27 de junio de 2012

El misterio de los cuadros esquivos


Una vez viajé a Amsterdam con la sola intención de contemplar un cuadro: Trigal con cuervos, de Van Gogh. Recuerdo que era invierno, que tomé un tren en la estación de Austerlitz y compartí vagón con cinco japoneses muy ruidosos, que no me dejaron dormir en toda la noche. Llegué a primera hora de una mañana helada, dejé mis cosas en una habitación diminuta y emprendí el camino hacia el Museo donde me esperaba, o eso creía yo, el último lienzo surgido de las manos del pintor antes de su suicidio. La obra de Van Gogh se presentaba en orden cronológico. Yo avanzaba por las salas emocionada, pensando que mi cuadro me esperaba al final. Estaba terminando una novela en cuyas páginas Van Gogh tenía algún protagonismo y en cuya cubierta me gustaba imaginar los amarillos de los trigales, el azul del cielo y los manchurrones negros de Trigal con cuervos. El cuadro, pensaba yo, me esperaba. Y de algún modo, ya me tenía en cuenta. Pero cuando llegué al final del recorrido, la obra no estaba en su lugar. Un cartelito anunciaba que había sido prestada a un museo de Pekín. Era la única de toda la colección que no estaba en su sitio.
Años más tarde viajé a Venecia para contemplar otro cuadro. Esta vez era Díptico con escena del Paraíso, de Hyeronimus Bosch, una tabla del siglo XVI donde por primera vez se representa el túnel y la luz que, dicen, todos veremos al morir. Pero después de recorrer todas las salas del Palazzo Ducale descubrí consternada que el cuadro objeto de mi viaje había sido retirado de la exposición para ser restaurado. A pesar de todo, lo describí en otra de mis novelas, con tanto realismo que la mayoría de mis lectores deben de pensar que lo he visto.
Los cuadros esquivos y las oportunidades imposibles. Está bien que la vida deje cosas por hacer, que llene de compromisos el futuro.
Sólo mucho más tarde me di cuenta de que ambos cuadros tenían algo en común. El primero es la instantánea del último instante de vida. El otro podría ser la del primer segundo de muerte. Dos misterios demasiado grandes para tropezar con ellos antes de tiempo.

19 de junio de 2012

Una deuda pendiente: Emili Teixidor, in memoriam

 

Emili Teixidor no sólo era un gran escritor y un hombre sabio. También era un amigo. Todos los días se mueren escritores, todos los días se mueren hombres sabios (y tontos), pero la pérdida de un amigo es algo que no podemos permitirnos. 
Le conocí en mayo de 2000. Fue un año de grandes cambios, de grandes incorporaciones a mi vida. Emili fue una de las importantes. Tuve la suerte de compartir con él una campaña de promoción organizada por editorial Cruïlla. Yo había sido aquel año la ganadora del Gran Angular en català. Emili promocionaba una de sus estupendas novelas para jóvenes, Amics de mort. El tercero en discordia era Antoni Garcia Llorca, que había ganado el Vaixell de Vapor. Los tres recorrimos parte del territorio catalán hablando de la cosa común: la Literatura. Emili embelesaba a cuantos le escuchaban. Los dos jóvenes escritores que le servíamos de séquito aprendíamos de él. Todo lo que decía Emili enseñaba a escribir, a leer, a vivir, a pensar. Desbordaba pasión y entusiasmo. Tenía un espíritu joven y un corazón generoso, adornado con una sonrisa de burla y un físico poderoso, de seminarista o de cardenal. Hablaba con voz suave, como si sus palabras no fueran importantes, pero todo lo que decía era escuchado. 
Pienso que no es mala estrategia: si tus autores premiados son demasiado bisoños, haz que les acompañe un escritor de verdad, de los de piel curtida y muchas páginas a sus espaldas, así los jovencitos sacarán de la gira algo más que vanagloria y falsas ínfulas. Desde luego, a mí la lección -no sé si premeditada- me sirvió de mucho. Aquella gira de promoción fue un regalo.
Una vez, mucho después, encontré a Emili en un tren. Viajaba en la compañía de tres libros -leía infatigablemente- y me pareció que mi presencia le estorbaba. Después de las cortesías de rigor, le invité a cenar a casa. Denegó con amabilidad. Le daba pereza desplazarse treinta kilómetros, hasta mi ciudad del área metropolitana de Barcelona. Le echó la culpa a la salud. Sonrió mucho.
Luego, se enteró de que algo grave había ocurrido en mi vida y me escribió para autoinvitarse a cenar. Fue un gesto sencillo, breve, casi irrelevante, que yo le agradecí infinito. Había intuido que para mí aquella cena en casa era importante y también que de pronto a mi vida le faltaban cosas importantes por las que sentir felicidad. Había comprendido, en el sentido más profundo de la palabra, y apenas sin palabras. Me emocionó que con tan poco pudiera decir tanto. Le emplacé para más adelante,  cuando me viera con fuerzas, aceptó, pero ya nunca pudo ser.
Coincidimos varias veces más. En la radio, en Sant Jordi, en algún que otro cóctel -pocos, porque él no los frecuentaba-, en alguna librería, en el correo electrónico y hasta en las páginas de algún periódico. Para mí siempre será alguien con quien contraje una gran deuda, alguien de quien aprendí, a quien leí con fascinación y a quien quise discreta pero verdaderamente. Cuando regrese a sus libros, me reencontraré con todas esas cosas al instante y sus palabras le devolverán intacto.
¿Intacto? No. Al amigo no podré recuperarlo salvo en la memoria, ese testimonio fugaz e inexacto de nuestro paso por el mundo.

12 de junio de 2012

La autora que corría detrás de sus lectoras


Me lo había preguntado varias veces. Qué haría si un día me encontraba en un autobús con alguien leyendo un libro mío. Tengo amigos que de vez en cuando me mandan fotos robadas en trenes, buses o cualquier lugar público, cuyo único tema son lectores que degustan alguna de mis novelas. Sospechaba que algún día podía pasarme a mí, y estaba preparada. En serio.
Mi sentido común me decía: lo que hay que hacer en estos casos es permanecer impasible, como si no fuera contigo, como si ese libro que sostiene en sus manos ese ciudadano o ciudadana no te importara lo más mínimo, como si nada tuviera que ver contigo.
Sin embargo, ocurre que sí me importa. Mucho. Ese libro, señora, que usted sostiene en sus manos con tanta delicadeza, resume dos años de obsesiones, emociones, dudas, vueltas a empezar, viajes y trabajo, mucho trabajo. Y no sólo eso. Ese libro también contiene el resto de mi vida, porque ahí están algunos descubrimientos de hace veinte años, treinta. Ahí están los recuerdos indelebles de parte de mi infancia. Algunas de las cosas que han ocurrido a gente que quiero. El escenario al que siempre deseo regresar. Los seres de ficción que ya forman parte de mi familia. Mi memoria, en suma. 
¿Se puede permanecer impasible cuando ves a alguien en un autobús llevando en sus manos todo eso?

Ayer ocurrió. Línea 7, en la Diagonal, más allá de Glòries, minutos antes de las seis y media de la tarde. De pronto la vi: una mujer llevaba en las manos Habitaciones cerradas. Podría haberme ocurrido antes, pero ocurrió ayer. Podría no haberme ocurrido nunca. La señora se disponía a bajar del autobús. Apenas tuve tiempo para pensarlo: qué hago, qué hago. Permanezco impasible, sí, es lo más sensato. Pero, ¿desde cuándo soy sensata? La puerta del autobús iba a cerrarse. 

(Abro un paréntesis sólo para reflexionar acerca de los riesgos que tiene abordar de pronto a alguien que lleva un libro tuyo en las manos. Puede ser que lo esté leyendo y le parezca una birria. Puede ser que no piense leerlo, que se lo acaben de regalar y sólo busque el modo de librarse de él. Puede ser que no tenga ningunas ganas de conocer al autor, a menos que sea para darle un bofetón. Me pregunto qué habría pasado si los autores de ciertos libros tediosos que he leído en mi vida se  hubieran avalanzado sobre mí de repente, en plena calle, eufóricos y emocionados. ¿Qué habría hecho? Además de disimular el espanto, quiero decir. No tengo ni idea.)

Salté del bus. 
Eché a correr (por unos segundos nada más) detrás de la señora que llevaba Habitaciones cerradas. Cuando la paré, le dije la verdad: "Me han entrado ganas de darle dos besos en las mejillas".  Bueno, también le expliqué la razón, claro. Debo decir que ella estuvo muy a la altura de estas peculiares circunstancias.

(Abro otro paréntesis. De todo corazón, espero que nunca me resulte indiferente ver a alguien con un libro mío en las manos. De los 35.000 libros que se publican al año, eligió el mío. Lo llevaba encima, lo paseaba, le daba vida, pensaba leerlo o tal vez lo estaba leyendo. Yo escribo para ella, aun sin saberlo, para esa mujer que tropezó conmigo ayer en la línea 7, a quien una compañera del trabajo recomendó mi novela. El día que nada de esto me importe, comenzaré a morir un poco. El día en que prefiera alegrarme por dentro fingiendo indiferencia a decirle a esa mujer que me alegro mucho de haberla encontrado, dejaré de ser yo misma. Entonces sí, qué lástima, me habré vuelto sensata.)

Eso sí: esta ha sido la primera vez. Las primeras veces siempre nos encuentran desprevenidos, por mucho que hayamos pensado en ellas. A partir de ahora, prometo comportarme. Podéis leer tranquilamente libros míos en público, sin riesgo a ser perseguidos ni abordados por mí en plena calle. Me reportaré: os miraré con discreción, me alegraré por dentro, os dejaré pasar como si no me importarais lo más mínimo y esa noche dormiré feliz.


* La foto la tomó en un tren Javier F. R.




6 de junio de 2012

Las pequeñas revoluciones


Simpatizo con los lunes. Los creo días cargados de energía, en que la modorra del fin de semana deja paso a las intenciones más intrépidas. Las grandes revoluciones deben comenzarse los lunes a primera hora. Sólo las grandes, porque las pequeñas tienen su día propio. Si uno empieza una revolución en lunes, acompañado de ese olor a estreno, a jabón de ilusión y a todo es posible, sabe a ciencia cierta que va a salirse con la suya.
Los martes se parecen al segundo capítulo de las novelas. Después de la energía, de las grandes expectativas, del embeleso provocado de quien está al otro lado, hay que tomar resoluciones y ser práctico. Explicar, decir, recapitular, prever. Los martes son el día del precavido, del ahorrador, del responsable. Por eso hay semanas en que se nos indigestan, porque todas esas virtudes no siempre nos encuentran predispuestos. Hay martes que nos sorprenden con ánimo de domingo por la tarde, que es el peor ánimo de la semana.
Yo prohibiría los miércoles. Me parecen el día más odioso de todos. Ya no es posible encontrar ese aire de estreno que teníamos el lunes, pero tampoco es lícito relajarse pensando que el fin de semana está cerca. El miércoles está a años luz de lo bueno y de lo malo, y es de una neutralidad horrorosa. Un día insípido, al que le faltan aderezos. Por eso todo lo que más nos guste hay que hacerlo en miércoles, para compensar lo que de natural le falta. En miércoles hay que hacer mucho el amor. En miércoles, ir al teatro. En miércoles, cenar fuera de casa. En miércoles, escribir por puro placer y sin que nadie te lo haya pedido, algo que sólo tú sabes qué será. Un artículo en el blog, por ejemplo. Palabras como un remedio. Las pequeñas revoluciones deben hacerse siempre en miércoles.
Los jueves ya llegan de otro talante. Son afrutados y alegres. Ya se adivina que algo va a cambiar, y hay que prepararse. Es un día para afrontar grandes empresas. Un día para pisar fuerte. Estamos muy bregados ya, los jueves, y tenemos la enorme experiencia adquirida durante la semana. Todo es posible, somos invencibles. Los jueves las recetas inventadas salen bien. Es el mejor día para los experimentos.
Y luego alcanzamos el viernes. Ah, el viernes. Día de adioses, de hastaprontos, de planes, de sonrisas, de niños alborotados, de mapas extendidos, de muchos nervios cuando escrutamos las previsiones del tiempo. El viernes llega lento, demorado, pero en cuanto nos damos cuenta comienza a correr, se precipita hacia el sábado, y entonces no hay quien ponga freno a las manecillas del reloj.
El sábado es el día más corto, no hace más que comenzar y ya los minutos se escapan hacia otra parte -nunca sabremos dónde-, en él todo nos sabe a poco y nada nos sacia. Es un día de corazones generosos, de palabras, de paseos, que suele contar con el favor del sol. Y si no, pensamos que no lo necesitamos, porque el sábado puede permitirse un nubarrón o incluso un buen chubasco. Es el mejor día para ser muy desgraciado, porque en sábado el dolor dura menos. Los nacidos en sábado llevan el estigma de la levedad en sus corazones, pero saben ser felices en cualquier circunstancia.
El domingo viene con poco fuelle. Por eso tenemos la impresión de que es un día lento, que compensa las horas sabatinas, y mudable, ya que a medida que avanza se vuelve triste, desasosegado. Es como si todos los domingos tuvieran tendencia a nublarse a sí mismos, sin la ayuda de nadie. Y si se advierte que la tarde del domingo puede devenir insoportable hay que apresurarse a tomar medidas: dormitar, conversar o leer son buenas soluciones. Cualquier cosa con tal de escapar del tiempo. Sin olvidar que a última hora, cuando el domingo comienza ya a transmutarse en lunes, ocurren siempre cosas inesperadas: aparecen aquellas llaves perdidas, se recuerdan las obligaciones devoradas por el fin de semana, de pronto surge un amante impetuoso que no quiere esperar y el chocolate sabe a gloria justo antes de considerar su oferta y dejarse llevar, dulcemente, hacia otro principio.

23 de mayo de 2012

En realidad, no se puede, Natalia



...cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos.

Natalia Ginzburg
Mi oficio


Te tuteo: 
querida y admirada
Natalia
porque quiero contarte
cómo ocurre la cosa:
De pronto
te encuentras en un parque
rodeada de niños
y sus odiosas madres.
Nadie parece incómodo.
Ellas están a gusto
o lo simulan: 
ríen, charlan
de anécdotas triviales.
De vez en cuando alguna
se alborota
y grita un nombre
para que todas sepan
lo bien que ha asimilado
su rol de maternal
abnegación
y la tomen de ejemplo.

En un rincón del parque,
al otro lado,
yo
me ausento.
De hecho, la pregunta
qué coño hago yo aquí
ha mutado en la otra
dónde estoy, para qué,
en qué mundo,
en qué trama
acompañando a qué ser irreal.
Lo cierto es que estoy lejos
mucho
de esa madre que grita
de la otra que corre
porque alguien le ha robado
la pala a su cachorro
y ahora está chupándola
y se cierne en el aire
un peligro inminente
de catástrofe.

Me siento rara
como un orangután
invitado a una boda.
No estoy en mi lugar.
Soy madre como ellas
pero sobro.
Como cuando de niña
sobraba entre los juegos
de las otras.
Y siempre prefería
leer,
escondida
entre los libros
de la biblioteca.


Yo amaso una tristeza
que no le cuento a nadie
porque nadie la entiende.
Hoy no he escrito una línea.
Nada. Ni una palabra
miserable en la historia
perfecta que me acecha
y perturba mis sueños
sin descanso.


No he escrito
porque cuando iba a hacerlo
ellos han protestado:
queremos ir contigo,
mamá.
La canguro no sirve,
mamá.
Te queremos a ti.
Sólo tú eres
nuestra madre.
Y mamá
ha dejado sus planes
más felices
y se ha dicho:
son ellos
lo que en verdad importa.
Lo demás, es superfluo,
prescindible.
¿A quién quiero engañar?


Después de la merienda,
el autobús
y he llegado hasta aquí
este infierno infantil
donde maldigo
a lo que más adoro
como un precio que debo
pagar por la renuncia.


Así que mientras retan
a sus madres gritonas
los cachorros ajenos
yo lloro sobre el hombro de Natalia
un dolor que ahora es mutuo
y que nadie comprende.



2 de mayo de 2012

Con permiso de Fabián Casas o lo que gusta hay que compartirlo

ESPERANDO QUE LA ASPIRINA

Esperando que la aspirina empiece a trabajar,
que acomode los cuartos,
que revuelva el café
y que atraiga a mi madre fresca,
hojeo revistas estúpidas,
escucho discos viejos,
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.





SIN LLAVES Y A OSCURAS

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.

* La imagen: Camino a casa en rojo

1 de mayo de 2012

Instancia


Después de que una letra be bribona, brabucona, bestial, bastarda se haya hecho pasar por una uve  auténtica durante todo el fin de semana, afeando una entrada de mi blog sin mi consentimiento

EXPONGO

que en el teclado de mi ordenador, de cuya disposición son responsables, como de tantas otras cosas modernas y antiguas, los alemanes, la letra be y la letra uve se encuentran demasiado juntas, con el consabido riesgo de error de cálculo y el menoscabo de la reputación que tanto nos cuesta mantener a quienes, precisamente, somos tenidos por gente de letras.
Expuesto lo cual

SOLICITO


Que las dichas letras sean separadas drásticamente y llevadas cada una a un lado del teclado. La be podría ocupar un puesto junto a la pe y la uve instalarse junto a la zeta. Así, si alguien vuelve a escribir bestido en lugar de vestido será porque así le gusta salir a la calle y no porque el dedito aterrizó mal en uno de sus saltos de tecla en tecla.

Que sean canonizados los maridos que advierten a sus mujeres de los horrores en que terminan esos aterrizajes, o que la vida les premie con un alud de excesos.

Y para que así conste lo firmo en mi casa, un martes festibo, de vuen tiempo, varvacoa y sobremesa, con mi nomvre y rúvrica.

* La imagen: Mi vieja Lettera, que padecía el mismo problema.

25 de abril de 2012

Personajes de Sant Jordi




La Diada de Sant Jordi es una magnífica oportunidad para dedicarse a observar al paisanaje. Después de un día entero de observación atenta, concluyo que existen pintorescas clases de autores y de lectores, que paso a detallar:

LOS AUTORES ODIOSOS
-Los que cuando algún lector se acerca a menos de treinta centímetros de su libro le sueltan que "engancha mucho", "es muy ágil", "se ha traducido a seis idiomas" o "sólo cuesta 17 euros".

-Los que antes de cada dedicatoria interrogan al pobre lector desprevenido como si se encontrara bajo sospecha. "¿A qué te dedicas? ¿Has leído ya algo más mío? ¿Qué compraste el año pasado? ¿Y ahora a dónde vas?" (Recomiendo vivamente a los lectores que se vean sometidos a semejante trance que opten por el: "Y a ti qué te importa", clásico pero eficaz).

-Los que no son autores. Ejemplo: el actor vestido de peluche rosa que se hizo pasar por el protagonista de El abuelo que saltó por la ventana y se largó (libro más vendido de la jornada) y ¡no dejó de firmar libros! Qué cosas. Otro ejemplo: Ana Obregón. Aunque me dijo un pajarito que apenas firmó. Loados sean los dioses de las causas perdidas, porque a veces reaccionan a tiempo.

-Los que se quejan. Firman poco, o no firman nada, pero van a todos los saraos donde se hartan de comer, de beber y de despotricar. Critican las colas ajenas y dicen que Sant Jordi es una servidumbre impuesta por el editor. Luego, siguen comiendo y bebiendo.

-Los que traen el perro a la firma y dejan que pasee sobre la mesa donde los colegas firman apaciblemente. Por supuesto, el perro no tiene el día intelectual y pisotea los libros expuestos que es un primor.


LOS LECTORES EN HORAS BAJAS
-Los que hacen cola para conseguir la firma de un actor que no tiene nada que ver con el libro o de un famosillo de tres al cuarto cuyo único mérito es decir inconveniencias en la televisión.

-Los que aparecen de pronto en la caseta donde firman unos cuantos y felicitan a los escritores por su sensibilidad y sabiduría (¡si ellos supieran!). A voz en grito y con un entusiasmo sospechoso, qué vergüenza más ajena.

-Los que quieren que les firmes el casco, el móvil, el brazo, la camiseta o el libro de otro autor. Y no entienden que te niegues.

-Los que cuando te dan el libro para que se lo dediques te dicen: "Ponle a mi cuñada que la quiero mucho".

-Los que te preguntan el precio de tu propio libro o piden que les cobres la compra. O peor, los que con el libro en la mano te preguntan: ¿De qué va?


LOS AUTORES AGRACIADOS
-Los que se duermen entre firma y firma. Suelen ser mayores de 70 y estar de vuelta de todo. Se despiertan para firmar, si es que aparece algún lector, y luego siguen la siesta.

-Los que aguantan con estoicismo y buena cara que después de cada firma venga una foto, tomada con un móvil por un amigo o familiar del lector en cuestión.



LOS LECTORES AGRACIADOS
-Los que llegan a la caseta y descubren que su escritor está hablando por el móvil o mandando un mensajito, tomando fotos (también con el móvil) o echando una siestecita y esperan prudentemente, libro en mano, a que termine, sin decir nada.

-Los que se acercan a saludar, aunque se hayan dejado el libro en casa.

-Los habituales de la fiesta, reconocibles a distancia, que te comentan sus impresiones de año en año y nunca fallan. Ah, y siempre compran literatura.

Y por último, UNA QUEJA a los señores editores que nos organizan jornadas de firmas y carreras a tantos autores ese día: por favor, que alguien tenga en cuenta que los escritores (y escritoras) también hacemos pipí. O pactamos que no nos den agua en cada caseta donde estamos o establecemos la pausa-micción. Hala, queda dicho. Hasta el año que viene.


* Las imágenes son de este año, por la tarde: FNAC antes y CATALONIA durante.

24 de abril de 2012

Autoretratos en buena compañía. Crónica gráfica de otro Sant Jordi (segunda parte)







He aquí lo mejor del día de Sant Jordi. Besuqueos matutinos con Iolanda Batallé; sonrisas de optimismo con Andreu Martín; parada matutina con Sandra Bruna y Maria Rosa Tey, que nunca fallan;  caretos raros con Dani Cruz, el flamante ilustrador que comparte conmigo la autoría de la serie infantil Milena Pato; el lujo de firmar al lado de un amigo: Francesc Miralles; y el descubrimiento de la jornada: la autora sueca Mari Jungstedt, con quien coincidí en FNAC a última hora. Lo demás, navegantes, es silencio.

Una tradición en este blog: La foto de Sant Jordi y la foto de la foto de Sant Jordi










Esta es la foto oficial del día de Sant Jordi. Se toma todos los años en el Hotel Regina de Barcelona, como pistoletazo de salida a un día precioso, al final de un desayuno multitudinario. Yo tengo la costumbre desde hace años de hacer la foto de la prensa que hace la foto. Aquí encontraréis un histórico de ese momento. Para quienes tengáis curiosidad: los que estamos en el suelo somos, Pilar Eyre, Iolanda Batallé, esta reportera dicharachera y Andreu Martín.

De dragones y rosas. Crónica gráfica de otro Sant Jordi (primera parte)






Los dragones de galleta estaban riquísimos. Los compré en Rambla de Catalunya. Los de la segunda foto, junto con las rosas de la tercera, los hicieron los alumnos del Colegio Andersen Galdós, de Terrassa. La rosa es la mía, la que a última hora, cuando estoy rendida de firmar, me trae todos los años el hombre de mi vida. En la última, la rosa como acompañante, robada desde un taxi en plena prisa.

Sant Jordi: Signatures

Durant la Diada de Sant Jordi signaré en aquests llocs. Tant de bo ens hi poguem veure:

-De 11 a 12: Laie Pau Claris 

-De 12 a 13 del matí a Maite Libros, de Via Augusta. Seré amb l'il·lustrador Dani Cruz, l'autor de les il·lustracions de la col·lecció Milena Pato.

-De  13 a 14, El Corte Inglés de Plaça de Catalunya

-De 17 a 18, Abacus de Plaça de Catalunya

-De 18 a 19, FNAC El Triangle

-De 19 a 20, Llibreria Catalònia


Prometo crònica i fotos, com cada any.

23 de abril de 2012

Cosas maravillosas que ocurren sólo en Sant Jordi

Todo el mundo mira el cielo desde primera hora de la mañana.


Las rosas presumen.


En la foto de familia del Hotel Regina cada vez hay más gente y muchos son colegas queridos.


En el hotel Regina se da una concentración de besos nunca vista. Café, poco y abandonado.


Parece que todo el mundo lee mucho y todo el año.


Siempre aparece alguien a quien hace mil años que no ves pidiéndote que le firmes un libro.


Los políticos parecen humanos.


Los humanos son multitud.


Los colegas dan conversación mientras no firman (y tú también, claro).

Hay gente que cruza toda la ciudad (o que viene de otra) para ver a un escritor que le gusta.

En el cóctel de Edicions 62 los periodistas están contentos.


La fiesta de Dry Martini parece un antro de perdición.

La crónica de Sant Jordi me sale de lo más irreverente.

* La imagen: esa preciosidad adorna mi jardín.

21 de abril de 2012

De tertulias y tormentas


Javier Rodríguez Álvarez es el propietario de una pequeña y maravillosa librería de Alcalá de Henares llamada La librería de Javier, uno de los mejores dinamizadores culturales que he conocido. Alrededor de su librería se congregan, gracias a su trabajo y entusiasmo, escritores, lectores y amantes del libro en general, que acuden a las citas que él organiza con desasosegante regularidad. Digo desasosegante porque Javier parece -tal vez es- incombustible. Para dar a conocer sus actividades, Javier manda una circular por correo electrónico en la que informa del nombre del autor y el libro que centrarán la próxima tertulia. Yo recibo esas circulares porque alguna vez tuve el honor de ser la autora invitada a esa tertulia. Las leo con arrobo y envidia. En la del pasado 12 de abril, leo lo siguiente:

Debido a las previsiones meteorológicas, que pronostican la tormenta del siglo para el próximo sábado 14 de abril, y que a su vez irá acompañada de rayos y truenos por doquier, con un alto porcentaje de granizo de calibre 12,5 parabellum y tifones provenientes del Atlántico, a la que se unirá si Dios no lo remedia una soberana tormenta de nieve que atravesará los Pirineos para llegar a nuestra ciudad a, más o menos, las ocho menos cuarto de la noche, con los consiguientes cortes en carreteras y de electricidad, falta de abastecimiento y aislamiento de casas y ciudades, el Excmo. Ayuntamiento de Alcalá de Henares ha dispuesto pasar la festividad de la Noche en Blanco al 9 de junio, día sobre el que la Agencia Nacional de Meteorología aún no se ha pronunciado.

Ignoro qué respuestas obtendría Javier a este mail, pero un día después, envió este otro, que os dejo para que lo disfrutéis:

Han llegado a mis oídos noticias que me han causado gran alarma y desasosiego. Entre ellas que el señor obispo, a resultas de mi previsión meteorológica, ha cogido media docena de santos y una tienda de campaña y se ha subido a compartir nido con las cigüeñas. De la misma manera, me han comentado que las lanchas fueraborda de Leroy Merlin se han agotado en pocas horas así como que la población de Alcalá ha acabado con las reservas de alimentos y chucherías de todos los bazares chinos del centro histórico monumental de esta bella ciudad patrimonio.
Pongamos las cosas en su sitio. Yo dije que para este sábado había una probabilidad de un 90% de grandes tormentas sobre la ciudad, no que la ciudad se quedara inundada por las tormentas en un 90%, que es muy diferente. Por lo tanto: sí, va a llover, y va a llover a cántaros, pero la situación no es tan desesperada como para pedir asilo a familiares lejanos ni huir en desbandada. Ruego a los que hayan escapado al monte que vuelvan antes de que cojan un resfriado y, a los que compraron las fueraborda, que conserven el ticket de compra para poder hacer el cambio por cualquier otra chuminada que se le antoje a la parienta. Y al señor obispo, por favor, que baje ya del nido de las cigüeñas, que ellas no tienen la culpa de las tormentas que va a haber.


* La imagen de hoy: Tránsito en Medellín, octubre 2011

19 de abril de 2012

Sant Jordi 2012: signatures

Durant la Diada de Sant Jordi signaré en aquests llocs. Tant de bo ens hi poguem veure:

-De 11 a 12: Laie Pau Claris 

-De 12 a 13 del matí a Maite Libros, de Via Augusta. Seré amb l'il·lustrador Dani Cruz, l'autor de les il·lustracions de la col·lecció Milena Pato.

-De  13 a 14, El Corte Inglés de Plaça de Catalunya

-De 17 a 18, Abacus de Plaça de Catalunya

-De 18 a 19, FNAC El Triangle

-De 19 a 20, Llibreria Catalònia


Prometo crònica i fotos, com cada any.

11 de abril de 2012

22 de marzo de 2012

La pluma y la aguja


Leo que Concepción Arenal tenía siempre la caja de costura junto a su mesa de trabajo y que era una estupenda costurera "de labor de aguja, de punto o, simplemente, de remiendo" y me invade una tristeza muy decimonónica de ser una tarada para estas cosas.
Descubro que en mi vida ha habido varias personas empeñadas en enseñarme a bordar, a hacer punto o, simplemente, a lo más útil, como cambiar una cremallera o poner un botón. Ah, aquellas labores de calceta con que mi madre se desesperaba las tardes de verano. Ah, sor Margarita, la pobre monja que lidiaba conmigo en clase de  labor, en mi ya no tan tierna infancia. Las dos terminaron por resignarse a que yo no aprendiera nada de nada y, lo que es peor, a que no mostrara el más mínimo interés por redimirme.

Siento que la biógrafa de Arenal me regaña cuando dice: 

Un trabajo bien dirigido demuestra que hay tiempo para todo. Que se puede ser perfecta ama de casa y al mismo tiempo desarrollar una labor intelectual: que no se menoscaban las aptitudes de pensamiento por dedicar algunos ratos a una labor doméstica; que mientras se remienda una sábana pueden elaborarse proyectos para mejorar la situación del preso o del pobre. *

No es tarde, amigas. Voy a cambiar. Prometo empezar hoy mismo. Romperé una sábana para poder remendarla. Me esmeraré en el bordado primoroso, en el zurcido del calcetín, en el dobladillo de la bainica, en el nudo del festón; retomaré las labores de mi infancia: los patucos de lana que nunca comencé, la almohada que salió constreñida como un dolor de tripa, los ojales -¡ay, los ojales!- y sus correspondientes botones del muestrario. No seré un caso perdido. Por fin podré exclamar claro y fuerte, con la cabeza bien alta: yo, amigas, lo he logrado a los cuarenta y un años. He dejado el teclado y he empuñado la aguja, nunca más una mesa de trabajo sin cesta de costura. ¡Ya sé coser!


* La mujer española en el romanticismo, de Concha Marco. Editorial Teide, 1969

** La imagen de hoy: una mercería de Nueva York, donde todo es grande y hermoso, y donde no compré nada porque aún no estaba redimida, claro.

19 de marzo de 2012

15 de marzo de 2012

La ausencia

Hay muchos tipos de ausencias. Una puede irse al otro lado del mundo o puede ausentarse sin salir de su propia casa. Digamos que mi ausencia de las últimas semanas ha sido un híbrido entre ambas cosas, que no son para nada irreconciliables. Por mi vida ha pasado la experiencia más traumática y feliz de cuantas se conocen: una mudanza. Conseguí que mi vida entrara en un par de centenares de cajas y me la llevé a otra parte. Luego mi vida quiso salir de las cajas, porque ella también reclamaba su espacio, y cuando logró hacerlo no acababa de entender qué le había ocurrido. Pobre vida, la mía, deambulando arriba y abajo sin saber dónde meterse. O, mejor: queriendo meterse en cuanto rincón encontraba a su paso. Mi vida comenzó a reflexionar. Qué cosas necesitas para ser feliz, corazón. La lista no es muy larga, pero hubo que completarla. Un sillón para leer, una luz potente y regulable, un limonero en el jardín, un poco de orden. Ah, esa última palabra ha sido difícil de conseguir. Las cosas, he descubierto, tienen una tendencia peligrosa a la disgregación, y gran parte de su tiempo lo ha pasado mi vida persiguiendo sus cosas por un lugar nuevo, que poco a poco va dejando de ser extraño.
Hasta que eso ha sucedido, felizmente, no han vuelto las palabras. He aquí otro descubirimiento: en tiempos de tribulación y mudanza, las palabras estaban asustadas, idas, incapaces de salir del escondrijo en que estuvieran agazapadas, fuera el que fuera. Me di cuenta de que todo comenzaba a regresar a la normalidad el día en que a la hora del desayuno me descubrí maquinando el destino de un personaje en lugar del de una de las cajas que aún quedan por abrir.
A todo esto, han pasado algunas cosas, que estos días intentaré ir explicando. Perdonadme la ausencia y el silencio, navegantes. Ya sé que este sitio se llama Silencio es lo demás y que últimamente más bien debería haberse llamado El Siencio es esto o El Silencio soy yo.
Decía que tengo algunas novedades. La más importante es que hoy estreno novela nueva para jóvenes: Esta noche no hay luna llena (SM). Hay edición en catalán: Aquesta nit no hi ha lluna plena, traducida por mí, como siempre y publicada por Estrella Polar. Os dejo las cubiertas, el acceso al booktrailer que ha hecho SM, el link al blog de Estrella Polar, donde hablaremos tanto Fosca, la protagonista (Oscura, en castellano) como yo misma. Por cierto: atención al lujazo de tema que ha compuesto Francesc Miralles para su grupo, Nikosia, y en la que la voz preciosa de Rocío Carmona canta uno de los poemas que Weirdo le escribe en la novela al amor de su vida.  Se llama Mil noches más y es triste e intenso, como casi todo en él. También tenéis el link a la misma canción, en castellano.

Y os dejo algo mucho más importante: mi agradecimiento por los mailes que he recibido en estos días. Que te echen de menos es siempre un privilegio. Gracias.



Y las (preciosas) cubiertas