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15 de febrero de 2013

Los verdaderos protagonistas de El aire que respiras (¡faltan 3 días!)

En 1835, una ley desamortizadora disolvió las ordenes eclesiásticas en España y declaró todos sus bienes de titularidad pública. Fue, sin duda, una ley necesaria, que pretendía acabar con la injusticia de las llamadas "manos muertas", que afectaba a nuestro país: muchas propiedades en manos de personas, físicas y jurídicas, que no hacían nada con ellas. Fue el principio de eso que más tarde se ha llamado "Función social de la propiedad": los bienes deben servir para generar un beneficio a alguien, o no tienen ningún sentido.


La idea, como digo, era casi perfecta, aunque su realización dejó mucho que desear. En la práctica, la desamortización sólo supuso un cambio de manos, no una mejora. Muchos de los bienes se subastaron, y los compraron nobles o ricos. Gente que tampoco les dio un uso social. Algunos se volvieron de uso público, o se reconvirtieron en espacios que toda la ciudadanía pudo utilizar, como grandes plazas o mercados. Hay muchos ejemplos de ello en Barcelona: la plaça Reial, la Boqueria, el Mercat de Santa Caterina... todos están en lugares desamortizados en 1835, que antes habían ocupado grandes conventos.


Entre los muchos bienes culturales que en el proceso desamortizador cambiaron de menos, había miles y miles de libros. Fueron "rescatados" de los conventos suprimidos y trasladados a una sola biblioteca. Un proyecto parecido, aunque más afortunado, ya lo había intentado Napoleón a su paso por Barcelona. En 1835 se llevó a cabo, con fortuna más que dudosa. Primero se trasladó la biblioteca al convento de los Capuchinos, luego al de San Juan. Hubo peleas a ultranza por la tenencia de esos libros y al fin el Ayuntamiento decidió que pasaran a manos de la Universidad, recién regresada a Barcelona después de la infamia de Felipe V, que se alargó más de un siglo. Formaron la Biblioteca de Reserva.


Con la construcción de la nueva sede en la Plaza de la Universidad, la biblioteca encontró por fin su destino, pero habían pasado muchos años, los libros habían estado muchas veces muy mal cuidados, mal almacenados, sometidos a humedades o robados. Por supuesto, muchos no sobrevivieron. Los que lo hicieron, corrieron suertes diversas. Algunos han llegado hasta nosotros con el rastro de las termitas que los devoraron en ese lapso. 
Otros han sido bellamente restaurados. Hoy día, esos libros, verdaderos sobrevivientes de nuestra historia, y diría que también de la negligencia de nuestros políticos, se conservan en el edificio de la Universitat de Barcelona, a buen recaudo. Algunos, en la caja fuerte.


Es un lugar maravilloso, que hace aproximadamente un año tuve la ocasión de visitar, en compañía de su estupenda directora, Neus Verger. La biblioteca se enfrenta hoy día a muchos retos. No tienen dinero para catalogar ni conservar adecuadamente los riquísimos fondos que atesoran, pero cuentan con un equipo de profesionales, Neus a la cabeza, que siguen demandando día a día lo que nadie parece dispuesto a darles. Y amando los libros, por supuesto. A veces, cuando conozco profesionales como ella, recuerdo aquella cita de Kipling referida a las madres y la cambio ligeramente para decir: "Como Dios no podía estar en todas partes, creó a los bibliotecarios". 


Hoy os dejo este reportaje fotográfico que pude realizar durante mi visita, el año pasado, a la Biblioteca de Reserva. Estuve allí cuando me documentaba para escribir la novela. Os lo dejo hoy, cuando sólo faltan tres días para la salida de El aire que respiras, porque estos libros son los verdaderos protagonistas de la historia. Disfrutad de la visita, navegantes del silencio.



* Las imágenes, de arriba a abajo: Convento de Santa Caterina, en la plaza del mismo nombre, antes de la desamortización / Uno de los libros restaurados y bellamente iluminados que se conservan en la Biblioteca de Reserva / uno de los libros comidos por las termitas / Catálogo escrito y decorado a mano de la Biblioteca del Convento de San José (situado donde hoy está el mercado de la Boquería) / Visión general de los libros conservados en la Biblioteca de Reserva de la UB, verdaderos sobrevivientes de mil vicisitudes.

3 de febrero de 2013

El Aire que respiras: faltan 16 días


—Quisiera conocer su opinión acerca de esta colección de libros.
Codolosa estudió la nota entrecerrando los ojos.
—Trece libros. La colección de un tacaño —susurró, con una sonrisa.
El amigo se inclinó para curiosear. Comenzó a leer los titulos, al principio con tranquilidad —Postures, Decameron, Thérese philosophe, Erotika Biblion, Mémoires secrets d’una femme publique—, luego prestó atención a los años de las ediciones — La Pucelle d’Orleans, 1762; Memoires of a Woman of Pleasure, 1749; Arte de las putas, 1777— para terminar de nuevo en los títulos, que Codolosa leía en un murmullo:
—Tractatus amoris, Les Aphrodites, The Whore’s Rhetorik, Parapilla, Histoire de Dom B… Portier des Chartreux…
Salvá levantó la mirada y preguntó:
—¿Existe esta colección?
Pérez sonrió.
—Supongamos que sí.
Los dos amigos se dirigieron una mirada cómplice.
—Quien la reunió no es un tacaño —dijo Salvá—, sino un sibarita.



Memoirs os a Woman of Pleasure, más conocido por Memorias de Fanny Hill, de John Cleland, considerado el padre del erotismo inglés. El autor estudió en Westminster, fue cónsul en Esmirna y desempeñó un puesto de relevancia en la Compañía de las Indias, con sede en Bombay. De nuevo en Londres, terminó en la prisión por deudas, y allí comenzó a escribir esta novela. Basándose en tramas de moda, como la de Manon Lescaut, el libro relata la historia de Fanny Hill, una adolescente de 15 años educada por la propietaria de un burdel, que trabaja en los lupanares más desenfrenados de Londres, aunque termina felizmente casada. El autor se disculpó por haberla escrito, alegando problemas económicos. Para que no volviera a suceder, el gobierno le concedió una pensión de 100 libras mensuales, que conservó hasta su muerte, en 1789 a pesar de que en 1765 incumplió el pacto, publicando otra libro pornográfico. La primera edición del libro data de 1749. El librero londinense que lo publicó, Ralph Griffith, compró el manuscrito a su autor por veinte guineas. Con las sucesivas ediciones del mismo ganó diez mil libras esterlinas.

31 de enero de 2013

El aire que respiras: si no me he descontado, faltan 19 días



Librería Palinuro. Libros leídos. Ni viejo ni usados. Palinuro era el piloto de la nave en que Eneas abandonó Troya, un tipo con una gran responsabilidad. Como lector, Rogés también era un clásico.
La persiana, a medio abrir. Pegado a un lado, un cartel escrito a mano: «Cerrado por vacaciones». Al empujar la puerta, el alborotado campanilleo de otros tiempos. «Toque de cliente», recordé que decía Antoni Rogés, a quien de pronto esperé encontrar en su rincón de siempre, atento y ajeno al mismo tiempo, como si la muerte no hubiera sido nada, un paseo, un entretenimiento, un modo de cambiar los aires densos de su negocio por otros más livianos.
El olor, el que esperaba. Olor a naturaleza en descomposición, a objeto que nos aguarda. Y en el interior mi amiga Virginia, veinte años después de la última vez, en vaqueros, camiseta rosa de tirantes con una diana en medio del pecho y una escoba en la mano.
—Llegas pronto —dijo— ¿quieres café?
—¿La cafetera sigue en la trastienda?
—Sí.
—Yo lo preparo.
—No, no te molestes —Virginia deja la escoba, se sacude las manos, marca distancias—. ¿Te gusta fuerte o suave?
—Suave, gracias.
Pensé que conservaba su aire de abogada pija de siempre. Los detalles la delataban. Al cuello, collar de perlas. En los pies, unas manoletinas horribles de charol blanco, a las que no les faltaba ni el ridículo lacito a cuadros. No me pareció un calzado muy apropiado para hacer limpieza.
—Estoy de inventario —contradijo mis pensamientos, como si hubiera podido escucharlos—. Hasta ahora no me había atrevido a tocar nada. Por si papá volvía.
—¿Y cómo te va?
—Fatal. 


* Las imágenes son de la verdadera librería Palinuro, en Medellín, Colombia, en la que me basé, en parte, para la de la ficción. Mucho antes, eso sí, escribí sobre ella aquí mismo:  De jugadores y partidas.

28 de enero de 2013

El aire que respiras: faltan 22 días


...una tormenta me retrasó al caer la tarde y llegué pasadas las nueve y media, cuando no quedaba un solo paso franco en toda la muralla. De modo que tuve que pernoctar en una de esas fondas que socorren a los viajeros rezagados a las puertas de la ciudad.
No quise cenar. Dormí, pero con un sueño inquieto. Muchas veces me asomé a la ventana para contemplar a los centinelas en su guardia nocturna. Muchas veces recordé las palabras de Robles, deseé volver sobre mis pasos, me arrepentí de estar allí. Me pregunté sin descanso si habría algún hueco para mí en aquella ciudad que ya no conocía. Al amanecer, lúcido de pronto y más cansado que nunca, decidí que sólo había un modo de comprobarlo.




14 de enero de 2013

El aire que respiras: faltan 35 días


Mi admirada Elia Barceló me dice en un correo electrónico que está corrigiendo galeradas de su nueva novela, Hijos del clan rojo, que publicará Destino en marzo, y que se aburre de su propia historia. La entiendo tan bien que sus palabras me traen aquí, a esta entrada, porque yo aún no me he librado del todo de la fase de corrección de El Aire que respiras y hace semanas que estoy ya asqueada de mí misma. No creo que nadie ajeno al mundo editorial pueda imaginar la cantidad de horas de trabajo y la cantidad de energías que se van en esta última fase de la elaboración de una novela: la corrección.
Porque, amigos navegantes, una novela jamás se termina cuando pones el último punto. Amén de lecturas y relecturas (he aquí una máxima para novatos: las cacofonías, malsonancias o, directamente, erratas, son infinitas. Cuando más leas, más encontrarás *), existe una fase odiosa llamada corrección de galeradas. Es tan, tan odiosa que algunos escritores la pasan por alto. Error: ser negligente en esa fase final significa, seguro, entregar a los editores una novela de menor calidad. O llevarse un disgusto serio (conozco un caso de un colega que no se dio cuenta de que su novela se publicaba con ¡40 páginas de menos! porque no miró las galeradas que le enviaron. Es necesario, pues, mantener la guardia hasta el último segundo para que los errores de dedo, repeticiones, cacofonías, etcétera no se salgan con la suya.
Explicación para no iniciados: las galeradas son una copia en papel de la novela completa. Lo más parecido sería un juego de fotocopias de un libro, sólo que viene con marcas de imprenta y con otras mucho peores, las más veces: las marcas de los correctores editoriales. Es tan compleja mi relación con estos profesionales injustamente invisibles (casi siempre invisibles y algunas veces injustamente) del mundo del libro, que merecen que les dedique una entrada aparte. Sólo diré que las galeradas llegan al autor después de que el corrector editorial las haya visto e introducido cambios y si no es serio en su trabajo esa intervención puede causarte una enfermedad y de las graves, rayando lo mortal si eres un obseso de las correcciones, como me ocurre a mí. Por fortuna, no es el caso desde que he dado con mis cosas en Planeta. Sus profesionales, también los correctores, son magníficos.
Las galaredas son la última oportunidad. Como tal hay que tomárselas. Después de esta lectura, ya no verás más tu novela, no volverás a leerla, será de ellos, de vosotros, los lectores, no habrá posibilidad de enmienda. Lo dicho, dicho estará para siempre. Por eso hay que revisar galeradas como si te fuera la vida. Aunque te aburras de leer por decimosexta vez tus propias palabras, que ya te sabes de memoria del derecho y del revés.
Cuando salió Habitaciones cerradas me pasó algo parecido a lo que estoy experimentado ahora. Escribí la novela. La leí durante ese proceso, como es normal en mí, unas 10 veces. Luego la acabé, le di dos lecturas más. Revisé las sugerencias de mis editores, aún sin maquetar. La traduje al catalán. Encontré errores, que trasladé a la versión en castellano (y a la inversa). Leí las galeradas en castellano. Leí el texto traducido al catalán. Unas cinco veces. Leí las galeradas en catalán. Revisé las segundas pruebas en castellano. Lo propio en catalán. Revisé las correcciones de los correctores en ambos idiomas... 
Cuando la primera lectora desconocida se acercó a mí con la novela en las manos y me dijo que se había emocionado muchísimo al leerla, sonreí amablemente pero por dentro pensé: ¿Y con qué debe de haberse emocionado? ¡Si mi novela es un verdadero coñazo!


* Al respecto de las erratas, dice Elia Barceló en su mail: "A mí siempre me fascina el que, haga uno lo que haga, siempre se escapa algo. ¿Te acuerdas de aquel libro que se publicó a principios de siglo en el que orgullosamente se decía Este libro no contiene una sola rata?