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24 de enero de 2012

El segundo antes de saltar al vacío

Suelo ponerme una fecha para comenzar la escritura de una novela. En esta ocasión, era el 25 de enero. Mañana. Un dia importante para mí. Sin embargo, esta noche tengo la certeza que no comenzaré ese día. No comenzaré a escribir propiamente, aunque tal vez cumpla con algunos rituales: crear el documento que albergará la novela, estampar el título, un par de citas, preparar el resto como hace el pintor con el lienzo, eligiendo el tipo y cuerpo de letra en que siempre trabajo (Trebuchet 12), seleccionando el modo "justificado" y el interlineado de 1,5. Luego, lo más probable es que cierre la sesión de trabajo y me dedique a otras cosas, que ya están muy previstas también.

Sé bien qué me ocurre. Los días antes de empezar la escritura, mariposeo mucho. Busco datos inútiles. Repaso mis notas. Me pregunto si algunos de los pilares de la historia no podrían ser otros. Me impaciento, me pongo nerviosa. En realidad, siento pánico. Ahora, vuelve a ocurrirme. Llevo unos diez meses leyendo sin parar, seleccionando temas, persiguiento respuestas difíciles. He disfrutado más que nunca mientras tramaba un nuevo argumento. Pero ahora que llega la hora de la verdad, me paralizo. ¿Y si lo estropeo al escribirlo?

De ese miedo, me temo, nacen todas mis novelas. Esta no va a ser una excepción.

A veces se lo he escuchado a otros escritores. La novela no escrita es perfecta, ideal. Da pavor no ser capaz de hacer algo que se le parezca ni que sea un poco.

De modo que aquí estoy, veinticuatro, tal vez cuarenta y ocho horas de escribir la primera línea de una nueva cosa, filosofando en el blog.

* La imagen: mis sempiternas acompañantes de la escritura, esperándome: Las Suites para Cello Solo de Bach.

25 de noviembre de 2011

Errática escritura con conciencia



Comienzo a escribir pensando: No tengo ni idea de lo que voy a escribir. Deberías no escribir, entonces, dice mi conciencia. Sí, cierto. Pero la conciencia, ese mono iquieto, recuerda: ¿Cuánto hace que tienes descuidado el blog? Demasiado tiempo. Entonces, escribiré. Tú misma, dicta la conciencia. Y así, espalda contra espalda con tu vocecilla interior, compareces donde te espera el mundo entero y nadie al mismo tiempo.

Te dices: un poema, una de esas confesiones personales, una cita de altura, una recurrencia de las habituales (ya sabéis: escribir, librerías, los temas de siempre...). 
No. Qué pereza, repetirme. Mi conciencia: Ya, ahora pretenderás ser original, ¿no? Yo: Sólo quiero divertirme escribiendo algo en el blog. Al fin y al cabo, para eso escribo el blog, ¿no? Para divertirme. Debo de ser la única loca del mundo que se divierte haciendo lo mismo que hace 8 horas todos los días.
Bueno, entonces hagamos algo divertido. Una lista. ¿No te gustan las listas?
Eso es.

LISTA DE COSAS SORPRENDENTES 
QUE ME HAN PASADO EN LAS
ÚLTIMAS DOS SEMANAS:

-Un señor engominado visitó mi piso y sonrió 
al ver los libros, complacido de que me guste tanto leer.
-Un vendedor de libros del otro lado del planeta
alabó mi buen gusto.
-Pujé en la subasta de un objeto que no deseo.
-Le puse tareas a un Premio Cervantes.
-Fijé, por fin, el día en que dejaré de ser miope.
-Supe que antes de tener cuatro puntas, 
el tenedor tuvo dos y también seis.
-Hice una foto a mi sombra en movimiento. **
-Llegó (por correo certificado) un libro tan hermoso
que me disparó los latidos del corazón.
-Le expliqué a un neoyorquino que me escuchaba
muy interesado quién fue Amadeo de Saboya.
-Grabé un anuncio para anunciar los mercados de mi ciudad.
-Le expliqué a una desconsolada criatura de 8 años
por qué es mejor no tener tetas hasta más adelante.
-Descubrí dos lepismas erráticos en el parqué de mi salón *.

El post está escrito, ya puedes dejar de sentirte mal y dedicarte a todas esas cosas vulgares que tienes apuntadas en la agenda. 
¿Has comprendido ya por qué el tiempo a veces se estira hasta el infinito y otras veces se acartona y se quiebra en cuanto intentas manipularlo? Tranquila: yo tampoco.
Pero hoy el tiempo te ha dado para todo. Hasta para el blog. Mañana será otro día, navegantes.
Y la conciencia, satisfecha, se retira a sus aposentos.

* He aquí el verdadero tema, dice mi conciencia. De eso deberías haber hablado: de lepismas y de su influencia en tu vida última. No me dirás que no te da para una entrada. Bueno, respondo, tendrá que ser en los próximos días. Sea, pues.

** Como la imagen de hoy demuestra.

25 de marzo de 2008

Creo que una de las claves de escribir para jóvenes es tener buena memoria. La suficiente para recordar cómo era tu vida realmente durante la adolescencia, a qué te enfrentabas, qué cosas te hacían sentir la persona más desgraciada del mundo, en qué luchas andabas inmersa. Mi mayor guerra durante esos años fue la conquista de mi propia libertad. Palmo a palmo, centímetro a centímetro. Por eso hay motos en este cuento, y por eso hay deseo de libertad: porque tengo buena memoria.
Pero hay más. Siempre hay más.
Suelo escribir de amistad porque creo en ella profundamente. Los amigos quedan cuando cosas que parecían más sólidas se desmoronan. Los amigos siempre te salvan de algo. Es una suerte tener dos, tres, cuatro buenos amigos. Me considero, en ese y otro aspecto, una persona enormemente afortunada. Me acusan de tomar partido a favor de los adolescentes, cuando escribo. Tienen razón. No sé muy bien por qué lo hago. Porque me gustan. Porque les comprendo. Porque en el fondo soy como ellos: una locuela que no termina de madurar. Alguien a quien le molestan las normas que tratan de imponerle. O un poco de todo.



La imagen, de Lovets Dreams

21 de marzo de 2008

Consideraciones acerca del arte del lameculos

Una vez me pidieron que telefoneara a una editora, vieja conocida mía, para pedirle su voto favorable en un jurado del que ella formaba parte y en el que se valoraban 5 novelas, una de las cuales era mía. Se trataba sólo de hacer una llamadita, hablar un poco del tiempo, del bien y del mal, comentar cuatro de las gracias infalibles de mis hijos, y luego sacar el tema, como quien no quiere la cosa... y preguntarle por el jurado, acercar el asunto a mi intención, y finalmente formular la petición, entre risas... No iba a quedar constancia alguna de esta conversación (qué vergüenza, dejar a la posteridad noticia de tus agasajos interesados), y a mí podía reportarme un beneficio: el premio al que optaba.

Mientras meditaba la petición (que venía de una persona cercana, conocedora y a quien me convenía hacer caso) elaboré una lista de consideraciones acerca de la cuestión:

1. Un premio no importa si no te lo dan por tus méritos literarios. Debe de ser muy amargo un premio que has conseguido con llamaditas (para mí lo sería, por lo menos).

2. Un premio a la mejor lameculos no me interesa en absoluto. Además, no sería justo: hay otros en los que concurren muchos más méritos.

3. La editora en cuestión me merece mucho respeto como profesional. Me hubiera parecido que la estaba insultando si hubiera tratado de condicionar su opinión.

4. Por romántico que parezca, creo que debe ganar el mejor. Por eso intento ser la mejor.

5. Por romántico que siga pareciendo, respeto demasiado la Literatura. Quiero que los premios los ganen buenos libros. Por eso intento escribirlos (seguro que no siempre lo consigo).

6. Cuando formo parte de jurados (de tarde en tarde) no soporto que alguien me llame para hacerse el simpático. Siempre pienso: «Pues si que se sabe mal escritor cuando necesita recurrir a méritos extraliterarios...».

7. Me da cada vez más pereza llamar por teléfono. Incluso mi madre se queja de que no la llamo. Me imagino que una conversación como esa me dejaría agotada.

8. Si tuviera que optar por un método extra-literario, sin duda elegiría el soborno. Tengo un conocido que comercializa jamones de Guijuelo y seguro que me echaría un cable. Mandar un jamón a los miembros del jurado también es insultarles, pero es mucho más alimenticio.

9. Si me otorgaran alguna vez un premio por un método extraño, pediría al editor que figurara en los créditos: Un jurado compuesto por tal y cual y otrotal y otrocual decidió por unanimidad otorgar a esta novela el Premio Talytal después de los suculemtos jamones que su autora tuvo a bien remitirles.

10. Qué coño, puestos a escoger, preferiría acostarme con los miembros del jurado. Aunque, claro, no todos serían suculentos como jamones de Guijuelo y, finalmente, tampoco me darían el premio.

P.S. Debo terminar diciendo que en la referida ocasión, no llamé a la editora. A pesar de ello, gané el premio.

En la imagen: estados de ánimo del que espera el veredicto de un jurado cualquiera.

28 de febrero de 2008

Bitácoras de ayer y hoy

Una pregunta que mis amigos me formulan recientemente:
—¿Cómo encuentras tiempo para escribir en el blog todos los días?

Fácil. El blog es el único lugar donde no soy escritora profesional. Por eso me gusta tanto.

Comencé a escribir un diario a los 8 años, el 22 de octubre de 1978. Acabo de caer en que en este 2008 se van a cumplir 30 años de aquella fecha, y la verdad es que no sé si alegrarme o echarme a llorar por el hecho de llevar 30 años escribiendo. Durante toda mi vida he escrito diario tras diario: tres cajas llenas de cuadernos que repasan de un modo engorrosamente verídico mi biografía. Hasta que me cansé de mí misma, a los treintaypocos, y dejé de escribir diarios. Luego llegó el blog, y descubrí que se parecía bstante a un diario, pero con algunas ventajas: el hecho de teneros ahí, al otro lado de la pantalla, es la más grande.

Conclusiones:
1) Admiro profundamente a los escritores de diarios buenos y constantes, como Andrés Trapiello o José Luis García Martín. Ellos son lo que yo no sé ser.

2) El blog me permite ejercitar la faceta que tengo más olvidada de mí misma. Es la misma razón por la que en la facultad, en época de exámenes, me imponía unos deberes diarios de dos páginas de escritura. Dos páginas de mi diario, por supuesto.
Daba igual de qué escribiera. Lo importante era escribir. Ahora hago lo mismo en las temporadas de más compromisos, pero aquí.
La vida es (deliciosamente) cíclica.

En la imagen: De Drakealone en Flickr

25 de febrero de 2008

Detesto las descripciones en literatura. Me parecen innecesarias, casi siempre carentes de imaginación, pasadas de moda, homicidas del ritmo del relato y muchas cosas más (todas malas). Procuro evitarlas cuando escribo y pensar en mis cosas mientras me toca leerlas. Me gustaría tener un amigo que se sentara en mi sofá con la desenvoltura del que está en su casa, me mirara a los ojos y me dijera: «Voy a ponerte a prueba: ya sé que has dicho mil veces que detestas las descripciones, por eso ha llegado la hora de que aprendas a utilizarlas y a valorarlas.» Y a continuación me obligara a escribir un relato donde la acción tuviera que avanzar sólo a base de descripciones. Puedo imaginar lo complicado que me resultaría cumplir su mandato, cuánto llegaría a maldecirle por tener que mantener ese cuerpo a cuerpo con la mayor de mis manías como escritora; y también lo gratificante que podría llegar a ser la experiencia, cuántas cosas podría llegar a aprender de mí misma, del oficio de escribir y del de envejecer a base de convertirme en una maniática.
Por supuesto, para algo así haría falta contar con un mandatario exigente, crítico y perverso. Alguien que se tomara las reglas del juego —de todos los juegos, del de la vida, del suyo propio, del mío— muy en serio. Alguien que disfrutara inventando normas aún por estrenar allí donde las de siempre parecen comenzar a desgastarse. Alguien imperturbable, cruel, casi vengativo. Juguetón por encima de todas las cosas. Decididamente, creo que ninguno de mis amigos es así. Es una lástima, porque trabajo bien bajo presión.

La imagen de hoy: de Martalona, en flickr

5 de diciembre de 2007

Verdi también: un dato

Entre 1844 y 1851, Giuseppe Verdi compuso 17 óperas, incluídas Giovanna d'Arco, Macbeth , Rigoletto o Ernani. A ese período de su vida le llamó «Los años de galeras».

19 de octubre de 2007

Non oro et laboro


Me gustan los lugares de culto. No sólo los católicos. Uno de los recuedos más especiales que guardo de mi visita a Estambul, hará unos 7 u 8 años, es el haber asistido a la plegaria del viernes en la zona destinada a mujeres de la Mezquita Azul. No sólo encontré un lugar cálido que invitaba a quedarse mucho tiempo, sino un grupo de creyentes que, pensando que yo era nueva en la religión verdadera, tuvieron la amabilidad de enseñarme cómo debía comportarme, qué posuras y qué palabras debía elegir en cada momento, con paciencia y dulzura inusitadas.
Por la misma razón, me gustan los monasterios. Son lugares de meditación, de recogimiento, de soledad, de silencio... todos ellos son beneficiosos para la literatura, tanto como escasos en mi día a día, por lo menos en este momento de mi existencia. Además, los religiosos que están al cargo de las hospederías de todos los monasterios que he conocido son gente encantadora que pone todo lo que esté en su mano para facilitarte la tarea.
Cuando me retiro a escribir a un monasterio me autoimpongo una rutina de trabajo en la tradición del lugar: me levanto todos los días a las seis o seis y media, desayuno, trabjo hasta la una o la una y media. Doy un paseo (los entornos suelen merecer la pena), si puedo leo el periódico. Luego, vuelvo a escribir de tres de la tarde hasta la hora de cenar y nunca más tarde de las ocho y media. Me acuesto a las diez, como muy tarde. A veces no me quedan ni fuerzas para leer.
¿Verdad que no es extraño que le caiga bien a las esforzadas monjitas? Me miran con un orgullo maternal...
Como sabéis, navegantes, la semana pasada estuve de "retiro espiritual" (no os asustéis, mi apostasía sigue ahí, igual que mi respeto). En esta ocasión, elegí Montserrat. Uno de los días fui a escuchar a los niños cantores de la escolanía, que ofrecen a diario dos "funciones" en una iglesia atiborrada de creyentes y turistas (a partes iguales). Antes de que empezaran a cantar el Virolai, un monje nos saludó en seis idiomas y nos deseó a todos los presentes que "en esta montaña santa hayáis encontrado todo cuanto habéis venido a buscar".
El buen hombre debía de referirse a Dios, pero conmigo acertó de pleno: encontré tranquilidad para construir un argumento que se me resistía y silencio para escribirlo. Ahora sólo cuento las horas que faltan para volver a mi vida monástica (que son pocas). Con un poco de suerte, en dos escapadas más terminaré la novela que, por cierto (para los más curiosos) se llama Dos Lunas y será publicada por el sello juvenil de Mondadori (Montena) dentro de un año, más o menos.

15 de octubre de 2007

No, no he ido a Frankfurt

La pregunta que más he respondido en los últimos días: ¿No has ido a Fankfurt?
Algunas variantes a las que también he respondido: ¿Cómo es que no has ido a Frankfurt? / ¿Estás en Frankfurt, verdad? (Después de saludar por el móvil).
Pues no. No he estado en Frankfurt. He estado retirada del mundo, escribiendo. Literalmente.
No he ido a Frankfurt, pues. He seguido de cerca el asunto, a través de las magníficas crónicas en la prensa de Eva Piquer y de Ada Castells (Avui); he leído el discurso (o mejor anti-discurso) de Quim Monzó, que no me gustó nada y que todos alabaron hasta la saciedad, en versión íntegra (La Vanguardia) y he visto también íntegro el espectáculo inaugural dirigido por Joan Ollé en el que se juntó la flor y nata de los actores, músicos y bailarines catalanes, para deleite del 75% de público catalán (Eva Piquer dixit) que abarrotaba la platea. Como a todo catalán que se precie, se me pusieron los pelos de punta al escuchar a Mayte Martín cantar Paraules d'amor, de Serrat y a Rosa Novell leer a Gil de Biedma. Incluso me emocioné con el fragmento de Terra Baixa en boca de Anna Lizaran y al ver a Cesc Gelabert bailando con ese estilo tan volátil una sardana-fusión. Y con Sisa no batí palmas porque estaba sola y su actuación me pilló ya muy cansada...
Al final, me sale presencia catalana en Frankfurt por las orejas, como a todo el que esta semana pasada haya estado atento a los medios de comunicación catalanes, pero celebro que haya ocurrido lo que era de esperar: que pese al revuelo idiota de los anticatalanistas de siempre y a los lugares comunes de los políticos, la cultura en catalán haya sido expuesta en el escaparate internacional que se merece. Como dice Emili Teixidor en "La lectura i la vida" (Columna, 2007): «Hay lenguas minoritarias, pero no literaturas minoritarias».
La cuestión candente: por qué no he ido a Frankfurt. Podría haberlo hecho, como todos los años, a instancias de alguna editorial de las varias con que publico. Pero ocurre que Frankfurt me da miedo. En general, me abruma cualquier feria grande dedicada al mundo de los libros. Guadalajara la soporto porque acostumbro a ver a muchos amigos latinoamericanos cada vez que voy. Creo que cualquier alma sensible que se dedique a esto de escribir se siente fatal ante tal acumulación de letra impresa. A mí, por lo menos, tal superaundancia me marea, me angustia. Estoy segura que si fuera a Frankfurt, a mi regreso no sería capaz de escribir ni una línea hasta, por lo menos, seis meses después.
Pero el principal motivo de este año es otro. Ése era el motivo de todos los años. Yo escribo en castellano. Es una frase puntualizable, claro: me traduzco al catalán yo misma (o debería decir "me reescribo" al catalán), que es mi lengua (tanto como la otra). También de vez en cuando -muy de vez en cuando- escribo algo en catalán "directamente". Muy de tarde en tarde por la sencilla razón de que opino que no se puede hacer todo bien; que mi paleta en castellano es mayor y que para hacer algo mal es mejor no hacer nada (resumiendo mucho). En mi calidad de autora que escribo en castellano, cada año he estado y estaré representada en Frankfurt. No ocurre lo mismo con aquellos que escriben en catalán, una lengua minoritaria que merece todos los escaparates y todos los apoyos. Si uno solo de los escritores catalanes que escribimos en castellano hubiéramos ido a Frankfurt invitados por la organización del cotarro, le habríamos estado robando la oportunidad de darse a conocer a lo bestia a uno de nuestros colegas que escriben en catalán. Por eso me siento muy satisfecha, y hasta orgullosa, de no haber ido. Y muy orgullosa de lo que Catalunya ha mostrado en Alemania. Un poderío real, abrumador.
El problema, como siempre, es de las palabras que nombran las cosas. No era "cultura catalana" sino "cultura en catalán" lo que debería haberse ofrecido desde la organización. Lo demás, se sobreentiende.
Así que no, amigos, ne he ido a Frankfurt, pero he estado allí. En cada una de las palabras de los autores catalanes. En cada uno de sus éxitos.

14 de septiembre de 2007

Vero, verosímil


En el siglo IV antes de Cristo, el navegante griego Piteas salió de Massilia (la actual Marsella) en un barco de remos, atravesó el estrecho de Gibraltar, navegó a través del océano Atlántico hasta las islas británicas, que rebasó, y se adentró en el Mar del Norte, al que llamó «el Océano Helado». Fue el primero en describir la costa atlántica de Europa, las islas británicas y la isla llamada Última Thule, comúnmente aceptada como Islandia, aunque también hay quien dice que podría tratarse de Groenlandia. Al regresar, como no podía ser menos, Piteas narró su extraordinaria aventura en un libro que tituló En el océano, cuyo último ejemplar se destruyó en el incendio de la biblioteca de Alejandría. Ninguno de sus conciudadanos tomó en serio la narración del navegante pionero aunque, paradójicamente, su narración ha llegado hasta nosotros a través de las referencias de otros, como Polibio, Estrabón o Plinio el Viejo, la mayoría de los cuales jamás le tomó en serio.

Un par de siglos más tarde, otro escritor en lengua griega, aunque nacido en Siria, llamado Luciano de Samosata, narró una supuestamente verídica excursión selenita en una hilarante historia llamada Viaje a la Luna, donde se cuenta que en nuestro satélite habita una civilización más avanzada que lleva ojos de quita y pon y que es capaz de hilar el vidrio y el acero como si fueran seda. También se narra la guerra entre el emperador del sol y el de la luna, en lo que se ha dado en considerar la primera obra de ficción científica de la historia de la literatura, que muchos de sus contemporáneos receptores tomó como cierta.

Verdad no es verosimilitud. Lo vero es un lastre. Lo verosímil, un trabajo. A veces lo verdadero es completamente inverosímil. El arte del contador de historias es el de ser verosímil, no veraz.
Qué lástima por Piteas, dijo ella, aplaudiendo con entusiasmo a Luciano.

12 de septiembre de 2007

SBI


Últimamente padezco el Síndrome de Bloqueo Inicial (SBI). Hasta hoy me tenía muy preocupada (otra vez: esto es cíclico) y si hoy me atrevo a hablar de él es porque acabo de superarlo. Siento cuando ocurre. Hay un "click" que suena en mi cerebro —lo oigo— y, de inmediato, lo veo todo claro. El principio, el lío y el desenlace de la novela en la que estoy trabajando. Las ideas se alinean como si todo fuera fácil. Hasta ese momento, lo que había mantenido con las ideas era un combate cuerpo a cuerpo.

Desconozco si hay más escritores a quienes les afecte el SBI. El síndrome consiste es ser incapaz de ordenar mínimamente la información que quieres manejar para cuajar con ella una mayonesa de palabras que llenen las primeras 30 páginas de una historia.
Nunca comienzo a escribir sin saber qué pretendo contar, de modo que el problema no es el contenido, sino la forma que hay que darle. El problema es si empiezo por un reclamo al lector, por un anzuelo, una pequeña dosis de provocación o por una descripción menos agresiva y más insípida; si el protagonista debe aparecer por primera vez caminando por su propio pie o si algún secundario debe nombrarle a la vez que cuenta de él detalles que luego resulten fundamentales.

No hace tanto, tal vez tres meses, me enredé durante semanas —sí, sí, semanas— en una escena en la cual un chaval groenlandés debía levantarse de la cama, mirar por la ventana, ver que su hermano mayor pretende largarse sin él y salir en su busca a través de la nieve y la oscuridad de una noche boreal. Parece sencillo, pero el muchacho parecía muy reacio a abandonar su litera (la de arriba) y pasó un día tras otro saliendo y entrando de la cama, calzándose botas de nieve (y de foca, y de montaña, y descansos), cogiendo un puñal (que enseguida sustituí por una linterna, porque la novela es pala niños), poniéndose calcetines de lana (y de algodón, y de gore-tex), peinándose (detalle inútil: mejor dejarle despeinado), pensando mucho (mis personajes tienen ese grave defecto, al revés de lo que me ocurre a mí: piensan mucho, piensan todo el rato), recordando cosas que no venían al caso y demorándose muchísimo en algo que debía ser mucho más sencillo. Finalmente, un día ocurrió el "click", el chaval bajó de la cama de un salto, se puso sus botas y su anorak y se echó a la noche helada en un periquete. No volví a encallarme y en un mes la novela estaba terminada (85 páginas). Es lamentable: tardé más en conseguir que el chico bajara de la cama que en hacer que le ocurriera todo lo demás (que es mucho, por cierto).

No sé si tendrá algo que ver el silencio que de pronto reinaba hoy en mi casa (San Vuelta al Cole bendito), pero el caso es que a eso de las diez ha sonado el «click». Desde principios de julio estaba intentando resolver dos escenas: la primera, que narra una matanza, estaba más o menos redactada. Pero cada vez que la leía me parecía horrorosa. Arreglándola se me iba toda la jornada. Al día siguiente volvía a leerla y volvía a rehacerla... durante todo el día. Y así ha sido durante julio, agosto y lo que llevamos de septiembre, tiempo en que la maldita escena me ha atrapado como si fuera una selva frondosa.
En momentos de tedio, he logrado escribir unas 20 paginitas más, todas infumables, en forma de diario adolescente de la protagonista femenina (habrá también uno masculino). Un horror. Hoy lo he tirado todo a la papelera nada más sentarme ante el ordenador. Como comienzo de la jornada no está mal. Luego he revisado la escena-selva. Ahí es cuando se ha producido el «click». En dos horas estaba acabada. El resto del día lo he dedicado a reecribir el primer capítulo de la primera parte.
Ahora me queda otro inmenso trabajo: ver qué hago, qué aprovecho, qué quemo, de 95 páginas que escribí de esta misma historia hace más de un año. Y que ahora, cómo no, me parecen una birria. Pero eso será mañana, y sé que podré hacerlo. Porque ya ha terminado, por esta vez, el temible SBI.

19 de junio de 2007

Por qué no soy poeta (y/o soy una poeta mala)

Hace poco menos de diez años gané un premio de poesía. El poemario se publicó poco después, en una pequeña editorial sevillana. Se llamaba Hiperestesia, y durante todo este tiempo me he encargado de que no figurara en ninguna parte. Me pone muy nerviosa verlo en mis bibliografías o que la gente lo nombre.
Sé que soy una mala poeta. Lo sé porque soy buena lectora de poesía. Me gustan Heine y Salinas y Baudelaire y Guillén y Juan Ramón y los poemas narrativos de Carver y los juguetes navideños de Brodsky y el amor de Garcilaso y la metafísica de Lope y las burlas de Quevedo y Ana Istarú y Ángel González y Gonzalo Rojas y Wislawa Szimborska y tantos colegas a los que admiro y envidio al unísono: Pablo Garcia Casado, Vicente Luis Mora, Elena Medel, Toni Montesinos, Ángela Vallvey, Benjamín Prado, Carmen Jodra, Andrés Neuman... Después de leerles sé perfectamente -y con más convicción- que yo soy una mala poeta.
Tiene una explicación. Yo sólo escribo poesía cuando me falta el aire. No sé por qué razón, en ninguna circunstancia de mi vida se me ocurre un poema. Cuando algo me interesa lo suficiente, toma forma de relato. Si me interesa enormemente, se convierte en una novela. Si el interés es desbordado, se vuelve una novela muy extensa, de -tal vez- más de 400 páginas. Pero los versos sólo acuden muy de vez en cuando, en los peores momentos. Cuando me falla la vida, surgen los versos.
Lo bueno es que la poesía es uno de los únicos reductos de mi vida en que no soy escritora profesional. No pienso en el lector, en el ritmo, en el personaje, en el plazo de entrega... Sólo pienso en mí, en autosatisfacerme, en darme las palabras que me serenen, que me apacigüen. Vuelvo a ser aquella niña sola que comenzó a escribir hace 29 años.
El año pasado, en mi vida hubo un poco de mar gruesa. No sólo en la mía: mi vida se entrelaza con las de otros, que también encontraron ciertas dificultades de navegación. En plena tempestad, empecé a escribir. Lo que surgió, terrible, durísimo, tiene una única virtud: es honesto. Y también brutal, lo sé. Pero, qué queréis: la vida a veces es brutal.
"Echo de menos en tu poesía un poco más de profesionalidad", me dijo un editor muy reconocido no hace mucho, mientras cenábamos en el restaurante Kibuka, del barrio de Gracia de Barcelona. Acertó de lleno. Mi poesía no es profesional, ni lo será nunca. Mi poesía es una estrategia de supervivencia, un modo de resistir al temporal.
Cuando regresó la calma me dio pena aquel original en un cajón. Eso siempre me pierde: los papeles abandonados me dan lástima. Decidí enviarlo a alguna parte. Ya puestos a escoger, mejor a un lugar de donde pudiera obtener un beneficio económico (Ay... ¡la hipoteca!). Un premio para mujeres, a priori, tiene una ventaja: más de la mitad de los posibles competidores han sido eliminados de antemano, en virtud de su sexo.
El libro saldrá publicado en noviembre. Se llama Disección. Almas sensibles, abstenerse. Si alguien me pide que hable sobre él, redactaré una nota escueta y clara donde diga que yo soy narradora y que el poemario utiliza una voz narrativa ficticia que nada tiene que ver conmigo.
A partir de ese momento, comenzaré a eliminar todo rastro del libro de mis bibliografías.

7 de junio de 2007

El porqué del cuándo

«¿Cuánto has tardado en escribir esta novela?»

La pregunta se repite —qué curioso— en foros tan distintos como un salón de actos lleno hasta la bandera de adolescentes, la presentación del libro de un amigo o un almuerzo con periodistas en El Corte Inglés. La gente quiere saber el porqué, pero, sobre todo, el cuándo, o más exactamente, el en cuánto tiempo has escrito lo que acaban de leer. Y yo, que me formé en el periodismo, también me pregunto el porqué de ese interés.
¿Vale más una novela escrita en diez años que otra escrita en tres meses? Sin duda, la gente cree que sí. Hay un mérito en la cocción a fuego lento, y no es difícil deducir por qué razón: vivimos tiempos apresurados, lo rápido está por todas partes. Siempre llegamos tarde, nunca tenemos tiempo, comemos a toda prisa, hasta el amor es un ejercicio de síntesis. En esta época, cualquier cosa que se fragüe a fuego lento tiende a ser sobrevalorada. En cierto modo, cualquier cosa que requiera diez años para llegar a existir es un vestigio de un mundo que desaparece.
Dedicar mucho tiempo a escribir una novela no es, en reaidad, una garantía de su calidad. Conozco verdaderas birrias literarias que han requerido, tristemente, diez años de trabajo. Y también obras maestras escritas en menos de un mes.
El tiempo no es una buena variable, a pesar de que algunos crean lo contrario. Lo que debe pesar es el resultado final, sin tener en cuenta cuánto se ha tardado en llegar a él. Si el huevo está crudo cuando llega a la mesa, es obvio que necesitaba más tiempo de cocción. Un huevo pasado por agua se hace en pocos segundos, pero si se deja sólo un minuto más ya no es un huevo pasado por agua, sino un fracaso.
Por todos estos motivos, me enfurece hablar del tiempo. Por estos, y porque soy rápida escribiendo (aunque no tramando, construyendo, mis novelas) y eso me lleva a tener que dar muchas explicaciones. También, intuyo, porque me acerco a los cuarenta y las cuestiones relacionadas con el tiempo comienzan a ponerme de muy mala leche.

Hasta ahora, cuando me formulaban la pregunta de siempre, respondía con toda la verdad: como mucho —les decía— puedo tardar tres meses en escribir una novela para jóvenes. Si trabajo mucho –un adverbio que cada vez me apetece menos— soy capaz de escribir una novela como “La muerte de Venus” (420 páginas) en 5 o 6 meses. Solía añadir que ésa es la diferencia entre yo y muchos de los que tardan 10 años en terminar una novela de 200 páginas: yo trabajo a diario, sin excepciones, sábados y domingos. Les decía que no suelo levantarme de mi silla sin terminar mi (autoimpuesto) número de páginas diario, que va de las 3 y media a las 5; que hay días muy buenos en que salen incluso más; como los hay muy malos en que no logro llegar a las 3. Que de promediar los días buenos y los malos sale un resultado que suele rondar las 100 páginas al mes. Que 100 páginas al mes dan para mucho y que esa es exactamente la razón de mi productividad, ni más, ni menos.
Sin embargo, ahora ya voy aprendiendo que no puedo decir siempre la verdad, porque la verdad no es bella, como la arruga. Soy novelista, carajo, no sé cómo he podido tardar 37 años en aprender que la verdad es tan fea que para que alguien la valore hay que disfrazarla de ficción. De modo que a partir de ahora, daré otra respuesta. Voy a ensayarla aquí y ahora, para ir practicando. Imagino a uno de esos lectores/periodistas/amigos que de pronto lanza la pregunta de siempre, suspiro, miro al vacío, me encojo de hombros, creo un silencio elocuente y luego digo, impostando un poco la voz y con firmeza de personaje de ficción:
“No es fácil medir lo que se tarda en escribir una novela. Esta idea, sin ir más lejos, comenzó a rondarme hace unos diez años. Traté de escribirla pero no me salió. Lo intenté un poco después y de nuevo tuve que dejarla. Había algo que me lo impedía. En todo este tiempo, me documenté, trabajé, entrevisté a algunas personas, pedí consejo a especialistas y viaje. Por fin me vi capaz de abordar de nuevo aquella idea y esta vez, con éxito. La novela es el resultado de ese largo proceso que me ha ocupado más de una década».

¿Qué tal?
Por cierto: Lo que acabo de contar es, exactamente, lo que ocurrió con la novela que me traigo entre manos (mejor entre meninges) y que comenzaré a escribir el año que viene, cuando termine las entrevistas, los viajes y las lecturas que requiere la documentación.
Cielos, ahora que había aprendido a mentir para seducir, se vuelven realidad las mentriras.

30 de mayo de 2007

Descifrar el mundo

A los ocho años empecé a pasar largas temporadas en la estepa siberiana. El frío era allí mucho más intenso de lo que yo había imaginado jamás: convenía protegerse los pies con vendas para que los dedos no se congelaran. Los termómetros bajaban de vez en cuando hasta lo cuarenta bajo cero, algo que también sucedía en las calles de San Petersburgo, una de las primeras ciudades que amé. Creo que mi pasión petersburguesa se desató apenas unos meses antes de aquel primer invierno que pasé en los Mares del Sur, admirada por aquellas casas con techumbres de palma que siempre miraban al mar y por el espíritu de unas gentes amables y extrovertidas que nada sabían de la palabra tiempo. Ya lanzada a las navegaciones, me enrolé en un barco ballenero, y acompañé en la obsesión y la muerte a un viejo capitán, curtido en muchos naufragios, y a un chiquillo de quien —qué cosas— me enamoré sin remedio. Se llamaba Ismael.
También sobre los ocho años conocí por primera vez el terror, el terror absoluto e incomprensible de estar amarrado a un cadalso sobre el que una enorme cuchilla bascula cada vez más cerca de tu estómago; la ambigüedad de una locura que puede al fin decidir la existencia ajena, especialmente si tiene la forma del misterio, es mujer y viste de blanco; o la pasión arrebatada de un amor imposible que cuenta, además, con la desgracia de un ingrato rival; o esa otra pasión de la muerte ajena, del asesinato, cuando el arrepentimiento llega tras la consumación. Convivir con asesinos, con damas níveas, con irredentos viajeros, con prisioneros inocentes o con funcionarios que tanto podían haber perdido lo único que tenían en la vida como encontrarse de pronto convertidos en escarabajo hizo de mí alguien capaz de descifrar el mundo, de entenderlo.
El aburrimiento me llevó a los libros y la biblioteca de mi ciudad, modesta pero suficiente, me acercó a Poe, a Collins, Gógol, Dostoyevski, Turguéniev, Melville, Stevenson y tantos otros. Entrar en aquel vetusto edificio donde reinaba un silencio infrecuente significaba para mí combatir el tedio de mi soledad de hermana pequeña rodeada de adultos atribulados por aburridas cuestiones de adultos. Leí, como tantos otros, por intentar ser otra persona. Y lo logré: leyendo, también como suele suceder, se obró el encantamiento: todos ellos, los citados, y muchos más que vinieron después —no todos tan reseñables: al lector voraz no siempre le acompaña el buen gusto— hicieron de mí alguien que mira el mundo con curiosidad, con respeto y con enorme interés. Los libros me enseñaron que juzgar es fácil y comprender difícil. Por eso yo me apliqué en comprender incluso lo más complejo. Los libros me demostraron que las historias viven en cualquier parte y que lo mejor que hay en ellas son las gentes, sus actores, capaces de gestas tan cotidianas como enamorarse de quien no deben o de otras tan fabulosas como dar muerte a la gran ballena blanca. O de imaginar un mundo sin salir jamás del propio, o de marcharse a morir a una remota isla llamada Samoa, o de revivir la propia juventud en las peripecias de un joven de ficción. Para ser como ellos, los inventores de todo, empecé a escribir. Tenía poco más de ocho años.

28 de mayo de 2007

Cocina-ficción

Si no me ganara la vida encadenando palabras, pondría un restaurante.
En la carta, modelo "cinco continentes", no podría faltar el sushi, pero tampoco un buen rossejat al estilo de la Costa Brava —esto es, con su picada y su alioli—. Habría cous-cous pero también salmorejo —a la cordobesa: con virutas de jamón de jabugo y huevo duro—. En la carta de postres, mucho chocolate en infinidad de texturas diferentes, pero también canela, menta, té verde, fruta fresca y miel. Una mixtura del Oriente que llega con el mundo árabe que fuimos y el toque mediterráneo de lo que somos y no queremos evitar.
Cocinar me gusta tanto, me digo a menudo, porque se parece mucho a escribir. El lugar donde más horas he pasado en mi vida después del ordenador, han sido, sin duda, los fogones. Me gusta encontrar similitudes entre el proceso que da lugar a una buena fideuá y el que te hace escribir una buena novela. En ambos casos hay que cuidar las materias primas, invertir muchas horas y mucho cariño, ser original (pero sin pasarse) y seguir ciertas reglas (pocas, importantes, que hay que saber cuándo saltarse). El tiempo te hace más habilidosa en ambos casos. Y ambos inspiran terror la primera vez: la pantalla en blanco es en eso similar a la cazuela vacía. El buen aceite es como los adjetivos: mejor poco que mucho, mejor de textura única, mejor en frío que en caliente. No pretendas aprender a cocinar sin recetario ni a escribir sin guión, pues seria como conjurar un fracaso seguro. Y a medida que pasa el tiempo, después de muchas fideuás y algunas novelas, ya puedes permitirte ciertas licencias: calcular a ojo la cantidad de tensión que le falta a una historia o dejar de pesar los ingredientes con precisión de boticario. Y he aquí una regla de oro: confiar los resultados a la cocción lenta de dos elementos imprescindibles que crecen con los años: talento y oficio.
Dos afortunadas encrucijadas, para acabar: qué placer da escribir sobre recetas y cocineros. Cómo se nos nota en lo que escribimos a quienes nos gusta la cocina. Nuestros personajes se sientan a la mesa no por hablar, como es costumbre, sino a comer, y nosotros nos regodeamos en la descripción de cada plato y cada guarnición. Y, por contra, cuántas descripciones, cuantas escenas clave, asesinatos, desenlaces, intrigas, personajes, finales y principios pueden tramarse mientras en la cocina se cumplen los tiempos de cocción o se ven sofreír a fuego lento las viandas.

Advertencia: la próxima vez que hablemos de cocina o de literatura, le tocará el turno a las sopas.

5 de abril de 2007

Un sueño realizado (y 2)



Pues bien, esta es la segunda parte de la historia. Os había dejado en un café del barcelonés barrio de Gracia. El café se llama Noa y es un lugar muy especial. Fue allí donde Francesc Miralles y yo acordamos:

1) Que la primera frase de su novela sería la última de la mía. La frase es "La muerte es sólo el principio".

2) Que íbamos a compartir un personaje: Hunter, un perro lobo que en mi novela acompaña a un investigador parapsicológico, pero se escapa de manera repentina para aparecer de pronto en su novela, resolver un misterio de la trama y regresar a la mía, donde llega algo desnutrido, al final.

3) Que su novela saldría en la mía (la lee Mónica, mi protagonista, en la página 93) y la mía en la suya (la lee Cloe, su mejor personaje, en la página 108).

Y algún que otro juego, que no termino de desvelar por dejarle algo al lector aficionado a la caza del guiño.

Escribimos las novelas al mismo tiempo. A diario, o casi, nos hacíamos llegar los capítulos. Él viajó a la isla de Montserrat, donde termina su trama, y yo a Pompeya y Herculano, donde ocurre parte de la mía. Pusimos el punto final casi a la vez, y lo celebramos con una conversación telefónica con más de 1.000 kilómetros de por medio.

El resto, es más o menos público.
El Quart Reich, de Francesc Miralles, acaba de salir en Edicions 62. La versión castellana lo hará en septiembre en MR.
La muerte de Venus, finalista del Primavera, está recién publicada por Espasa.
Las dos han llegado al mismo tiempo a las mesas de novedades.
El 23 de abril, día de Sant Jordi, puede que coincidamos en alguna parte firmando libros, porque los dos tenemos el día a tope de compromisos.
Aún tenemos pendente una presentación conjunta, que promete ser una fiesta.
La fiesta de la amistad y la literatura, podríamos subtitularla.

4 de abril de 2007

Un sueño realizado (1)


Hace un tiempo, una noche de otoño, quedé para cenar con Francesc Miralles en un lugar con poco glamour pero mucho encanto llamado El celler de Macondo, en el barrio del Born, de Barcelona. Yo estaba atravesando una mala racha: acababa de salir de una crisis personal, estaba cargada de trabajo que no terminaba de apetecerme y no encontraba por ninguna parte un buen argumento al que hincar el diente y escribir con la motivación de otras veces. Como siempre, hablamos sin cesar. Como nunca antes, pregunté más yo que él (fue la primera vez). Estábamos en una terraza. Comenzó a llover. Grandes goterones otoñales. Tuvimos que salir huyendo y ponernos a resguardo. El lugar: el bar Mudances, en la calle Vidrieria. En un rincón del diminuto piso superior, frente a un par de tés. Fue allí donde le hablé de un proyecto aparcado: la idea para una novela. Algo así como: "Una fantasa de hace dos mil años se les aparece a una pobre pareja recién instalada en una vieja casa". Allí mismo, Francesc comenzó a animarme para que escribiera esa historia.
Él estaba a punto de comenzar una novela, me dijo. Se reservó el argumento para más tarde (Francesc es un maravilloso narrador, esta estrategia de reservar información interesante para después, suele caracterizar sus conversaciones) pero allí mismo, sobre la mesa de mármol de aquel café, hicimos una apuesta. La hizo él, en realidad.
Había un periódico sobre la mesa. Señaló la cabecera y dijo:
"La fecha de hoy. Antes de un año, o tu novela o la mía estarán en las listas de más vendidos de este mismo periódico".
Me pareció una locura. O un sueño. Algo irrealizable sobre lo que valía la pena decir tonterías, y nada más.
Ya en la calle, mientras esperábamos bajo a lluvia —yo tenía los pies sumergidos en un enorme charco— me contó su novela. El Cuarto Reino, una trama con nazis en busca de algo pero también de islas volcánicas habitadas por seres inverosímiles. Comprendí en el acto que lo que me acababa de contar sería oro en sus manos. De hecho, no fui la única: ya había varios editores tras su pista.
De camino a casa comencé a meditar en sus palabras: tal vez dejar todos mis compromisos aparcados y dejarme llevar por el entusiasmo, aunque fuera ajeno, no estaría mal.
Al día siguiente, lo vi claro: me concedí diez días para entregar algunos de los compromisos más urgentes y fijé un día para el inicio de la escritura de La muerte de Venus, mi novela de fantasmas.
Creo que fue más o menos en esos días cuando decidimos que las novelas serían hermanas, que las llenaríamos de juegos para los lectores pero también para nosotros mismos. Quedamos otra tarde lluviosa en Gracia, para establecer las reglas. Incluso establecimos un ritual de inicio de novelas, creando allí mismo, en un portátil, un documento con el título de cada una de ellas.
Ahora pienso que tal vez todo eso nos dio suerte.
Aunque esa conversación la dejaré para mañana. También yo sé mantener el suspense, qué creéis.
Ciao, navegantes. Regresad y sabréis.

19 de marzo de 2007

críticos en el correo (o Sergio Fernández me da su opinión con un estilo frondosillo)

Te he escrito para decirte que tu libro no me ha gustado por ser simple, tener un final previsible,ponerte en un punto de vista en el que te lo dicen como si fueras tu y suena como una orden, aparecen demasiados personajes los cuales a veces no tienen que ver en la historia,lo que hicieron en el futuro que dudo que le importe a alguien y lia el tema,que el alto y el gordo no tengan nombre cuando te molestaste por los animales, que la chica tenga tantasuerte, quede repente los secuestradores se pongan nerviosos de repente,el tema de la vidente es magico,que un bipolar criminal no vaya al psiquiatrico,que con lo facil que era un simple error de los secuestradores y no tenía que haber magia cuando se supone que es ralista,y que un libro asi se el mejor de los tuyos y te hayan dado un premio y 100.000 euros el sector debe de estar undido por lo menos hasta el nucleo de la tierra.
En mi opinion el libro, no vale nada y me ha parecido un insulto a los libros que valen la pena.

Todo esto sin animo de ofender y como critica constructiva y para que a ser posibleno se repita lo digo desde mi punto de vista y me considero un buen lector.

15 de marzo de 2007

De Re Coquinaria (III)

Dos felices encrucijadas: escribir de platos y cocineros, qué placer. Cómo se me nota, para bien de quien le guste y aborrecimiento de quien no, que mi otra vocación es la cocina. En mis novelas comen, beben, se describen los platos, los rebozados, las guarniciones, los vinos, las añadas, las cosechas...
Y cuántas novelas pueden pensarse, cuántos asesinatos truculentos, cuántos desenlaces, cuántos personajes pueden nacer y crecer, mientras se cumplen los tiempos de cocción o se remojan las legumbres.

14 de marzo de 2007

De Re Coquinaria (II)

Esto de cocinar, pienso a menudo, me gusta tanto porque se parece mucho a escribir. El segundo lugar del mundo, después de mi ordenador, donde he pasado más horas en mi vida es, sin duda alguna, mi cocina. O mis cocinas, porque ha habido varas. Veo similitudes, además, en el proceso que te lleva a guisar una buena fideuá o a escribir una buena novela. Hay que cuidar las materias primas, hay que echarle horas, y mimo, y originalidad, y también seguir ciertas reglas. En ambas cosas se mejora con el tiempo. Ambas dan un miedo atávico la primera vez que te enfrentas al propósito de elaborarlas. La pantalla en blanco es similar, pues, a la cazuela vacía. El buen aceite es como los adjetivos: mejor poco que mucho, mejor de textura única y mejor en frío, que en caliente. Al principio, son imprescindibles recetas, y proporciones exactas. No se puede cocinar sin recetario ni escribir sin guión: sería conjurar el fracaso. Luego, con el tiempo, después de muchas fideuás y de muchas narraciones, podemos permitirnos ciertas licencias: calcular a ojo la cantidad de tensión que le falta a una historia, no pesar los ingredientes como si nos fuera en ello el porvenir. Confiar los resultados a la cocción lenta de dos elementos imprescindibles que crecen con el tiempo: el talento y el oficio.