
Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites.
Maurice Blanchot. El instante de mi muerte. Tecnos, 1999
La imagen, de Meredith Farmer
Dani siempre estuvo obsesionado con los camaleones y siempre quiso tener uno. Su madre le preguntó una y otra vez si no le gustaría más otra mascota, una «más normal», decía, o «más simpática». Pero él lo tenía muy claro: le gustaban los camaleones porque eran antipáticos, porque no se preocupaban por agradar a la gente, como le ocurría a él, a quien le costaba un mundo hacer amigos. Luego estaban esos detalles tan vistosos: los cambios de color, la lengua pegajosa que atrapa moscas al vuelo, los ojos que miraban en todas direcciones... A él le habría gustado cazar a alguien con su lengua pegajosa y masticarlo con cara de indiferencia. A la profesora de Tecnología, por ejemplo. O a la vecina presumida del tercero.
Estos días de viajes y esperas, hemos inventado con Francesc (Miralles) un entretenimiento a la altura de nuestra curiosidad. Consiste en entrar en el quiosco de prensa de una estación o un aeropuerto, uno de esos que están atestados de novedades editoriales recién salidas del horno, y buscar el arranque de novela más horrible. 
Hoy he comprado dos botellas de Bollinger, el champán preferido de James Bond. La primera era para una pareja de mi edad —bueno, un pelín mayores, pero sólo un pelín— que acaban de tener un bebé. La segunda, para una pareja de mi edad —bueno, un poco mayores, pero sólo un poco— que se casan mañana.
He aquí, pues, el mayor interés de un texto que Poe construye, sobre todo, con su obsesión. La misma que el 2 de julio de 1844 le lleva a escribirle una carta al crítico literario James R. Lowell explicándole su postura acerca del mesmerismo, y lo hace con casi idénticos términos a los que en su relato puso en boca del hipnotizado Vankirk: «No tengo ninguna fe en la espiritualidad. Creo que la palabra no es sino eso, mera palabra. Nadie tiene realmente una concepción clara del espíritu. No podemos imaginar lo que no es. Nos engañamos mediante la idea de una materia infinitamente rarificada. La materia escapa paso a paso a los sentidos: una piedra, un metal, un líquido, la atmósfera, un gas, el éter luminiscente. Más allá de esto hay incluso otras modificaciones más raras si cabe, pero a todo ello atribuimos la noción de una constitución que amalgama partículas, una composición atómica.»
¿Habrá pregunta más difícil que esta, para un novelista? La formula gente tan diversa como la vecina-odiosa-del-ascensor, el librero-amigo o el periodista-que-no-lee-ni-los-dossieres-de-prensa. Todos, cuando menos te lo esperas, lanzan el dardo envenenado y espetan: «¿De qué va tu novela?». Una vez la vecina-odiosa-del-ascensor lo dijo en plural: ¿De qué van tus novelas? Me salió la fiera borde que llevo dentro: «He escrito treinta y cinco, señora, ¿quiere que se las cuente todas antes de llegar al segundo?».
Me llama una editora, hace apenas unos días, para pedirme que mutile la ficha biográfica que aparecerá en uno de los libros que saco en octubre.