29 de mayo de 2008


Esta foto es de esta mañana. Me la ha mandado, con mucha diligencia, Cecilio (a mi lado en la imagen, de oscuro), del IES El Pomar de Jerez de los Caballeros, en la provincia de Badajoz. Allí he estado esta mañana, en medio de la lluvia torrencial y en muy buen ambiente.
Muchas gracias, Cecilio, por la rapidez con que cumples tus promesas.

25 de mayo de 2008

Diagonales: MoMa, New York


19 de mayo de 2008

No, este aún no es un blog muerto. Ni póstumo.

¡Awafih!
Así se dice "hola" en arameo, una lengua que aún se habla en tres pequeños pueblos cercanos a Damasco. Es decir: no se trata de una lengua muerta, pero sí casi muerta.
"Anda, lo mismo que este blog", habréis pensado algunos, y no os faltará razón. Pero antes de daros la razón humildemente y explicaros las causas de que éste sea un blog casi muerto, dejadme explicaros algo.

"Cada día, señor, espabila mi oído para que escuche como los iniciados".
El viernes pasado tuve la suerte de asistir a una conferencia de la veterana y muy lúcida Montserrat del Amo. Fue en "Leer León", la Feria de Literatura Infantil y Juvenil, que este año ha rendido homenaje a la pionera del género, que tiene nada más y nada menos que 80 castañas. Esta cita de Isaías sirvió a Montserrat para describir cómo presta atención a la vida para luego escribir. Fue sólo el comienzo de una conferencia plagada de perlas, de las que tomé nota para servíroslas aquí, a modo de desagravio por mis ausencias. Espabilad la pupila, pues, que no tienen desperdicio:

"Yo vivo sola. No me siento sola, porque tengo mucho afecto a mi alrededor, pero para escribir, viene bien".

"El tiempo de imaginar es muy largo -largos paseos, momentos de insomnio...- y muy grato, porque en mi imaginación mi novela es perfecta, maravillosa".

"No sé escribir de un lugar que no haya visto previamente".

"Atención al oficio: ayuda mucho, pero también puede ser un peligro. Más que facilitar la tarea, la dificulta. A esto de escribir no se termina de aprender nunca".

"Cuando escribo sé que lo que hago podría estar mejor, pero forzosamente me veo obligada a escribir tendiendo a la montsidad"

"El escritor tiene que vivir del odio al editor"

"Lo malo es que las palabras bonitas no siempre significan lo que deberían".

¿Qué os parece? Fue un lujo conocerla, de verdad. Yo con 80 años quiero ser Montserrat del Amo, os lo aseguro. Y ahora, van las explicaciones: El año pasado, pacientes navegantes, cerré el blog mientras escribía LA MUERTE DE VENUS (Espasa, 2007). Lo hice porque me conozco: me entusiasmo tanto con la escritura que se me olvida hasta de respirar. Ya no digo de actualizar todos los días. Este año he andado de aquí para allá, terminando algunos compromisos previos, hasta hace poco: libros de no ficción, novelas a cuatro manos, cuentos por encargo... Pero llevo ya algunas semanas -creo que me lo habéis notado- absorta en mi próxima novela, HACIA LA LUZ, que también publicará Espasa. Esta es la (buena) razón de mi silencio bloggero. No quise colgar el cartel de cerrado por escritura para no descuidar el blog, pero lo he descuidado igual y encima, sin avisar. De modo que esta entrada de hoy es un modo de tranquilizar mi conciencia pero también una explicación y una disculpa: perdonad mi silencio, navegantes, estas próximas semanas estaré un poco más "callada" que de costumbre. La razón: ¡estoy escribiendo, emocionada como sólo ocurre de vez en cuando, una historia que me abduce! Iré volviendo, una vez a la semana si me aplico, para que no podáis pensar que este es, como el idioma arameo, un blog muerto. O póstumo, lo cual tendría su morbillo.



La imagen de hoy la tomé el verano pasado en Akureyri.

6 de mayo de 2008

Aventura dental

Hoy he llevado a mis hijos al dentista. A Adrián le salen los dientes definitivos sin que se le caigan los de leche (extraño prodigio de la naturaleza que no sabía posible), Elia se golpeó un incisivo (también de leche) y se le ha puesto de un color preocupante. En la sala de espera, mis dos gamusinos han ojeado revistas del corazón, fingiendo un severo interés por los asuntos frívolos. Luego han pasado, al trote, hasta la sala del fondo, donde nos esperaba una médica joven vestida de azul, con una mascarilla último modelo, a quien Adrián se ha apresurado a interrogar:
—¿Cómo te llamas, señora dentista? —le ha preguntado.
Y el misterio se ha aclarado en el acto:
—Carla —ha dicho Carla, bajándose la mascarilla y mostrando una ristra de dientes perfectos (supongo que este último punto es lógico).
La primera ha sido Elia. Se ha tumbado, muy contenta, en la silla de exploraciones, con la boca muy abierta incluso desde antes de que se lo pidieran. Sus ojillos negros iban y venían, curiosos y divertidos, de la lámpara cenital a las manos enguantadas de Carla. Parecía encantada de haberse convertido, de pronto y con tanta facilidad, en una paciente. Adrián, mientras tanto, quería saberlo todo:
—¿Por qué le metes la mano en la boca a mi hermana?
Lo de Elia ha requerido hasta una mini-radiografía, que le han hecho allí mismo, después de cubrirla con un mandil de plomo y pedirnos a su hermano y a mí que esperáramos fuera. Se ha portado tan bien que he salido pensando que es más íntegra que yo, la monita de 4 años.
Cuando le ha tocado el turno a Adrián ha habido exploración y diagnóstico: tiene que tocarse los dientes todo el tiempo, para que se caigan de una vez, y para que el ratoncito, las hadas de los dientes o los angelitos (esta parte de la mitología doméstica está por resolver) hagan su trabajo y le traigan muchos regalos. Con gran alborozo, Adrián ha descubierto que se le mueven 3 dientes, y allí mismo ha planeado en qué iba a pasar el resto de la tarde: en llamar a todos y cada uno de los miembros de la familia para contarles el gran acontecimiento.
En fin, ha sido una aventura completa, adornada de sillas que suben y bajan y señoras con la cara tapada, como en las comedias antiguas de capa y espada. Para rematar, les han regalado un guante de látex y una mascarilla a cada uno. Yo no me he atrevido a pedirle otros para mí.
Lo más impactante del día ha sido el momento en que Carla (qué familiaridad) me ha enseñado la radiografía que le ha tomado a Elia. Ahí está su diente maltrecho, intacto, tranquilo, libre de infecciones y culpas; justo encima, escondidas dentro de la encía, en apariencia inofensivas, dos paletas que triplican el tamaño de los dientes actuales, esperan agazapadas su turno. Ha sido impactante: como tener el privilegio de contemplar durante un minuto la hija que tendré, no la que tengo, la silueta invisible pero real de lo que nos aguarda en el futuro.
Qué cosas, ¿no? Llevo a mis hijos al dentista y termino metafísica.
Perdonadme, navegantes, son las altas horas, que me afectan a los órganos de pensar.


La imagen de hoy, de otra con tres y de Cristopher Gilbert.

1 de mayo de 2008

Because I'm the Mom

30 de abril de 2008

De Si la Naturaleza es la Respuesta, ¿cuál era la pregunta?, de Jorge Wagensberg

-Toda gran función necesita un gran estímulo.

-La mente se nutre de cambio.

-Una cebra no necesita correr más que una leona, sino más que las otras cebras.

-Yo soy la intersección de todas mis vivencias.

-Crear es seleccionar.

-Desconfío de la idea que no cabe en una frase.

-No conozco ningún fanático que se ría de sí mismo.

-El gozo de la mente está entre la predicción (un poco antes) y la sorpresa (un poco después) de alguna clase de cambio.

-Lo dulce es genético; lo amargo, cultural.

Publicado en Tusquets, 2008.

La imagen de hoy es de Carl Warner

29 de abril de 2008

De La isla, de Giani Stuparich

Hasta entonces había creído no estar ligado a nadie. En sus relaciones con la familia había imperado siempre una recíproca indiferencia. Como un marinero, por costumbre, volvía de vez en cuando, tras largos viajes, a casa, donde le parecía haber dejado algún que otro efecto personal, algún que otro recuerdo, pero nada que estuviera vivo, que fuera inseparable de él. Y un día se dio cuenta de que entre los ojos asustados y suplicantes de aquel niño y el fondo mismo de su alma había una corriente que ya no podía ignorar ni mucho menos cortar sin envilecer su más íntima esencia. Y entonces primero había acogido a aquel niño en sus entrañas y lo habñia tomado luego de la mano y le había enseñado a caminar por la vida.

Ediciones Minúscula, 2008

La imagen es de Bruno Mercier

28 de abril de 2008

¡Desorganízate!

Hay algo que me produce más pavor que el desorden: el desorden póstumo. Pasar a la posteridad con mi mesa hecha un desastre o sin haber tenido tiempo de ordenar mis papeles, de modo que entre mis cosas aparezca la lista del supermercado o el calendario donde alguna vez marqué mis ovulaciones. No hace mucho tuve ocasión de echar un vistazo a la mesa que ha sobrevivido a Camilo José Cela. Está intacta, recorte por recorte, como él la dejó. Hay una pila de papeles justo en el centro —como si el autor tuviera previsto atenderlos antes de su siguiente jornada de trabajo—, notas tomadas en pequeños papeles, un número del ABC Cultural, ya amarilleando, con una portada de Mingote dedicada a él y algunas chucherías sin mayor gloria que la de pertenecer a la mesa póstuma del Nobel. No es que quiera comparar, pero si me muriera en este instante, en mi mesa me sobrevivirían los restos del café de ayer tarde, dos pilas alcalinas que ayer saqué del ratón inalámbrico, un diminuto adminículo que sirve para montar y desmontar las piezas de Playmobil con que juegan mis hijos, dos libros sobre el buen morir —de un autor vergonzante llamado Raymond Moody—, tres monedas de dos euros, el cable de mi i-pod y diversos libros y cuadernos de mayor gloria que todo lo dicho. Si en este momento presintiera que puedo morirme, me apresuraría a lanzar a Moody por la ventana, junto con la taza, las pilas y el cable, y traería a la mesa, para dejarlos con un descuido parecido al que traza el azar, una edición en inglés del Quijote, la poesía completa de Sor Juana Inés de la Cruz y el Ulyses de Joyce.
De hecho, lo ridículo no es conservar la tabla de ovulación. Lo ridículo es que después haya alguien que busque tesoros entre algo tan vulgar y cotidiano como los papeles de un escritor. Eso ha ocurrido ahora con Augusto Monterroso y el legado que dejó a la Universidad de Oviedo. Entre sus apuntes, entre las muchas páginas con notas que cabrá revisar, los catalogadores encuentran radiografías de pulmón, fotos del Che Guevara o calendarios de pin-ups. Tal vez dentro de cincuenta años, cuando ya la cultura de la organización “a la sueca” que Ikea impone en todo el mundo, estas cosas ya no ocurran, pero por ahora, los escritores somos muy poco suecos en esto del orden. Las mesas de los colegas que he tenido ocasión de ver me dan la razón en esto. Lo cual significa, a modo de conclusión, que ninguno de nosotros podemos morirnos aún.
Claro que una vez muerto el desorden genera agradables sorpresas. Y es que si todos fuéramos tan ordenados como Ikea quiere que seamos, dentro de algunos años ya no podría haber hallazgos como los que últimamente aparecen por doquier: un cuaderno de Van Gogh en Grecia, una acuarela de Picasso en un pequeño pueblo de Inglaterra, una partitura de Bach o unos discursos Agustín de Hipona en dos bibliotecas alemanas... Qué alegría ser capaz de sorprender a la posteridad con este tipo de regalos póstumos. Me produce tanto alborozo que estoy por lanzar una propuesta entre mis amigos escritores. Propongo que metamos en una carpeta un cuento o unos poemas inéditos (mejor escritos a mano) junto con un viejo cuaderno de notas (mejor si contiene dibujos), un mechón de pelo (así facilitamos la autentificación: el ADN no miente) y alguna fruslería mundana: el envoltorio de un kinder-bueno o la factura de un hotelucho de carretera. Luego buscaremos en qué rincón de qué biblioteca del mundo podemos esconderlo. Tal y como evoluciona el mundo, dentro de poco nadie entrará en ellas a consultar nada, de modo que nuestro legado dormirá en ellas un número indeterminado de siglos, esperando a la mano de nieve etcétera. ¿No es hermoso?


La imagen de hoy: desorganizados juegos infantiles

24 de abril de 2008

Sant Jordi: la foto oficial y la contrafoto oficial



Ya es tradición comenzar la barcelonesa jornada de Sant Jordi con un desayuno que ofrece el Hotel Regina. Allí estuve, fotografiando a los fotógrafos que fotografiaban a los escritores.
Por cierto, ya que este año yo soy mucho más visible que el pasado (a todo se aprende) os reto a que encontréis a Ruiz Zafón en la multitud escribiente.
Qué raro... ¿No está? ¿Será que no tiene amigos en el gremio?
Vamos, anónimos y no tanto, sed malos. Dejad comentarios.

23 de abril de 2008

Feliç diada de Sant Jordi, navegants


Hoy, para celebrar el día del libro, un cuento nuevo en Gazpacho con tropezones. Islandés y de fantasmas.
¡Salud y lectura!

22 de abril de 2008

Fiesta del libro, según Adrián


Más obras del artista en Ceras y rotus. Calentad motores, navegantes, que ya llega el 23 de abril.

20 de abril de 2008

Álbum de otra semana loca







De arriba a abajo: Foto 1: El jueves en el IES Terrassa (provincia de Barcelona), junto al regidor de cultura y el director del centro.
Foto 2: Un instante del power point de presentación que realizaron los alumnos del centro.
Fotos 3 y 4: En Món Llibre (Barcelona), el sábado por la tarde, en compañía del periodista y amigo Espartac Peran y de algunos lectores.
Fotos 5 y 6: Presentación del libro de Imapla "Mamá", publicado por RBA, con la presencia en la primera fila de algunos peces espada (y el ambiente resultante, que fue muy divertido). En la mesa estaba, además de la autora y Joana Costa, de la editorial, el hijo de Imma, Pere, protagonista del cuento, de 7 años, quien lo leyó a los asistentes. Fue el sábado por la tarde en la FNAC de El Triangle, en Barcelona.

¡Viva los días previos al día del libro! La marcha continúa, navegantes.

Todas las fotos son de Deni Olmedo

19 de abril de 2008

18 de abril de 2008

Los bloggers muertos no van al cielo, por Hernán Casciari *

* Artículo publicado en el blog Orsai el 10 de junio de 2005.



Hace unos días, en Estados Unidos, asesinaron a un blogger. La noticia apareció en la prensa. El muerto se llamaba Simon, y la policía pudo dar con el criminal porque el occiso, antes de morir, nombra a su verdugo en su último post: “El ex novio de mi hermana está aquí, fumando y recorriendo toda la casa; suerte que se irá pronto”, escribía ingenuamente el blogger. Por lo visto tuvo tiempo de darle al botón enviar antes de que su cuñado le partiera la cabeza con un picahielo.
El blog de Simon es una bitácora personal como las hay a millones. Simon tenía diecinueve años, era hijo de un padre chino y una madre americana, le gustaba la computación, el tenis y el estudio de los idiomas. Escribía casi todos los días en su blog; los textos eran cortos y lo leían unos pocos amigos. Su penúltimo post tuvo 10 comentarios. El último, en cambio, el famoso post-mortem, está a punto de alcanzar los 3.000 mensajes de lectores. La gente ha leído la noticia en la prensa y ha ido a escribirle cosas al muerto. Su bitácora se ha convertido en un velatorio permanente, en un altar con flores y velas encendidas, como los que se ponen en las carreteras, justo en el sitio del choque frontal.
Cuando se muere un blogger, se muere también la contraseña de su blog, es decir: muere la posibilidad de modificar el texto, y entonces ese espacio en internet deja de pertenecerle a un vivo, para comenzar a ser patrimonio de un fantasma. Todavía no sabemos si en el más allá (en el cielo, en el infierno) hay cibercafés, no sabemos si la muerte es compatible con Movable Type, ni si al convertirnos en espíritus errantes tendremos tiempo de seguir escribiendo nuestra rutina diaria. No lo sabemos porque hasta hace unos días no había bloggers muertos. Pero ahora ya hay uno y puede que, alguna vez, Simon escriba un nuevo texto, porque él sí se sabe la contraseña de su blog. Yo, por precaución, me guardé su dirección en los favoritos y cada tanto vuelvo a la bitácora de Simon, para ver si su fantasma nos quiere decir algo.
Todo esto me ha llevado a pensar que un día, dentro de unos treinta o cuarenta años, internet estará lleno de blogs a los que se les habrá muerto el dueño. Bitácoras a la deriva del tiempo, textos inconclusos que acabarán diciendo “mañana les cuento algo que me ha causado mucha gracia”. Y después nada. Después un silencio eterno. Los lectores no sabrán nunca que el blogger ha muerto. Los lectores pensarán que se ha cansado, o que le han cortado la banda ancha, o que ya no quiere escribir. La muerte rondará en silencio, congelando las historias cotidianas, cortando la continuidad del home, confundiendo al caché de Google.
Esta bitácora, sin ir más lejos, esta misma que ahora escribo y ustedes leen, un día de este siglo será la bitácora de un muerto. Es extraño decirlo de este modo, e incluso redactarlo naturalmente, pero es la puta verdad.
Y si seguimos fantaseando con el paso del tiempo, notaremos enseguida otras novedades a las que no prestamos atención, pero que en el futuro serán moneda corriente. Por ejemplo, que los blogs de nuestros hijos tendrán un link a nuestra bitácora, una vez que ya no estemos en este mundo. Y también los blogs de nuestros nietos tendrán, en el menú de la derecha, un apartado en el que dirá: “Ir al blog del abuelo”.
¿Cuántos comentarios acabará teniendo mi último artículo en Orsai? ¿De qué hablaré ese día que será, sin que lo sepa, la víspera? ¿Será un texto gracioso, como el del lunes, o un poco melancólico como este de hoy? ¿Moriré, acaso, en mitad de la redacción de una historia que nadie podrá leer? ¿Alcanzaré a decir alguna vez exactamente lo que siento, sin disfrazarlo de banalidad?
Se me han cruzado muchísimas preguntas por el estilo mientras leía anoche la noticia del blogger asesinado. Muchísimas preguntas. Pero hay una que me preocupa más que todas. Hay una que me remonta a la fábula de Juan y el lobo, y que no me deja pensar en paz:
El día que me muera, el día que Orsai quede a la deriva del tiempo y sin dueño, ¿alguien me creerá?

La imagen es de Simon Marsden

17 de abril de 2008

Utilidad de ciertas cosas

Me pongo unas media negras, nuevas, suaves.

—Se van a romper —me dices, como si lo lamentaras.

Pienso:

«Hay cosas que están hechas para romperse».


La imagen de hoy es de Bruno Bisang

16 de abril de 2008

Álbum de las últimas semanas








UNA CRÓNICA: ¿QUÉ QUIERE CARE SANTOS?
Por Nerea Moreno

«En primer lugar, quiero agradecerle estar aquí a una persona muy especial: Nerea" Etc. Yo, claro, muerta de verguenza, roja...¿cómo un tomate? No, sería mas correcto decir que me hallaba en el Valle de la Langosta Hervida. Afortunadamente no era yo la que tenia que continuar hablando como una descosida antes 100 adolescentes con granos. Era ella, Care, la que tenia que enfrentarse a ellos. Además de conseguir que la escuchasen, que no es poco, tenia que convencerles de que la literatura está hecha para todos, y especialmente para ellos, para nosotros, para que la disfrutemos.
¿Lo consiguió? Bajo mi punto de vista, sí. De hecho, a mi entender superó con creces las expectativas. En menos de dos horas hizo ver a muchos que la literatura no está hecha para matarnos de aburrimiento sino para comunicar, para descubrir, para soñar, para discutir, para reír y, en ocasiones, también para llorar.
No puedes escribir un libro sobre un tema que no te fascine, decía. Es cierto, si lo le interasa a la persona que lo escribe, ¿cómo va a interesarle a la persona que lo lee? en los libros hay que poner pasión, entrega. Por eso ella escribe sobre cosas en las que cree. Escribe para emocionar, para compartir, para levantar pasiones y que no puedas soltar su libro en toda la noche. Quiere divertirte, que te identifiques con los personajes, no pretende darte lecciones ni enseñarte a pensar, ya somos mayores para eso. Quiere que aprendamos, que critiquemos y que sentimos la literatura.
Así pues, ¿qué quiere Care Santos? está claro ¿no? Quiere que leamos».


___________________________________________________________________________

—Las tres primeras imágenes son del IES Francisco de Goya de Madrid, el día de la entrega de premios de su concurso literario (que felizmente, oficié yo). En la foto, estoy con los ganadores. Y también con cara de librera simpática ante un puesto con mis libros (qué bonitos quedan todos juntos), en la Biblioteca del centro. La última de esta tanda es la del acto "oficial", en compañía del director y la gente del Departamento de Lengua y Literatura.

—La cuarta es un escaparate que dedicaron a mis libros los alumnos del IES Santa Eugènia, de Girona. Precioso, ¿verdad? Estuve allí el día de mi cumpleaños, y conocerles fue un precioso regalo.

—La columnita es de La Voz de Asturias, sobre solapas y merced a Tino Pertierra, a quien le gusta ponerme a escribir de lo impensable.

—Y Nerea Moreno, la autora de la crónica final (que me ha mandado muy amablemente antes de que se publique en la revista de su colegio) es alumna del colegio El Carmelo Teresiano, de Madrid y tiene 16 años.

15 de abril de 2008

Metafísica (poema)

Un día levantamos la mirada
hacia el cielo estrellado
y brilló en nuestra mente la pregunta:
¿Cuál es nuestro papel en esta infinidad?
¿Quién rige nuestros pasos?
¿Hay algo más allá de lo palpable?

Los científicos dicen
que fue un cortocircuito,
un error o un azar
o un fallo del sistema.
La conciencia es la tara.

Al bajar la mirada de vuelta a nuestras cosas
ya éramos lo que siempre seremos:
Nosotros: los humanos.
Los culpables de todo este desastre.


La foto es de Claudia Rogge.

14 de abril de 2008

Hoy le he pedido algo especial a mi amiga Mònica. Algo que no tiene que ver con libros ni con cuestiones literarias o profesionales. Algo que atañe a esa pequeña parcela de intimidad que muy poca gente conoce. Tenía que ser a ella. Precisamente a ella, el Hada Madrina, la que supo desde el principio.
Era mucho más que justo: era coherente.

Creo que ella también lo sabe, por eso ha dicho que sí. A pesar de que tenía algo importante que hacer y de que la haya avisado -soy un desastre- con tan poco tiempo.

La imagen es la lluvia de esta tarde en la lucerna de mi estudio.

¡No has cambiado nada!

Lo reconozco (bajando la cabeza, avergonzada): el viernes por la noche me dio un conato de horterez y me pasé un par de horas perdiendo el tiempo en el YouTube buscando vídeos que de pre-adolescente me emocionaban hasta el espasmo. Me tragué un documental de factoría mexicana sobre la verdadera historia del grupo infantil Parchís y también hice grandes descubrimientos que la miopía de la ingenuidad no me habían permitido ver entonces. Por ejemplo, vi que Pedro Marín, a quien yo encontraba guapísimo, era bizco. Pero muy, muy bizco. Que Leiff Garret y Miguel Bosé en su versión bisoña debían de gustarme por su abundancia pilosa (aunque Bosé tenía más gracia y más talento) y que los Pecos nunca supieron cantar. Ni antes, ni ahora ni dentro de diez años. Además, con los lustros han adquirido aspecto de peluqueros de barrio.

La del sábado fue noche de fiesta multitudinaria. Al volverse a ver dos de las invitadas después de unos 10 años, una le dijo a la otra: «Estás igual». Y de inmediato añadió: «Lo cual sólo es un cumplido si se dice del aspecto externo».
Qué razón tiene. Qué fracaso para la experiencia, para el dolor sufrido, para los grandes momento de felicidad apoteósica, si la vida pasara por nosotros sin dejar mella. Reflexiono y concluyo que, por fortuna, no estoy como hace diez años. Y me enorgullezco de ello: ¿o es que he pasado lo que he pasado, bueno y malo, para quedarme exactamente igual que estaba antes de ser una madurita de 38?
Hace poco un amigo me decía: «Cuando reencuentro a alguien a quien no veo desde la adolescencia y él está exactamente igual que entonces, no sé de qué hablarle».

Pues este ha sido —lo he sabido de pronto esta mañana— el problema de Los Pecos. A los 16 años es normal sentirse morir al saber que tu novia del cole se ha casado con otro; es normal cantarle a tu madre, o encontrar inconcebible que una niña de 18 se vaya de casa dejando sólo una nota y una pila de cartas de amor, o ulular en desgarradora rima consonante porque a tu amor le cambian de instituto... pero, claro, seguir cantando estas cosas a los 50, cuando la piorrea ha hecho estragos en tu dentadura perfecta y el rubio que te hizo famoso se nota a la legua que ahora es de bote, entonces la cosa comienza a ser de verdad desgarradora (pero del modo en que la vida sabe serlo a los 50, que no puede ni compararse con los desgarros de los 16).
A los 50, para que te tomen en serio es necesario demostrar que la piorrea y las canas tienen algún sentido. Y, la verdad, si a los 50 sigues muriéndote porque la gente huye de pronto, se casa con otro o se va a vivir a otra ciudad, eres un fracaso para la madurez.



La imagen de hoy: vista aérea y parcial de los asistentes a la fiesta del sábado.