y la cubierta originales.
6 de julio de 2012
4 de julio de 2012
Escribir. Por qué, para qué, sobre qué.
En un artículo reciente, Francesc Miralles contaba cómo descubrió que todo puede ser literatura a la vez que resolvía su primer dilema como escritor: qué escribir cuando no sabes de qué escribir.
Yo no tenía carpeta azul, como Francesc. Yo tenía cuadernos. Los escogía con mimo, los rescataba de las papelerías donde me esperaban y les daba un uso -eso creía yo- memorable. Porque yo, cuando era inédita y jovencísima, tenía mucha seguridad con respecto a mis dotes como escritora. Me creía Homero. Las dudas vinieron después, cuando comencé a ser escritora de verdad y comprendí que mi literatura sólo podía ser el fruto de mis limitaciones. O una suma de todas ellas. Pero ese no es el tema de este artículo.
Así que estuve muchos años emborronando páginas inocentes desde que lo hice por primera vez, el 20 de octubre de 1978. Al principio mis cuadernos eran una crónica de hechos objetivos de ninguna trascendencia. Poco a poco se volvieron -en los años de la adolescencia, sobre todo- un inventario de sentimientos. Llegaron los poemas, que guardaba aparte, en portafolios llenos de hojas sueltas, pero que acababa copiando en mis diarios. Con los años, otras cosas lo invadieron todo: reflexiones metafísicas, rebeldías inútiles, sueños de grandeza (siempre literaria), el dolor que todo lo cambia, la felicidad que llega con discreción, las luchas contra tus propios gigantes. Existe una crónica muy tediosa pero muy documentada de todo lo que me ocurrió entre los 8 y los 33 años. Desde que comencé aquel año 1978 hasta que en 2003 dejé de escribir diarios porque me aburrí de mí misma. Dejé de escribir diarios, es verdad, pero no abandoné los cuadernos, que siguen yendo conmigo a todas partes, siempre que salgo de casa.
Y es que un cuaderno es importante. Cada vez que alguien joven me pregunta: ¿Qué tengo que hacer para ser escritor? Yo le digo: Cómprate un cuaderno. Un cuaderno te convierte en escritor. Muñoz Molina lo dijo una vez: no tienes un cuaderno porque eres escritor sino que eres escritor porque tienes un cuaderno. De qué llenarlo. Esa es la cuestión, pero llega después.
Y es que un cuaderno es importante. Cada vez que alguien joven me pregunta: ¿Qué tengo que hacer para ser escritor? Yo le digo: Cómprate un cuaderno. Un cuaderno te convierte en escritor. Muñoz Molina lo dijo una vez: no tienes un cuaderno porque eres escritor sino que eres escritor porque tienes un cuaderno. De qué llenarlo. Esa es la cuestión, pero llega después.
He escrito siempre, toda mi vida, desde que tengo uso de razón. Sin motivo (lo estoy haciendo ahora mismo), sin argumento, sin mucha planificación, sin ánimo, en momentos de máxima felicidad y también en medio del horror. He pasado escribiendo todas las grandes crisis de mi vida. Pero hubo un año decisivo: 1993. Fue el año en que decidí que quería ser escritora. Jugar en primera división, a poder ser. O, por lo menos, intentarlo. Yo entonces estudiaba fatídicamente una carrera que aborrecía y que me dejaba muy poco tiempo para lo importante de verdad. Cuando me sentaba ante el teclado, era para escribir noticias periodísticas, porque también trabajaba para varios periódicos. En mi vida no cabía la reflexión y, menos aún, la ficción. Pero entonces murió mi padre y sentí una necesidad urgente, inaplazable, física de escribir.
Me autoimpuse la escritura. Fue un modo personal de terapia: una página al día, todos los días, sin concesiones. No me permitía irme a la cama si no la había escrito. Y siempre he sido implacable conmigo misma, así que comencé a cumplir la tarea sin demora. Desde entonces, cuando llegaba a casa reventada de trabajar, cenaba y me sentaba ante mi cuaderno a escribir mi página diaria. A veces no se me ocurría de qué escribir. (el dolor había sido ya contado con detalle demasiadas veces). Entonces contaba lo que tenía más a mano: una arruga de la colcha, el brillo de una farola en la calle, el rugoso paseo de la pluma sobre el papel o la mosca que acababa de posarse en mi mano izquierda. A veces escribía de lo que guardaba mi corazón, que era mucha tristeza y mucha infelicidad. Fui profundamente infeliz en aquella etapa de mi vida, me formulé muchas preguntas difíciles, cuyas respuestas en ocasiones tardaron años en llegar. No es casualidad que fuera precisamente entonces cuando comencé a tomarme la escritura en serio. Escribir era a veces un calvario, pero haber escrito me hacía muy feliz. Tal vez me proporcionaba el momento más feliz de la jornada. Y me ayudaba a entenderme, a entender. Era un consuelo. El único al alcance.
Me autoimpuse la escritura. Fue un modo personal de terapia: una página al día, todos los días, sin concesiones. No me permitía irme a la cama si no la había escrito. Y siempre he sido implacable conmigo misma, así que comencé a cumplir la tarea sin demora. Desde entonces, cuando llegaba a casa reventada de trabajar, cenaba y me sentaba ante mi cuaderno a escribir mi página diaria. A veces no se me ocurría de qué escribir. (el dolor había sido ya contado con detalle demasiadas veces). Entonces contaba lo que tenía más a mano: una arruga de la colcha, el brillo de una farola en la calle, el rugoso paseo de la pluma sobre el papel o la mosca que acababa de posarse en mi mano izquierda. A veces escribía de lo que guardaba mi corazón, que era mucha tristeza y mucha infelicidad. Fui profundamente infeliz en aquella etapa de mi vida, me formulé muchas preguntas difíciles, cuyas respuestas en ocasiones tardaron años en llegar. No es casualidad que fuera precisamente entonces cuando comencé a tomarme la escritura en serio. Escribir era a veces un calvario, pero haber escrito me hacía muy feliz. Tal vez me proporcionaba el momento más feliz de la jornada. Y me ayudaba a entenderme, a entender. Era un consuelo. El único al alcance.
Creo que es la única vez en toda mi vida que me han faltado ideas sobre qué escribir. Mi problema siempre ha sido el contrario: la sobreabundancia, la necesidad de elegir a cuál de las ocurrencias últimas presto atención para escribir sobre ella una novela o un relato o un poema o lo que salga. Pero fue precisamente gracias a esa falta de ideas que llegué a la conclusión mágica: lo argumental es sólo una pequeña parte. Importante, no lo niego, pero sólo una parte. El resto es la necesidad de explicarse, la tenacidad para hacerlo, el abismo que crece en tu corazón si callas, el gusto por juntar palabras y la felicidad de haberlo hecho.
Por eso escribo.
2 de julio de 2012
De cara a la pared *
Mis amigos no entienden que me guste escribir de cara a la pared. Llevo años haciéndolo y no sé de dónde me viene. Mi primer escritorio, en el que alterné la literatura con los temarios tediosos de la carrera de Derecho, ya estaba pegado a la pared. Era de estilo inglés, y había ejercido de noble despacho de consulta médica: la de mi padre. Desde aquel hasta el actual ha habido muchos, pero nunca ninguno ha estado exento, libre de su tabique protector, que yo convierto en una extensión del escritorio mismo. Me gusta llenarlo de recuerdos, cuadros, fotos, pequeñas chucherías que me hacen feliz si están cerca. Algunas llevan conmigo mucho tiempo. Otras son incorporaciones recientes, como un par de soldaditos de plomo de los ejércitos de Napoleón que han llegado esta misma semana. Uno de ellos se llama Filippo. El otro, aún es anónimo. También tengo un corcho del que cuelgo lo que no debo olvidar, para olvidarlo con más ceremonia. Y una silla cómoda, que me sujete bien, para intentar retrasar lo más posible el endémico dolor de espalda de los escritores.
Con mi escritorio actual llevo conviviendo unos escasos tres meses, desde que me mudé de domicilio. Ocupa un rincón en la buhardilla, que es también la atalaya de la casa. A mi espalda, hay una terraza desde la que se ve el mar. Aunque yo prefiero mirar a la pared, para pasmo de todos. Hasta que me trasladé aquí, no sabía que fuera tan raro. Al parecer, es rarísimo.
Cuando nos conocimos, mi madriguera de escribir era un hueco de lavadoras. Las paredes estaban cubiertas de azulejos y donde hoy está el ordenador había una pila y un grifo con cuello de cisne. No me parece un mal pasado. La metamorfosis incluyó el nuevo color de la pared: un naranja que en el catálogo de la casa de pinturas se llamaba “melocotón” pero al que le habría sentado mejor “mandarina”. Es la primera vez que pinto la pared en la que me apoyo. Lo demás, es como siempre: mis recuerdos, mis papeles y mi desorden. Espero que todo siga así durante los próximos veinte años, por lo menos.
Con mi escritorio actual llevo conviviendo unos escasos tres meses, desde que me mudé de domicilio. Ocupa un rincón en la buhardilla, que es también la atalaya de la casa. A mi espalda, hay una terraza desde la que se ve el mar. Aunque yo prefiero mirar a la pared, para pasmo de todos. Hasta que me trasladé aquí, no sabía que fuera tan raro. Al parecer, es rarísimo.
Cuando nos conocimos, mi madriguera de escribir era un hueco de lavadoras. Las paredes estaban cubiertas de azulejos y donde hoy está el ordenador había una pila y un grifo con cuello de cisne. No me parece un mal pasado. La metamorfosis incluyó el nuevo color de la pared: un naranja que en el catálogo de la casa de pinturas se llamaba “melocotón” pero al que le habría sentado mejor “mandarina”. Es la primera vez que pinto la pared en la que me apoyo. Lo demás, es como siempre: mis recuerdos, mis papeles y mi desorden. Espero que todo siga así durante los próximos veinte años, por lo menos.
* Este texto se publicó en el blog Proyecto escritorio, ideado y dirigido por el escritor Jesús Ortega. Si queréis visitarlo, pulsad AQUÍ.
1 de julio de 2012
Corazón verde (Microrrelato)
Ella me desasió la mano y dijo: Mi amor aún no está maduro, lo siento mucho.
Mi corazón reverdeció al instante.
Mientras espero lo que debe ocurrir, me lo he quitado de encima. Allá donde está ahora, mi corazón goza de buenas vistas. Y recuerda a todos los que pasan que lo verde siempre termina madurando.
30 de junio de 2012
29 de junio de 2012
Cita a las doce y dos: Objetos perdidos
"Las cosas perdidas, ¿siguen siendo nuestras?"
Pura lógica
Benjamín Prado
"Todo lo que no es nuestro encuentra su dueño"
Electrones
Carlos Marzal
"Lo que perdimos nos hizo lo que somos"
Nuevos sofismas
Vicente Nuñez
27 de junio de 2012
El misterio de los cuadros esquivos
Una vez viajé a Amsterdam con la sola intención de contemplar un cuadro: Trigal con cuervos, de Van Gogh. Recuerdo que era invierno, que tomé un tren en la estación de Austerlitz y compartí vagón con cinco japoneses muy ruidosos, que no me dejaron dormir en toda la noche. Llegué a primera hora de una mañana helada, dejé mis cosas en una habitación diminuta y emprendí el camino hacia el Museo donde me esperaba, o eso creía yo, el último lienzo surgido de las manos del pintor antes de su suicidio. La obra de Van Gogh se presentaba en orden cronológico. Yo avanzaba por las salas emocionada, pensando que mi cuadro me esperaba al final. Estaba terminando una novela en cuyas páginas Van Gogh tenía algún protagonismo y en cuya cubierta me gustaba imaginar los amarillos de los trigales, el azul del cielo y los manchurrones negros de Trigal con cuervos. El cuadro, pensaba yo, me esperaba. Y de algún modo, ya me tenía en cuenta. Pero cuando llegué al final del recorrido, la obra no estaba en su lugar. Un cartelito anunciaba que había sido prestada a un museo de Pekín. Era la única de toda la colección que no estaba en su sitio.
Años más tarde viajé a Venecia para contemplar otro cuadro. Esta vez era Díptico con escena del Paraíso, de Hyeronimus Bosch, una tabla del siglo XVI donde por primera vez se representa el túnel y la luz que, dicen, todos veremos al morir. Pero después de recorrer todas las salas del Palazzo Ducale descubrí consternada que el cuadro objeto de mi viaje había sido retirado de la exposición para ser restaurado. A pesar de todo, lo describí en otra de mis novelas, con tanto realismo que la mayoría de mis lectores deben de pensar que lo he visto.
Los cuadros esquivos y las oportunidades imposibles. Está bien que la vida deje cosas por hacer, que llene de compromisos el futuro.
Sólo mucho más tarde me di cuenta de que ambos cuadros tenían algo en común. El primero es la instantánea del último instante de vida. El otro podría ser la del primer segundo de muerte. Dos misterios demasiado grandes para tropezar con ellos antes de tiempo.
19 de junio de 2012
Una deuda pendiente: Emili Teixidor, in memoriam
Emili Teixidor no sólo era un gran escritor y un hombre sabio. También era un amigo. Todos los días se mueren escritores, todos los días se mueren hombres sabios (y tontos), pero la pérdida de un amigo es algo que no podemos permitirnos.
Le conocí en mayo de 2000. Fue un año de grandes cambios, de grandes incorporaciones a mi vida. Emili fue una de las importantes. Tuve la suerte de compartir con él una campaña de promoción organizada por editorial Cruïlla. Yo había sido aquel año la ganadora del Gran Angular en català. Emili promocionaba una de sus estupendas novelas para jóvenes, Amics de mort. El tercero en discordia era Antoni Garcia Llorca, que había ganado el Vaixell de Vapor. Los tres recorrimos parte del territorio catalán hablando de la cosa común: la Literatura. Emili embelesaba a cuantos le escuchaban. Los dos jóvenes escritores que le servíamos de séquito aprendíamos de él. Todo lo que decía Emili enseñaba a escribir, a leer, a vivir, a pensar. Desbordaba pasión y entusiasmo. Tenía un espíritu joven y un corazón generoso, adornado con una sonrisa de burla y un físico poderoso, de seminarista o de cardenal. Hablaba con voz suave, como si sus palabras no fueran importantes, pero todo lo que decía era escuchado.
Pienso que no es mala estrategia: si tus autores premiados son demasiado bisoños, haz que les acompañe un escritor de verdad, de los de piel curtida y muchas páginas a sus espaldas, así los jovencitos sacarán de la gira algo más que vanagloria y falsas ínfulas. Desde luego, a mí la lección -no sé si premeditada- me sirvió de mucho. Aquella gira de promoción fue un regalo.
Una vez, mucho después, encontré a Emili en un tren. Viajaba en la compañía de tres libros -leía infatigablemente- y me pareció que mi presencia le estorbaba. Después de las cortesías de rigor, le invité a cenar a casa. Denegó con amabilidad. Le daba pereza desplazarse treinta kilómetros, hasta mi ciudad del área metropolitana de Barcelona. Le echó la culpa a la salud. Sonrió mucho.
Luego, se enteró de que algo grave había ocurrido en mi vida y me escribió para autoinvitarse a cenar. Fue un gesto sencillo, breve, casi irrelevante, que yo le agradecí infinito. Había intuido que para mí aquella cena en casa era importante y también que de pronto a mi vida le faltaban cosas importantes por las que sentir felicidad. Había comprendido, en el sentido más profundo de la palabra, y apenas sin palabras. Me emocionó que con tan poco pudiera decir tanto. Le emplacé para más adelante, cuando me viera con fuerzas, aceptó, pero ya nunca pudo ser.
Coincidimos varias veces más. En la radio, en Sant Jordi, en algún que otro cóctel -pocos, porque él no los frecuentaba-, en alguna librería, en el correo electrónico y hasta en las páginas de algún periódico. Para mí siempre será alguien con quien contraje una gran deuda, alguien de quien aprendí, a quien leí con fascinación y a quien quise discreta pero verdaderamente. Cuando regrese a sus libros, me reencontraré con todas esas cosas al instante y sus palabras le devolverán intacto.
¿Intacto? No. Al amigo no podré recuperarlo salvo en la memoria, ese testimonio fugaz e inexacto de nuestro paso por el mundo.
12 de junio de 2012
La autora que corría detrás de sus lectoras
Me lo había preguntado varias veces. Qué haría si un día me encontraba en un autobús con alguien leyendo un libro mío. Tengo amigos que de vez en cuando me mandan fotos robadas en trenes, buses o cualquier lugar público, cuyo único tema son lectores que degustan alguna de mis novelas. Sospechaba que algún día podía pasarme a mí, y estaba preparada. En serio.
Mi sentido común me decía: lo que hay que hacer en estos casos es permanecer impasible, como si no fuera contigo, como si ese libro que sostiene en sus manos ese ciudadano o ciudadana no te importara lo más mínimo, como si nada tuviera que ver contigo.
Sin embargo, ocurre que sí me importa. Mucho. Ese libro, señora, que usted sostiene en sus manos con tanta delicadeza, resume dos años de obsesiones, emociones, dudas, vueltas a empezar, viajes y trabajo, mucho trabajo. Y no sólo eso. Ese libro también contiene el resto de mi vida, porque ahí están algunos descubrimientos de hace veinte años, treinta. Ahí están los recuerdos indelebles de parte de mi infancia. Algunas de las cosas que han ocurrido a gente que quiero. El escenario al que siempre deseo regresar. Los seres de ficción que ya forman parte de mi familia. Mi memoria, en suma.
¿Se puede permanecer impasible cuando ves a alguien en un autobús llevando en sus manos todo eso?
Ayer ocurrió. Línea 7, en la Diagonal, más allá de Glòries, minutos antes de las seis y media de la tarde. De pronto la vi: una mujer llevaba en las manos Habitaciones cerradas. Podría haberme ocurrido antes, pero ocurrió ayer. Podría no haberme ocurrido nunca. La señora se disponía a bajar del autobús. Apenas tuve tiempo para pensarlo: qué hago, qué hago. Permanezco impasible, sí, es lo más sensato. Pero, ¿desde cuándo soy sensata? La puerta del autobús iba a cerrarse.
(Abro un paréntesis sólo para reflexionar acerca de los riesgos que tiene abordar de pronto a alguien que lleva un libro tuyo en las manos. Puede ser que lo esté leyendo y le parezca una birria. Puede ser que no piense leerlo, que se lo acaben de regalar y sólo busque el modo de librarse de él. Puede ser que no tenga ningunas ganas de conocer al autor, a menos que sea para darle un bofetón. Me pregunto qué habría pasado si los autores de ciertos libros tediosos que he leído en mi vida se hubieran avalanzado sobre mí de repente, en plena calle, eufóricos y emocionados. ¿Qué habría hecho? Además de disimular el espanto, quiero decir. No tengo ni idea.)
Salté del bus.
Eché a correr (por unos segundos nada más) detrás de la señora que llevaba Habitaciones cerradas. Cuando la paré, le dije la verdad: "Me han entrado ganas de darle dos besos en las mejillas". Bueno, también le expliqué la razón, claro. Debo decir que ella estuvo muy a la altura de estas peculiares circunstancias.
(Abro otro paréntesis. De todo corazón, espero que nunca me resulte indiferente ver a alguien con un libro mío en las manos. De los 35.000 libros que se publican al año, eligió el mío. Lo llevaba encima, lo paseaba, le daba vida, pensaba leerlo o tal vez lo estaba leyendo. Yo escribo para ella, aun sin saberlo, para esa mujer que tropezó conmigo ayer en la línea 7, a quien una compañera del trabajo recomendó mi novela. El día que nada de esto me importe, comenzaré a morir un poco. El día en que prefiera alegrarme por dentro fingiendo indiferencia a decirle a esa mujer que me alegro mucho de haberla encontrado, dejaré de ser yo misma. Entonces sí, qué lástima, me habré vuelto sensata.)
Eso sí: esta ha sido la primera vez. Las primeras veces siempre nos encuentran desprevenidos, por mucho que hayamos pensado en ellas. A partir de ahora, prometo comportarme. Podéis leer tranquilamente libros míos en público, sin riesgo a ser perseguidos ni abordados por mí en plena calle. Me reportaré: os miraré con discreción, me alegraré por dentro, os dejaré pasar como si no me importarais lo más mínimo y esa noche dormiré feliz.
* La foto la tomó en un tren Javier F. R.
6 de junio de 2012
Las pequeñas revoluciones
Simpatizo con los lunes. Los creo días cargados de energía, en que la modorra del fin de semana deja paso a las intenciones más intrépidas. Las grandes revoluciones deben comenzarse los lunes a primera hora. Sólo las grandes, porque las pequeñas tienen su día propio. Si uno empieza una revolución en lunes, acompañado de ese olor a estreno, a jabón de ilusión y a todo es posible, sabe a ciencia cierta que va a salirse con la suya.
Los martes se parecen al segundo capítulo de las novelas. Después de la energía, de las grandes expectativas, del embeleso provocado de quien está al otro lado, hay que tomar resoluciones y ser práctico. Explicar, decir, recapitular, prever. Los martes son el día del precavido, del ahorrador, del responsable. Por eso hay semanas en que se nos indigestan, porque todas esas virtudes no siempre nos encuentran predispuestos. Hay martes que nos sorprenden con ánimo de domingo por la tarde, que es el peor ánimo de la semana.
Yo prohibiría los miércoles. Me parecen el día más odioso de todos. Ya no es posible encontrar ese aire de estreno que teníamos el lunes, pero tampoco es lícito relajarse pensando que el fin de semana está cerca. El miércoles está a años luz de lo bueno y de lo malo, y es de una neutralidad horrorosa. Un día insípido, al que le faltan aderezos. Por eso todo lo que más nos guste hay que hacerlo en miércoles, para compensar lo que de natural le falta. En miércoles hay que hacer mucho el amor. En miércoles, ir al teatro. En miércoles, cenar fuera de casa. En miércoles, escribir por puro placer y sin que nadie te lo haya pedido, algo que sólo tú sabes qué será. Un artículo en el blog, por ejemplo. Palabras como un remedio. Las pequeñas revoluciones deben hacerse siempre en miércoles.
Los jueves ya llegan de otro talante. Son afrutados y alegres. Ya se adivina que algo va a cambiar, y hay que prepararse. Es un día para afrontar grandes empresas. Un día para pisar fuerte. Estamos muy bregados ya, los jueves, y tenemos la enorme experiencia adquirida durante la semana. Todo es posible, somos invencibles. Los jueves las recetas inventadas salen bien. Es el mejor día para los experimentos.
Y luego alcanzamos el viernes. Ah, el viernes. Día de adioses, de hastaprontos, de planes, de sonrisas, de niños alborotados, de mapas extendidos, de muchos nervios cuando escrutamos las previsiones del tiempo. El viernes llega lento, demorado, pero en cuanto nos damos cuenta comienza a correr, se precipita hacia el sábado, y entonces no hay quien ponga freno a las manecillas del reloj.
El sábado es el día más corto, no hace más que comenzar y ya los minutos se escapan hacia otra parte -nunca sabremos dónde-, en él todo nos sabe a poco y nada nos sacia. Es un día de corazones generosos, de palabras, de paseos, que suele contar con el favor del sol. Y si no, pensamos que no lo necesitamos, porque el sábado puede permitirse un nubarrón o incluso un buen chubasco. Es el mejor día para ser muy desgraciado, porque en sábado el dolor dura menos. Los nacidos en sábado llevan el estigma de la levedad en sus corazones, pero saben ser felices en cualquier circunstancia.
El domingo viene con poco fuelle. Por eso tenemos la impresión de que es un día lento, que compensa las horas sabatinas, y mudable, ya que a medida que avanza se vuelve triste, desasosegado. Es como si todos los domingos tuvieran tendencia a nublarse a sí mismos, sin la ayuda de nadie. Y si se advierte que la tarde del domingo puede devenir insoportable hay que apresurarse a tomar medidas: dormitar, conversar o leer son buenas soluciones. Cualquier cosa con tal de escapar del tiempo. Sin olvidar que a última hora, cuando el domingo comienza ya a transmutarse en lunes, ocurren siempre cosas inesperadas: aparecen aquellas llaves perdidas, se recuerdan las obligaciones devoradas por el fin de semana, de pronto surge un amante impetuoso que no quiere esperar y el chocolate sabe a gloria justo antes de considerar su oferta y dejarse llevar, dulcemente, hacia otro principio.
23 de mayo de 2012
En realidad, no se puede, Natalia
...cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos.
Natalia Ginzburg
Mi oficio
Te tuteo:
querida y admirada
Natalia
porque quiero contarte
cómo ocurre la cosa:
De pronto
te encuentras en un parque
rodeada de niños
y sus odiosas madres.
Nadie parece incómodo.
Ellas están a gusto
o lo simulan:
ríen, charlan
de anécdotas triviales.
De vez en cuando alguna
se alborota
y grita un nombre
para que todas sepan
lo bien que ha asimilado
su rol de maternal
abnegación
y la tomen de ejemplo.
En un rincón del parque,
al otro lado,
yo
me ausento.
De hecho, la pregunta
qué coño hago yo aquí
ha mutado en la otra
dónde estoy, para qué,
en qué mundo,
en qué trama
acompañando a qué ser irreal.
Lo cierto es que estoy lejos
mucho
de esa madre que grita
de la otra que corre
porque alguien le ha robado
la pala a su cachorro
y ahora está chupándola
y se cierne en el aire
un peligro inminente
de catástrofe.
Me siento rara
como un orangután
invitado a una boda.
No estoy en mi lugar.
Soy madre como ellas
pero sobro.
Como cuando de niña
sobraba entre los juegos
de las otras.
Y siempre prefería
leer,
escondida
entre los libros
de la biblioteca.
Yo amaso una tristeza
que no le cuento a nadie
porque nadie la entiende.
Hoy no he escrito una línea.
Nada. Ni una palabra
miserable en la historia
perfecta que me acecha
y perturba mis sueños
sin descanso.
No he escrito
porque cuando iba a hacerlo
ellos han protestado:
queremos ir contigo,
mamá.
La canguro no sirve,
mamá.
Te queremos a ti.
Sólo tú eres
nuestra madre.
Y mamá
ha dejado sus planes
más felices
y se ha dicho:
son ellos
lo que en verdad importa.
Lo demás, es superfluo,
prescindible.
¿A quién quiero engañar?
Después de la merienda,
el autobús
y he llegado hasta aquí
este infierno infantil
donde maldigo
a lo que más adoro
como un precio que debo
pagar por la renuncia.
Así que mientras retan
a sus madres gritonas
los cachorros ajenos
yo lloro sobre el hombro de Natalia
un dolor que ahora es mutuo
y que nadie comprende.
2 de mayo de 2012
Con permiso de Fabián Casas o lo que gusta hay que compartirlo
ESPERANDO QUE LA ASPIRINA
Esperando que la aspirina empiece a trabajar,
que acomode los cuartos,
que revuelva el café
y que atraiga a mi madre fresca,
hojeo revistas estúpidas,
escucho discos viejos,
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.
SIN LLAVES Y A OSCURAS
Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.
SIN LLAVES Y A OSCURAS
Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.
* La imagen: Camino a casa en rojo
1 de mayo de 2012
Instancia
Después de que una letra be bribona, brabucona, bestial, bastarda se haya hecho pasar por una uve auténtica durante todo el fin de semana, afeando una entrada de mi blog sin mi consentimiento
EXPONGO
que en el teclado de mi ordenador, de cuya disposición son responsables, como de tantas otras cosas modernas y antiguas, los alemanes, la letra be y la letra uve se encuentran demasiado juntas, con el consabido riesgo de error de cálculo y el menoscabo de la reputación que tanto nos cuesta mantener a quienes, precisamente, somos tenidos por gente de letras.
Expuesto lo cual
SOLICITO
Que las dichas letras sean separadas drásticamente y llevadas cada una a un lado del teclado. La be podría ocupar un puesto junto a la pe y la uve instalarse junto a la zeta. Así, si alguien vuelve a escribir bestido en lugar de vestido será porque así le gusta salir a la calle y no porque el dedito aterrizó mal en uno de sus saltos de tecla en tecla.
Que sean canonizados los maridos que advierten a sus mujeres de los horrores en que terminan esos aterrizajes, o que la vida les premie con un alud de excesos.
Que sean canonizados los maridos que advierten a sus mujeres de los horrores en que terminan esos aterrizajes, o que la vida les premie con un alud de excesos.
Y para que así conste lo firmo en mi casa, un martes festibo, de vuen tiempo, varvacoa y sobremesa, con mi nomvre y rúvrica.
* La imagen: Mi vieja Lettera, que padecía el mismo problema.
* La imagen: Mi vieja Lettera, que padecía el mismo problema.
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