24 de julio de 2009

Ah...


Ah, las laxas tardes de verano.
Disney Channel en la tele ("Venga una legión entera de calamares diábolicos", proclama un bicho verde con voz de pito ante la mirada fija de mis tres hijos).
Una pila de 5 libros que voy renovando (en la última: Arsuaga, Fred Vargas traducida por Blanca Riestra, Torgny Lindgren, Ultz Hubner y una antología recién hecha de relatos fantásticos españoles) para picotearlos sin orden ni concierto, hasta que uno me atrapa lo suficiente. Últimamente, me atrapan tanto todos que la pila se renueva poco y tarde. Pero es parte de la gracia...
Mi Moleskine número 5 (la actual) por si hay algo que anotar (siempre hay).
Una brisilla intrusa pero muy bienvenida.
El teléfono como si no tuviéramos.
El ordenador apagado desde hace varias horas.
Todos los horarios caídos de la agenda. El color crudo impoluto de los días es lo mejor de la agenda.
La nevera, llena.
Mi madre, de vacaciones.
Un futuro apetecible a la vuelta de la esquina: en un par de horas, los niños se acostarán, agotados, guapos, morenos, y la casa quedará en silencio.
El silencio es un lujo. Igual que la lentitud.
Entonces abro la nevera y me preparo algo. Vodka con naranja o leche fría, según me dé.
Y vuelvo con mis libros y mi cuaderno.
Empieza la fiesta.
Ah, las laxas noches de verano.

La imagen de hoy, de Cordelius en Flickr

19 de julio de 2009

El homínido que echó a correr


Los paleoantropólogos, que deben de tener mucho tiempo, discuten desde hace décadas cómo fue posible que un homínido comenzara de pronto a hablar. Y que no lo hiciera con un protolenguaje o eso que aún hoy se llama pidgin (es decir, la mínima expresión de un lenguaje) sólo útil para las funciones más básicas, sino con un complicado sistema que le permitiera incluso la abstracción y la memoria. El mismo homínido, conocido como Homo Ergaster, había sido ya capaz de grandes y sorprendentes logros. Levantarse sobre sus dos patas traseras, por ejemplo, y echar a correr. Hasta ese momento, otros homínidos se habían levantado sobre sus cuartos traseros (debió de serles muy útil, además) pero a ninguno se le había ocurrido correr así. La carrera bípeda trajo ciertos cambios. La caja torácica se estrechó y alargó, por ejemplo. La nuez de Adán bajó en su cuello porque se alargó la laringe. Las extremidades se hicieron más largas. El cerebro, más grande. Ergo, no es tan descabellado afirmaer que hablamos porque corrimos.
Gracias al alargamiento de la laringe el homínido que fuimos se volvió capaz de articular. De utilizar los centenares de músculos que intervienen en la producción de cada fonema. Lo pagó muy caro: dejó de ser capaz de tragar y respirar al mismo tiempo. Comenzó a morir por una causa inédita hasta ese momento: el atragantamiento al ingerir. Su cerebro comenzó a desarrollar las denominadas áreas del lenguaje. Se convirtió en lo que los neurólogos denominan hoy "el cerebro narrativo", portetoso logro de la evolución.
Le dan muchas vueltas los antropólogos a la cuestión de si el lenguaje nació cuando el cerebro fue capaz de imaginar o si el cerebro comenzó a imaginar gracias al uso del primer protolenguaje. Yo, osada, opino que el cerebro narrativo es la gallina y el lenguaje el huevo. Y lo digo porque en las cuevas de Lascaux, en Francia, pintadas por los descendientes casi directos de aquellos humanos que echaron a correr por la sabana -y de qué manera, porque llegaron hasta Francia-, no hay lenguaje pero hay narración. En una de las paredes más escondidas de la cueva hay una pintura única en su especie: una pintura narrativa del arte prehistórico. Representa a un bisonte herido atacando a un humano vestido de chamán. El bisonte embiste, tiene el lomo erizado y las tripas fuera por efecto de la herida que le ha provocado una lanza (la lleva clavada aún). El humano está cayendo, lleva una cabeza de pájaro en la testa y a su lado se ve una especie de báculo. Es un dibujo que cuenta una historia muy antigua, pero aún hoy es posible interpretarla de algún modo y sin saber nada de arte ni de cómo vivían los pintores de las cuevas.
Y es que nuestro cerebro necesita "contar". Buscar explicaciones, encontrar respuestas, ver el mundo como algo lógico, que seremos capaces de entender, si no de dominar. Nuestro cerebro es un iluso, sí, y también un optimista, con esa tendencia a ver siempre o bueno, pero gracias a sus ansias de historias, a su necesidad de comprenderlo todo, de redondear el círculo interminable, ha existido la Literatura desde que aquel primer homínido echó a correr por la sabana y no paró hasta imaginar La Odisea o El Quijote. No me digáis que no es estupendo.

La imagen de hoy: Ése es. "Puedes llamarme Ergui", le imagino decir.

13 de julio de 2009

Un fenómeno siciliano

Planeo un viaje a Palermo. Mi guía dice que el Hotel Posta es "un pequeño hotel en una callecita frente al edificio de correos, en la céntrica Vía Roma, antaño frecuentado por célebres actores, cuyas fotos decoran el vestíbulo (Gassman, Dario Fo, Totó...)". Decido preguntar en el propio hotel si tienen habitaciones disponibles y si el establecimiento está cerca del Convento dei Capuccini, que es el lugar que deseo visitar para completar cierta documentación en la que sigo inmersa. También le pregunto acerca del horario, porque planeo caer por allí un miércoles y ya me ha pasado otras veces encontrarme con que el día que elegí es, precisamente, el día que cierra el monumento que deseo ver.
Me contesta por correo electrónico, con suma diligencia, una señorita llamada Annalisa. Me informa de que tienen habitaciones disponibles y cuál es su precio y me dice que si deseo reservar una les cuente qué tipologia di camera e di fornirci deseo (lo segundo no lo entiendo bien, pero me dan ganas de decir que de fornirci, poco, porque iré sola, como siempre que me documento). También me pide que les facilite lo ante posible un número de tarjeta de crédito. Del horario o la cercanía de los Cappucini nada dice.
Consternada porque no ha respondido a la pregunta que más me importaba -al fin y al cabo lo de la tarjeta ya lo sabía- insisto, esta vez en inglés. No es la primera vez que en Italia utilizo el inglés como lingua franca ante la imposibilidad de comunicarme con alguien. Qué cosas. Le pregunto de nuevo si los Capuccini está cerca del hotel y si conoce el horario de apertura y le explico que una vez tenga esa información decidiré si reservo o no en el Posta.
Constato que Annalisa es, de natural, rápida. Me contesta enseguida, esta vez en inglés. Me dice que el convento que deseo visitar está abierto todos los días. También informa que no está lejos del hotel pero que es fácil llegar en transporte público.
Me decido por otro hotel más cercano a mi objectivo y comienzo pesquisas en otra parte. Olvido el Hotel Posta y su vestíbulo lleno de actores como Dario Fo.
Por la tarde, recibo otro correo del Posta. Esta vez lo firma Rossella, quien me llama "Segnor Albert". Parece contestar al primero de mis mensajes, el que escribí en español. Contesta en un español tan fluido como mi italiano. Me dice que si quiero reservar les facilite un número de tarjeta de crédito y me informa de que el Convento de los Capuchinos está muy cerca de su hotel.
Qué cosas. Ayer estaba lejos y hoy está cerca. Es un extraño fenómeno siciliano.
Contesto diciendo que ya he elegido otro hotel, pero que igualmente le agradezco la información.
El asunto parece zanjado, pero Rossella no piensa lo mismo. Vuelve a escribirme al cabo de un rato, informándome de nuevo de que el convento capuchino está cerca. Esta vez me llama "Segnor Santos", eso sí y me pide disculpas "por el mal correo".
Ay, el mal correo, de él somos víctimas todos, amiga Rosella. Cuánto me hubiera gustado conocerte y debatir sobre esto en persona.
Sin embargo, ya no es posible. La reserva ya está hecha en otra parte. El Hotel Posta, cuyas empleadas insisten a la par que se contradicen con calidez sinpar, tendrá que esperar. Es una lástima, sus contradicciones e imperfecciones comenzaban a envolverme en un aire de familiaridad encantador.
Del hotel donde al fin he reservado dice mi guía: "Un palacio espléndidamente rehabilitado y amueblado en pleno centro histórico. Si puede, vaya".
Los imperativos es lo que tienen. Iré.


La imagen de hoy es un fenómeno romano.

30 de junio de 2009

Primera noticia: llega Bel

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/504600/Care_Santos_publica_Bel-_amor_mas_alla_de_la_muerte_la_primera_novela_con_su

Y el blog del asunto, by SM:

http://www.belamormasalladelamuerte.com/

Para terminar,en mi web también hay sorpresas varias.

www.caresantos.com

He aquí el despertar virtual, visitantes.

24 de junio de 2009

Fin de temporada a lo grande

El día de San Antonio estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid. Como cada año por estas fechas, tengo la impresión de haber estado en todas partes (y en cierto modo, ha sido así). Uno de los lugares donde más me gusta estar entre finales de mayo y mediados de junio es la Feria del Libro de Madrid. Desde que iba en calidad de lectora entusiasta, siempre bien acompañada (la primera vez fui con mi amigo Óscar Esquivias), no he faltado casi ningún año. Y si he faltado ha sido porque me estaba muriendo de algo que finalmente se curó (por fortuna). Así que el año que no me veáis en Madrid durante la Feria del Libro, lamentadlo (los amigos) o alegraos (los enemigos) porque significará que estoy fatal y esta vez no me recupero.
Bueno, a lo que íbamos. Estuve en la Feria del Libro. La primera tarde, participé en una mesa redonda muy sesuda sobre derechos digitales. Ah, qué gran asunto. Habría que organizar algún congreso, encuentro o ejercicio espiritual para que quienes saben más de ello nos lo cuenten bien. Es EL GRAN ASUNTO. Todo el mundo habla de qué vamos a hacer cuando el libro digital nos invada y nos expolie, cuando los piratas (algunos dicen "los ladrones") campen a sus anchas por la red y, por extensión, por nuestras cosas. En fin. Un dia de estos hablaremos de ello, que yo soy de la parte de la población que está (y mucho) interesada en el particular.
Pero hoy quiero hablar de cosas agradables. Mi segunda cita con la Feria del Libro fue para firmar. Ni más ni menos que tres horas, en la caseta de Editorial SM, un sábado muy caluroso que además era el último. Fue fantástico. Me llevé los rotuladores para hacer dibujitos a mis pequeños lectores. Firmé mucho, conocí a algunos lectores estupendos y charlé con algunos padres y madres igualmente fantásticos. También observé, en silencio, refugiándome en las sombras como un amante de Bécquer.
Vi padres y madres que compraban los libros que querían ellos y no sus hijos. Una madre, por ejemplo, estaba empeñada en llevarse un libro de animales a pesar de que su hijo quería uno de egipcios. "Nos gustan los animales", pluralizaba la buena mujer, ante la mirada desolada del pequeño. Cuando vio, pagó y venció, tuvo el morro de interpelar a su hijo (que me miraba con ojos compungidos) y exigirle un beso: "Después de lo bien que lo hemos hecho contigo, papá y yo nos lo merecemos, ¿no?", le preguntó. El niño lanzó un tímido "no" que (creo) sólo escuché yo. Miraba la portada de mi libro (Se vende mamá)como comprendiendo. Yo también le comprendía a él. Me daban ganas de decirle: "Véndela, chaval. Seguro que si encuentras a uno a quien le gusten los libros de animales, te la compra seguro".
También vi padres que engañan a sus hijos. Sí, sí, y sólo para ahorrarse 15 euros. Ejemplo real. Un niño ve un libro titulado Star Wars.
-Cómpramelo, papá -le dice al padre.
El padre echa al libro un vistazo esquinado.
-No, que está en inglés -contesta.
El niño, valiente, se acerca a la caseta y pregunta:
-¿Ese libro está en inglés?
Contesta alguien con propiedad:
-No. Está en castellano.
El padre dirige una mirada asesina a quien ha contestado y se lleva al niño casi a rastras.
También están los que ante la petición entusiasta de su hijo (que tal vez quiere un libro de Spiderman, por ejemplo, precioso por cierto) le contesta: "No, que ese es de mirar y no de leer". Y se queda tan ancho.
Claro que también observé el comportamiento contrario. El niño o niña apenas manifestaba interés por un tútulo y el padre o madre ya estaba sacando el monedero. Me temo que me identifico con este tipo de conductas. Supongo que a veces a los padres se nos nota demasiado el superlativo interés que tenemos en que lean, aunque itentemos disimular para no parecer sospechosos. Al final, estoy muy de acuerdo en que lo mejor es la indiferencia. Lo que hay que ponderar insistentemente termina por resultar sospechoso. Lo mejor es dar por sentado que los libros son estupendos. Como los macarrones con tomate, la cocacola, las puestas de sol, los parques de atracciones y todas esas cosas tan maravillosas que no necesitan que nadie las alabe todo el tiempo para que nos den ganas de probarlas.
Al final, la Feria del Libro fue lo mejor del mes, como siempre. Un final de temporada digno de un curso fabuloso, del que espero ir contando perlas en este lugar.

La foto: del día en cuestión, y según lo dicho. Creo que se me ve satisfeha.
La tomó Juan Miguel Sánchez Vigil

30 de mayo de 2009

Primer baño de la temporada

La grandeza del mar está hecha para el corazón sin límites de los niños.

26 de mayo de 2009

Jornada de trabajo

Autotraducirse es autotraicionarse.
Y (mucho peor) autoaborrecerse.

Aún me quedan 250 páginas, ¡ay!

21 de mayo de 2009

El paraíso

Antonio Pereira escribió: el paraíso es como un buen hotel a la hora del desayuno.
Ahora él lo sabe, y nosotros le echaremos de menos mucho tiempo.

11 de mayo de 2009

Prisas

De pronto, mi corazón se puso a latir más deprisa. Recuerdo perfectamente dónde estaba y que afuera llovía. No era mi ciudad. Ni es una de esas frases recurrentes con que se empiezan novelas malas. No, no, esta vez era cierto. La ciudad era Santander. Una Santander bajo la lluvia, con sus ancianitas hermosas camuflándose bajo sus paraguas oscuros y unos señores simpáticos esperándome para almorzar. Y yo, encerrada en un baño, resollando mientras me miraba al espejo, refrescándome las mejillas con agua fría y preguntándome qué demonios le estaría pasando a mi corazón. Tal vez se había dado cuenta de algo de repente, el pobre. Nunca se sabe con qué velocidad llegan las noticias a esas profundidades de una misma. Igual son siete años, o tres, y ahora mi víscera se estaba enterando de todo y le estaba dando un síncope.
Fuera como fuera, la primera pérdida de ritmo fue leve. Apenas un pum-pum desacompasado, como el descuido de un soldado que pierde el paso. Luego, la cosa fue a más, se complicó. Mi corazón se tomó la velocidad por costumbre. Le encontró gusto a vivir acelerado. Y esa nueva costumbre suya se convirtió en mi pesadilla. Tal vez, al cabo, se trataba de eso. Tal vez fuese un vendido, mi corazón, un órgano al servicio de quien me detesta (hay varios), un mercenario contratado para llevarme al último estertor simulando que fue un accidente. Nada más natural que la muerte natural.
Fui al médico, claro está. Me sometió a pruebas muy vulgares. En una de ellas me capturaron con una red de pescar besugos. En otra, un médico canijo me abrazó con firmeza y me fotografió el corazón desde todos sus ángulos. Mi corazón posaba, satisfecho de verme a mí tan entrelazada con el doctor canijo. Nada dio ningún resultado. Quiero decir, que todas las pruebas condujeron a confirmar que mi corazón está sano y fuerte y que lo único que le ocurre es que tiene mucha prisa.
¿Prisa por qué?, pregunté. El médico canijo se encogió de hombros. No se sabe. Hay corazones como el suyo. Llegan tarde a todos lados, o eso creen ellos. No hay nada que hacer.
Presentar batalla, pues, era inútil. De modo que me rendí. Decidí vivir al ritmo que marcaba mi corazón. "Yo también sé correr, bonito", le dije a mi víscera. Y comencé a practicar el arte de la prisa. Se me da muy bien.
Me han salido dos canas. En quince días he cumplido nueve años. Ahora hablo en pasado casi siempre. No me dejo tomar fotos de cerca. A los treintañeros les llamo "jóvenes", así, sustantivado: "¡Eh, jóvenes!". No salgo de casa si hace mal tiempo. En el sexo, sólo me pongo debajo. Estoy releyendo "El conde de Montecristo". Miro los libros que me quedan por leer con aire ausente. Hago balances. Reviso el testamento. Vuelvo a escribir el blog.
Dentro de unas horas, comenzaré a morir. No os apuréis, será rápido. El primer caso de muerte uniformemente acelerada de la historia de la literatura española. Esta página me sobrevivirá.

23 de abril de 2009

Feliç Diada de Sant Jordi


Hoy, Diada de Sant Jordi, podemos vernos en las siguientes librerías, donde estaré firmando:

-De 12 a 13:
Llibreria Alibri (Rambla de Catalunya amb Gran Via)

-De 13 a 14:
Abacus (Passeig de Gràcia / Gran Via)

-De 16 a 17:
Llibreria Catalonia (Rda. Sant Pere).

-De 18 a 19:
El Corte Inglés (Avda. Diagonal)

-De 19 a 20:
Casa del Llibre (Passeig de Gràcia)

¡¡¡FELIZ DÍA DEL LIBRO, NAVEGANTES!!!

17 de abril de 2009

Diagonales XI


16 de abril de 2009

Cita a las doce y dos

Ramón de Campoamor: Y aunque de todo me salvé en el mundo, nunca pude salvarme de mí mismo.

14 de abril de 2009

Criaturita

No soy psicóloga. No soy educadora. No soy formadora de formadores. No soy médico. No soy una periodista experta en educación. No soy líder de la Liga de la Leche. Ni siquiera voy a las reuniones de la Asociación de Padres y Madres del cole de mis hijos. Tampoco soy jueza de menores.
Soy madre. Esta es la única razón que me avala para escribir estas líneas.
Una de las mujeres que habla en estas páginas dice que las madres no debemos culparnos, ni dividirnos en bandos. Debemos hacer piña en torno a la maternidad. Hablar del asunto. Analizarlo. Reirnos de nosotras mismas. Ver los distintos puntos de vista: el de aquellas que han escrito y publicado sobre la maternidad y el de las verdaderas protagonistas de este trabajo. Es decir, las madres.
Este libro, pues, no tiene vocación de manual. Quiere ser un espejo. Un reflejo de nosotras mismas que de vez en cuando nos observa, sorprendido. Un puñado de amigas que ponen sus cosas en común, como en una terapia. Un rato de tertulia para hablar de lo que más nos interesa y al mismo tiempo curiosear, compatir, a veces mirando por el hueco de la cerradura.
Porque si algo tenemos claro las madres es que nos gusta contar batallitas. ¡Que suerte tenemos de estar tan acompañadas!

13 de abril de 2009

Lentitud del amor

Una vez conocí en un tren a una mujer que se ufanaba de no haberse enamorado jamás. Se había casado tres veces, eso sí, pero nunca había perdido la cabeza por un hombre. Eso, al parecer la hacía sentir muy orgullosa. Sin ir más lejos, me contó que en aquellos momentos regresaba de París, donde había pasado seis días con su marido. Iba camino de Barcelona, decía ella que «para respirar». «El amor es tan absorbente», opinó, «que en cuanto te descuidas, te esclaviza. Y yo no deseo ser esclava ni de mí misma.»
Estábamos solas en el compartimento. Ella hablaba un buen castellano con acento francés y comía naranjas a la misma velocidad que contaba secretos. Nuestro breve espacio se llenó del olor dulzón del cítrico. Me invitó varias veces a participar en la merendola, pero yo prefería oler las naranjas a comerlas. Y no deseaba perderme detalle de la narración de su vida, que me acortó el largo viaje. De regreso, la convertí en protagonista de un relato. En realidad, pienso ahora, el verdadero protagonista no era ella, sino el tren que propició nuestra complicidad.
Se ha escrito mucho acerca de la relación entre el ferrocarril y el amor. En el siglo XIX, los primeros trenes supusieron una revolución de inmediatez y velocidad en los encuentros amorosos. Los amantes se subían al tren y llegaban descansados a sus destinos. Tecnología punta al servicio del amor.
Suele decirse que Gustave Flaubert, el novelista francés, no habría podido ser amante de Louse Colet de no haber existido el tren que unía París (donde vivía ella) con Rouen (la ciudad de él). Su idilio acaso fue mucho menos apasionado de lo que ella deseaba —a juzgar por sus cartas— y mucho más extenuante de lo que él estaba dispuesto a tolerar, pero sin el tren no habría sido nada de nada, pues la distancia que les separaba era lo bastante grande para que un agotador viaje en diligencia fuera una posibilidad muy poco apetecible.
Cada vez que subo a un tren me da por recordar a la comedora de naranjas y los amores de Flaubert y Louise. Me pregunto qué pasiones propiciará en nuestros días la alta velocidad. Qué conversaciones truncarán las menguadas horas de recorrido. O mejor aún: qué ciudades conocerán los atribulados viajeros que por culpa de un buen conversador, y aún poco habituados al ritmo de las cosas, se pasen de largo de sus destinos. A qué radio de acción puede extenderse el amor en estos modernos tiempos de ferrocarriles confortables. En el fondo, todos estamos de acuerdo con Flaubert. El amor es extenuante. Conviene abordarlo con lentitud.
Sin embargo, la lentitud merece que lleguemos pronto.

12 de abril de 2009

Kyoto de noche



10 de abril de 2009

El país donde las flores posan


Calle concurrida de una gran ciudad a la hora de la comida. Un operario vestido con un mono de trabajo llega con su camión, lo aparca en mitad de un paso de peatones, desciende del vehículo teléfono en mano, cruza la calle a grandes zancadas, se detiene, abre el teléfono y observa un cerezo en flor. Elige la rama que más le gusta, sitúa el aparato a escasos tres centímetros de ella y toma una fotografía. La repite, por si acaso. Luego deshace el camino hasta la cabina de su camión, también a grandes zancadas, y vuelve al trabajo. El cerezo se queda allí, impertérito, precioso, a esperar al siguiente. Como si no le importara.
El escenario es Tokyo y el operario, por supuesto, tiene rasgos japoneses. Por más que pienso, y me esfuerzo en comprender que en lo esencial todos somos iguales en todas partes, no me resulta fácil imaginar a un transportista —pongamos— extremeño, protagonizando la misma escena. Prometo preguntarle a los muchos mensajeros que cada semana me visitan si alguna vez han dado un paso para capturar imágenes de flores fugaces con sus teléfonos móviles.
Es de las cosas que más me gustan de la cultura japonesa: cómo lo delicado, lo sutil, lo apenas perceptible, sobrevive con toda su fuerza en mitad de la prisa de la modernidad, de la tecnología, del mundo cada vez más pequeño y cada vez más superpoblado que todos padecemos.
«Por mucho que el mundo corra o por mucho que nos haga correr, siempre hay que reservar tiempo para lo que apenas dura», nos enseñan.


Por cierto. No creáis que es fácil fotografiar una flor en Japón. La competencia, por lo que acabo de contar, es dura. Retratando la de la imagen que acompaña estas líneas, que vivía la semana pasada en el parque de Ueno, en Tokyo, estábamos tres personas. Dos señoras japonesas y yo misma. Está claro que la modelo, muy ufana, ofreció su mejor pose a los muy honorables visitantes de este pequeño y a mi pesar inconstante rincón del ciberespacio.

21 de marzo de 2009

Futuro perfecto

Lo peor del futuro es que llega enseguida. Con lo placentero que es saborearlo cuando aún acecha, mientras ni siquiera es futuro, sino condicional, posibilidad íntegra que llena el presente de expectativas y sueños. Adoro el futuro abstracto de lo por venir, el que se conjuga en todos los modos posibles. El imperfecto —sólo en el nombre— de indicativo, tan contundente, tan seguro de sí mismo: Amarás. O el pretérito imperfecto de subjuntivo, un canto a la posibilidad, que sólo tiene de llano el lugar donde lleva el acento: Amaras. O mi favorito, el mejor de todos, hasta en el nombre: el futuro perfecto, tan de vuelta de todo que se le adivina la experiencia con sólo mirarlo: Habrás amado.
Adoro ese presente que se alarga a la espera del futuro, las zonas intermedias, la incertidumbre donde aún todo puede pasar. Una de las mejores zonas intermedias de mi vida es el momento de elegir el próximo libro que voy a leer. Me gusta tumbarme en mi sofá con vistas a la biblioteca. Ojear los lomos, reconocerlos desde lejos como se hace con los viejos amigos. Meditar un momento acerca de la posibilidad de volver a verles, de avivar de nuevo lo que nos unió. Descartar algunos sólo con presentirlos. Sin más motivo que aquella vieja verdad: todos los libros tienen un momento idóneo para atracar en la vida de alguien, y el momento de ciertos libros pasó para mí —me temo— hace tiempo. En cambio, hay muchos momentos aún por llegar, muchos títulos estupendos por descubrir. Puede que haya docenas de ellos que ni siquiera se han escrito aún y pensarlo —qué cosas— me hace feliz, como si el mundo fuera un lugar un poco mejor porque aún quedan cosas que contar.
Cuando elijo el próximo libro soy consciente de la gravedad de mi gesto: la vida tendrá una textura u otra dependiendo del nombre que habite en su cubierta, del temperamento y la honestidad del mago que conjure la historia. Querré que deje poso. Desearé que su lectura me haga otra persona distinta de la que soy cuando lo abro. Me gusta imaginarme como una sustancia a la que las palabras dan forma. Alguien imperfecto a quien la Literatura que degusta es capaz de hacer un poco mejor. Qué dicha.
Cuando llega la elección, el placer ya está casi consumado. Adoro decantarme. Conocer todas y cada una de las razones que me llevan a renunciar a unos títulos por otros. Quedarme con uno, abrirlo, olisquearlo, curiosear entre sus páginas como quien entra en el vestíbulo de un nuevo mundo, mordisquear la primera línea, detenerme a analizar a qué sabe. Y sólo después, sí, lanzarme. Aspirar a la perfección de este futuro a mi alcance.

La imagen: La primavera según Elia Olmedo (Barcelona, 2003)

18 de marzo de 2009

Nada dura siempre o un buen motivo para un regreso


La literatura es un camino de largo recorrido en el que siempre hay que estar demostrando que una sigue estando en forma. En este momento de mi vida, me siento como un deportista que ha entrenado durante mucho tiempo y es capaz de batir sus propias marcas. Y no me refiero a subir a ningún escenario a recoger un premio, sino a ser capaz de contar la historia que deseabas contar, del modo en que querías hacerlo. La escritura gana con la madurez y yo estoy conquistando mi madurez, y me siento muy feliz de ello.
Sin embargo, no os alarméis sin motivo, porque todo pasa. La buena forma también es efímera. Todas las rachas llega un día en que se terminan. Llegará el día en que buscaré algo de lo que escribir y no se me ocurrirá nada. El día en que se me ocurrirán cosas que ya no interesen, que no emocionen, que no conecten con nadie. El día en que deje de entender el mundo y eso signifique que algo ha cambiado en mí.
No os preocupéis, pues, los que me encontráis grosera, pesada o zafia. Los que de vez en cuando visitáis este blog y dejáis claro la poca simpatía que os despierto. De todo esto, no quedará nada. Toda luz termina por apagarse. Y muy pronto, en apenas un parpadeo, nadie se acordará de si alguna vez leyó algo mío o que fue lo que le sedujo de mis historias. La memoria es breve y fugaz. En cuanto a mí, no hay que lamentarse, sino prepararse. Ser consciente. Madurar. La madurez ayuda a escribir. Entender ayuda a vivir.
En fin. Todo esto para deciros, queridos navegantes, que hoy tengo un feliz motivo para regresar. No puedo decir lo mismo del abandono en el que he tenido al blog durante estos días. A veces, las cosas ocurren sin ningún motivo. También el silencio a veces demanda su parcela, y una se concentra en otras cosas y se olvida de hablar, así, de pronto.
Un motivo para regresar: El martes por la noche me dieron el Premio Barco de Vapor de la Fundación SM y no se me ocurre mejor sitio para compartirlo con vosotros que éste. "El camino que habéis elegido es duro y largo, pero cuando os dé una satisfacción, será más grande que ninguna en la vida", dijo una vez Ana María Matute a un grupo de jóvenes escritores entre el que me contaba. Siempre me acuerdo de Ana María cuando ocurren cosas como la de anoche. Cuando las cosas van mal, me acuerdo de quienes me detestan y repaso un proverbio chino que dice: "Lo que más amo de mi imperfección es la alegría que provoca en los demás".
Es tarde y estoy agotada. En los últimos dos días apenas he dormido 8 horas. Mi próxima entrada será menos existencial, lo prometo. Pero no podrá ser más feliz. Buenas noches, navegantes. Gracias por esperarme.


Blog del premio, con videos y más AQUÍ


La primera imagen es de las oficiales. La segunda, de Rebeca Yanke, durante la rueda de prensa de ayer miércoles por la mañana, en la Asociación de la Prensa de Madrid.

14 de enero de 2009

Año nuevo, novela nueva (un arranque, en exclusiva para los lectores de este blog)

Aquellos que han nacido están destinados a morir y los muertos están destinados a ser llamados de nuevo a la vida.
Tratado de Avot, 4, 22


CAPÍTULO PRIMERO

La presencia de Bel no perturba el silencio del hospital. Aunque nada más atravesar la puerta de entrada, ella siente el dolor de la gente que sufre en aquel lugar. Mira un momento a su alrededor, para situarse. Lee un panel indicador. Mira hacia la cabina del fondo, con los cristales cerrados, donde una enfermera mira la televisión de espaldas a ella. No puede verla. Luego, con paso seguro, recorre el pasillo hasta los ascensores. Las puertas están abiertas. Entra y pulsa el cinco.
A estas horas de la madrugada, los pasillos están desiertos. Los de la quinta planta están en penumbra, y eso le resulta agradable. Últimamente, la luz muy brillante le hiere los ojos. No sabría decir qué la guía, exactamente. Podríamos llamarle presentimiento. Bel sabe a dónde se dirige, lo siente, algo en ella sufre también, y ese dolor es la que dirige sus pasos con absoluta seguridad.
Camina ciento dos pasos. Ahora ha adquirido esa costumbre, la de contar sus pasos sobre la Tierra, como si eso fuera importante. Tuerce a la derecha, deja a la izquierda el puesto de la enfermera —donde no hay nadie— y entra en la Unidad de Cuidados Intensivos. Otra vez a la derecha, escoge una habitación, se detiene en el umbral. Observa.
«Dios mío, qué pálido está».
De pronto, siente unas ganas horribles de llorar.
Siente un nudo que le oprime la garganta. No todo es tristeza. También está el amor, que de pronto la ahoga.
«Por fin estoy contigo. Nunca me separaré de ti».
Avanza hacia la cama y mira fijamente a Isma. Sus ojos cerrados, sus manos dormidas a ambos lados del lecho, el tubo de plástico que sobresale de sus labios, el latido de su corazón dibujado en la pantalla de una máquina… a simple vista, sólo es un paciente luchando entre la vida y la muerte. Aunque para Bel es mucho, muchísimo más que eso.
Bel no sabe cuánto tiempo hace que Isma está inconsciente, aunque puede imaginarlo.
«Desde el día del accidente, desde aquella caída que aún no sé cómo pudo ocurrir».
Busca una silla y la acerca a la cama. Se sienta junto a Isma. No siente miedo a ser descubierta. Le agarra la mano y lentamente deja caer su cabeza sobre ella, le acaricia despacio con la mejilla, roza con sus labios los dedos de él. Susurra una promesa, con los ojos inundados de lágrimas:
«Averiguaré qué ocurrió. Y vendré a verte todos los días».
Se queda ahí, muy quieta, sentada junto a él, durante horas. A ratos, cierra los ojos y duerme un poco. Cuando los abre de nuevo, mira otra vez la cara de Ismael, y vuelven la rabia y el dolor, el amor y el desconcierto. Acuden a su mente escenas del pasado que han compartido. Entonces desea con todas sus fuerzas que se recupere, que abra los ojos, que pueda apartarse de estas máquinas que le ayudan a seguir respirando. Que viva.
Se oye el tictac lejano de un reloj en el pasillo. No tiene ni idea de qué hora es. Aún es noche cerrada. Besa los dedos de Isma uno por uno. Vuelve a cerrar los ojos.
La despierta un sonido de pasos. Alguien camina a toda prisa por el pasillo. Sabe lo que significan: el inicio de un nuevo día en el hospital, la llegada de las primeras enfermeras del turno de mañana, el fin de la calma nocturna. Mira por la ventana y se da cuenta de que está amaneciendo.
«Será mejor que me vaya».
No le importa el tubo que sobresale de los labios de Isma. Tampoco que ni siquiera haya reparado en su presencia. Siente que su corazón late a mil por hora cuando se acerca a él y le besa. En ese momento, Bel recuerda el cuento de la Bella Durmiente y piensa que sería genial que ocurriera lo mismo. Sería genial que su beso de amor rompiera el hechizo de la muerte. Pero no ocurre. No ocurre nada. Isma sigue dormido, y ella tiene que irse. Aunque le duela, aunque lo último que desee en el mundo sea separarse de él.
«Volveré cada madrugada hasta que despiertes».
Cree que de algún modo Isma se da cuenta de que ella ha recorrido una larga distancia para verle. Que de algún modo, la presiente. También sabe que lo que siente por él es lo que la ha guiado hasta aquí, lo que la empuja a seguir adelante.
Deja la silla en su lugar.
Deposita un largo beso sobre los labios resecos y entreabiertos del paciente.
«Hasta mañana, amor mío».
Y sale sin hacer ningún ruido. No le cuesta nada llegar hasta la calle.


La imagen: Arturo Sinclair, Amor y muerte