En 1835, una ley desamortizadora disolvió las ordenes eclesiásticas en España y declaró todos sus bienes de titularidad pública. Fue, sin duda, una ley necesaria, que pretendía acabar con la injusticia de las llamadas "manos muertas", que afectaba a nuestro país: muchas propiedades en manos de personas, físicas y jurídicas, que no hacían nada con ellas. Fue el principio de eso que más tarde se ha llamado "Función social de la propiedad": los bienes deben servir para generar un beneficio a alguien, o no tienen ningún sentido.
La idea, como digo, era casi perfecta, aunque su realización dejó mucho que desear. En la práctica, la desamortización sólo supuso un cambio de manos, no una mejora. Muchos de los bienes se subastaron, y los compraron nobles o ricos. Gente que tampoco les dio un uso social. Algunos se volvieron de uso público, o se reconvirtieron en espacios que toda la ciudadanía pudo utilizar, como grandes plazas o mercados. Hay muchos ejemplos de ello en Barcelona: la plaça Reial, la Boqueria, el Mercat de Santa Caterina... todos están en lugares desamortizados en 1835, que antes habían ocupado grandes conventos.
Entre los muchos bienes culturales que en el proceso desamortizador cambiaron de menos, había miles y miles de libros. Fueron "rescatados" de los conventos suprimidos y trasladados a una sola biblioteca. Un proyecto parecido, aunque más afortunado, ya lo había intentado Napoleón a su paso por Barcelona. En 1835 se llevó a cabo, con fortuna más que dudosa. Primero se trasladó la biblioteca al convento de los Capuchinos, luego al de San Juan. Hubo peleas a ultranza por la tenencia de esos libros y al fin el Ayuntamiento decidió que pasaran a manos de la Universidad, recién regresada a Barcelona después de la infamia de Felipe V, que se alargó más de un siglo. Formaron la Biblioteca de Reserva.
Con la construcción de la nueva sede en la Plaza de la Universidad, la biblioteca encontró por fin su destino, pero habían pasado muchos años, los libros habían estado muchas veces muy mal cuidados, mal almacenados, sometidos a humedades o robados. Por supuesto, muchos no sobrevivieron. Los que lo hicieron, corrieron suertes diversas. Algunos han llegado hasta nosotros con el rastro de las termitas que los devoraron en ese lapso.
Otros han sido bellamente restaurados. Hoy día, esos libros, verdaderos sobrevivientes de nuestra historia, y diría que también de la negligencia de nuestros políticos, se conservan en el edificio de la Universitat de Barcelona, a buen recaudo. Algunos, en la caja fuerte.
Es un lugar maravilloso, que hace aproximadamente un año tuve la ocasión de visitar, en compañía de su estupenda directora, Neus Verger. La biblioteca se enfrenta hoy día a muchos retos. No tienen dinero para catalogar ni conservar adecuadamente los riquísimos fondos que atesoran, pero cuentan con un equipo de profesionales, Neus a la cabeza, que siguen demandando día a día lo que nadie parece dispuesto a darles. Y amando los libros, por supuesto. A veces, cuando conozco profesionales como ella, recuerdo aquella cita de Kipling referida a las madres y la cambio ligeramente para decir: "Como Dios no podía estar en todas partes, creó a los bibliotecarios".
Hoy os dejo este reportaje fotográfico que pude realizar durante mi visita, el año pasado, a la Biblioteca de Reserva. Estuve allí cuando me documentaba para escribir la novela. Os lo dejo hoy, cuando sólo faltan tres días para la salida de El aire que respiras, porque estos libros son los verdaderos protagonistas de la historia. Disfrutad de la visita, navegantes del silencio.
* Las imágenes, de arriba a abajo: Convento de Santa Caterina, en la plaza del mismo nombre, antes de la desamortización / Uno de los libros restaurados y bellamente iluminados que se conservan en la Biblioteca de Reserva / uno de los libros comidos por las termitas / Catálogo escrito y decorado a mano de la Biblioteca del Convento de San José (situado donde hoy está el mercado de la Boquería) / Visión general de los libros conservados en la Biblioteca de Reserva de la UB, verdaderos sobrevivientes de mil vicisitudes.




