5 de agosto de 2011

Cerrado por vacaciones


4 de agosto de 2011

Laxitud e ilusiones

Me encantan estos días laxos de agosto. El teléfono no suena. La gente anda por ahí, disfrutando de su ausencia. Las horas parecen hechas para desperdiciarlas. Los libros gordos, gordísimos, nos reclaman con su pasividad a gritos. Los rincones más lejanos del Atlas parecen hechos para que nos perdamos en ellos, aunque nunca lo hagamos, porque es odioso viajar en agosto. 

No, agosto es un mes para el sedentarismo. Para los descubrimientos más cercanos: el asombro en los ojos de los niños, el placer de la lectura compartida, las películas clásicas en la penumbra del aire acondicionado, los olores del pan recién hecho en nuestro propio horno, el lujo de la calma en compañía.


Este año, navegantes, he alcanzado agosto con una sensación inédita en mí: necesito vacaciones. Ha sido un curso intenso, del cual ahora no voy a hablar porque mucho he insistido ya en eso, y en este sitio. Por delante, se extiende otro cargado de trabajo y de ilusiones. Por primera vez en mucho tiempo, antes de afrontarlo, necesito quedarme en blanco. Tumbarme bajo los árboles en mi pueblito castellano de todos los veranos. Vigilar al castillo vigilante. Ver pasar las nubes. Preparar grandes jarras de limonada. Charlar hasta las tantas de la madrugada mientras los grillos cantan para nosotros. Tener cerca a alguien que durante el año siento cerca aunque esté lejos.


Me llevo la maleta cargada de lecturas, eso sí. No son novelas de Dickens, ni de mi adorado Wilkie Collins. Son textos de principios del XIX, la mayoría biográficos o memorialísticos., algunos inencontrables, comprados a precio de oro en librerías anticuarias. Documentación para mi próxima novela. Alimento para el monstruo, en suma. Cuando regrese, en septiembre, pondré fecha al inicio de la escritura, aunque ya hay cuadernos garabateados con párrafos,  esquemas y hasta algún que otro  principio de capítulo. También hay título, aunque por ahora me lo reservo (ya sabéis: los novelistas debemos mantener el suspense). 

En estos momentos, la historia por contar es una gran emoción y una ilusión desbordante.  Estoy deseando hincarle el diente a una historia que estará repleta de bibliotecas y de locos de los libros. Con ellos me despido, comportiendo la alegría con todos vosotros, hasta más ver. Estaré de vuelta cuando agote las nubes castellanas o cuando ellas se cansen de mí.
 

Feliz laxitud agostina, amigos.


3 de agosto de 2011

Desaveniencias con Mr. Pickwick


Hace unos días sentí la urgencia de leer Los papeles póstumos del Club Pickwick, la que a decir de algunos es la mejor novela de Charles Dickens. Durante el curso no puedo permitirme estos lujos de más de mil páginas, como tantos. Después de un proceso de búsqueda no exento de grandes desilusiones  (tropecé con libreros que ni siquiera conocían el libro ni lo habían tenido jamás), y de descartar la edición de bolsillo, en tres volúmenes, de Alianza, encontré -en manos de mi librero de cabecera, esto es, Luis, de  Librería Laie, en Barcelona- lo que andaba buscando: la edición de Mondadori, en tapa dura, colección Grandes Clásicos. Me tumbé con él en la cama, dispuesta a pasar toda una tarde sumergida en  sus páginas.¿Habrá mayor placer?
Ahora que lo he dado por terminado, puedo decir que lo que más me ha gustado de ese libro es el prólogo y las notas de José María Valverde. La novela me parece ingenua hasta la desesperación (no podía ser de otro modo, me digo: su autor la escribió con 24 añitos), tediosa, repetitiva y armada con la técnica del collage, muy poco favorecedora en este caso. Echo de menos personajes verosímiles, construidos con la profundidad de los grandes. Echo de menos un humor menos infantil, una peripecia más emocionante.  Me sobran algunas de las historias intercaladas y quisiera que otras fueran en sí mismas novelas dickensianas. Incluso echo de menos más espectros y fantasmas (y eso que el prologuista le recrimina a Dickens su gusto por lo fantasmagórico). En fin.
El prólogo habla de la génesis de la obra. Apareció por entregas, como otras de su autor, y fue su primer trabajo serio  (antes de escribirla, apenas había publicado unos cuentos bajo pseudónimo.) El Club Pickwick, calcado a otras sociedades de la Inglaterra de su tiempo, surgió por iniciativa del editor del periódico, quien le proporcionó a Dickens no sólo el título de la novela, el tema y los personajes, sino las ilustraciones de Robert Seymour a las que el escritor debía ceñirse escrupulosamente. Lo hizo -sólo hay que leer la descripción de los miembros del club- hasta que su criterio se impuso al de Seymour, y ganó la batalla. Luego, Seymour se ahorcó y tuvo que ser sustituido por otro ilustrador. En alguna parte he leído que esas vicisitudes en la sustutución de los dibujantes eran moneda de uso corriente cuando se publicaban novelas tan extensas. Dickens escribió 15.000 palabras cada quince días durante más de un año.
La novela fue un acontecimiento en su época. La aparición de algún personaje secundario disparó las ventas y lo convirtió, por imperativo categórico, en casi principal. Los lectores estadounidenses fueron al puerto de Nueva York a esperar el barco que traía el desenlace de la historia. 
Qué bonita imagen. Un puñado de personas ávidas de conocer cómo termina el cuento.

2 de agosto de 2011

El arte de la amistad


31 de julio de 2011

Biblioteca con limonero al fondo


Me encantan los libros que hablan de bibliotecas, de cómo ordenarlas, de cómo vivir con ellas, de cómo padecer la falta de espacio que genera el aumento progresivo de libros. Me encantan las anécdotas de mudanzas con biblioteca. No me asusta trasladarme con mis libros. Me encantan las cajas llenas de ellos, los volúmenes por colocar, pacientes, que aguardan sin prisa.
Mi biblioteca (nueve mil volúmenes) espera ahora, conteniendo la risa, a ser trasladada. Cuando llegamos a este piso donde ahora apuramos las últimas semanas, él dijo: "Ojalá me hubiera liado con una analfabeta". Éramos entonces una pareja recién constituida, apenas nos conocíamos. A veces, el pasado nos dejaba sin habla. Sombras extrañas paseaban de vez en cuando entre nosotros. Entre estas paredes comenzamos a mirarnos a los ojos de verdad. Luego, el tiempo pasó.
Juntos, todo comenzó a multiplicarse. Los libros son ahora mucho más numerosos que cuando llegamos. Y eso a pesar de los expurgos y la resistencia a quedarme con muchos de los que pasan por mis manos. Construimos entonces estanterías de obra, adaptadas a los muros como una piel. Ahora nos urgen anaqueles nuevos. Tenemos los libros, pero sus estantes se quedan aquí. Como tanto de nosotros.
No es fácil elegir una estantería para una biblioteca. Los libros pesan mucho. Las dimensiones habituales no les son propicias. Hacen falta baldas estrechas, abundantes, regulables. Todos los que tenemos libros sabemos que sus tamaños difieren mucho y cambian con el tiempo. 25 centímetros de anchura como máximo. De suelo a techo. 
Luego está el color. Madera. Blanco. Negro. Hay pros y contras para todas las opciones. Debatimos mucho. Miramos. Entro en las tiendas y fotografío estanterías. Construyo un sueño nuevo. Busco casa para mi biblioteca. Calculo cuántos caben. En ello estoy invirtiendo este año parte de mis vacaciones.
El ser humano, ya se sabe, se hizo sedentario para poder tener libros.

Cuando la estantería esté en su lugar, me sentaré frente a ella y abriré el portón del patio. La brisa entrará, suave, animada por los juegos de mis hijos. Apenas unos metros más allá, habrá un limonero que habré plantado con mis propias manos. Ese limonero, que quienes mejor me conocen sabrán reconocer enseguida -puede que con una sonrisa- es el mismo del que llevo hablando años, aunque no haya existido jamás fuera de mis sueños.
A la sombra de ese limonero veré pasar los años, amigos, sin hacer nada distinto de lo que hago. Inventar historias, escribirlas, disfrutar el efecto que tienen en los demás y comenzar enseguida a inventar otras.
Ese limonero será mucho más que un árbol en mi jardín. Será un sueño. Un símbolo. Un atajo entre el pasado y el futuro.
Jamás había sentido, como ahora, estar llegando al lugar donde siempre he deseado estar.

22 de julio de 2011

Revista de prensa: Isabel Marín habla de "Habitaciones cerradas" en Mujer de Hoy

Habitaciones cerradas incluye todos los ingredientes para hacer de ella una novela recomendable: secretos familiares, relaciones tortuosas, amores crueles, mansiones abandonadas y habitaciones llenas de secretos que esperan ser descifrados. Ambientada en la Barcelona modernista, es un buen reflejo de una época de esplendor truncada por la Guerra Civil, con los míticos almacenes El Siglo como clave de la trama. Habitaciones cerradas es una obra perfectamente circular, donde las primeras y últimas páginas encajan a la perfección, pues el inicio contiene ya todas las claves que, perfectamente desarrolladas a lo largo de la novela, darán la solución al caso que se presenta. 

PARA LEER
LA RESEÑA COMPLETA

19 de julio de 2011

Supermami de julio


18 de julio de 2011

Un correo y una historia preciosos que llegan desde muy lejos y que me llenan de felicidad

Acabo de terminar Habitaciones Cerradas. Vivo en Puerto Rico y lo compré durante mi viaje a Barcelona y Madrid en junio.  Quiero darte las gracias por haber escrito un libro tan maravilloso. Mi familia es originalmente de Barcelona y se trasladaron a Puerto Rico en 1890. Tenían centrales de azúcar, pero la tatarabuela se quedó siempre en Barcelona. Pienso en ella con el personaje de Maria del Roser. Al su hijo casarse con mi bisabuela (hija de catalanes ya viviendo en Puerto Rico) viajaron a Barcelona de luna de miel a conocer a la familia y ella (la suegra) le regaló los muebles para su casa de Puerto Rico (algo que haria Maria del Roser con Teresa). Los muebles son iguales a los que hay en el museo de La Pedrera, en la parte donde vivía la familia Milà. Yo los heredé y son los que ahora están en mi casa.
Tu libro me ha hecho sentir que he visitado la Barcelona de la época de mis tatarabuelos y bisabuelos y me parece haberlos podido conocer mejor a través de tus personajes. ¡He llorado la muerte de Violeta por horas! Y también la de Maria del Roser. Me siento con un nudo en la garganta al haber acabado el libro, porque quisiera que nunca terminara.

15 de julio de 2011

Crónica casifotográfica de una felicidad madrileña

Nací para ser rata de biblioteca. A pesar de que lo sé, no siempre puedo ponerlo en práctica. Estos días, en Madrid y en la Real Academia de la Historia, lo he hecho. A veces pienso que sólo escribo novelas para poder hurgar en pliegos llenos de legajos.


Las plumas del XIX escribían bonito y sus autores, gastaban una prosa seductora.


¿Hay algún lugar donde todavía estemos en el XIX? Una librería anticuaria, desde luego. La foto corresponde a la Librería del Prado, donde recibí lecciones por partida doble. Esta librería, por cierto, sólo tiene un defecto: estar a 600 kilómetros de mi casa. 

Antes de que la novela comience a cobrar, ya estoy en deuda con algunas personas. Le debo estos primeros pasos a Luis Alberto de Cuenca y Jesús Marchamalo, pero sé que antes de que termine el año habrá muchos más nombres en la lista (soy una mujer afortunada). Ay, navegantes, si pudiera compartir ya con vosotros la historia que se me está ocurriendo...

8 de julio de 2011

Escrito en una Moleskine roja / ONCE MINUTOS PARA MÍ

Tener once minutos para mí,
espejismo de paz,
que remeda el descanso
de los muertos tempranos.
Me relajo a cualquier sombra,
trazo letras, echo cuentas,
descabezo un breve sueño imaginario
clasifico mi dicha por texturas
y soy (perdón) feliz,
pero en voz baja
porque ser feliz hoy día
requiere discreción.

En mis once minutos
propios, intransferibles,
escribo versos malos para nadie,
termino libros gruesos,
imagino fatales desenlaces,
contemplo el sol, que tiene mucha prisa
para ir donde siempre.
Y ronroneo
como si fuera un gato.


En mis once minutos
explota alguna estrella,
mueren y nacen seres inauditos,
alguien lejos de aquí 
pronuncia unas palabras importantes
o descubre ruinas que cambiarán el rumbo
de esta arbitrariedad que llamamos historia.
Luego, suena un chasquido
anunciando que algo llega a su fin.
Y clic, acaba todo esto
sin haber empezado.

La eterna acción regresa sin saberlo
al repetir solar de cada instante.
Mas mis once minutos
han servido de algo.
Algo mínimo, espúreo, fugaz y peregrino
que no le vale a nadie
y que me colma.


5 de julio de 2011

Quiero todo esto (al modo de José Agustín Goytisolo y por encargo de la Cadena Ser)

Quiero una pluma estilográfica nueva
que sólo sirva para escribir poemas.
Quiero pasar una hora encerrada en una habitación
con el fantasma de mi padre.
Quiero ver nevar sobre Cracovia.
Quiero nadar en el mar la última tarde de octubre
antes de que llegue el frío.
Quiero ser la reina de Inglaterra
durante cinco minutos.
Quiero ver a mis tres hijos cuando tengan mi edad
por el ojo de una cerradura.
Quiero que se prohíban los libros
compuestos con letra diminuta y apretujada.
Quiero pagar mis impuestos sin dolor.
Quiero que la gente que no sabe ser feliz
reciba lecciones urgentes.
Quiero ser la primera bailarina
del New York City Ballet
una noche de estreno.
Quiero que vayan a la cárcel
los novelistas que aún escriben:
“Lágrimas tibias y saladas resbalaron por su mejilla”
y se quedan tan anchos.
Quiero encontrar zapatos del 42
en una zapatería de mi barrio.
Quiero que quienes no entienden nada
comiencen a entender algo.
Quiero que el hombre que duerme a mi lado
siga ahí dentro de treinta años.
Quiero salir al jardín a arrancar un limón
de un limonero plantado con mis propias manos.
Quiero una ducha con buena presión de agua.
Quiero ser un astronauta sin fecha de regreso
durante cinco minutos.
Quiero leche que sepa a leche.
Quiero viajar en el tiempo para asistir
a una comida de Navidad
en casa de mi bisabuela.
Quiero que me perdone –más aún, que me comprenda-
quien nunca va a comprenderme ni perdonarme.
Quiero pintar una pared de color naranja
con mis propias manos.
Quiero un sillón de leer de 90 x 95
y un escabel a juego.
Quiero besos, abrazos y caricias
(darlos, recibirlos, recordarlos).
Quiero conocer a un librero de viejo
con muchas ganas de hablar.
Quiero palabras que suenen bonito, 
como Pulpa, Almidón, Zascandil, Plantígrado.
Quiero que todos los bares del mundo
tengan tónica Fentimans.
Quiero hablar ruso
como si hubiera nacido en San Petersburgo.
Quiero abrir la puerta y encontrar
a Wislawa Szymborska en el rellano.
Quiero tener setenta años
durante cinco minutos.
Quiero ser estudiosa de algo insignificante
y consagrar a ello toda mi vida.
Quiero que los mosquitos no me zumben en el oído
mientras concilio el sueño.
Quiero un abrigo largo hasta los pies
para envolverme con él el próximo invierno.
Quiero ver la vida
desde el punto de vista de las medusas.
Quiero que los Reyes Magos no sepan la verdad.
Quiero morir, como mucho, a los 80 años.
Quiero silencio para leer.
Quiero un periódico sin sección de deportes.
Quiero conocer a gente
que aún no ha sido engendrada.
Quiero echar por la ventana
todos los televisores de la casa.
Quiero ser muy menudita y pesar 40 kilos.
Quiero aprender el arte de estar
en dos lugares al mismo tiempo.
Quiero disfrazarme de señora con polisón.
Quiero, lo antes posible, 
meter todos mis libros en cajas
y llevármelos a otra parte.
Quiero ser Jack el Destripador
durante cinco minutos.
Quiero admirar a mis amigos.
Quiero cantar el aria de la reina de la noche
de La flauta mágica.
Quiero aprender a hacer tiramisú.
Quiero ser un hombre durante los veinte segundos
que dura lo que ya sabéis.
Quiero asombrarme siempre y mucho.
Quiero no recordar nada de lo que quiero,
según esta lista,
la próxima vez que me pregunten
qué quiero.

3 de julio de 2011

Robin de Sherwood

The adventures of Robin Hood, llamada Robin de los bosques en España, está considerada la mejor película de aventuras de todos los tiempos. Fue rodada en 1938 por tres directores distintos, protagonizada por un Errol Flynn que es igualito -quienes tengáis niños seguro que sabéis de quién hablo- al Sportacus de Lazy Town. En el papel principal femenino tiene a una Olivia de Havilland tan desmayada como de costumbre, pero deliciosa. Fue una de las primeras películas filmadas en color y costó, leo, dos millones de dólares. Se llevó tres Oscar: al mejor decorado, a la mejor banda sonora y al mejor montaje. de permanente inalterable y que resulta igualito -quienes tengáis niños me entenderéis- al Sportacus de
Es una de las películas que más éxito ha tenido entre los críticos jueces de mis sesiones familiares de cine forum. No sólo por el tema -el ciclo artúrico nunca falla- sino también por otros méritos, más difíciles de encontrar en cine apto para todos los públicos de cualquier época: no es moralista, no es cursi, tiene un ritmo trepidante, los malvados son muy malvados y los buenos se rigen por suicidas causas nobles. Hay luchas, escenas emocionantes y un final feliz nada ramplón. Es seguro que volveremos a verla.
Ha sido una buena manera de ir intimando con Robin Hood, ese justiciero que tanto trabajo tendría hoy día y que nunca pasa de moda. Ni en los bosques de Sherwood ni en el salón de mi casa.

30 de junio de 2011

Fiesta de 10º aniversario de la agencia Sandra Bruna: la crónica de la bloguera dicharachera

 Martí Gironell también aquí ejerció de presentador.

Chica de vídeo: Rocío Carmona.

 Ángeles Escudero, felicitación a distancia.

 El gran momento. La agencia al completo sopla velas.

Sandra se cambió de zapatos para bailar mejor. 
¡He aquí la prueba!

Víctor Amela-Sandra Bruna.
Una estrecha relación autor-agente.

Ambientazo.

Eduard Estivill y la bloguera dicharachera, ¡cantamos!
Sí, sí, cantamos.
Por supuesto, en honor de la homenajeada.

Madame Bruna.

Iolanda Batallé-Francesc Miralles.
Una relación en la penumbra.

Flores para todos y ¡a seguir!


* ¡Gracias, David, por tus fotos!

29 de junio de 2011

Los huesos hablan 700 años después


¿Por qué los príncipes y princesas de los cuentos son siempre rubios? ¿Todos eran germánicos, nórdicos, albinos?
La respuesta se llama Apigenina Genisteina y es un tinte natural extraído de la retama que, al parecer, los reyes medievales europeos -también los nuestros- utilizaban para aclararse el pelo. Las razones suelen ser, por lo menos por estas latitudes, estético-prácticas: de este modo conseguían singularizarse de sus siervos, que por lo general eran cetrinos, de pelo oscuro y tez morena.
Esto he sabido leyendo los resultados de las investigaciones que un grupo de arqueólogos, dosumentalistas, químicos, forenses e ingenieros textiles están llevando a cabo después de exhumar los restos de Pere II de Aragón y de Blanca d'Anjou (su nuera), en un proyecto del Museu d'Història de Catalunya.
El estudio, por cierto, ha desvelado también que el rey Pedro II iba mucho a caballo (según una lesión muscular en la base de las costillas), que entre los 6 y los 12 años se alimentó fatal, que nsu coquetería no le llegaba para lavarse los dientes y que sus platos favoritos eran la carne y los cereales mediterráneos. También sufrió un meningioma, pero parece que ni se enteró.
Con respecto a Blanca d'Anjou, también conocida como Blanca de Nápoles, es casi un milagro que sus huesos puedan decirnos algo, pues durante un saqueo propiciado por la Desamortización de Mendizábal (1835) su cadáver fue profanado y lanzado a un pozo, de donde un monje lo rescató para devolverlo a su ataúd. Medía 1,50 metros de altura y murió a los 27 años tras dar a luz a su décimo hijo, como ya reconocían las crónicas. Ahora se han sabido detalles más mundanos. Por ejemplo, que usaba zapatos demasiado estrechos, que le provocaron un protuberante juanete. 
Reconozco que esta es la historia que me gusta saber: la de las menudencias, no la de las grandes gestas. Prefiero los juanetes, los tintes y las dietas antes que los tratados, las batallas y las conquistas.

* La imagen: reconstrucción del rostro de Blanca d'Anjou, según el mismo estudio.

27 de junio de 2011

23 de junio de 2011

Otro solsticio de verano


Hace años, a las horas que hoy esribo esto, estaba recopilando cualquier cosa que pudiera apilarse para formar una gran hoguera. Los niños inaugurábamos el verano visitando a los vecinos para pedirles muebles viejos, tablones, palos de escoba. Había un adulto vigilante, que al anochecer prendía la llama. Luego, asustados de nuestra propia proeza, nos sentábamos a ver el fuego y a lanzar petardos. Yo nunca fui muy petardera. Me daban -y me dan- miedo las explosiones, y también el fuego. Aunque me hipnotizaba el baile y el calor de las llamas. Mirándolas podía pasar horas. Creo que nunca fui una niña muy activa, mi papel era más bien el de observadora. Se me daba bien mirar en silencio, llegar a mis conclusiones, pensar en mis cosas. Ahora, treinta años más tarde, sigo sentándome en silencio a pensar. Sin ningún otro cometido. Pensar. A mí me da grandes resultados.
Pero estaba en la vigilia de San Juan. Cuando la hoguera se consumía, los mayores bajaban parrillas a la playa. Había carne a la brasa y pan con tomate. Corría la sangría, por supuesto, hecha en casa. Los niños bebíamos refrescos que pescábamos de un barreño lleno de hielo. La arena húmeda y fría nos acariciaba los pies. Luego, el ritual del baño. En San Juan hay que bañarse de madrugada. O mejor aún: al salir el sol. Si el cuerpo aguanta, claro. El mío, poco trasnochador, aguantaba poco. Creo que sólo un año llegué a ver salir el sol. Y ya tenía novio. 
A nosotros no nos decían que bañarse trajera suerte, como se escucha ahora. Nosotros nos bañábamos porque formaba parte del ritual. Meterse en el mar de noche era una especie de rito de iniciación. Una demostración de valor. Pocos se atrevían. Yo sí, a mí el medio acuático nunca me ha dado miedo. 
En el mar, por la noche, me sentía fosforescente. A veces me costaba acostumbrarme al frío, pero siempre lograba hacerlo. Me alejaba nadando hasta donde no hacía pie. La oscuridad es absoluta desde el mar, de noche. 
Al acostarnos, tal noche como la de hoy, habíamos practicado un oficio ancestral: el de perpetuar nuestras costumbres, sin saber por qué lo estábamos haciendo. Éramos parte de una tradición. Y, al mismo tiempo, éramos intensamente felices.
Cuando termine de escribir estas líneas, comenzaré a preparar la cena. La de la verbena de San Juan siempre ha sido una cena sencilla: embutidos, tortilla de patatas, pan con tomate, queso y, de postre, la ineludible coca. Este año, la nuestra es de crema. Luego, acompañaremos a los niños a encender una docena de bengalas y a lanzar unos pocos petardos. El fuego  y las explosiones siguen dándome miedo, aunque intento disimular para que ellos puedan hacer lo que hace todo el mundo. No sé si llegaremos al ritual del baño en el mar o habrá que dejarlo para más adelante. La playa está más lejos que cuando era niña. Bueno, mejor dicho: la playa está en el mismo sitio. La que estoy un poco más lejos soy yo.
El solsticio de verano me gusta menos ahora que antes. Ahora soy comparsa. Acompaño a mis hijos hasta que les llegue el momento de celebrarlo sin mí, con sus amigos, a su manera. Cumplo mi función. Algún día, ellos también hablarán del San Juan de su niñez y yo estaré en él. Menuda responsabilidad.

22 de junio de 2011

Avarus animus nullo saciatur lucro



El novelista, traductor y poeta John Gardner habla en su libro Para ser novelista del desaliento que aqueja a los escritores. Del que viene de los demás y del otro, del terrible: "Escribir una novela lleva muchísimo tiempo", dice, "al menos para la mayoría, y es algo que pone a prueba la mente del escritor y puede llegar a desquiciarla. Día tras día, año tras año, el novelista se pregunta si no estará engañándose, se pregunta por qué se escriben novelas, esos largos y minuciosos estudios de las esperanzas, alegrías y desgracias de seres que, en sentido estricto, no existen. El escritor puede ver socabado su ánimo por una progresiva misantropía, humor o desconcierto mientras su mujer o marido da muestras crecientes de mal humor."
A pesar de todo, Gardner termina diciendo que "hay más fracasos entre quienes aspiran a ser brillantes hombres de negocios que entre quienes aspiran a ser artistas".

Creo que Gardner tiene razón. Escribir es aprender a luchar contra ti mismo. Terminar una novela depende, en buena medida, de tu capacidad para resistir en esa lucha. De tu autoconvicción, de las maneras en que hayas aprendido a combatir el desaliento. Es una labor de resistencia, en la que el talante tiene gran importancia.



Hace poco me contaban el caso de un escritor pagado de sí mismo. Uno de esos que se consideran a sí mismos más que los demás y osan ir por el mundo con una mueca de desprecio. Se les reconoce porque raramente leen a sus contemporáneos o, si lo hacen, es sólo para certificar que ellos son infinitamente superiores. También por su infelicidad, que es su peor estigma. A menudo publican en buenas editoriales. Tienen un razonable número de lectores. Reciben buenas críticas. Pero nada de eso les basta, porque aspiran a más. Están tan pendientes de los inexplicables éxitos ajenos que no saben ver sus propios logros. Nunca están satisfechos. La insatisfacción llega en ellos a ser patológica. Por supuesto, no admiten la biodiversidad de lo literario. No admiten la coexistencia de distintos tipos de escritores, de libros, de lectores. Para ellos sólo existe literatura sublime -ellos mismos- y subliteratura -los demás, en particular aquellos de los demás a quienes las cosas no les van del todo mal-, consideran que su labor consiste en educar a los lectores equivocados. Es decir, inculcar a todos que deben leerles a ellos y no al resto de la humanidad. Con los años, suelen ser seres solitarios, asociales, estar enfadados con el mundo (que no les comprende) y bastante insoportables.
Lo peor de todo es que su mal no tiene solución. Aunque mañana todo el mundo les prefiriera, aunque vendieran un millón de ejemplares, aunque hasta los taxistas les leyeran con fruición, se sentirían igualmente infelices. 
Porque hay otro axioma infalible, en la literatura y en la vida: Por muy bien que te vayan las cosas, siempre hay otro u otra a quien le van mejor que a ti.
Y la felicidad, no falla, consiste en ser feliz con lo propio.