
Leo, conmocionada, el caso de un alto ejecutivo vasco instalado en Inglaterra. Lo tenía todo: juventud, un ascenso recién concedido, un trabajo (estupendo y bien pagado en una empresa de seguros mundialmente conocida). La propia empresa le costeaba el apartamento londinense donde vivía con su mujer y su hija de dos años, Yanire.
Un sábado de abril, el matrimonio y su hija viajan de Londres a Bilbao para asistir a la boda de un amigo. Allí son el centro de todas las mitadas, un modo como otro de decir que son la envidia de todo el mundo. A él, dicen los testigos, se le vio orgulloso en su papel de esposo y padre, la típica imagen del hombre feliz porque lo tiene todo.
Cuatro días más tarde sus amigos tropiezan con su fotografía en el periódico. No en la sección de "Economía", como cabía esperar, sino en la de "Sociedad", que antes de la era eufemística se llamaba "Sucesos".
La notica cuenta cómo una vecina de la pareja, alertada por el escándalo que escuchó en el apartamento del joven empresario —golpes, gritos, gemidos amortiguados—, avisó a la policía. Cuando los agentes llegaron encontraron a la mujer con un ataque de histeria, al marido encerrado en el cuarto de baño y a la pequeña Yanire sangrando por la boca, la nariz y los oídos. La niña murió pocos días más tarde en un hospital londinense, mientras su padre era ingresado en un centro de salud mental.
¿Cuánto tiempo es necesario para destrozar a golpes el cráneo de una niña de dos años? ¿Cinco minutos? ¿Diez segundos? He aquí la distancia que separa la locura de la cordura. Lo justificable de lo que no puede argumentarse. La normalidad del abismo.
Es casi imposible no preguntarse qué hubo dentro de ese abismo, qué ocurrió. ¿El triunfador tuvo un mal día? ¿Trabajaba demasiado? ¿Le acababan de dar una mala noticia? ¿Discutió con su amante? ¿Llevaba noches de mal dormir?
¿Es posible hallar alguna explicación, ya que no hay justificación posible?
¿Qué media entre lo que todos envidian y los cinco segundos que siegan tres vidas?
He aquí el Abismo.
El que todos llevamos dentro.