
A los casi 40, una debe haber aprendido dónde debe desnudarse.
Y también a no desperdiciar la oportunidad, cuando se presenta.
Estos días de viajes y esperas, hemos inventado con Francesc (Miralles) un entretenimiento a la altura de nuestra curiosidad. Consiste en entrar en el quiosco de prensa de una estación o un aeropuerto, uno de esos que están atestados de novedades editoriales recién salidas del horno, y buscar el arranque de novela más horrible. 
Hoy he comprado dos botellas de Bollinger, el champán preferido de James Bond. La primera era para una pareja de mi edad —bueno, un pelín mayores, pero sólo un pelín— que acaban de tener un bebé. La segunda, para una pareja de mi edad —bueno, un poco mayores, pero sólo un poco— que se casan mañana.