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2 de abril de 2008

Cosas que hacer en Bologna

-Dar vueltas y vueltas hasta marearse por la International Children's Book Fair, o la Fiera Internazionale de Livri per Ragazzi o la Fiera Internacional del Libro para Niños.
-(Consecuencia directa de lo anterior) Preguntarse cien veces por minuto por qué diablos escribo, con la cantidad de gente que lo hace.
-Pensar que no debería haber venido (demasiada gente, demasiada prisa, demasiados libros, demasiados negocios...)
-Alegrarse de estar aquí.
-Hablar con gente a quien te apetece conocer.
-Comer / cenar con gente con quien te apetece cenar.
-Asistir a la subasta de un libro que será la bomba de la temporada que viene (o eso desean sus hipotéticos futuros editores) y ver la cara que se les pone cuando gana la subasta otro.
-Encontrar colegas por los pasillos, y poner cara de ¿y tú qué haces aquí? cuando todo el mundo sabe qué hace el otro aquí (lo mismo que tú, por cierto).
-Conseguir dominar esta terrible claustrofobia libresca (la librostrofobia, neologizo) y dar un paseo en paz, para ver libros y disfrutarlos. Sólo entonces...
-Descubrir algunos autores a quien me gustaría poder leer en castellano. Bernard Beckett (podré leer "Génesis", su última novela, pero a mí me apetecería más que alguien tradujera "Malcom and Juliet" o "Jolt"); Greg Pyers, Erlend Loe, Ellen Hopkins y el estupendo Patrick McDonell, un autor de libros para niños que me ha enamorado con un álbum precioso llamado "The Gift of Nothing" (El regalo de nada).
Y también con otros a quien ya puedo disfrutar en castellano: Oliver Jeffers, por ejemplo (a los que tenéis niños o todavía lo sois: no os perdáis "De vuelta a casa", un precioso cuento publicado por Fondo de Cultura Económica).
-Disfrutar con las ilustraciones de la exposición de ilustradores, envidiando poder utilizar un lenguaje tan universal como el suyo.
-Visitar al Neptuno que preside la fuente junto a la Piazza Maggiore.
-Comerse un helado en la Gelateria Il Gelatauro (calabaza y canela, chocolate a la naranja...mmm) en compañía de Alicia.
-Hablar italiano como si supieras.
-Entrar en una librería del centro de la ciudad como si no hubieras tenido suficiente.
-Comprar pasta fresca y mortadela para llevar en Tamburini, una tienda histórica. En la bolsa dice: "antica salsamenteria bolognese". ¡Qué bien me van a recibir en casa!

La imagen de hoy: de Pablo Zweig uno de los ilustradores descubiertos en la muestra, dedicada a Argentina como país invitado.

5 de marzo de 2008

LLegar a una ciudad, ojear uno de esos mapas que te entregan en la recepción de los hoteles y pensar: no puedo marcharme de aquí sin ver la Plaza Mayor, sin recorrer esas callejuelas que llevan hasta la catedral.

Leer un libro y tropezar con una frase que quieres retener, conservar. Buscar un lápiz para marcarla (siempre llevo varios), hacerlo. Cerrar el libro, satisfecha: ya no escaparán las palabras, la belleza.

En el paseo por la ciudad, tropezar de frente con la plaza mayor y con la callejuela que lleva a la catedral y con la fachada gótica, imponente. Darse cuenta enseguida de que estuviste aquí hace poco -apenas unos meses- y que pensaste lo mismo. Y de hecho, recorriste el mismo camino que hoy, por los mismos motivos. No lo has sabido hasta estar aquí de nuevo.

Encontar una edición anterior del mismo libro, que compraste hace diez años. Al ojearlo ves que la misma frase que hoy te emocionó, lo hizo entonces. Está marcada con otro lápiz, en otro tiempo, pero por tu misma mano. Tampoco eras consciente de haberlo leído ya.

Mi emoción conserva lo que mi memoria olvida.
Los recuerdos tal vez sean el lastre de las emociones.


En la imagen de hoy: emoción. Es de Alicia Soria.

20 de febrero de 2008

Ejercicio de composición

Ayer me preguntó un chico en un colegio de Salamanca cuál era la pregunta más extraña que me han hecho jamás. Le referí una vez en que un muchacho de una edad similar a la suya me preguntó si soy miope y si no me planteo, por ello, dejar de leer o de escribir (ojo, porque la preguntita encierra un mensaje terrible: leer y escribir perjudica, vade retro). Lo que no sabía era que una de las preguntas más raras que me han hecho jamás, aunque muy divertida de contestar, llegaría poco después, de boca de un muchacho de 15 años:
-¿Cómo te gustaría morir? -quiso saber.
Fui sincera:
-De repente. Entre los míos. Lúcida. No muy vieja.
Murmuraban, de ese modo en que lo hacen los adolescentes cuando algún tema les inquieta. Pensé que estaría bien hablar de la muerte. Les conté que no me importa hablar de mi propia muerte porque nunca me ha preocupado ni impresionado la idea de morirme. Puntualicé: desde que tengo hijos siento que no puedo morir todavía, que tengo unos 20 años de intenso trabajo por delante. Luego, ya qué más dará. Hay mucha gente en el mundo y nadie es insustituible.
Callaban y estaban muy atentos. El tema funcionaba.
Les expliqué que tengo escrito el texto que va a leerse en mi funeral. Me preguntaron por qué lo había hecho, qué decía. No desvelé el contenido, pero sí los motivos:
-Porque no quiero que a mi entierro venga cualquier gilipollas a decir cualquier cosa.
Se rieron. Debo confesar que eso, exactamente, era lo que yo pretendía.
Cuando ya me iba, la profesora me contó que la idea de escribir el texto de su funeral les había gustado: lo habían propuesto como tema para una composición en clase de literatura. Ella aceptó.
De modo que muy pronto habrá en Salamanca, por mi culpa, 60 chicos y chicas de 15 y 16 años escribiendo el texto que debe leerse en su entierro.
Espero que los padres me lo perdonen.
¡Cómo me gustan estos chicos!

La imagen de hoy: un buen sitio para pasar la eternidad en solitario. Grimsey.

12 de febrero de 2008

Criaturas que aparecen en primavera

Esta mañana he estado en uno de esos institutos que me tocan de vez en cuando en los que sientes ganas de no salir más de casa. Aclaro que cuando un encuentro entre alumnos y escritores va mal suele ser culpa del profesorado, nunca de los alumnos (y menos de los escritores, porque os aseguro que hacen falta ganas para ir por ahí predicando la buena nueva de la literatura entre los alumnos de secundaria).

A los chavales que me escuchaban les he contado mi primer encontronazo con la literatura erótica. La cosa estaba encuadrada en la parte de la charla titulada: "Libros que me apetecía leer de adolescente y libros de los que huía nada más olerlos". Entre los que más me tentaban de todos los libros que aún no debía leer (yo les llamo genéricamente, los libros "aún no") estaban los de la colección La sonrisa vertrical. Los compraba con mi paga y los leía a escondidas, muchas veces bajo las sábanas. Era tan ingenua que ni siquiera sabía lo que significaba el eslógan de la contracubierta: "una colección para leer con una sola mano". Me pasé bastantes ratos preguntándome por qué se dirigía a los mancos aquella colección tan simpática.
Debo aclarar que, a diferencia de lo que les ocurre a los chavales de hoy, yo no había gozado de una educación sexual nada completa.
Con semejante preparación, la lectura de los libros de las tapas rosadas eran para mí una especie de universidad en la materia, donde aprendí cositas muy útiles que con el tiempo terminaron por serme de gran provecho. Una vez cayó en mis manos un libro de relatos cuyo título y autora he olvidado por completo (qué cruel es la posteridad) en cuyo primer cuento se explicaba la siguiente historia: una mujer se dispone a fregar el suelo de su casa, para lo cual abre de par en par la ventana del salón. Cuando está a cuatro patas sobre las losetas, con la bayeta en la mano (muy a la antigua usanza), ve entrar revoloteando por la ventabna un pene alado. Semejante anuncio de la primavera le causa tan gran emoción que se lanza a la caza de la criatura, con quien muy pronto entrará en lúdica interacción.
¿Podéis imaginar los efectos que tan imaginativa aventura tuvo sobre la desinformada chiquilla que yo era entonces? Pasé una buena temporada pensando que los penes poseían la capacidad de levantar el vuelo en cualquier momento, y mirando hacia la ventana por si la primavera traía a alguno de ellos a anidar en el alféizar. Menos mal que salí de dudas antes de ver el primer pene de mi vida, o hubiera hecho un ridículo espantoso animándole a hacer aquello que yo sabía que podía hacer.


En fin. De una versión resumida y desapasionada de esta historia, y muchas otras cosas sobre pasión lectora, hemos hablado esta mañana con los alumnos que os decía. Sus risas y su atención han hecho, como siempre, que todo terminara valiendo la pena. Y la visión del Atlántico, con Rota y Chipiona al fondo, que tengo desde la habitación del hotel, compensan el resto.
Seguro que mañana será más fácil que las cosas salgan bien.

En la imagen, tomada hace 15 días, otra aparición primaveral: las flores de los almendros de Can Bruguera, en Mataró, que siempre son las primeras en salir.

29 de noviembre de 2007

¡Al diablo con los linces azules!

Pues sí, este fue el título que ganó "en vivo y en directo". Lo habéis adivinado, navegantes.
¿Coindidencia? No tanto. Los reclamos son los que son. Igual que lo que nos llama la atención.
Además, es un maravilloso título.
¿Qué tipo de novela imagináis? ¿El líder de una banda de rock llamada "Los linces azules" pacta con el diablo a cambio de reunir a la banda por última vez? ¿Un ecologista desengañado decide suicidarse en una reserva de linces azules? ¿Un hombre al que acaban de abandonar ve linces azules en sus sueños?
En fin...
La autora de tan magnífico título es Veronica Garcia (estudiante de 9º A), de la Institución Educativa El Hatillo, cerca de Medellín. Tiene 15 años.

28 de noviembre de 2007

El mejor título


La semana pasada organicé un concurso de títulos de novela entre unos alumnos de 14-15 años de la Instutución Edicativa XXX de Barbosa, en Colombia. A partir de algunas palabras elegidas previamente, ellos debían formar títulos sugerentes.
Estos son algunos de los mejores. Os animo, visitantes de este blog, a que elijáis el que más os guste. Veremos si coincidís con los votos de los estudiantes colombianos (En unas horas, la solución).

1) Pedro en México y su reloj

2) Antonia, una rosa de Medellín

3) En Medellín no hay reloj

4) ¡Al diablo con los linces azules!

5) La rosa de México

6) Un camino siempre despejado

7) La rosa azul de siempre

8) La rosa azul hacia Medellín

9) El camino nunca está despejado

10) Camino hacia la rosa mexicana

11) Despejado camino de Antonia

* Los de la foto son algunos de los participantes

20 de noviembre de 2007

En el Colombo Americano de Medellín





Lai Yin SHEM, la directora de la impresionante biblioteca del Centro Colombo Americano de Medellín (donde tuve la suerte de poder unirme a la celebración de su 60 cumpleaños), me envía gentilmente estas fotos tomadas el viernes pasado durante el ratito que compartimos. Ay, qué nostalgia colombiana.

Entrada suprimida por olvido

17 de noviembre de 2007

Boteros en su salsa





Banderitas




* Los más pequeñitos del Villanueva, en Copacabana (Colombia) y las banderitas que habían hecho ellos mismos. Sin banderas me hubieran gustado lo mismo.

16 de noviembre de 2007

Lectora

15 de noviembre de 2007

En la Institución Educativa Villanueva, de Copacabana (Colombia)





Estos son los alumnos y alumnas que bailaron danzas típicas colombianas en este colegio a 27 kilómetros de Medellín. Lo hacían muy bien.





Aquí me tenéis esta mañana con los alumnos (arriba) y luego con dos jóvenes amigas (y también fotógrafas, puesto que ellas tomaron estas imágenes, que me han enviado a la velocidad del rayo): María Leticia Jaramillo y Daniela Arias (por orden descendiente). La cuarta foto ha sido una bromita entre ellas y yo, pero no puedo resistirme a incluirla. Mi cara menos institucional, desde luego.

Y un mensaje para todos ellos: Gracias por la calidez de vuestro recibimiento. De corazón.

3 de septiembre de 2007

Espíritu viajero


¿Para qué viajamos?
¿Para explicarlo al regresar? ¿Para tener la ocasión de volver a casa? ¿Para encontrarnos a nosotros mismos? ¿Para correr tras un sueño? ¿Para ser durante unos días otra persona? ¿Para alejarnos de quienes somos realmente?
Viajar siempre es un aprendizaje, cualquiera que haya hecho las maletas alguna vez lo sabe. Lo realmente importante no es marcharse muy lejos, sino mantener los ojos y el corazón bien abiertos incluso al asomarse al portal.
Mi amigo Óscar me contaba hace unos días un insólito viaje al alcance de cualquier economía. Consiste en buscar en un callejero la primera y la última calle de tu ciudad según el orden alfabético y recorrer la distancia que las separa saliendo del primer punto y llegando al segundo. Supongamos que esta peculiar singladura la realizamos en Barcelona: iríamos de la calle Abadessa Olzet a la plaza Zurbarán, dos emplazamientos que tienen en común el estar situados casi en el límite superior del mapa de la ciudad. Nada más localizarlos sobre el papel, ya siento deseos de realizar el recorrido. Cualquier día de estos, tal vez me animo.

Si viajar siempre supone un aprendizaje, viajar solo lo es mucho más aún. Ese es el verdadero aprendizaje de la soledad. Permite saber mucho de lo que encentras en el camino, pero mucho más acerca de lo que queda dentro de una misma y del viaje constante en el que todos estamos embarcados.
Al regresar siempre lo haces convertida en otra persona. Ese es, para mí, el verdadero espíritu del viaje. Y también la razón por la que regresar siempre resulta tan difícil. Lo dijo muy bien Rosario Castellanos:

-¿Por qué no te vas?
-Porque no me gusta regresar.

5 de julio de 2007

Felicidad sedentaria

Amigos, soy feliz. La culpa la tiene el sedentarismo. Por fin he deshecho la maleta. Hace ya una semana que regresé de mi último viaje de este curso (a Sevilla, buena constancia quedó de ello en este sitio) y ahora me dispongo a pasar una buena temporada dedicada a vida plácida. Lo cual no significa pasarme el verano como estoy ahora mismo, mientras escribo este post, mirando el mar desde mi terraza, no. Significa escribir de 9 a 14 todos los días y otras tres horitas por la tarde y dedicar el resto del tiempo a disfrutar de mi familia, leer, preparar la documentación de mi próxima cosa, cenar con amigos, ir al teatro y planificar escapadas por gusto. Y terminar con los retrasos de una vez, porque con tanto trajín, le debo textos a media España.

Este año ha habido marejada de las buenas y me doy cuenta de que aún no he hecho aquí ningún balance de la gira, y que ni siquiera tengo ganas de hacerlo.
Resumamos: Ha ido bien. Doce ciudades, centenares de periodistas, demasiadas veces de repetir lo mismo una y otra vez y mucho tedio de mí misma precisamente por eso mismo. Ha habido periodistas ineptos (alguno) y gente encantadora (mucha). He estado en platós de televisión junto a presentadores que no tenían ni idea de cómo se llamaba mi novela. He asistido a programas donde se hablaba de piedras curativas, he comido pulpo a la gallega en Vigo, salmorejo en Sevilla y mucho arroz en Valencia, siempre me lo he terminado todo y he dicho que estaba riquísimo. He conocido a todos los directores de Ámbito Cultural y a todos los jefes del Departamento de Librería de El Corte Inglés. También he estado en fiestas en las que había tal muchedumbre que hacerse con un canapé parecía un juego de habilidad. He firmado en la feria del libro y he almorzado con miembros de la Real Academia. Y paro, porque esto ya parece un anuncio de la última Play Station. En fin.
Y con respecto a mi compañera de viaje (sé que lo estáis pensando), os diré que Nativel Preciado y yo aún nos dirigijmos la palabra, lo cual es mucho más de lo que pueden decir algunos de los que comparten una experiencia semejante. Aunque, sinceramente, no creo que jamás me invite a cenar a su casa y yo, como siempre devuelvo el trato que recibo, pues eso.

Este post de hoy, algo improvisado -lo sé- es un balance que pretende servir para compartir la alegría con todos vosotros. Toda la alegría: la de lo ocurrido y la de lo por ocurrir. Y la mejor de todas: a partir de la semana que viene ¡me encierro a escribir! Vuelvo a ser lo único que quiero ser (y soy): escritora. No viajante, no nómada, no transhumante, no vendedora de crecepelo, no relaciones públicas. Escritora. Yupi.

7 de mayo de 2007

Nomadismo literario (3): Murcia. Lo que inspira El Corte Inglés

El viernes pasado, después de una sesión de firmas tranquila -jalonada de varios hijos de todas las edades en busca de un regalo para su progenitora en el día de la madre, que fue ayer-, el responsable de librería de El Corte Inglés de Murcia nos entregó a Nativel y a mí el libro de firmas de la casa para que estampáramos en él nuestra impronta. Lo hicimos, tan dóciles y avenidas como estamos en todo desde el 12 de abril pasado y hasta, por lo menos, el 16 de junio próximo.
Después de firmar, con nuestros respectivos parabienes para el centro comercial y sus representantes, nos entretuvimos en leer las firmas de quienes nos precedieron y en leer las palabras con las que acompañaron sus rubricas.
Los había muy escuetos, casi insulsos, como Juan José Millás, que apenas añadía un breve "con afecto" a su firma. También los había muy generosos, como Francisco Ibáñez, que en las dos ocasiones dibujó a un Mortadelo (uno de ellas en pañales y con chupete), con "bocadillo" incluido. En el primero decía:

Como MacArthur, dije volveré, y he vuelto.

Lo más interesante fue que el libro, un volumen muy grueso, comenzaba en 1974. Las primeras firmas no eran legibles y no había ninguna anotación que aclarara a quienes pertenecían, como sí las había más adelante, de modo que aunque intenté recabar el dato pensando en vosotros, navegantes de este lugar, no me fue posible.
Una de las que primero permitían identificar al firmante correspondía a José María Gironella, estampada el 5 de diciembre de 1974, y en la que el autor dedicaba palabras de elogio a El Corte Inglés, al que llamaba "una familia disfrazada de comercio".
De la misma época las había de Santiago Carrillo, Vizcaíno Casas (dos), Juan Benet -"el único día en que he estado en El Corte Inglés y no he sacado la tarjeta", leí-, Vázquez Figueroa. Las de Vizcaíno Casas eran de las mejores: una caricatura de perfil hecha por él mismo y este cuarteto:

Como enseguida tú ves
es este un muchacho fino
que se llama Vizcaíno
y firma en El Corte Inglés


Llevaba fecha de noviembre de 1978, un periodo que coincide con lo más alto de su éxito (y lo más sonado de sus firmas, que aún son recordadas con añoranza por los más veteranos de los grandes almacenes).
El libro continuaba, a través de Cristóbal Zaragoza, Vallejo-Nájera, Forges -una de sus populares cabezas coronada por un libro abierto-, Gutiérrez Mellado, Néstor Luján -"el Corte Inglés de Barcelona es como mi casa", decía-... y así hasta, poco a poco, irse poniendo contemporáneo: Sánchez Dragó, a modo de nexo temporal (u hombre atemporal) aparece por lo menos una docena de veces. En ocasiones, demostrando un espíritu más bien romántico: "la ciudad que más conserva el alma de nardo del árabe español", dice en una ocasión, en referencia a Murcia. Luego, casi bromea por su insistencia: "Al Corte Inglés, por enésima vez...".
Espido Freire, Juan Manuel de Prada, Fernando Schwartz, Ángeles Caso... Pensaba yo que la deuda de gratitud que la literatura española tiene con El Corte Inglés se ve en ese libro más que en ninguna otra parte.
Pero la mejor dedicatoria, sin duda, la más memorable de todas, la que deja huella y he dejado para el final a propósito con el fin de deleitaros, navegantes, ya que tenéis la paciencia de leerme, es la primera de las dos de Matile Asensi. Corresponde al 28 de octubre de 2000. Tal vez con la precipitación del momento, quién sabe si entre firma y firma de un ejemplar de "El salón de ámbar", Asensi traza una letra capitular grande como un tábano, firme y rubicunda, que de ningún modo pasará inadvertida a cualquier curioso que, como yo, tenga ocasión de leerla. Aunque para quedarse boquiabierto no es necesario pasar del inicio. Bastan las seis primeras palabras:

A sido una tarde francamente grata...

Sugerencia: tal vez, en lugar de otro detalle de cortesía, El Corte Inglés debería comenzar a regalar a los autores que firman en su departamento de librería una ortografía de la lengua castellana. En ese caso, la deuda de la literatura española con la enorme cadena comercial ya sería impagable.

Post-scriptum: Lástima no haber tomado ninguna foto. De todos modos, no creo que le importe al responsable de librería de El Corte Inglés de Murcia mostrar el tesoro del libro a quien necesite verlo para creerlo.

4 de mayo de 2007

Nomadismo literario (2): Valencia y Murcia



¿Más? Pincha aquí
La crónica, muy pronto en esta sala.

30 de abril de 2007

Nomadismo literario (1): Bilbao


Estos días, soy nómada. Estoy de gira. El Premio Primavera's Tour 2007, del que soy finalista. La ganadora es Nativel Preciado (Camino de Hierro, su novela). Ayuntadas en la hermandad perfecta -es decir, la que ninguna de las dos podemos romper- recorremos España. La primera plaza fue Bilbao, una ciudad que me parece más hermosa cada vez que la visito.
Para prepararme psicológicamente para lo que se avecinaba, comencé el día hurgando en los anaqueles de la atiborrada Librería Universitaria, cercana al Hotel Ercilla, donde me alojaba. Estando metida en los angostos pasillos, escuché llegar a un comercial que saludaba efusivamente a la librera.
—Hoy están aquí los de Espasa —le oí decir.
—¿Ah sí? ¿Las premiadas también?
—¡Claro! ¡Las premiadas sobre todo! —repuso él, antes de desgranar nuestra agenda de compromisos: entrevistas, comida, firmas en El Corte Inglés...
—He agotado el finalista —dijo la librera en ese instante—, ¿no tienes más?
El comercial anotó revisar si había más ejemplares de mi libro. Lo medité un segundo, pero decidí conservar el anonimato y continuar hurgando entre los libros, en busca de títulos esquivos (que allí mismo dejaron de serlo). No se me ocurrió nada que decir que no sonara idiota.

El día estuvo lleno de conversaciones (algunas muy inteligentes) y de compromisos. Em ETB nos sacaron las fotos que adornan estas líneas. En una se ve el plató tal y como es. En la otra, tal y como sale en la tele. Este efecto óptico con profundidad y arquitectura exuberante tiene algo de paradoja de ciertos aspectos del mundo literario: no hay nada, pero cualquiera percibe algo grande y sólido.
Lo digo a menudo, pero no me importa repetirlo aquí y ahora: Odio la televisión. Voy logrando parecer natural a fuerza de acostumbrarme a ella, pero es un medio en el que nunca me siento cómoda. Los focos, los presentadores con prisas, las sesiones de maquillaje... todo eso me da ganas de salir huyendo mientras grito, a todo pulmón: ¡Dejadme ir a escribir a mi casaaaaaa!

Llovía en Bilbao.
La última escala del largo día fue en otra televisión donde un presentador acelerado y sin guión nos preguntó qué nos gustaría que nos preguntara.
—Si tú fueras yo, ¿qué te preguntarías en este momento? —soltó (y se quedó tan ancho).
Pensé que yo me preguntaría:
—¿Cuántos más cómo tú van a jalonar este largo camino, de ahora al 15 de junio, de Bilbao a León pasando por Gijón, Las Palmas, Tenerife, Valencia, Málaga, Sevilla...?
Porque a la próxima tal vez no logro contenerme.
Ya no espero que ciertos periodistas hayan leído los libros. No espero que hayan mirado el dossier de prensa, o que se hayan tomado la molestia de buscar información en Internet. Ni siquiera que pronuncen mi nombre sin un solo error. Tan sólo espero que redacten una o dos preguntas con las que romper el hielo y empezar. Sólo eso.

Ay... No os canséis de este nomadismo mío, navegantes. Seguiré informando. Sois la única válvula de escape.

9 de abril de 2007

Una visita a mis rusos muertos






De arriba a abajo: tumbas de Chéjov, Gógol, Maiakovsky, Stanislavsky y Shostakovich en el cementerio de Novodiéviche, de Moscú.

3 de abril de 2007

2 de abril de 2007

Felicidad rusa (I)


Hay muchas Rusias simultáneas en la cabeza de quien, como yo, nunca salió de Rusia. Está la imaginada, jamás vista, de Julio Verne en Miguel Strogoff —una novela que, curiosamente, en Rusia nunca existió—; está la San Petersburgo que mata de frío a los personajes de Gogol; está la Colina de los Gorriones, donde no es difícil imaginar a los personajes de Padres e hijos, de Turguéniev; están los edificios stalinistas que debieron de asutar a Dovlátov hasta la misma mañana de su viaje al exilio de Nueva York, donde escribiría La maleta, una novela que canta la grandeza de las cosas mínimas; está el Borodino que Tolstoi visitó para documentarse antes de escribir Guerra y Paz. Está la Rusia que soñaron los zares y luego volvieron a soñar los máximos dirigientes soviéticos, y que sólo realizaron a medias. Está la Rusia que estremeció al mundo y la que hacía estremecer a sus siervos, que lo fueron mucho más tiempo que en cualquier otra parte del mundo. La Rusia de la tristeza, que aún parece que impide sonreír a sus ciudadanos.

Viajar a Rusia sirve, para alguien como yo que vivió lo que cuentan los escritores rusos, para ser capaz de recordar una sola Rusia: la real, la que se puede pasear, oler y escuchar. Una Rusia desligada de los sueños pero a la vez tan reconocible en ellos.

En la foto se me ve sonriente junto a Gorki y quien ha hecho posible esta felicidad rusa de la que esta semana daré más noticias en este sitio: Víctor Andresco, director del Instituto Cervantes de Moscú —y traductor, y escritor...—, quien es también —para mi suerte— mi primo ruso.