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31 de marzo de 2008

De vuelta, pero nunca del todo

He hecho muchas cosas en estos días de ausencia. He sido parte del jurado del premio de libros de relatos del Ateneo de Sevilla y he tenido la satisfacción de ver premiado un buen libro (de Lluís Oliván. Se llama Títulos robados), y eso no pasa a menudo. Antes de eso, estuve en Madrid viendo ganar otro premio, el Gran Angular de literatura para jóvenes, a mi admirado Fernando Marías. En la misma fiesta se premió con el Nacional de Ilustración a Tàssies (qué bien), con el Barco de Vapor a Ana Isabel Conejo y Javier Pelegrín, los autores de La llave del tiempo (Anaya) y con el Premio Jordi Sierra i Fabra (para novelas escritas por autores de menos de 18 años) a África Vázquez (que pronunció el discurso más emocionante de la noche). También habló Letizia Ortiz de ser mamá y leer libros, en un discurso emocionante y sincero. Lo hace tan bien, que me estoy planteando comenzar a pedir firmas para que los Borbones dejen de hablar en público y en representación lo haga siempre Doña Letizia. Habla mejor que todos ellos juntos, ya tocaba alguien de la casa real a quien se le entendiera bien. La nota infantil la pusieron sendas fuentes de chocolate, como colofón del cocktail, en las que se podía una casi bañar o, en su defecto, remojar pedacitos de fruta, ¡o gominolas! He aquí la razón por la que me sigue gustando SM, a pesar de que la entrega del premio parecía un vistazo a la España cañí: el clero, la monarquía, los guardia civiles de la entrada y Esperanza Aguirre de anfitriona, ejem. Su poder de convocatoria con respecto a los autores de la casa sigu siendo la mejor, eso sí. Da gusto ir a los premios de SM para ver amigos.
Pero lo mejor fue ver a Ana Prieto (jefa de comunicación de SM) a punto de comenzar su baja por maternidad. Y hablando de mamás: Eugenia Rico, con quien coincidí en el jurado del Ateneo, me eneñó la foto de su hija antes de comenzar eso que llaman "las deliberaciones". Cuando llegó el presidente del jurado -y a la sazón de la santa casa que nos acogía- dijo: "¿Ya estáis hablando de niños?". Pues claro, ¿acaso hay algo mejor de lo que hablar?
Todavía en Madrid, estuve en un par de colegios madrileños y acompañé a dos amigos a comprar una lavadora, en calidad de entendida, pero eso lo dejo para otro día para no aburriros con más cosas.
A la vuelta, me encuentro con que Javier Alas ha dado a este blog mío un premio desde el suyo, Exquisiteces del ocio: el Premio Arte y Pico.
Para corresponder, debo hacer lo mismo: premiar a 5 blogs que me gusten, "razonando mi respuesta". Bien. Como se acerca mi cumpleaños, mi entrega de premios coincidirá con ese día: 8 de abril.
Se admiten candidaturas, pequeños detalles y grandes sobornos en el Apartado de correos 181 de Mataró (Barcelona, España) 08302.



La imagen de hoy: Doña Letizia discurseando.

21 de marzo de 2008

Consideraciones acerca del arte del lameculos

Una vez me pidieron que telefoneara a una editora, vieja conocida mía, para pedirle su voto favorable en un jurado del que ella formaba parte y en el que se valoraban 5 novelas, una de las cuales era mía. Se trataba sólo de hacer una llamadita, hablar un poco del tiempo, del bien y del mal, comentar cuatro de las gracias infalibles de mis hijos, y luego sacar el tema, como quien no quiere la cosa... y preguntarle por el jurado, acercar el asunto a mi intención, y finalmente formular la petición, entre risas... No iba a quedar constancia alguna de esta conversación (qué vergüenza, dejar a la posteridad noticia de tus agasajos interesados), y a mí podía reportarme un beneficio: el premio al que optaba.

Mientras meditaba la petición (que venía de una persona cercana, conocedora y a quien me convenía hacer caso) elaboré una lista de consideraciones acerca de la cuestión:

1. Un premio no importa si no te lo dan por tus méritos literarios. Debe de ser muy amargo un premio que has conseguido con llamaditas (para mí lo sería, por lo menos).

2. Un premio a la mejor lameculos no me interesa en absoluto. Además, no sería justo: hay otros en los que concurren muchos más méritos.

3. La editora en cuestión me merece mucho respeto como profesional. Me hubiera parecido que la estaba insultando si hubiera tratado de condicionar su opinión.

4. Por romántico que parezca, creo que debe ganar el mejor. Por eso intento ser la mejor.

5. Por romántico que siga pareciendo, respeto demasiado la Literatura. Quiero que los premios los ganen buenos libros. Por eso intento escribirlos (seguro que no siempre lo consigo).

6. Cuando formo parte de jurados (de tarde en tarde) no soporto que alguien me llame para hacerse el simpático. Siempre pienso: «Pues si que se sabe mal escritor cuando necesita recurrir a méritos extraliterarios...».

7. Me da cada vez más pereza llamar por teléfono. Incluso mi madre se queja de que no la llamo. Me imagino que una conversación como esa me dejaría agotada.

8. Si tuviera que optar por un método extra-literario, sin duda elegiría el soborno. Tengo un conocido que comercializa jamones de Guijuelo y seguro que me echaría un cable. Mandar un jamón a los miembros del jurado también es insultarles, pero es mucho más alimenticio.

9. Si me otorgaran alguna vez un premio por un método extraño, pediría al editor que figurara en los créditos: Un jurado compuesto por tal y cual y otrotal y otrocual decidió por unanimidad otorgar a esta novela el Premio Talytal después de los suculemtos jamones que su autora tuvo a bien remitirles.

10. Qué coño, puestos a escoger, preferiría acostarme con los miembros del jurado. Aunque, claro, no todos serían suculentos como jamones de Guijuelo y, finalmente, tampoco me darían el premio.

P.S. Debo terminar diciendo que en la referida ocasión, no llamé a la editora. A pesar de ello, gané el premio.

En la imagen: estados de ánimo del que espera el veredicto de un jurado cualquiera.