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28 de abril de 2008

¡Desorganízate!

Hay algo que me produce más pavor que el desorden: el desorden póstumo. Pasar a la posteridad con mi mesa hecha un desastre o sin haber tenido tiempo de ordenar mis papeles, de modo que entre mis cosas aparezca la lista del supermercado o el calendario donde alguna vez marqué mis ovulaciones. No hace mucho tuve ocasión de echar un vistazo a la mesa que ha sobrevivido a Camilo José Cela. Está intacta, recorte por recorte, como él la dejó. Hay una pila de papeles justo en el centro —como si el autor tuviera previsto atenderlos antes de su siguiente jornada de trabajo—, notas tomadas en pequeños papeles, un número del ABC Cultural, ya amarilleando, con una portada de Mingote dedicada a él y algunas chucherías sin mayor gloria que la de pertenecer a la mesa póstuma del Nobel. No es que quiera comparar, pero si me muriera en este instante, en mi mesa me sobrevivirían los restos del café de ayer tarde, dos pilas alcalinas que ayer saqué del ratón inalámbrico, un diminuto adminículo que sirve para montar y desmontar las piezas de Playmobil con que juegan mis hijos, dos libros sobre el buen morir —de un autor vergonzante llamado Raymond Moody—, tres monedas de dos euros, el cable de mi i-pod y diversos libros y cuadernos de mayor gloria que todo lo dicho. Si en este momento presintiera que puedo morirme, me apresuraría a lanzar a Moody por la ventana, junto con la taza, las pilas y el cable, y traería a la mesa, para dejarlos con un descuido parecido al que traza el azar, una edición en inglés del Quijote, la poesía completa de Sor Juana Inés de la Cruz y el Ulyses de Joyce.
De hecho, lo ridículo no es conservar la tabla de ovulación. Lo ridículo es que después haya alguien que busque tesoros entre algo tan vulgar y cotidiano como los papeles de un escritor. Eso ha ocurrido ahora con Augusto Monterroso y el legado que dejó a la Universidad de Oviedo. Entre sus apuntes, entre las muchas páginas con notas que cabrá revisar, los catalogadores encuentran radiografías de pulmón, fotos del Che Guevara o calendarios de pin-ups. Tal vez dentro de cincuenta años, cuando ya la cultura de la organización “a la sueca” que Ikea impone en todo el mundo, estas cosas ya no ocurran, pero por ahora, los escritores somos muy poco suecos en esto del orden. Las mesas de los colegas que he tenido ocasión de ver me dan la razón en esto. Lo cual significa, a modo de conclusión, que ninguno de nosotros podemos morirnos aún.
Claro que una vez muerto el desorden genera agradables sorpresas. Y es que si todos fuéramos tan ordenados como Ikea quiere que seamos, dentro de algunos años ya no podría haber hallazgos como los que últimamente aparecen por doquier: un cuaderno de Van Gogh en Grecia, una acuarela de Picasso en un pequeño pueblo de Inglaterra, una partitura de Bach o unos discursos Agustín de Hipona en dos bibliotecas alemanas... Qué alegría ser capaz de sorprender a la posteridad con este tipo de regalos póstumos. Me produce tanto alborozo que estoy por lanzar una propuesta entre mis amigos escritores. Propongo que metamos en una carpeta un cuento o unos poemas inéditos (mejor escritos a mano) junto con un viejo cuaderno de notas (mejor si contiene dibujos), un mechón de pelo (así facilitamos la autentificación: el ADN no miente) y alguna fruslería mundana: el envoltorio de un kinder-bueno o la factura de un hotelucho de carretera. Luego buscaremos en qué rincón de qué biblioteca del mundo podemos esconderlo. Tal y como evoluciona el mundo, dentro de poco nadie entrará en ellas a consultar nada, de modo que nuestro legado dormirá en ellas un número indeterminado de siglos, esperando a la mano de nieve etcétera. ¿No es hermoso?


La imagen de hoy: desorganizados juegos infantiles

29 de febrero de 2008

Metafísica del disfraz (a finales de un febrero bisiesto)

Me gustan los disfraces y los pecados de la carne, por eso mi mes es febrero.
Es fascinante que el calendario nos brinde la oportunidad de convertirnos, durante unos breves días, en casi cualquier cosa, con tal de no tomarnos la vida demasiado en serio. Yo fui una niña boba de esas que nunca hubieran consentido en disfrazarse de algo ridículo. Por ejemplo, nadie hubiera conseguido convencerme para que me vistiera, pongamos, de tomate maduro o de cartón de leche. Yo siempre iba de princesa, de zíngara o de mosquetera.
Descubro, con azoramiento, que tampoco ahora querría perder la compostura. Si un tomate maduro o un cartón de leche me parecían patéticos a los diez años, qué decir veinte, treinta, cuarenta años más tarde. Advierto que tampoco adoptaría ninguno de esos atuendos de soez provocación anticlerical, por mucho que considere que de ellos es el verdadero espíritu del carnaval. La verdad, para no llevarme bien con la iglesia no necesito vestirme de monja embarazada (un clásico), ni mi ateísmo tiene ninguna necesidad de relacionar falos con calvarios. Los disfraces de bichitos nunca me han llamado la atención (aunque a mi hijo pequeño, lo confieso, le he disfrazado de abejita, sólo porque estaba monísimo. Sé que he obrado mal y me arrepiento, por eso asumiré que dentro de muchos años él sienta tentaciones de vestir a su madre, ya decrépita, de mosca cojonera, por ejemplo, para después presentarme al concurso de disfraces de la residencia de ancianos).
Por último, ya ni siquiera me quedan los atuendos moñas que marcaron mi niñez. Los zíngaros han perdido aquel glamur de antaño (además, la transhumancia ya no es lo que era, hoy cualquier aburrido se mete a transhumante); en cuanto la monarquía pone sus zarpas sobre alguien lo viste de traje de chaqueta color visón o burdeos, falda por debajo de la rodilla, medias de color carne y zapatos tipo salón con un tacón de cinco centímetros, ¡horror!, con lo cual el disfraz de princesa ya no es ningún chollo. Y, por último, para lo que no estoy, a estas alturas, es para mosqueteras. Definitivamente no, aunque a más de uno le grabaría yo en la espalda, no con poco placer, la z vengadora.
Me gustaría disfrazarme de madre de familia numerosa capaz de llegar a fin de mes sin comerse al gato, o de viajera impenitente a punto de partir hacia el Titikaka, o de Lady Chaterley en el momento de verle todo a su fornido guardabosques, o de Marcel Proust comiendo magdalenas. Para qué conformarme con menos, si en el espíritu del disfraz está lo inalcanzable.
Y si el disfraz no me desfoga, siempre me quedará la carne. He pensado en hacer un máster sobre simbología sexual en la gastronomía carnavalesca, sólo como excusa para hincharme a butifarra de huevo en Catalunya, descubrir en Menorca ese guiso de habas que llaman cuinat, regresar a esa idealización afrodisíaca de la vagina que es un pestiño, cuando está bien hecho o —el colmo de la sofisticación—, participar en Cádiz en una erizada.
Al erizo, que cada cual le otorgue la simbología que crea conveniente.

La imagen: nuestro Carnestoltes de cabecera.

25 de febrero de 2008

Detesto las descripciones en literatura. Me parecen innecesarias, casi siempre carentes de imaginación, pasadas de moda, homicidas del ritmo del relato y muchas cosas más (todas malas). Procuro evitarlas cuando escribo y pensar en mis cosas mientras me toca leerlas. Me gustaría tener un amigo que se sentara en mi sofá con la desenvoltura del que está en su casa, me mirara a los ojos y me dijera: «Voy a ponerte a prueba: ya sé que has dicho mil veces que detestas las descripciones, por eso ha llegado la hora de que aprendas a utilizarlas y a valorarlas.» Y a continuación me obligara a escribir un relato donde la acción tuviera que avanzar sólo a base de descripciones. Puedo imaginar lo complicado que me resultaría cumplir su mandato, cuánto llegaría a maldecirle por tener que mantener ese cuerpo a cuerpo con la mayor de mis manías como escritora; y también lo gratificante que podría llegar a ser la experiencia, cuántas cosas podría llegar a aprender de mí misma, del oficio de escribir y del de envejecer a base de convertirme en una maniática.
Por supuesto, para algo así haría falta contar con un mandatario exigente, crítico y perverso. Alguien que se tomara las reglas del juego —de todos los juegos, del de la vida, del suyo propio, del mío— muy en serio. Alguien que disfrutara inventando normas aún por estrenar allí donde las de siempre parecen comenzar a desgastarse. Alguien imperturbable, cruel, casi vengativo. Juguetón por encima de todas las cosas. Decididamente, creo que ninguno de mis amigos es así. Es una lástima, porque trabajo bien bajo presión.

La imagen de hoy: de Martalona, en flickr

3 de diciembre de 2007

Una vindicación de lo clásico

Quiero que mis hijos conozcan la historia del Arca de Noé, la de Adán y Eva, la del Éxodo a través del desierto del pueblo israelí —tan precursora del realismo mágico, con lluvias de maná, mares que dividen sus aguas para dejar pasar a los buenos y ahogar a los malos, plagas de bichos repugnantes…—. Quiero que mis hijos sepan que quien se vuelve a mirar atrás corre el riesgo de acabar convertido en estatua de sal; que hay hermanos tan vengativos que pueden llegar al asesinato y que el Apocalipsis es zoológico y ardiente. Pero no quiero, todavía, hablarles de la Biblia.
Quiero que sepan quién fue Ulises, cómo Penélope le esperó tejiendo mientras era acosada por los pretendientes. Que conozcan las maldades de Medusa y el talento de Perseo. Que se impresionen con las doce pruebas de Heracles, que se sientan fascinados por la ferocidad del Minotauro, por la osadía de Ícaro; que teman el canto de las sirenas y aprendan la lección: lo que nos atrae a veces lo hace para matarnos. Sin embargo, aún no pienso regalarles un diccionario de mitos clásicos o la obra de García Gual.
También quiero que sepan de Alonso Quijano, de Rodrigo de Vivar, de Sherezade, de Alí Babá, de Simbad, de lámparas maravillosas, de genios escondidos bajo las aguas, de John Silver y tesoros perdidos, de la niña que atravesó el espejo, del hombre que conversó con el fantasma de su padre, de tantos otros más.
Mientras mis hijos alcanzan la edad de llegar a las fuentes por sí mismos, agradezco que exista quien me ayude a mostrarles el camino.

18 de octubre de 2007

Reirse del mundo

La revista humorística de ciencia Annals of Improbable Research (AIR) (Anales de Investigación Improbable, AII, qué simpático suena en español) otorga anualmente unos premios llamados Ig-Nobel, que premian los inventos más inverosímiles y estrambóticos del año, en una ceremonia que vendría a ser el reverso de los prestigiosos premios que entrega el Rey de Suecia en Estocolmo. En su última edición, tres catalanes han sido distinguidos con uno de los antipremios, el de Lingüística, por suimporyante trabajo en el area del aprendizaje de idiomas. Después de un trabajo que imagino concienzudo y paciente, los tres científicos de la Universidad de Barcelona —Joan Manuel Toro, Josep Trobalon y Nuria Sebastian Gallès— han logrado demostrar que a veces las ratas no son capaces de dintinguir el holandés del japonés si se les habla de atrás hacia delante. Qué cosas, ¡nunca lo hubiera imaginado!
Los tres científicos de la UB no son los primeros españoles en recibir uno de los premios. En el año 2001 un muchacho de Valls (Tarragona), Eduard Segura, ganó el Ig-Nobel de Higiene por inventar una lavadora automática para gatos y perros. Qué práctico. Lástima que la cosa llegue hasta mi conocimiento cuando mi querida Flok es ya difunta.
Son sólo una muestra de los ingenios más extraños del mundo, pero ahora vienen muchos más. Entre los premiados hay personajes ralmente remarcables. El japonés que inventó el karaoke, por ejemplo, Daisuke Inoue, recibió un merecidísimo Ig-Nobel de la Paz en 2004, «por enseñar a la gente un modo totlmente nuevo de demostrar su tolerancia hacia los demás». El de Medicina de 2001 tampoco tiene desperdicio. Se lo llevó el estadounidense Peter Barss «por su exhaustivo informe titulado: Lesiones producidas por los cocos que caen». O el de Matemáticas del año pasado a Nic Svensons y Pier Barnes, que por fin calcularon cuántas fotos hay que tomar a un grupo de personas para asegurarse de que todos salen con los ojos abiertos. O el de Salud Alimentaria de hace tres años, a un japonés que durante 34 años fotografió todos los alimentos que entraron por su boca con la finalidad de realizar luego un estudio retroactivo de la evolución de sus gustos. O el de Matemáticas de hace tres, a un señor que midió la superficie de La India en elefantes indios. Soberbio. Y muy útil.
Los premios demuestran dos cosas majestuosas: que hay gente en el mundo que invierte una gran parte de su tiempo en hacer cosas realmente inauditas. Y que, por fortuna, aún queda alguien capaz de no tomarse la vida demasiado en serio. De reírse del mundo.

9 de noviembre de 2006

Escribir con un mapa

Recomienda Robert Louis Stevenson a sus colegas presentes y futuros que nunca se sienten a escribir sin pertrecharse de un almanaque y un mapa. Dice que esa agudeza librará a más de uno de deslices muy fáciles de evitar, como por ejemplo… y llegado a este punto cita dos de los deslices más divertidos de Walter Scott, a quien —aseguran—admiraba mucho: en uno de ellos, el romántico escritor logra con su pluma la proeza de que el Sol se ponga por el Este. En el segundo, dos jinetes que viajan con sus monturas a gran velocidad llegan a alcanzar una media de crucero que ni el desguazado Concorde. En fin. Que no hay novelas —ni novelistas— perfectos es algo que seguirá alegrando por los siglos de los siglos a los enemigos de los novelistas.
Escribir con un mapa y un almanaque. Curioso consejo. Acaso Homero hubiera sabido que Penélope envejeció si hubiera tenido un almanaque a mano. Tal vez don Quijote hubiera sido de un lugar muy concreto de La Mancha si Cervantes hubiera dispuesto de un mapa. Nunca lo sabremos. Sin embargo, sí tenemos noticia de algunas ocasiones en que el proceso ha tenido lugar al contrario: un escritor, que tal vez en ese instante ni siquiera sabe que lo es, dibuja un mapa a partir de los dictados de su ensoñación. Sólo luego tiene la certeza de que a ese territorio imaginado le hace falta un sustrato de ficción, una historia.
Con el trazado de un mapa empieza la escritura de una obra paradigmática del siglo XIX: La isla del tesoro. Para entretener a Lloyd, el hijo de 13 años de su esposa Fanny, Stevenson dibuja en una hoja cualquiera la cartografía de una isla inexistente. Inventa hasta el último rincón de ese territorio inexplorado, hasta que nada en él queda sin nombrar. En alguna ocasión cuenta Stevenson cómo disfrutó bautizando las calas, las playas, las islas… Dando a entender que en realidad la cuestión no era tanto un reto cartográfico, o geográfico, sino filológico y toponímico.
De hecho, John Ronald Reuel Tolkien nunca se consideró a sí mismo un escritor, sino un filólogo. Cuando ideó la Tierra Media, o la Comarca, los escenarios de su tan llevada y traída El señor de los anillos, no estaba en realidad esbozando el escenario de ninguna acción, sino jugando a crear un territorio que mantuviera una coherencia estrictamente filológica en sus topónimos. Bebió de fuentes tan distantes como las leyendas germánicas, las lenguas nórdicas o ciertos rasgos de las mitologías grecolatinas y, finalmente, creó a Bilbo Bolsón y a todos los portadores, más o menos afortunados, de ese anillo que corrompe como siempre lo hace el poder, porque es el poder mismo.
Seguro que Tolkien tuvo siempre muy presente su mapa de la Tierra Media mientras escribía. De hecho, en su relato, la cartografía ideada por él mismo, cobró una importancia fundamental. Tanta como la tuvo la de la isla de Stevenson en su clásica novela. Sin embargo, Stevenson no tuvo suerte, ya que el mapa original se perdió y nunca más fue recuperado. Escribió los primeros capítulos de su Isla del tesoro de corrido, a raíz de uno por día, mientras el interés de su auditorio —formado por Lloyd y por otros miembros de la familia, entre ellos su propio padre— iba creciendo. De este modo dio por terminada la primera parte del libro. Luego llegó la duda, ese hemistiquio a veces insalvable en la escritura de toda novela. Stevenson dudó si debía terminarla. Finalmente lo hizo. La novela se publicó —huérfana de mapa— en la revista para jóvenes Young Folks. Fue un éxito tan inmediato que no tardó en publicarse en forma de libro y en reportar una merecida fama a su joven autor. Sin embargo, Stevenson narra esta época a partir de la desolación de no haber sido capaz ni de encontrar su mapa ni de dibujar otro igual.
No es extraño. Lo que ya existe es susceptible de adoptar cualquier nombre, incluso el de los sueños —lo supieron los conquistadores del llamado Nuevo Mundo al bautizar a la Patagonia o California con nombres que habían robado de las novelas de caballerías más leídas de su tiempo— pero, ¿cómo pensar en nombrar lo que ni siquiera está en la memoria? Stevenson respondió a esa pregunta con una novela perenne.

3 de noviembre de 2006

Invisibles

Ya es posible volver invisible un objeto, leo en el periódico, que no deja de darme sorpresas, cuando no disgustos. No me preguntéis cómo ni por qué, pero tiene que ver con la fibra de vidrio y también con la obviedad de que las personas estamos hechas de distintos materiales. Lo que de verdad me interesan son las aplicaciones del invento. por el momento, más bien escasa: sólo lo han conseguido com un pedacito de cobre de cinco centímetros y gracias a la visión en microondas (como lo leo lo transcribo, aunque la preposición me inquiete y confunda) interesa dejar constancia de que la preposición me inquieta y confunde. Siguen algunos datos objetivos, de aquellos que resultan entendedores e incluso pueden llegar a ser lógicos. Por ejemplo: ¿os parece cosa de magia o del maletín de James Bond esto de hacer desaparecer objetos a la vista? Pues entonces os resultará coherente que todo un Sir británico se encuentre tras la noticia: un tal Sir John Pendry. Y llegado este punto, todos nos estamos preguntando: ¿Y quien paga a Sir Pendry para que pueda trabajar con la tranquilidad que estas cosas de la invisibilidad requieren? ¿Un filátropo protector de las ciencias que cree en el progreso del mundo por caminos insindables? ¿Un mecenas fan de Juan Tamariz? Pues no. Las investigaciones de pendry las financia el Ministerio de Defensa de Estados Unidos, cuyos miembros salvan cual perros de Pavlov sólo de pensar qué aplicaciones militares puede tener el invento del británico Pendry. ¿Enviar invisibles detectives a casa de cada uno de los ciudadanos sospechosos de algo según el criterio del preclaro Bush? Esa medida, desde luego, resolvería el problema del desempleo. ¿Crear un cuerpo de torturadores invisibles? ¿Crear la máquina eléctrica invisible, que mata igual pero con disimulo infinito? ¿Proclamar una ley de invisibilización obligatoria para mexicanos en particular y latinoamericanos en general?... Aunque sólo con fines militares ya imagino un montón de ventajas. Por ejemplo, un batallón de soldados invisibles lo tendría mucho más fácil para violar y asesinar a familias enteras en Irak y ahorrarse las siempre latosas consecuencias.
Aunque en lo doméstico también yo salivo cual mascota pavloviana. Pienso en las aplicaciones que la cosa pueda tener en la casa del futuro, esa que preconiza Bill Gates. Sería de gran utilidad hacer invisible la factura del teléfono, al niño que vuelve del colegio o incluso la mancha insoluble de la alfombra. Para no hablar de otras aplicaciones nacionales: invisibilizar a los subsaharianos que se empeñan en viajar en pateras, para que nadie pudiera contarlos, ni repartirlos, ni siquiera recibirlos como es debido. Tampoco les veríamos morir. Y ya puestos, volvamos invisibles a los que duermen en los cajeros, a los terroristas, a los jefes del partido al que no votaremos jamás, a la suegra que nunca atiende, al yerno con pendiente en la nariz, a los lunes por la mañana, al mes de septiembre, a los cinco días antes de cobrar... Es un filón, esto de los candidatos a desaparecer. Vaya, aún será verdad que Pendry estudia algo realmente útil.
Y, en el preciso instante en que todo lo que no nos gusta haya desaparecido de nuestro mundo, dedicaremos las largas tardes de los domingos a subir y bajar las persianas de nuestra casa inteligente. Arriba y abajo, como idiotas, durante horas. Arriba y abajo.

23 de octubre de 2006

Teresa, azul irrepetible


En su mesita de noche, junto a su lecho de muerte, mi abuela Teresa tenía un libro de tapas raídas, maltratadas por el mucho uso, en una edición rústica y barata, que tanto podía ser ibérica de los años 20 como argentina de finales de nuestra guerra civil. Era una novela rosa de ampuloso título: Felipe Derblay o la herrería de Pont Avesnes, de un tal Jorge Ohnet, de cuya ausencia absoluta de noticias deduzco que bien podría ser el seudónimo de un escritor meticuloso que no quería empañar su nombre o su conciencia con alimenticias novelas rosas. El libro en cuestión es la historia de un rico empresario metalúrgico enamorado de una mujer también rica (que no le hace ni caso) quien, a su vez, ama en secreto —en ese secreto inefable y apasionado de la literatura romántica— a un hombre arruinado. Poco más sé de la novela, pero es fácil saber que la guapa y rica terminará sus días con el pobre arruinado, a quien amará también de un modo apasionado e inefable, venciendo cualquier conciencia de clase, y que era precisamente eso lo que tanto gustaba a mi abuela cuando la leía una y otra vez. Las ficciones —sabido es— nos interesan más cuanto más nos implican.
Teresa conocía bien las clases pudientes. Era hija de uno de los hombres más ricos de su ciudad de provincias, cuya fortuna, cosechada en la industria textil, alcanzaba a la familia para tener un servicio populoso, varios coches de caballos y dar a las hijas una educación refinada al gusto de la época. Teresa tenía la piel pálida de las señoritas de buena familia, y unos ojazos de un azul deslumbrante que superaban modas y épocas. Las fotografías, ni siquiera las más antiguas, aquellas en las que se la ve seria y lánguida como correspondía, no le hacen justicia. Teresa era una mujer guapa. Lo fue toda su vida. Tenía ochenta años y algunos de viuda cuando aún la rondaba un pretendiente que vencía la artrosis para proponerle casi a diario una peliculera fuga por mar a América. Sin embargo, Teresa siempre le dio calabazas: ya había consumado todas las fugas de su vida.
Apenas superaba los veinte cuando se enamoró. El elegido, un joven apuesto, mujeriego, tan enamorado como ella y tan bienintencionado como pobre. Se llamaba Claudio. Era el lechero. Cierto vecino o cierta pariente les sirvió de correo cuando ella intuyó la oposición de su familia. Hasta que las palabras no bastaron, o tal vez les sobraban, y se hizo necesario dar un paso más. Entonces Teresa topó con la oposición de los suyos. La leyenda negra de mi bisabuela ha recordado el día en que le rompió a su hija mayor una tableta de chocolate negro en la cara. Qué capricho, retener algo tan nimio, que sucedió en cuestión de segundos hace ochenta años.
Teresa se marchó de casa. Algunos días en casa de una tía de Claudio. Una boda en la intimidad, a la hora de los maitines, sin invitados ni trajes ni azahar. En las fotos se les ve elegantes, circunspectos, con un brillo especial en la mirada. La de mi abuela —no se aprecia— era azul radiante, azul transparente, azul irrepetible. Un azul imposible de retener si no fuera que, de vez en cuando, los genes familiares nos lo devuelven en la tercera generación. Si hubiera querido tener un cuarto hijo, soñaría con que tuviera la mirada nítida y valiente de Teresa.

17 de octubre de 2006

Leer para ser otro

Una vez existió un hombre que, antes de decantarse por la lectura voraz, vivía consagrado al cuidado de su hacienda y a la caza. No era rico, pero no pasaba hambre. En su hacienda vivían con él otras dos personas, pero no se le conocía mujer, ni siquiera en pretérito indefinido. No nos resulta extraño, porque de su mocedad y madurez no sabemos nada, acaso porque no haya nada que saber. El pobrecillo debió de aburrirse mucho en sus mejores años de tanto ver pasar las estaciones por su lugar de La Mancha. Cuando comenzó a leer tenía recién cumplidos los cincuenta años, esa edad en la que los varones se empeñan en creer que los últimos trenes están por partir.
A partir de ese momento, el señor Quijano, o Quesada o Quijada, adopta una vida nueva. La ficción le trastorna hasta volverle ficticio. Una bacía, un podenco, una moza esquiva y un amigo gordinflón sirven para hacer realidad un sueño. Todo lo demás es silencio. Y, además, no importa.
Desde entonces, todos los lectores ansiamos ser él: el hombre que fue capaz de ser feliz en los libros. También todos los escritores soñamos con un lector como Quesada: entregado, entusiasta, crédulo, noble y soñador. Un llanero solitario de los cuentos, que no atiende a modas, ni consejos ni puñetera falta que le hace. Puede que esté un poco loco, sí. Loco de Literatura, de invención. No lo parece cuando habla como un cuerdo de su pasión por los libros, y proclama ante aquel canónigo que le escucha, y también ante la humanidad, que sin invención, sin Literatura, el mundo no merecerí salvarse. El canónigo se admira de él y de su enciclopédico saber. Y lo hace en voz alta, para que todos sepan que leer produce el efecto secundario de la sabiduría.
Ni Quijote lo sabía. El leyó para dejar de ser él o tal vez para ser otro (no es lo mismo) y para conquistar la ínfima felicidad que proporciona un sueño cuando sabemos que no va a cumplirse.

15 de septiembre de 2006

Mestizaje y escarolas

Hay un payés que los sábados por la mañana instala su puesto de venta en mi mercado de cabecera, el de la Plaza de Cuba de Mataró y con quien semanalmente mantengo una conversación de unas pocas réplicas. Cuando termino de comprarle más o menos lo de siempre —puerros, huevos, acelgas, a veces judías— a él le agrada preguntarme si no quiero una escarola. Y yo cada semana le contesto lo mismo: a los de casa la escarola no nos convence. Al principio parecía resignarse y me dejaba ir como si no le importara. Últimamente, en cambio, me lo discute: «Eso es porque no han probado las mías», me dijo hace poco. Debo reconocer que tal vez tenga razón y el sábado pasado tuve la debilidad de asegurarle que cualquier día me llevo una de sus escarolas. Ahora que vamos teniendo confianza, no hay sábado que no me interrogue sobre si considero el momento oportuno para llevarme una escarola.
Esto es, precisamente, lo que me gusta de los mercados: siempre puedes encontrar en ellos gente que parece de la familia dispuesta a mantener una conversación. También me gusta ese ambiente como de gran bazar: gentío, un cierto relajo y vendedores que ofrecen su mercancía a grito pelado. Todo eso ayuda a crear la ilusión de que en cualquier esquina puedes tropezarte con una ganga. De hecho, como ocurre en la vida misma.
Y, ya puestos a escoger, me gustan los mercados cuanto más mestizos, mejor. Entré en uno no hace mucho donde convivían productos de toda América Latina: chiles chipotles tiernos al lado de hierba mate, guayabas o fresquillas. Y un poco más allá, aceite español, manteca de cacahuete y paquetes de mango pelado y cortado en rodajas. Es una lástima que, visto desde mi casa, haya que cruzar un océano para llegar a él. De lo contrario, habría hecho una de esas compras exageradas que hago cuando me dejan y habría pedido que me la enviaran.
Aunque no hay que ir tan lejos para encontrar mestizajes más discretos. Hay un mercado en mi ciudad, por ejemplo, en el barrio de Cerdanyola, donde pueden encontrarse dulces andaluces traídos todos los días y aceite de molino y cazón y tripa para callos como en ninguna otra parte. Sin olvidar uno de mis favoritos, el de la Boquería, en Las Ramblas de Barcelona, donde los profesionales disponen sus puestos de setas, frutos secos o frutas exóticas como si se tratase de piedras preciosas en el escaparate de una joyería. Allí todo es posible: mirar la casquería con interés de cirujano o escoger un rape como si pensara casarme con él y disfrurtar viendo a la pescadera manosearlo, degollarlo, hacerlo rodajitas (no os fiéis jamás de quien no tiene perversiones). Espectáculos así ya justifican la visita y el gasto.
Aquí donde me veis, con mis ínfulas intelectualoides y mi interés por el cine de autor, cuando voy a una ciudad suelo visitar antes los mercados que los museos. No es que me las dé de experta, pero el corazón de maruja que late dentro de mi armadura de novelista se siente en su salsa en las barrocas calles de los bazares. Será que me gusta cocinar y, como todo el mundo sabe, la preparación de un plato comienza en el momento de hacer la compra. Pero hay algo más, que interesa más a la novelista que a la maruja: ese pulso de vida verdadera que se percibe en los mercados, a donde normalmente no acuden los turistas. La gente de verdad, sin disfraces, sin impostura, sin disimulos. Como me gusta.
El próximo sábado voy donde mi payés de cabecera y le compro una de sus escarolas, prometido.

4 de septiembre de 2006

Un pretexto para el insulto *

Me he pasado el mes de agosto esperando a que se muera Fidel Castro. Cada día, al volver de la playa cargada de pelotas y flotadores, se lo preguntaba a alguien con una vida mínimamente adulta: «¿Se ha muerto ya?». Desde que he llegado de vacaciones, vivo conectada a Cubavisión, la televisión oficial del régimen que, por grandezas de este aparatito en forma de wok que vive en mi tejado, puedo sintonizar desde casa. No sé para qué la miro, la verdad, porque de todos los organismos que cambiarán a partir de la muerte de Fidel, estoy segura de que Cubavisión será el último. En la cadena, felizmente, todo sigue tan retrógrado como siempre, con ese tufillo tan característico a falta de libertad de expresión: programas monográficos de ocho horas dedicados a alabar la sanidad cubana —con intervenciones grabadas por el propio Fidel explicando como unos médicos muy huapachosos le curaron la rodilla— o la retransmisión en directo de un seudo acto académico donde unos señores que deben de ser expertos en algo hablan —¡un promedio de tres horas cada uno!— de los atentados frustrados contra Castro.
Pero, sobre todo, he dedicado estos últimos días de calor a pensar en mis amigos cubanos. En Jorgito, por ejemplo, que vive en La Habana y que durante los peores días del Periodo Especial (en el año 94), cuando yo le conocí, subsistía de vender a los turistas pizzas hechas con preservativos en lugar de mozzarela. O en Pedro, psiquiatra de formación, que quería aguantar en la isla viviendo con sus padres en una casa de La Habana Vieja invadida por las cucarachas pero que acabó marchándose con su hija a Europa, quien sabe por qué. Tal vez su hija le preguntó qué había más allá. Más allá del Atlántico. Más allá de Cubavisión.
En Daisy, toda una señora, directora de una de las sucursales de Bank of America en el barrio de Coral Gables de Miami, que me explicó en qué exacto lugar del barrtio de Vedado estaba la casa que la Revolución le quitó a su familia, poco después de la destitución de Batista. Daisy es mujer de mundo, ha conocido varios países, lleva una manicura perfecta, peinado de peluquería y traje de Cristian Dior, pero se le inundan los ojos cuando habla de su Isla Bonita y especula sobre los años que habrán de pasar antes de que pueda regresar al lugar donde nació.
Aunque puede que no lo reconozca en esta Habana zarandeada por la miseria que dejaron los años de comunismo cubano una vez se deshizo el gélido bloque ruso. Aunque tampoco la otra Cuba, la que resistió, la que se hizo reconcentrada y orgullosa —y con motivos— sabrá reconocer a Daisy como una de las suyas.
Las dos Cubas. Una de las dos también ha de helarle el corazón a los suyos.
Me he pasado el mes de agosto preguntándome qué van a hacer ahora esas personas. De qué color serán las lágrimas de los exiliados que regresen. Cómo será una Habana Vieja recién pintada. Qué dirán los sones y los boleros cuando ya no exista distancia insalvable. De qué informará Radio Miami.
Lo que pronto veremos, será digno de ver. En Cubavisión salía ayer un nuevo experto hablando en el vacío acerca de la excelente salud de Fidel Castro. No quiero perderme su cara de pasado a punto de desaparecer. Si quieren mi opinión, no creo que esté mintiendo: este valuarte de la resistencia más pinturera que ha sido uno de los gobernantes con más carisma del mundo durante 47 años , seguro que incluso en la tumba gozará de buena salud.


* Este mismo artículo, publicado on line en una revista en catalán la semana pasada, ha llevado a los lectores a indignarse hasta el insulto. El argumento de la mayoría es cuestionar la catadura moral de alguien (yo) que encabeza un artículo deseando la muerte de alguien. Incluso ha habido quien se preguntaba qué aprendí en el colegio. Patidifusa, releo mis propias palabras y encuentro el verbo "esperando". Esperar la muerte, propia y ajena, no es malvado, sino realista.
No me molesta que me insulten, me molesta que no me entiendan.
Aunque, como cada cual es muy libre de hacer con su ignorancia lo que le parezca, jamás respondo a los insultos.

30 de agosto de 2006

El punto de vista de la medusa


Quienes nos dedicamos a explicar historias sabemos la importancia que tiene eso que los teóricos de la literatura llaman "focalización". Formularse a su debido tiempo —y siempre antes de empezar a escribir— la pregunta fundamental: «¿Quién cuenta la historia?». Sin necesidad de mayores detalles, sólo diré que un mismo relato varía diametralmente dependiendo de quién lo explique.
Tomemos como ejemplo la plaga de medusas que se viene sufriendo año tras año en el litoral mediterráneo. En un periódico andaluz que he podido consultar sin salir de Internet la definen como «la plaga moderna de las playas». Al leer las noticias relacionadas cualquiera lo podría llegar a pensar: en una playa de Málaga la Cruz Roja atendió en un solo día del verano pasado a 161 bañistas con picaduras de medusa. En Ceuta, el mismo fía, fueron 274. En tres pueblitos de la provincia de Granada y en sólo un fin de semana hubo 900 afectados. El mismo litoral ostenta otro récord: ante la playa de Torrenueva apareció —«para gran sorpresa de los bañistas», según leo en la versión on line del rotativo local— una medusa de 20 quilos de peso y 60 centímetros de diámetro. Coño, sí que debieron de sorprenderse los bañistas, sí, al ver emeger a semejante cosa de sus aguas. La lucha parece que fue encarnizada, según infoma el diario: después de que el monstruo picase a 48 personas, las autoridades locales lo retiraron y se lo llevaron a un laboratorio —no se especifica cuál— para extraerle «diversas muestras» de tejidos (no se nos dice con qué fin, aunque no descarto la venganza). Aclaro que todas esas cosas pueden llevarse a término sin mayores sobresaltos porque las medusas que flotan en nuestro litoal son consideradas «residuos sólidos» y no «especies protegidas» por nuestras autoridades costeras.
Imaginemos ahora la misma historia pero contada por la medusa, ese bichito de la familia de los cnidarios que se alimenta de plancton y sirve de alimento a especies como la provecta tortuga, el simpático delfín, ciertos tipos de aves o los japoneses —que las sirven en sopa o como acompañamiento de ciertos platos— y que sólo una vez al año, cuando la subida de las temperaturas les hace imposible conseguir alimento en su medio natural, a varias decenas de quilómetros del litoral, se acercan a nuestras cosas con la justa intención de alimentarse. Para defenderse de sus depredadores, que son múltiples, las medusas utilizan estas células urticantes de donde proviene su nombre (cnida, ortiga en griego) pero no todas lo hacen igual. Quiero decir que, como ocurre en tantas otras especies, aquí también pagan justos por pecadores. La culpa de todo, obviamente, la tiene el calentamiento del planeta, como siempre. Son en eso parecidas las medusas a aquellos alienígenas tan feos de Independence Day: sólo querían comer, ¡pero no hacían más que tropezar con la incomprensión de sus víctimas!
¿Y qué encuentran al llegar de su largo viaje las desdichadas medusas? Un montón de mamíferos desnudos e incapaces de sobrevivir en el agua que invaden por puro placer su último reducto de supervivencia. Son una plaga: los hay de todos los tamaños, se reproducen sin parar, lo destruyen todo y se adaptan a cualquier adversidad, incluidas sus picaduras. Además, se trata de una especie sin piedad que retira a las medusas del agua y las humilla en un laboratorio mientras las corta en pedazos hasta dejarlas morir.
Glups.
El año que viene las medusas que llegarán a nuestras costas serán miles, miríadas, una invasión. Las víctimas humanas se contarán por miles y los hospitales se colapsarán, el PP echará la culpa al Gobierno, Sanidad abrirá una comisión de investigación, un voluntario anónimo de la Cruz Roja se convertirá en un héroe y Oliver Stone hará de su vida una película.
Yo, mientras tanto, sólo me preocupo de aprender a preparar la sopa de medusa. Es más práctico comerse al enemigo que intentar comprenderlo, ¿no creen?
P.S. Desolación: en toda la Red, no consigo dar con la maldita receta de los japoneses.

22 de agosto de 2006

Unidos en las gilipolleces

Los seres humanos tenemos afán acumulativo. Parece que nos viene de cuando viviamos en la Sabana y aprovechábamos los buenos tiempos para llenar la despensa. Actualmente sólo acumulamos cosas inútiles. Si además de inútiles, son cosas inocuas, le llamamos coleccionismo. Hay gente capaz de coleccionar cualquier cosa. Sé de un señor andaluz que colecciona esqueletos montados por él mismo. Los tiene de pollo y de pantera, que ya son ganas.
El objeto de estas líneas de hoy es otro señor coleccionista. Se llamaba Ljeposlav Perinic, era de origen croata pero argentino de adopción y este año hubiera cumplido 84 castañas. Dedicó su vida entera a remitir cartas a los dignatarios de todo el mundo solicitando que le enviasen una muñeca vestida con el traje típico de sus respectivos países. De ese modo reunió 400, las mismas que hoy, gracias a su generosa donación, pueden contemplarse en un museo de Zagreb, la capital de Croacia, a donde han llegado después de un peregrinaje por 60 naciones.
Uno de los rasgos más curiosos de la colección del señor Perinic es su lista de proveedores. Jamás me había imaginado, por ejemplo, al mismísimo Francisco Franco preocupándose por satisfacer tan delicada petición. Lo hizo en el año 65 y envió dos muñecas. No tengo datos, sin embargo, del atuendo que el dictador consideraría como típico español. ¿Una con pañoleta gallega y otra con lunares andaluces? Podría ser, aunque el traje regional único no debió ser cosa fácil de decidir ni siquiera en la «grande» y «libre» España de entonces.
Fuera como fuere, en el 96 la reina Sofia le reminitió otra que tal vez nos represente mejor. O puede que no, porque también Jordi Pujol y Manuel Fraga aportaron a la colección del señor Perinic sus respectivos granitos de arena. Pujol —quien figura en la imperdible lista de proveedores en calidad de «Gobernador de Cataluña»— le envió nada menos que tres. Así, pues, catalanes de la nueva era estatutaria: no os desveléis. En la colecciónde Perinic, somos tanto como España (por lo menos en número). Ah, y los andorranos también pueden respirar tranquilos. En 2004, Marc Forné también envió su muñeca típica.
De hecho, terminaríamos antes dejando constancia de aquellos que jamás le enviaron al coleccionista una muñeca. Isabel II, la reina de Inglaterra es uno de ellos, que no lo hizo argumentando que ella «jamás envía regalos a personas a quienes no conoce». Qué antipática. Algun dirigente africano respondió diciendo, sencillamente, que en su país no tenían muñecas. No me consta que el señor Perinic le solicitara nada a Sadam Husein, aunque lo coherente habría sido mandar una con su tradicional burka. Y si hay entre los navegantes alguno a quien le cueste trabajo imaginar a un hombre sanguinario enviando muñequitas al otro lado del mundo, les confesaré que a mí me ocurría lo mismo hasta que leí la famosa lista, donde nuestro imponderable Generalísimo figura junto a Videla, Pinochet, algún nazi con pedigrí, el austríaco Kurt Waldheim, golpistas proestadounidenses, el paraguayo Alfredo Stroessner o el peruano Juan Velasco Alvarado; primeras damas tan férreas como Imelda Marcos, o comunistas fundacionales, como Mao Tse Tung. No falta la realeza: Grace Kelly, Hassan II de Marruecos, Hussein de Jordania, Farah Diva de cuando Iran era Persia, Abdul Aziz de Arabia Saudita. Ni siquiera echamos de menos a un papa, Pablo VI, ni tampoco —qué exotismo— al Dalai Lama (¿cómo sería su muñeca?).
¿No es hermoso que aún existan cosas en el mundo capaces de enternecer al mismo tiempo a orientales y occidentales, víctimas y verdugos, triunfadores y aquellos a quienes trituraron en su camino, blancos, negros y amarillos? Aunque sea una gilipollez, por lo menos es una gilipollez agradable.
Las muñecas de Perinic parecen decirnos desde detrás del cristal de sus expositores: «Uníos en las gilipolleces, ya que en lo importante no sois capaces.»

11 de junio de 2006

Todo es literatura


Los rumanos están muy indignados con que cada vez que alguien menciona su país sea para referirse a vampiros, demonios o lugares siniestros. Y, de hecho, no les falta razón: Transilvania es una región idílica, tan tenebrosa como pueda serlo el escenario de Heidi, poblada por hospitalarias gentes. Bram Stoker, el creador de Drácula, jamás estuvo allí. Tiene mérito, porque de la región dijo en su célebre novela más o menos lo mismo que os acabo de decir yo después de dos días de pasear entre coníferas. Para crear a Drácula, Stoker se basó en la figura de Vlad Tepes, un príncipe del siglo XIV que luchó por la independencia de Transilvania. Para los transilvanos es todo un héroe, pese a su fama de sanguinario. Aunque la Edad Media no fue precisamente una época propicia para el respeto de los derechos humanos. En rumano, Tepes significa "el empalador", un sobrenombre que el gobernante se ganó merced a su gusto por empalar a sus enemigos. La leyenda dice que llegó a empalar 40.000 en un solo día (la población total del país por aquel entonces era de 500.000 habitantes) y también que gustaba de cenar entre los empalados, mientras los escuchaba agonizar. Stoker supo de Vlad Tepes en la Biblioteca del Museo Británico de Londres y desde allí inventó a su conde vampiro. Qué cosas tiene la literatura.
Pues bien. En Rumanía pueden visitarse algunos de los monumentos relacionados con Vlad Tepes, entre ellos su casa natal en Sighisoara. Sin embargo, hay una fortaleza defensiva del siglo XIV a la que todos los años acuden miles de turistas y que se vende como "el castillo real de Drácula" y que no es sino un engaño. Está en Bran, una pequeña población a unos 140 kilómetros de Bucarest. El castillo reviste cierto interés y alberga una colección de muebles antiguos, pero la única relación que guarda con Vlad Tepes es que probablemente -ni siquiera es seguro- estuvo aquí preso alguna vez. Durante toda la visita al lugar no encuentra el viajero ni una sola referencia a Vlad Tepes o a Drácula. Es, simplemente, un engaño pensado para atraer turisas y dar de comer a las muchas familias que se dedican a la venta de recuerdos en la plazuela de acceso al castillo.
Con todo, la visita al lugar no está mal. Se puede disfrutar de lugares como el de la fotografía, por ejemplo, a la que debería poder añadirse el silencio, los trinos de pájaros y el murmullo de las aguas del original.

1 de abril de 2006

Los libros viajeros


Cuenta Nabokov en sus memorias que en la casa de sus padres cerca de San Petersburgo había una enorme biblioteca. Su padre, un aristócrata ruso a la antigua usanza, trataba a los libros, identificados con su ex-libris, como si fueran criaturas vivas. Con la llegada de la Revolución de Octubre, la familia tuvo que huir. Primero se instalaron en el sur, luego abandonaron el país para simpre. Algún destino europeo —París, donde conoció a Vera, la que sería su esposa, ayudante y musa— y luego Estados Unidos, que el autor convirtió en su segunda patria, también literaria, puesto que llegó a escribir en inglés. El destino de aquella fabulosa biblioteca paterna inquietó al joven Vladimir, como lo haría el resto de su vida.
Hay muchas bibliotecas viajeras sólo en Rusia: bibliotecas perdidas y recuperadas, bibliotecas vendidas por partes o completas, que otro autor compró. Alexandr Blok tuvo que malvender sus libros para no morir de hambre mientras la ausencia de carburante y el frío le impedían escribir: la tinta se le helaba en el tintero, qué impresionante. Turguéniev compró la biblioteca de Belinsky poco antes de ser desterrado. ¿Dónde terminarían aquellos libros? A mí también me inquietan este tipo de preguntas, que no hace mucho se formulaba un visitante de este sitio. Si no me inquietaran como lo hacen no sentiría, cada vez que compro un libro antiguo, que lo estoy rescatando de una muerte segura, que lo estoy adoptando. Y tampoco habría terminado El anillo de Irina con una historia de libros viajeros, perdidos y encontrados.
Pero terminemos la historia de Nabokov. Cuenta el autor cómo, muchos años después de su huida de Rusia, encontró libros con el ex-libris de su padre en la Biblioteca Pública de Nueva York, mientras buscaba bibliografía para alguna documentáción. Acarició el ejemplar, lo olió, lo recordó y lo dejó en su lugar. Sólo el libro sabría, como diría Guillén (Nicolás), qué largo camino anduvo para llegar hasta allí.
Por cierto, hay pocas cosas más tristes que un escritor obligado a malvender su biblioteca. Estos días, me anda rondando un cuento con ese asunto. Cuando deje de viajar y cuando termine mis compromisos, lo escribiré.
Este primer sábado de abril me parece un día idoneo para salir a buscar libros que merecen ser rescatados.

20 de febrero de 2006

Jamais: una estafa


En abril de 1998, cuando todavía me presentaba a cualquier concurso de cuentos dotado con cien mil pesetillas, tomé parte en un supuesto concurso organizado por la entonces recién lanzada Editorial Jamais. No gané, lo cual solía ocurrir, pero al cabo de unas pocas semanas recibí una extraña carta, a la que se adjuntaba un contrato de edición. Santiago Rojas, director de Jamais, firmaba la carta, donde me decía que habían contado los caracteres de mi cuento y que si pagaba la módica cantidad de 18.000 pesetas sería publicado en una recopilación de los finalistas del concurso que se llamaría 100 relatos geniales. Todo aquello tenía un inquietante tufillo a desvergüenza que me alentó a la hora de escribir al tal Santiago Rojas una carta en términos muy contundentes (yo entonces no era inédita y, por supuesto, tampoco gilipollas). Entre otras cosas, le decía así:
Convocar un concurso literario sin la intención de llevarlo a cabo en realidad y sólo como reclamo comercial es un fraude. Su método es, no sólo poco sutil, también de muy mal gusto. Le sugiero que si desea llevar a cabo su abnominable cometido cambie de estrategia o nadie que valga la pena le hará ningún caso. Que pagar por publicar es una alienación a la que ningún autor debería prestarse y que sólo el desconocimiento, la excesiva ingenuidad o la falta más absoluta de calidad literaria nutren empresas como la de ustedes.
Cuatro días más tarde, el 24 de abril de 1998, el director de Editorial Jamais contestó a mi carta en estos términos:
Le engañaría si no confesara que su carta me ha resultado brutal, además de un punto injusta. (...) Lamento que haya encajado la selección de su relato para dicho libro como una tragedia y no como una buena noticia. Le aseguro que esta forma de hacer las cosas va a permitir que muchos autores noveles de España y aun del exterior puedan ver su obra publicada y puedan iniciar una carrera literaria. No debe olvidar que todas las personas que escriben no tienen una actitud tan inamovible como usted a la hora de hallar el sistema de edición que le haga posible ver su obra publicada.
Hasta hace un par de semanas no ha tenido lugar el desenlace de aquella vieja historia. En un artículo sobre autoedición y edición suvbencionada que publicó El Cultural, se hablaba en estos términos de:
EL CASO JAMAIS
Desde hace cuatro años medio centenar de autores de España e Hispanoamérica se enfrentan en los tribunales a Santiago Rojas, de la editorial sevillana Jamais, aunque cientos no quieren dar la cara por vergüenza. Al parecer, Rojas ofrecía en internet y en revistas la publicación de libros a precios competitivos, garantizando la distribución y la promoción periodística. «Después –explica una de las víctimas– te prometía que eres el próximo Coelho, y te pedía que fueses su socia. El paso siguiente era la firma de un contrato estándar: 5000 copias, distribución nacional, presentación con grandes personalidades del mundo de las letras... A partir del cobro todo eran excusas». «Hace cuatro años –afirma Antonio González– firmé un contrato de publicación de un poemario del que guardo copia y justificaciones de ingreso a favor de Rojas de unas 400.000 ptas. El contrato establecía un plazo máximo de publicación de año y medio. A fecha de hoy tengo sólo un contrato, medio millón menos, y pocas ganas de publicar».
Os recomiendo, después de saber la verdad, volver a leer las palabras del editor quien, según un artículo de Diario de Sevilla, también le debe un buen dinero a los impresores y, por supuesto, está ilocalizable. Lo dicho: un tufo a cosa mal hecha...

9 de febrero de 2006

Margaret Atwood 15 años después

El 24 de septiembre de 1990 entrevisté a la escritora canadiense Margaret Atwood para el Diari de Barcelona, del que entonces era redactora. Hace un par de noches terminé un librito de conferencias —¿por qué se empeñarán en llamarlas «ensayos» en el prólogo?— que acaba de publicar Lumen bajo el horrísono título de la primera de ellas, La maldición de Eva (y ni eso, porque esa primera se llama La maldición de Eva o lo que aprendí en el colegio, que es algo mejor). En ese libro, Atwood habla del oficio de escribir, dedica unas pocas páginas a dos de sus progenitores literarios —Orwell y Woolf—, se ríe de sí misma con sentido deportivo y lo estropea al final dirigiendo una carta lamentable a América (el editor debería haber arrancado esas ¿3? ¿4 hojas?; y ya de paso también el prólogo de Mercedes Monmany). No es un libro imprescindible, pero sí interesante.
Entre la lectura de estas conferencias y aquella entrevista han transcurrido 15 años. Recuerdo que en aquella ocasión comparecí donde me había citado su editorial de entonces —y que hoy es la mía—, Ediciones B: el Hotel Calderón, en la Rambla de Cataluña, de Barcelona. La recuerdo envarada y antipática. No me cayó nada bien. Aunque pensé que escribir valía la pena si te transformaba en alguien tan borde, tan capaz de mirar a alguien como yo como al mosquito que se posa en su antebrazo.
Esta mañana, cuando buscaba la entrevista publicada (esta que veis, pero que por fortuna no podéis leer) lo he comprendido todo. Horror: ¡le pregunté qué era la literatura femenina y si la practicaba!, si se sentía distinta por ser mujer y escritora, si le daba miedo la página en blanco e incluso por qué vivía en Toronto (imagino que para mí, que tenía 20 añitos en aquel momento, vivir en Toronto era el colmo del exotismo).
En La maldición de Eva se refiere con mucha gracia a este tipo de preguntas imbéciles formuladas por periodistas que o bien no han leído el libro o bien lo han leído y no han entendido gran cosa (yo pertenecía al segundo grupo porque, desde luego, a voluntariosa y trabajadora no me ganaba nadie) y habla también del tedio de repetirse y de repetir mil veces lo mismo ante interrogadores recién salidos del parvulario que ni siquiera se toman la molestia de grabar la conversación para luego no tener que escucharla, y aparecen en la temible compañía de su cuaderno y su boli bic, ah, cuánta bisoñez.
Para colmo de males, el fotógrafo que me acompañaba le pidió eso tan horrible con que los fotógrafos castigan a los escritores: «¿Podrias sostener tus libros? Que parezca natural.» Es como si pudiera oírle, y eso que no estuve presente en la sesión de fotos, pero sólo hay que ver la cara de Atwood en la imagen que acompaña la entrevista para entender lo harta que estaba de todos nosotros. Claro: ¡Nunca se parece natural sosteniendo uno de tus libros, qué memez!
Nunca podrá imaginar Margaret Atwood lo bien que la he comprendido, 15 años después, al leerla de nuevo. Ahora que jamás hablo con nadie de la prensa sin grabadora o correo electrónico de por medio. Ahora que, irremediablemente, camino hacia esa suficiencia que da tener 50 años, dejar que te entreviste una niña de 20 y te pregunte por qué vives en Toronto.

Y para dejaros algo de sus palabras, un fragmento sobre el oficio de escribir que me parece lleno de verdad:
Está la página en blanco. Está la historia que quiere dominarte y está tu resistencia a que eso suceda. Está tu deseo de liberarte de aquello, de esa servidumbre, hacer novillos, hacer cualquier cualquier cosa. Hacer la colada, ver una película. Están las palabras con sus inercias, sus matices, sus insuficiencias y su grandeza. Están los riesgos que corres y la serenidad que pierdes, y la ayuda que te llega cuando menos lo esperas. Está la revisión minuciosa, las tachaduras, las páginas arrugadas que inundan el suelo de papeles para tirar. Está la frase que sabes que vas a conservar. Al día sifguiente la página en blanco. Te entregas a ella como una sonámbula. Algo te empuja, que luego no puedes recordar. Miras lo que has escrito. Es inútil. Empiezas de nuevo. Nunca es fácil.

28 de enero de 2006

Pasarse al enemigo (y 2)


Quiero reivindicar la indignación. Los colegas críticos con quienes algo comparto le hincan el diente a los premios Nadal, se despachan a gusto con el Planeta, tratan con Faulkner, con Nabokov o le buscan las muelas cariadas a Wislawa Szymborska o a cualquiera que se ponga por delante. Yo, aunque de vez en cuando me permito tales caprichos —casi siempre fuera de mi suplemento— soy como una abeja obrera de la crítica literaria, la que hace el trabajo sucio: en la actualidad, leo a todos los aspirantes, aprendices, advenedizos, descubridores de América e inventores de la pólvora que han publicado algo en cualquier parte, ya sea un sello del grupo Planeta, el más selecto editor independiente o la diputación de Albacete. Dedico gran parte de mi tiempo a descartar aspirantes a escritor por la sencilla razón de que todos no caben en la columna semanal de que, con suerte, dispongo. Les concedo cuarenta páginas para que me convenzan que debo escribir sobre ellos, que debo perder mi tiempo —o enriquecerlo— en terminar su novela o su libro de relatos. Pocos me convencen. Cuando lo hacen, es un verdadero regalo: el placer de llegar la primera, de descubrir. Sobra aclarar que tal felicidad se da muy pocas veces. El resto sólo logra indignarme. Me indignan los bastardos de Cela y de Umbral que crecen por ahí como zarzas en el campo —lo dice Roberto Bolaño—; no soporto a los militantes de cualquier causa, a los que se empeñan en contar su enfermedad, o los cuernos que pusieron o sufrieron; a las chicas pasmadas que escriben sobre chicas que menstruan mientras se espejan en generaciones pasadas y futuras de chicas tan pasmadas y menstruantes como ellas. Me indigna el estilo plano, como de manual de español para extranjeros, que descubro en demasiadas ocasiones. Me indigna la falta de cultura literaria que algunos creen poder suplir yendo al cine. Me indigna el famosillo o famosilla de turno metido a novelista, como si meterse a novelista fuera algo que se hace en el tiempo libre. Me indigna que quien no tenga nada que decir se empeñe en decir algo y siempre exista un editor dispuesto a publicarlo. Me indignan los falsos experimentos que no dicen nada, los supuestos inventores de lenguaje, los posmodernos. Me indignan los que creen que escribir bien es encadenar subordinadas y adjetivos y más subordinadas y más adjetivos en un ejercicio de campanudez sin precedentes (pero con seguidores). Me indignan las erratas, las contracubiertas cargadas de adjetivos que dejaron ahí con impudor los propios autores y las fichas biográficas repletas de datos innecesarios o ramplones —¡si yo les contara lo que ponen algunos en las solapas...!— y, por último, pese a que no suceda muy a menudo, me indigna que de vez en cuando me inviten a tener en cuenta la edad del autor, su condición de pobrecito inexperto o de amigo de éste o aquél con tal de aligerar la maldad de mis comentarios (cuando mis comentarios, ya lo habrán adivinado, son más comedidos que malvados). La última vez que esto pasó (y repito que pasa poco) la autora —la novela era malísima y la publicaba un importante sello comercial— tenía 32 años. Que a veces tienda a pensar demasiado en lo difícil que es freír un huevo no significa que no esté firmemente convencida de que 32 años son suficientes para haber aprendido a hacerlo con cierta solvencia. Podrán comprender que esta ristra de indignaciones son las del crítico que ya lleva catorce años leyendo por obligación. Esto que yo hago, lo pienso cada vez más, se parece mucho a la prostitución. Yo acabo leyendo a cualquiera la mayoría de las veces. Al primero que se me pone —o me ponen— por delante. Y lo hago por dinero, claro, porque si no, la mayoría de las veces, no lo haría. Sólo me queda añadir que con tanto motivo de indignación y tanta manía, la parte de mí que se declara sobre todas las cosas escritora no lo tiene nada fácil cuando se propone freír su huevo. El primero, por cierto, lo freí con 25 años y me salió bastante mal. Y, como debía suceder, no faltaron críticos apresurados, más jóvenes que yo y también más inexpertos, que se encargaron de decírmelo con las palabras más brutales de que fueron capaces. Y que más tarde —esa satisfacción sí la tuve— me pidieron disculpas retroactivas porque acababan de publicar su primera novela y les interesaba mucho limar asperezas. Ay, amigos, amigas, qué hermoso es el arrepentimiento.

27 de enero de 2006

Pasarse al enemigo (1)


"Un crítico es un poco como un soldado que dispara contra su regimiento, o que se pasa a su enemigo, el público" (Jules Renard)

Llegué al ejercicio de la crítica desde el periodismo y al periodismo desde la pasión por la escritura, y en ambos casos demasiado joven para saber lo que me estaba sucediendo ni comprender su verdadero alcance. Fui, en mis inicios hace 15 años un claro exponente de aquello que dijo Ricardo Senabre: «Hay demasiados críticos improvisados, formados a toda prisa y también abrumados por la urgencia de su tarea». No me duelen prendas al reconocer que, en mis inicios a los 20 años, yo fui una de esos críticos improvisados. No tenía el bagaje lector imprescindible para poder enfrentarme a la obra ajena con un mínimo de rigor, del mismo modo que puedo asegurar que suplía tanta inexperiencia y tanto temor a ponerme en evidencia —porque quienes escribimos cada semana para publicar estamos todo el tiempo poniéndonos en evidencia— con un exceso de celo y una infinita toma de molestias. Fue entonces, ya metida en la enorme piel de crítico que me dejé echar encima, cuando por sentido de la responsabilidad y del ridículo empecé a leer de verdad a los contemporáneos y a los que no lo eran tanto. La tarea de los clásicos, por fortuna, la traía hecha. Leyendo y esforzándome mucho más de lo que los directores de las revistas y periódicos para los que trabajaba podían sospechar me convertí en lo que soy ahora: una falsaria, creíble pero con limitaciones, que escribe crítica literaria en los papeles.
Alguien se preguntaba no hace mucho en el suplemento para el que trabajo si los jueces de la guía Michelin deben saber cómo se fríe un huevo. Exactamente ese, me digo, es mi problema cuando hago crítica: estoy demasiado preocupada en cómo se fríe el huevo para ser capaz de valorar si está en su punto, si cruje como debería o si la yema está líquida o cocida. En otras palabras: lo que a mí me va, lo que yo soy en realidad, es quien fríe el huevo. Lo otro, lo hago con mayor o menor solvencia, con toda la seriedad y serenidad de que soy capaz, pero eso es todo.
A menudo, lo he dicho muchas veces, me siento cuando hago crítica pasada al bando del enemigo. Circunstancia que se agrava con el hecho de estar especializada en un tipo de libros: los debús narrativos de autores que escriben en español. Y cuando amplío el cerco, en contadas ocasiones, me enfrento a los papás, los abuelos y hasta los molestos bisabuelos de mis queridos debutantes. Es decir, que casi todos, salvo rarezas, son autores vivos con quienes en cualquier momento puedo tropezar en una mesa redonda, en la entrega de un premio literario o hasta en el despacho de un editor. Una circunstancia molesta, ésta de ser juez y parte, evaluadora y colega, que intento sobrellevar con lo único que se tiene al alcance en estos casos: profesionalidad y la toma infinita de molestias que, según dijo Sherlock Holmes, es propia del genio. O del ingenio, añado.
Me consuela pensar que muchos ven con buenos ojos que el crítico sea también creador, valorando como positivo lo que yo acabo de denostar. No soy la única escritora en ejercicio en el bando enemigo, desde luego. No soy la única que ejerce la crítica a la vez que se somete de vez en cuando a ella. Sin embargo, sí soy uno de los críticos más imprudentes o más idiotas que conozco. La mayoría de mis colegas escritores metidos a críticos suelen escribir sobre libros de autores extranjeros, muertos o ambas cosas a la vez, lo cual les pone a salvo de ajustes de cuentas o desbarajustes en el patio de vecinos de la Galaxia Gutemberg. No es mi caso. A mí me siguen llegando cartas incendiarias y sigo sufriendo de vez en cuando las venganzas a escala de aquellos a quienes alguna vez afeé alguna novela. En fin. No es que me importe demasiado. Cuando un autor me envía unas letras en las que me llama gilipollas por no haber valorado/entendido su obra, yo le contesto de inmediato y le adjunto alguno de mis libros, acompañado de una nota en la que le invito al ojo por ojo. Hasta hoy, no he tenido noticia de que ninguno de ellos haya publicado por ahí un artículo que me descabece, lo cual prueba, entre otras cosas, que son mejores personas que yo.

9 de enero de 2006

José Ángel Buesa


Todos los lectores tenemos pasiones inexplicables. Una de las mías es José Ángel Buesa, un poeta cubano empeñado en ser Bécquer a principios del siglo XX cuya fama traspasó con creces las fronteras de su país natal. No fue original, ni rompedor, ni eso que ahora llaman «un inventor del lenguaje». Buesa no inventó nada y acaso sólo revalidó la cursilería. Naturalmente, yo nada sabía de eso mientras le descubría, en mi primera adolescencia. Ni siquiera sabía que murió mientras yo le leía con tanto entusiasmo (en 1982).
Nuestro primer encuentro fue en unos apergaminados libritos de una incierta colección de poesía de los años cincuenta que descubrí en la biblioteca paterna. Desde entonces intenté procurarme mi propia edición de aquellos versos. Me sobrecogió constatar que no existía, por lo menos en España. Tampoco en su país, cuando años más tarde rastreé algunas librerías de La Habana, las mismas de las que Buesa había desaparecido por antirrevolucionario, como si sus poemas no cantaran a la revolución mayor de todas: los sentimientos. En Internet encontré páginas de otros adictos. Por descontado, todas muy cursis (en alguna hasta suena de fondo un éxito de Alejandro Sanz).
Hasta que, no hace tanto, di con mi José Ángel Buesa en una librería, recién editado por Betania, la editorial madrileña que dirige Felipe Lázaro, exiliado, cubano y militante de la literatura. De modo que, a mis 35, mi adolescencia por fin pudo saldar esa deuda pendiente de tener mi edición de esos cursis, encendidos e irrepetibles versos. Estos días, en el rato incierto que va de la digestión al insomnio, me permito ser feliz en endecasílabos relamidos y obvias rimas consonantes.
Por si os apetece, ahí van un par de recomendaciones (ambas en Editorial Betania):
Nada llega tarde. Antología poética
Oasis
Y unas palabras de Buesa que subrayan lo dicho:
El único fallo inapelable contra un poema, es el olvido.