Ayer me preguntó un chico en un colegio de Salamanca cuál era la pregunta más extraña que me han hecho jamás. Le referí una vez en que un muchacho de una edad similar a la suya me preguntó si soy miope y si no me planteo, por ello, dejar de leer o de escribir (ojo, porque la preguntita encierra un mensaje terrible: leer y escribir perjudica, vade retro). Lo que no sabía era que una de las preguntas más raras que me han hecho jamás, aunque muy divertida de contestar, llegaría poco después, de boca de un muchacho de 15 años: -¿Cómo te gustaría morir? -quiso saber.
Fui sincera:
-De repente. Entre los míos. Lúcida. No muy vieja.
Murmuraban, de ese modo en que lo hacen los adolescentes cuando algún tema les inquieta. Pensé que estaría bien hablar de la muerte. Les conté que no me importa hablar de mi propia muerte porque nunca me ha preocupado ni impresionado la idea de morirme. Puntualicé: desde que tengo hijos siento que no puedo morir todavía, que tengo unos 20 años de intenso trabajo por delante. Luego, ya qué más dará. Hay mucha gente en el mundo y nadie es insustituible.
Callaban y estaban muy atentos. El tema funcionaba.
Les expliqué que tengo escrito el texto que va a leerse en mi funeral. Me preguntaron por qué lo había hecho, qué decía. No desvelé el contenido, pero sí los motivos:
-Porque no quiero que a mi entierro venga cualquier gilipollas a decir cualquier cosa.
Se rieron. Debo confesar que eso, exactamente, era lo que yo pretendía.
Cuando ya me iba, la profesora me contó que la idea de escribir el texto de su funeral les había gustado: lo habían propuesto como tema para una composición en clase de literatura. Ella aceptó.
De modo que muy pronto habrá en Salamanca, por mi culpa, 60 chicos y chicas de 15 y 16 años escribiendo el texto que debe leerse en su entierro.
Espero que los padres me lo perdonen.
¡Cómo me gustan estos chicos!
La imagen de hoy: un buen sitio para pasar la eternidad en solitario. Grimsey.
