24 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos


Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites.


Maurice Blanchot. El instante de mi muerte. Tecnos, 1999


La imagen, de Meredith Farmer

23 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos

Toda evolución es un destino






Thomas Mann, La muerte en Venecia





La imagen, Venecia hace poco más de quince días

21 de octubre de 2008

Camaleones (microcuento también para niños)

Dani siempre estuvo obsesionado con los camaleones y siempre quiso tener uno. Su madre le preguntó una y otra vez si no le gustaría más otra mascota, una «más normal», decía, o «más simpática». Pero él lo tenía muy claro: le gustaban los camaleones porque eran antipáticos, porque no se preocupaban por agradar a la gente, como le ocurría a él, a quien le costaba un mundo hacer amigos. Luego estaban esos detalles tan vistosos: los cambios de color, la lengua pegajosa que atrapa moscas al vuelo, los ojos que miraban en todas direcciones... A él le habría gustado cazar a alguien con su lengua pegajosa y masticarlo con cara de indiferencia. A la profesora de Tecnología, por ejemplo. O a la vecina presumida del tercero.
El día de su duodécimo cumpleaños, sus padres decidieron darle a Dani una sorpresa. Cuando vio el regalo, envuelto en papel de vivos colores, no podía ni sospechar lo que contenía. Y cuando lo desembaló y abrió la caja, su alegría fue inmensa. ¡Un camaleón! ¡Por fin le habían comprado su tan ansiada mascota! Lo llevó de inmediato a su cuarto, lo colocó junto al cabecero de la cama y pensó un nombre para él. No fue fácil.
—Te llamarás Dani, como yo —le dijo, justo antes de dormirse.
El camaleón no se inmutó, pero eso en él era lo más normal.
Por la mañana, cuando se despertó, Dani corrió a mirar cómo estaba su camaleón. Continuaba como le dejó por la noche. Altivo, erguido, parduzco. Tal vez tenía hambre, pensó. Y fue al introducir la mano en el terrario cuando reparó en el extraño color que tenía la piel de sus brazos. Parecía más oscura, y también más áspera que de costumbre. Como si hubiera estado tomando el sol más que nunca en su vida.
Le extrañó un poco, pero decidió no darle importancia. Fue un poco más tarde, cuando estaba contemplando a su camaleón sentado con tranquilidad sobre la colcha cuando se miró las manos y se dio cuenta de que eran… ¡Azules! Habían adquirido la misma tonalidad, exactamente, que el cobertor con el que se arropaba por las noches.
El camaleón movió con mucha lentitud la cabeza, atento a todo lo que ocurría. Parecía saberlo muy bien.
Entonces Dani se dio cuenta de que su lengua se había vuelto áspera. Y que había algo extraño en ella, como una hinchazón, como si fuera más grande que antes.
Se tumbó en la cama. No tenía ganas de hacer nada. Ni siquiera de moverse. Lo que más le apetecía en aquel momento era quedarse quieto, observar, prestar atención, sentir sobre la piel el sol tibio que se filtraba a través de los cristales.
En ese instante vio a la mosca. Volaba muy cerca del techo, despreocupada. No tenía ni idea de que cuatro ojos la estaban vigilando. Se acercó un poco más y entonces todo ocurrió a toda prisa: una lengua larga y pegajosa apareció de la nada. La capturó en el acto.
Dani masticó al insecto, satisfecho de lo bien que le había salido, a pesar de que era la primera vez.
Cuando entraron en el cuarto de su hijo, los padres de Dani encontraron dos camaleones.


La imagen, de Baloulumix en Flickr

20 de octubre de 2008

Madurez


A los casi 40, una debe haber aprendido dónde debe desnudarse.

Y también a no desperdiciar la oportunidad, cuando se presenta.

17 de octubre de 2008

Each Has a Story

Alguien dejó hace poco en este blog el arranque de una novela mía escrita hace diez años. La leí un par de veces, perpleja. De esa perplejidad nace esta entrada de hoy.

Hace un par de días, una periodista me preguntó en qué momento de una novela sé que debo desnudarme. Estábamos hablando de Dos Lunas y yo acababa de decirle que siempre escribes desde tu propia experiencia, desde tus vísceras, y que por mucho que estés hablando de viajes en el tiempo o de posesiones diabólicas, hay pasajes que contienen más verdad sobre ti misma de la que nunca le contarías a nadie cara a cara. Poco después me pidió que leyera en voz alta un fragmento de la novela. Abrí por una página al azar, en busca de unas frases que no sonaran muy extrañas aisladas del resto. Tropecé con un pasaje en que Eilne, la niña protagonista, escribe en un cuaderno en medio de la oscuridad absoluta y se ufana de saber hacerlo muy bien. Recordé cuando yo misma, de pequeña, mi padre me regañaba por tener la luz encendida hasta tarde y entonces apagaba la luz y seguía escribiendo a oscuras. Era difícil, pero adquirí mucha habilidad, y por la mañana me gustaba contemplar los garabatos nocturnos a la luz del sol y ver que cada vez me salían mejor, como hace mi protagonista. A eso me refiero con verdad. A veces son verdades insignificantes, como ésta. Otras, no.

Cada novela responde a un momento concreto de tu vida. No sólo contiene la historia que has elegido contar, también tu estado de ánimo, tus preocupaciones, tus manías de ese momento. Las novelas no cambian, se quedan como las dejaste. Todo lo contrario de lo que se supone que debe ocurrirle a un ser humano. Por eso, entre otras cosas, los reencuentros con tus propias cosas son entre traumáticos y perplejos. De pronto, estás ante un espejo que te devuelve una imagen antigua de ti misma. Reconoces tus rasgos, y también lo que ha ocurrido con ellos.

Jamás me releo. Por eso me provoca estupefacción tropezar con un fragmento de una novela mía. Casi nunca lo reconozco a la primera. Luego, lo reconozco demasiado. Identifico cada adjetivo, cada nombre propio, cada color del paisaje. Podría corregirme a mí misma, reescribir algo que ya di por terminado hace una década, pero sería absurdo (y agotador).
En realidad, no me releo porque el pasado no puede corregirse.


La imagen es de Meredith Farmer y se titula como esta entrada de hoy

16 de octubre de 2008

Verbenas planetarias y otras vergüenzas

Hace unas semanas formé parte del jurado de un premio literario. Se premió un precioso álbum ilustrado que verá la luz dentro de unos meses. Un día después, encontré un mensaje en mi bandeja de entrada. Los autores del libro mandaban un correo colectivo para anunciar que se habían llevado el premio y manifestar su alegría. Como era de esperar, estaban muy contentos.
Los mensajes colectivos son muy peligrosos.
Ayer llegó a mi bandeja de entrada otro mensaje. No iba dirigido a mí, sino a los ganadores del concurso. En él, alguien que firma como "vuestro admirador... y ojalá que amigo" se deshace en babosos elogios hacia la obra de los dos galardonados. Empezando por el encabezamiento: "Por fin conozco a alguien, vosotros, a quien se ha dado un premio justo". El resto del mensaje tiene esa vergonzosa pátina del halago interesado: "lo que habéis hecho es una pequeña gran obra...", "continuad, es necesario, sois el trabajo bien hecho que limpia tanta inmundicia...". Al final, el corresponsal pide, como era de esperar: "Me gustaría tener una litografía o cualquier otra cosa vuestra, para hacerla mía día tras día en las paredes de mi casa".
Si pensaba pedir era mejor que se ahorrara los halagos. Por lo menos, no se habría puesto en evidencia de ese modo.

Ayer, a la salida del Premio Planeta, el director de la red comercial del grupo comentó, muy contento, su satisfacción por el Premio Nacional de Millás. Ha sido oportuno, tres días antes de la concesión del premio de este año, y ayuda a borrar un poco la imagen de galardón-sólo-comercial que tiene el Planeta, cree él que injustamente. Su indignación me pareció noble, casi enternecedora: es estupendo que el director de la red comercial defienda así un Premio al que todos atacan. Como para recordarnos que el Planeta no es sólo comercial, junto al menú, la casa siempre imprime el impresionante palmarés del galardón: Matute, Cela, Vargas-Llosa, Puértolas, Muñoz Molina... Y eso sin citar a los finalistas, entre los que están Juan Benet, Alfonso Grosso o el propio Fernando Savater, flamante ganador de la noche de ayer, como habían anunciado las quinielas. Entiendo al director de la red comercial. Yo también me enfadaría.
Y comparto su alegría, por cierto, pero por diferentes motivos. Estoy como loca de que la finalista sea Ángela Vallvey. Su discurso fue estupendo y tan brillante como siempre es ella, comenzando por ese divertido: "No sé si se han dado ustedes cuenta, pero he estado a punto de ganar el Planeta". Luego habló de Lara, "el viejo Lara" o "Lara padre", a quien dijo imaginar en el cielo, persiguiendo a Jesucristo para que escriba sus memorias: "Tú eres bastante conocido, tu libro se venderá bien", puso en boca del clarividente empresario.
Luego Savater dijo que su novela era rara porque "No sale la guerra civil, ni la guerra mundial ni ninguna otra guerra" y porque, el colmo, "tampoco sale ninguna catedral, ni ninguna iglesia, ni ninguna ermita, ni ninguna capilla ni nada de nada...". Por cierto, que llevaba una corbata de King Kong sobre su sempiterna camisa de cuadros.
Ay, qué extraña felicidad planetaria me embarga hoy, navegantes.
Para terminar, una estupefacción. La que me cuenta una editora amiga que sienten los editores extranjeros ante los premios comerciales españoles. "Esto fue un invento del padre Lara", dice, "Porque no hay otro país en el mundo que tenga premios como los nuestros, entregados a obras inéditas. Lo normal es que los premios los den las instituciones a libros publicados, y no que se organice esta verbena, que da un poco de vergüenza".
Sí, la verbena da un poco de vergüenza, sobre todo por los trapitos que me llevan algunas (ex-ganadoras y posibles ganadoras incluidas) pero qué queréis que os diga, son tan divertidas las verbenas. Y tan entrañables.
En fin, un año más, hemos sobrevivido al Premio Planeta. Y encima, contentos. ¿Debería preocuparme?

15 de octubre de 2008

Lo que he estado haciendo en Madrid

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/503282/noticias/LETRAS/503282/Care_Santos__

http://www.estrelladigital.es/ED/diario/46893.asp

Cita a las doce y dos


El que busca secretos no sabe ver las cosas
nada está oculto;
todo se explica en su contorno.



En la estación perpetua, Antonio Cabrera (Visor, 2007)

La imagen, de Bruno Bisang

14 de octubre de 2008

Sugiéreme un mundo con una frase

Estos días de viajes y esperas, hemos inventado con Francesc (Miralles) un entretenimiento a la altura de nuestra curiosidad. Consiste en entrar en el quiosco de prensa de una estación o un aeropuerto, uno de esos que están atestados de novedades editoriales recién salidas del horno, y buscar el arranque de novela más horrible.
La primera convocatoria de este concurso singular tuvo lugar una tarde de la semana pasada en la estación de Atocha de Madrid y en el quiosco que abastece a los viajeros del AVE. Después de revisar más de veinte arranques cada uno, el jurado bipersonal decidió darle el premio "Incipit horribilis" a este funesto principio de la novela de Miguel Ángel Rodríguez Gemelas SSDD (¿SSDD? ¿Es un error de imprenta?), recién publicada por editorial Algaida:

«Carolinma Corazón, la megaestrella de la televisión del cotilleo, presintió que se iba a morir treinta y cinco minutos antes de quedar pasmada, inerte y ridícula ante la cámara, con los iris de los ojos muermos, pegados y sin luz interior, como de santo de madera policromada».

Esto de los arranques es un juego adictivo. Confieso que es lo primero que miro de una novela: cuál es la frase que el autor ha escogido para pedime a gritos que entre en su mundo (ergo, que deje el mío). A veces, la frase en cuestión no da ganas de levantarse del sofá. Otras, te insta a seguir al autor hasta los confines de la tierra conocida, si es necesario. Pocos autores son conscientes de la importancia de la primera frase. A menudo, leo un comienzo y me pregunto: «¿Este señor sabe que él y yo estamos comenzando algo?».
De lo que tengo sobre la mesa estos días, esperando a ser leído, elijo algunas primeras frases para ilustrar esta entrada de hoy. Hay de todo, y entre ellas también podrían entregarse premios de todo pelaje. Pero os cedo la oportunidad, mientras yo sigo merodeando (esta semana sin compañía) por las estaciones y los aeropuertos.

«Comencemos por el epílogo: mamá, casi centenaria, viendo una película sobre un autor al que conoce muy bien». Daniel Pennac, Mal de escuela.

«Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mienmtras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana». Paul Auster, Un hombre en la oscuridad

«De noche, en las ciudades, lo noto, hay hombres que lloran en sueños y luego dicen Nada. No es Nada». Martin Amis, La información.

«Este libro trata sobre mí. Es la primera autobiografía que considera por separado un fragmento de una vida y deja el resto aparte. Abarca aproximadamente diez años. Es mejor que empezar por el chupete y el biberón. ¿Cuántas novelas tolerables hay que comiencen con el héroe en su cuna? Y es que una buena biografía es, por supuesto, una especie de novela». Wyndham Lewis: Estallidos y bombardeos

La imagen, una obra de Alicia Martín

13 de octubre de 2008

Redención de fin de semana: galletas de almendra pintadas de chocolate











Y la receta:

Ingredientes
-200 gramos de harina de maíz
-200 gramos de hrina normal
-150 gramos de mantequilla fundida
-200 gramos de azúcar
-150 de almendra molida

Se amasa todo como véis, se extiende y se forman las galletas (el ingrediente más importante es la paciencia). Se hornean 10 minutos y luego se pintan con chocolate fondant para postres. Pueden decorarse también con azúcar glas («además de» o «en lugar de» el chocolate) y también pueden añadirse fideos de colores (como en las fotos o cualquier otro adorno dulce).
Ah, si se hacen con niños, saben mucho mejor. Se recomienda buscar a quien regalarlas. Es un buen incentivo para los peques y así luego no engordaréis varios kilos.

Está claro que no todo puede ser literatura. De vez en cuando, en esta casa también abrazamos la gastronomía.

10 de octubre de 2008

De Tretze tristos tràngols, de Albert Sánchez Piñol

L'endemà el corb va convocar tots els ocells en un arbre proper al camp de civada.
—He descobert un espantaocells únic —va començar—. Hauria d'odiar-nos i ens estima. Ell, que va ser creat per fer-nos por, voldria la nostra companyia tot i que l'hagi de pagar amb la vida. Vol morir per nosaltres! Mireu, és allà. Al centre del camp de civada.
però el que va passar va ser que els altres ocells no veien cap espantaocells:
—Et refereixes a aquell home que vigila el camp?
La Campana, 2008

9 de octubre de 2008

Intimidades

Leer es un acto íntimo, como comer o dormir. Por eso lo practicamos en lugares íntimos, valiéndonos de ceremonias que a veces son difíciles de confesar. Como quien gusta de leer echado en la cama cuan largo es, con el brazo extendido todo lo que da, y jura no tener pereza de pasar las páginas. El atrezzo que acompaña la lectura suele ser el mismo que nos guía en los momentos de mayor secreto: sofás, camas, hamacas... incluso cuartos de baño. No falta quien confiesa que cuando viaja sólo echa de menos su sofá con chese-long. Y quien dice adorar el vicio de leer nada más despertar, sin salir aún de la cama, como si el libro fuera una prolongación del sueño. Luego está la playa, otro territorio de íntimos deseos, donde hay quien lee tumbado boca abajo, o boca arriba, o en silla, o bajo un parasol, o en la zona de espigones. Y las terrazas perdidas en lugares amados: la terraza en Mallorca, el árbol del jardín... Y, por último, está el rincón de meditar y leer, fantástico descubrimientro que despierta la envidia de todos los presentes. Si puede ser con lluvia tras los cristales y un café bien caliente entre las manos, mejor que mejor, porque parece que el recogimiento aumenta, ¿o será que disminuye el remordimiento de no estar a pleno sol?

Me encanta preguntar a la gente del gremio por sus hábitos lectores. Lo que hoy he compartido con vosotros, navegantes, salió el martes durante la sobremesa de un almuerzo con libreros barceloneses. Ay, qué gusto da encontrar gente que comparte tus debilidades.



En la imagen, ellos, los libreros y nosotros, los pesados autores de promoción.

8 de octubre de 2008

Un huérfana mayor de edad

Hoy hace 18 años que murió mi padre. Se podría decir, pues, que soy una huérfana mayor de edad. En realidad, no ha pasado un sólo día desde que murió en que no me sintiera algo más huérfana que el anterior. Y eso que hoy, Antonio Santos, médico de profesión, pintor, poeta y novelista de vocación, sevillano de nacimiento, catalán por amor... tendría ni más ni menos que 80 años, y la verdad, no puedo imaginarle comportándose como los hombres de 80 años. La muerte prematura tiene eso: por lo menos, les ofrece a quienes tropiezan con ella la posibilidad de un recuerdo que no conoce los estragos del tiempo.
Creo que mi padre fue un hombre razonablemente feliz. Antes de conocer a mi madre había estudiado un primer curso de medicina, que tuvo que dejar por falta de medios. Luego conoció a mi madre por correspondencia, cuando ella tenía 16 y él 25. Se prometieron casi sin verse las caras. Se observaron una sola noche, en un hotel de Sevilla, cuando mi madre estaba allí de excursión de fin de curso, y decidieron que se casaban. Así de fácil. Mi padre dejó a la novia, sevillana, con la que ya tenía piso y fecha de boda (ella nunca se casó, según cuenta mi tía), dejó su cargo de administrador en una oficina de La Caja de Ahorros y el Monte de Piedad (hoy El Monte) y se marchó a Barcelona, llevando una maleta de cartón. La misma maleta que descuartizó poco después y en cuyas cuadernas pintó acuarelas. Aún debe de haber por casa de mi madre, repleta de los cuadros de papá, algún pedazo de maleta convertido en marina, o en bodegón. Una vez le expliqué esta historia a mi amigo Andrés Neuman y escribió un poema que siempre tengo frente a mis ojos. A mi padre le habría gustado que otro poeta se inspirase en él.
Una vez en Barcelona, ya con mis hermanos pequeños y casado, retomó la carrera, que terminó en los primeros 60. Ejerció la ginecología, la pediatría y la traumatología, llegó a dirigir la una clínica en Mataró y en los ratos libres pintó, escribió sin parar y hasta crió canarios (y los presentó a concursos, y los ganó, qué exótico). A su muerte, encontramos tres novelas inéditas en las tripas de su ordenador, un montón de fichas sobre estudios genéticos para los cruces de sus pájaros y centenares de notas. Sus últimos versos son amargos, terribles. No puedo releerlos sin escalofríos. El paso del tiempo, la falta de fuerzas, quién sabe... Su corazón le había avisado ya otras veces. El 8 de octubre de 1990 atacó y ganó.
El tiempo es un médico lento, pero seguro. Hace que te acostumbres a cualquier cosa, incluso a no tener padre. Sin embargo, hay algo a lo que no logro acostumbrarme: a la circunstancia de que no me parezco en nada a la niña de 20 años que le vio morir, perpleja de la injusticia que la vida cometía con ella. No me he repuesto de esa injusticia y a menudo pienso qué ocurriría si de pronto me tropezara con mi padre por la calle. ¿Nos reconoceríamos?

Perdonad el tono pesimista de esta entrada de hoy, navegantes. La vida es lo que tiene: terribles recordatorios cuelgan del calendario. Mañana encontraréis aquí otro tono, como de costumbre. Hablaré de intimidades de lector. Se lo he prometido esta tarde a un grupo de libreros con los que he almorzado bajo un tragaluz.

7 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos

A los 6 años, desnudarse no significa nada. A los 26 años, desnudarse ya se ha convertido en un vieja costumbre. A los 16 años, desnudarse es un acto de inusitada violencia.


De Antichrista, de Amelie Nothomb

6 de octubre de 2008

Cleptomanía mermeladera

Lo confieso: robo tarritos de mermelada en los hoteles. Las escondo en la palma de la mano, miro disimuladamente al camarero para cerciorarme de que no me ve y entonces ¡zas!, de un movimiento calculado las dejo caer en mi bolsillo, o en el bolso. Nunca bajo a desayunar sin bolso, o sin llevar una prenda que tenga bolsillos. A veces dejo un rato las mermeladas sobre la mesa, como si me las fuera a comer, y sólo cuando me voy las deslizo dentro de la bolsa. Otras, lo hago directamente, nada más acercarme a la bandeja de las mermeladas, esa enorme tentación. Mi récord está en tres de una sola vez. Si estoy varios días en el mismo hotel, me modero: nunca más de dos al día, y me produce un placer inenarrable ver cómo se amontonan en la maleta. Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho.
Al llegar a casa, las dejo en una repisa del armario (tengo bastantes, con diferentes etiquetas de diferentes hoteles). Me gusta agasajar a mis invitados con un tarrito de mermelada junto a la tostada recién hecha. También me gusta ofrecérsela a mis hijos. Les gusta la de fresa, especialmente. Mi compañero, prefiere la de naranja o la de melocotón. Yo, en cambio —y esa es la gracia, lo que me convierte en una artista del robo de mermeladas en los hoteles— detesto la mermelada en el desayuno. Combinada con mantequilla casi me hace vomitar. No la tomo jamás.
Igual por eso la robo.
Pero lo advierto a quien va conmigo: «Te hago saber que robo mermeladas en el desayuno». Pocos me creen a la primera, pero tarde o temprano se rinden a la evidencia.
Esta semana comienzo la gira de promoción de El mejor lugar del mundo es aquí mismo, publicado por Urano. Junto a mi amigo Francesc Miralles, coautor del libro, tendré que patearme algunas ciudades y algunos hoteles. Él no sabe de mi cleptomanía mermeladera. Me pregunto qué dirá cuando conozca esa debilidad mía que, seguro, ni sospecha.
Y es que ya lo decía mi abuela: sólo puedes decir que conoces a alguien cuando te has comido a su lado un saco de sal.

5 de octubre de 2008

Diagonales X


3 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos




Una conversación enseña más que una carretada de libros.

(Proverbio chino)






La imagen, de Aloalosabine, en Flickr

2 de octubre de 2008

Novedades de otoño (II)



Y esta viene con BLOG propio

1 de octubre de 2008

De La tercera virgen, de Fred Vargas

—La altura. ¿Cree que la altura influye en la reflexiónm cuando la cabeza está separada de los pies por un metro noventa? ¿Cuando la sangre tiene que recorrer todo ese camino para subir y bajar? ¿Cree que entonces se piensa con más pureza, sin que intervengan los pies? O al revés, ¿que un tipo minúsculo piensa mejor que los demás, de manera más rápida y concentrada?

—Emmanuel Kant —contestó Danglard sin ardor— sólo medía un metro cincuenta. No era más que pensamiento, rigurosamente estructurado.

—¡Y su cuerpo?

—Nunca lo utilizó.

—Eso tampoco es plan —murmuró Adamsberg, volviendo a cerrar los ojos.



Siruela, Madrid, 2007

30 de septiembre de 2008

Novedades de otoño (I)


Para curiosos, AQUÍ

29 de septiembre de 2008

Tuppersex

Acaban de invitarme a una sesión de tuppersex. Antes de asistir a una reunión, conviene imaginarla: una docena de mujeres sentadas alrededor de una mesa donde reposan tazas de café y una bandeja con pastas, dispuestas a abrir sus corazones a nuevas experiencias. Sólo pensarlo me flojean las rodillas, de terror. Imagino a la directora de uno de estos encuentros. ¿Tendrá mi edad? ¿Será más joven? ¿Habrá parido alguna vez? ¿Utilizará juguetitos eróticos habitualmente? ¿Sabrá de la existencia de algo que yo desconozco? Ah, ¡interrogantes incontestables! Lo que es seguro es que se tratará de una de esa féminas deshinibidas que pronuncian la palabra "clítoris" y la palabra "glande" con la misma naturalitat con que otra dice "ventana" o "nube", y que eso la hará sentir muy pero que muy orgullosa (a la par que pasmadas a las demás). Qué delicia, la deshinibición lingüística.
Como no voy a ir, nunca sabré de qué hablan estas desocupadas damas en busca del truco sexual perdido. ¿De las ventajas de la pinza birmana? ¿De cómo los azotes incrementan el placer, según nos enseñó hace varios siglos el Kama-Sutra? ¿De la existencia o no del sobadísimo —aunque nunca lo suficiente— Punto G? Menudo misterio.
Nunca olvidaré una vez en que me reuní con un grupo de señoras sesentonas para hablar de relaciones de pareja. Yo estaba escribiendo un libro sobre el tema, y ellas se prestaron a aportar sus comentarios. La reunión fue en la cafetería de un hotel. Unas pocas mesas más allá, había otra reunión, esta vez de amigas del tupperware. Una de las participantes en el cónclave de fiambreras se equivocó y acabó sentada entre nosotras. Después de un rato de escuchar, horrorizada, cómo mis señoras hablaban de posturas sexuales y desgranaban las bondades y los inconvenientes del sexo anal, la equivocada se levantó y nos dijo, visiblemente sofocada:
—Yo soy totalmente incapaz de hablar de estas cosas.
Es curioso, a mí me habría pasado lo mismo de caer en la reunión de fiambreras. Lo cual prueba una verdad irrefutble: no todo el mundo sirve para participar en cualquier reunión.
Luego están quienes no sirven para ninguna, como a veces siento que me ocurre a mí. De hecho, no hay nada que crea oportuno tratar en reuniones de más de cuatro personas. Por lo general, todas son una lata, un compendio de estupideces y una pérdida de tiempo y de energía innecesarias. Algunas lo son en grado máximo: las reuniones de padres, las de la comunidad de vecinos o las cenas de Navidad de la empresa (las de mi compañero, porque yo no tengo empresa, ergono voy a cenar con gente de la misma).
Todo ello no significa que no me parece buen tema, el sexo, para una reunión (de hecho, el sexo es divertido hasta hablando), sino que hay que elegir bien el momento y la finalidad. Con tu mejor amiga, por ejemplo, da gusto hablar de sexo hasta altas horas, cotilleando como colegialas, dedicadas a ese ejercicio tan sano de la comparación de conductas masculinas (sobre todo) y propias. Con tu pareja, filosofando, analizando las razones etológicas que nos llevan a actuar de un modo u otro, a tener ganas a días alternos, a estar tan ocupados que el sexo siempre no puede ser algo inútil que ocurre demasiado tarde. Y con una misma, claro, del modo en que cada una crea conveniente (ah, el gran tabú, perdón, que este es un blog que a veces leen menores, cambio de tema).
En fin. Todo esto para decir que no pienso ir a la reunión de tuppersex. Llamadme petulante, pero pienso que no aprendería nada, y los lugares donde no aprendo nada prefiero evitarlos. Además, un último motivo, que se me antoja a la vez el más importante: tengo tan poco tiempo, que para qué voy a malgastarlo en la teoría, pudiendo ocuparlo en la (deliciosa) práctica.

La imagen, de Gavin Youl.

25 de septiembre de 2008

La vida sorprende

Hoy he comprado dos botellas de Bollinger, el champán preferido de James Bond. La primera era para una pareja de mi edad —bueno, un pelín mayores, pero sólo un pelín— que acaban de tener un bebé. La segunda, para una pareja de mi edad —bueno, un poco mayores, pero sólo un poco— que se casan mañana.

De pronto, la vida se comporta como hace diez años. La gente se casa y tiene bebés.

Qué maravilla que aún no estén repartidas todas las cartas de la partida. Que aún pueda llegarnos una mano que nos sorprenda de verdad, a lo bestia.
Mañana, no me esperéis por aquí, navegantes, estaré de boda, dejándome sorprender.

La imagen, de Meredith Farmer

23 de septiembre de 2008

Después de una cena tailandesa con Josep Maria, el resopón

AL MUCHACHO CODIGNOLA, de Pier Paolo Passolini

Querido muchacho, sí, claro, encontrémonos,
pero no esperes nada de este encuentro.
Si acaso, una nueva desilusión, un nuevo
vacío: de aquellos que hacen bien
a la dignidad narcisista, como un dolor.
A los cuarenta años yo estoy como a los diecisiete.
Frustrados, el de cuarenta y el de diecisiete
pueden, claro, encontrarse, balbuceando
ideas convergentes, sobre problemas
entre los que se abren dos décadas, toda una vida,
y que, sin embargo, aparentemente son los mismos.
Hasta que una palabra, salida de las gargantas inseguras,
aridecida de llanto y deseo de estar solos,
revela su irremediable diferencia.
Y, además, tendré que hacer de poeta
padre, y entonces me replegaré sobre la ironía,
que te incomodará: al ser el de cuarenta
más alegre y joven que el de diecisiete,
él, ya dueño de la vida.
Más allá de esta apariencia, de este aspecto,
no tengo nada que decirte.
Soy avaro, lo poco que poseo
me lo guardo apretado en el corazón diabólico.
Y los dos palmos de piel entre pómulo y mentón,
bajo la boca torcida a furia de sonrisas
de timidez, y los ojos que han perdido
su dulzura, como un higo agrio,
te parecerían el retrato
precisamente de esa madurez que te hace daño,
madurez no fraterna. ¿De qué puede servirte
un coetáneo, simplemente entristecido
en la delgadez que le devora la carne?
Cuanto ha dado ya lo ha dado, el resto
es árida piedad.

Versión de Carlos Vitale

De Poesía en forma de rosa, 1964

22 de septiembre de 2008

De Todas las mañanas del mundo, de Pascal Quignard

—Sufro, señora, al no poder tocaros.
—No hay nada que tocar, señor, si no es el viento.
Hablaba lentamente, como hacen los muertos, y agregó:
—¿Creéis que no se sufre al ser de viento?

(Espasa, 2008)

19 de septiembre de 2008

La asombrosa posteridad de Franz Anton Mesmer (al hilo del relato de Edgar Allan Poe "Revelación mesmérica")

Entre 1766 y 1785 el médico alemán Franz Anton Mesmer vivió sus mejores años, los que mediaron entre la publicación de su tesis, titulada De planetarum influxu in corpus Humanum, y su huida precipitada de Viena a causa de un escándalo. Entre una y otra fecha, Mesmer arrojó sobre sus desconcertados contemporáneos un puñado de teorías estrambóticas acerca de cómo la Luna y los planetas influían en sus cuerpos o de qué modo el contacto de sus manos, ciertos pases con los brazos y un acompañamiento musical adecuado podían inducir lúcidos estados de inconsciencia. Teorías que le concedieron la fama, la riqueza y la admiración de una sociedad siempre dispuesta a comulgar con la extravagancia. Tal vez sus investigaciones no le llevaron demasiado lejos —aunque nadie sabe muy bien a dónde fue después de su huida de Viena— pero hoy se le considera el inspirador de la hipnosis moderna, y en su tiempo supo despertar interés en un abanico de seguidores que incluye nombres tan notables como Mozart —de quien fue protector— o Edgar Allan Poe.
Poe se interesó por Mesmer igual que lo hizo por otros avances científicos de su tiempo, convirtiéndolo en materia prima literaria, en primer lugar, en el relato Revelación mesmérica y más tarde, y sobre todo, en La verdad sobre el caso del seño Valdemar. Al público le agradaban este tipo de asuntos, y Poe era muy hábil olfateando esos intereses y complaciéndolos, mientras hacía literatura de altos vuelos e iba arrojando las semillas de grandes géneros literarios por venir. Si El escarabajo de oro o Los crímenes de la calle Morgue son unánimemente aceptados como textos fundacionales del relato policial, el primero de los citados relatos se cree con toda justicia una de las primeras piedras de otra gran catedral genérica: la ficción científica (mal llamada ciencia-ficción), tan apegada a los postulados de la ciencia como imaginativa en sus peripecias argumentales. En este texto, Poe comprueba la consistencia de una materia prima que en el futuro habrá de darle para mucho. No es el único texto que tiene las tesis de Mesmer como columna vertebral, pero sí el primero. Con los mismos mimbres, ya más depurados, habría de construir poco después el otro cuento, uno de sus mejores. Lo mismo ocurre con el ensayo Eureka, sobre el que la sombra del mesmerismo también se proyecta.

He aquí, pues, el mayor interés de un texto que Poe construye, sobre todo, con su obsesión. La misma que el 2 de julio de 1844 le lleva a escribirle una carta al crítico literario James R. Lowell explicándole su postura acerca del mesmerismo, y lo hace con casi idénticos términos a los que en su relato puso en boca del hipnotizado Vankirk: «No tengo ninguna fe en la espiritualidad. Creo que la palabra no es sino eso, mera palabra. Nadie tiene realmente una concepción clara del espíritu. No podemos imaginar lo que no es. Nos engañamos mediante la idea de una materia infinitamente rarificada. La materia escapa paso a paso a los sentidos: una piedra, un metal, un líquido, la atmósfera, un gas, el éter luminiscente. Más allá de esto hay incluso otras modificaciones más raras si cabe, pero a todo ello atribuimos la noción de una constitución que amalgama partículas, una composición atómica.»
La obsesión es una excelente materia prima literaria. Aunque a veces conlleva consecuencias imprevistas, como esa extraña posteridad que le sobrevino al doctor Mesmer.



La imagen, de Simon Marsden

18 de septiembre de 2008

Cita a las doce y dos


Napoleón Bonaparte:

«El amor es la única batalla que se gana retrocediendo».

17 de septiembre de 2008

Meditaciones pseudofilosóficas al hilo de la vuelta al cole

En el colegio de mis hijos practican lo que se llama “entrada escalonada” con el grupo de los alumnos más pequeños, los de tres años. El invento, maldito por los padres, consiste en llevar al niño sólo unas pocas horas el primer día y otras pocas horas el segundo, para dejar que se inicie en la jornada completa sólo al tercer día, y (si puede ser) sin quedarse a comer. Parece una tontería, y en esta moda general de criticar a los maestros y profesores, se oye a muchos padres protestar por los pasillos del cole: «¡Así tienen dos días más de vacaciones, con sólo la mitad de los alumnos en clase!», «Las que son escalonadas son las ganas de trabajar de éstos» (sic).
La verdadverdadera es que los maestros, a quienes nunca me cansaré de defender, se encierran en las aulas con doce niños berreando de desolación porque sus madres les han abandonado en un lugar extraño lleno de desconocidos. Encima, son capaces de sobrellevarlo con una sonrisa y grandes dosis de ese cariño tan teatral que a veces nos parece ridículo a los desnaturalizados mayores. ¡No quisiera estar yo en el lugar de los educadores de infantil, desde luego! Ya se lo digo a los chavales de secundaria, cuando les visito de vez en cuando: ¿Sabéis por qué no podría dar clases? Me miran con curiosidad y se ríen cuando digo: Porque cada día mataría a dos o tres alumnos. Pues con los de tres años, igual... pero más. Llegaría la mamá abnegada a recoger a su retoño gritón y yo tendría que decirle: «Lo siento, señora, lo he triturado cuando llevaba 45 minutos taladrándome los tímpanos con su llanto».

En realidad, lo que les hacemos a los niños es durísimo: les enseñamos, desde el primer día, a vivir sin nosotros. Independencia es una palabra estupenda cuando se tienen 20, 30, 40, 50... y por razones distintas, 60, 70 u 80 años, pero es una de las peores a los 3 o a los 4. Ellos no ansían ser independientes, ni vivir su propia vida, ansían depender de nosotros para todo: llamar nuestra atención, tener animadas charlas sobre Pocoyo, recibir nuestros mimos, cantar una docena de veces «Les oques van descalces», acompañarnos a todas partes, incluidos el baño, la ducha y la cama. La generosidad afectiva de los niños es inagotable: están siempre dispuestos a estar un rato contigo, desean contarte (todas) sus cosas, no te niegan un beso ni un abrazo, se alegran cuando llegas y se entristecen cuando te vas. Nunca pronuncian frase como las que son exclusiva de los mayores: «Ahora no, cariño, estoy trabajando», o «Deja un poquito a mamá, que estoy hablando por teléfono». Para aprender el egoísmo sentimental de los adultos, la compartimentación de los sentimientos que nosotros practicamos a diario, para comenzar a crecer, son necesarias cosas como las escalonadas entradas escolares, en las que enfrentamos a los niños con una dura realidad: que ellos tienen su espacio y nosotros, el nuestro.
Uf.
De pronto, una pesadilla: Mis dos hijos pequeños tienen 47 y 45 años. Yo, 80. Me dejan en la puerta de un lugar pintado de colorines y repleto de desconocidos de 80 años, donde una joven muy sonriente se acerca a mí como si me conociera y me dice: «¡Nos lo vamos a pasar genial esta mañana, Care!». Yo berreo, pero mi hijo finje no darse cuenta. Le dice a su hermana: «Vámonos, rápido, que si lo alargamos es peor». Los dos agitan la mano, detenidos ante la puerta, mientras yo entro contra mi voluntad. «Sólo serán tres horas mamá, pásalo bien y cómete el bocadillo», les oigo decir antes de perderles de vista.

La imagen, de Xotengo en Flickr.

16 de septiembre de 2008

¿De qué va tu novela?

¿Habrá pregunta más difícil que esta, para un novelista? La formula gente tan diversa como la vecina-odiosa-del-ascensor, el librero-amigo o el periodista-que-no-lee-ni-los-dossieres-de-prensa. Todos, cuando menos te lo esperas, lanzan el dardo envenenado y espetan: «¿De qué va tu novela?». Una vez la vecina-odiosa-del-ascensor lo dijo en plural: ¿De qué van tus novelas? Me salió la fiera borde que llevo dentro: «He escrito treinta y cinco, señora, ¿quiere que se las cuente todas antes de llegar al segundo?».
La pregunta es horrorosa por varias razones. En primer lugar, porque, por mucho que me esfuerzo, mientras escribo una novela o inmediatamente después de terminarla, soy incapaz de saber «de qué va». Otra es que resulta una aberración pedirle al autor de una novela que la resuma en dos líneas. ¡Si fuera capaz de resumirla en dos líneas no habría escrito una novela! Es como si a un cirujano le pidieran que se operara a sí mismo: estoy segura de que no atinaría a encontrarse la vesícula, con semejante falta de perspectiva. Pues a los novelistas a quienes se nos pregunta sobre nuestras propias vísceras, nos ocurre lo mismo.
Yo sobre mi propia escritura no sé casi nada: ni cómo lo hago, ni de qué trata ni siquiera a quién interesa y por qué. Me formulo tantas preguntas que lo mejor es curarse de ellas y no tratar de responder ninguna. Por eso detesto a quien simplifica las cosas y pregunta, indemne: ¿De qué va?
Todo esto viene al hilo de un comentario que dejó ayer en este blog Fernando Alcalá, acerca de ese trance por el que todos hemos pasado de tener que redactar nuestro propio texto de contracubierta. Es horrible hacer algo así, pero los editores te lo piden. Luego, algunos añaden adjetivos: un "maravilloso" por aquí, un "deslumbrante" por allá. Hay anécdotas al respecto: cuentan que cuando Herralde se enfadó con Marías, dejó de enfatizar los resúmenes de contra de sus novelas recurriendo a un adjetivo neutro: "inquietante". No lo he hecho, pero podría ser un ejercicio curioso: ¿Cuántos "inquietantes" diseminó Herralde en las solapas de Marías antes de éste se fugara a Alfaguara? ¡He aquí una pregunta fácil de responder!

(Y si alguno de vosotros se está preguntando cómo una mamá de familia numerosa como yo no está un día como hoy —el primero después de la vuelta al cole—, cantando las maravillas de la libertad post-vacacional, os contesto que aún no me considero psicológicamente preparada para hablar de eso, ay, está todo tan reciente todavía... pero lo haré. De momento, me voy a leer. Han llegado dos libros de Anagrama que parecen suculentos: Las manos pequeñas, de Andrés Barba y El vampiro de Ropraz, de Jacques Chessex. ¿Gustáis?).

La imagen de hoy, titulada Why me? es de Yves*, en Flickr

15 de septiembre de 2008

Creatividad de las solapas

Me llama una editora, hace apenas unos días, para pedirme que mutile la ficha biográfica que aparecerá en uno de los libros que saco en octubre.
«Las biografías de nuestras solapas son siempre muy cortas, me dice, sólo ponemos los datos más importantes».
Primer dilema: ¿qué datos son realmente importantes en una solapa? ¿Tiene más importancia el año de nacimiento o los idiomas a los que han sido traducidos tus libros? ¿Los premios conseguidos o los medios de comunicación en los que colaboras? Para no hablar de lo que de verdad es importante en tu biografía, porque si no, una solapa podría ser algo así:

Care Santos nació en Mataró en 1970 después de unos ocho años de intentos por parte de sus padres. Fue una niña insoportable, una adolescente hogareña y una universitaria del montón. A los veinte años se acabó abruptamente su primera juventud, a los veinticinco se casó, a los treinta encontró al hombre de su vida y a los trenta y uno se divorció. A lo largo de estos años ha superado varias crisis importantes, que a pesar de todo no la han hecho madurar (demasiado). Sus mejores obras se llaman Adrià, Èlia y Àlex y hoy ¡hurra! empiezan el cole. Lo demás, en el fondo, tampoco importa tanto.

La verdad es que agradezco que los editores recorten las fichas biográficas de las solapas. Incluso que las censuren o que veten su escritura a los propios autores. Lo que suele ocurrir, y es un mal de la industria editorial en nuestro país, es que la mayoría de editores, urgidos por la prisa o necesitados de personal, piden a los escritores que les faciliten un texto biográfico para la solapa o la contracubierta, y los autores de despepitan escribiendo sobre sí mismos, de modo que luego salen las cosas que salen, y así tenemos las biografías de solapa convertidas en uno de los textos literarios más despiporrantes y absurdos del actual panorama literario.
Una vez me tocó reseñar una novela en cuya solapa se decía de su autor, después del año y el lugar de nacimiento: «En la actualidad, está en la cárcel por atraco a mano armada». Mucho menos estrafalario es encontrar en las solapas cosas como la siguiente: «Tiene un gato, muchas historias que contar y adora los atardeceres».
Y luego están los autores cándidos que lo ponen TODO en la solapa. Y cuando digo TODO quiero decir exactamente eso: TODO. Ejemplo (real): «Regularmente ofrece conferencias en salas de cultura de los ayuntamientos españoles acerca de sus dos especialidades: literatura y métodos de cultivo en invernadero. Ha escrito varios prólogos, ha formado parte de los jurados de los premios literarios de Béjar, Turégano, Cabezón de la Sal y Andorra (Teruel) y una vez editorial Planeta se interesó por una de sus novelas».
En fin. Y para que no se me acuse sólo de criticar, sin aportar nada constructivo, diré lo que a mí me parece que debe contener un texto biográfico de solapa: el nombre del autor, su lugar de nacimiento junto con el año (no están exentas las mujeres, que quede claro, que hay por ahí mucha coquetería mal entendida. Ah, ni vale mentir, que luego los pobres periodistas se hacen un lío) y a continuación la enumeración resumida de los méritos del susodicho o la susodicha, lo más adecuados posible a lo que le interesa al lector que, potencialmente, tendrá en sus manos el libro en cuestión. Es decir: si la novela es juvenil, enumeraremos los méritos en ese campo, sin pasarnos, sin afán de ser exhaustivos (¿hay algo más latoso que el afán de exhaustividad?), sin petulancias y, por supuesto, con objetividad y veracidad.
Son muchos requisitos, ahora que me doy cuenta. Y muy difíciles —objetividad, veracidad, uf...— de modo que me parece magnífico que los editores censuren, recorten, reescriban. Que nos mantengan, a los autores, a raya.

Por cierto, navegantes: Bienvenidos. Un placer volver a estar aquí.

La imagen de hoy: una solapa que nunca pudo ser. Y eso que la foto era de Antonio García, y sólo por eso merecía la pena.

14 de septiembre de 2008

El final



Quien se ha cansado bajo el sol del verano, más a gusto estará ante la chimenea del invierno.
(Proverbio chino)


MAÑANA VUELVE LA NORMALIDAD A ESTE BLOG, NAVEGANTES

13 de septiembre de 2008

La infancia es redonda

12 de septiembre de 2008

11 de septiembre de 2008

Remember

10 de septiembre de 2008

No hay posteridad sin grietas

9 de septiembre de 2008

8 de septiembre de 2008

Hermandad de los héroes

7 de septiembre de 2008

Venus vaticana

6 de septiembre de 2008

La ira de los eternos

5 de septiembre de 2008

Silencio

4 de septiembre de 2008

Esa impertinente

3 de septiembre de 2008

Preguntas

2 de septiembre de 2008

Central Park

1 de septiembre de 2008

Times Square

31 de agosto de 2008

Vuelo al Norte

30 de agosto de 2008

Venus

29 de agosto de 2008

Cúpula

28 de agosto de 2008

Girona