1 de febrero de 2014
31 de enero de 2014
29 de enero de 2014
24 de enero de 2014
Chicos, chicas, señores, señoras, lectores, lectoras... en primicia para los asiduos a este rincón: NO PREGUNTES QUIÉN SOY
Aquí tenéis en exclusiva la portada de mi última novela para jóvenes. Estará en librerías de toda España el próximo 4 de marzo. Una novela para adolescentes y sobre adolescentes. Podría contaros muchas cosas sobre ella (y de hecho lo haré, tiempo al tiempo, ya sabéis que soy muy pesada), pero prefiero hoy dejaros el maravilloso texto de contra que han preparado la gente de La Galera, y que es una muestra de cómo se puede decir mucho, muchísimo, sin decir casi nada. Helo aquí:
¿ALGUNA VEZ HAS SENTIDO
QUE TIENES UNA BESTIA
VIVIENDO DENTRO DE TI?
QUE TIENES UNA BESTIA
VIVIENDO DENTRO DE TI?
Bruno es un adolescente tímido.
Janko es un peligroso delincuente.
Los dos viven en el mismo cuerpo.
Y quieren a la misma chica.
Una historia de posesiones
y amores atormentados que,
igual que un espíritu maligno,
te atrapará y no te soltará.
23 de enero de 2014
Más habitaciones italianas
![]() |
| La traducción es de Claudia Marseguerra |
Me acaba de llegar la edición de bolsillo de Habitaciones cerradas (Teadue, 2014). Es decir, Il colore della memoria. La comparto con vosotros.
22 de enero de 2014
Happiness
Hoy me han pedido que elabore una lista de 10 cosas que me hacen feliz. Aquí os la dejo:
1. Ver como crecen mis hijos sanos y buenas personas.
2. Sentarme al sol del invierno a leer un buen libro.
3. Meterme recién duchada entre sábanas limpias.
4. Todo un día paseando por Barcelona a mi aire.
5. Un viaje a alguna parte donde haya buen teatro.
6. Un rato largo de conversación con alguien especial.
7. Cada vez que alguien me dice que un libro mío se le ha hecho corto.
8. La insuperable sensación de haber terminado el trabajo y merecerme un descanso. Y el descanso, claro.
9. Los siete minutos que van de un toque a otro de despertador, abrazando el cuerpo grande del hombre de mi vida y tapada hasta las orejas.
10. La música. Escucharla. Cantar. Compartirla.
21 de enero de 2014
Cita a las doce y dos
Yo soy un ancho patio, una gran casa abierta:
yo soy una memoria.
* * *
Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además,
ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Rosario Castellanos
Juegos de inteligencia
20 de enero de 2014
Aire de bolsillo
A partir de marzo podréis encontrar en las librerías la edición de bolsillo de El aire que respiras (Booket). De momento, aquí os dejo la cubierta.
Muy pronto os traeré en primicia mis novedades para lectores jóvenes de esta primavera.
16 de enero de 2014
Mis cosas con Lo Monaco
Hace unos días tuve unas palabras con Lo Monaco, la conocida marca de colchones. Volvieron a mandarme un correo electrónico que había herido mi sensibilidad unas semanas antes: "Descanza como te lo mereces", leí en el 'Asunto'.
La primera vez me limité a borrar el mensaje. La segunda, escribí un tuit indignada: "Señores de Lo Monaco, sepan que a partir de ahora compraré colchones Pikolín. Ellos no cometen faltas de ortografía".
A los pocos días me escribieron del departamento de atención al cliente de Lo Monaco para preguntarme qué era lo que les estaba afeando. Les envié el mail (previo rescate de la papelera de reciclaje) y les señalé, muy oportunamente, que "descanza" se escribe con ese y que sería mejor decir "como te mereces". De modo que la frase quedaría, añadí, de la siguiente manera: "Descansa como te mereces". Añadí que otros clientes ortográficamente intolerantes sin duda agradecerían que lo corrigieran cuanto antes.
Mi corresponsal -anónimo- escribió de nuevo para darme las gracias "por ayudarnos a mejorar". Y añadió: "Pasamos al departamento correspondiente para que lo modifiquen".
Durante unos días viví en la felicidad de creer que había sido útil y a la vez había ayudado a hacer del mundo un lugar ortográficamente mejor.
Me engañaba.
Apenas unos días más tarde, recibí otro correo electrónico de publicidad. De nuevo me conminaban a "descanzar como te lo mereces" en un colchón Lo Monaco.
Definitivamente, mi próximo colchón será Pikolín.
13 de enero de 2014
Las palabras
Este de hoy es un mensaje para Yaicla. No suelo contestar a los comentarios del blog. Sin embargo, hay cosas que no pueden dejarse sin respuesta. "Hemos perdido la batalla" escribías sólo hace unos días en esta misma página. Tus palabras me han llegado al corazón.
Algo sé de pérdidas, aunque no puedan compararse con la tuya. Algo sé de memoria, de necesidad de mantener viva la isla, el recuerdo, el camino dorado de los recuerdos. Los recuerdos son nuestro patrimonio, son la materia prima de la que estamos hechos, son nuestro único legado en el mundo. No morimos mientras alguien nos recuerde. Las personas que nos faltan respiran en nuestro recuerdo. Son ellos, los recuerdos, quienes nos mantienen con vida o nos matan. Hay personas que darían cualquier cosa por ver desaparecer todos sus recuerdos, por cambiarlos por los de otra persona. Yaicla: eres una mujer afortunada si atesoras recuerdos como islas. Aunque las palabras no alcancen aún para el consuelo, no quería dejar de decírtelo.
Las palabras, ah, qué misterio. Dices que has vuelto a entrar en el blog transcurridos estos tres meses. Muchas veces me pregunto para qué sirve lo que hago. Es inevitable, supongo, en un país donde la incultura es bandera y orgullo de tantos. No quiero que lo que escribo, lo que imagino, las palabras que garabateo sin descanso, sean sólo para mí. Escribir es compartir emociones y vivencias. Es revivir la memoria, explorarla. Quiero decirte que tus palabras responden a esa pregunta que tanto me formulo últimamente y tanto me preocupa. Escribo para ti, Yaicla, para gente como tú. Ojalá la ficción sirva para devolverte esa isla en la que somos todos iguales: la de las historias que merecen ser contadas y las personas que creen en ellas.
Brindo contigo porque el recuerdo no tarde en dejar de doler y te haga sonreír. Ya sabes que estaré aquí, cargada de palabras, para cuando me necesites.
* La imagen de hoy: otro camino de oro, entre las nubes.
11 de enero de 2014
2 de diciembre de 2013
Una forma de compañía
De vez en cuando
conviene alejarse. De todo y todos, de nosotros mismos, de nuestras manías y
nuestras rutinas. Alejarnos para distanciarnos, para ver el mundo con
perspectiva, para enriquecer nuestra mirada, para escuchar acentos muy
distintos que expresan emociones idénticas a las nuestras, para ver claros los motivos por los que siempre terminamos regresando.
Hace
unos cuantos años pasé una noche en un sitio llamado Isla del Sol. Nunca me he
sentido tan lejos de todo, en mi vida. La Isla del Sol está en territorio
boliviano, justo en el medio del lago Titicaca. Cuando estuve, en 1999, carecía de energía eléctrica, coches, carreteras... era un lugar habitado por un centenar escaso de personas. Había una casa que hacía las veces de
restaurante, regentado por una mujer que llevaba más de veinte años sin abandonar la isla y que
hablaba un castellano difícil de entender, porque su lengua era el aymara. Aquella mujer no comprendía que yo viajase sola, ni por qué ningún hombre me lo había impedido.
Hablamos de hombres, claro, y de los motivos que nos hacen permanecer en un lugar o querer marcharnos. Ella
tenía hijos y sabía de qué hablaba. Yo aún no había sido madre. Es decir, que sobre raíces me quedaba mucho por aprender.
Al
lado de la casa había campos donde pastaban las cabras. Los recorrí hasta llegar
a un montículo agreste desde donde pude admirar un paisaje que se me
quedó impreso para siempre en mi memoria. No hice fotos: no me hacían falta.
Cuando me alejo, no me gusta hacerlo como una turista. Por eso no acostumbro
a mirar el mundo a través del objetivo de una cámara. No recuerdo cuánto tiempo
estuve sentada en lo alto de aquel promontorio que era la atalaya de la isla.
Mucho. Quizá más de dos horas. Pensé, escuché, escribí. Hasta que el sol
bajó demasiado en el cielo y me alarmé: era imprescindible ponerse a cubierto antes de que el sol se pusiera.
Había
alquilado por tres dólares una pequeña habitación en el único albergue
disponible y en un pequeño quiosco que encontré en medio de la nada compré una
vela y una manta. Una vez en la habitación —cuatro paredes de madera, un
colchón y una ventana sobre el lago— me resistí a entrar. Hacía un frío que cortaba el aliento. Me eché la manta sobre los hombros y me senté al raso a mirar
las estrellas. El cielo estaba constelado como nunca antes. El silencio era
denso. Sólo me decidí a entrar cuando el frío se hizo insoportable. Encendí la
vela, escribí un rato y me dormí.
El
sol me despertó al despuntar el alba. Lo primero que vi: el lago, con un camino
dorado en la superficie y al fondo los picos nevados de la cordillera de Los
Andes. Tenía ganas de volver y al mismo tiempo sabía que nunca abandonaría del
todo ese lugar, que la Isla del Sol me acompañaría para siempre. Hay lugares que poseen ese poder. Sirven para aprender que los recuerdos son una forma de compañía. Que para encontrar el camino de vuelta a veces hace falta irse muy lejos. Y que
no es suficiente con volver: también hay que aprender a quedarse.
27 de noviembre de 2013
Réquiem por una librería
El sábado pasado cerró la librería Canuda. Problemas con la actualización del alquiler, han dicho, qué motivo tan prosaico para algo que nos importa tanto. Fue una muerte anunciada, que algunos trataron de impedir -hubo un intento por parte de algunos unos editores, que por desgracia no prosperó. Ignoro qué negocio abrirá en su lugar -un Zara, un Bershka, un McDonald's...- y, la verdad, me da lo mismo. Me he prometido a mí misma no volver a poner los pies allí nunca más. Por años que pasen. Sigo la ley de aquellos versos de Sabina (Joaquín): Al lugar donde has sido feliz / no debieras tratar de volver.
La leyenda, ya creciente, de la librería Canuda -que en realidad se llamaba Cervantes-Canuda-, propiedad de Santiago Mallafré, quien la heredó de su padre, que a su vez la fundó hace ni más ni menos que 82 años, la leyenda, digo, afirma que en ella se inspiró Ruiz Zafón para crear su Almacén de los Libros Perdidos de La sombra del viento. No me extraña. La librería Canuda era un lugar inspirador, único, que daba un poco de miedo por ese carácter de sótano, bodega, lugar clandestino tan evidente, tan imposible de disfrazar. Allí no parecía haber mucho orden, olía a humedad, y las maderas crujían por dondequiera que pisaras. Era un espacio gobernado por la abundancia y el caos. Y el silencio. El tiempo estaba ausente: nunca te daba tiempo a ver nada. Siempre te ibas de allí con la sensación de que no habías llegado a las maravillas que ocultaban los anaqueles. A pesar de ello, rescaté de allí no pocos tesoros. Las ediciones de la colección Áncora y Delfín de Destino a las que me aficioné en la veintena, los ejemplares de editorial Barral de la treintena o los Joya (de Aguilar) de la cuarentena. Un ejemplar maravilloso de Tirant lo Blanc en cuyas guardas escribí, en lápiz, como otras veces: Comprado en librería Canuda. Algunos libritos pequeños y como nuevos de las ediciones en catalán de Selecta de los setenta. O el último: una biografía de Bach profusamente ilustrada, preciosa, editada en Argentina en los setenta, que compré a precio de liquidación y que, por supuesto, me costó mucho menos de lo que a mí me parece que vale.
En aquel maremágnum no era fácil buscar. Tampoco preguntar. Sus dueños estaban siempre un poco huraños, menos a la hora de pagar, entonces sonreían, te daban conversación (no mucha, tampoco creáis). Creo que ni ellos sabían lo que tenían, por eso siempre negaban gravemente con la cabeza. Lo mejor era consultar la web. Pero consultar la web implicaba perderse todo lo que acabo de decir, de modo que sólo había que hacerlo en casos de extrema necesidad.
En aquel maremágnum no era fácil buscar. Tampoco preguntar. Sus dueños estaban siempre un poco huraños, menos a la hora de pagar, entonces sonreían, te daban conversación (no mucha, tampoco creáis). Creo que ni ellos sabían lo que tenían, por eso siempre negaban gravemente con la cabeza. Lo mejor era consultar la web. Pero consultar la web implicaba perderse todo lo que acabo de decir, de modo que sólo había que hacerlo en casos de extrema necesidad.
Fui por primera vez a la librería Canuda con mi padre, serían los años ochenta. Él compraba biografías de Stefan Zweig y siempre regateaba el precio con el librero. A mí me daba muchísima vergüenza. En aquellos años, no entendía qué hacíamos allí, hurgando entre papel viejo, cuando podíamos comprar libros nuevos. Me faltaba mucho por aprender. Por ejemplo: que hay libros que sólo existen entre el desorden de un lugar así, porque el mundo los ha hecho desaparecer. Que existe un placer indescriptible en adquirir algo que la mayoría de la gente no adquirirá. Rescatar. A mí siempre me parece que en las librerías de viejo rescato, no compro. O que los libros viejos son para paladares exigentes o para bolsillos vacíos. De ambas cosas he participado, en momentos muy diferentes de mi vida. Por cierto, ahora ya regateo como mi padre, sin ningún pudor.
Durante años, a todo el que ha paseado conmigo por la vieja Barcelona le he llevado a conocer la librería Canuda. También llevé a Asís G. Ayerbe, el amigo y fotógrafo que me hizo mis primeras fotos para Planeta. Fue durante un día gélido por una Barcelona radiante. Terminamos, después de comer en un japonés, donde siempre. Pasamos un buen rato allí, haciendo fotos, curioseando, entrando y saliendo, admirando. Creo que Asís consiguió bastante material. Entre todas las fotos que hizo, me mostró una, mi preferida desde ese instante, que robó sin que yo me diera cuenta. Desde entonces, esa foto está en la cabecera de este blog (y creo que ahí va a estar mucho tiempo aún). No sólo porque reúne mis dos pasiones: ese hombre tan alto capaz de besarme así 13 años después. Y los libros, esos libros que nos contemplan, esperando, pacientes, a que algo ocurra. También porque es una foto maravillosa, como lo son todas las que surgen de la mirada de Asís.
Desde hoy, esa foto también es una leyenda. El escenario donde se tomó ha dejado de existir. Y yo tengo la sensación de que estas son las cosas que nos acercan a la muerte: cuando tu paisaje desaparece, cuando los lugares donde fuiste feliz se alejan, te conviertes en una paradoja de ti mismo, en alguien que sólo tendrá pleno sentido cuando se diluya también en el olvido.
* Las imágenes que ilustran estas palabras son del fotógrafo mataronés Ramon Manent, cuyo trabajo admiro desde hace tiempo, y a quien le agradezco que me las haya prestado para esta ocasión.
26 de noviembre de 2013
Compartir el Silencio
Hoy os traigo una preciosa -y muy reflexiva- reseña de Tengo tanto que contarte.
Lo mejor de esta novela son sus lectores, ya lo digo yo.
17 de noviembre de 2013
12 de noviembre de 2013
11 de noviembre de 2013
9 de noviembre de 2013
El teléfono (microcuento)
Un amigo anticuario nos regaló un teléfono antiguo.
Pensamos que no funcionaría pero funciona. A la perfección. El timbre pertenece a un tiempo en que los sonidos eran más puros y las cosas más sencillas. Es un poco impertinente.
Ayer, de madrugada, me despertó una llamada. Al otro lado escuché con dificultad una voz que me llamaba por mi nombre.
-¿Quién es? -pregunté, adormilada.
-Su bisabuelo solicita una conferencia desde el más allá, ¿acepta?
-No -repuse-, es muy tarde. Voy a despertar a toda mi familia.
-De acuerdo, lo notifico -dijo la operadora, con voz nasal, antes de colgar.
No he conseguido pegar ojo en toda la noche.
No me separo del teléfono.
8 de noviembre de 2013
El valor de un libro
Comparto con vosotros el precioso punto de libro que ha hecho este año
la Fundación Germán Sánchez Ruipérez de Salamanca.
El oso domesticado por un niño y un libro pertenece a Noemí Villamuza..
6 de noviembre de 2013
De joven promesa a autora consagrada en tres temporadas
Los seres humanos nunca estamos contentos de lo que somos (menuda verdad de perogrullo para iniciar un post). Viene a cuento, sin embargo, del prólogo que ha escrito Juan Gómez Bárcena para su antología (estupenda, necesaria y muy bien editada) Bajo treinta (Salto de Página). Dice allí Juan que los autores de 30, 35, 40 e incluso más deben cargar con la denominación de "joven promesa" de la narrativa, cuando en realidad no son promesas, sino realidades bien consolidadas. Advierte que pudiera estarse produciendo un fenómeno de alargamiento del tiempo en que se considera a un autor "joven promesa" (lo discutiría, pero me parece interesante el planteamiento). Y deja claro que tal calificación molesta a quienes la sufren, claro. Por supuesto que molesta. Es odiosa.
Lo cual me llevó a pensar en la cantidad de veces en mi vida en que he sido presentada como "joven promesa". Comenzando por aquella época en que efectivamente lo era. En 1998 -a los 28- gané el Ateneo Joven de Sevilla. Por supuesto, no hubo periodista, presentador ni colega que no me endilgara la calificación. A mí me molestaban mucho, por diversas razones. Creía que había escrito ya mucho para seguir considerándome una "promesa". Tenía media docena de libros en mi haber, y eso me parecía muchísimo. Lo de joven me molestaba también, aunque por razones extraliterarias. Crecí deseando ser mayor. Y ahora que al fin lo era, nadie lo reconocía.
Cuando en 2002 publiqué en Seix Barral Aprender a Huir, aún no me había curado. Tenía 32 años, pero la crítica continuaba considerándome joven y promesa. Qué cansino. Y con la siguiente novela para adultos (El síndrome Bovary, 2006, 36 años ya), seguíamos erre que erre, mal que a mi me pesara cada vez más. El sintagma "joven promesa" me provocaba urticaria. Comenzaba a ser madura. Y promesa no me lo consideraba en absoluto, claro. Aquellas dos palabras no me definían en absoluto y tenía todo el derecho a despreciarlas.
Creo que la primera vez que alguien se refirió a mí como "autora consagrada" fue en la web de editorial SM, después de que me dieran el Premio Barco de Vapor. Fue para vapulearme (creo que también fue una de las primeras veces que me vapulearon en público, por cierto). Yo estaba muy emocionada de haber ganado un premio como ése, de cuya nómina forman parte tantos autores admirados. Llevada por la emoción, curioseé entre los comentarios que habían dejado los internautas en la página oficial donde se anunciaron los nombres de los dos ganadores (el Gran Angular se lo llevó Antoni Garcia Llorca) y me topé con una protesta de alguien a quien desagradaba mucho que "este tipo de premios" se los lleven "autores consagrados" y no otros jóvenes y por descubrir, como él mismo.
Autores consagrados. ¡Y se refería a mí!
Me dieron ganas de decirle: No, no, yo no soy una autora consagrada, te equivocas. Sigo temiendo no ser capaz de hacerlo, sigo escribiendo a ciegas, sigo dejándome llevar por la ilusión, por el entusiasmo de compartir, por la magia de las palabras. Soy la misma que empezó, cargada de dudas. Lo único que ha pasado es el tiempo. No quiero ser consagrada porque parece que significa que todo está hecho. Y yo no quiero tenerlo todo hecho, porque disfruto haciéndolo todos los días.
Detesté el adjetivo desde ese mismo instante. Con todas mis fuerzas. Si no dije nada fue porque me di cuenta que con este adjetivo, "consagrado", ocurre lo mismo que con la calificación de "joven promesa". No eres tú quien la decide, sino los demás. Ambos tratan de cómo te ven los demás, no de cómo eres en realidad.
De modo que ya veis lo que pasa. Sin yo saber cómo, en sólo tres años pasé de joven promesa a autora consagrada. Yo no lo entiendo y sigo desmintiéndolo. Por eso os exhorto a que no hagáis caso. Y también a que leáis la antología que ha dado pie a esta entrada de hoy.
* Las imágenes corresponden: 1) Artículo en la revista Época "La cantera femenina de las letras" y publicado en octubre de 1999, donde a Marta Sanz, Begoña Huertas y a mí se nos consideraba "jóvenes promesas" al borde de los 30. 2) Incluso mi buen amigo Javier, el mejor librero del mundo, me considera no sólo "consagrada", sino también "afamada", y lo dice en su estupendo blog. Uf. Lo que hay que aguantar.
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